Miscelánea histórica: 02

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Bosquejos de la historia de Inglaterra 2
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Miscelánea histórica José María Blanco White


Para tener más poder sobre los hombres habían ganado las mujeres a su partido. De estas las había que profesaban castidad perpetua y clausura y a quienes podríamos llamar monjas; otras, a quienes por la gran semejanza, podríamos dar el nombre de beatas; mujeres que, viviendo en libertad, casi no se separaban de sus directores, sirviéndolos en sus habitaciones campestres o selváticas, sin que los buenos maridos sospechasen engaño; y finalmente, las que podrían llamarse Legas, empleadas en los menesteres serviles y domésticos de los religiosos.

Los ritos y ceremonias de los Druidas tenían el mismo carácter ceñudo y sombrío que todo su sistema. Las ceremonias más solemnes se celebraban en el centro de los bosques más espesos y a media noche.

No tenían otro templo que una especie de cercado, hecho con piedras de tamaño enorme, de que aún se conservan restos notables en Inglaterra. Aquí sacrificaban víctimas humanas sobre una piedra según se cree, que a veces se halla colocada como ara en el centro del círculo.

Al temor que semejantes sacrificios debían inspirar se agregaba, para tener en completa sujeción al pueblo, la vida austera que muchos de los Druidas principales hacían en cuevas y entre peñascos, manteniéndose de yerbas y bellotas que cogían de las encinas.

Probablemente estos anacoretas no serían muy numerosos, porque de otro modo de poco servirían a la orden druídica las riquezas de que, según el testimonio de los autores romanos, eran sumamente avarientos. Yo creo que buscarían novicios bastante fanáticos y necios que se dedicasen a esta vida penitente, dando con ella fama y honra a la orden, como se cuenta de los Jesuitas; quienes mandaban al Japón, para mártires, a los jóvenes de quienes, por demasiado sencillos y limitados no podían sacar partido en Europa.

Al desembarcar Julio César en Deal, los britanos quisieron resistir la invasión, y para este efecto eligieron por su general a Cassivelauno; mas la envidia de los otros jefes y la superioridad de las armas romanas hicieron la resistencia inútil. Los más de los que habían acudido armados a la costa se retiraron al interior; Cassivelauno tuvo al fin que ceder, y dando rehenes que César llevase consigo; reconoció a los romanos por Señores.

El convenio duró bien poco, y César, antes de dirigirse finalmente a Roma, donde había de perecer después de dar la herida mortal a la libertad de su patria, tuvo que volver a Inglaterra a atajar una rebelión que amenazaba ruina al poder romano en la isla. Su sucesor en el Imperio, Augusto, no tuvo proporción de continuar la conquista. Las armas de Roma no adelantaron ni un paso contra los britanos hasta el reinado de Claudio. En estas campañas, el jefe Caráctaco se distinguió por su valor y el esfuerzo con que resistió, por más de nueve años, al poder de los invasores. Abandonólo, en fin, la fortuna y fue llevado prisionero a Roma, donde apareció encadenado ante el carro del triunfador.

Admirábanse todos al ver la serenidad y compostura con que sufría su mala suerte, cuando, rodeado de curiosos que se agolpaban a verlo y revolviendo la vista a los edificios espléndidos de Roma, «¿es posible, exclamó, que los dueños de tanta magnificencia y riqueza me envidien una pobre cabaña en mi país?» El Emperador, movido a compasión, le restituyó la libertad, dejándolo volver con todos sus compañeros de infortunio.

El dominio de los romanos no fue completo en la Gran Bretaña en época ninguna, su mayor extensión se verificó bajo el gobierno de Julio Agrícola, de quien el gran Tácito nos ha dejado el retrato histórico más perfecto. Esto aconteció en los reinados de Vespasiano, de Tito y de Domiciano. La paz de que, desde esta época en adelante, gozó la Gran Bretaña, civilizó a los pueblos a la parte al Sur, de donde se estrecha la isla cerca de Escocia. Pero cuando el Imperio cayó en manos que no podían gobernarlo y Roma se convirtió en una arena donde los partidos militares se disputaban el poder para ponerlo en manos de los que habían comprado el favor de las tropas, los Pictos y Escoceses, pueblos del Norte de la isla, que en sus bosques se habían burlado del poder romano, crecieron, de día en día, en fuerzas al mismo paso que los conquistadores se debilitaban por falta de socorros: hasta que en el reinado de Valentiniano, por los años de 448, las últimas tropas romanas se retiraron del todo, dejando a los que habían vivido bajo su dominio sin medios de defenderse de sus indómitos paisanos que los miraban como enemigos y tan degenerados de su antiguo valor, que, aunque hubieran tenido armas, les faltaba espíritu para aprovecharse de ellas. El dominio de los romanos duró en Inglaterra cerca de cuatro siglos.


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