Miscelánea histórica: 06

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Invasión de los Daneses: Época de Alfredo el Grande 3
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Miscelánea histórica José María Blanco White


Enfrióse algún tanto la persecución y pesquisa de los enemigos, y Alfredo, juntando algunos de sus más fieles y valerosos vasallos, se ocultó en el centro de un pantano, que dejaba en seco, poco más de dos aranzadas de tierra. Fortificó su posición, ya bien segura por lo deleznable del terreno que la rodeaba, y las pocas, y difíciles sendas que conducían a ella. El sitio es conocido en el día con el nombre de Athelney, corrupción de Aethelingary, que significa, en sajón, Isla de los Nobles, como lo llamó Alfredo.

Saliendo con cautela de esta guarida, ganó algunas acciones contra los daneses, con lo que dio aliento a los suyos, y se dispuso a empresas mayores. Pero antes de aventurarse a una batalla decisiva, quiso examinar por sí propio el estado de sus contrarios. Disfrazóse, pues, en músico ambulante, empleo bien común entre sus paisanos que lo heredaban de los antiguos bardos; y con un arpa al hombro, se dirigió al campamento de los daneses... Tanto les agradó, que hasta su general y príncipe lo convidó a su tienda, adonde lo tuvo por huésped una porción de días. El estado de descuido, y total abandono de disciplina militar en que los halló, le hizo formar esperanzas vivísimas de victoria. Despachó mensajeros secretos por todas partes, dando por punto de reunión a Brixton, cerca de un gran bosque llamado Selwood.

Los insultos, opresiones y excesos de los daneses habían hecho que los que por miedo se les habían sometido, maldijesen la hora en que habían hecho traición a su patria. La desesperación y la venganza les daban nuevo esfuerzo, y apenas podían creer a sus propios ojos cuando vieron a su rey dispuesto a guiarles a la victoria. Encaminóles a Eddington, donde estaba el campamento danés, y, como quien conocía bien el puesto, dirigió el ataque a la parte más indefensa. Los daneses, que no tenían la mayor idea de que existiese un ejército inglés, y ahora supieron que Alfredo venía al frente del que se acercaba; se armaron en desorden, y pronto fueron deshechos. Los fugitivos se vieron sin otro recurso que la generosidad del vencedor, y a ésta apelaron. Alfredo, no menos político que guerrero, vio que podía convertir a estos feroces enemigos en útiles aliados, y sabiendo que las provincias del Norte estaban casi sin habitantes de resultas de los desembarcos y correrías de los daneses, dio tierras, en ellas, a los que había vencido; y para más estrechar los lazos de alianza les propuso que se hicieran cristianos. No pusieron dificultad en esto; Guthrum, el Jefe, se bautizó, siendo Alfredo padrino, y las tropas siguieron su ejemplo. Desde entonces vivieron como amigos con los ingleses.

Volvió en esto los ojos Alfredo al estado de desolación en que se hallaba su reino, y en dar remedio a los males morales y políticos, se mostró aún más héroe que a la frente de sus ejércitos. Reedificó ciudades, estableció una milicia interior y labró buques que defendiesen las costas. Hubo bien menester todo esto para resistir las nuevas invasiones de aquellos piratas, que cada año aparecían con nuevas fuerzas. A costa de muchas y grandes victorias, consiguió mantenerse contra los repetidos esfuerzos del enemigo, y consolidar el orden civil que, en medio de tan grandes tormentas, había establecido.

Compuso un Código de leyes, que, por tradición, se conserva en lo que llaman Common Law, que es la ley no escrita de Inglaterra: dividió su reino en porciones que facilitasen la policía, y ejecución de la justicia, y fundó o renovó la Universidad de Oxford, concediéndola privilegios, rentas e inmunidades; obligó a todo propietario de cierta porción de tierra, a enviar sus hijos a la escuela, y no dio empleo alguno civil, ni eclesiástico a hombres ignorantes o poco instruidos. Por estos medios consiguió ver los progresos que las letras habían hecho en su reino, y logró la más agradable recompensa de sus afanes.

El ejemplo que Alfredo dio en estas materias bastaba para excitar la industria y talentos de sus vasallos. No obstante, la multitud y grandeza de sus cuidados y atenciones acostumbraba a vivir con el método más exacto. Dividía las veinticuatro horas en tres porciones iguales: empleaba una en lo que pertenece al cuerpo, sueño, comida y ejercicio; otra, en los negocios públicos; la tercera, en estudio y actos de piedad. Como en su tiempo no había relojes, se valía de velas de cera de ciertas dimensiones, que, ardiendo continuamente, señalaban poco más o menos el tiempo que había pasado. Tales son los efectos de método y perseverancia, que no obstante haber sufrido largas y penosas enfermedades, y no haber vivido más que el común de los hombres,


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