Miscelánea histórica: 08

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Invasión de los Daneses: Época de Alfredo el Grande 5
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Miscelánea histórica José María Blanco White


El hecho que reservé para el segundo lugar resultó de la guerra que Atheistan hacía contra Constantino, rey de Escocia, que protegía a dos príncipes de Northumberland, contra el de Inglaterra, de quien querían ser independientes. Habíanse acercado los dos ejércitos, cuando Anlaf, uno de los dos rebeldes, imitando la conducta de Alfredo el Grande, se disfrazó en arpista y así logró examinar el campamento inglés, y entrar hasta la presencia del monarca. Gustó su cantar al rey, quien le dio un regalo en dinero. El orgullo de Anlaf no podía sufrir la ignominia de verse pagado como un ministril, y apenas estuvo a cierta distancia de la tienda Real, arrojó el dinero, como si fuese cosa contaminada. Un soldado inglés, que lo había visto en otros tiempos, sospechó que el arpista era Anlaf, y habiéndolo seguido, se confirmó en su sospecha cuando lo vio tirar el oro que el rey le había dado. Fue inmediatamente a la tienda de Athelstan y contóle lo que pasaba. Indignado el rey, le echó en cara el descuido con que había dejado escapar al espía. Pero el soldado le dijo que en su juventud le había jurado homenaje y por tanto su honor no le permitía entregarlo al enemigo. Celebró Athelstan la honradez del soldado, y al punto hizo mudar la distribución de su campamento, dando su puesto a un obispo, que acababa de llegar con algunas tropas de refuerzo. Aquella misma noche penetró Anlaf al campo, y aunque fue rechazado, su primer ímpetu costó la vida al obispo, que ocupaba el lugar que antes tenía al rey.

La tercera cosa digna de memoria que me pareció notar en este reinado es el privilegio de nobleza que se concedió a todo comerciante que, a su propia costa, condujese tres expediciones mercantiles a países distantes. Tales fueron los principios del feliz espíritu mercantil que ha elevado a Inglaterra sobre las demás naciones.

Edmundo, hermano de Athelstan, le sucedió en 941. Las guerras internas fueron como en los reinados anteriores. La muerte de este rey indica el estado semibárbaro de las costumbres de aquel siglo. Un capitán de bandidos, a quien el rey había desterrado, tuvo la avilantez de presentarse a un convite que hacían al monarca, en el condado de Devonshire. Leolfo (así se llamaba el bandolero) se sentó a la mesa entre la comitiva del rey. Viólo éste y mandó que lo echasen fuera.

Resistiendo Leolfo, acrecentó la indignación de Edmundo hasta el punto que levantándose de su asiento echó mano, enfurecido. El ladrón sacó un puñal, y, en refriega, dejó al rey herido de muerte.

Edred, su sucesor, en 946, es digno de atención en la historia a causa del ascendiente que dejó tomar a los monjes que, en nombre de la Corte de Roma, extendían la tiranía eclesiástica por toda la Europa.

Pero antes de pasar más adelante en esta materia, conviene que asegure a mis lectores, que ni en este punto ni en otros varios que la historia de Inglaterra presenta inevitablemente, mezclados con los intereses de la jurisdicción eclesiástica; es mi intención desconcertar las opiniones religiosas de mis lectores. Los católicos más sinceros, con tal que sean instruidos, se ven obligados a confesar que la ambición de Roma y del clero no tenía límites en los siglos de que hablamos. Sus emisarios los monjes, especialmente los Benedictinos, se empeñaron en privar a Inglaterra, de los privilegios y exenciones que su disciplina eclesiástica conservaba. El jefe de este partido era el Abad Dunstan, hombre de familia noble, y ambicioso en extremo. Había sido disoluto en su juventud, y, como suele suceder, cuando mudó de vida, lo hizo en extremo. Encerróse por algunos años en una celdilla, en que apenas podía moverse, haciendo una especie de penitencia excesiva, que jamás deja de atraerse la veneración del pueblo. Cuando salió de este noviciado, su espíritu determinado, y las cualidades de su alma, lo pusieron bien pronto al frente de su orden de San Benito en esta Isla. El rey, que sabía bien que el influjo moral de los monjes era poderoso en extremo, procuró ganarse la amistad de Dunstan, y la autoridad y poder de este monje vino a ser superior a la del monarca, durante su larga vida.

El abuso más horrendo que hizo de este influjo (aunque probablemente más por falso celo que por malicia) se verificó en el reinado de Edwy, hijo y sucesor de Athelstan.

Subió Edwy al trono en 955, llevando a él los dotes más apreciables de alma y cuerpo. Pero faltábale una condición para ejercer su autoridad en paz; y era el ganarse la voluntad de Dunstan y sus monjes.

En todos tiempos hay gran riesgo de que los que se creen favoritos y privados del cielo, den larga a sus pasiones de ambición y de orgullo, figurándose que sólo los mueve el amor de la religión. Pero esto debía acontecer mucho más en siglos de ignorancia, cuando las ideas de jurisdicción eclesiástica empezaban a tomar vuelo, sin que hubiera quien supiese, o pudiese desengañar a los autores de tan falso sistema.


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