Miscelánea histórica: 09

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Invasión de los Daneses: Época de Alfredo el Grande 6
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Miscelánea histórica José María Blanco White


Digo desengañar, porque en mi opinión los fundadores de la tiranía eclesiástica de los siglos bárbaros, procedían, por lo general, de buena fe, arrastrados por ciertas nociones que, aunque claramente falsas a nuestros ojos, no pedían menos de deslumbrar en aquellos tiempos. El error fundamental era querer reunir la fuerza externa y física, que pertenece a los gobiernos temporales, con la dirección moral y persuasiva que es únicamente propia de los Ministros del que dijo que «en su reino no era de este mundo».

Dunstan se creía comisionado del cielo para obligar hasta a su soberano a que se conformase con las leyes eclesiásticas. En la ejecución de este imaginado deber, no creía que podía caber exceso.

Así es que irritado contra el rey porque se había casado con una hermosísima joven que era su parienta por afinidad, en lugar de procurar, o que era tan común y fácil, dispensa y absolución de esta falsa; usó de los medios más violentos y crueles que pueden imaginarse. El día mismo en que se celebraba la coronación de Edwey, el orgulloso Dunstan, se entró hasta el aposento donde estaba la reina madre, la bella Elgiva, y el rey, que, casando de ceremonia y etiqueta, se había retirado por un rato a descansar en compañía de las dos personas que más amaba. Tal era el ascendiente del monje, que además del atrevimiento de semejante paso, usó de palabras injuriosas a la reina, y empujó al rey fuera del aposento.

Edwy, aunque irritado en extremo, no se atrevió a castigar este desacato. Pero sabiendo que durante el reinado de su padre, Dunstan había sido su tesorero, tomó por recurso el pedirle cuentas en público.

El Monje se negó, con la mayor resolución, a darles, y el rey se halló, sin medios de exigirlas. ¿Cómo era posible que pudiese castigar los desacatos de Dunstan, cuando tal era la ciega veneración del pueblo al partido eclesiástico, que Edwy no pudo defender a su infeliz y amable esposa, de insultos personales y crueldades que horrorizan?

De orden de Odon, Arzobispo de Canterbury, primado del reino, la hermosa Elgiva fue arrastrada del palacio, herrada en la cara, y condenada a perpetuo encierro, en un convento de Irlanda. En el entretanto se declaró la nulidad del matrimonio del rey, y los eclesiásticos trataban de elevar al trono una reina a su gusto. Pero, pasado algún tiempo, Elgiva, sana ya no sólo de las llagas, sino tan hermosa como antes, logró escaparse y volver a Inglaterra. Supólo Odon, y poniendo asechanzas para que no lograse llegar a donde el rey estaba, la prendió de nuevo, y con crueldad más que de bárbaros, hizo que la desjarretasen, dejándola morir desangrada.

En breve se vio que el falso celo no se contentaba con quitar escándalos, por medios tan feroces, sino que aspiraba a mandar disimuladamente por boca del monarca. Levantóse el pueblo contra Edwy, y obligándolo a huir del reino, Dunstan elevó al trono a Edgar, muchacho de trece años, hermano del depuesto monarca.

Edgar, sabiendo a quien debía el trono, no se descuidó en ganarse el favor de Dunstan, y sus monjes. En breve se vio éste elevado a la silla de Canterbury, desde donde ejercía un poder igual, si no mayor que el del rey. Edgar, por otro lado, satisfecho de que teniendo de su parte al clero estaba seguro en su trono, se entregaba a los mayores desórdenes. En una ocasión rompió la clausura de un convento de monjas y forzó a una doncella, que, huyendo de su solicitud, se había recogido en él. Es verdad que tuvo que sujetarse al juicio de un tribunal eclesiástico por este delito; pero la penitencia que le impusieron fue que no se pusiese la corona real sobre la cabeza por siete años.

Entretanto continuaba viviendo con la mujer a quien había hecho violencia. Tal es la parcialidad del falso celo, que un casamiento, que con dispensa podía revalidarse, le costó a Edwy el trono, y a su mujer la vida; cuando Edgar satisfizo el reato de un sacrilegio y estupro, con una mera ceremonia.

La violencia de las pasiones de Edgar amenazaba al honor de cuantas mujeres hermosas se le antojaban. Pasaba, en cierta ocasión, por el pueblo de Andover y se aposentó en casa de una señora viuda, que tenía una hija de gran belleza. Viola el rey, y se empeñó en pasar la noche con ella. La madre vio que en vano sería hacer resistencia, y sólo pidió que no hubiese luz en el dormitorio del rey. Cuando hubo oscurecido hizo que una de sus criadas entrase, cual si fuera su hija. El rey, aunque engañado, tomó tan grande afición a la substituta que se la llevó consigo.


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