Miscelánea histórica: 10

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Invasión de los Daneses: Época de Alfredo el Grande 7
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Miscelánea histórica José María Blanco White


Las circunstancias de su casamiento son tan singulares que han servido de asunto al Drama. Corría la fama por Inglaterra de que Elfrida, hija de Earl (Conde) de Devenshire era la más hermosa doncella de aquel tiempo. Su padre era demasiado poderoso para que el rey se atreviese a su hija, a no ser tomándola por mujer. Para estar seguro de que era tan hermosa como decían, quiso que antes de pedirla la viese su favorito y confidente el Earl Thelwood. Fue éste, en efecto, bajo otro pretexto a los estados del Devonshire, y apenas vio a Elfrida cuando quedó enamorado perdido de su belleza. Loco de amor, y sin atender a resultados, volvió al rey, pintando a Elfrida como de poco mérito personal y atribuyendo su fama a las riquezas y poder de su padre. Pasado algún tiempo Athelwood propuso al rey, con fingida indiferencia, que aunque Elfrida no era digna de un monarca, los Estados de que era heredera la hacían muy apetecible para un valido. El rey no sólo aprobó el plan, sino le dio cartas de recomendación para el Earl de Devonshire. Celebróse el casamiento, y empezaron los riesgos y temores de Athelwood. Los envidiosos de su valimiento con el rey pronto descubrieron la trama y aseguraron a Edgar de la gran belleza de Elfrida. Juró tomar venganza el agraviado monarca, y, fingiendo deseo de honrar a su falso amigo, le dijo que iba a hacer una visita en sus Estados. Athelwood suplicó dos o tres horas de delante para preparar el recibo. En este corto espacio se arrojó a los pies de su mujer, confesó el engaño a que su amor lo había llevado y le pidió que no lo perdiese, manifestando al rey su hermosura, y que ya que no podía evitar el presentarse, lo hiciese en tal traje que no apareciese hermosa en demasía. La orgullosa Elfrida prometió hacerlo así, bien que juró en su corazón tomar venganza del hombre que la había privado de un trono.

Al llegar el rey a la puerta salió a recibirlo con cuanto esplendor el adorno podía dar a su natural hermosura. Disimuló Edgar por el pronto; pero convidando a Athelwood a montería, lo atravesó con un puñal en lo más espeso del bosque. Elfrida se vio inmediatamente en el trono que tan ferozmente había apetecido.

Por muerte de Edgar subió al trono el amable Eduardo, a quien el pueblo dio el nombre de Mártir, no porque muriese en defensa de la fe, sino porque su inocencia y su candor lo condujeron, en edad temprana, a una muerte violenta. Era Eduardo hijo de la primera mujer de Edgar.

La feroz y ambiciosa Elfrida lo miraba como el único estorbo que se oponía a que un hijo que le había quedado del difunto rey ciñese la corona. Carcomida de envidia y, acaso, temerosa de bañar otra vez sus manos en sangre, se había retirado al Castillo de Corfe, en el condado de Dorset. Un día que Eduardo se entretenía en la caza por aquellos contornos, llevado de su buen natural, quiso ver a su Madrasta. Llegó al castillo sin séquito, y habiendo hecho una corta visita, estaba ya a caballo para volver a unir con sus criados, cuando al tomar la copa de vino que era de estilo dar por despedida a la puerta, Elfrida le hizo dar una puñalada a traición. Puso el infeliz joven espuelas al caballo y se emboscó, huyendo a toda prisa. Mas faltóle el aliento con la sangre, cayó de la silla y, quedando colgado de un estribo, el caballo lo acabó de matar, arrastrándolo. Elfrida fundó iglesias y monasterios, y los santos varones que habían desjarretado a la amable Elgiva, la dejaron gozar del fruto de sus crímenes, Su hijo Ethelred, llamado el Desprevenido (the Unready) subió al trono en 1016.

Ethelred, aunque no había heredado la decisión de su madre, se le parecía en lo traidor y sanguinario. De esto es prueba la bárbara matanza que, con el mayor sigilo, dispuso y ejecutó entre los daneses que vivían en su reino. Como estos vivían mezclados entre los ingleses, por todas partes y no tenían la menor sospecha de que se intentase destruirlos, se hallaron del todo indefensos, cuando en cierto día a la misma hora se vieron acometidos, cada cual de sus vecinos. Tan vil traición no podía quedar sin venganza. Sweyn, rey de Dinamarca, juró hacer pagar caro al cobarde que así había tratado a sus compatriotas. Llegó, pues, a las costas de Inglaterra con una grande armada, y habiendo desembarcado, se hizo en breve dueño de casi todo el reino.

El odioso y despreciable Ethelredo huyó a Normandía.

El único resto de la familia real sajona fue a este tiempo Edmundo, llamado Ironside, quien disputó el reino, y al cabo lo dividió con Canute, rey de Dinamarca. La sucesión de reyes daneses continuó por espacio de tres reinados, hasta que por muerte de Hardicanute, en 1041, volvió la corona a Eduardo, hijo del miserable Ethelredo, que se había criado en Normandía. Murió sin sucesión, y Harold, descendiente de los reyes daneses, quiso impedir que recayese la corona en Guillermo de Normandía, llamado el Bastardo, a quien Eduardo se la había dejado por testamento. Harold pereció noblemente en la batalla de Hastings, donde Guillermo ganó la corona que sus descendientes conservan hasta el día de hoy.


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