Mitos y fantasías de los aztecas/21

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Mitos y fantasías de los aztecas. de Guillermo Marín Ruiz
La batalla de Otumba

XX.- LA BATALLA DE OTUMBA...
...la gran fantasía.

Los pocos sobrevivientes de la “Batalla de la noche triste” llegaron al otro día a los llanos de Otumba. Gracias al apoyo de Ixtlilxóchitl, que atacó Tenochtitlán esa misma noche y protegió la retirada de Cortés y sus filibusteros. Los europeos heridos, hambrientos, sin dormir y exhaustos, pudieron ver los primeros rayos de luz del día siguiente.


No se sabe con precisión cuantos filibusteros sobrevivieron a la derrota, fundamentalmente porque “las fuentes” no tienen ningún rigor científico y en general están escritas a través de mentiras y verdades a medias, las cuales pretenden exaltar “los gloriosos hechos de armas de los conquistadores europeos, sobre los salvajes y primitivos pueblos nativos”. De modo que no se ponen de acuerdo con una cifra exacta. Sin embargo, se puede deducir que no eran muchos los sobrevivientes, porque Cortés tenía alrededor de 518 expedicionarios armados (menos los muertos en Tlaxcala), más los 1500 aventureros de la fallida expedición de Pánfilo de Narváez, nos da un aproximado de 2000 forajidos.

Cortés dice que murieron 200 hombres, otras fuentes nos hablan de que murieron la mitad y las más realistas hablan de que se ahogaron y fueron sacrificados en el Templo Mayor dos terceras partes de los facinerosos, por lo cual se puede suponer con justicia que los sobrevivientes europeos estaban entre 600 y mil aventureros.

Según los mitos y fantasías de los historiadores y apologistas pro europeos, este puñado de delincuentes medio muertos y sin armas de pólvora, “derrotaron por la gracias de Dios” y del caballo de Santiago, a más de 200 mil guerreros aztecas que los venían a exterminar a Otumba. Totalmente falso y carente de toda ética y respeto a “La Historia”. Los apologistas ibéricos metidos a historiadores abusan de la ignorancia creada en los invadidos-colonizados que han aceptado por siglos los inmorales infundios.


“Andado que hubieron una legua, en un llano salieron tantos indios a ellos, que cubrían el campo y que los cercaron a la redonda. Acosaron intensamente, y pelearon de tal suerte, que creyeron los nuestros ser aquél el último día de su vida, pues muchos indios hubo que se atrevieron a llegar a los españoles brazo a brazo y pie a pie; y aunque tranquilamente se los llevaban arrastrando, ya fuese por sobra de ánimo suyo, ya por falta en los nuestros, con los muchos trabajos, hambre y heridas, era muy lamentable ver de aquella manera llevar a los españoles y oír las cosas que iban diciendo. Cortés, que andaba a una y otra parte confortando a los suyos, y que veía muy bien lo que pasaba, encomendóse a Dios, llamó a san Pedro, su abogado, arremetió con su caballo por entre medias de los enemigos, rompió el cerco, llegó hasta el que llevaba el estandarte real de México, que era capitán general, y le dio dos lanzadas, de las que cayó y murió. En cayendo el hombre y el pendón, abatieron las banderas en tierra, y no quedó indio con indio, sino que en seguida se desparramaron cada uno por donde mejor pudo, y huyeron, que tal costumbre tienen en guerra, muerto su general y abatido el pendón. Recobraron los nuestros el coraje, los siguieron a caballo, y mataron una infinidad de ellos, tantos dicen, que no me atrevo a contarlos. Los indios eran doscientos mil, según afirman, y el campo donde esta batalla tuvo lugar se llama Otumba." http://www.artehistoria.jcyl.es/cronicas/contextos/10240.htm

Cortés y sus secuaces logran escapar a los llanos de Otumba, en donde los va a encontrar un ejército de 100 mil guerreros texcocanos que los va a socorrer, comandado por el hermano de su aliado Ixtlilxóchitl, al cual atacaron y al retroceder desconcertados los texcocanos, Cortés lo tomó como una señal de Dios y del caballo de Santiago, que nuevamente los socorría. En la historia oficial es “otra de las victorias divinas” y otro de los mitos de Occidente sobre la superioridad europea. Los libros y las páginas de Internet dan cuenta de este mito de manera exagerada.

"Pocas batallas de la Historia moderna han sido más citadas y menos ponderadas como la que se libró en los llanos de Otumba (actual México) un 14 de julio de 1520. Diezmados, maltrechos y a punto de desfallecer, los quinientos conquistadores de Hernán Cortés se enfrentaron a un ejército de cerca de ochenta mil almas en un duelo que tendría que haber decidido la primera guerra entre americanos y europeos en el Nuevo Mundo. Aquella victoria imposible no sólo supuso la salvación de las huestes de Cortés, sino el principio del fin de imperio azteca, que acabaría sucumbiendo al valor, la determinación y la sed de riquezas de los españoles.” http://elsiglodeoro.wordpress.com/2009/04/04/grandes-batallas-vi-otumba/

Sin embargo, la verdad es otra. El libro “Flor y Canto del nacimiento de México” de José Luís Guerrero, además de ser un texto muy valiente y descolonizador, está escrito desde una perspectiva honesta en busca de la verdad histórica, ya que forma parte de las investigaciones que la iglesia católica hizo para poder canonizar a Juan Diego. Los descendientes de los Viejos Abuelos necesitamos libros de esta manufactura, hechos con honestidad intelectual y moral, para recobrar nuestra memoria histórica, severamente trasgredida por el colonizador de ayer y de hoy. Tomares algunos fragmentos del libro que relatan la verdad sobre la Batalla de Otumba.

“Mientras todo era triunfo y sonrisas en Tenochtitlán, los españoles, ignorando que estaban entrando en tierra de su aliado Ixtlilxóchitl, creyeron ver llegada su última hora al desembocar en la llanura de Otompan, y toparse con un ejército que, según Cortés y Solís era casi infinito, pues su “frente llenaba todo el espacio del Valle, pasando el fondo o los términos de la vista”. (¡Para llenar en esa forma la llanura harían falta no los 200,000 que asigna, sino varios millones!). En la batalla que siguió, el bardo de la gloria hispana, Solís, quizás llegue a su mejor momento: todo es grandioso, sereno e ínclito de parte de Cortés y los suyos; todo confusión, odio y torpeza de parte india...

¡Ni Hollywood en su mejor vena!: ¡Un “superman” blanco que, con otros pocos, pulveriza a incontables miríadas de “red skins” sin apenas despeinarse! (Siempre según Solís, murieron 20,000 indios, y españoles apenas si “dos o tres”, y eso más tarde, en Tlaxcala). Si eso fuera verdad, bastaría para probar la tesis de que los indios eran tan bellacos que unos cuantos europeos bastaron para liquidarlos… Muñoz Camargo da otra versión, aún más fantástica: la batalla la ganó directa y personalmente el apóstol Santiago; más aún: ¡el caballo del apóstol Santiago!...

Ahora bien, puede que la verdad sea mucho más banal: aunque los conquistadores pronto mitificaron su empresa, exagerando logros y acallando errores, con mentiras tan evidentes que ya sus contemporáneos no se las creían, no pudieron cancelar todos los indicios de la realidad. Así, muchos años más tarde, en 1553, uno de ellos, Ruy González, queriendo convencer al Rey de que haga perpetuas las encomiendas, confiesa que en Otumba los indios “no querían guerra, sino vivir y tener su libertad y vuestra victoria para hacer desagraviados de México”, palabras no muy claras, que, sin embargo, el códice Ramírez explica cándidamente:

“Y entendiendo por don Fernando (Ixtlilxóchitl) lo sucedido, después de haber tenido una gran batalla con Cuitlahuatzin su tío, que ya era rey, después de la muerte de Moctezuma, dio aviso a sus fronteras para qué le diesen a Cortés toda la ayuda necesaria que quisiesen, y aunque les venían algunos mexicanos dando alcance, los de don Fernando se les oponían y detenían. Y así fueron caminando hasta que en uno de los llanos, entre Otumba y Cempohualan llegó don Carlos por orden de su hermano con más de 100,000 hombres y mucha comida para favorecer a Cortés, pero no conociéndolos Cortés se puso en armas, y aunque don Carlos se hizo un lado y les mostró la comida y llegándose a un capitán que tenía la bandera, él se la tomó”... Códice Ramírez. no.2 p.145.

Esto no sólo puede ser lo cierto, sino que es lo más probable, tomando en cuenta todas las circunstancias: Ya habían franqueado las fronteras del territorio controlado por Ixtlilxóchitl, a quien Cortés y Bernal Díaz muestran una marcada reticencia a mencionar siquiera, cual si sintieran un molesto rubor por su persona, es ya que no sólo lo salvo en Tenochtitlán, sino que, como veremos, fue decisivo en su conquista. Cortés, el gran héroe de ésa batalla, que siempre cuida de ponerse en la mejor luz posible ante Carlos V, apenas si le menciona, pues, con modestia inusitada se limita a reseñar que “con ese trabajo fuimos mucha parte del día, a hasta que Dios quiso que murió una persona tan principal de ellos, que con su muerte se cesó toda aquella guerra” Cortés: Cartas….2ª p. 231

Además, después de un triunfo tan aplastante y tan milagroso, la moral española debía andar por las nubes, mientras que la realidad es que, a los pocos días y ya seguros en Tlaxcala, adonde consideran “milagro” haber llegado, muchos quieren huir... y en fin, que la épica batalla que “todos los escritores nuestros y extraños refieren esta victoria como una de las mayores que se consiguieron en las dos Américas...” José Luís Guerrero 1990.

Finalmente llegaron a Tlaxcala en donde se curaron, armaron, y ocho mil indígenas construyeron los bergantines y un increíble canal que iba desde la ciudad de Texcoco hasta el lago para poder sacarlos de tierra firme, logro que los historiadores hispanistas, como todo, se lo endosan a los europeos. Pero sobre todo, Cortés inició una ofensiva diplomática basada en mentiras y promesas que jamás cumplió. Esta ofensiva contra los antiguos enemigos de los mexicas para buscar su alianza, encontró el eco esperado, en parte por el arrogante imperialismo azteca y en parte por la mentira de que Cortés era el embajador de Quetzalcóatl.

Además, en ese tiempo llegaron a Veracruz dos barcos que envió Velázquez desde Cuba y tres provenientes de Jamaica, que se pasaron a su bando. Y una cuarta nave venida de España a venderles armas y pólvora, con lo cual se armó de nuevo. Recuérdese que estas expediciones de "rescatar oro" eran grandes oportunidades para hacerse rico, sea robando o comerciando.

Cortés tuvo que enfrentar una nueva revuelta de la gente de Narváez, quienes pensaron en asesinar a Cortés y regresar a Cuba, pero éste los descubrió, ahorcando al líder Antonio de Villafaña y fingiendo desconocer los alcances de la conspiración que abarcaba a la mayoría de los facinerosos. Por esta situación a partir de ese momento y por su seguridad, montó una guardia personal, pues no le tenía confianza ni a su propia gente.