Mortaja (DCB)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


MORTAJA.


La última gala que viste el cuerpo para asistir de presente á una funcion de iglesia (mas ó menos solemne, segun mas ó menos se paga), á que yo nunca he asistido, ni pienso asistir mas de una vez, y esa porque me llevarán á fuerza por no poderse hacer la funcion sin mí. No se llama mortaja indistintamente cualquiera vestidura que se pone á un muerto: es requisito preciso que sea un vestido de ordenanza, uniforme distintivo de alguna milicia santa: pongo por ejemplo la seráfica Orden-tercera, la de siervas de María, esclavos de Cristo, etc, etc. etc.

Como esta usanza apénas está en boga en otra nacion cristiana ni católica mas que en la nuestra, no hay decir cuanto choca a los estrangeros que viajan por España, y á cuan graciosas equivocaciones ha inducido á álgunos. Célebre estaba en este punto un ingles recien llegado á la península en los principios de nuestra revolucion: era hombre afectísimo á nosotros y observativo, como lo suelen ser todos estos naciones: así es que todo lo apuntaba, todo lo atildaba, estendiendo su curiosidad igualmente á los vivos que á los muertos; pues no moria chico ni grande, de que él no tomase puntual razon en su libro verde. Era el teatro de sus observaciones un pueblo del riñon del reino, donde con el otoño y la desdicha picaban unas pícaras tercianillas que se llevaban la gente de calles. Y como vestido de frailesco viese nuestro atisbador llevar tantos en andas á la hoya, y tan pocos en trage comun, persuadióse á que la España es, casi toda, una nacion de frailes; y así lo tenia anotada en sus mamotretos. Cabalmente no podia ver un fraile ni su estampa; y siempre que vela llevar un féretro en hombros de hermamucos franciscanos, ó con acompañamiento de religiosos franciscanos, y de franciscano el amortajado, esclamaba con ira: !oh! peste de frailes en España.

Ve vmd. aquí como se atesta de fábulas la historia de las naciones. Este buen bretaño, de vuelta á la suya, hubiera estampado muy serenamente que en España se cuentan los frailes por cuento de cuentos. Pero oportunamente le deparó el cielo un buen eclesiástico, hombre sazonado, urbano y virtuoso sin hazañería, que te deshizo la trabacuenta, hablándole en estos términos: «Habeis de saber, Mister, que esos que veis llevar entre cuatro, aunque van de frailes, no tienen de tales mas que el hábito: aun ese deberá ser comprado en el trapillo de alguna órden mendicante: la cual, quiero que sepais que es una companía ó ayuntamiento de hombres consagrados á la vida contemplativa, que viven de industría, haciendo profesion de no tener mas bienes propios que los agenos, ni comer pan á manteles, sino el que les den de caridad; siendo tan ejemplar la suya, que todo lo que les sobra se lo dan á los pobres. (¡Aprendan aquí los poderosos de la tierra!) Pero como no siempre les sobra, ni siempre les basta lo que les dan por Dios (para ellos se entiende y para el Santo, segun el refran español fraile que pide por Dios pide para dos), tienen los pobrecitos que valerse de sus ingeniaturas. Una de tantas son las mortajas. El hábito de dichos reverendos se tiene comunmente por cosa santificada, y tanto que en presentandose vestidos de beato, (que llaman), hay páparos muy creidos de que al primer toque se les han de abrir de par en par las puertas celestiales. Aquí entra la industria. Una túnica, un manto viejo que, entre otros religiosos de los ricachones, no serviria mas que para espantajo de gorriones en una higuera, le coge un seráfico, le da dos vueltas, traza, marca, echa la tixera, le apunta un par de hilvanes, y catate ya un par de mortajas hechas y derechas. Pues ahora, venga acá por cada una esos seis ducados, ú ocho ú diez, ó docena, segun la intencion del pecador; que á nadie se le coarta la voluntad: y....¡viva la religión! muera la culpa, triunfe la gracia!»