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Elenco
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Nadie se conoce Félix Lope de Vega y Carpio


Nadie se conoce

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



ROBERTO, Rey de Hungría
LISARDO, Príncipe
CELIA, dama


DORISTA, dama
VELISA, dama
EL DUQUE ARNALDO


ALBANO, caballero
FELICIANO, caballero
FABIO, lacayo


LUCINDO, criado
FILENO, labrador
CLARINO, labrador


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Acto I
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Nadie se conoce Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen ROBERTO, rey de Hungría, y ALBANO, caballero.
ALBANO:

  Vuestra Majestad intente
dividirlos a los dos.

REY:

Como el Príncipe no siente,
¿qué castigos tiene Dios
para un hijo inobediente?

ALBANO:

  Amor es ciego sin guía,
y en la humana jerarquía
tiene tanta autoridad,
que aun dijo la Antigüedad,
que a los Dioses se atrevía.
  Pintole un sabio rompiendo
rayos en el aire.

REY:

El daño
es que yo le reprehendo
para dar fuerza a su engaño
con lo mismo que me ofendo.
  Porque es pasión ofendida
de ver que nadie la impida,
se opone al más atrevido,
que crece amor resistido
como el agua detenida.


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Nadie se conoce Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ALBANO:

  Señor, dicen que en amor
hay dos fines desiguales
con que se templa su ardor.

REY:

Con pensamientos iguales
tengo al remedio temor.

ALBANO:

  Cuando es amor que desea,
en gozando la hermosura
suele parecerle fea,
que templa el bien que procura
ver que le goce y posea.
  De suerte que esta mudanza
nace del bien que se alcanza,
porque en los brazos le halló
menor que se le mostró
el deseo a la esperanza.
  El otro amor es del trato,
y mucho más peligroso,
porque es de un Miclas retrato
abundante y deseoso
nunca mudable ni ingrato.
  Y como en la ejecución
no se templa su pasión,
tiene por fin el agravio;
sólo este médico es sabio
que los demás no lo son.


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REY:

  Ya te entiendo.

ALBANO:

Puede ser.

REY:

Dices que el Príncipe quiere
por trato aquesta mujer,
donde el deseo no muere
ejecutado el placer.
  Y que no podrá olvidar
sino sólo por agravio.
Pero, ¿quién ha de agraviar
a un hombre gallardo, y sabio,
que quiere, y sabe obligar?
  Demás de que yo he sabido,
que de los dos ha nacido
el vínculo deste amor,
los hijos es el mayor,
y es imposible el olvido.
  Celia es mujer principal,
¿qué agravio le puede hacer?
¿cómo será desleal
obligada una mujer,
y siendo tan desigual?
  Fue su padre Caballero
noble, según me han contado,
si bien de Hungría estranjero,
y en Francia el mejor soldado
que ciñó lustroso acero.
  Yo no la he visto en mi vida,
pero dicen que es mujer
virtuosa y recogida,
pues ¿cómo puede ofender,
ni ser de olvido ofendida?


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ALBANO:

  Señor, si bien las mujeres
saben resistir amando,
y de sus partes lo infieres,
porfiando y conquistando
puede haber algo en que esperes,
  que hasta un poeta llamó
lo que nadie conquistó,
y cuando Celia lo sea,
ni escuche, ni hable, ni vea,
con eso sólo haré yo
  que el Príncipe esté quejoso,
y aun celoso, que esto basta,
no es caso dificultoso
pintarle de la más casta
un agravio mentiroso.
  Que si él lo llega a creer
el mismo efeto ha de hacer
que la verdad.

REY:

Es engaño,
porque en viendo el desengaño
se han de volver a querer.
  De manera que es error
darle fingidos recelos
desengañando el temor,
que amistades sobre celos
doblan, Albano, el amor.


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ALBANO:

  Cuando un hombre está quejoso
del agravio de su dama,
del olvido codicioso,
por venganza finge que ama,
y se entretiene celoso.
  Prevenir una mujer
que solicite querer
al Príncipe, y que esto sea
de suerte que Celia crea
que agravio le pudo hacer,
  pues ella la ofensa mira,
y el Príncipe lo sospecha,
aunque todo sea mentira,
tú verás lo que aprovecha
para moverlos a ira.
  Y por donde no lo piensas
tendrán por ciertas las culpas,
y imposibles las defensas
que antes que se den disculpas
se habrán hecho mil ofensas.

REY:

  ¿Pues quien te parece a ti
que sirva a Celia?

ALBANO:

Señor,
el duque Arnaldo está aquí,
hombre de pecho y valor,
esto en secreto le di,
  y da principio al engaño,
que yo por mi parte haré
que crean los dos su daño.


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REY:

Voyle hablar para que esté
prevenido en el engaño.
(Vase.)

ALBANO:

  Deseos de subir a donde pueda
tener lugar que a todos me adelante,
me incitan a inquietar un noble amante,
aunque de serlo yo la culpa exceda.
A la Fortuna le pusieron rueda
no sólo por ser fácil y inconstante,
mas porque un hombre en ella se levante,
pues si no la provoca, se está queda.
Tan presto es liberal, como es avara,
ya los que estaban llenos, se ven faltos,
ya los que eran cobardes, atrevidos.
Ella en efeto es rueda, y nunca para,
y así por fuerza donde caen los altos
vienen a levantarse los caídos.
(Vase. Y salen el PRÍNCIPE y FELICIANO, caballero; CELIA, dama; DORISTA y VELISA, damas suyas.)

LISARDO:

  Quiero encarecer mi amor,
y parece que no acierto;
pero sé que estoy muy cierto
que no puede ser mayor.


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CELIA:

Si vos no tenéis temor,
más podéis encarecer
vuestro amor, porque vencer
al temor, mi bien, quien ama,
verdadero amor se llama,
y así es mayor en mujer.
  Teme la mujer que amando
corre peligro su honor,
teme, si hay competidor
perder lo que está gozando.
Si hay marido, está temblando,
si hay padre, el justo pesar
que en saberlo le ha de dar,
y quien teme como temo
a un rey, ¿qué mayor estremo,
qué mayor fuerza de amar?

LISARDO:

  ¿Y quién por vos aventura
de su padre la obediencia,
del Reino la diligencia,
con que casarme procura,
que le debe a esa hermosura?
¿Es menor la obligación?
Pero diréis que estas son
obras en hombre obligado
al hombre, a quien Dios ha dado
más valor y perfección.


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CELIA:

  No puede haber amor que iguale al mío,
mi sentido excedió mi sentimiento,
cuanto sin vos es bien, cuanto es contento,
es para mí tormento y desvarío.
Tan nuevas almas en mi pecho crío,
que son pocas cien mil para un momento,
haceme sombra el mismo pensamiento,
y della, si os ofende, me desvío.
Amor no tiene en mi cosa imposible,
por mí sola se pudo pintar ciego;
el alma para vos no es invisible.
Con esta fuerza a lo imposible llego,
y os quiero tanto más de lo posible,
que si no soy amor, vengo a ser fuego.

LISARDO:

  Nace del dulce pensamiento mío
siempre, señora, en vos mi sentimiento,
porque pensar tener otro contento
sino es pensando en vos, es desvarío.
Pienso en pensar qué pensamientos crío,
que no falten de vos sólo un momento,
y por no tener otro pensamiento,
de pensar en perderle me desvío.
Corrido está de verme el imposible,
la majestad rendida, el temor ciego,
y yo para otros gustos invisible.
Pues cuando a ver vuestra hermosura llego,
desprecio tanto amaros lo posible,
que con sólo mirar abraso al fuego.


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FELICIANO:

  Vos y yo poco sabremos
decirnos desto.

DORISTA:

Es verdad,
que donde no hay voluntad
pocos serán los estremos.

FELICIANO:

Yo os tengo alguna.

DORISTA:

Dejemos
esto de tener alguna.

FELICIANO:

Alguna es principio de una.

DORISTA:

Amad con mucha, o callad,
porque alguna voluntad
está cerca de ninguna.
(Sale FABIO, criado del PRÍNCIPE.)

FABIO:

  ¿El Príncipe mi señor?

FELICIANO:

Aquí está.

LISARDO:

Pues bien, ¿qué hay Fabio?


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FABIO:

Que todos tratan tu agravio
desde el mayor al menor.
  Tan público llega a ser,
que Riselo me ha contado,
que quiere tu padre airado
valerse de su poder.
  Celia en gran peligro está.

LISARDO:

Siempre Fabio lo temí.

CELIA:

Si hay peligro para mí,
el de perderte será.

LISARDO:

  Antes perderé la vida.

CELIA:

La Corte quiero dejar,
que el Rey me hace buscar;
o soy muerta, o soy perdida.

LISARDO:

  Sabe el Rey que para Dios
eres Celia mi mujer.

CELIA:

Sé yo que tiene poder
de apartarnos a los dos.

FELICIANO:

  Si la Corte has de dejar,
aquí cerca hay una aldea.


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LISARDO:

Y no hay remedio que sea
más fácil, pues hay lugar
  de verte siempre que quiera.

FABIO:

El bosque de Miraflor
tiene un castillo, señor,
puesto en su verde ribera,
  hay desde la aldea a él
un tiro de piedra menos,
donde mil olmos amenos
forman un verde dosel.
  Es casa llana y cerrada,
haz que Celia viva allí,
no en el traje que está aquí,
pues puede andar disfrazada.
  Y porque los labradores
son maliciosos, que en fin
nunca verás hombre ruin
con pensamientos mejores.
  Un criado que no sea
en la Corte conocido,
se finja ser su marido,
y satisfaga la aldea.

LISARDO:

  Bien dice, y nadie mejor
que Feliciano.


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FELICIANO:

Si puedo
servirte, aquí estoy.

LISARDO:

Yo quedo
satisfecho de tu amor.
  Celia será labradora,
tú su marido, y yo quien
vaya secreto, mi bien,
a ver el que el alma adora.

CELIA:

  Todo está bien ordenado,
¿mas no ves que si me ausento
me ha de buscar?

FELICIANO:

Pensamiento
bien temido, y bien fundado.

LISARDO:

  ¿Pues qué remedio?

FELICIANO:

Que aquí
Dorista se quede agora
en nombre de mi señora.

DORISTA:

Y den los rayos en mí.


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LISARDO:

  No temas que el Rey te ofenda
y más que te he de guardar,
estimar y visitar
como a mi querida prenda.
  Quédate Dorista aquí,
que yo tengo quien te guarde.

DORISTA:

No me tengas por cobarde,
que más valor vive en mí.
  Digo que me quedaré
siendo Celia a resistir
sus llamas hasta morir.

LISARDO:

Pues haced que a punto esté
  una carroza.

FABIO:

¿Carroza,
señor? Un carro ha de ser,
que la industria del poder
notables vitorias goza.
  Feliciano disfrazado
en las mulas ha de ir,
y en el lugar prevenir,
que este castillo ha tomado
  por algún arrendamiento
para ganado y labranza,
que dar esta confianza
es el mejor fundamento.


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LISARDO:

  Bien dice, esto queda así:
vístanse los que han de ser
labradores.

CELIA:

Voy a ver
lo que vengo a ser por ti,
  aunque lo más tengo ya
de labradora, y de honrada,
que es estar del sol quemada
que de tus ojos me da.

LISARDO:

  Antes yo tu sombra soy,
y te sigo desde agora,
y si soy tu sol, señora,
tú eres el cielo en que estoy.

CELIA:

  Ya mi temor me importuna,
ni seas sol, ni yo tus cielos,
porque vendré a tener celos
de que des luz a la luna.
(Vanse todos y quedan VELISA y FABIO.)

FABIO:

  ¿Vuesa merced no me dice
alguna cosa, pues ya
a ser villana se va?


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VELISA:

Mucho a quien soy contradice,
  no sé si sabré fingir,
¿pero qué se puede hacer?

FABIO:

Mujer, fingir, y nacer
a un tiempo suele salir.
  Esto por estremo hacen
sin maestros de danzar,
porque bailar, y engañar
lo saben desde que nacen.
  ¿Por qué piensas que lloramos
los hombres cuando nacimos?
Porque obligados salimos
a lo que después pagamos.
  Es deuda que nunca pasa
su beldad, y engaño inmenso,
cargar un perpetuo censo
por nueve meses de casa.

VELISA:

  ¿Y nosotras no lloramos
porque sujetas nacimos?

FABIO:

Fue maldición.

VELISA:

Ya servimos.

FABIO:

¿Y no medran?


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VELISA:

¿Qué medramos?
  El hombre manda, es señor
del gobierno, y del dinero.

FABIO:

Del dinero, eso no quiero
que allá le tenéis mejor.
  Porque si cuanto tenemos
nos quitáis cuando os le damos,
¿qué sirve que le tengamos
pues tan presto le perdemos?
  Comienza el dinero en di,
porque di, y acaba en nero,
porque es crueldad dar dinero,
que el Nero lo dice ansí.
  Ahora bien mira qué quieres,
¿pues quedo a ser cortesano?

VELISA:

Que te vayas a la mano
en hablar mal de mujeres,
  que los cortesanos son
gente libre en esta parte.


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FABIO:

Honrarelas por honrarte
de cualquiera condición.
  Las flacas y carnisecas
llamaré desde hoy jarifas,
gallardas las hipogrifas.
Las tentadas de muñecas
  trataré con dulces nombres,
diré que enfermas están,
pues por do quiera que van
van dando el pulso a los hombres.
  Las gordas diré que son
gente de asiento y de peso,
porque es la mujer sin seso
calabaza del varón.
  Las frías diré que anima
su frialdad, y que enamora
pues lo es más la cantimplora,
y hay tiempos en que se estima.
  Las cálidas, que son nobles,
pues que tienen calidad,
las que no tratan verdad,
que también hay tratos dobles
  en la milicia, que es cosa
de los hombres tan honrada;
que la adúltera casada
de su dueño está quejosa.


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FABIO:

  Pues no hay mujer, ni se piensa
aunque en las malvas nacida
que bien comida y bebida
hiciese a su dueño ofensa.
  La doncella que no dio
buena razón a su madre,
que fue descuido del padre,
pues grande no la casó.
  No hay delito que no cubra
pues una doncella grande,
aunque el Rey no se lo mande
es forzoso que se encubra.
  La soltera tomajona
bien la sabré disculpar,
aunque aquesto del tomar
hasta el oro no perdona.
  La buscona a pie, o en coche
diré por hacerlas graves,
que crió Dios muchas aves
que se sustentan de noche.
  Con esto que les ofrezco
de la obligación te saco.


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VELISA:

¡Qué grandísimo bellaco!

FABIO:

Por honrarte lo merezco.
(Vanse. Y sale el REY, el duque ARNALDO y ALBANO.)

REY:

  Esto has de hacer por mí.

ARNALDO:

Serás servido
puesto que con razón siento en efeto
ofender en su gusto a quien ha sido
mi Príncipe y señor.

REY:

Será secreto.

ARNALDO:

No hay amante que viva en tanto olvido,
que no sienta los celos, si es discreto,
porque los celos hacen compañía
siempre al amor, como la luz al día.

REY:

  Cuando lo entienda, puedes dar disculpa,
con que sirves alguna de sus damas.

ARNALDO:

Mejor obedecerte me disculpa,
aunque pierda mil vidas, y mil famas.

REY:

¿Has visto a Celia?


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ARNALDO:

Fuera mayor culpa.

REY:

¿Culpa el servicio de tus Reyes llamas,
viendo que si Lisardo no se casa
a dueño estraño nuestro Reino pasa?

ARNALDO:

  Yo voy a obedecerte, venga Albano
que me enseñe la casa.

ALBANO:

No la he visto
mas podreme informar.

ARNALDO:

Pienso que en vano,
invicto Rey, esta mujer conquisto,
pues nunca se ha alabado Cortesano
de haberla visto, con que más resisto
a lo que intentas, si vencerla quieres
pues en la Corte hay linces de mujeres.
  ¿Cuál viuda recogida se ha escapado?
¿Qué doncella metida entre paredes?
¿Qué casada en lugar más retirado?
¿Y hasta las que defienden sacras redes?

REY:

Parte de lo que digo confiado,
que a mí y al Reino remediarnos puedes.


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ARNALDO:

Sabe Dios lo que siento que le ofendo.

ALBANO:

Ella es mujer, ¿qué tienes?

ARNALDO:

Yo me entiendo.
(Vanse los dos. Y entra el PRÍNCIPE.)

LISARDO:

  Dicen me, gran señor, que me has llamado.

REY:

Dame voces el Reino que te case
y tú de mí y del Reino descuidado
dejas que uno se queje, y otro pase.
¡Ah cómo vives Príncipe engañado,
aunque te ciegue amor, aunque te abrase!
Qué necio estás, si no es que te lo impida
sentir que quieres acortar mi vida.
  No me admiro que un mozo tenga un gusto,
porque la edad es dueño de los ojos,
pero no ha de exceder de lo que es justo,
ni a un tirano crüel darse en despojos.
No compres tu placer con mi disgusto,
ni tu libre vivir con mis enojos;
no así se crían con injustas leyes
los príncipes que nacen para reyes.
  Yo te quiero casar, no quiero darte
pena en quitarte esa mujer que adoras;
¿qué pudieran quitarte y enojarte
manos que fueron de tu vida autoras?
Mas quiero con mi edad aconsejarte
que no con mi poder, pues no le ignoras:
mira que el que es ingrato al padre yerra,
pues no puede vivir sobre la tierra.
(Vase.)


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LISARDO:

  En estraña confusión
me deja verdad tan clara,
pues no la puedo negar
siendo a mi gusto contraria.
¿Qué haré, que no puede ser
dejar a Celia burlada?
Ni puede sufrir mi amor
que piense el alma olvidarla.
Obedecer a mi padre
es justo, pero ¿quién basta
contra amor, si amor es Dios,
y lo contrario me manda?
No es tarde para casarme
otros más tarde se casan.
(Entra FABIO.)

FABIO:

A tus postreras razones
llega Fabio.

LISARDO:

Aquí trataba
de que me casa mi padre.

FABIO:

Linda materia.

LISARDO:

Estremada,
más tarde se casan otros.


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FABIO:

Diralo porque ya pasan
con más brevedad las vidas,
y pienso que esta es la causa
de casarse las mujeres
tan niñas, que muchas andan
con las muñecas el día
que al desposorio las llaman.
Verdad es que he visto a muchas
con las muñecas descalzas
que en treinta y nueve se queda,
y algún caballo descartan.

LISARDO:

Oh Fabio, si ya las vidas
como en el tiempo se usaran
de nuestros padres primeros.

FABIO:

No son las nuestras tan largas,
¿en qué piensas que consiste?

LISARDO:

¿En qué?

FABIO:

Las saladas aguas
del diluvio de la tierra
la dejaron tan salada
que lo es cuanto produce,
y así el sustento le falta
con que los hombres vivían
tan largos siglos sin canas,
agora a treinta años hay
inmensas canas y calvas.


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LISARDO:

¿A treinta años?

FABIO:

Es lisonja,
que a más de dos les agrada
antiguamente el oficio,
o el arte que así se llama.
Eran pintor y platero,
pintor es cosa que espanta
la misma naturaleza,
platero es cosa tan rara
que como a rey le obedecen
oro, diamantes y plata;
pero ya los tintoreros
tienen la esfera más alta,
culpa de la edad que es breve,
y cuando comienza acaba.

LISARDO:

Dice mi padre, que es tiempo
de casarme, si me hallara
en la edad en que vivían
mil años, no me pesara
viviera los novecientos
con Celia, y ciento que faltan
casado donde él quisiera.


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FABIO:

Famosamente lo trazas,
y dijéraslo de veras,
si vieras que se apeaba
algún carro como el Sol
dando al aldea dos albas
Feliciano su Faetonte
no los caballos guiaba,
sino las mulas, que en fin
si hay Sol con uñas, no espanta
que haya tal vez Sol con mulas,
si el Sol es hembra, que basta.
¿Cómo te diré su traje?
¿Como el sayuelo y la saya?
¿Como tendido el cabello
entre las sartas de plata
haciendo cadenas de oro,
y guarnición a la grana?
La labor negra del cuello
hizo la carne tan blanca
que pensaras que la Escitia
a Etiopía se juntaba.
Unos bordados leones
le cercaban la garganta,
que como son africanos
quietos a nieve temblaban.
Las mangas de la camisa,
no quiero hablarte en las mangas
que las tomará algún rey
por mangas después de Pascua.
Iba en la chinela el pie,
adonde con tanta gracia
ojos ataban las cintas,
las suelas pisaban almas.
El delantal encubría
cierta barriga de nácar,
donde vive alguna perla
que aquestos reinos aguarda,
Dios te la deje gozar.


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LISARDO:

Notable gusto me dabas,
prosigue.

FABIO:

¿Qué hay que decir?
Así la imitan sus damas:
Filida de azul haciendo
sobre este mar, que imitaba
las ondas con sus cabellos,
Silvia de amarillo y plata,
Lucinda de nácar y oro,
y Velisa.

LISARDO:

Fabio para,
que sospecho que Velisa...

FABIO:

Pues ya no podré pintarla.
Mas como suele comer
racimo de uvas quien anda
escogiendo las maduras,
y después no deja nada,
así seré con Velisa.

LISARDO:

Albano es aqueste, aguarda.


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(Sale ALBANO.)
ALBANO:

Díjome el Rey mi señor,
que va a los bosques a caza,
y que quiere divertirte.

LISARDO:

Di que haré lo que me manda.
¿Qué es esto?

FABIO:

Cosa que fuese
donde está Celia alojada,
que puede llegar a verla.

LISARDO:

¿Cómo?

FABIO:

En la reja de casa
la vi, pero no te espantes
que es naturaleza y casta,
que la mujer y el botón
siempre están a la ventana.
(Vanse, y entran el duque ARNALDO y LUCINDO.)

ARNALDO:

  De mala gana obedezco
al Rey en esta ocasión,
pero es ley y obligación,
Dios sabe lo que padezco.
  Ya he dado vuelta al terrero.


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LUCINDO:

A Celia sospecho ya
[-a]
que vi en las rejas primero.

ARNALDO:

  ¿Conocesla tú?

LUCINDO:

En mi vida
diré, señor, que la vi,
antes alabarla oí
de honesta y de recogida,
  y que estar a la ventana
parece cosa muy nueva.

ARNALDO:

Lo que el Rey en esto prueba
es empresa loca y vana,
  que una principal mujer,
y de un príncipe obligada,
no ha de querer conquistada,
no ha de dejar de querer.

LUCINDO:

  Yo sospecho que esto ha sido
sólo para darle celos.

ARNALDO:

Y si yo le doy desvelos,
un poderoso ofendido,
  Lucindo, ¿qué puede hacer?


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LUCINDO:

¿Qué hicieras tú?

ARNALDO:

Yo matara
quien mi gusto me quitara,
como tuviera poder.

LUCINDO:

  Pues lo mismo hará Lisardo.

ARNALDO:

Desengañarele yo
de lo que el Rey me mandó,
y en todo peligro aguardo.
  ¿Pero ya qué puedo hacer?
Llego a la reja atrevido.

LUCINDO:

Oye un consejo.

ARNALDO:

Yo he sido
sobre quien viene a caer
  todo el rigor deste caso.

LUCINDO:

Finge que no has conocido
a Celia, sino que ha sido
el ver su hermosura acaso.

ARNALDO:

  Bien dices, que así podré,
si se quejare de mí,
disculparme, llego así.


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(Sale DORISTA en alto vestida en forma de CELIA.)
DORISTA:

Si no saben que se fue
  Celia, de la Corte ya,
vendrán del Rey las espías,
viendo que noches y días
Lisardo con ella está.
  El duque Arnaldo ha venido
por ventura, con intento
de saber el fundamento
que este suceso ha tenido.
  Aunque el mirar más parece
amorosa voluntad,
que vana curiosidad
de lo que el Rey encarece,
  que tiene por gran delito
ver en un mancebo amor.

ARNALDO:

Ya, señora, a mi temor
que se mude le permito
  en forma de atrevimiento,
y que os diga, que pasando
acaso, y no levantando
con la vista el pensamiento,
  me obligó a ponerla en vos
el veros, si os he ofendido,
perdón del agravio os pido.


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DORISTA:

¿Sabéis quién soy?

ARNALDO:

No por Dios,
  mas ya, señora, recelo
quién será vuestra belleza,
porque la naturaleza
es instrumento del cielo.

DORISTA:

  Que no sabéis quién soy.

ARNALDO:

Creo
que acierto en lo que he pensado,
pues otra causa no ha dado
esperanza a mi deseo.

DORISTA:

  ¿No sabéis quién vive aquí?

ARNALDO:

No señora, que ya os digo,
que acaso, y sólo conmigo
alcé los ojos, y os vi.

DORISTA:

  Pues quiero os decir quién soy
para que dejéis la empresa.


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ARNALDO:

Si sois casada, me pesa;
si libre, palabra os doy
  que si el Príncipe de Hungría
me fuera el competidor,
no me quitara el amor,
aunque la vida podría.

DORISTA:

  Pues sabed que suya soy.

ARNALDO:

¿Sois Celia, a quien ama tanto?

DORISTA:

La misma.

ARNALDO:

¿De qué me espanto?
¡Oh cómo culpa le doy
  de no se querer casar!
Aunque al fin lo habrá de hacer
quien tiene tanto poder
que se lo puede mandar;
  pero sea como fuere,
yo os tengo de amar.

DORISTA:

No haréis
que al dueño respetaréis,
que os he dicho que me quiere.

ARNALDO:

  ¿Sabéis quién soy?


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DORISTA:

Bien sospecho
que sois hombre principal.

ARNALDO:

En sangre le soy igual,
y en todo el valor del pecho.

DORISTA:

  Como estoy tan encerrada
sé muy poco de la Corte.

ARNALDO:

No hay cosa que más importe
para vivir estimada,
  y por esta lo sois tanto,
que hasta el Rey lo sabe ya,
pues nadie en Palacio está,
cosa que me causa espanto,
  que os haya visto jamás,
si no soy yo.

DORISTA:

Estoy cansada
de vivir tan encerrada,
y no pienso estarlo más,
  que no se puede vender
la libertad por el oro,
y por guardar el decoro
con que debo agradecer
  al Príncipe tanto amor,
agora os pido que os vais,
pues del que vos me mostráis
será obligación mayor,
  que de noche os hablaré,
si con secreto venís.


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ARNALDO:

Haré cuanto me decís,
y tan secreto vendré,
  que aun yo no sepa de mí,
desto la palabra os doy,
ni es mucho si en vos estoy,
y no en mí después que os vi.

DORISTA:

  Duque, adiós.
(Vase.)

ARNALDO:

El cielo os guarde.
¿Qué te dice?

LUCINDO:

Que es mujer,
y que he venido a creer,
que la hace firme el cobarde.
  ¿Aquesta es la recogida?

ARNALDO:

Y la que al Príncipe adora,
la que más quiere y más llora,
al menor envite olvida.
  ¿Esta es Celia? Vive el cielo,
que pienso que me engañó.

LUCINDO:

Ella es sin duda, que yo
la he visto.


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ARNALDO:

Engaño recelo.

LUCINDO:

  Pues ¿cómo si vive aquí,
y esta noche te previene?

ARNALDO:

Todo a propósito viene,
y mejor sucede ansí,
  porque si me favorece,
ha de callar por su honor.

LUCINDO:

No tiene a Lisardo amor,
a lo menos lo parece.

ARNALDO:

  Nace de ser muy amadas
sin duda el dejar de amar,
o las debe de cansar
que las tengan encerradas.
(Vanse.)
(Sale CELIA en hábito de labradora, con VELISA; FELICIANO de labrador, fingiéndose su marido.)

CELIA:

  ¿Está todo acomodado?

VELISA:

Todo está como deseas.

FELICIANO:

¿Qué te dicen las aldeas,
el bosque, el monte y el prado?


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CELIA:

  Todo me parece bien,
si el Príncipe mi señor
me asegura de su amor,
ya que mis ojos le ven.
  Que si vive descuidado
de que estoy sin él aquí,
serán muerte para mí
el bosque, el monte y el prado.

VELISA:

  ¿Qué hará Dorista en la Corte?

FELICIANO:

Fingir.

CELIA:

¿Y sabralo hacer?

VELISA:

Dice Fabio que es mujer.

CELIA:

De ser maldiciente acorte,
  que la que sabe querer
puede enseñar a tratar
verdad.

FELICIANO:

Quiérote culpar,
pues finges ser mi mujer.


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CELIA:

  Eso no es hacer engaño,
sino defender mi vida
de un rey.

FELICIANO:

Ya está conocida
tu verdad.

CELIA:

Temo mi daño.
  Parte luego, Feliciano,
a acomodar esa gente.

FELICIANO:

Voy.
(Vase.)

VELISA:

Que el Rey tu agravio intente.

CELIA:

Contra amor, se cansa en vano.
  Es amor la fortaleza
mayor del alma, es amor
del poder competidor,
sin temer mortal grandeza,
  es amor, aunque es pasión,
como una cuarta potencia
que le pone en resistencia
del alma y de la razón.


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(Sale el REY con un venablo.)
REY:

  Qué deleitoso ejercicio
es la caza, pero cansa
tal vez el mayor deleite,
siga mi gente la caza
que este prado me convida,
y esta fuentecilla clara
traidora a su misma arena,
pues descubre lo que guarda,
a gozar del aire un poco;
¡ah, qué graciosas villanas!
Parece que son las flores
que este verde prado esmaltan.
¡Ah zagales!

CELIA:

¡Ay de mí!

REY:

¿Qué temes? Escucha, para,
no vengo a matarte yo,
fieras buscan estas armas,
no bellezas, no hermosuras.

CELIA:

A la fe que estoy turbada,
que a poco, señor, que el Cura.

REY:

Sosiega, ¡qué hermosa cara!
¡Qué buen talle, aseo y brío!


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CELIA:

Yo le dije dos palabras,
él me dijo.

REY:

No te turbes,
¿qué dices?

CELIA:

Que soy casada,
y me reñirán, señor,
si me pecilgan y hablan.
Tengo un marido más hosco
que un novillo.

REY:

Espera, aguarda
que cuando sepa quién soy
él me llevará a su casa.

CELIA:

Aunque huérades el Rey
presumo que no os llevara,
si bien en vos aseguran
la autoridad y las canas.

REY:

De esas nunca lo estés mucho,
que en edades no muy largas
sólo está la diferencia
en trocar el oro en plata.


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CELIA:

También oí yo decir
a mi padre, que Dios haya,
que había rocines blancos
que les venía de casta,
y así será su merced.

REY:

No he visto mejor villana.
¿Hay gracia, hay donaire, y brío
como el que tiene? ¿Qué dama
puede igualarla en la Corte?
(Salen el PRÍNCIPE, de caza y FABIO.)

LISARDO:

¿Es Celia?

FABIO:

Sí.

LISARDO:

¿Con quién habla?

FABIO:

Con tu padre.

LISARDO:

¿Con mi padre?

FABIO:

¿Qué dudas?

LISARDO:

¡Ay tal desgracia!


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FABIO:

¿Por qué, si no la conoce?

LISARDO:

¿Qué haré para que se vaya?

FABIO:

Llegar de golpe.

LISARDO:

Señor,
por mi vida que me agrada
la caza.

REY:

Tiene estos lances
nunca accidentes le faltan,
pienso que has de entretenerte
entre tantas cosas varias
como suceden en ella.
No sé, ¿cómo no te cansas
de esa tu Celia enfadosa?

LISARDO:

¿Agora de eso me tratas?

REY:

No has querido divertirte
años ha con otras damas,
abrevias la mano al cielo,
no quieres creer que basta
a hacer otras hermosuras;
pues mira tú si te engañas,
que en un monte, en una aldea
hay esta belleza, y gracia;
vuelve labradora el rostro,
¿viste belleza más rara?
Pues si esto se cría en un monte
entre sabinas, y hayas,
¿qué hallarás en una Corte?


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LISARDO:

Señor, en mucho te engañas,
que no son mis desatinos
tantos como me levantan,
que te obligan a creerlos
con sus fingidas palabras.

REY:

Pues siendo como tú dices,
¿por qué causa no te casas?
¿Qué hechizos te ha dado Celia
que así te abrasan el alma?
Pondré los ojos, la vida
que con mil leguas no iguala
a esta humilde labradora.

LISARDO:

Quisiera poder mostrarla,
y que la hablaras, señor,
que si la vieras, y hablaras
yo sé.

REY:

¿Qué puedo saber
que en tanto engaño te valga?
Que seré Celia Medea,
o Circe, que así te encanta,
amor tratado será,
no méritos.


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LISARDO:

Cuando faltan
méritos en el sujeto,
¿cuál es el hombre que ama?

REY:

Yo sé que tus desatinos
no nacieron de esa causa,
que el amor que más se hechiza
es aquel que más se trata.

CELIA:

¿Que su merced era el Rey?
Cierto que no lo pensara,
¿los reyes riñen los hijos?

REY:

¿De qué te espantas, serrana?

CELIA:

Eso toca a sus maestros,
¿no tienen ayos?

REY:

Repara
que en esta edad no hay maestros.


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CELIA:

A la fe que en la crianza
de los reyes está en cifra,
cuanto después se dilata.
Bien sabéis, reñilde bien,
porque deje en hora mala
esa Celia, o Celestina.
Mas porque vienen mis cabras,
quedad, señor, en buen hora,
que también de su labranza
viene a cenar mi marido,
y si un instante le falta
esto que llamamos olla,
habrá en su lugar estaca.
(Vanse CELIA y VELISA. Y sale ALBANO.)

ALBANO:

  Ha de volver a la Corte
vuesa Majestad.

REY:

Advierte.

ALBANO:

¿Señor, qué mandas?

REY:

¡Qué suerte!
Plega a los cielos que importe.
  Divierto, Albano, el amor
que a Celia tiene Lisardo,
que ya le encierro, y le guardo
lleno de pena y temor.
  Quiero ver si vuelve a vella.
¿Puedo esta noche pasar
en este pobre lugar?


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ALBANO:

Ya sale del sol la estrella,
  y es tarde para tu gente,
no sé cómo han de alojarse.

REY:

¿No podrán acomodarse?

ALBANO:

Sí podrán difícilmente.
  Para vuestra Majestad
es el castillo estremado.

REY:

Lisardo me da cuidado.

LISARDO:

¿Qué es aquesto?

FABIO:

Novedad.

ALBANO:

  En el castillo también
se puede alojar, señor,
porque sólo un labrador
le vive.

FABIO:

¿Entiéndeslo bien?

LISARDO:

  Y tan bien, que estoy sin mí.

REY:

Llama en el castillo.

ALBANO:

A gente.


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(Sale FELICIANO con su hábito de labrador.)
FELICIANO:

¿Quién llama tan huertemente?

ALBANO:

Mira que el Rey está aquí.

FELICIANO:

  Deme vuestra Señoría
los pies.

REY:

Levanta.

FELICIANO:

Señor,
en casa de un labrador,
notable ventura mía.

REY:

  ¿Cuyo es aqueste castillo?

FELICIANO:

Vuestro, señor, y olvidado.

ALBANO:

¿Eres tú su Alcaide?

FELICIANO:

Soy
un labrador que estos campos
en arrendamiento tiene,
que por estar derribado
ya no vive Alcaide en él.


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REY:

¿Era tu mujer acaso
la labradora que aquí
habló conmigo?

FELICIANO:

Los diablos
me casaron con mujer
tan bachillera.

REY:

Entretanto
que aperciben de cenar
di que me vea en mi cuarto.
(Vanse el REY y ALBANO.)

LISARDO:

¿Que es aquesto?

FELICIANO:

No lo sé,
pésame que hayas llegado
a tal desdicha, que el Rey
se aloje con sus criados
a donde has traído a Celia.

LISARDO:

¿Quién lo hubiera imaginado,
quién hubiera prevenido
tal desdicha, Feliciano?
Aquí la habló, y esta noche
quiere con todos sus años
que le venga a entretener,
y a mí me dice, que el trato
me ha enamorado de Celia,
y el de verla enamorado,
no repara en que me riñe.


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FELICIANO:

Señor, vamos al reparo,
ninguno a Celia conoce,
no la escondas, que el engaño
podría ser tu remedio.

LISARDO:

¿Mi remedio?

FELICIANO:

Y está claro,
pues cuanto más le agradare,
tanto estarás disculpado.

LISARDO:

Llama a Celia.

FELICIANO:

Aquí está Celia.
(Sale CELIA.)

CELIA:

Señor, ¿qué es lo que intentamos,
que así nos sale a los ojos?

LISARDO:

Mi bien, por hacer reparos
a las flechas de tus ojos,
a las armas de tus manos,
mi padre quiere apartarme
de la Corte, y fue juntarnos,
pues tan junto a su aposento
tendremos el nuestro entrambos,
que oirá nuestros amores
si no los decimos paso.
No temas, háblale bien,
que si te quiere, está llano
nuestro remedio.


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CELIA:

Sí haré,
que bien sé que el cielo santo
permite que yo le agrade,
porque vea el desengaño
de lo que piensa de mí.

LISARDO:

Yo sé que le han informado
mal de tus merecimientos;
¿mas que mayor desengaño?
Vete mi bien, no nos vea.

CELIA:

Dame primero tus brazos,
por buen agüero del bien
que toda la noche aguardo.

FELICIANO:

¿Eso se sufre delante
de un marido?

FABIO:

Feliciano
ya están las cosas del mundo
tan pacíficas, tan llanos
los hombres, las amistades,
las convenencias, los tratos,
que andan con otros las cabras
en presencia de los cabros.


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Acto II
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Salen ALBANO y el REY.
ALBANO:

  ¿Es posible que la quiera
vuestra Majestad así?

REY:

Si lo creyera de mí,
de mi edad no lo creyera.

ALBANO:

  Ella es hermosa mujer,
y tuviera por mejor
que el Príncipe mi señor
la comenzara a querer.

REY:

  No estoy, Albano, en estado
que lo pueda permitir,
y véngome a persuadir
que está muy enamorado,
  pues viéndola como yo,
como yo no la he querido.

ALBANO:

Más puesto en razón ha sido
lo que a entrambos sucedió.
  De que es fuego se te acuerde
amor, y así viene a ser
más puesto en razón arder
el leño seco, que el verde.


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REY:

  A influencia lo atribuyo
del cielo.

ALBANO:

¿Tienes pensado
lo que has de hacer?

REY:

He mandado
que al villano esposo suyo
  se dé bastante dinero
para reparar la casa,
y aunque otro fuego me abrasa
culpar al de Junio quiero,
  y decir que en la ribera
me tengo de entretener.

ALBANO:

¿Tanto será menester
para que humilde te quiera
  una pobre labradora?

REY:

Si la miras bien, Albano,
aunque en estilo villano,
tiene cosas de señora.
  Divertir pensé a Lisardo
de amor, y vengo a inferir,
que él me viene a divertir,
ya su reprehensión aguardo.


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ALBANO:

  ¿Pues entiende alguna cosa
deste pensamiento?

REY:

No,
que se lo he mandado yo
a la villaneja hermosa,
  y es tan aguda, y discreta,
que sabe disimular;
ni él puede ya reparar
que su amor a mí me inquieta.
(Sale el duque ARNALDO.)

ARNALDO:

  Pienso que me puede dar
vuestra Majestad albricias.

REY:

Si alguna cosa codicias,
ya la comienzo a mandar.

ARNALDO:

  Celia está ya de mi parte,
anoche en su casa entré,
si bien la visita fue
dejando el amor aparte;
  pero ya la inclinación
da muestras de más flaqueza.

REY:

No hay en mujer fortaleza.


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ALBANO:

Fuertes en flaquezas son.

REY:

  Celia te ha dado lugar
a que entres a verla.

ARNALDO:

Y creo
que pudiera mi deseo
a lo posible llegar,
  si el Príncipe mi señor
no tuviera sangre allí.

REY:

Pues Celia se rinde así,
¿quién tendrá, seguro honor?
  Mal haya el hombre que fía
de obligar, ni de querer.

ALBANO:

Es mujer.

REY:

Sí, más mujer
que por mil causas querría.

ARNALDO:

  Lo más que della entendí,
es que el tenerla encerrada
Lisardo, la trae cansada.


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REY:

Pues eso será por mí.
  ¿Qué familia tiene?

ARNALDO:

Poca.

REY:

¿Qué casa?

ARNALDO:

Curiosa, y rica,
bien al dueño significa
por la parte que le toca.

REY:

  ¿Hijos?

ARNALDO:

Uno, y no le vi,
que luego a entender me dio,
que a Alemania le envió
por tener miedo de ti.

REY:

  Mal hizo, en fin es mi nieto.

ALBANO:

Lisardo.


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(Entran LISARDO y FABIO.)
FABIO:

La voluntad
si confirma la amistad,
es potencia sin respeto,
  y siempre decir oí
que el apetito, señor,
nunca envejece.

LISARDO:

Es error,
que en fin.

FABIO:

Tu padre está aquí.

REY:

  ¿Has pensado, Lisardo, por ventura
lo que te he dicho acerca de casarte?
¿O la aspereza en tus respuestas dura?

LISARDO:

Yo debo obedecerte, y agradarte,
mas no se pasa agora coyuntura,
ni así puede tu edad desconfiarte,
yo te responderé.

REY:

¿Cuándo?

LISARDO:

Muy presto.


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REY:

Presto es llevarlo en mi obediencia puesto.

LISARDO:

  Señor, yo voy mis cosas disponiendo
a término que pueda sin errarme,
perdona si el respeto voy perdiendo,
más libre y menos bárbaro, casarme
no puedo, mas si bien me reprehendo
de no poder vencerme y consolarme,
yo haré cuanto pudiere, que es muy justo,
que sólo estime obedecer tu gusto.
  Cargan sobre el valor obligaciones
que no me dan lugar a obedecerte;
pero yo saldré della, si hay razones
que puedan obligarme de otra suerte.

REY:

Y si anda ya tu honor en opiniones,
y dicen, que esa dama se divierte
con cuantos quieren verla, ¿será justo
mirar su obligación, y no mi gusto?

LISARDO:

  A lo que miro yo, ni el sol se atreve,
porque pide licencia a mil cristales
para entrar a tocar en esta nieve.

REY:

Derrite el Sol a veces nubes tales
amor como te engaña, a honrar te mueve
quien te ofende con prendas desiguales.


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LISARDO:

A vuestra Majestad le han engañado.

REY:

¿Quieres lo ver?

LISARDO:

Yo estoy bien confiado.

REY:

  Cuánto va que esta noche...

LISARDO:

No me digas
cosa tan imposible.

REY:

Verlo tienes,
para que mi verdad no contradigas.

LISARDO:

Algún engaño a su lealtad previenes;
mas porque destas cosas te fatigas,
oh gran señor, y tan airado vienes,
¿nunca fuiste mancebo? ¿Nunca diste
lugar a amor? ¿Tan cuerdo siempre fuiste?
  ¿Es delito querer, siendo querido,
a una mujer tan principal?

REY:

Si fuera
principal en ser casta, hubiera sido,
disculpa que a tu error darla pudiera;
pero si mientras andas divertido
conmigo de ese bosque en la ribera
entra en su casa quien te ofende, ¿quieres
que diga que es ejemplo de mujeres?


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LISARDO:

  Llévame a que lo vea.

REY:

Soy contento,
para que más de su traición te asombres,
y mira que los reyes, está atento,
no pasan por las leyes de otros hombres,
nunca fue mozo un rey.

LISARDO:

¡Estraño cuento!

REY:

Que es nombre aparte de los otros nombres,
que a ser posible en las humanas leyes
viejos habían de nacer los reyes.
(Vase.)

LISARDO:

  Si no guardara respeto
a lo que el cielo me avisa,
yo celebrara con risa
Fabio amigo este conceto.
  ¿Qué te parece de ver
hecho a mi padre un catón,
y perdido de afición
de una rústica mujer?


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FABIO:

  Así va el mundo, señor,
quien puede, su gusto goce,
porque nadie se conoce,
ni advierte en su propio error.
  Reprehende un viejo a un mozo
que trata de amor, sin ver
que le disculpa tener
crespo, rubio, o negro el bozo
  y él a Jacinta, o Marfrodia
sirve, solicita, y trata
con una barba de plata
como santo de custodia.
  Ríese con su mujer
en la mesa del vecino,
que a ser desdichado vino,
por dicha a más no poder;
  el que le murmura mal,
y vive en sus cosas ciego,
y sale su mujer luego
a ver el señor don tal.
  Riñe un padre que ha jugado
su hacienda a un hijo, que ya
comienza a jugar, y está
a parecerle obligado.


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FABIO:

  Y no mira y considera
que ganando le engendró,
que la noche que perdió
claro está que no pudiera.
  Maldice la madre anciana
la hija que se entretuvo
sólo un momento que estuvo
de pechos en la ventana.
  Y no se acuerda que fue
dama de tres, y aun de trece,
porque sólo le parece
yerro el que en los otros ve.
  El otro que no alcanzó
ya que sin razón pretende,
culpa al que se lo defiende
de la causa que le dio.
  Culpa un bárbaro ignorante
a un sabio de algún error,
y no le hiciera mayor
que el suyo algún elefante.
  Ríese el otro en efeto
del testamento que vio,
y él sin hacerle murió
de prevenido, y discreto.


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FABIO:

  Trae doña Mergelina
las galas de don Pascual,
y parécele muy mal
la saya de su vecina.
  Temblaba el otro cobarde
del ruido de un broquel,
y dice que huyeron dél
seis hombres en una tarde.
  El otro que gastó mal
mucha hacienda en tiempo breve
de que el diablo se la lleve,
y se vaya tal por tal.
  Está haciendo admiraciones
como alguno que en linajes
de otros hace mil potajes,
y tiene sus dos listones.
  Oh cuánto amor desconoce
mas no quiero decir más,
pues por aquí sacarás
que ninguno se conoce.


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LISARDO:

  Bien, pero ¿qué quiere ser
que haya entrado en nuestra casa
hombre humano?

FABIO:

Lo que pasa
me contó Dorista ayer.
  El duque Arnaldo ha venido
muy falso a fingir amor
a Celia.

LISARDO:

Arnaldo traidor.

FABIO:

Por obediente lo ha sido,
  mándale el Rey que te dé
celos, porque así la dejes,
luego no es bien que te quejes.

LISARDO:

Y sin avisarme fue.

FABIO:

  Fuera avisarte, señor,
a tu padre deslealtad.
(Sale FELICIANO.)

FELICIANO:

En efeto la ciudad
me ha parecido mayor.
  Esto de hacerse los ojos
a la soledad lo causa.


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LISARDO:

Yo tengo bastante causa
para mayores enojos.

FELICIANO:

  Señor.

LISARDO:

Feliciano amigo,
¿vino Celia?

FELICIANO:

Sí señor,
Celia ha venido a la Corte,
y vino con ella el sol.
Ya está en su casa, que siente
tu ausencia, y tiene razón,
aunque allá sienten la suya
las riberas que pisó,
que parece que sin ella
están los prados sin flor,
sin consonancia las fuentes,
y hasta las aves sin voz
Bien parecía en los campos,
pero a Celia pareció
tener celos de tu ausencia.

LISARDO:

Temo a mi padre.


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FELICIANO:

Yo no,
que si a visitarla envía
con este su necio amor,
dirán que a la Corte vino
a comprar algo.

LISARDO:

Mejor
fuera que allá se volviera.

FABIO:

Celos bachilleres son,
todo lo quieren saber.

FELICIANO:

Pienso, y en lo cierto estoy,
que piensa que te diviertes
por respeto, y por temor
de tu padre, o que a casarte
ya tienes obligación.

LISARDO:

Voy a verla, y a que sepa
que antes de serle traidor
faltará el sol a su esfera,
al mundo el aire veloz,
lengua a la envidia atrevida,
al poder murmuración,
al sabio algún enemigo,
al necio algún defensor,
libertad al vulgo junto,
que junto es bestia feroz,
y desdichas a mujer
que quisiere bien a dos.
(Vase LISARDO con FELICIANO.


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Y entra ALBANO.)
ALBANO:

El Rey me envía a llamarte,
Fabio.

FABIO:

¿A mí?

ALBANO:

Y te admiró.

FABIO:

No me admiró, mas parece
cosa nueva a mi opinión,
porque la tengo en la Corte
de mozo de buen humor,
no de Consejero sabio,
no de buen Gobernador,
no de soldado valiente,
para cualquiera facción;
y siendo así, no te espantes,
Albano que lo esté yo
de verme llamar de un rey.

ALBANO:

Calla y ven.

FABIO:

Ya callo y voy.
(Vanse.


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Y salen CELIA, DORISTA y VELISA.)
CELIA:

  Fue mucha bachillería
dar al Duque entrada aquí.

DORISTA:

Engañarle presumí,
No entendí que te ofendía.

CELIA:

  Muy bueno pones mi honor,
si lo que tu hicieres mal
corre por mí.

DORISTA:

Desigual
castigo a mi grande amor.
  ¿Aventuro yo mi vida
por servirte, y tú señora
me pagas ingrata agora?

CELIA:

Estoy, Dorista, ofendida,
  porque ya que te fingías
ser yo, no habías de hacer
lo que no pudiera ser
conforme a las prendas mías.

VELISA:

  Pues señora, ¿qué has perdido?


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CELIA:

Velisa, no era razón
burlarse de mi opinión,
aunque era el papel fingido.

VELISA:

  Pensó que no te ofendía.

CELIA:

No es buen modo de lealtad
disfrazar su liviandad
con decir que me servía.

DORISTA:

  ¿Quién sirvió que no tuviese
este premio?

CELIA:

Si yo fuera
mujer que nacido hubiera
de quien menos mereciese,
  que yo ser Reina de Hungría
¿cómo lo tengo de ser?

DORISTA:

El cielo te deje ver
señora ese alegre día.

CELIA:

  Sin esto dicen que aquí
viene Lisardo, ¿a qué viene
no estando yo aquí? ¿Qué tiene
que visitarte sin mí?


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DORISTA:

  Querrá desmentir espías.

CELIA:

No le dejes desmentir,
que suelen noches mentir
lo que desmienten los días.

DORISTA:

  Eso sí, di que son celos,
y acaba de declararte.

CELIA:

¿Celos, cómo? ¿De qué parte?

DORISTA:

De parte de tus desvelos,
  que no hay otra parte aquí.

CELIA:

¿No tienes atrevimiento
a decir con mal intento,
que estoy celosa de ti?

DORISTA:

  No, señora.

CELIA:

Aquí me ofrecen
nuevas desdichas los cielos.

DORISTA:

No digo yo que son celos.

CELIA:

¿Qué dices?


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DORISTA:

Que lo parecen.

CELIA:

  No lo parecen, ni son.

DORISTA:

Pues eso los celos es,
cosa que ves, y no ves
entre verdad y ilusión.
  Es hacer sol, y llover
a un tiempo, y en un lugar,
que se ve un hombre mojar,
y no lo quiere creer.
  Es un sueño desigual
de los que no están dormidos,
respuesta con dos sentidos,
que se entiende bien y mal.
  Está entre celos amor
siendo en luces de temores
tornasol de dos colores
que no declara el color.
  Es fuego en monte que así
la vista de noche acerca,
que parece que está cerca,
y está mil leguas de allí.
  Esto es celos, que el amor
finge y declara después.


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CELIA:

¿Qué importa si es, o no es,
si después es lo peor?
  Ahora bien no quiero más
fingimientos.

DORISTA:

Haz tu gusto.

VELISA:

Gente siento.

CELIA:

Este disgusto
Dorista agora me das,
  aquí me voy a esconder,
ven Velisa.

DORISTA:

Está segura.

CELIA:

Ningún valor me asegura,
soy mujer, y eres mujer.


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(Sale el PRÍNCIPE.)
LISARDO:

  Dorista, pienso que el Rey
como te tiene por Celia
quiere engañarme con celos,
para que así te aborrezca.
Dice que quiere esta noche
hacer que yo mismo vea
que no mereces mi amor,
¿hay gracia, hay cosa como esta?
Si me enojare contigo
desde agora es bien que adviertas
que me des satisfaciones,
para que mejor lo crean,
que con este fingimiento
vivirá mi Celia bella
segura de su poder.

DORISTA:

Antes pido a vuestra Alteza
de rodillas por el suelo
que no permita que sea
más Celia.

LISARDO:

Dime, ¿por qué?

DORISTA:

Señor, por ciertas sospechas.

LISARDO:

¿Por sospechas? ¿De qué suerte?
Levántate.


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DORISTA:

Cuando entienda
que me has hecho esta merced.

LISARDO:

Levantarete por fuerza.
(Al asirle los brazos para levantarla, entran CELIA y VELISA.)

CELIA:

No eran mis sospechas vanas,
los dos se abrazaron, y ella
le está requebrando agora.

VELISA:

¿Qué haces? ¿Por qué no llegas?

CELIA:

¿Así se tratan, señor,
las amigas en ausencia?
¿Los brazos dais a Dorista?

LISARDO:

Levantela de la tierra,
que para ninguna cosa
que levantarla no fuera,
pudiera darle mis brazos,
que no para hacerte ofensa.

CELIA:

¿Quién duda que es levantarla
igualarla a vuestra Alteza?
Veis aquí, señor, la causa
porque vine de la aldea.
Oh mal seguros los hombres.


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DORISTA:

Estas las sospechas eran
por quien de rodillas quise
señor, pediros licencia.

CELIA:

Yo la tomaré primero
para pedir que el Rey venga
a vengarse y a matarme,
diré a voces que soy Celia.
Toma Velisa este traje,
venga el Rey, máteme, muera
mujer que os ha merecido,
y que no os merece.

LISARDO:

Espera,
que sin causa no es razón
que tus méritos ofendas,
ya que mi amor no conoces,
ya que mi valor desprecias.
Mira que quien pide celos
sin ocasión de sospechas
de que tiene amor fingido,
y quiere engañar con ellas.
Mal pagas, Celia, los años
que te he servido, si piensas
que una dama que te sirve
me obliga a que te aborrezca.
Por ti pasé, como sabes,
tanto número de penas,
que es imposible, señora,
que pueda olvidarme dellas.
Por ti se queja mi padre
viendo que el Reino se queja
de verme sin sucesión,
puesto que de ti la tenga.
Por ti...


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Nadie se conoce Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CELIA:

Basta, señor mío,
no digas más, que ya queda
asegurada mi alma
de tu amor y mis sospechas.
Perdona, dulce bien mío,
que las mujeres más cuerdas
si con amor somos locas,
con los celos somos necias.
Mal hice en creer mi engaño,
pero quien ama, y no cela
el viento, el sol y la sombra,
no es honrada, o no es discreta.
Bien sé yo lo que me estimas,
y por lo mismo si es Celia
Dorista en mí transformada,
me dice el alma que tema,
que como por mí la tienes
y vienes de fuera a verla,
mientras que te desengañas,
ya puede ser que me ofendas;
porque la imaginación
suele tener tanta fuerza,
que por Celia la tendrás,
y a mí me tendrás por ella.


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Nadie se conoce Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISARDO:

Basta mi bien, yo recibo
la satisfación, y crea
vuestro amor de mi lealtad
que no haré cosa tan ciega.
Yo os tendré por Celia a vos,
y sabré también tenerla
por Dorista, que el amor
no es ciego en las diferencias.
Por levantarla del suelo
le di los brazos, que llegan
a confirmar con los tuyos
paces para ser eternas.

CELIA:

Aquí tienes a tu esclava.

VELISA:

Advierte que gente suena.

LISARDO:

Escóndete, Celia mía,
y tú, Velisa, no sea
mi desdicha que os conozcan.

CELIA:

Mira que con Celia quedas.


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(Vanse CELIA y VELISA, y queda DORISTA. Y sale el duque ARNALDO, y el PRÍNCIPE se retira.)
ARNALDO:

  Ya como prenda más tuya
tengo más atrevimiento,
que quiere mi pensamiento
que de atreverme se arguya,
pues toda la fuerza suya
es de aquesta causa efeto,
aunque el amor, y el respeto
suelen hacer compañía,
mas nunca la cobardía
fue pensamiento discreto.
  Amor es una pasión
que hace atrevido al cobarde,
que suele alcanzarla tarde
el que pierde la ocasión.
A la determinación
sigue la buena fortuna;
quien piensa tener alguna
a ser atrevido pruebe,
que quien ama, y no se atreve,
no puede tener ninguna.
  Quien tiene pleito, esté cierto
que le ha de solicitar,
quien navega por la mar
procure llegar al puerto.
Quien espera bien incierto,
a su pretensión asista;
dificultades conquista
quien ama, y tiene valor,
que el favor por el temor
suele perderse de vista.


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DORISTA:

  ¿Cuándo he sido yo tan loca,
que os haya dado ocasión
para mayor pretensión
que a la que a mis prendas toca?
  Si me dejé visitar,
fue porque esta cortesía
a ser quien sois se debía.

ARNALDO:

Eso me pudo obligar,
  porque no hay por donde amor
pueda entrar más fácilmente.

DORISTA:

No entra bien nadie que intente
romper la puerta al honor,
  y el respeto que se debe
a quien soy, y al dueño mío
no permite el desvarío
de quien a los dos se atreve.
(Llega LISARDO a ella.)

ARNALDO:

  Señora.


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LISARDO:

Arnaldo, ¿qué es esto?
¿por dónde has entrado aquí?
¿no pudo caber en ti
ser tan libre, y descompuesto,
  tú en mi casa, tú queriendo
hacer fuerza a quien adoro?
Así se guarda el decoro
de quien tanto honrar pretendo?
  ¿Quién te ha dado para entrar
puerta donde vivo yo?
¿Quién la licencia te dio?
¿Quién la ocasión y el lugar?
  ¿Cómo has entrado? Responde;
pero entre tantos desprecios,
¿no sabrás que es muy de necios
entrarse sin saber dónde?
  ¿Sabes que vivo yo aquí,
que aquestas paredes guardo,
y que el nombre de Lisardo
por privilegio le di?
  En casas Reales tienen
los que delitos han hecho
el sagrado de mi pecho,
mas no los que a hacerlos vienen.
  Mirando tu atrevimiento
no sé castigo que darte,
sino sólo disculparte
con tu poco entendimiento.


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Nadie se conoce Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARNALDO:

  Señor, si me das licencia
sabrás que estoy disculpado,
con no haber imaginado
tu ofensa mi diligencia.
  Que si supiera que aquí
vivías, antes me diera
mil muertes que te ofendiera.

LISARDO:

No hay disculpas contra mí,
  quitarte tengo la vida.
(Mete mano el PRÍNCIPE, y entra el REY con ALBANO, y otros.)

REY:

¿Qué es esto?

LISARDO:

¿Tú aquí?

REY:

Yo vengo
por la sospecha que tengo,
verdadera, o presumida.

LISARDO:

  Agora lo entiendo todo.

REY:

Suelta la espada.

LISARDO:

¿A qué efeto?
pues por tu vida prometo
de guardalla deste modo.
(Enváinala.)


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Nadie se conoce Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

  Los locos no han de tener
armas.

LISARDO:

¿Pues en qué lo soy?
Envainada te la doy,
y aún será bien menester,
  que aún pienso que importa aquí
darte cubierto su acero,
no diga algún lisonjero
que desnuda te la di.
  Ni es bien que seguro esté,
que según son los consejos,
dirá alguno desde lejos
que para ti la saqué.
  Mal vienes aconsejado,
mucho me aprietas, señor,
bien dijo a un rey un cantor
que era músico estremado,
  viendo algunos caballeros
que le adulaban delante,
¿para qué quieres que cante
donde hay tantos lisonjeros?
  En poderosos oídos
nunca otra música suena.


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Nadie se conoce Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

Tarde tu disculpa ordena
culpar mis libres sentidos,
  Ni lo están las Majestades
de algunas comunes leyes,
que también tienen los Reyes
quien les diga las verdades.
  En no se haciendo las cosas
a gusto del vulgo loco,
culpan y tienen en poco
las personas poderosas;
  tú no has de entrar en la Corte.

LISARDO:

¿Pues préndesme?

REY:

Sí.

LISARDO:

¿Por qué?

REY:

Porque de lo que yo sé
larga ausencia te reporte.
  No estarás lejos, Albano,
ve con él.

ALBANO:

¿Dónde, señor?

REY:

Al fuerte de Miraflor.


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Nadie se conoce Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISARDO:

Beso mis veces tu mano
  por la merced que me has hecho,
pues sé que allí me verás.

REY:

Celia.

DORISTA:

Señor.

REY:

No dirás
que con riguroso pecho
  quiero quitarte a Lisardo,
ni será mucha prisión
la tuya.

DORISTA:

En esta ocasión
piedad de tu pecho aguardo.
  Del Emperador Conrado
fue mi padre General,
que no hay ser más principal
que nacer de ser soldado.
  Muerto me trujo a esta tierra
ver su ingratitud, señor,
que es pagar mal la mayor
a quien ha muerto en la guerra.
  Aquí Lisardo me vio,
y sabiendo bien quién fui,
cuando la mano le di,
la de marido me dio.


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Nadie se conoce Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

  ¿Esto escucho?

DORISTA:

Soy quien digo.

REY:

Yo te tuviera respeto,
si fueras, Celia, en efeto
tal para igualar conmigo.
  Que si bien tu calidad
es para igualar a un rey,
no has guardado bien la ley
de amor, ni de honestidad.
  Presente está el Duque.

DORISTA:

Él sabe
la licencia que le di,
mas por engañarte a ti,
que porque él de mí se alabe.
  Pretendía asegurarte
de que no era su mujer
de tu hijo, con hacer
fingimientos de mi parte.
  La verdad es que le adoro.

REY:

Llevalda, Duque, en prisión
a una torre.


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Nadie se conoce Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DORISTA:

La opinión
del vulgo ofende el decoro,
  mas no ofende la verdad,
y tú sabrás algún día
quién soy.

REY:

Casarte quería,
y tener de ti piedad.

DORISTA:

  Ya lo estoy.

REY:

Llevalda luego.

ALBANO:

Camina y calla.

DORISTA:

¿Ha traidor
ese fue el fingido amor?
(Llévanla. Y entra FABIO.)

ALBANO:

Camina.

FABIO:

Temblando llego,
  aquí está Fabio, señor.

REY:

¿Eres tú de quien más fía
mi hijo?


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Nadie se conoce Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABIO:

De mí solía
gustar por hombre de humor;
  pero pensar que yo sea
de más consideración,
es ofender su opinión.

REY:

Yo sé muy bien que te emplea
  en las cosas de su gusto
por agudo, y por discreto.

FABIO:

Quieres decir en efeto
que soy tu alcahuete.

REY:

Al justo.

FABIO:

  Del mancebo que es vicioso,
y en varios gustos ha dado
es alcahuete el criado,
aquí, y allí codicioso.
  Estos se llaman ventores,
porque de la misma traza
van levantando la caza
a sus viciosos señores.
  Mas quien sirve a un firme amante
destos de pan y cuchillo,
que le des me maravillo
un título semejante.


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Nadie se conoce Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

  Pues, ¿cómo se ha de llamar?

FABIO:

Guarda ropa del señor,
porque el criado mejor
es el que sabe guardar.

REY:

  Con eso me has confesado
que has sido guarda mayor
de Celia.

FABIO:

¿Quién, gran señor,
guardó jamás lo guardado?

REY:

  Luego ¿hay segura mujer?

FABIO:

Resquicios tienen a veces
donde no hay ojos jüeces,
y algo también que perder.

REY:

  ¿Qué es resquicios?

FABIO:

Ocasión
que ellas pesos falsos llaman,
cuando a los hombres que aman
les suelen dar trascartón.
  Si la mujer se desliza,
de tenella con el dar,
que si dan en colear,
es gente resbaladiza.


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REY:

  Voy conociendo tu humor.

FABIO:

Con eso habrás conocido
de que puedo haber servido
al Príncipe mi señor.
  Pero en lo que a Celia toca,
poco había que guardar,
que en prenda tan singular
es la resistencia poca.

REY:

  Arnaldo me ha dicho a mí
sus flaquezas.

FABIO:

Si yo fuera
su igual, yo le desmintiera,
que hay mucha virtud allí.
  Retárale de traidor,
y hubiera caballo y lanza.

REY:

Yo quiero hacer confianza
en tu ingenio de mi honor.

FABIO:

  Bálsamo pones en barro
de oro envuelto en anjeo.


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REY:

Honrarte, Fabio, deseo,
tienes ingenio bizarro.
  Para lo que te he llamado
ya tú lo echarás de ver,
cosas son desta mujer.
¿Está el Príncipe casado?

FABIO:

  Para Dios yo lo sospecho.

REY:

Perderé el seso.

FABIO:

No harás
si ella es quien es.

REY:

No hables más.

FABIO:

Perdona.

REY:

¿Abrásasme el pecho
  que hijos tiene? ¡Habla, responde!

FABIO:

¿No me mandaste callar?

REY:

Agora te mando hablar.

FABIO:

Tiene al Conde.


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REY:

¿A quién?

FABIO:

Al Conde.

REY:

  ¿Qué Conde, y de dónde?

FABIO:

Yo
el Conde le oigo nombrar.

REY:

El seso me han de quitar.
¿Qué años?

FABIO:

Cinco.

REY:

¿No más?

FABIO:

No.

REY:

  ¿Tiene más?

FABIO:

Tiene al Marqués.

REY:

¿Qué Marqués?

FABIO:

Otro garzón.


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REY:

¿Tantos tiene?

FABIO:

Tantos son.

REY:

¿No hay hijas?

FABIO:

Sí señor, tres.

REY:

  ¿Tres hijas?

FABIO:

Como tres flores,
y lo que está en la barriga,
que todo el cielo bendiga.

REY:

¡Buen fruto!

FABIO:

Lindos amores,
  pesárame que la tenga,
es mujer de condición,
que con la imaginación
no hay basquiña que le venga.

REY:

  Si tú mi pecho supieses,
¡oh cuánto della se aparta!

FABIO:

Solamente de una carta
amanece en cuatro meses.


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REY:

  Fértil cosa.

FABIO:

Gran terreño.

REY:

¿Dónde están?

FABIO:

Eso no sé.

REY:

Darete tormento.

FABIO:

Haré
lo que debo a ley del dueño.

REY:

  Tú lo dirás, que es razón.
Ven conmigo.

FABIO:

El rigor cese,
que no es justo que te pese
de tener tal sucesión.

REY:

  Presto verás.

FABIO:

No lo intentes,
que es noble aquesta mujer,
sino es que quieres hacer
otra historia de inocentes.
(Vanse.


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Y salen el PRÍNCIPE y ALBANO.)
ALBANO:

  No tenga vuestra Alteza mal conceto
de Albano, si es servido, en este caso.

LISARDO:

Albano, tú haces bien, yo estoy sujeto,
por el Rey mi señor lo sufro y paso.
Basta que a mí me prende por inquieto,
sin haber dado en su disgusto un paso;
oféndele el amor que a Celia tengo.

ALBANO:

Quiere casarte.

LISARDO:

A obedecerle vengo.
  Pero dime por Dios, ¿quién no ha querido
tal vez en tierna edad de cuantos fueron,
nunca tener amor le ha sucedido?

ALBANO:

Que amaron pienso yo cuantos nacieron,
dijo Nerón, que todos han tenido
este defeto, si hermosuras vieron,
mas que la diferencia consistía
en el que lo callaba, o lo decía.

LISARDO:

  Yo se quién si quisiera, bien pudiera
conocerse, mas nadie se conoce,
deja la edad, si el tiempo considera,
que lo que es de su tiempo entonces goce.
Mi Celia prende con crueldad tan fiera,
y en su pecho mi sangre desconoce,
él me hiciera perder.


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ALBANO:

No te apasiones,
que retirarte así no son prisiones.

LISARDO:

  ¿Es aqueste el Castillo?

ALBANO:

¿No le viste
estos días atrás, que en su ribera
con el Rey mi señor te divertiste?

LISARDO:

¿Y aquí me manda que sin Celia muera?

ALBANO:

Si en ser tú Alcaide yo verla consiste,
de noche, o cuando vuestra Alteza quiera
iremos juntos donde presa vive.

LISARDO:

(Aparte.)
Más cerca pienso yo que me recibe.
  ¿Hay engaño a su engaño semejante?
¿Que me traiga mi padre donde tengo
a mi querida Celia? ¿A cuál amante
dio el cielo mayor bien, si a verla vengo?
De que ha prendido a Celia está arrogante,
y con la misma Celia me entretengo,
y es tanta su locura, que la adora
en hábito de humilde labradora.
  Cubra la noche de su sombra escura
el resplandor con que se ilustra el día,
que aquí será de Celia la hermosura
opuesta luz a la tristeza mía.
Salga la blanca Aurora en rosa pura,
huya sus rayos la tiniebla fría,
que aquí también será mi Celia hermosa
estrella de mis ojos amorosa.


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(Entra FABIO.)
FABIO:

  Si fuera yo gran señor
desta prisión desta ausencia,
a lo Cortesano Fabio,
el pésame recibieras.
Y aunque te le vengo a dar,
pretendo que a solas sea,
por excusar ceremonias.

LISARDO:

Albano, un rato nos deja.

FABIO:

Señor, el Rey me llamó,
¿qué te diré de la fuerza
que puso en que le dijese
toda la historia de Celia?
Preguntome por tus hijos,
quiso saber cuántos eran,
díjele en esto verdad,
para moverle a clemencia.
Pero no donde estuviesen,
aunque de manera queda,
que pienso que a costa mía
ha de hacer la diligencia.
Estraño caso, que aquí
a Celia y sus nietos tenga,
y que ande abrasando el mundo,
¿de quién tal error se cuenta?
Y aun esto es menos que estar
perdido de amor por ella,
y pensar que con mil guardas
la tiene en sus torres presa.
Puso a Arnaldo con malicia,
para que tengas sospecha,
como si fuese Dorista
la que mil años poseas.
Doyte el parabién, señor,
desta prisión, pues en ella
siendo el tercero tu padre,
la gozas cuanto deseas.


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LISARDO:

Así es verdad, Fabio amigo,
y que no tengo defensa
como su persecución;
todo es mi bien cuanto intenta.
Aquí con Celia, y mis hijos
pasaré sin que él lo entienda
alegres noches y días,
con risa de ver que quiera
eso mismo que persigue,
eso mismo que desprecia.

FABIO:

Él viene con este achaque
de verte a ti, y viene a verla,
y a darte reprehensiones
de aquello mismo en que el peca.
¡Oh qué tiene el mundo desto!

LISARDO:

Pues, ¿quién hay Fabio que vea
sus faltas?

FABIO:

Tenía un pintor
hijos, y hijas muy feas,
y las figuras que hacía
eran por estremo bellas.
Preguntáronle la causa,
y dio esta respuesta honesta:
pinto los hijos de noche,
y de día la belleza
de las figuras, y así
el que reprehende y yerra,
de noche pinta sus faltas,
y de día las ajenas.


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(Sale el REY con CELIA, VELISA y FELICIANO.)
CELIA:

A la fe que con tal presa
[honraréis la fortaleza.]

FELICIANO:

Gran favor, si mi humildad
ser su Alcaide mereciera.

REY:

Llegadle los dos a hablar.

FELICIANO:

Denos los pies vuestra Alteza.

CELIA:

A mí la mano, señor,
sepa que soy su alcaldesa.

LISARDO:

Levantaos.

CELIA:

¡Qué triste estáis!
¿De qué tenéis tanta pena?
En tierra estáis de cristianos.

REY:

(Aparte.)
Albano.

ALBANO:

Señor.


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REY:

¿No es bella?

ALBANO:

Es un ángel disfrazado.

REY:

Con qué gracia le consuela.

ALBANO:

A solas con ella habla.

REY:

Pues yo te digo que sean
debajo de aquel lenguaje
las razones harto cuerdas.

ALBANO:

¿Tiene buen entendimiento?

REY:

No es posible que le tenga
la Celia que él quiere tanto,
y por divina celebra,
como le tiene Diana.

ALBANO:

¿Cuándo has hablado con ella?

REY:

Dos o tres noches después
de cana, y no hay diferencia
della al mejor Cortesano,
los pensamientos penetra,
habla en todo, y da razones
de notable sutileza.


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ALBANO:

Diamante engastado en plomo.

CELIA:

(Aparte.)
Mi bien, ¿quién habrá que crea
tal dicha en dos que se aman?
El verte preso me alegra,
porque con ser yo tu Alcaide,
tus esposas, hay quien fuera
tu esposa, estaré segura
de que nadie te entretenga.
¿Estás contento conmigo?

LISARDO:

Si son tus brazos cadena
de mi prisión, ¿qué preguntas?

REY:

(Aparte.)
Mucho hablan.

ALBANO:

¿Qué recelas?

REY:

Que no le agrade a Lisardo.

ALBANO:

Más plega a Dios que la quiera
para que esta Celia olvide.

REY:

Más vale que quiera a Celia.


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ALBANO:

¿Eso dices?

REY:

Tal estoy.

FELICIANO:

No
La intervención de Feliciano está inserta en el aparte del Rey con Albano, pero no pertenece a él, sino a la conversación de Celia con Lisardo
deis ocasión que entienda
el Rey nuestra cifra.

REY:

Mira
que pienso que la requiebra.

ALBANO:

Delante de su marido,
¿qué le dirá que no sea
cosa muy puesta en razón?

REY:

Es el marido una bestia.
¿Qué respeto ha de guardar
a la humildad la grandeza?
Erré en traerle al castillo.

ALBANO:

¿Celos tienes?

REY:

Ya me pesa.


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CELIA:

A hablar a tu padre voy.
Señor, haga que no vengan
tantos criados acá,
mire que es la casa estrecha;
que yo con mis labradores
serviré con su licencia
al Príncipe mi señor
de la manera que sepa.
Que a fe que si alguna noche
probasen las ollas nuestras,
el repollo, y el tocino,
la vaca manida y tierna,
que olvidasen las perdices,
y esos guisados que llevan
guardados con alabardas.

REY:

¡Qué ignorancia tan discreta!

CELIA:

Mala gente hay en la Corte,
pues es menester que venga
quien guarde al Rey la comida,
que si no, pienso que hubiera
quien le agarrara los platos.

REY:

¿No ves que aquello es grandeza?


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CELIA:

Más seguranza tenemos
por acá, que si a la mesa
llevo la comida yo,
solamente van con ella
perros y gatos, que son
los músicos que la cercan.
Tal vez se suelta el pollino,
y hasta los manteles llega
por dicha a ser maestresala.

REY:

Albano, dile que venga
Lisardo a cenar conmigo.
(Vase.)

ALBANO:

¿Ha lo oído vuestra Alteza?

LISARDO:

Ya voy, aunque sé que quiere
que todo el discurso della
sea reprehender mi amor.

CELIA:

Vamos marido, pues entra
nuestra rudeza a la parte
con su adorada grandeza,
y veámoslos cenar.


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FELICIANO:

Vamos, aunque más quisiera
que su riqueza mal sana,
mi bien segura pobreza.
(Vanse.)

FABIO:

Oiga.

VELISA:

No me diga nada.

FABIO:

¿Asperilla se me muestra
de labradora a esta parte?

VELISA:

Pues si me quiere más tierna,
vaya a buscarme a la Corte.

FABIO:

Bien dice, que allá profesan
blandura para pedir,
y en agarrando, aspereza.


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Acto III
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FILENO, CLARINO y BATO, villanos.
BATO:

  Que la mujer de Felino
parió una niña.

CLARINO:

Tan bella,
que pudiera ser estrella
en la frente de algún sino.

FILENO:

  A la fe que fue dichosa
en parir donde está preso
un príncipe.

BATO:

Yo os confieso,
que hay más de alguna envidiosa,
  pues el Rey si viene acá
algo le dará también.

FILENO:

Felino es hombre de bien.

BATO:

Está rico.

CLARINO:

Rico está,
  que le han dado muchas cosas
después que está en el castillo.


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BATO:

El es un gentil novillo.

FILENO:

¿Qué palabras?

CLARINO:

Envidiosas.

BATO:

  Nunca tuve envidia al bien
que por mal camino viene.

FILENO:

Pues ¿qué mal camino tiene
que alguna cosa le den?

BATO:

  No sé a quién oí decir,
que tener bella mujer
era demanda tener
destas de andar a pedir.
  Todos en efeto dan,
porque no hay hombre que vea
visita en casa de fea.

CLARINO:

Malicias no faltarán.
  Cuando la vuestra era moza
alguno también la vía.

BATO:

Era su primo, y podía.

CLARINO:

Lindamente se reboza
  con un pariente un delito.


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FILENO:

Anda que no os conocéis,
que lo que en los otros veis
tenéis en la frente escrito.

BATO:

  Yo he visto alguna mañana
al Príncipe hablar con ella,
y es casada, y no es doncella.

FILENO:

Falta ponéis en Diana
  por envidias, y intereses.

BATO:

Una no, que más han sido,
nueve faltas ha tenido,
pues que pare a nueve meses.

CLARINO:

  ¿Y las vuestras no las veis?

BATO:

Pues, ¿cuándo estuve preñado?

CLARINO:

Cortesano habéis hablado,
hacéis burla, y ofendéis.
  Son muy bellacas costumbres
tirar cañas por los aires,
y en son de decir donaires,
deshonrar con pesadumbres.
  Mas dejad faltas ajenas;
¿cuándo el bautismo ha de ser?


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Nadie se conoce:107

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(Salen el REY y ALBANO.)
REY:

Al punto que me avisaste,
y del caso me informaste,
me puse Albano en camino.
  Labradores hay aquí.

CLARINO:

¿Huese Bato?

REY:

Vuelve acá.
¿El Príncipe dónde está?

BATO:

Con la parida le vi
  debe de haber media hora,
porque está ya levantada
con la muchacha abrazada.

REY:

¿Pues tan presto?

BATO:

Es labradora
  que no son tan melindrosas
como allá las cortesanas,
son fuertes como villanas,
como pobres animosas.
  Aún apenas han parido,
cuando, si es menester,
se levantan a poner
la olla de su marido.


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REY:

Vete.

BATO:

  Viva su mercé.
Mas que un pleito sin favor,
nunca se le atreva humor,
ni aun una gota en el pie,
  ni se le atreva algún día
por los excesos mayores
el Fiscal de los señores,
que llaman aplopejía.
(Vase.)

REY:

  En fin, ¿mi hijo está como me adviertes
enamorado desta labradora?

ALBANO:

Señor a mi lealtad, y a tu servicio
fue justo darte aviso del indicio
que deste amor me ha dado el verlos juntos,
reírse, hablarse, y si verdad te digo,
dar lugar el villano a que la mano
le tome alguna vez.

REY:

En fin, villano,
¿será bueno matarle?

ALBANO:

¿A qué propósito?


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REY:

Si Lisardo la habla, me parece
llegado a ejecución este deseo,
que si es verdad, por imposible veo
mi pretensión.

ALBANO:

Señor, es ya posible,
respeto de que el parto se acercaba.
y el amor de los dos me ha parecido,
que fue mayor después de haber parido.
Ella estaba en la cama con su hija
hermosa como el sol, mal dije.

REY:

¿Cómo?

ALBANO:

Y él entraba contento a visitarla,
sentábase a las nueve, y a las doce,
llamándole a la mesa no salía,
pasaba claro el sol del mediodía;
y el Príncipe en la silla sin moverse,
daban las dos, y entraban a atreverse,
Fabio tal vez, tal vez un maestresala,
y a entrambos enviaba noramala.

REY:

¿Que eso, Albano, pasó? Mi mal es cierto,
pluguiera a Dios, que nunca yo intentara
prender a Celia.


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ALBANO:

¿Quién imaginara
que había de amar aquesta labradora,
y por ella olvidar tan gran señora?

REY:

¿Quién vio que yo la amaba y conquistaba
con la plata que ves, perlas, y oro,
perdiendo a cuanto soy honra, y decoro?
Yo sabré la verdad.

ALBANO:

¿De qué manera?

REY:

Agora lo verás, pues viene a verme.
(Salen el príncipe LISARDO y FABIO.)

LISARDO:

Aquí tienes, señor, tu humilde hechura.

REY:

Levántate Lisardo, que obligado
de tu humildad, ya quiero que estés libre,
y que luego te vayas a la Corte.


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LISARDO:

Recibo la merced, que el amor tuyo
a mi obediencia intenta, mas no quiero
darte ocasión, para pensar que a Celia
estimo como piensas, porque estimo
tu gusto más, y quiero que le tengas
en casarme, señor, y en darle al Reino.
Ya no me reñirás, ya es acabado
aquel amor, que sólo me ha quedado
tal arrepentimiento, que no creo
que fue jamás tan grande mi deseo.
Entra a verla parida, pues te he visto
por lo que tú la quieres, y le debo,
que en aquesta prisión me ha regalado,
y hoy quiere bautizar su bella hija,
y es justo que yo acuda a darla gusto,
pues siendo cosa que amas, es tan justo.
(Vase.)

REY:

  ¡Fabio, Fabio!

FABIO:

¿Qué me mandas?

REY:

¿Qué es esto?

FABIO:

La obligación
a cosas que tuyas son.


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REY:

Bueno, en disparates andas,
  ¿Lisardo tiene juicio?
¿A la Corte no verá,
que por él tan triste está?

FABIO:

Pienso que el piadoso oficio
  de hallarse presente a ver
hacer aqueste bautismo
le detiene, o que tú mismo
señor, le vienes a hacer.
  Es de un hijo discreción
estimar, y siempre es justo
lo que a su padre da gusto.

REY:

Pues tiénesme en opinión,
  ¿qué había de querer más
que gustar de ver agora
una simple labradora?

FABIO:

Y tú en opinión estás,
  ¿qué Lisardo ha de querer
más que reír y burlar
con mujer que va a labrar
al campo?

REY:

Y se echa de ver
  en lo que labra y cultiva.


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FABIO:

Deste bautismo me han hecho
mayordomo, y ya sospecho
que quieren que se aperciba.
  Voy a poner en razón
las fuentes y el mazapán,
prevenir el sacristán,
porque no haya excomunión,
  que sin ocasión ninguna
son sus condiciones tales,
que por deuda de dos reales
me echará de la tribuna.
(Vase.)

REY:

  Albano, esto va perdido,
parte a la Corte y dirás
al duque Arnaldo que vas
por lo que has visto y oído
  por Celia a traerla aquí,
di que le dé libertad.

ALBANO:

¿Qué dices?

REY:

Fue crüeldad
prenderla y tratarla así.

ALBANO:

  ¿Qué dirá el Príncipe?


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REY:

En viendo
cosa que tanto ha querido,
pondrá a Diana en olvido;
ya con Celia me defiendo
  a quien tanto aborrecí.

ALBANO:

¿No quieres consejo?

REY:

No,
que desde que me faltó
razón, no hay consejo en mí.

ALBANO:

  No he visto rey sin consejo.

REY:

Ni yo más necio criado.

ALBANO:

Siempre es necio el que es honrado.
(Aparte.)
Mal me va después que dejo
  lisonjas y adulaciones,
que no se puede medrar
sin mentir, y sin tratar
deslealtades y traiciones.
(Vase.)


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REY:

  Qué fácil es reprehender el daño
que está fuera de sí, por mí lo siento;
yerro en lo mismo que reñir intento,
y viendo la verdad, amo el engaño.
Ciego a mi propio error miro el estraño,
y en vez de tener del conocimiento
lo que niego a mi mismo pensamiento,
quiero que en otros tenga desengaño.
En el espejo donde puedo verme,
miro el ajeno error, que así destierra
amor a la razón que ha de valerme.
Burlo del que cayó, y estoy en tierra,
y conozco por mí sin conocerme,
que nadie se conoce cuando yerra.
(Sale CELIA de parida, con tocado, cinta por la frente; y VELISA.)

CELIA:

  Sea vuestra Majestad
bienvenido.

REY:

Oh mi Diana,
¿con tal salud, y hermosura
de la cama te levantas?


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Nadie se conoce Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CELIA:

A tu servicio, señor,
como tu hechura, y tu esclava,
con una criada más,
que te sirva, y que has de honrarla
hoy con sacarla de pila;
pues cuando los Reyes andan
con humildes labradores
por las riberas a caza,
ya parece que con ellos
se truecan, si no se igualan;
que allá en las Cortes son otros
entre las doradas salas,
donde tiene la grandeza
la silla de su arrogancia,
digo de su ostentación.

REY:

¿Quién te dijo esa palabra?
Que esa palabra no es
de las menos cortesanas.

CELIA:

Ya lo soy yo desde el día
que su Majestad Cesárea
vino a hacer Corte el aldea,
y palacios las cabañas.

REY:

Tu ingenio es tal, que lo creo.
Ya me parece que hablas
de otra suerte.


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CELIA:

Sí señor,
siempre habla mejor quien gana;
ando de dicha, y así
parece que digo gracias,
porque todas lo parecen
a los que están de ganancia.
A la mujer no hay más dicha
que tener marido, y casa
a su gusto, y en su estado
cuatro cosas necesarias.
Salud que esto es lo primero,
hijos, regalos, y galas.

REY:

¿Y todo lo tienes?

CELIA:

Todo
si no se me desbarata;
mas ya no hará, si Dios quiere.

REY:

En fin, Diana, ¿te agrada
tu marido?

CELIA:

Sumamente.

REY:

¿Sumamente?


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CELIA:

Bien reparas,
pues si sumamente dije,
he puesto suma en sus gracias,
siendo sus gracias sin suma.

REY:

Sólo en eso eres villana,
pues te pagas de un villano.

CELIA:

Después que entraste en su casa
la ennobleciste de suerte,
que con los Reyes se iguala.
¿Qué le falta para rey?

REY:

¿A quién?

CELIA:

¿Mas por qué dilatas
el hacerme esta merced?

REY:

Que tú gustes dello basta,
que me debes más que piensas.

CELIA:

Señor, si esta niña sacas
de pila, que lo merece
por la inocencia, y la cara,
seremos parientes luego.


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REY:

¡Qué discreción! ¿Quién pensara
que ésta supiera decir
con tan fáciles palabras,
que será mía después
que aquesta merced le haga?
Ahora bien, pues ya estás buena,
quiero que a la Corte vayas,
daré un oficio a tu esposo.

CELIA:

Dame tu mano.

REY:

Levanta.
Voy a esperar a la Iglesia,
di que el Rey en ella aguarda
la niña, de quien tú quieres
que sea padrino.
(Vase.)

CELIA:

Reparta
todos sus bienes el cielo
en las paces, y en las armas,
en tu sucesión, señor,
de suerte que en Alemania
tengan las tuyas por orla
las Águilas coronadas.
¿Qué te parece, Velisa?


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(Salen el PRÍNCIPE y FABIO.)
VELISA:

Que ya tus trabajos paran,
que ya se acercan tus dichas,
y logran tus esperanzas.

LISARDO:

  No sé si estamos seguros.

CELIA:

¿De qué suerte, mi señor?

LISARDO:

No tiene palabra amor.

FABIO:

Hace amor muchos perjuros.

LISARDO:

  Al Rey le ha pesado ya
de la prisión de Dorista,
que como en fin te conquista,
celoso de verme está.
  Y de manera le veo
proseguir en este error,
que ha de sentir nuestro amor
la fuerza de su deseo.

CELIA:

  No hará, porque quiere agora
que vaya a la Corte yo.

LISARDO:

¿Y eso ha de ser?


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CELIA:

¿Por qué no?

LISARDO:

¿Pues cómo si el Rey te adora?

CELIA:

  Yo me sabré defender.

LISARDO:

Ese es engaño animoso;
contra un hombre poderoso
no hay resistencia en mujer.

FABIO:

  La justicia dicen que es
como la tela de araña,
que una mosca se enmaraña
adonde muere después.
  Pero un valiente animal
la tela rompe y traspasa;
lo mismo en defensa pasa
de una mujer principal.
  El pobre quédase aparte,
pero el rico, y el señor
rompen la puerta al honor,
y pasan de la otra parte.

LISARDO:

  Bien dice, no hay resistencia,
ni quien sus gustos impida,
porque quitarán la vida
a quien faltare paciencia.


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FABIO:

  ¿Sabes cómo han enviado
por Dorista, para hacer
que la vuelvas a querer?

LISARDO:

Qué pesadumbre me has dado;
  pero Celia está segura
de que es Celia, y que es mi vida,
que esotra Celia es fingida.

CELIA:

¿Puede haber mayor locura?
  Por quien pretendió quitarte,
por quien tanto te ha reñido,
por quien dice que ha tenido
la culpa de no casarte,
  ¡por esa envía!

LISARDO:

¿Qué importa,
si eres tú la verdadera?

CELIA:

Lo que tu lealtad espera,
mi amor me vence, y reporta.
  Bien sé yo que no la quieres.

LISARDO:

Palabra te da mi amor
de no hablarla.


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CELIA:

Eso es rigor.

LISARDO:

Pues óyeme, y no te alteres.
  Primero que mi amor, Celia divina,
olvide obligaciones tan notables,
los polos de los cielos variables
vendrán al suelo con fatal ruina.
Primero el mar adonde el sol declina
le verá amanecer, y sus mudables
ondas sin movimiento favorables,
al pecho que romperlas determina.
Primero se verá roto y deshecho
el primer movimiento, en que está asida
la ardiente esfera del supremo techo;
y de tinieblas se verá vestida.
que dejes tú de ser alma en mi pecho,
luz en mis ojos, y en mi aliento vida.

CELIA:

  Primero, mi Lisardo, habrá firmeza
en la mudable rueda de Fortuna,
y no se quejarán de envidia alguna
la virtud, el ingenio, y la nobleza.
No tendrá lisonjeros la grandeza,
ni la vida mortal muerte ninguna,
no pedirá su luz al sol la luna,
ni será desdichada la belleza.
Primero se verá que se concluya
mi amor inmenso, el monte más pequeño
al impíreo arrimar la frente suya.
Y el agravio tendrá seguro sueño,
que deje yo de ser esclava tuya,
ni tengan estos ojos otro dueño.


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(Salen los labradores que pudieren, con fuentes y aguamaniles; los músicos de villanos bailando. ALBANO y el REY detrás del que trae la niña.)
[TODOS]:

 (Cantan.)
  Que si linda era la parida,
por mi fe que la niña es linda.
La parida linda era,
pero la niña no hallara
belleza que la igualara,
si tal madre no tuviera.
Bien lo dijo la partera
en viéndole la barriga,
por mi fe [que la niña es linda.]

BATO:

Famosamente lo ha hecho
la muchacha.

[FELISA:

Con qué risa
estaba mirando al Cura
puesta de pies en la pila.

BATO:

¿Sabéis qué noté?

CLARINO:

¿Qué fue?

BATO:

Que cuando el Rey la tenía
sobre la pila desnuda
más agua dejó que había.


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FELICIANO:

¿Qué sería la ocasión?

BATO:

Miedo que del Rey tendría.
Que da gran temor un rey.

CLARINO:

¿Temor en aquella niña?

BATO:

¿Por qué pensáis que al llegar
a los hombres la justicia
no dice que es alguacil?
Porque nadie se tendría,
mas dice: téngase al Rey,
y luego el temor obliga
a respetar aquel nombre,
no porque el otro lo diga.

FELICIANO:

¿Vistes qué de sal le puso
el Cura?

CLARINO:

Bien se entendía
la ceremonia.

FELICIANO:

A la fe
que si algunas cuando chicas
las salasen, que después,
quizá no se dañarían.


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REY:

Aquí está el Príncipe.

ALBANO:

Aquí
está también la parida.

REY:

¿Siempre juntos? ¡Caso estraño!

CELIA:

Mercedes tan infinitas,
¿quién las pagará, señor?

REY:

Diana, quien las reciba
con ánimo de pagarlas.

CELIA:

Soy yo la pobreza misma.

ALBANO:

Donde está tu esposo.

FELICIANO:

Aquí
con el alma agradecida
de lo que por todos haces.

REY:

Doy desde agora a la niña
dos mil ducados de renta,
para que podáis vestirla,
y palabra de tratarla
como a mi nieta podría
si la tuviese.


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FELICIANO:

Bien puede
hacerlo su Señoría,
pues ya somos sus parientes.

REY:

Haced muchas alegrías,
y llevalda a descansar.

BATO:

Par Dios que en toda la villa
se han de poner luminarias.

FELICIANO:

¿No habrá mañana sortija?

BATO:

Y como yo salgo a ella,
porque tengo una pollina
que corre como un corchete.

CLARINO:

Toca, Pascual, y relincha.

[TODOS]:

(Cantan.)
Que si linda era la parida,
por mi fe que la niña es linda.
(Vanse todos.


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Y queda el REY con ALBANO.
REY:

  ¿Cómo tarda Celia, Albano?

ALBANO:

Espántome de que sea
tan breve el camino, y vea
el Duque, si está en su mano,
  lo que esto importa a tu gusto,
y que se detenga allá;
pero ya a la puerta está.

REY:

Llego a templar mi disgusto.
  Aquí me quiero esconder,
tú llama al Príncipe luego.
(Salen el duque ARNALDO y DORISTA, y el REY se esconde.)

DORISTA:

Alegre, y sin gusto llego.

ARNALDO:

¿Eso cómo puede ser?

DORISTA:

  Porque nace mi alegría
de que al Príncipe veré,
mi pena, de que no sé
si el Rey a llamar me envía
  para mayores agravios.

ARNALDO:

Si el Rey vengarse quisiera,
con otro término fuera
como lo intentan los sabios.
  Pero yo sé que te estima,
y que te quiere casar.


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ALBANO:

La mano me puedes dar.

DORISTA:

El verte humilde me anima:
  ¿vengo a morir o vivir?
Tú bien lo sabes, Albano.

ALBANO:

Pues yo te pido la mano,
vienes, señora, a vivir.
  El Rey ya desengañado
quiere que vuelvas a ver
al Príncipe.

DORISTA:

Puede ser
que le hayan bien informado.
  Aunque suele a los señores
la primera información
darles tan fuerte opinión,
que es causa de mil errores.

ALBANO:

  Voy a llamar a Lisardo,
albricias quiero ganar.
(Vase.)

DORISTA:

Nadie las pudiera dar
como yo del bien que aguardo.
  En fin, Duque, ¿ha conocido
el Rey quién soy?


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ARNALDO:

Yo sospecho
que aqueste milagro han hecho
ciertos celos que ha tenido.
  Esto te digo obligado
de mi amor, que comenzó
fingido, y después llegó
a darme pena y cuidado.
  Que a no ser por el respeto
del Príncipe mi señor,
hubiera dado a mi amor
esperanzas de secreto.

DORISTA:

  El estar agradecida,
por lo menos me debéis.

ARNALDO:

Obligaciones hacéis
de lo que estáis ofendida.
(Salen el PRÍNCIPE, ALBANO y FABIO.)

ALBANO:

  Pensé que albricias me diera
vuestra Alteza.

LISARDO:

Ya pasó
el tiempo en que diera yo
mil reinos, si mil tuviera.


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ALBANO:

  ¿Es posible?

LISARDO:

Yo te digo
la verdad.

ALBANO:

Pues vesla aquí.

DORISTA:

Señor mío.

LISARDO:

Tente.

DORISTA:

¿Así
me recibes?

LISARDO:

Si contigo
tengo al mayor enemigo
de mi honor, y de mi amor,
¿de qué te espanta el rigor
con que te aparto y desecho?
Porque no ofendas el pecho,
ya que ofendiste el honor.

DORISTA:

  ¿Yo, señor?

LISARDO:

Ya se han sabido
Celia, todas tus maldades.


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DORISTA:

¿Luego tú te persuades
Lisardo, que te he ofendido?
¿No sabes que fue fingido
del Duque el amor?

LISARDO:

No sé
si es verdad, o no lo fue,
sé que en un hora de ausencia,
como os falta resistencia,
perdéis de vista la fe.
  Desdichado del que alcanza
tal premio en tanta fatiga,
pues mientras más os obliga,
más os dispone a mudanza.
Burlaste mi confianza,
perdiste el mayor amigo;
mas no he podido conmigo
vengarme, Celia, en matarte,
porque pienso que el dejarte
es el más justo castigo.
  Esas prendas que tenías
allá también las tendrás,
di que son tuyas no más,
y no digas que son mías;
que aunque con ellas solías
prenderme más cada hora,
tu sangre así lo desdora,
que temo alguna traición,
cuando me acuerdo que son
hijos de mujer traidora.


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DORISTA:

  ¡Qué buen pago que me quieres
dar con tan infames nombres!
¿Más cuando mejor los hombres
pagaron a las mujeres?
Tú eres, Lisardo, ¿quién eres?
¿No es posible, o no soy yo
la que tanto te obligó,
pues me desprecias así?
Mas amor dice, que sí,
y tu ingratitud, que no.
  Como ya tratas de amar
quien sabes, y yo también,
que te merece más bien,
que quien te supo obligar,
de mí te quieres quejar,
que sois los hombres tan fieros,
tan mudables, tan ligeros,
que cuando olvidar queréis,
como en la mano tenéis
la disculpa de ofenderos.
  Bien me pudieras dejar
mal pagada de mi amor,
sin ofender a mi honor,
ni dar al vulgo lugar
a que me pueda infamar,
siquiera porque tenía
esta sangre tuya y mía
necesidad de opinión;
pero siempre la traición
lleva la crueldad por guía.
  Esas prendas no diré
que son tuyas, ni son mías,
que yo acortaré sus días,
y en ellas me vengaré.
En los brazos tomaré
partes que tengo de ti;
direles que te perdí,
y tú los pierdes a ellos,
y me mataré con ellos,
por apartarte de mí.
(Vase.


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Y sale el REY, y detiénela.)
REY:

  Detente, que esta crueldad
no cabe en humano pecho,
por lo menos en el mío
ha podido el sentimiento
dar ocasión a los ojos.
Dime, Lisardo, ¿qué fiero
tigre [...]
cual áspid en los desiertos
de Arabia, o Libia? ¿Eres tú
mi sangre? Yo no lo creo,
ni que la tengas humana,
pues que con tanto desprecio
tratas quien amaste tanto.


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LISARDO:

Hablas conmigo, no pienso
que te acuerdas que tú fuiste
quien aquí me tiene preso,
porque quiero, o porque quise
la que dices que desprecio.
¿Acuerdaste que en su casa
entraste una noche haciendo
alarde de tus crueldades
con este mismo sujeto?
Ésta es la misma, ésta es Celia,
dime, ¿qué pena merezco
por obedecerte yo?
Lo mismo que quieres quiero.
¿Tú pretendes que la olvide?
Pues eso mismo pretendo.
¿Quieres que deje mis hijos?
Pues, señor, mis hijos dejo.
Como te he de contentar,
si cuando pienso que acierto
yerro, mas por tus mudanzas,
y acierto más cuando yerro.
De manera que he de andar
en mis desdichas atiento,
y en una misma ocasión,
queriendo, y aborreciendo.
Cuando olvido, porque olvido;
cuando quiero, porque quiero.
¿Qué piensas hacer de mí?


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REY:

Ya Lisardo, es otro tiempo,
esta dama es gran señora,
fue su padre Filiberto,
gran Capitán General
del Águila del Imperio.
Con ella no sólo puedes
casarte, pero sospecho
que con cualquier dama suya;
y cuando lo que refiero
no te obligara, ¿no basta
que ya es madre de mis nietos?
¿Qué has de hacer con cinco hijos,
que basta cualquiera dellos
creciendo a dar confusión
a tu casa y a tu Reino?
Vuelve en ti, no seas cruel.

LISARDO:

¿Agora me dices esto?
¿Celia es principal agora?
¿No dices tú que la vieron
hablar con el duque Arnaldo?

REY:

Esa fue traza y concierto
para quitarte el amor
con la capa de los celos.

LISARDO:

¿Pues qué es lo que agora quieres,
ya que tanto mal me has hecho?


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REY:

Que te cases, y que pagues
tan justas deudas.

LISARDO:

No creo
que hablas de veras.

REY:

Lisardo,
esto no puede ser menos,
paga tanta obligación.
Yo hablaré después al Reino,
yo diré que cinco hijos
de una señora, a quien tengo
deudo por parte de Francia,
son muy justos herederos.
No hay que buscar otra cosa.

LISARDO:

¿Tú no lo abonas?

REY:

Deseo
que conozcas lo que vale,
y hacer este casamiento.
Venga mi Celia conmigo,
ya es mi hija, vengan luego
mis nietos, y en esta aldea
os casaréis con secreto,
que no quiero que se sepa
hasta que todos estemos
contentos, y en paz.


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DORISTA:

Señor,
la tierra que pisas beso.

REY:

Ven, Celia, venid con ella
vosotros.

ARNALDO:

Tú has dado ejemplo
de piedad y de justicia.

ALBANO:

Hoy a tus gloriosos hechos
has añadido, el mayor.
(Vanse todos acompañando a DORISTA. Y quedan el PRÍNCIPE y FABIO.)

FABIO:

¡Oh qué lindos lisonjeros!
Cuando el Rey la aborrecía
alababan sus despechos,
y ahora los vituperan.

LISARDO:

Fabio, ese linaje necio
es como sombra.

FABIO:

Bien dices,
siempre va siguiendo al cuerpo.


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(Salen CELIA y VELISA.)
CELIA:

  Vengo cual fuera de mí.

VELISA:

Nunca con mayor razón.

CELIA:

Lisardo, ¿qué confusión
es ésta que pasa aquí?
  ¿Dorista en nuestro castillo,
y del Rey acompañada?

LISARDO:

Tú, Celia, fuiste culpada,
tú fuiste, Celia, el cuchillo
  para nuestra perdición.
Quiérela hacer degollar
el Rey, pensando acabar
nuestra amorosa afición;
  y así es fuerza que de aquí
salgas huyendo.

CELIA:

¡Qué presto
fortuna inconstante ha puesto
sus pies mudables en mí!
  Pero ¿cómo haré, mi bien,
que no den muerte a Dorista?
Que aunque ella no se resista,
es grande crueldad también.
  Es mi prima, y como sabes
es hija del Conde Alberto.


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LISARDO:

No más burlas, que no es cierto
antes ya quieren que acabes
  con tus desdichas los cielos,
que el Rey celoso de mí
a Dorista trujo aquí
para sosegar sus celos.
  Y como la desprecié,
dice que me he de casar
con Celia, y que quiere hablar
al Reino, y por eso fui
  acompañándola aquí
con tan alegres efetos,
que le ha pedido sus nietos.

CELIA:

¿Cierto?

LISARDO:

Todo pasa así.

CELIA:

  ¿Búrlase el Príncipe, Fabio?

FABIO:

La verdad te ha dicho en todo.
No hay sino buscar el modo
con que no parezca agravio
  de su honor, y entendimiento,
el engaño que le hacéis,
pues excusar no podéis
de acetar el casamiento.


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CELIA:

  ¿Qué modo se puede hallar?

FABIO:

Pues ¿cómo se puede hacer,
si es que Dorista ha de ser
la que se viene a casar?
  Aunque él está tan perdido
de celos, que por librarse
de Lisardo, ha de alegrarse
del engaño en que ha vivido.
  ¡Mirad en lo que han parado
aquellas reprehensiones,
que de prudentes Catones
doctos en razón de estado,
  hacen cosas semejantes,
sin conocer sus errores!

LISARDO:

Solas las que son de amores
parecen más importantes.

FABIO:

  Es sin duda, porque son
acciones de gran flaqueza,
ofender la fortaleza,
y derribar la opinión.
  A un hombre grave destruye,
y desautoriza el ver,
que siga alguna mujer
por la flaqueza que arguye.
  Dicen que la autoridad
fue la primera inventora
de las puertas falsas.


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LISARDO:

Dora
el hurto la liviandad.
  Pero dejemos, oh Fabio,
el murmurar, que es locura,
pues quien agraviar procura,
no ha de quedar sin agravio.
  Grecia de ciencias abismo,
puso por mayor trofeo
en las puertas del Liceo
el conocerse a sí mismo.
  Mira Celia, y sólo bien
del alma con que te adoro,
como tu honor, y decoro
premian los cielos tan bien.
  Hoy has de quedar casada,
porque como vez alguna
suele burlar la fortuna,
ésta ha de quedar burlada.
  Dame tus hermosos brazos,
y confirma aquí el amor,
mientras el Rey mi señor
nos pone mayores lazos.


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(Sale el REY.)
CELIA:

  ¿Qué mayor pudiera ser
que el de amor en mi deseo?

REY:

Cielos, ¿qué es esto que veo?

VELISA:

El Rey, Celia.

REY:

Al fin, mujer.
  Pues di, Lisardo, ¿tratando
de casarte con quien tienes
gusto, a dar los brazos vienes
tan públicamente, cuando
  ya tienes a Celia aquí?

LISARDO:

¿Pues esto señor qué importa?

CELIA:

Si su merced se reporta
sabrá por qué se los di.
  Como mi marido, y yo
vamos a la Corte ya,
y el señor se queda acá,
sus nobles brazos me dio,
  llegándole yo a pedir
la mano para besar.

REY:

Y sin venirle a buscar,
¿no te pudieras partir?


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CELIA:

  Soy yo tan agradecida
a la merced que me has hecho,
que quise ofrecerle el pecho,
la sangre, el alma, y la vida.

REY:

  Basta, discreta Diana,
que te haces como agora
cuando quieres labradora,
cuando quieres cortesana.
  Vete a la Corte con Dios,
buena serás para allá.

CELIA:

Dadme los pies.

REY:

Bien está.

CELIA:

Siento apartarme de vos,
  pero ya podría ser
que nos juntásemos tanto
que diese a este Reino espanto.

REY:

¿Cierto?

CELIA:

Dios lo puede hacer.

VELISA:

  Échame también a mí
en merced la bendición.


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REY:

En la Corte habrá ocasión
de darte remedio a ti.
  Haz buen oficio, Velisa,
en mis cosas.

VELISA:

Vos veréis
que memoria en mí tenéis.

LISARDO:

Muriendo me estoy de risa.

FABIO:

  ¿Que esto no conozca un hombre?

LISARDO:

Nadie se conoce, Fabio.

FABIO:

Sí, pero siendo tan sabio,
¿no quieres tú que me asombre?

REY:

  Lisardo.

LISARDO:

Señor.

REY:

Aparte,
escucha.

LISARDO:

¿Qué es lo que quieres?


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Nadie se conoce Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

Parte de mi alma eres,
della te quiero dar parte,
  de ti me importa saber
una verdad, que podría
ser por inocencia mía
grande error, esta mujer,
  esta Diana, esta bella
labradora, óyeme atento.

LISARDO:

Ya entiendo tu pensamiento,
¿es amor?

REY:

Muero por ella,
  y cuando en aquesta edad
llega un hombre a hablar así.

LISARDO:

Antes de agora entendí,
gran señor, tu voluntad.
  Plega al cielo que sí he dado
mis brazos a otra mujer
que a Celia, y esto con ser
su esposo escrito y jurado.
  Si jamás llegué mis labios
a otro clavel que a su boca,
ni en plática mucha o poca
traté amorosos agravios.
  Si tomé jamás la mano
de otra mujer, con intento
de lascivo pensamiento,
todo el cielo soberano
  se conjure contra mí,
pierda el crédito y honor,
porque no puede un señor
hacer más mal contra sí.
  Y plega a Dios.


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Nadie se conoce:1 48

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LISARDO:

Gran señor,
Arnaldo poco discreto
ha quitado la opinión
a una dama, de quien puedo
asegurarte que tiene
iguales merecimientos.
Entró en su casa atrevido,
y con fingidos requiebros
solicitaba su honor.

REY:

¿Pues qué resultaba deso?

LISARDO:

Que ella está sin opinión.

REY:

¿Cobrarala el casamiento?

LISARDO:

Sólo ese remedio tiene
en su honor.

REY:

Prevenle luego.

LISARDO:

Pues luego a traerle voy,
guárdete, señor, el cielo.

FABIO:

¿Qué le has dicho?

LISARDO:

Fabio, amigo,
cómo veo que a este juego
voy ganando, voy parando
cuanto delante me han puesto.
(Vase el PRÍNCIPE con FABIO.)


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REY:

Arnaldo.

ARNALDO:

Señor.

REY:

Mi hijo
ha sido agora tercero
de un casamiento contigo.

ARNALDO:

¿Conmigo?

REY:

Y yo te prometo,
que porque estás obligado
a su opinión cuando menos,
te has de casar.

ARNALDO:

¿Yo, señor?

REY:

Arnaldo, ya no hay remedio.

ARNALDO:

¿Yo debo a nadie opinión?

REY:

Eso te dirán muy presto,
porque se han de hacer tus bodas
con las de mi hijo.


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ARNALDO:

Pienso
que te han engañado.

REY:

Mira
que no es caballero cuerdo
quien niega al Rey la verdad.
(Entra ALBANO.)

ALBANO:

Ya por tu consetimiento
vienen el Príncipe y Celia,
sus damas, y todo el pueblo
a jurar el desposorio
en tus manos.

REY:

Yo me alegro.
Mas Albano, ¿mi Diana
fuese a la Corte?

ALBANO:

Ya creo
que ella, su marido y casa,
con mucho gusto se fueron.

REY:

Advierte que han de tenerle
en la tuya, porque quiero
ir a verla algunas noches.

ALBANO:

Sólo servirte deseo.


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(Canten dentro.)
REY:

¿Qué es esto?

ALBANO:

Vienen cantando
los labradores.

REY:

Teneos
que es esa mucha alegría
para casos tan secretos.
(Salen todos los labradores con música. El PRÍNCIPE galán de novio, CELIA con vestido rico de dama, con ella VELISA, DORISTA y FELICIANO, y FABIO que las traen de las manos.)

LISARDO:

Aquí tienes, gran señor,
a tus hijos.

REY:

Aquí tengo
todo mi bien, pues casado
y con sucesión te veo.
Dame, mi Celia, tus brazos,
yo te recibo en mi pecho
para confirmar mi amor.

CELIA:

Yo soy tu esclava.

REY:

¿Qué es esto?


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CELIA:

Que yo soy Celia, señor.

REY:

¿No eres Diana?

CELIA:

Sabiendo
que me querías matar,
o quitarme cuando menos
mi esposo, y mis bellos hijos,
tomé este traje, y viviendo
con este engaño segura,
has ablandado tu pecho.
Pues si tanto me has querido,
que consideres te ruego,
que no es mucho que Lisardo
me quiera como le quiero.
Tú has mandado que se case,
puesto que ya estaba hecho,
si agora te has de enojar,
aquí nos tienes.

REY:

No acierto
a responder de turbado;
¿hay engaño tan discreto?
Corrido estoy, duque Arnaldo,
Albano, corrido quedo.
¿La otra Celia donde está?


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DORISTA:

Aquí, señor, y temiendo
que vengues en mí tu enojo.

LISARDO:

Ésta es la hija de Alberto,
que por ser Celia fingida,
en tal peligro se ha puesto.
Manda que el Duque se case,
pues por su loco deseo
le ha quitado la opinión.

ARNALDO:

Antes que lo mandes llego
a darle la mano, y digo,
que por dichoso me tengo.

FABIO:

Fabio, ¿no ha de pedir nada?

REY:

¿Qué quieres? Que estoy sin seso,
pues no conocí mi error,
y castigado le veo.
¿Qué es del marido fingido
de Celia?

FELICIANO:

A pedirte llego
perdón del engaño.

REY:

A todos
desde agora le concedo.

FABIO:

Concedo.


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REY:

¿Qué te parece?

FABIO:

Palabra de Jubileo.
¿Mas no me dan a Velisa?

REY:

Con un oficio muy nuevo.

FABIO:

¿De qué?

REY:

De guía de amor.

FABIO:

¿Con qué renta?

REY:

Con docientos.

FABIO:

¿Yo, señor?

REY:

¿Niegas?

FABIO:

¿Pues no?

LISARDO:

Bien has dicho, pues con eso
da fin Nadie se conoce,
si no son dos, que esto es cierto,
el Poeta de ignorante,
y nuestro Autor de sus yerros.

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