Napoleón en Chamartín : 7

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-No ha sido una simpleza de este buen religioso lo que te ha traído aquí -me dijo severamente-; esto ha sido obra de tu astucia y malignidad.

-Señora -le respondí-, por mi madre juro a usía que no pensaba volver a esta casa, cuando el padre Salmón se empeñó en traerme, con el objeto que él mismo ha manifestado.

-¿Y qué sabes tú de D. Diego?

-Yo no sé más sino aquello que no ignora nadie que le trata.

-D. Diego es jugador, franc-masón, libertino; ¿no es cierto?

-Usía lo ha dicho; y si lo confirmo, no es porque me guste ni esté en mi condición el delatar a nadie, sino porque eso de D. Diego todo el mundo lo sabe.

-Bien; ¿y tú querrías llevarme a mí o a otra persona de esta casa a cualquiera de los abominables sitios que el conde frecuenta por las noches, para sorprenderle allí, de modo que no pueda negarnos su falta?

-Eso, señora, no lo haré, aunque usía, a quien tanto respeto, me lo mande.

-¿Por qué?

-Porque es una fea y villana acción. Don Diego es mi amigo, y la traición y doblez con los amigos me repugna.

-Bueno -dijo Amaranta con menos severidad-. Pero me parece que tú eres tan necio como él, y que le llevas a la perdición, incitándole y adulando sus vicios.

-Al contrario, señora, a menudo le afeo su conducta, diciéndole que tal proceder es indigno de caballeros, y que al paso que deshonra su casa, deshonra también a aquella con quien va a emparentarse.

-Eso está muy bien dicho -exclamó con pesadumbre-. Lo que hace Rumblar no tiene perdón de Dios. ¿Y quién le acompaña en su libertinaje?

-El señor de Mañara y D. Luis de Santorcaz.

-¡También ese! -dijo con sobresalto y súbita transformación en su bello rostro-. ¿Qué hombre es ése? ¿Le conoces tú? ¿Dónde vive? ¿En qué se ocupa?

-Si he de decir verdad, aún ignoro qué clase de hombre es. Tampoco sé dónde vive; pero he oído que es espía de los franceses, y que estos le dan un sueldo para que les escriba todo lo que pasa. Esto me han dicho; pero no lo aseguro.

Entonces Amaranta acercó su silla a la mía, mirome como quien se dispone a entablar relaciones de confianza, y me habló así con voz dulce:

-Gabriel, está de Dios que me prestes de vez en cuando servicios de esos que no se encomiendan sino a la despierta observancia y a la discreta malicia. ¿Querrás averiguar si D. Diego anda también en conspiraciones y malos pasoscon ese que has llamado espía de los franceses?

-No sé si podré hacerlo, señora. Tendría que hacerme dueño de su confianza para abusar de ella. Por otro conducto podrá averiguarlo su señoría.

-Estás orgulloso; pero ven acá, chicuelo: ¿quién eres tú? ¿A quién sirves ahora?

-No sirvo a nadie, ni quiero servir. Por ahora soy soldado, si soldado es ser alguna cosa. Vivo de la paga que da el Ayuntamiento de Madrid a las tropas que ha levantado. Pero no tengo afición a las armas, y si las tomo hoy es por puro patriotismo y sólo mientras dure la guerra. Después Dios dispondrá de mí, aunque, como no tengo riquezas, ni padres, ni parientes, ni papeles de nobleza, ni protección alguna, espero que no saldré de esta humilde esfera en que he nacido y vivo.

-¿Quieres que te proteja yo? ¿Necesitas algo? -me preguntó con bondad-. Te buscaré un buen acomodo, te socorreré, si por acaso no estás muy desahogado.

-Aunque el recibir limosnas no deshonra a nadie, antes me asparían que tomarlas de vuecencia.

-¿Por qué? ¿Pero qué pretendes tú? Yo sé que tú picas muy alto, y no te andas por las ramas. Vamos, Gabriel, si me abres tu corazón, si me confías francamente todo lo que sientes, te prometo ser benévola contigo. ¿Crees que no estoy al tanto de tus atrevimientos? Y sí no, dime: ¿a qué paseas de noche por ese callejón cercano? ¿A qué arrojas piedrecitas a las ventanas?

-¿Usía me vio? -pregunté muy confuso.

-Sí, y aunque me causó ira, reconozco que nadie es dueño de borrar de un golpe lo pasado, mucho más cuando uno no es autor de la situación en que ahora o después se encuentra, sino que es Dios quien a ella le conduce. Tú tienes aspiraciones ridículas y absurdas, y ahora yo, renunciando a medios violentos, hablándote con templanza y sensatez, voy a quitártelas de la cabeza.

-Hable vuecencia; pero debo advertirle que no tengo ya pretensiones ridículas, pues todo aquello que vuecencia recordará de mi afán de ser generalísimo pasó, y...

-No me refiero a eso, y bien sabes a qué aludo, tunantuelo. No puedo ocultarte el disgusto que tuve cuando en Córdoba me dijiste con mucha ingenuidad: «Señora, Inés y yo éramos novios». Tal despropósito, tratándose de mi prima, me indignó al principio; pero después me hizo reír. ¡Ay! cuánto he reído con esto. Por supuesto, no creas que ella se acuerda de ti. ¡Eres tan inferior a ella! Bien sabe Inés que si en otro tiempo y lugar la aparente igualdad de vuestra condición permitía que os estimarais, hoy el solo pensar en tal cosa es un crimen. ¡Pues si vieras cómo se ríe de ti, y cuenta tus simplezas!... Eso sí, dice que te está agradecida porque dice que la salvaste de no sé qué peligro; pero nada más. Mi primita ha sacado tal dignidad y estimación de su linaje, que no digo yo con condes, con emperadores se casaría, y aún se juzgara rebajada.

-¡Bendito sea Dios, y cómo se mudan laspersonas! -dije yo, comprendiendo no ser cierto lo que oía.

-Pero si esto te digo -continuó Amaranta-, también añado que me intereso por ti y quiero recompensar los servicios que prestaste a Inés cuando estaba en la miseria; de modo que te daré lo necesario para que hagas fortuna con tu trabajo; mas con la condición de que has de marcharte de Madrid y de España mañana mismo, para no volver nunca.

Oí con mucha calma estas razones que la condesa dijo, queriendo aparentar una tranquilidad de espíritu que no tenía, y le contesté:

-¡Ay, señora, y qué mal me ha comprendido usía! Hábleme ahora vuecencia sin ninguna clase de artificio, pues yo con el corazón en la mano le digo que conozco muy bien quién soy y todo lo que puedo esperar. En mi corta vida he aprendido a conocer un poco las cosas del mundo, y sé que aspirar a lo que por mi humildad, mi ignorancia y mi pobreza está tan lejos de mí como el cielo de la tierra, sería una estupidez. No ocultaré a usía nada de lo que me ha pasado. Cuando Inés, quiero decir, la señorita Inés, estaba en casa del cura de Aranjuez, nosotros nos tuteábamos, hablando de nuestro porvenir como si nunca hubiéramos de separarnos. Después en casa de D. Mauro Requejo, parecía como que nuestras desgracias nos hacían querernos más. Teníamos mil bromas, y yo le decía: «Inesilla, cuando seas condesa, ¿me querrás como ahora?». Y ella me contestaba que sí, y yo me lo creía... Despuéstodo ha cambiado. Cuando fui a la guerra, yo no pensaba sino en ser un hombre de provecho para hacerla mi mujer; mas al mirar de cerca la esfera a donde ella había subido, al verme a mí mismo sin poder subir un solo peldaño en la escala de la sociedad, me entró una tristeza tal, que pensé morirme. Pero al fin se ha ido abriendo paso mi razón por entre este laberinto de atrevidas locuras, y he dicho para mí: «Gabriel, eres un loco en pensar que el mundo se va a volver del revés para darte gusto. Dios lo ha hecho así, y cuando su obra ha salido con tantas desigualdades, él se sabrá por qué. Renuncia a tus vanos sueños; que esto, y ser generalísimo de un tirón, como antes pensabas, es todo uno». Al fin, señora condesa, he llegado a costa de grandes tristezas a adquirir una resignación profunda, con cuyo auxilio ya estoy curado de mis atrevimientos. He renunciado a lo imposible. Si así no lo hubiera hecho, sería real y efectivo lo que cuentan las malas novelas de que se reía hace poco el padre Castillo, y en las cuales se ve a una archiduquesa que se casa con un paje, y a un porquerizo enamorado de una emperatriz. No, señora: vengamos a la realidad triste; pero que es lo único que no engaña. Ya no tengo las aspiraciones que usía me supone, y no es necesario que vuecencia compre con dinero mi resignación ni mi alejamiento de esta casa, de Madrid y de España.

Amaranta mirábame de hito en hito durante aquel mi largo discurso, y después habló así:

-Gabriel, o eres un hipócrita, o en verdadque me vas pareciendo un joven no sólo discreto, sino de honradas ideas. Ya veo que comprendes el sentido natural y templado de las cosas, y que sabes enfrenar la impetuosidad y petulancia propias de la edad.

-Señora, lo que he dicho a usía es la pura verdad; así me conceda Dios una buena muerte en mi última hora.

-Pues ya que me hablas con tanta franqueza, no quiero ser menos contigo. ¿Serás tú hombre a quien se pueda confiar un pensamiento delicado, un pensamiento de esos que la vulgaridad no comprende, ni estima en su justo valor?

-Creo que podrá vuecencia confiarme lo que quiera.

-¿Lo comprenderás tú? Vamos a ver. Dices que has renunciado a que te ame mi prima, reconociendo la inmensa inferioridad de tu posición.

-Sí, señora, así es.

-Muy bien; pero es el caso... no sé cómo decírtelo. Al indicarte que te daría riquezas, quise expresar que esperaba de ti un grande, un extraordinario favor.

-Si está en mí el prestarlo, no necesito que se me de nada. ¿Quiere usía que me marche? Pediré mi licencia. Pues qué, ¿acaso la señorita Inés se acuerda alguna vez de este miserable?

-Respóndeme lo que te inspire tu buena razón, Gabriel -me dijo la condesa con grave acento-. Figúrate tú que a la señorita Inés se le pusiese en la cabeza el no querer a nadiemás que a ti... no es así... pero va como ejemplo: figúratelo.

-Ya está figurado.

-Pues bien: ¿no te parece natural que yo y mis tíos nos opongamos a ello por todos los medios posibles?

-Sí señora, me parece muy natural -repliqué con asombro-; pero si ella se empeña...

-Ella no se empeña... no es eso... Es que... vamos, te lo diré francamente. Aunque no aseguro yo que Inés te ame, ni mucho menos, porque esto sería un gran despropósito, ocurre que... es natural que sienta algún afecto hacia los que fueron compañeros de sus desgracias... Todo es un capricho, una obcecación pueril, que se le pasará seguramente. ¿No crees que se le pasará?

-Sí señora, le pasará.

-Pero para que esto acabe de una vez, necesito tu ayuda. Puesto que te veo tan razonable, puesto que reconoces que sería en ti una estupidez aspirar a casarte con ella... ¡Casarte con ella! ¡qué risa! ¡un pelagatos como tú!... parece esto cosa de comedia. ¿Pero no te ríes tú también?

-Sí señora, ya me estoy riendo -respondí haciéndolo de muy mala gana.

-Pues decía -continuó, cesando en su afectada hilaridad-, que, en vista de tu buen sentido, espero de ti lo que vas a oír. Repito que te daré lo necesario para que en otro país lejos de España puedas hacer una fortuna; te daré la fortuna hecha si quieres...

-¿Y qué he de hacer para eso?

-Nada... vienes aquí estos días so color de entrar a servirme, tratas a Inés, y luego durante algún tiempo fingirás hacer las cosas más feas, cometer las acciones más abominables y los delitos que más rebajan al hombre, de modo que ella con el espectáculo de tu envilecimiento vuelva en sí del trastorno que por ti tiene y todo acabe. Es sumamente fácil para ti: entras aquí en mi servicio, y a los pocos días me robas una sortija u otra prenda cualquiera; luego fingimos nosotros haber descubierto tu crimen y afeamos en público tu conducta; después si hablas con ella, me calumniarás, diciendo de mí mil herejías, y también hablarás mal de ella delante de alguna criada que venga a contárnoslo... y por este estilo harás una serie de maldades de esas que más envilecen a la criatura.

-¡Señora! -exclamé sin poder sofocar por más tiempo la ira-. Si usía me da toda esta casa llena de dinero, no haré lo que me pide. ¡Cometer delante de ella una infame acción! Me dejaré matar mil veces antes que tal haga. Cuando éramos amigos, más temía a sus censuras que a mi conciencia, y si algo bueno hice, hícelo por que ella lo viera y me aplaudiera; que más estimaba su aprobación que todos los bienes del mundo. Huiré para ir a donde no me vuelva a ver; pero pensar que he de envilecerme delante de ella, eso jamás. Adiós, señora, me voy de aquí -añadí levantándome-. Por segunda vez me quiere usía envolver en intrigas y fingimientos cortesanos en que es tan gran maestra.

-Aguarda -dijo deteniéndome.

-¿No está más en el orden natural lo que yo quiero hacer -añadí-, que es marcharme y no aparecer más por Madrid?

-Eres un majadero -dijo con despecho-. ¿Qué te cuesta hacer lo que te propongo? ¿Pierdes tú algo en ello? Ven acá, truhán de las calles: ¿acaso tienes algún nombre que deslustrar o alguna posición que perder? ¡Cuántos mejores que tú no se apresurarían a prestar este servicio por el aliciente de la recompensa que yo te ofrezco! ¿Pues acaso podías tú ni soñar con la fortunilla que te pienso ofrecer, farsantuelo? ¡Miren el caballerón finchado, siempre a vueltas con su honor y su conciencia, y su deber acá y su reputación allá!

-Si usía me da licencia, me retiraré -dije, resuelto a poner fin a la conferencia.

-No, aquí has de estar todavía. Por lo que veo, crees que mi primita se acuerda alguna vez de tus simplezas y majaderías -declaró con enfado-. Anda noramala, chicuelo andrajoso: ¿piensas que creo en tus hipócritas declamaciones? ¿Piensas que tomo en serio los generosos pensamientos que con tanto arte me has manifestado, echándotela de caballero? ¡Oh! ¡Esto me pone fuera de mí! Yo le diré a esa antojadiza quién eres tú y cuáles son tus mañas. O hará lo que yo le mando -añadió con creciente enojo-, y pensará como yo quiero que piense, o esa niña no es de mi sangre, no, no puede serlo. ¡Cuánta contrariedad, Dios mío!... No quiero verte más, Gabriel, vete de aquí... pero no, ven acá: tú no tienes la culpa de esto.Dime, ¿quién eres tú? ¿Dónde has nacido? ¿Tienes alguna noticia de tus padres?... A veces suele acontecer que el que se creía humilde...

-No espere usía -repuse sonriendo-, que de la noche a la mañana me caiga en herencia un gran ducado. Eso pasa algunas veces, como ha sucedido con Inés; pero de tales pasos de novela entran pocos en libra. Humilde nací, y humildísimo seré toda mi vida.

-Lo digo por que si tú fueras una persona decente, te sentarían bien esos aspavientos que has hecho -me contestó-. No lo decía por otra cosa, desdichadote; no te vayas a envanecer sin motivo. Vete, estoy muy disgustada.

Y luego olvidándose de mí para no pensar más que en sus propias contrariedades, exclamó así:

-¿Por qué, Dios mío, cuando trajiste a esa niña a nuestra casa, nos trajiste también esta gran pesadumbre?

-¿Quiere usía mucho a su hija? -le pregunté.

-A mi prima, querrás decir.

-Eso es, me equivoqué.

-¡Que si la quiero! Desde que entró aquí no vivo más que para ella. Es un santo delirio lo que siento, y si Inés me faltara, me moriría sin remedio. Mi desesperación consiste en que al traerla aquí no podemos o no sabemos darle la felicidad que ella merece. ¿Pero es acaso culpa nuestra?

-¿Y persiste vuecencia en casarla con don Diego?

-¡Oh, no! D. Diego es un libertino; ya no me queda duda. Yo me opondré a que se case con él.

-Hace bien usía, y a la señorita Inés no le faltarán jóvenes de familia distinguida entre quienes elegir esposo. Por de pronto, señora, yo me atrevo a aconsejar a usía que rompa definitivamente con D. Diego. Las malas compañías de este joven son un peligro para la tranquilidad de esta casa.

-¿Qué quieres decir? Ahora me viene a la memoria ese hombre que hace poco nombraste y que me causa miedo.

-¿Santorcaz? Sí, señora; y ya que le nombro, voy a tener el valor de poner a vuecencia al corriente de ciertas asechanzas, para que esté prevenida. Yo asistí a la batalla de Bailén, y allí por casualidad singular, vinieron a mis manos unas cartas...

Amaranta se inmutó.

-Señora, si he sabido casualmente alguna cosa que no debía saber, yo juro a usía que el secreto no ha salido de mis labios ni saldrá mientras viva.

La condesa pareció poseída de nerviosa exaltación.

-¡Estás loco! -exclamó-. ¡Qué majaderías me cuentas! Ni qué tengo yo que ver con esas cartas ni con ese hombre...

-En fin, señora, aunque de a usía un mal rato, quiero entregarle las dichas cartas.

-A ver, a ver -dijo pasando de la exaltación a un desvanecimiento y palidez intensa que la puso como difunta.

-Vea Vd. esta primera -dije entregándole la que ella había dirigido a Santorcaz.

-Esto parece un sueño -exclamó reconociéndola-. Pero ¿cómo ha llegado a tus manos este papel? ¡Miserable chiquillo de las calles! ¿quién te mete a leer estas cosas...?

Entonces le conté el suceso que me puso en posesión de aquellas esquelas, lo cual oyó muy atentamente, y después oprimiéndose las sienes con ambas manos, exhaló lamentos dolorosos.

-Pues ahora vea usía esta otra que parece contestación a la precedente, y que no llego a ponerse en el correo, pero que al fin viene a su poder, aunque tarde, por mi conducto.

Amaranta leyó ávidamente la carta, y a cada rato la indignación se traslucía en su hermoso semblante. Cuando la hubo leído, rompiola coléricamente en menudos pedazos, y dijo así:

-¡Ese miserable me amenaza! ¡Dice que si su hija no está hoy en su poder lo estará mañana!

-Vuecencia recordará lo que ocurrió cuando la familia toda vino de Andalucía. Yo vine en la escolta que acompañó a sus mercedes desde Bailén hasta Santa Cruz de Mudela, y contribuí a poner en fuga a la canalla que detuvo los coches.

-Eran ladrones.

-Sí; pero su intento no era despojar a los viajeros. Usía recordará que nos fue muy fácil darles una severa lección; pero lo que sin duda ignora es que allí estaba el Sr. de Santorcaz, escondido entre las cercanas malezas, pues ély no otro mandaba aquella brillante tropa de forajidos. Yo que había leído la carta y además tenía sospechas por ciertas palabras que en Bailén oí a ese D. Luis, solicité un puesto en la escolta que al señor marqués concedió el general, y en ella formaron también algunos de mis buenos compañeros. Pero todavía falta a vuecencia el leer la más curiosa de las tres cartas que en aquella ocasión memorable vinieron a mis manos. Aquí está, y ella le hará ver la infame deslealtad de un criado de su propia casa.

Tomó la condesa la carta en que Román daba a Santorcaz noticia circunstanciada de lo ocurrido con motivo de la legitimación de Inés, y mientras la leía, tan pronto hacía brotar lágrimas de sus ojos la rabia como los inflamaba con vivo resplandor.

-Ya sospechaba yo la infidelidad de ese vil que todo nos lo debe -exclamó-; pero mi tía le tiene cariño y por eso sigue en la casa... ¡Qué infamia! Pero necio mozalbete, ¿para qué has leído estas cosas? Vete, quítate de mi presencia... no, no, ven acá: tú no eres culpable.

-Señora -respondí-, ningún nacido sabrá de mí lo que usía no quiere que se sepa. Yo esperaba una ocasión de entregar a vuecencia esas cartas, y mientras han estado en mi poder, nadie, absolutamente nadie más que yo las ha leído.

-¡Oh! ya sé lo que debo hacer para defenderme, y defender a mi hija de tan miserables asechanzas.

-Santorcaz es íntimo amigo de D. Diego,le acompaña a todas partes, le aconseja y le dirige. Yo he sorprendido sus conversaciones íntimas, y por ellas veo que el pérfido amigo y consejero de Rumbrar no ha desistido de sus proyectos.

-Yo estoy trastornada, yo estoy confusa -dijo Amaranta levantándose de su asiento-. No, no, Gabriel, no te vayas, tú eres un buen muchacho: yo quiero recompensarte de algún modo dándote lo necesario para que vivas con el decoro que mereces... Pero no pienses en Inés ¿sabes? Es una demencia que pienses en ella. ¡Pobre hija mía! La hemos sacado de la miseria, la hemos dado nombre, fortuna, posición, y no podemos hacerla feliz. ¡Esto me vuelve loca! Cuando la veo indiferente a todas las distracciones que le proporcionamos; cuando veo la imposibilidad de hacerme amar por ella, como yo quiero que me ame; cuando la observo pensativa y muda, y considero que echa de menos la apacible estrechez y contento que disfrutaba viviendo con el cura de Aranjuez, me siento morir de pena y paso llorando largas horas. ¡Pobre hija mía! ¡Ni siquiera le puedo dar este nombre, pues hasta con los de casa he de guardar secreto! ¡Ella y yo somos igualmente desgraciadas!... ¿Por qué no haces lo que te propuse, Gabriel? ¿A que vienes con humos caballerescos? ¿Eres acaso más que un infeliz? Pero no: tienes razón, no te degrades a sus ojos; tú tienes sentimientos nobles, tú eres un caballero, aunque no lo parezcas; tú mereces mejor suerte; Dios no es justo contigo... ¡Ay! voy viendo que tú también eres muy desgraciado.

Esto decía la condesa con muestras no sólo de gran dolor sino también de cierta confusión mental hija de las diversas sensaciones a que se había visto sometida; y sentándose luego, permaneció en silencio gran rato. Así estaba cuando creí sentir lejano ruido de voces en el interior de la casa, rumor que apenas se percibía y que para mí hubiera pasado inadvertido, a no haber corrido Amaranta súbitamente hacia una de las puertas, prestando atención a lo que tan débilmente se oía.

-Es mi tía -dijo después de una larga pausa-; es mi tía que no cesa de reñirla. Porque no quiere someterse a las majaderías de un ridículo maestro de baile, ni hacer dengues ante los petimetres que nos visitan, la tratan de este modo. ¡Y yo no puedo impedirlo, Dios mío! -añadió juntando las manos con mucha aflicción-. ¡Pero si no soy nada aquí, ni tengo autoridad alguna sobre ella! He de presenciar sus martirios, fingiendo aprobarlos, y estoy condenada a aplaudir las violencias, las intolerancias, las imposiciones, las mezquindades que la hacen tan infeliz.

Amaranta hizo ademán de salir; contúvose junto a la puerta, retrocedió luego indicando en su marcha y ademanes una grandísima agitación. Después me miró con asombro, como si se hubiese olvidado de mi presencia y de improviso me viera.

-Gabriel -me dijo-. Vete, vete al punto de aquí, y no vuelvas más. ¡Ay! ¿Por qué no querrá Dios que, en vez de ser quien eres, seas otra persona?

La conmoción me impedía hablar, y sin decir sino medias palabras, despedime de ella, besándole respetuosamente las manos. Entonces Amaranta me tomó una de las mías, y mirándome con calma, derramando lágrimas de sus bellos ojos, me dijo esto, que no olvidaría aunque mil años viviese:

-Gabriel, eres un caballero; pero Dios no ha dispuesto darte el nombre y la condición que mereces. Si quieres darme una prueba de la nobleza de tus sentimientos y de la rectitud de tu juicio, prométeme que has de desaparecer para siempre de Madrid, y no presentarte jamás donde ella te vea. Se le dirá que has muerto.

-Señora -respondí-, ignoro si me permitirán salir de Madrid, pero si algo impide esta mi resolución, yo prometo a usía, por Dios que nos oye, salir de Madrid; y entretanto que aquí esté, juro que no me presentaré a ella, ni haré por verla, ni consentiré en cosa alguna por la cual venga a conocer que estoy en el mundo.

-Tendré presente lo que me has jurado -dijo ella-. No te arrepentirás de tu conducta. Adiós.

Estrechome entre las suyas mis manos la condesa con muestras de vivo agradecimiento, y salí de aquella estancia y del palacio con tan profunda emoción, que no era dueño de mí mismo. Cuando llegué a mi casa, después de vagar por Madrid toda la tarde, arrojeme sobre mi lecho, donde en vela pasé la noche entera, revolviendo en mi mente las palabras deldiálogo con Amaranta, llorando a veces, a veces profiriendo gritos de rabia, y tan excitado, que mis buenos patronos creyéronme atacado de violenta fiebre.



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