Narración de los viajes de levantamiento de los Navíos de Su Majestad Adventure y Beagle entre los años 1826 y 1836: Capítulo XI

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Narración de los viajes de levantamiento de los Navíos de Su Majestad Adventure y Beagle (1839) de Philip Parker King



CAPÍTULO XI.


Deja puerto Otway – Seno San Quintín – Golfo de Penas – Puerto Kelly – Isla San Javier – Muerte del sargento Lindsey – Puerto Javier – Bahía Ignacio – Boca de canales – Mal tiempo – Situación peligrosa – Pérdida de la yola – Lista de enfermos – Regreso a puerto Otway – Luego a puerto del Hambre – Bahía Gregorio – Nativos – Carne de guanaco – Zorrillo – Cóndores – Brasileños – Juanico – Comandante Foster – Cambio de oficiales.


El Beagle regresó a puerto Otway al día siguiente, y en un intervalo de buen tiempo obtuvo las observaciones necesarias para determinar la latitud y longitud del puerto, y la marcha de los cronómetros.

El diario del comandante Stokes continúa el 19 de mayo: “Dejamos puerto Otway, y tan pronto como sobrepasamos su entrada, gobernamos al ENE a través del golfo, dejando hacia el norte todo ese grupo de islas, señaladas en la carta como 'Islas Marinas', y fuimos dentro de una milla de la costa este. De allí recorrimos cuatro y media millas paralelas a la dirección de la costa ESE (mag.). A una distancia media de una milla de la costa. El aspecto de las partes este y oeste de este golfo son muy distintas, y la comparación es mucho más desventajosa para la del este. Cadenas montañosas áridas, escarpadas, las montañas rocosas se mostraban, y donde se veía madera, era siempre mal desarrollada y deformada. Un mar de fondo rompía sobre la orilla, y todo parecía indicar una costa tormentosa e inclemente. Hay unas pocas bahías y caletas, en las cuales la profundidad de los fondeaderos, con un fondo bastante bueno de arena gruesa oscura: pero los grandes pedazos con algas en las rocas, vistos en algunos de ellos, nos indicaban falta de tierra; y todos ellos eran más o menos expuestos, y extremadamente peligrosos. Como la noche avanzaba, el tiempo era lluvioso y cerrado, y llegamos a una ensenada que parecía menos insegura que las otras que habíamos pasado, entré, y alrededor de las siete PM, guiado solamente por el descenso gradual de nuestras sondas, desde catorce a ocho brazas, y el ruido de las olas, nos llevó a fondear.

“A la mañana siguiente (20) nos dimos cuenta que habíamos fondeado en una pequeña bahía, cerca de media milla de una playa de guijarros, sobre la cual rompía tan furiosamente el oleaje como para impedirnos desembarcar en alguna parte. Estábamos completamente expuestos a los vientos del SO, con una mar gruesa, y el oleaje en todas partes impedía comunicarse con la orilla. Una brisa del SO nos habría puesto en dificultades para poder salir, y nos habría expuesto a un peligro inminente. En la carta figura como caleta Mala. Ansiosamente la dejamos, y procedimos a seguir la costa hacia el ESE, hasta que estuvimos a la cuadra de una isla moderadamente alta y boscosa, llamada isla Purcell. Pasamos por la parte norte de isla Purcell dejando a la izquierda una roca que sobresalía solamente unos pocos pies sobre la superficie del mar, que está ubicada a medio camino entre la isla y tierra firme. A medida que avanzábamos hacia el este, vimos un gran y muy notable campo de hielo que estaba ubicado en la parte baja de la costa, el cual, a la distancia, lo tomamos como una densa niebla ubicada sobre ella, como no lo habíamos observado en ningún otro lugar. Cuando estábamos cerca de la cuadra de la isla Javier, vimos un profundo seno hacia la izquierda, hacia el norte, por lo que concluimos que era el seno San Quintín de la carta española: parecía tener unas cinco millas de ancho, y seguir una dirección hacia el oeste. Mantuvimos a la vista el Pan de Azúcar, y otros puntos que habíamos ubicados, hasta que pudimos establecer otros más, los cuales nos permitieron trazar la carta de la costa mientras íbamos pasando. Mi próximo objetivo fue trazar la costa del seno San Quintín hasta su término, y al caer la noche llegamos a un fondeadero en la entrada.

“El 21 procedimos a entrar en el seno, pasando por el lado norte de la isla Dead Tree (Arbolada). Nuestras sondas, hasta la cuadra de ella, fueron de dieciséis a diez brazas, con fondo de barro; el que luego descendió a cuatro brazas, y luego de avanzar unas tres millas en esa dirección, fondeamos a una distancia de una milla de la costa norte del seno, en cuatro brazas.

“El excesivamente mal tiempo nos detuvo en este fondeadero. Desde el momento de nuestra llegada, en la tarde del 21, hasta la medianoche del 22, llovió en torrentes, sin parar un solo minuto. El viento era fuerte y turbulento del O, ONO, y NO.

“Cuando el tiempo mejoró, el 23, levamos, y navegamos a lo largo del costado del seno, con el propósito de establecer si había un paso hacia el lado norte. Nos mantuvimos a una milla de la costa, sondando de ocho a quince brazas, generalmente en fondo de arena, y luego de recorrer siete millas llegamos a tres millas de la parte final de la entrada, la profundidad del agua era de cuatro brazas, y de arena. El fin de este seno es una tierra baja continua, con pedazos de playa de arena, sobre la cual, a la distancia, entre montañas de gran altura fuimos capaces de ver nuevamente y tomarle demarcaciones a esa notable, llamada “Domo de San Pablo”. Las costas de esta entrada están densamente arboladas; la tierra cercana a ella es, en la mayoría de las partes, baja, pero se eleva en montañas, o más bien colinas, de mil doscientos a quince mil pies de altura, de las cuales descienden muchos arroyos. Tan pronto como la nave hubo pasado la isla Arbolada, quedó rodeada de tierra, y como en todas partes del seno había profundidad para fondear, en fondo de arena o fango, las ventajas ofrecidas a la navegación serían de gran importancia en lugares del mundo más frecuentados que el golfo de Penas.

“Las ballenas eran numerosas, y lobos de mar fueron vistos en esta entrada, ahora llamada golfo de San Esteban.

“De allí fuimos al seno Kelly, en el lado noreste del golfo de Penas, cuatro millas al NE de la isla Javier. La tierra a su alrededor es rocosa y montañosa, pero de ninguna manera está desprovista de madera. Cerca de la entrada es baja, comparada con la tierra adyacente, pero en el interior hay altas montañas con sus cimas nevadas.

“Un gran campo de hielo, situado en la tierra baja cercano a puerto Kelly, era notable: No había otro en las tierras bajas en el otro lado (sur) del puerto, a pesar de que era casi el solsticio de invierno en el momento de nuestra visita.

“Otro día y noche de lluvia incesante. En la mañana del 25 tuvimos algunas granizadas, y con la luz del día encontramos que una capa de hielo, del grosor de un dólar, se había formado sobre las superficie de todo el puerto. El agua en nuestro fondeadero era agua dulce a la media marea, lo que, sin duda, favoreció su rápida congelación. Cuando el teniente Skyring hubo terminado el levantamiento del puerto, lo dejamos y gobernamos entre la isla Javier y el continente, a través de un llamativo canal, de unas de cuatro millas de ancho, con una profundidad de más de treinta brazas. La tierra en ambos lados es muy boscosa y se eleva hacia altas montañas. Cerca del anochecer paramos en puerto Javier, una pequeña cala, con una playa de arena, en el lado este de la isla; y, a una distancia de dos cables de distancia de la playa, fondeamos para pasar la noche en diecisiete brazas.

“(26). Esta playa de arena se extiende cerca de media milla entre los extremos de la bahía, y, a cincuenta yardas del mar, estaba rodeada de un denso bosque, que se eleva en un rápido ascenso a la altura de mil pies. Los árboles eran iguales a los de los alrededores de puerto Otway, y eran fuertes y bien desarrollados. Un árbol, suficientemente grande como para mastelero de una fragata, podía ser seleccionado cerca de la orilla. El árbol del canelo alcanza aquí un tamaño mayor que el que había visto antes. Uno, que fue derribado por nuestros leñadores, medía ochenta y siete pies de largo, y tenía tres pies y cinco pulgadas de circunferencia. Todos los árboles estaban con todo su follaje y verdor, aunque la temporada corresponde a la última parte de noviembre en nuestras latitudes norte. En el extremo sur de la playa de arena había un arroyo de agua dulce, de varias yardas de ancho, y varias cascadas descendían desde las montañas. La costa hacia el lado sur estaba compuesta de fragmentos de granito, posados en una base de arcilla color plomo, de por lo menos trescientos pies de alto. En este acantilado los torrentes de montaña han formado profundos abismos, y sembrado la playa de escombros, y madera arrancada de raíz. Los únicos seres vivos vistos fueron patos a vapor, martín pescador, y águilas.

“Mientras estaba en la orilla, recibí un triste mensaje, comunicándome la muerte del sargento Lindsey, de la Infantería de Marina. Durante los últimos días había sufrido una inflamación de los intestinos, que llevó su existencia a su fin. “Al día siguiente (27) fue cavada una tumba, y cumplimos las últimas tristes tareas con nuestro difunto compañero. Levantamos una cruz de madera en la cabecera de su sepultura, en la cual había una inscripción en su memoria, también le pusimos su nombre al punto sur de la bahía. Cerca del mediodía dejamos puerto Javier, y costeamos la isla, a una distancia media de una milla, buscando fondeaderos, hasta, después de haber recorrido ocho millas, llegamos a su extremo sur. Durante las primeras cuatro o cinco millas de esta distancia, la costa de la isla es un acantilado alto, teniendo en su base una angosta playa, compuesta de varios tamaños de masas de rocas. En el interior había alturas, que se elevaban mil doscientos o mil cuatrocientos pies, boscosas hasta cerca de las cimas, con muchos arroyos de agua descendiendo desde ellas; pero para el resto de la distancia la costa era baja, y los árboles mal desarrollados y escasos. A lo largo de toda la costa rompía una fuerte marejada, que habría hecho muy peligroso cualquier intento de desembarcar; no había ningún sitio apropiado para fondear, excepto una pequeña caleta, cercana al extremo sur, en la cual nos detuvimos, y con alguna dificultad logramos fondear a un cable de la orilla. La bahía resultó ser la que los misionero españoles llamaban 'bahía Ignacio'. Sobre la punta sur, una angosta lengua de tierra, de aproximadamente quinientas yardas de ancho, con rocas y rompientes que extienden desde la orilla, hasta una distancia de dos millas, tomamos demarcaciones y ángulos a varios puntos fijos en la parte norte del golfo. La latitud, las diferencias cronométricas de longitud, y variación magnética, fueron determinadas en tierra en este punto sur.

“Habiendo terminado nuestra observaciones, dejamos este fondeadero; y es poco probable que lo volvamos a visitar, será suficiente decir que es extremadamente peligroso. Nada me hubiera inducido a entrar en él, si no fuera por la tarea de explorar la costa en busca de fondeaderos, y el peligro de mantenerme navegando cerca de una costa desconocida.

“Con la impresión que la isla Javier fue el *[1] escenario del naufragio del Wager, quise explorar el lado oeste; pero un fuerte viento del NNE no me permitió hacerlo, pues corría el riesgo de perder más tiempo que el que podía disponer en un objetivo por pura curiosidad. Goberné, por lo tanto, hacia el sureste hacia una entrada que resultó ser la Boca de Canales de las cartas españolas, y llegado a ella, después de recorrer diecisiete millas desde el extremo sur de la isla Javier. Con una sonda de noventa brazas no tuvimos fondo en su entrada, pero como no nos cabía duda que encontraríamos un fondeadero dentro, dejamos, a una distancia de media milla, los islotes de la punta norte; pasamos entre otros dos que estaban separados un quinto de milla, y poco después fondeamos en veinte brazas, protegidos por una isla hacia el oeste, pero con islotes rocosos que nos rodeaban en todas direcciones, excepto del SE, algunos de los cuales estaban a menos de un cable de distancia de nosotros *[2] Aquí estuvimos detenidos hasta el 10 de junio por el peor tiempo que nunca había experimentado; estábamos fondeados con tres anclas y los masteleros trincados; y aunque estábamos a un par de cientos de yardas de las islas y de las rocas, y a menos de media milla de las costas de la entrada, una marejada furiosa rompía sobre todas ellas, por lo que sería raro que una embarcación pudiera desembarcar, aún en la parte menos expuesta que la entrada ofreciera. La tarde de nuestra llegada estaba bueno, por lo que instalamos nuestra carpa para las observaciones, en la isla al oeste nuestro ; pero el tiempo estuvo tan malo durante el día siguiente, que no pudimos desembarcar para retirarla, por lo que previmos el resultado que siguió; concretamente, fue barrida por el agua.

“En los breves intervalos que prevalecieron en este horrible tiempo, enviamos embarcaciones a la costa norte de la ensenada, con el propósito de obtener agua y combustible; pero aunque a veces lo logramos, a fuerza de gran perseverancia, al desembarcar a través de un oleaje embravecido, por lo que sólo a veces pudieron embarcar los pequeños toneles (barricas) que había sido llenados, o la leña que habían cortado.

“En tierra el oficial de navegación vio restos de algunos wigwams indígenas, que parecían haber estado por largo tiempo abandonados, y que él describió que eran exactamente como los que habíamos hasta ahora encontrado en el sur.

“Este fue el punto más al norte en el cual encontramos huellas de seres humanos.

“Como las tripulaciones de los botes sufrían mucho por su inevitable exposición al tiempo húmedo, ordené que se les dieran algunas lonas a cada hombre como capa y pantalones, los que serían pintados en la primera oportunidad, como una protección contra la lluvia y el rocío.”

“Nada podría ser más triste que el escenario alrededor nuestro. Las altas, desoladas y áridas montañas que rodean estas inhóspitas costas de esta entrada, estaban cubiertas aun hasta bien abajo de sus costados, con densas nubes, sobre los cuales golpeaban las intensas ráfagas que nos asaltaban, sin causar ningún cambio: parecían tan inamovibles como las montañas donde descansaban.”

“Alrededor nuestro, y algunos a una distancia de no más de dos tercios de un cable, habían islotes rocosos, azotados por un tremendo oleaje, y, como para completar la inhóspita y total desolación de la escena, hasta las aves parecían evitar este vecindario. El tiempo era como el que (como Thomson dice enfáticamente) 'el alma del hombre muere con él.'

“En el curso de nuestro trabajo desde que dejamos Inglaterra, a menudo nos habíamos visto obligados a tomar fondeaderos, expuestos a grandes riesgos y peligros. Pero la situación presente del Beagle me pareció lejos la más peligrosa a la que había estado expuesto; sus tres anclas en veintitrés brazas de agua, en un mal fondo de arena, con pedazos de roca. Los chubascos eran terriblemente violentos, y a popa de él, a una distancia de solo medio cable, había rocas e islotes rocosos, sobre los cuales el oleaje rompía furioso.

“Podría emplear las palabras de Bulkeley al describir el tiempo de esta zona, y casi de esta temporada 'Duchas de lluvia y granizo, que golpean con tal violencia contra la cara de un hombre, que este apenas puede soportarlo.'

“El 10, el viento estuvo moderado, el tiempo mejor, nos preparamos para dejar este horrible lugar. Nos hicimos a la mar, con una brisa moderada del N b O, la cual aumentó rápidamente a un fuerte temporal; y apenas estuvimos lo bastante libre del canal, nos encontramos con un fuerte mar de fondo. Ansioso de pasar la entrada, no había esperado izar la yola, con la cual habíamos recogido una de nuestras anclas, con la esperanza de encontrar un mar calmo cuando saliéramos, pero el mar con el que nos encontramos hizo poco seguro remolcarla, y mientras tratábamos de izarla, fue desfondada tan gravemente por los golpes que recibió por el violento movimiento de la nave, que nos vimos obligados a dejarla a la deriva. Esta fue una gran pérdida. Porque era una embarcación hermosa, de veintiocho pies de eslora – a remos y a la vela navegaba bien, era espaciosa, liviana y boyante; su pérdida sería superada solamente por la de la nave.

“Intentamos apartarnos de las islas Guayaneco, izando todo el velamen, pero poco después de la medianoche tuvimos que aferrar la vela mayor. Antes del amanecer el viento cambió de repente al O b N, sorprendiéndonos con un violento chubasco, con intensos rayos y fuerte lluvia. Nuestro admirable pequeño barco cayó a sotavento sin sufrir ningún daño; pero por un momento su situación fue crítica. Con la luz del día, la tierra del cabo Tres Montes estaba al O ½ N (magnético), y a una distancia de cuatro leguas. La violencia del temporal que recién habíamos tenido nos impidió salir del golfo, y, por el estado al que estábamos reducido por la pérdida de la yola, con ambas lanchas en malas condiciones, y nuestro cúter muy desfondado lo que lo hacía inservible, consideré que no era justificable intentar continuar con un solitario buque en una desconocida y tormentosa costa, sin una sola embarcación en buen estado; por lo que resolví dirigirme a puerto Otway, para poner los botes en estado operativo. Tuvimos vientos arremolinados todo el día, pero en la tarde logramos llegar al puerto, y fondeamos cerca de nuestro antiguo fondeadero. El 13 y 14, tuvimos un permanente y difícil temporal, con el habitual acompañamiento de la fuerte lluvia. Los carpinteros estuvieron, sin embargo, constantemente trabajando para dejar operativo el cúter. El 15, el estado de la lista de enfermos me hizo solicitarle al médico, su opinión sobre la ' necesidad de la suspensión temporal de las operaciones de levantamiento.' La respuesta del Sr. Bynoe establecía ' que a consecuencia de la gran exposición a una serie de largas y continuas e incesantes y fuertes lluvias, acompañadas por fuertes temporales, la salud de la tripulación había sido seriamente afectada, especialmente con dolencias pulmonares, catarros, y afecciones reumáticas; y que, la repetición de ellos probablemente sería fatal en muchos casos, una suspensión temporal sería de gran ventaja para la tripulación, ofreciendo una oportunidad de recuperar su salud.'

“Al recibir la comunicación anterior por parte del médico, ordené que las vergas y masteleros fueran trincados, y que la nave fuera cubierta con las velas. Esta precaución fue empleada para prevenir que la gente fuera expuesta a una exposición frecuente, que no se empleara a nadie en los botes, excepto una vez al día para conseguir choros, y se evitó cualquier cosa que pudiera interferir en lo más mínimo en la recuperación de su salud; pero este lugar era extremadamente mal adaptado para los cuartele de invierno de una tripulación, ya que los bosques que lo rodeaban, hasta el borde mismo del agua, no dejaban espacio para hacer ejercicios en la playa, ni para jugar u obtener peces, excepto moluscos; de los cuales, afortunadamente (choros y almejas), encontramos en abundancia y que demostraron ser útiles en la eliminación de los síntomas del escorbuto, además de proporcionar un cambio de dieta. El lugar estaba desprovisto de habitantes, y sin esa fuente de recreación, en las cuales las relaciones con cualquier persona, aunque sea incivilizada, proporciona a las tripulaciones después de un crucero trabajoso y desagradable en estas inhóspitas soledades. Todos los puertos a lo largo de esta costa son igualmente malos para la permanencia en invierno, y fue solamente nuestra peculiar situación la que me indujo efectuar una corta estadía en este lugar."

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Aquí terminan los comentarios y notas del pobre comandante Stokes. Los que han estado en una de estas pruebas como él, en una desconocida costa al socaire, durante la peor descripción del tiempo, entenderán y apreciarán los sentimientos que obraron tan poderosamente sobre su excitable mente.

El Beagle permaneció quieto hasta el 29 de junio, cuando el médico informó “la tripulación está lo suficientemente sana para desempeñar sus funciones sin ninguna lesión material de sus constituciones”. Dejado puerto Otway, gobernaron a lo largo de la costa, por extraño que parezca, con viento del este y buen tiempo, lo que le permitió al teniente Skyring agregar mucho al levantamiento de la costa de Madre de Dios. El comandante Stokes empezó a mostrar síntomas de una enfermedad, que evidentemente había sido provocada por el terrible estado de ansiedad que había soportado durante el levantamiento del golfo de Penas. Se encerró en su camarote, llegando a estar indiferente y distraído con lo que pasaba; y después de haber entrado al estrecho de Magallanes, en su regreso a puerto del Hambre, se detuvo en varios lugares sin un motivo aparente; conducta totalmente contraria a su forma natural de ser, si hubiese estado en su sano juicio. Por último, la falta de provisiones lo obligó a apresurarse hacia puerto del Hambre; y el día en que llegó todos los artículos de alimento se habían agotado.

El fatal evento, que había agregado una tristeza adicional sobre cada uno, nos decidió abandonar el Estrecho. Ambas naves fueron alistadas inmediatamente, y zarpamos el 16 de agosto, pero previamente, había nombrado al teniente Skyring para que actuara como comandante del Beagle; al Sr. Flinn como navegante del Adventure, y al Sr. Millar, segundo navegante del Adventure, para que actuara como navegante del Beagle. El día que zarpamos, el Sr. Flinn se enfermó; y, el teniente Wickham estaba en la lista de enfermos, yo era el único oficial capaz de dirigir la cubierta. Como el viento era del NO, nos vimos obligados a barloventear toda la noche, y a la mañana siguiente estábamos a la altura de Punta Arenosa, pero soplaba tan fuerte del oeste, y el tiempo estaba tan cerrado con chubascos de nieve, que pasaban en rápida sucesión, que nos dirigimos , y fondeamos en bahía Agua Fresca, donde las naves estuvieron detenidas por vientos del norte hasta el 21, cuando proseguimos, el viento sin embargo, nuevamente se nos opuso por lo que fondeamos alrededor de media milla de la costa, siete millas al sur de Punta Arenosa. Al día siguiente zarpamos temprano, y llegamos a bahía Gregorio. Cuando estábamos a la altura de la isla Isabel, envié al Beagle a puerto Pecket para hacer volver al Adelaide, en el cual el teniente Graves había sido enviado a conseguir carne de guanaco. El Beagle navegó entre la isla Isabel y cabo Negro, y fue visto por nosotros fondeado en puerto Pecket antes de que entráramos en la Segunda Angostura.

Tras fondear en cabo Gregorio, dos o tres patagones fueron vistos en la playa, y antes que pasara media hora otros se les unieron. Al atardecer varios toldos, o carpas, se habían levantado, y un gran número de gentes había llegado. Cuando el Adelaide fue por primera vez a puerto Pecket, el Sr. Tarn le dijo a los indígenas, que el Adventure estaría en bahía Gregorio en veinticinco días, y, por casualidad, llegamos puntualmente en la fecha. Los patagones deben haber estado en camino para encontrarnos, porque no podrían haber viajado desde puerto Pecket en el corto espacio de tiempo en que estuvimos a la vista. Para su gran mortificación, sin embargo, no pudimos comunicarnos con ellos esa tarde, y al día siguiente el tiempo estuvo tan malo que no pudimos ni siquiera arriar una embarcación. Al mediodía el viento soplaba más fuerte de lo que nunca había presenciado, pero como estábamos en un buen tenedero, y el agua estaba llana, no esperábamos ningún peligro.

Cuando los chubascos de nieve cesaron; miramos hacia los patagones, con la total expectativa de ver sus chozas derribadas: - para nuestro asombro, ellas habían resistido la tormenta, a pesar de encontrarse en una ubicación muy expuesta. Contamos doce o catorce de ellos, y a juzgar por nuestra experiencia anterior del número que correspondía a cada uno, deberían haber habido, por lo menos, ciento cincuenta personas reunidas. Durante la tormenta se mantuvieron juntos; y solamente de vez en cuando un solitario individuo fue observado ir de un toldo a otro.

Habiendo mejorado el tiempo, el Beagle y el Adelaide se nos unieron al día siguiente. Ellos pasaron la tormenta, sin accidente, frente a la entrada de puerto Pecket. La mañana siguiente estuvo buena, por lo que nos preparamos para continuar; pero antes de levar desembarqué, y me comuniqué con nuestros viejos conocidos. María estaba con ellos, y, si es posible, más sucia, y más avara que nunca. Recogimos la carne de guanaco que habían traído para nosotros; distribuí unos pocos regalos, y regresé a bordo.

El Adelaide trajo mil seiscientas libras de carne, las cuales, con las que obtuvimos primero, sumaban casi cuatro mil libras de peso; y costaron en total diez libras de tabaco, cuarenta galletas, y seis cuchillos de bolsillo. Al comienzo una galleta era considerada equivalente a cuarenta o cincuenta libras de carne, pero con el aumento de la demanda, el precio subió cuatrocientos o quinientos por ciento. Con los patagones había dos tripulantes del Sr. Low, que le habían dejado. Eran portugueses, en un estado miserable, y que parecían estar profundamente avergonzados de ser compañeros de un grupo tan sucio: no podían hablar inglés, por lo que nos pudieron dar muy poca información. No habían adoptado entonces al atuendo indígena, aunque, por el estado de sus ropas, estarían obligados muy pronto a adoptarlo.

En puerto Pecket fueron reunidas unas pocas palabras del lenguaje nativo, las cuales son muy diferentes de aquellas dadas por Falkner, en su descripción de los nativos patagones: el mismo dice, que el lenguaje de los indios del norte difiere sustancialmente del de los 'Yacana Cunnee.'

Durante la comunicación del teniente Graves con los nativos, en puerto Pecket, obtuvo alguna información interesante respecto a estos indios, la cual será entregada en una parte posterior de este trabajo.

El Adelaide me trajo algunas adiciones muy gratas para mi colección zoológica, entre los que estaba el zorrillo, o skunk, de las pampas; no diferenciándose de ninguna manera de las especies que se encuentran cerca del Río de la Plata, en tal cantidad como que impregnan el aire con su olor desagradable a muchas millas alrededor.

He encontrado frecuentemente el aroma de este ofensivo pequeño animal claramente perceptible cuando estaba a bordo del Adventure, fondeados cerca de dos millas de Montevideo, con el viento soplando desde tierra.*[3] [4]

Un cóndor muy grande fue abatido por un hombre del Adelaide, el cual medía de largo, cuatro pies tres y media pulgadas, y nueve pies y dos pulgadas entre las extremidades de las alas. Fue regalado al Museo Británico. Muchos relatos exagerados de esta ave han sido dados por los antiguos viajeros, pero el de mayores dimensiones establecidas, y de cuyas dimensiones no cabe duda, son las de uno que se conserva en el museo Leverian, que mide trece pies una pulgada, de ala a ala. Este, sin embargo debe haber sido un pájaro viejo, porque el que matamos es más grande que el porte usual de los ejemplares que se han obtenido. Molina afirma , en su informe sobre esta ave, vol. i.p. 298, que el más grande que ha visto medía catorce pies y algunas pulgadas (medida española), desde la punta de un ala hasta la de la otra. El Sr. Humboldt también ofrece una detallada descripción: “Es con el cóndor – dice este célebre explorador- como con los patagones, y muchos otras cosas de historia natural: mientras más son investigadas, más disminuyen en tamaño”. Habitan en las montañas más altas de los Andes, y sólo descienden a los valles cuando son presionados por el hambre. Frecuentemente, en conjunto, atacan al ganado, venados, guanacos, e incluso al puma, y siempre tienen éxito en matarlos; pero su alimento principal es la carroña, de la cual, en un territorio tan abundantemente provisto de cuadrúpedos, probablemente no escasea.

Nuestra partida del Estrecho estuvo acompañada por un excelente tiempo; la luna estaba llena, y el viento bueno y moderado. Pasamos el cabo Vírgenes poco después del ocaso, y continuamos en nuestro rumbo con rapidez.

El suministro oportuno de la carne de guanaco había frenado sin duda el escorbuto, porque no tuvimos nuevos casos que sumar a la lista de enfermos, que ahora ascendía a veinte. El Beagle no estaba tan enclenque; pero, durante el último crucero, sobre cuarenta casos, principalmente del pulmón, habían ocurrido, y varios aún no se habían recuperado. Durante la navegación, un hombre cayó por sobre la borda del Beagle, en la noche, y se ahogó.

En latitud 45° S. estuvimos detenidos tres días, por vientos del norte y un tiempo con neblina húmeda, después de lo cual un viento fresco del SO nos llevó hasta el Río de la Plata. Habiendo obtenido buenas observaciones cronométricas en la tarde, continuamos navegando durante la noche, con la intención de pasar al oeste del bajo Arquímides; lo que habría sido más bien un paso temerario, si no hubiéramos estado bien seguros de la exactitud de nuestra estima cronométrica. En este momento Brasil y Buenos Aires estaban en guerra, y algunas naves de la escuadra bloqueadora del primero esperábamos encontrarlas en la boca del río, pero no vimos ninguna, hasta las dos y media de la mañana, cuando varios veleros fueron vistos anclados a sotavento, y pronto estuvimos cerca de un escuadrón de bergantines y goletas, cuyo número era evidente por la confusión de luces, cohetes y mosquetería, a bordo de cada buque. Disminuí para pasar al habla del más cercano, que resultó ser la del comodoro, el Marañón de dieciocho cañones; y al acercarnos, para explicarles quienes éramos y que hacíamos; ellos estaban tan confundidos, que ni yo pude hacerme entender. La brisa, en ese momento, había disminuido tanto, que, temiendo colisionar al bergantín, nos paireamos, y ordené fondear. Desgraciadamente un eslabón falló, y antes que pudiésemos largar la otra ancla, los brasileños habían disparados sus mosquetes varias veces contra nosotros, felizmente sin causarnos ningún daño, y nos amenazaron, si no fondeábamos inmediatamente, con una andanada, la que ante la total confusión, me asombró que no la disparasen. Habiendo fondeado, y arriado la gavia y el velacho, envié una embarcación a informarles a los brasileños quienes éramos, y solicitarles, que en atención al número de nuestros enfermos (teníamos sólo diez hombres operativos en cubierta), no deberíamos ser detenidos, ya que aún unas pocas horas podrían tener serias consecuencias; pero todo lo que pude instar fue inútil, y fuimos detenidos hasta el amanecer con excusas sin importancia. Estábamos situados de manera que, a menos que el bergantín virara su cable, o se apartara de nuestro camino, no nos podíamos mover sin acercarnos a el, además que procedería sin autorización. Después que llegó la luz del día, el bergantín nos dejo espacio, virando levemente su ancla, y luego que un oficial vino a bordo a ponernos en libertad, le dije mi opinión sobre el asunto, y le manifesté que informaría la conducta de su comandante a su almirante. Este informe fue hecho después, en forma muy enérgica, por el comandante Henry Dundas, del HMS Sapphire, pero el almirante defendió la conducta de su oficial diciendo que este había solamente actuado, “magna componere parvis”, como un escuadrón de bloqueo inglés lo habría hecho en un caso similar.

No sé si el asunto fue confirmado, o no, por la ley o la costumbre de los bloqueos, pero fue muy descortés, y después de la explicación dada, y las pruebas ofrecidas, no podría haber la más mínima duda. Debido a esta detención, no alcanzamos a fondear en Montevideo hasta muy tarde como para adquirir refrigerios para los enfermos. Encontramos, para nuestro pesar, que las provisiones frescas eran sumamente escasas, debido a la guerra, que no pudimos adquirirlas para nuestra tripulación; y si no hubiese sido por la amabilidad del señor Juanico, un bien conocido, y muy respetable residente de Montevideo, quien nos proporcionó naranjas amargas (Seville) abundantemente, podríamos haber estado muy angustiados. El uso libre, sin embargo, de esta sola fruta causó un rápido cambio en la salud de los afectados por el escorbuto, y en menos de una semana todos los hombres estuvieron en sus tareas.

Unos pocos días después de nuestra llegada, por la intervención del ministro británico, se firmó la paz entre los beligerantes, en el que Buenos Aires ganó todo por lo que había competido, y Brasil renunció a lo que había imperiosamente demandado.

Estuve muy contento de encontrar, en este puerto, al fallecido comandante Henry Foster, en el HMS Chanticleer, en su viaje de los péndulos. Se había establecido en un observatorio en una isla pequeña, llamada Rata, isla Conejo, adonde no perdí tiempo en dirigirme, y encontrarlo profundamente dedicado en esa serie de observaciones las cuales se han reflejado tanto en la gloria de su memoria.

Antes de zarpar, hice los arreglos para encontrar al Chanticleer, ya fuese en la isla de los Estados o en el cabo de Hornos, con el propósito de proporcionarle las provisiones, que le permitieran seguir de allí al cabo de Buena Esperanza, sin tener que regresar a Montevideo.

El 13 de octubre, zarpamos a Río de Janeiro para obtener algunos pertrechos, que habían sido enviados desde Inglaterra para nuestro uso, y para calafatearnos y repararnos. El Beagle permaneció en Montevideo, preparándose para nuestro próximo crucero. Antes de que estuviéramos listos para dejar Río de Janeiro, el comandante en jefe, Sir Robert Otway, llegó desde Bahía, en su buque insignia, el Ganges. Sir Robert me informó, que él consideraba necesario que el Beagle fuese carenado y recorrido, que quería reemplazar al teniente Skyring; y había enviado las órdenes necesarias a Montevideo. Cuando el Beagle llegó, el teniente Robert Fitz Roy, ayudante de órdenes del Ganges fue nombrado comandante; el Sr. J. Kempe, oficial, como teniente, y el Sr. M.Murray, ayudante del navegante del Ganges, como navegante.

Aunque estas órdenes eran indudablemente una prerrogativa del comandante en jefe, y yo no tenía razón de reclamar de la selección que él había hecho para cubrir las vacantes, aunque parecía duro que el teniente Skyring, que había tenido en todos sentidos una tan bien ganada promoción, fuese privado de un nombramiento al cual él mismo por supuesto se consideraba que tenía derecho.

La conducta del teniente Skyring, durante todo su servicio en el Beagle, especialmente durante el levantamiento del golfo de Penas, y la triste enfermedad de su comandante, fue digno de los mayores elogios y consideración; pero se vio obligado a regresar a su antiguo puesto como ayudante del oficial hidrógrafo; y, en su honor sea dicho, con una calma y buena voluntad, que muestran su celo profundo por el servicio.

El comandante Fitz Roy estaba perfectamente calificado para mandar el Beagle; y aunque no podía dejar de sentir mucho la amargura por la decepción del teniente Skyring, no tenía ninguna otra causa de insatisfacción.

  1. * La isla Javier es sin duda la isla Montrose de la Narración de Byron. El Wager se perdió, como se verá, más al sur, en las islas Guayaneco.
  2. * Este grupo fue llamado después islas Hazard.
  3. *D'Azara, en su Ensayo de historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay, da el siguiente informe de este animal, que él llama Yagouaré. Tiene su madriguera en el suelo, se alimenta de insectos, huevos, y pájaros, cuando puede sorprenderlos, y se mueve sobre las llanuras y los campos tanto de día como de noche en busca de comida; cepillando el suelo con su cuerpo, y llevando su cola en posición horizontal. No le importa la presencia del hombre o de las bestias, a menos que se intente dañarlo o tomarlo, entonces recoge su cuerpo, eriza los pelos de su cola, levantándola verticalmente, y en esa
  4. posición espera el acercamiento del enemigo, a quien le echa su orina, que produce un inaguantable olor, que ni un hombre, perro, o tigre se atrevería tocar el animal. El yagouaré se mueve muy lentamente, y no puede correr. Pare dos jóvenes que son colocados en el fondo de la madriguera. Los inconquistables indios de las pampas hacen mantas con las pieles de zorro, conejillo de indias, u otros animales, y en el borde de ellos con las pieles del yagouaré, que son suaves y finas, que serían aptas de ser empleadas por los peleteros si no fuera por el olor desagradable que imparten a todo lo que tocan. Los indígenas comen la carne de este animal, al cual molestan hasta que su único medio de defensa se hace inútil, y entonces puede ser capturado sin consecuencias desagradables.