Nativa : 10

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Nativa : 10
Rulos y nazarenas

de Eduardo Acevedo Díaz


El joven voluntario no tenía la práctica constante de los hombres camperos, y desde luego sus recursos ingeniosos para sobrellevar con paciencia los azares y amarguras de la vida de sacrificios. Las horas se hacen tardías y las jornadas abrumadoras, cuando la actividad se ejercita en campo raso y el peligro puede asomar por cualquier horizonte, sin minuto de descanso para el músculo aterido y sin instante de resuello para el caballo fatigado. Esas jornadas suelen ser insufribles al mismo jinete duro, según las contingencias de la marcha.

Durante el día, bajo la lluvia incesante y menuda que destempla las fibras y convierte los campos en un charco, desbordándose arroyos y «cañadas»; o llevando de frente el viento que ha levantado la helada de las vísperas, y que hiere como un látigo las carnes; por la noche, el suelo y la leña húmedos en la «cuchilla» desierta o a la orilla del bosque casi en esqueleto, el hielo que cubre poco a poco con su manto implacable todos los objetos hasta formar sobre ellos una costra dura semejante al vidrio ahumado, el lecho de caronas y de cojinillos tendido sobre la hierba mientras que el hombre en él dormido, bajo el poncho, se agita a cada instante sobresaltado al sentir que tiembla el suelo al tropel de una yeguada arisca, o que gruñen enconados los «carpinchos» disputándose entre el barro de la orilla sus amores.

Después, la aurora pálida con sus nieblas frías o su aura cruel. Cielos plomizos, tierra mojada, soledad siniestra detrás, delante, por todas partes. Y así el ánimo, en cuerpo desfallecido; muchos dolores extraños en el tronco y en los miembros, sed intensa, apetito voraz -efectos de la fatiga que el mismo ejercicio cura con ayuda del oxígeno de los campos, del alimento sano y de las aguas puras, como si el clima modelara o completase el tipo, haciéndolo al fin apto para la lucha sin tregua. Añádanse las vicisitudes de la jornada y las emociones del peligro que al principio dan un tinte sombrío a la aventura, y que al final solazan a las almas fuertes.

Por estos trances rudos debía pasar el joven patriota; y desde las primeras horas empezó a experimentarlos, sin arrepentirse de haberse sometido a las pruebas de los hombres robustos y viriles. ¿Cómo arredrarse ante la odisea que él había soñado?

En la tarde del segundo día de marcha cayó una lluvia fina y helada, cuya impresión bastaban a atenuar apenas los ponchos de paño azul forrados con bayeta roja, cuyas haldas caían hasta cubrir las rodillas y por las que se deslizaba a gruesos hilos el agua sobre las cañas de las botas. Los caballos con la sangre ardiendo confundían con aquella sus sudores y el vapor de sus narices, pegados los extremos del copete y de las crines a la piel lustrosa, y hecha pincel la cola que batía barriosa los corvejones al compás del trote inseguro sobre un terreno resbaladizo.

Luis María, que empezaba a sentir a consecuencia de la fatiga como punzadas de aguja en los omóplatos, opresión al pecho, ardor en los riñones, parálisis en las extremidades y en el semblante un enfriamiento de piedra, pensó en el descanso y el abrigo, y preguntó a Esteban:

-¿En dónde haremos noche?... Ya no puedo más.

-Está al caer, -dijo el negro. -Para acampar es bueno aquel montecito que se ve en el bajo.

-Vamos allí y haremos fuego, porque la sangre se me hace hielo.

-Fogón no conviene, señor. El tizón se ve de lejos y entrega a los hombres dormidos... Si encendemos leña ha de ser abajo de tierra con una capa de troncos por arriba; pero, no hay carne fresca que asar, y es mejor taparse con los ponchos en lo escurito...

-Yo bien sabía que no eras ni medio bozal, negro... ¿Entonces nos acostaremos como los gallos, hasta que llegue el alba?

-Sí, señor, y dormiremos también.

-Pues endereza al sitio.

Empezaba a oscurecer. Seguía cayendo el agua mansa, cuyos velos formaban como una cerrazón en el horizonte, aumentando el tinte sombrío del paisaje y envolviendo en densas telas de niebla el montecillo del declive -verdadera orla de «talas» de la cuenca de un arroyo que crecía por momentos.

Estaban, que se había adelantado al galope, echó pie a tierra junto a los árboles; e incontinenti, después de escoger aquí y allá, cortó una rama larga y gruesa con su cuchilla mangorrera. De esta rama despojada de sus pinchos y dividida por mitad, hizo dos estacas afilándoles los extremos.

-Para asegurar los caballos, -dijo-, aunque este palo sea quebradizo, señor.

-¡Qué hacerle, a falta de otro! -observó Luis María que acababa de apearse con las piernas entumecidas. -¿Y ese tronco?

-Es la maceta para clavar las estacas... Ataremos los caballos en aquel albardón porque aquí no hay más que «cola de zorro».

-¡Bueno, despacha pronto, que estoy yerto!

El activo negro, campero hábil, bajó en un instante los «recados», pasó el lomo de la cuchilla por el de los caballos, desenfrenólos, ciñó al «fiador» de cada uno el respectivo «maneador», hízolos marchar en pos de él; y, tanteando en diversos sitios el terreno más firme de modo que no aflojasen fácilmente las estaquillas, hundiólas al fin distantes doce o quince varas una de la otra, donde la gramilla abundase más que el trébol.

Luis María estuvo observando todas estas diligencias muy atentamente a pesar de los escozores de la jornada; y, concluido el maceteo del liberto, púsose callado a arreglar el duro lecho sobre la tierra mojada, bien cerca de los árboles.

-En esta lomadita es mejor, señor -dijo Esteban. -Unas cuantas ramitas de sauce abajo, y después las caronas encima...

El negro corrió enseguida diligente, trajo las ramas y aderezó a su manera las camas, colocando los lomillos de cabeceras, los cojinillos de colchón, y los ponchos y cobertores de abrigo.

-No hay que hacer ranchos, porque estamos muy al descampado y andamos solos.

-Tampoco llovizna ya, -repuso Berón, metiéndose debajo del poncho. Dame una galleta para entretener estos dientes, que se me están chocando.

El liberto recurrió a las maletas que había guardado cuidadosamente, trajo lo pedido, y sacando el tapón a su cantimplora, la acercó a los labios del joven, diciendo:

-¡Un trago de esto da calor!

Luis María sorbió, y cubrióse la cabeza.

Esteban púsole la pistola junto al lomillo, al alcance de la mano; hizo lo mismo en su lecho con la tercerola y el sable; miró con mucha atención a todos los contornos, por si algo sospechoso se percibía; y, contento de su inspección, empinóse dos veces el botijo, echó una última mirada a los caballos que al triscar las hierbas hacían oír claro su crujir de dientes, y se arrolló bajo el poncho con extrema velocidad, quedándose inmóvil y a poco dormido.

Había cerrado la noche, sin viento ni lluvia, y empezaba a helar.

Al poco tiempo, todo aparecía de un color blanquecino, hierbas, árboles, lomas y declives. Hasta los duros lechos y ponchos cubiertos por la helada, confundíanse, sin saltantes relieves, con los demás objetos del suelo; blancos y tiesos los «maneadores», perdíanse como las estacas entre los pastos cortos, a su vez endurecidos bajo una manta vidriosa. Las ramas inmóviles con sus hojaldres de cristal, especialmente las de las copas semejantes a cabezas calvas, daban a los árboles un aspecto triste y desolado en medio de las tinieblas. Los caballos que habían cesado de pacer, piafaban de vez en cuando como ateridos; el pato salvaje sacudía las alas alborozado a la orilla del arroyo, y el «chajá» autero hería el aire con sus gritos en la laguna como si todo un regimiento hubiese acampado en la loma al toque de clarines.

A las cinco de la mañana, el negro que había dormido intranquilo, se levantó sin pereza, y púsose a examinar los alrededores.

Todo estaba en calma. Aún no soplaba la brisa que había de levantar al hielo en sus alas para rozar con ellas implacable la carne viva.

Llevó los caballos a abrevar al arroyo, aderezó el suyo en breves momentos y despertó a Luis María, diciéndole muy bajo, después de sacudirlo un poco:

-¡Señor! Ya es hora de marchar.

El joven que estaba inmóvil como una piedra, revolvióse en su «recado» pronunciando algunas palabras ininteligibles, encogióse y volvióse a quedar dormido.

Por dos y tres veces volvió el liberto, hasta conseguir al fin que se pusiese de pie.

Al hacerlo de mala voluntad, Luis María sintió doloridos todos sus miembros, empujó con el pie el poncho cubierto por la helada y apartóse del lecho como un sonámbulo, acercándose a traspiés hasta la orilla del monte.

La impresión de un aire extremadamente frío, que acabó de despertarlo de veras, púsolo ágil y activo. Abrigóse con su poncho, cuya bayeta se conservaba casi seca y caliente; y, a fin de dar calor a las manos agarrotadas, propúsose ensillar por sí mismo su caballo. Al efecto, muy listo, aproximóse al «recado», y echó mano a la carona, haciendo saltar todas las prendas que encima estaban, inclusive el lomillo en que había posado la cabeza. En el mismo instante, una culebra verde con pintas rojas que bajo la comba de aquel dormía muy arrollada, puso en juego sus anillos y dio un silbido, arrastrándose veloz hacia el arroyo.

Luis María se quedó quieto con la carona en la mano, siguiendo con la vista el reptil hasta que desapareció entre los juncos del ribazo.

El liberto, que se mordía tentado de la risa su labio de esponja, se apresuró a decir:

-Es mansita, señor; les gusta mucho el rescoldo a esos bichos...

Miróle el joven con cierto aire de asombro, procurando con todo dominar su sorpresa; y, sin pronunciar una palabra acercóse muy lentamente al manso lobuno; mas, al coger el «maneador» duro con el hielo, que había que extirpar con los dedos corriendo en la diestra la soga, renunció a la tentativa mal humorado, diciendo a Esteban:

-¡Ensilla tú, con mil demonios!

En tanto el negro empezaba la operación, y se reía a solas, el joven dirigióse a la orilla y se lavó la cara, -hundiendo sus largas botas en el terreno húmedo hasta más arriba del tobillo.

Recomenzaba a llover; el agua caía en forma de niebla, tan finas eran sus gotas.

No era ésta razón suficiente, para que los pajarillos no gorjearan a su gusto en coro suave y armonioso, saludando el alba; y justo es decir que lo hacían tan bien, en medio de la misma confusión de trinos, píos y quejas, que Luis María no pudo menos de alzar la mirada al ramaje, y murmurar con ironía al sentir cómo se escurría sobre su cabeza y hombros la lluvia mezclada al hielo:

-¡Oh, poetas!... Venid como yo ahora a oír cantar a las castas avecillas en la rama al cuajar el día, y decirse amor besándose con los piquillos al rescoldo del nido. ¡Sí, venid, bardos soñadores que cantáis como esos pájaros!... Aquí está la selva umbría y el arroyo susurrante y la tórtola que arrulla, todos esos eternos idilios de que nos habláis sin lluvias mansas, sin lodos que salpiquen, sin heladas que agarroten, sin suelo húmedo y duro como lecho... ¡Venid a pasar una noche como yo, y ya veréis lo que vale el poema, bellacos!... Os había de preguntar si era bella esta alborada, si grato el concierto de los seres alados, si hospitalaria la sombra de los árboles, si cristalinas y transparentes las gotas que de las hojas caen como menudos topacios, y si muelle el verde césped donde la culebra se agita y busca el calor del que duerme con toda la confianza de una compañera cariñosa... Y habíais de responder, estoy seguro, sin pasar por la experiencia, que este gran sudario que por ahí se extiende era manto de suave armiño y que eran preciosas filigranas de alabastro las agujas de hielo y muy bellas las urracas y calandrias desplumadas y lodosas que saltan de la rama al charco, y manso por extremo el reptil frío de estrías de esmeralda y de coral que en busca de calor se mete en el hueco del lomillo bajo la cabeza del que duerme, y allí se está, hasta que uno se levanta y le da con el pie para que se vaya a su cueva... ¡Ya os diría yo de misas, visionarios!

Esto murmurando, retiró con tanto esfuerzo como enojo sus pies del lodo, secándose el rostro con el anverso de la manga; y encaminóse a su caballo, inquieto con el cierzo, cuyos pelos aparecían erizados afeando de veras su pinta.

Montó con alguna torpeza, porque sentía un dolor mortificante en los muslos y las corvas, así como el del que se ejercita por primera vez en la esgrima del sable. También en otras partes le dolía; y por ello sentía él mucha pena. Con tanta fuerza de voluntad, -se dijo- se pierde sin embargo un equilibrio necesario, y hasta el rumbo, que una navecilla afirma con su timón y un ave con su cola...

-¡Vamos! -agregó luego en voz alta con cólera, descargando el rebenque en las ancas.

El negro adelantóse por un flanco para guiar, muy tranquilo con su carguero y una tagarnina en la boca.

En silencio marcharon por algún tiempo al trote largo, sufriendo el rigor del vientecillo de cara y de la lluvia que a intervalos caía densa.

Dejado habían detrás el empinado morro de Pan de Azúcar, e internádose en un terreno escabroso, cuando Esteban desvióse del rumbo, dirigiéndose a un rancho humilde que en mitad de una ladera dejaba ver únicamente su techumbre de paja brava.

Tomó allí lenguas de una mujer; y supo que el comandante Álvarez de Olivera había pasado por aquellos sitios el día anterior y acampado de allí a dos leguas, según los informes de uno de sus soldados que del rancho había salido esa madrugada para reincorporarse a la fuerza.

Continuaron entonces la marcha largo rato, siempre azotados por el agua y el viento.

Llegados al arroyo, sólo encontraron vestigios de campamento, armazones de ramas, vivacs en cenizas y huesos frescos de animales vacunos. Cinco o seis caballos escuálidos y lastimados en los lomos hasta mostrar la carne viva, y a los cuales hacían compañía algunos tordos voraces parados en los mismos espinazos, sin que ellos tuviesen fuerza en las colas para espantarlos, pacían distantes unos de otros, triscando apenas, como buscando prolongar por unas horas más la vida.

El liberto observó todo con atención; y, luego dijo:

-La fuerza no ha de ir lejos, señor.

-¿Por qué?

-Estos «bichocos» de marcha tienen la «rosa» fresca...

-¿Y que hay con eso?

-Que les han volcado el «apero» cuando más hace una hora... También fíjese el señor que los troncos de los fogones tienen brasas, y se han prendido una nada...

-¿Crees entonces que no irán lejos?

-Sí, señor -repuso el negro, con los ojos fijos en el suelo, y después en la loma, como siguiendo una huella bien perceptible para él.

-¡La «rastrillada» va por allí! -agregó luego, señalando la loma de la derecha. El paso de la caballería está bien marcado en lo blando y hasta hay surcos de resbalones en la cuesta...

-¡Pues adelante! -dijo Luis María.

Abandonaron el sitio a trote firme.

La zona en que habían penetrado era ardua y pedregosa, con uno que otro pequeño llano feraz a los flancos o lagunas rodeadas de espesas masiegas. En los horizontes brumosos de un color de plomo destacábanse hacia el oriente en masas azuladas y compactas, abruptas serranías y riscosos morros cubiertos de mantos de nieblas, de cuyas faldas caían las fuertes corrientes que engrosaban los cauces de los valles hasta rebasar sus niveles. Los arbustos de espinas que buscan su savia en los barrancos y entre las anchas grietas de los peñascos, montaban aquellas faldas y estribaderos en audaces escalones como nutridos regimientos que escalasen atropellándose el desfiladero en pintoresca confusión de guías, penachos y morriones puntiagudos. En los recodos de piedra desnuda alzábanse por las bases las malezas, formando un boscaje verdi-negro matizado de cardos secos, sobre el que desfilaba a chorros espumosos el agua de las mesetas. En lo alto, columpiándose sobre los riscos en lento vuelo y confundiendo con la llovizna vaporosa el color ceniciento de sus alas, las gaviotas y cormoranes dispersos a grupos se dirigían entre roncas notas hacia los litorales del Cabo, sin dejar de abatirse de vez en cuando en los charcos y bañados, alargar el pico y coger la presa para proseguir su rumbo solazándose en las nieblas de la tormenta.

Avanzaba el día sin que asomara el sol, y disponíanse los viajeros a hacer alto junto a unas grandes piedras, cuando de improviso el eco no lejano de un clarín les indicó la proximidad de una fuerza que era sin duda la que buscaban.

El clarín tocaba marcha.

Pusiéronse los dos al galope con ardor.

Traspuestas algunas «cuchillas» y al coronar una loma sujetaron riendas, y pudieron ver entonces una columna de caballería que marchaba al paso por el extremo opuesto del valle sin insignias visibles ni estandarte, de a cinco en fondo y regular formación. Luis María calculó en doscientos el número de aquellos jinetes, pues alcanzaban a cuarenta las filas que culebreaban al marchar de flanco en las ondulaciones y quebradas del terreno. Todos iban de lanza, algunas con banderolas; muchos con sombreros de ala blanda y emponchados, otros sin ellos, con una simple «vincha» o un pañuelo grueso en la cabeza y alguna piel de carnero a las espaldas, ceñida en sus extremos por delante. A retaguardia y a uno de los flancos, varios hombres arreaban las «tropillas» de caballos, que bien pasaban de mil, guardando conveniente distancia de la columna.

-Aquel debe ser Álvarez de Olivera -dijo Berón, apenas observó la tropa.

[...] indica que no se lee en el original, siendo probablemente mirada o vista

El negro que había estado muy atento, con la [...] en el llano y el cuerpo erguido sobre el recado, con todo el aire curioso y avizor de un avestruz tieso en la altura, movió afirmativamente la cabeza, contestando:

-Sí, señor. Es la gente del Iguá y del Alférez.

Sin añadir palabra más, reiniciaron el galope, alcanzando en pocos momentos la columna, cuando su cabeza penetraba en un vallecico encajonado y estrecho.

Agobiados bajo los ponchos, silenciosos y graves, sin otro ruido que el producido por los cascos de los caballos sobre el suelo húmedo, unos fumando al abrigo de los cuellos con la vista clavada en el crucero de sus cabalgaduras, otros cabeceando somnolientos, pocos pararon en ellos su atención; y de esos pocos, uno dijo, bostezando:

-Ahí se allega un pueblero, con un retinto.

Incorporados ya, Luis María que miraba todo con viva curiosidad, pudo observar que casi todos aquellos hombres iban vestidos con andrajos fuera de los ponchos o de las pieles: chiripaes deshilachados sobre piernas desnudas, botas de potro rotas y enlodadas, espuelas de hierro viejo atadas con «tientos», recados pobres de simple lomillo y carona algunos, un solo estribo de madera y riendas con bocado de «lonja»; muy contados eran los que lucían prendas de valor, y entre estos mismos varios carecían de sombreros, más interesados tal vez en aderezar mejor a sus pingos que a sus personas. En cambio, cubrían sus cabezas y sujetaban sus largas cabelleras con pañuelos de colores atados por detrás, de modo que colgasen las puntas. No faltaban quienes llevasen el poncho o la piel de carnero sobre las carnes, las piernas al aire, las barbas luengas hasta el pecho y los rulos del cabello por abajo de los hombros. En cuanto a las armas, las hojas de tijeras de esquila y los clavos cuadrangulares constituían las moharras de la mayor parte de las lanzas de aquellos caballeros errantes. Algunos las llevaban de acero bruñido en forma acanalada, o serpentina, con media-luna doble o cuádruple según la importancia del rejón y la bizarría de sus dueños. La pistola, el trabuco, la tercerola de piedra de chispa, la daga o facón y el sable-corvo complementaban el arreo ofensivo, produciendo el conjunto en la marcha con las calderas viejas, una que otra olla de cocinar puchero, el roce de las guascas, el trinar de las «lloronas», el ludimiento de las vainas de metal, el resoplido de los redomones, el tascar de las coscojas y el chapoteo de mil cascos en el suelo barrioso un ruido tan singular, siniestro y bravío, que sólo podría compararse con el que hicieran muchas garras en un gran pellejo lleno de viento, clavos y cadenillas de hierro que rodara como una peonza sobre lecho de guijarros.

Advirtió también Luis María que, en medio de aquellas filas, las razas, variedades o sub-géneros estaban todas bien representadas por caracteres típicos, desde el charrúa color bronce oxidado, y el blanco de puro origen y el negro de tez rayada, hasta el zambo fornido y el cambujo color de tabaco de mucho vientre, mejillas mofletudas y manos cortas de dorso negruzco y palmas de roedor. Y a poco que él fue examinando los detalles, caras pálidas, ojos hermosos u ojillos de coatí, cabelleras negras o doradas junto a greñas bastas y racimillos de saúco, narices perfiladas y trompas con hornallas en vez de fosas, bocas cubiertas por bigotes finos y otras muy anchas con tres pelos por adorno y dentadura de niño, cuerpos delgados y flexibles cuanto eran de macizos y rechonchos los que a su lado se agitaban, no pudo menos de preguntarse en medio de su mismo aturdimiento: ¿qué obra extraña saldrá de este montón de instintos?

Como se hubiesen ya aproximado bien a la columna y desfilasen hacia la cabeza, aquellos centauros empezaron a fijarse en ellos; y, uno de chambergo de «panza de burro» agujereado y ya incoloro por el uso, cuyo barboquejo se le perdía por debajo de la nariz entre el boscaje de las barbas, al ver cruzar al liberto con sus maletas repletas, todo de nuevo, y bien plantado en los lomos, sintióse tentado a gritarle con voz ronca:

-¿De adónde venís cuervo, tan cirimonioso?

-¡Veánlo! -exclamó otro-, con las «motas» muy peinadas y las maletas que revientan...

-¡Alcanzá un poco de azúcar, jetudo! -barbató un tercero empinándose en el estribo-, que no ha de ser todo para tu trompa...

Otro, que no poseía sino un «chifle» de media guampa, al observar que el liberto llevaba una cantimplora de azófar, alzó su lanza, vociferando:

-¡Alargá un «taco» de ginebra, fruto de higuerón!

-¡Lindo para sacarle las botas al mono! -agregó un lancero que iba de alpargatas y miraba codicioso el calzado flamante del negro.

-¡Miren al marqués del Mazacote! -arguyó alguno agraviado a retaguardia. ¡Muy de lujo, y púas de bronce!

Una voz formidable dominando todas las otras, se elevó de pronto, rugiendo:

-¡Parate cimarrón y tirame con diez patacas limpias!

El liberto que no había perdido la calma volvió la cabeza a esta voz; y al reconocer a un antiguo compañero, rióse hasta mostrar las muelas, y dijo retozante:

-¡Adiós, hermano!...

Esta réplica cayó en la hueste lo mismo que un moscardón en una colmena. Las últimas filas se agitaron con gran vocinglería; una carcajada homérica retumbó de escalón en escalón, y hasta los mismos que iban durmiéndose tomaron parte en la «loba» sin saber de que se trataba.

Esteban siguió muy tieso en pos de su amo, que marchaba al galope a alcanzar la cabeza de la columna.

Pero, la acogida no había aún terminado para él, puesto que a su flanco izquierdo, por donde arreábase un trozo de «caballada», una criolla bien puesta a horcajadas en un cebruno quisquilloso y saltarín cuyas cerdas nada perdían en la comparación con las guedejas de la que parecía llevar los cascos a la gineta, -gritóle con aire de camorra:

-¡Quién lo ve a Juan Catinga hecho un morro, todo limpio y con carguío!... ¿Donde habrá robado tantas «pilchas», ese hollín?

-¡Calláte comadreja -replicó el negro al pasar-, porque no he de complacerte!...

-¡Oigan al chumbo! Motoso... Rabudo...

Esteban continuó al galope, silbando. Moviánsele las maletas de lienzo como dos alones esponjados, dando idea de su valioso contenido; y a su paso levantábanse nuevos chillidos, semejantes a los que lanza una banda de gavilanes sorprendidos por una presa inesperada.

A todo puso él oídos sordos, y fue a detener su carrera casi encima del frente de la columna, cuando ya Luis María conversaba con el jefe.

Al verle tan bien aderezado y lleno de humillos de asistente de rico, el alférez de la segunda fila, que iba todo andrajoso, mojado hasta los huesos y de mal talante, díjole con rabia:

-¡Apartate, negro... o te bajo de un guantón!

Esteban se sonrió sin muestras de enojo, y golpeó con la diestra por debajo del poncho.

-Emprestáme un poco el «chifle», -añadió entonces el alférez con tono dulce.

El liberto sacó su hermosa cantimplora, llena hasta más de la mitad de anís legítimo; y en tanto los jinetes más cercanos se relamían en silencio los labios, pasósela al oficial, que en el acto extrajo el tapón y se la empinó con deleite.

-¡Linda ubre, moreno: da consuelo! -exclamó al devolvérsela. Cuando acampemos, mongoneá por el fogón que siempre hay «churrascos» gordos...

-Gracias, mi alférez.

-Si te perdés, chiflame... Ofertale a tu patrón hacer rancho juntos... Siempre hay algo: algún asadito con cuero, un guiso de «achuras»...

-Le he de decir, señor.

Y mientras hablaba el alférez, el liberto dio un largo beso a la cantimplora, con gran envidia de muchos de los que lo miraban.

-¡No hacértese vinagre en el gañote! -dijo uno a media voz.

-¡Ganas tengo de ensartarle el botijo en la media-luna!

-¡Tan pelechado el trompudo! -añadió otro con encono.

El negro alcanzó una galleta al alférez muy orondo, y enseguida gritó con imperio:

-¡Callense la boca!...

Los milicianos rompieron a reír estrepitosamente.

En ese instante la columna hizo alto.

El jefe se había apartado algunos pasos con Luis María, y echado pie a tierra junto a unas rocas, para guarecerse un tanto de la lluvia. Parecía interesarle de veras la llegada del joven, pues prestaba mucha atención a sus palabras.

Era el caudillo Leonardo Álvarez un hombre de continente altivo, mucho músculo, igual suma de osadía y espíritu rebelde al freno, como el de todos los hijos del Pampero. Oía con reposo y miraba fuerte. Vestía de chaqueta y «bombachas», botas hasta la rodilla de cuero de lobo, y chambergo de ala corta. Calzaba bien las espuelas y ceñía con gracia el sable. Era fama que con la lanza inspiraba respeto en la pelea; que mataba con su propia mano, al nivel del soldado; y que sólo dirigía la vista atrás para avergonzar a los flojos. Absorbíalo todo, un amor profundo a la tierra; ese amor -tal vez único- que se crece en la lucha y se agiganta en la desgracia como solo ideal perdurable.

Verdad es, que Luis María no vio en él más que un hombre reservado, adusto y duro, de pupilas muy fijas y aire de mando; pero, todo eso denunciaba la fibra del valor. Consolóse en parte, de que el jefe fuese más discreto que la hueste.

Olivera lo había recibido bien, y pedídole le leyese la comunicación de que era portador.

Indicábasele en ella un punto determinado del litoral del Cabo para recibir pertrechos de guerra; y encomiábase su conducta en términos lisonjeros.

Impuesto de esa nota, pidió otras noticias y datos.

El joven se los proporcionó sin omitir detalle, ni exagerar el estado de las cosas. La situación se presentaba muy grave.

-En la ciudad -dijo- el elemento patriota cuenta con el apoyo de los Voluntarios Reales, y el entusiasmo cunde. Pero, en la campaña, Lecor dispone de fuerzas importantes gracias al concurso personal y a la influencia del Brigadier Rivera; siendo usted el único que con su denuedo mantiene la esperanza de un alzamiento considerable...

Don Leonardo con la vista vaga en el horizonte, movió a estas palabras lentamente la cabeza, y luego repuso encogiéndose de hombros:

-Se hace lo que se puede... La cosa no da para más, amigo. Cuánto, cuánto he sacado de sus ranchos a la gente del pago, y ya la hice refregar fuerte, dejando algunos pobres tendidos por el valle... ¡Somos un grupito!... La «muchidumbre» se está quieta, por miedo a Frutos, de la parte allá del Canelón, como si el hombre fuese más que Artigas. Seguiremos... ¡Pelearlos, los voy a pelear! -agregó con firmeza, sacudiéndose y avanzando dos o tres pasos con la vista siempre en las quebradas; -pero, no sé hasta dónde aguantarán los muchachos viéndose solos... ¡Ya veremos!

Un momento de silencio siguióse a estas palabras, dichas con excitación creciente.

Después, bajando el tono, el caudillo encaróse con Luis María, añadiendo:

-En cuanto a usted, venga a mi lado como ayudante. Va a pasar algunas penalidades, pero las partirá conmigo.

-Agradezco mucho ese honor, mi jefe. Venía dispuesto a servir como simple soldado.

-No, mi amigo; todos lo somos cuando llega la hora de ponerse a prueba... ¡Creálo! Lo mismo va a estar usted a la cabeza que a retaguardia, porque en la carga se hace un solo entrevero.

Enseguida, cogióse con la izquierda a las crines de su caballo, y echó una mirada a fondo a la columna.

Algunos, que habíanse desmontado cubriendo las «pilchas» con un halda del poncho, y que comentaban entre risas la acogida hecha a Esteban, se apresuraron a entrar en formación, sin voz de mando, ni toque de clarín.

Olivera montó de un salto, y tras de él Luis María, que en el acto buscó su colocación junto a otros dos ayudantes.

El baqueano, que se encontraba algunas varas a vanguardia rompió la marcha, y en pos se movió la columna, en momentos que la lluvia arreciando caía a plomo como una cascada ruidosa y espumante.



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