Nativa : 11

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Nativa : 11
Cuaró

de Eduardo Acevedo Díaz


La fuerza, efectuando lentamente una contramarcha de flanco, tomó rumbos hacia el litoral del Cabo. La jornada prometía ser muy dura, al trote largo, mientras no se encontrasen escabrosidades al frente.

Sólo obstáculos naturales o imprevistos obligaban a moderar el paso: ya un terreno pedregoso cuyos riscos despeaban a los animales -según la expresión del gaucho, ya un valle cubierto de lagunas y pantanos, tremedales y ciénagas, ahora arroyos salidos de cauce por la fuerza de la creciente y que era preciso atravesar a nado sobre los lomos del caballo, o cogido de las crines sin desnudarse arrollado el poncho al pescuezo; y cuando no sucedía esto había que oblicuar la marcha para despuntarlo en sus nacientes, prolongando desmesuradamente el camino por comarcas donde no existían puentes ni se conocía otros vehículos que las carretas tiradas por bueyes como única manifestación de la industria de transportes, y el caballo considerado como artículo de guerra.

Luis María no se había hecho idea de estas contrariedades y sinsabores, y empezaba su aprendizaje en días aciagos, sin esperanza de triunfo.

Aquella organización rara de la hueste, vestida de andrajos, y la manera más extraña aun de imponer su voluntad el caudillo; la pasión entusiasta del valor en esos hombres, muchos de ellos tan valientes como su jefe, y dóciles al mando en medio de su falta de disciplina de escuela; aquel amor romántico por la aventura y el peligro, olvidados de sus miserias y desnudeces, para exponer viriles la vida en el primer encuentro; ese andar abrumador sobre el caballo horas interminables, cual si fuesen clavados en las monturas, en lucha con los elementos confundidos en una sola cruel inclemencia, alegres, activos, ruidosos a través del desierto; aquella resolución intrépida para arrojarse al agua honda que puede absorberlos en su seno y arrastrarlos en su curso violento, y que ellos salvan ágiles adheridos casi siempre a sus cabalgaduras con las que parecen constituir una sola pieza; ese vigor extraordinario para soportar el hambre y resistir al sueño, y esa facilidad para dormirse sobre los lomos sin perder estribos ni rumbo, como si velase en ellos un sexto sentido vigilante; aquella conformidad triste pero firme con su suerte sin protestas agrias, buscando a cada paso y por cualquier motivo aunque fuese fútil reírse de todo, hasta del dolor reumático o de la llaga viva; esa resistencia dura al cansancio, a veces del naciente al poniente, con el cuerpo tieso apenas inclinado hacia el cuello del caballo, sólo comparable a la de este noble bruto, pequeño con relación al de raza pura, y criado a la intemperie sin celo ni cuidados, pero de un «aguante» incuestionablemente superior; aquella sobriedad por último de limitar sus apetitos durante dos y tres días, cuando es necesario, a algunos «mates cimarrones» -es decir, al simple brebaje de yerba sin azúcar-, a varios cigarros de tabaco fuerte y a pocos tragos de anís o de caña, si la hay, constituían un cúmulo de circunstancias nada comunes y una existencia original tan ruda y agreste que el joven voluntario veía ir en aumento su asombro a medida que el rigor del tiempo, las dolencias y las privaciones descarnaban los instintos y ponían de relieve la fiereza de las almas.

Los mismos detalles insignificantes eran para él motivos de interés, y observábalos con afanosa curiosidad, sintiéndose como se sentía con fuerzas para amoldarse a aquella vida militante extraña, cuya conclusión podía ser tardía. Entonces tenía que serle útil una experiencia que otros desdeñan y que luego echan de menos a solas con las fuerzas de la naturaleza, con el peligro diario en el bosque y la acechanza permanente en el llano.

En medio de paisajes monótonos regados por doquiera, y allá junto a un boscaje sombrío de arbustos espinosos que bordaba riscosos estribaderos, después de una marcha de todo el día, cuando bajaba la sombra envuelta en frías brumas, el escuadrón se debía detener, según la orden que Luis María oyó transmitir al baqueano.

Y allí acampó, sin mayores ruidos ni confusión alguna.

Imposible parecía que en aquel lugar desolado hubiese leña, y que pudieran acomodarse bien para dormir los hombres -en aquel suelo empapado y cubierto a trechos de costras de gneis. Luis María vio sin embargo, en pocos instantes, lucir la llama de algunos fogones, luego de muchos, y agruparse en redor de ellos los soldados y por otra parte, improvisarse «ranchejos» con varas y juncos de una laguna, que se cubrían con ponchos, sin más espacio en su interior que el necesario al cuerpo de un hombre y donde se tendían las piezas del recado útiles para el arreglo del lecho. Al calor vivificante de los vivacs cuyos troncos chisporroteaban difundiendo la alegría a pesar de la llovizna; y de los mates que circulaban de mano en mano transmitiéndolo a los estómagos vacíos, la animación cundió a todos los extremos, coloreáronse los rostros y las risas ruidosas reemplazaron a las frases concisas y apagadas voces de un momento antes. Parecióle entonces al joven que la soledad lúgubre se había transformado en risueña aldea llena de iluminaciones y fogatas como en una noche de San Juan, recordándole las lanzas clavadas en tierra con sus banderolas húmedas y ajadas, los gallardetes en paralelas a los flancos de los arcos de los juegos de sortija. El grueso vapor que se desprendía de las ropas mojadas, el humo espeso de las ramas húmedas a su vez, y del tabaco usado en grandes dosis, formaban una nube sobre cada vivac que clareaba de vez en cuando algún soplo de aire helado. No todos se encontraban junto a la llama. Muchos se habían ya guarecido bajo sus ranchejos o madrigueras a estilo charrúa, escurriéndose a lo largo lo mismo que los zorros en sus cuevas, más ansiosos de ganar algunas horas de sueño aunque fuese sobre una jerga empapada que de estarse entumecidos al amor de una lumbre que producía en las extremidades de los miembros agudos escozores, si no se tenía la paciencia de aproximarlos poco a poco a las brasas para evitar los efectos de una reacción violenta. Entre los que circuían estrechamente los fogones al punto de no dejar claro alguno por donde pudiese penetrar una lagartija, por lo que al mover las cabezas sólo se percibían barbas erizadas y narices color de remolacha entre un resplandor rojizo, uno que otro «churrasco» jugoso y caliente retemplaba los ánimos, alternando con el mate o el jarro pequeño de «lata» provisto de «bombilla», y alguna bota de «caña» o «chifle» de cuerno las libaciones prolongadas de cada grupo. Si por acaso se acercaba a esos centros o tertulias alguno que no se había preocupado de su cocina, con intención de calentarse siquiera los dedos ateridos, cesaba de súbito en el núcleo la plática sabrosa; volvíanse todos para mirar de soslayo al zángano al ruido de sus pasos o de las espuelas, y apretábanse más unos contra otros siempre en círculo medido, de manera que entre ellos no quedase el menor hueco. Guiñábanse los ojos sombreados por el ala del sombrero y lucientes al calor, haciánse los boquituertos retozando en silencio con esas risas que no acaban de estallar bajo los pelos y que tanto se asemejan a gruñidos de mamoncillos, escondían el «mate» bajo el poncho o volcaban la caldera para disculparse con la falta de agua, y al apartarse del sitio el importuno visitante recomenzaba el bullicio sazonado con el comentario, -ora de las vueltas que el hombre dio para meter por una hendija cualquiera las manos, ya del gesto que puso cuando alcanzó a ver que el asador de espinillo no tenía ya más que el rezago del «churrasco», y que la caldera estaba muy tiesa con la boca para abajo. Renovábanse luego las ocurrencias sobre la llegada de Luis María y de Esteban -la novedad del día, -pues el tema se prestaba para ellos a inagotables variantes.

-El macaco se descolgó con botas de vaqueta -decía uno.

-¡Muy tieso chafando a los pobres!

-¡Y con poncho verdevejiga! -argüía otro, a quien le humeaba la lana de piel de carnero echada en parte hacia adelante, para que le llegase bien el calor.

-Muy de celeste el negro, y uno todo rotoso y «bichoco» -murmuraba un paisano algo obeso, al apretar con la uña la brasa del cigarro.

-¡La purita verdad, hermano! - replicábale el vecino, sacándose el barro de la bota de potro con el lomo de la daga. Al que nace barrigón es al ñudo que lo cinchen.

Una hora larga llevaban estos y diálogos parecidos, cuando el clarín sonando de súbito, lanzó tras la de atención, la nota prolongada de silencio, cuyo eco repercutió sonoro a la distancia en el llano y muy próximo en las concavidades de las rocas.

La gente empezó a moverse en torno de los fogones entre voces altisonantes, risas nerviosas y roncos bostezos. Pronto raleáronse los núcleos, buscando cada uno su acomodo para dormir del mejor modo posible: -«a lo sapo» -según unos-, «a lo gallo» -según otros-, a lo «teru-teru»- según el de más allá-. ¿Qué hiciste de mi manta, hermano? -gritaba desde un extremo una voz impaciente-. ¡Preguntáselo a Ciriaco! -respondía sin duda, alguno que no era el interpelado, envolviéndose en su poncho hecho criba. -¡Habló el buey! No te envideo las guampas! -replicaba con voz de trueno y la bayeta en la boca, otro entrometido.

Pocos instantes después, retirábanse los pocos que habían quedado secándose las botas junto a las brasas. Éstas, acosadas sin tregua por la llovizna menuda que en forma de densa bruma seguía cayendo, concluyeron por apagarse antes de cubrirse por la ceniza en parte hecha lodo; y la oscuridad profunda volvió a enseñorearse del sitio en medio de un silencio sólo perturbado por una que otra exclamación de sonámbulos y muy sonoros ronquidos. En la falda de una loma, al amparo de unas piedras y a dos o tres cuadras del campamento, percibíase como un ligero resplandor la luz vacilante del único vivac que persistía, y que era el de la guardia avanzada.

Por su parte, Berón se había encontrado al dejar a su jefe, y muy cerca de su «rancho», con otro amplio y cómodo construido esmeradamente por Esteban con gajos ramosos. Había tenido el liberto la precaución de escoger para ello un lugar abrigado, junto a una enorme peña gastada en forma ovoidal en su centro por los lomos de los toros que en ella venían diariamente a rascarse hasta clarear su pelaje. Brasas de gruesos troncos, a un lado de la entrada, confortaban algo aquella choza de dorso empinado como el de un dromedario.

Luis María escurrióse en el acto, abrigándose bien: pero, apenas lo había efectuado con ansias de dormir, cuando un bulto inclinóse a la entrada del ranchejo y deslizándose ágil a cuatro manos hasta el interior, tomó posición junto a él con mucha confianza.

Boca abajo, y fumando, el intruso díjole con una voz suave y tranquila:

-Mirá, amigo... Tú no has dicho al negro que tenga ojo abierto, porque si lo cierra, de firme te va a hacer humo los maneadores y bozalejos la gente del «Iguá», que es de más maña que el zorro...

El joven, reincorporándose sorprendido, reconoció en quien le hablaba tan familiarmente al teniente Cuaró, ayudante del jefe, con el que había trabado relación por la mañana.

-Pero, estate tranquilo, porque, yo mandé al asistente que bombease por si rondaban los hombres de uña...

-Gracias, compañero -dijo Luis María, pero me asombra que entre amigos suceda eso...

-Son buenos los mozos. No más que roban cojinillos...

También te aviso que hay que dormir poco, por si acaso se le antoja al enemigo meterse en el campo con el lucero.

-Si al lucero esperan, van lucidos teniente, porque nunca vi noche más negra y lluviosa.

-Es temporal -repuso Cuaró-, y se ha de correr si sopla por la mañanita viento del río, como acontece... No te engañés amigo, con estas cosas... ¡Me está chiflando la barriga de frío!

Por ahí cerca está la cantimplora, teniente. Beba un trago de anís.

Cuaró que la había ya cogido, empinósela diciendo:

-Por no hacer desaire...

El beso fue un poco largo. Relamióse los labios, y añadió:

-Muy temprano se ha de carnear, y comiendo la gente se pone alegre.

Después, marchamos.

Nos pondremos en la costa en el día aunque revienten los mancarrones... Yo tengo un caballo lindo que te voy a regalar si se aplasta tu lobuno que está medio «aguachado» con la vida de pueblo... Es un overo nuevito que bolee en la sierra adentro, gordo y de estribar sin recelo, con un capullo blanco en el copete y la cola que barre... Verás que te gusta.

-Así ha de ser, y agradezco mucho... Pero, ¿usted no tiene sueño, teniente?

-Me hormiguea un poco por el cuerpo.

-Pues hay que aprovechar entonces... Si se encuentra usted cómodo puede dormir ahí. ¡Lo que es yo, no puedo más!

-Por no perder la costumbre, voy a descansar un rato, amigo...

Sin decir palabra más diose vuelta sobre su derecha, echándose con indolencia su poncho mojado sobre el vientre y piernas.

Minutos después, uno y otro dormían profundamente.

El teniente Cuaró, de raza indígena pura, era un mocetón de veinte y cinco años, de talla bien conformada y miembros musculosos en extremo, terminados en unos pies pequeños y en unas manos de dedos cortos y duros capaces tal vez de quebrar entre sus falanges un pedazo de hueso sólido y resistente. En su cara ancha, de frente regular y pómulos saltantes, poco vello se veía, apenas algunos pelillos negros, lustrosos, tiesos encima del labio, y en la barba casi angular, dos o tres como único adorno. El cabello corto y cerdudo pero ralo, cubría un cráneo vigoroso de temporales hundidos, occipucio saliente, que caía a plomo sobre el tronco atlético.

Cuando hablaba bajo y suave, animábase este semblante de hombre macizo con la expresión brillante de unos ojos chicos, negros y elongados de velo palpebral caído y casi siempre trémulo como el ala de un murciélago.

Parecióle a Luis María, la primera vez que le vio, que por aquellas pupilas asomaba el reflejo de un borbollón de energías indómitas anidadas en sosiego bajo la índole apática del tipo de raza, apartado hacía mucho tiempo de los toldos, sin haber perdido por eso los instintos del aduar ni la crudeza de la fibra.

Sin darse una idea clara del motivo, cayóle en gracia su compañero color de aceituna. Lo halló grave, circunspecto, reposado, sin penas ni alegrías en la apariencia, obediente y activo al menor mandato de su jefe, y tan bien sentado en el caballo, que el generoso bruto debía sin duda estre mecerse al sentir el roce de sus rodillas o el trino de las espuelas.

Recordó entonces lo que tantas veces oyera decir acerca de los aborígenes, con relación a los informes de viajeros que afirmaron haber examinado concienzudamente los usos y costumbres de la tribu avasalladora, bajo cuya soberbia habían caído «bohanes», «yaroes» y «chanaes».

De los juicios absolutos de esos viajeros, descendiendo a los detalles, tentó escudriñar en el rostro del indígena las huellas de ciertas prácticas bárbaras, que se atribuían a sus congéneres. Aparte de dos o tres líneas irregulares de tinte azul oscuro que enseñaba en la frente y mejillas, hechas sin duda por medio de un punzón de espina, hierro o madera recia, semejantes a las que dejan los granos de pólvora debajo de la piel tras de un disparo sin bala sobre carne viva, ningún otro rastro de las costumbres salvajes se descubría en el rostro de Cuaró. Su labio inferior delgado, casi terso y recogido, no presentaba cicatriz alguna a raíz de los dientes que denunciase haber sido horadado para uso de la «barbota». [6] Verdad era que habían pasado algunos años desde aquel en que Cuaró dejara de usar el moño con plumas de ñandú, el «quiapí» y la aljaba de flechas de «urunday» y «coronilla» para incorporarse a gentes, de mejor vivir que la de los toldos; con todo, a pesar del tiempo transcurrido, hubiese conservado como esa, considerada indeleble. Según las noticias difundidas, el joven creía muy arraigada en los charrúas aquella costumbre cruel, análoga a la de otros indios del continente que empleaban una doble rodela de madera perfectamente circular, no sólo en el labio inferior, sino también en el extremo carnudo del pabellón de la oreja.

[6]

El sabio don Félix de Azara, refiriéndose a la «barbota» en su libro Viajes por la América Meridional, explica así esta práctica, según él, usual entre los charrúas:

«Pocos días después de nacido un niño, la madre le horada de parte a parte el labio inferior a la raíz del arco dentario, y en tal agujero le introduce la 'barbota', que es un palito de cuatro o cinco pulgadas de largo y de dos líneas de diámetro. Jamás se quitan dicho palo ni aun para dormir.»

En el rostro de Cuaró no vio él ningún indicio de la que, indudablemente, fue costumbre de «Botocudos», indígenas del Brasil; no de charrúas. Cuaró tenía intactos labios y orejas; y, apenas las estrías azuladas hechas a punzón sobre los arcos de las cuencas y debajo de los pómulos, huellas casi borradas, denunciaban el uso primitivo de una tintura desconocida inyectada en la piel para formar rayas o signos, por medios más rudimentarios que los empleados por los marineros para dibujarse navecillas y anclotes, indeleblemente, junto a la arteria humeral. Llegó entonces a que la «barbota» en el charrúa, era una superchería, efecto natural de las suspicacias de los sabios muy dados por lo común a aplicar reglas por analogía, tratándose de razas que difieren por hábitos y origen, aunque concuerden en rasgos físicos y en desnudez. Reservábase sin embargo, confirmar esta opinión en la primera oportunidad. Por el momento, sólo vio en Cuaró un hombre fuerte, sufrido y enérgico como pocos, aun de otras razas, vestido con decencia en medio de las mayores privaciones, y de una índole simpática a pesar de sus resabios y talmonias.

Como ejemplar de raza pura, en estas condiciones, encontró en él un grado de superioridad incuestionable sobre el cambujo y el zambo, en cuanto a raras virtudes de sufrimiento y perseverancia. Ante su actitud grave e impasible y su estoica firmeza para soportar todo género de contrariedades, figuróselo en verdad de una sola pieza. La sangre y el carácter debían hacerlo apto para cualquier empresa ardua, y aun para cualquier esfuerzo constante y riguroso, previa una educación disciplinaria conveniente. Pero, en la vida de la hueste, no sujeta a reglas calculadas y severas para domeñar soberbias y sofocar la expansión de instintos fieros, dándose rumbo cierto al esfuerzo colectivo con la rigidez de la organización sólida y del método, gozaban de las mismas licencias tanto el «tupamaro» o mestizo y el cuarterón, el zambo y el cambujo, como el indio y el negro, confundiéndose así en un solo espíritu de insubordinación y de desorden todas las tendencias morales discrepantes y propensiones más o menos aviesas del número. Una inclinación instintiva irreductible, por decirlo así, mezcla de espíritu independiente y de amor al pago y por extensión, a la tierra común, constituía la cohesión necesaria para la lucha en la masa; a la vez obediente hasta ciertos límites a la autoridad del caudillo, nacida del prestigio individual y del «hechizo del músculo» antes que del asentimiento unánime y consciente de todos los factores en acción. Los vicios propios a cada raza o variedad, o inherentes por lo menos a su estado respectivo de cultura, formaban un compuesto adverso al deber militar, al mismo tiempo que una suma de energías coherentes en el propósito de resistencia obstinada al opresor. Mas, en medio de ese extraño conjunto de fuerzas vivas reacias a la disciplina regular distinguíase el indígena por su conducta siempre igual y su voluntad pasiva trabajada por las influencias del médium, lejos ya de la barbarie cruda de los toldos.

Por eso era que Cuaró, tipo selecto, había despertado desde el primer instante interés tan vivo en el joven.

En aquella reducida caballería de guerra, la única que por entonces se había atrevido a levantar en el país la bandera de insurrección, y que se agitaba de aquí para allá febriciente bajo la lluvia y el hielo, confiada en el poder de sus lanzas y en el denuedo de su caudillo y convencida tal vez de que en sus filas vivía robusto el espíritu de los pagos y brillaba pura la gloria de su tierra, Luis María se había visto delante de un cuadro histórico en pequeño, donde nada faltaba sin embargo, para ofrecer una idea acabada y real de la calidad de los elementos de una sociabilidad singular llamada a reproducirse y perpetuarse en el tiempo y en el espacio, hasta perder en evoluciones sucesivas sus tintes dorados y sombríos de piel de tigre.

De todos los sub-géneros y clases allí reunidos, la que más lo sedujo fue la raza aborigen, que era la menos representada. ¿Por qué? No se lo explicaba él mismo, claramente. Quizás descubrió en sus pocos ejemplares una entereza bravía propia de leyenda, que en algo aventajaba al valor romántico de la prole mestiza, crecida entre vértigos y torbellinos bajo las alas poderosas del Pampero.

Cuaró era un tipo interesante de su raza. También lo era su corta historia, y de ésta algo debemos decir, siquiera sea para dar a conocer el origen y las vicisitudes de la vida del charrúa. Circunstancias extraordinarias rodearon su nacimiento, y otras no menos singulares lo apartaron de los toldos.

Un día de estío ardiente, la tribu indomable levantando su campamento a orillas del Tacuarembó, anduvo errante algunas horas, con sus mujeres y sus carguíos informes, hasta dar con una pradera feraz regada por un arroyo de límpidas aguas que afluían al caudaloso Negro, y en la cual se apacentaban numerosos ganados.

El sitio era bueno. Había gramilla exuberante para los caballos, monte espeso, ramajes flexibles, grandes masiegas de paja brava y carne gorda, formando el campo escogido para el aduar como una herradura inmensa con la curva de los bosques.

Los caciques clavaron en tierra sus lanzas de rejón largo y la tribu se detuvo.

El espectáculo era tan pintoresco como excepcional.

Llevaban casi todos los hombres plumeros de colores en el cráneo, e iban armados de lanzas y aljabas.

En la edad de piedra de esta raza valiente, hace más de tres siglos, cuando el hierro les era desconocido, usaban los charrúas flechas de pedernal en forma de hoja de laurel, rodeada de dientes agudos en dirección opuesta al arpón. Sustituido el pedernal por el hierro, muchos años después, sirviéronse principalmente de arcos de barriles para su uso, fabricando lanzas; las que, con el arco y el carcaj, constituían sus instrumentos de guerra.

En la época en que los exhibimos, pocos eran los que llevaban flechas.

Las mujeres usaban de medios especiales para cargar con su prole; siendo de notar que pecaban por exceso su sentimiento de cariño. El del pudor se revelaba completo en uno y otro sexo, dado el medio ambiente en que vivían. Muchas de las mujeres no se contentaban con el «quiapí» que cubría el cuerpo en gran parte; y fabricaban con un género análogo una especie de camisones sin mangas, con aberturas para los brazos, con los que aparecían vestidas. Los hijos pequeños iban colgados a la espalda dentro de una jerga, cuyas cuatro puntas se ataban por delante; en ésta, como bolsa, metían una o dos criaturas con la cabeza para afuera.

La que tenía tres hijos, había colocado el tercero montado adelante; y la que contaba cuatro, al mayor de ellos en las ancas. Otras, traían los más pequeños pendientes detrás, y los más grandes iban de a dos o tres montados en caballos, que ellas mismas conducían del diestro o ronzal, silenciosas y pacientes. Las plumas de «chajá», de loro y en más abundancia las de ñandú figuraban por mucho en los detalles, sin excluir los cabos de las flechas y la parte inferior de las moharras de las lanzas vistosamente adornadas.

Pocas eran las mujeres que iban cubiertas con jergas sencillas, o «quiapíes» sujetos a la altura del hombro derecho con un nudo grosero; si bien eran muchos los pequeñuelos que arrastraban retazos de telas incoloras o guiñapos de bayeta inservible.

«Gualiche» los había obligado a abandonar la vieja «ranchería», a causa de una fiebre epidémica; proveniente tal vez de las miasmas que exhalaban multitud de despojos y osamentas de animales vacunos y yeguares acumulados poco a poco en las cercanías del aduar, y, aun de reses que los flecheros solían aprovechar únicamente por la parte de arriba, dejando intacta la otra, -costumbre del yaguareté-, por no tomarse la pena de darlas vuelta.

Instalóse la tribu; y, en tanto que las mujeres clavaban ramas en el suelo en forma de arcos y reunían paja para construir sus ranchos de dos o tres varas de largo por una y media de ancho, -los mocetones, sueltos ya sus caballos, agrupábanse alegres siempre, pero sin algazaras ni estrépito alguno, en cierto sitio llano del terreno por ellos escogido expresamente para encajar una estaca de un tercio apenas a flor de tierra, que les sirviese de blanco en el tiro de «boleadoras» de dos ramales, a treinta pasos. Era éste, su juego favorito, y en él vencía el que lograba enredar aquellas en la estaca.

Apostaban todo lo que tenían -«quiapíes», géneros ordinarios, tabaco, jergas y aun los caballos- sin que por éste, u otros motivos, se suscitasen entre ellos reyertas ni pendencias desagradables. En caso de producirse, intervenía uno de los caciques y conciliaba fácilmente todas las pretensiones. Muy rara vez sucedía esto. Los mocetones en grupo, a la distancia prefijada, en silencio aunque risueños, arrojaban uno tras otro sus «boleadoras»; las que, o pasaban por arriba, o daban con una piedra o un ramal en la estaca, o se ceñían a ella. Sólo en este caso se consideraba válido el tiro, lo que era bastante difícil que acaeciera por grande que fuese la habilidad del jugador.

No dejaba de ser curioso el cuadro que presentaban aquellos hombres casi desnudos, de alta estatura y ancho pecho, miembros nervudos y flexibles en todos sus movimientos, descubiertas sus cabezas y ceñidas las frentes con una tira de género cualquiera; que apenas abrían la boca para hablar y para reír, aun cuando se sintiese ruido continuo de carcajadas, -el que producían inflando las mejillas y mostrando un poco sus dientes blancos y pequeños. No eran menos singulares los que se exhibían en detalle, cerca del grupo que se ejercitaba en el manejo del arma arrojadiza. Por una parte, cinco o seis flecheros sentados sobre el pasto crecido de modo que quedaban casi ocultos bajo los penachos de la «cola de zorro», cubiertas sus cabezas con una jerga o con guiñapos de «vichará», procuraban en lo posible absorber toda el humo de los cigarros que tenían encendidos, hasta quedarse atontados: en otro sitio, algunos habían formado rueda dejando el fogón en medio, pasándose de mano en mano como brebaje delicioso un aspa de toro -semejante a un «porongo» o calabaza, lleno de yerba-mate y agua, del que cada uno tomaba un sorbo introduciéndose en la boca la mayor cantidad de yerba, que masticaban incansables como los rumiantes, hasta dejarla sosa e incolora; más allá una vieja curandera aplicaba remedios a dos enfermos engrasando prolijamente las espaldas de uno de ellos y frotándole esa parte enseguida con un pedazo de piel vacuna por el lado del pelaje, a dos manos, y hecho el cuero un rodillo, en tanto pedía se le reservase la ceniza ardiente de un fogón que allí próximo se veía para tender sobre ella al doliente hasta quitarle el daño; y en un terreno llano a que el monte daba alguna sombra, varios mocetones en fila, bien sentados en sus caballos, en pelos como acostumbraban andar, y una sola rienda por único gobierno ceñida a un bocado afirmado a su vez detrás de los molares, se aprestaban -diestrísimos como lo eran- a probar la ligereza de los corceles criollos en carreras de a dos o de a cuatro hasta un límite que marcaban con una rama, a trescientas o más varas del punto de partida.

Pero, de todos estos detalles, el más interesante era sin duda alguna el que presentaba una joven india que no era «guaynita» ni «cuñatay», sino «cuña-caray» como diría un «tape»; [7] la que, arrastrándose apenas por debajo de los árboles parecía buscar un sitio de reposo, lejos de los ranchos y toldos, allí a la sombra de algún «guayabo» o de un «quebracho» corpulento. Primero de pie, y luego de rodillas apoyándose en las manos, habíase ido apartando cierta distancia; hasta que, llegándole a faltar las fuerzas -pues algo de grave la afligía- tendióse bajo un árbol ramoso y sombrío que parecía ofrecer dulce amparo al menesteroso de sosiego.

[7]

Voces guaraníes, cuyo significado es, respectivamente: niñita; señorita; mujer casada.

Al pie de aquel árbol, fuerte y resignada, dio ella a luz un varón, fruto de sus amores con el cacique Naygú.

Después del trance, acometióla un sueño profundo; uno de esos sueños parecidos al sopor o al letargo, de los cuales no fácilmente se despierta...

Las mujeres ancianas recogieron al vástago; y sin tocar a la dormida, se alejaron veloces.

Era que, la pobre madre, no debía ya despertar.

Habíase guarecido del sol ardiente bajo un árbol fatal, el «ahué», o sea el árbol malo, cuya sombra intoxica y mata, según la tradición indígena. Este árbol misterioso, de elevadas proporciones, madera blanca y nutrida y espeso ramaje, -propio del clima del norte, aunque no muy común- ejercía influencia tan maléfica, en concepto de los charrúas, sobre todas las plantas que brotaban en sus contornos que las aniquilaba al nacer al igual del «yatay». Tronco preferido de «Gualiche», los que a su pie dormían no despertaban más en las horas pesadas de la siesta; y los que sobrevivían por acaso, arrancándose-al peligro que en torno esparcía su sombra maldita, era para sufrir por largo tiempo los crueles efectos de su sutil veneno. El indígena creía que era en la corteza del «ahué» donde las víboras untaban sus dientes, y donde el yaguareté afilaba sus garras.

Fue así como, a la sombra del árbol malo, nació Cuaró; lo mismo que un engendro de alimaña, en un ardiente día estival, lanzando sus primeros vagidos junto a su madre muerta y absorbiendo en sus tiernos pulmones todas las inhalaciones selváticas y fuertes efluvios del desierto, de igual modo que todos los de su tribu; entre los que llegó más tarde a distinguirse con el mote de, «Ahué», preferido al de Cuaró por su mismo bravío genitor el cacique Naygú.

Cuaró se hizo hombre creciendo casi desnudo, a caballo sin cesar, con las «boleadoras» a la cintura, la «vincha» en la frente y la lanza en la mano. La tribu no reconocía señor, y andaba de aquí a acullá campando por sus respetos, sin temor a ningún poder en este mundo; porque sus guerreros creyeron en todo tiempo que ellos eran los valientes sin parecido y que solo el número podría doblegarlos y vencerlos.

Pero, estalló de pronto el movimiento revolucionario de 1811, consecuencia del de 25 de Mayo de 1810; y, como aceros atraídos por imán poderoso las huestes charrúas fueron atraídas por la corriente o, tal vez, arrastradas fueron por propio instinto o habitud de pelea de que daban testimonio trescientos años de duras y cruentas guerras.

Vino después un pacto amistoso o alianza ofensiva con Artigas, en 1812; alianza que subsistió hasta la desaparición del caudillo de la escena.

Tenían los charrúas por Artigas un gran respeto adunado a un sentimiento de estimación sincera, nunca desmentido, como si en realidad hubiese llegado hasta ellos la fuerza de su prestigio o la fama de su bravura.

Resueltos pues, a acompañarlo con lealtad en todas sus luchas formidables, sin reservas para su presente y futuro, el cacique principal los reunió un día, hízoles formar en ala, según su costumbre antigua cuando iban a la guerra; y dirigióles con brío su proclama o arenga recordándoles en ella las viejas hazañas de la tribu, y sus propias proezas personales. Mientras él los arengaba y blandía con vigor la lanza, las mujeres escalonadas algunos metros a retaguardia cantaban un himno extraño, y un ruidoso clamoreo recorría la línea como un alarido de reconcentrados odios...

Marcharon animosos.

Durante largos años, junto a las milicias, rodaron como una tromba de extremo a extremo del territorio, siempre montaraces y bravíos, temibles en refriegas y sorpresas, acampando apartados a los flancos de la columna con la mirada atenta al peligro, lo mismo que una manada de pumas errantes, echada en los pajonales al acecho.

Fue entonces cuando Cuaró, ya en su mocedad -extraviado en una de esas marchas de la tribu y herido de bala en un encuentro oscuro-, dio con la división del coronel Andrés de Latorre -quién, descubriendo en el indígena ciertas cualidades sobresalientes le retuvo a su lado, estimulándolo en la carrera con el grado de alférez de caballería.

Cuaró se distinguió en varios combates sangrientos; recibió en Corumbé tres heridas, y una lanzada feroz en Aguapey. Pero, no fueron estas lesiones de mayor importancia para su tronco de hierro.

En el desastre del Catalán, después de una reñida pelea, y cuando ya el enemigo aguerrido y numeroso se avanzaba sobre el grupo que rodeaba como único resto al bravo Latorre, quemando impasible sus últimos cartuchos, -viósele con unos pocos jinetes cargar y «recargar» como un toro a la caballería lusitana, y quedarse luego a retaguardia de su jefe en retirada- siempre agresivo y rugiente, hasta que cerró la noche y con ella acabó la persecución implacable. En esa noche triste fue ascendido a teniente, y enseñaba con orgullo en su tostada piel cinco heridas de lanza y sable.

Tal era el origen, y esa, la breve historia de Cuaró.

Luis María, a pesar de su sueño profundo, lo vio vagar en su fantasía excitada; pero al despertar, no lo sintió ya a su lado.

El clarín tocaba diana.



Nativa de Eduardo Acevedo Díaz

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