Nativa : 12

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Nativa : 12
Prole del pampero

de Eduardo Acevedo Díaz


Salía Luis María de su «ranchejo» todo mojado y entumecido, con dolores recios en piernas y brazos, cuando Esteban presentósele delante trayendo los caballos del diestro.

Listo estaba ya el suyo, con su carguío correspondiente, y venía a aderezar el de su amo.

A pocos pasos ardía un buen fogón, en el que se calentaba el agua para el «mate», y se doraba un trozo de carne en asador de madera. El vivac incitaba de veras a aproximarse con su llama viva, bajo la atmósfera helada y nebulosa de una mañana cruel.

-Almuerce, señor, que ya van a tocar marcha -dijo el liberto.

-Verdad que me he dormido un poco más de lo necesario. ¡Ensilla pronto!...

El negro se sonrió, echando con rapidez las prendas del recado sobre el lomo del caballo, a medida que las iba extrayendo de la covacha o madriguera; por manera que, antes que el joven hubiese llevado el primer bocado a sus labios, ya su operación estaba al terminar.

-¿Durmió bien el señor? -preguntó a mitad de su diligencia. El suelo está como laguna, y el aire corta...

-Bien!... ¿Y a ti, te ha ido lo mismo?

-Sí, señor. Dormí, y vigilé.

-Dormirías con un ojo.

-Con haber cerrado sólo uno, hallé al levantarme que me faltaba un «bozal» con «maneador».

-No verías por la niebla -repuso Luis María, tentado de la risa. ¡Ya me figuro cómo será tu sueño con un ojo en blanco, negro!... Traeme las espuelas que he dejado ahí, en ese pantano. ¡Todo el cuerpo me humea!

Trajo Esteban las espuelas, y se las puso.

En tanto lo hacía, dijo:

-Esa gente del Iguá, señor, es más despierta que lince... También me han soliviado una libra de azúcar, por lo que su merced tiene que tomar el «mate» cimarrón...

-No te preocupes de eso, y deja que disfruten esos buenos patriotas. Podemos pasarlo sin azúcar uno o dos días. De mi rancho, ¿falta alguna cosa?

-Nada, señor: ¡ni la cantimplora!

Sonrióse el joven, pensando en sus adentros: -Cuaró parece honesto.

Siguió almorzando en silencio, sin poner atención a las murmuraciones del negro que se desfogaba a solas contra los «zorros nocturnos que robaban guascas y azúcar»; y, cuando se incorporaba con la intención de lavarse rostro y manos en algún charquito de agua clara, el clarín tocó a caballo.

Luis María montó en el acto, marchando a incorporarse a su jefe.

Cuaró le salió al encuentro, y reuniéndose con él, a la cabeza de la columna ya en formación, díjole:

-No aclara, teniente.

Miró el indígena hacia arriba, y contestó con indiferencia:

-Iguá.[8] ¡Ahora vamos a los «yatays», amigo, a buscar pólvora; allá, cerca no más!...

[8]

Vocablo guaraní. Significa «cielo»; pero, su traducción literal es la de «color de agua». Varios eran los idiomas o dialectos que hablaban los indios de la zona oriental:-el charrúa, -el bohane, -el chaná, -el minuano; pero, primaban en las últimas épocas las voces del guaraní.

Y tendió el brazo hacia una gran loma que se percibía, formando línea con el horizonte del frente.

-Se acabó el «butyhá» -prosiguió muy bajo, y sonriendo-; pero hay lanzas y balas. ¿No sabés, hermano?...

-No sabía.

-Sí, que están en los «yatays»... Después venimos donde los intrusos, y déle...

Cuaró hizo una mueca, produciendo con los labios como un zumbido lúgubre. Luego se rió, mirando al joven con cierta expresión de cariño.

Álvarez de Olivera jinete en un lobuno de alzada, solo, algunas varas delante, con el rostro oculto por el cuello del poncho, movióse en ese momento; y la columna rompió la marcha al trote, en la dirección indicada por Cuaró.

Esta marcha que debía ser firme y sostenida, inicióse entre ruidosas manifestaciones de alegría, propias del miliciano, cuando la lluvia ha cesado de formar cascadas en las haldas de su poncho, y aunque la atmósfera se presente siempre de un tinte amenazador; pero, dado lo duro del trote, a las dos horas de jornada, las voces y las risas habían disminuido -dominando ya casi en absoluto ese ruido monótono que produce en el terreno húmedo el golpear incesante y piafar de la caballería rendida a su vez en parte por la fatiga y la carga.

Algunas leguas se habían recorrido, dejándose unas veces a un flanco sierras escabrosas, a otro valles y bañados, y pasándose a nado fuertes arroyos. La loma que había señalado Cuaró a su compañero, seguía extendiéndose al frente sin mostrar su límite; por lo que díjole él:

-¿No era que los «yatays» estaban cerca, Cuaró?

-Así es. En el bajo están, amigo.

No insistió más Luis María; acomodóse del mejor modo en su «recado», retemplóse con un sorbo del «chifle» que le alcanzó Esteban -que iba muy de camarada con el alférez del primer escalón-, invitó a Cuaró con otro, y se propuso imponerse al cansancio hasta divisar el llano apetecido.

Poco después del medio día, un viento recio y frío empezó a soplar silbando en las quebradas lejanas; la lluvia se renovó formando hilos oblicuos de finas mallas en el espacio; y un rumor sordo, cada vez más creciente que parecía surgir de hondas cavernas, venía con las ráfagas envuelto, percibiéndose al repechar las lomas, como un bramido formidable.

Berón vio pasar algunas aves blancas sobre su cabeza, que hendían aire y agua en enormes columpios, firmes las alas y apéndices para resistir mejor la tempestad de las alturas, lo mismo que pequeñas naves corriendo de bolina un vendaval.

De pronto, Cuaró levantó su brazo al coronar una «cuchilla», y señaló al frente, en silencio.

Encima estaban ya del litoral del Cabo, y batía la columna un sudeste de gran violencia acompañado de lluvia continua. El espectáculo que se ofrecía por delante era de un aspecto soberbio. A lo largo de la costa escarpada y sinuosa extendíanse algunos montes de «yatays» elevados, como legiones de gigantes, cuyas copas sacudía el viento en recio balanceo arrancando los gajos débiles, en medio de roncos mugidos. Detrás de esa vegetación arbórea exuberante percibíase la inmensa masa de aguas del océano; las que, removidas con furia por la tormenta se avanzaban sobre peñas y cantiles en revueltas olas color de tierra, rebasaban los islotes y escollos en deformes montañas y unas tras otras en sucesión imponente venían por fin a estrellarse en la enriscada orilla con espantoso estruendo, elevándose a grande altura en el choque densas columnas de espuma bullidora. Sobre ese olaje enconado desfilaban en nutridos regimientos, uniendo al ruido de las aguas sus graznidos, cormoranes, gaviotas y enormes patos salvajes que se abatían audaces y rozaban sus alas en las temibles crestas, para buscar sus presas en lo revuelto del abismo.

La columna contramarchando de flanco, después de un momento de vacilación, dirigióse al monte.

Veíase a la orilla de éste, a la parte del mar, un «rancho» casi en ruinas, habitado por un hombre solo -de edad avanzada.

En la costa, no muy apartada de esa vivienda miserable, extendíanse algunas dunas que el batir violento del olaje había deprimido hasta reducir a dispersos montones los montecillos de arena, ceñidos en sus bases por una orla de broza y de espuma gruesa cuyas ampollas turbias resistían el choque por largos segundos sin deshacerse, cual si fuesen barbas de medusas. La arena arrastrada por el viento y el agua cubría el campo intermedio co-lindante con el monte, y algunos objetos que aparecían acumulados cerca de los «yatays».

Eran estos diversos pertrechos de guerra allí desembarcados hacía días, remitidos por el General Álvaro da Costa a Leonardo de Olivera, y de cuyo arribo le instruían las comunicaciones de que Berón habían sido portador.

El hombre viejo del «rancho», al habla con el caudillo, díjole que esos bultos contenían según sus datos, sables, moharras de lanzas, pólvora y balas, a más de otros artículos bélicos, y que estaban listos los rejones necesarios a las chuzas.

Inmediatamente, con una actividad febril, los cajones fueron deshechos, distribuidos los cartuchos a los que iban armados de tercerolas o carabinas, los sables a los que sólo llevaban trabucos; y, encajadas las moharras de hierro fundido en sus astiles improvisados, púsose a todos los hombres en condiciones de lucha. Los sables eran muy curvos, casi alfanjes; y los astiles, verdaderos lanzones de caballería indígena.

Gran contento reinaba en las filas. El caudillo parecía alegre. Trajéronse reses, y se comió al reparo de los «yatays», junto a vivacs de grandes troncos, que ardieron vorazmente ayudados con la grasa y el sebo frescos, a pesar del viento y de la lluvia.

En tanto mugía el sudeste y bramaba el mar, aquellos jinetes duros saboreaban su carne asada puesta en sazón con ceniza; consolaban sus estómagos con «mate» amargo, y deleitábanse luego con el humo del cigarro -compañero inseparable de los que hacen de su vida, milicia, y andan en pos de la aventura y del peligro.

Algunas horas de descanso iban ya transcurridas; y, como no cediera el viento en su intensidad ni la menuda lluvia, que las ráfagas convertían en rápidos torbellinos, sólo comparables a los que formaba la espuma de las ondas bravías a lo largo de la costa del levante, -aprestábanse los hombres a construir sus ranchos de ramas, escogiendo sitios de abrigo, cuando el clarín dio el toque de atención, y trasmitióse en el acto de puesto en puesto la orden de enfrenar.

Púsose toda la lírica en movimiento, y en pocos segundos cada cual arregló el bocado a su caballo y compuso sus prendas.

Cuaró se acercó a Luis María, trayendo del cabestro un hermoso overo de remos nerviosos y «un capullo blanco en el copete», según su descripción pintoresca; y, en tanto fumaba callado, volteó el «recado» de los lomos del caballo de Berón, y lo trasladó pieza por pieza a los del overo, apretándole él mismo la cincha con sus fuertes dedos hasta hacerlo gemir. Animal nuevo, parecía algo inquieto. Él lo acarició palmeándolo en el cuello y en las ancas. Ya listo -lo que se realizó con increíble rapidez- dijo al joven que le oprimía la mano con agradecimiento:

-Es manso, y le ha de bajar el calor de la sangre, a poco de andar... Es el overito que te dije. Lo vas a precisar porque vamos lejos, con agua y sin luna.

-¡Amenaza ser espantosa la noche, compeñero!... ¿Pensará andar mucho el comandante?

-¡No dice!... Nunca habla. Verás que se pega al caballo y endereza sin mucha gana de dormir... al rumbo... hasta la mañanita. El caballo duerme y él va fumando.

Eso es ser de fierro, Cuaró.

Miróle impasible el teniente; y volviéndose a Esteban, que estaba detrás achuchado, díjole muy suave:

-Dame licor.

El liberto hizo asomar por la abertura del poncho el cuello de la cantimplora; apoderándose en el acto de ella Cuaró, para tomar un poco. Sacudióse luego al devolverla, de modo que su poncho esparció en redor un verdadero rocío -tan cubierto estaba de gotas de lluvia-, y sus músculos faciales se contrajeron con una expresión de entera complacencia.

Luis María montó; y, al imitarlo su compañero, notó recién que éste tenía las piernas desnudas hasta el muslo.

Igual detalle pudo observar en casi todos los hombres de la hueste, quienes llevaban como Cuaró las botas colgando debajo de los cojinillos -aun aquellos que las usaban de piel de potro.

Manaban agua las suyas y sentía grandes calambres y dolores. Prefirió con todo conservarlas puestas, hasta que concluyese la nueva jornada; pues el frío era tan agudo, que llegó a imponerle de veras.

-Hay que nadar, señor -díjole Esteban, que a su vez se había despojado de sus botas de vaqueta. Los arroyos tienen mucha agua a esta hora...

-Bueno es sacar, hermano, -agregó Cuaró con gravedad;- aunque pique el «saguaypé»... Boyás sin botas, mejor.

Luis María sentía ya a plomo la fatiga, y empezaba a resentirse de tales agitaciones; a pesar de ello, acogió sin alarma estas advertencias.

Tampoco podía disponer de tiempo para imitar a sus compañeros; pues, cuando menos lo esperaba, el baqueano rompió la marcha, y el jefe -echando una mirada atrás, sin pronunciar palabra- picó espuelas, arrancando al trote.

-Vamos, -dijo Cuaró, sencillamente.

Moviéronse, y la columna en pos -sin voz de mando, ni toque de corneta.

Soplaba detrás el sudeste irascible, con sus alas poderosas cargadas de agua batiendo las espaldas de los jinetes, al mismo tiempo que impelía al conjunto, lo mismo que a una nave de velas negras fija en su derrotero a pesar de la tempestad y del escollo. La columna desfilaba en un terreno quebrado, culebreando, bajo un cielo oscuro, cuya espesa capa de vapores entreabría a cada instante el relámpago, recorría el trueno o rasgaba a veces el rayo o la centella en instantáneo zig-zag sobre algún morro que hacía estremecer en sus bases con fragoroso estrépito y caída de peñascos, o en mitad del llano, en cuyo suelo abría un hoyo profundo acumulando en sus bordes enormes masas de barro y yerbas.

Acercábase el crepúsculo. A uno de los flancos, un poco atrás de Álvarez de Olivera, un asistente de largas greñas llevaba la lanza del caudillo, de moharra de acero bruñido en forma de hoja de palma con una media luna afilada al costado y dos virolas de plata en su juntura con el ástil, -de madera fuerte y flexible. El caudillo iba en un caballo pangaré de anchos cuartos y cola atada a los garrones, cerca de los cuales caían en ruedo las haldas de su poncho de paño azul marino. Al otro flanco, muy erguido en un zaino de sobre-paso, marchaba el clarín, con el sombrero en la nuca y su instrumento de bronce a la espalda, lleno de verdín y de abollones. Los ayudantes detrás del jefe, a pocas varas. Luego los escalones, con sus oficiales al frente y a los costados, enseñando apenas doscientos rostros pálidos, entre un grande haz de chuzas llevadas al descuido. Las tropillas de caballos chapoteaban los charcos a retaguardia, arreadas por algunos hombres y mujeres bravías; produciendo el tropel un ruido semejante al de la tronada lejana, en el descenso de los barrancos o en las subidas de las lomas. En la columna se hablaba y reía. Fumábase también con fruición, por la cartera o abertura del poncho, aumentado extraordinariamente su peso por el agua de la lluvia.

Cuando caía ya la noche, algunos se pusieron a cantar. El amor y la patria resaltaban como sentimientos dominantes en el fondo de esas trovas, moduladas con acento alegre o melancólico según el estado de ánimo de cada uno, entre la niebla de la atmósfera, el humo del tabaco y el vapor de los alientos. Reemplazaba a las guitarras la música marcial de las espuelas, el chis chas de los sables en sus vainas y el sonar discortante de ese conjunto de hierros que consigo lleva como un lastre necesario la milicia de caballería. Era una noche lírica, como nunca se la había soñado Berón. Esa gente criolla que parecía vivir a gusto en el seno de la tormenta y solazarse en medio de las tinieblas, pues que reía y cantaba cuando debiera aparecer triste en su marcha a oscuras y al influjo de las crudezas del tiempo, le hizo pensar en aquellos caballeros o jinetes -fantasmas que jamás se desprendían la espada ni abandonaban la rodela y de sol a sol en ruda lid no sentían dolor en los huesos ni escozor en las carnes, ni más ni menos que si fuesen de granito. No bastaba a sus compañeros con el redoble del trueno, el zumbar de la racha y el rugir de las olas cuyos tumbos tremendos en la costas percibíanse todavía sordos e imponentes, sino que era preciso añadir al descomunal concierto la voz de falsete de los trovadores de pago disputando su derecho al «ñacurutú» y la coruja. Y así que la noche sobrevino tenebrosa, ya sin lluvia y con menos viento, pero helada, esas canturrias daban mayor singularidad a lo extraño del conjunto -que seguía moviéndose hacia adelante como una masa negra, deforme y siniestra dejando detrás arroyos, sierras y valles, y como un rumor sordo de monstruo resoplante. Bien luego fueron extinguiéndose todas las voces y las risas, a medida que la fatiga iba trabajando los cuerpos y adormeciendo los espíritus. El sueño apoderábase poco a poco de hombres y cuadrúpedos sin admitir demora ni excepción: los primeros se bamboleaban en sus monturas sin perder los estribos; los segundos bajaban las cabezas y tropezaban a intervalos, resoplando, azorados. Cerca de media noche, el grupo se detuvo para tomar resuello. Acabábase de pasar a nado un arroyo y de salvarse una barranca empinada. Contábanse las filas en la oscuridad y arreglábanse las ropas, que habían sido suspendidas en alto durante el pasaje. El agua de curso rápido, tibia y agradable, no ponía miedo a los jinetes doquiera la encontrasen honda, y cruzaban sobre los lomos o cogidos a las crines cortando la corriente, pero, una vez fuera del caliente raudo, la impresión del aire frío era intensa y dolorosa. Aumentábanla las ropas mojadas por fuera y dentro, y el mismo recado hecho charco. Luis María, en condiciones idénticas a las de sus compañeros, no podía menos de pensar en su interior que esos sufrimientos, eran un medio como cualquier otro «de elaborar la patria» y de adobar la fibra de la nacionalidad naciente. Tinieblas, hielo, inclemencia, detalles conmovedores de miseria y sacrificio, aislamiento pavoroso, lucha desigual, esperanza remota de triunfo, fatigas increíbles -tales eran las perspectivas y los contornos visibles del cuadro, así como los efectos morales de aquella iniciativa impaciente y heroica. ¿Ese grupo de harapientos altivos perseguía como él, un ideal luminoso? Creía que sí...

Halagando iba su espíritu con esos ensueños, en tanto seguía la columna su marcha a través de pantanos y malezas; y, ensueños decimos, porque a cierta hora su cerebro debilitado carecía ya de poder suficiente para profundizar y combinar ideas. Empezaban a sucederse los fenómenos nerviosos peculiares a un estado de excitación extraordinaria, de esa que sobreviene comúnmente de un ejercicio violento y constante sobre el caballo, robando horas al sueño y satisfacciones al apetito. Aterido, en medio de sacudimientos maquinales, buscando por instinto adaptar al trote monótono y abrumador los movimientos de su cuerpo a fin de hacerlos menos bruscos y recios, llegó a notar que su cabeza enfriada en el cráneo sufría a intervalos una especie de vértigo y que sus ojos semi-abiertos veían cosas raras en lo hondo de las tinieblas, como si las penetrase una sutil claridad misteriosa, sin que sus esfuerzos de voluntad consiguieran sobreponerse a esas visiones extravagantes. Unas veces, creía hallarse despierto, en otras, figurábase que dormía y soñaba despropósitos. Escapábansele las ideas; a una muy sensata, seguíase otra propia del delirio; y llegó momento en que no se le ocurrió ninguna discreta, asombrándose de que los flancos de la columna se hubiesen convertido en largas hileras de edificios alumbrados por una fosforescencia singular, en que los caballos que algunos soldados llevaban «enrabados» o sea, atados a la cola de los que montaban, se hubieran transfigurado en elefantes o camellos, y en que el cuerpo mismo del caudillo -bien a plomo en los lomos de su bridón, que se agitaba al frente- permaneciese siempre en el mismo sitio, sin cambiar de actitud, como enclavado por decirlo así en el vacío. De este asombro, difícilmente le era posible salir; pues, a medida que avanzaban las horas, más turbias aparecían las perspectivas. Los compañeros que se movían un poco a retaguardia parecíanle altos fantasmas silenciosos y sombríos, cuando no centauros en grupo, de torsos ciclópeos, que iban cubiertos con cascos y túnicas de hierro, sin rozarse unos con otros, y de cuyas bocas brotaba un vapor tan caliente que diluía el hielo en el aire formando una atmósfera tibia en derredor. Antojábasele también en ciertos instantes, que los pies de las bestias llevaban envolturas de corchos o saquillos de arena; y, en otros, que sus tornátiles corpulencias se transformaban en anchos vientres de bisulcos que no podían estrechar las piernas. El menor resoplido hacíale el efecto de una trompa rumorosa; la voz aislada de algún jinete, un eco entre sueños; el ruido de los hierros, el de cadenas arrastradas sobre lecho de hierbas por un gran monstruo que se suelta y huye olfateando en las sombras, rumbo a las soledades. Perdido un estribo, imaginábase estar suspendido al borde de un antro. Instintivamente cogíase entonces de las crines; despertaba a medias; sorprendíase el overo a su vez levantando con la cabeza los brazos, como si le hubiesen hincado las espuelas en el pecho; y había que recuperar el equilibrio tras una sacudida violenta. Abiertos los ojos, todo trémulo bajo una atmósfera helada, percibía cerca de sí un bulto negro echado sobre el cuello de su cabalgadura, que mantenía el trote inalterable, sin columpios, tieso y firme, sin que se le ocurriese pensar que ese bulto era el de Cuaró. Creíase entre una legión de duendes; volvía a dormitar y a entrever endriagos y dragones, sintiendo de vez en cuando dolores agudos en las extremidades y corrientes gélidas a lo largo de la médula, a contar de las vértebras del cuello, que le sobrecogían y llenaban de estremecimiento. Pero, el sueño primaba como enemigo implacable, y se hacía eterna la noche. A ocasiones, el joven levantaba heroicamente los párpados y se encontraba solo en el campo, sin atinar con la causa de hallarse en tales lugares, lejos de la columna fantástica. Luego veía que el bulto negro que había ido siempre junto a él, y que ahora se le aparecía gigantesco, se le acercaba y cogía el overo del «fiador», y le arrastraba dócil hasta reunirlo al grupo de centauros; y allá en sus adentros, ebrio de sueño, se decía: ¡Cuaró!... Sentía como un hormigueo en los omóplatos y fuertes punzadas en las entrañas nobles, sin que ellas bastasen a despejar su cerebro. La lluvia había cesado y también el viento de tempestad, reemplazando a éste, otro viento, fresco y seco que hacía flotar como banderas en sus astiles ponchos y jergas. La lobreguez disipábase por instantes, y apuntaba bajo una cúpula azul por el oriente una curva de escarlata que servía de diadema al horizonte. Recién entonces la columna se detuvo.

¡Alto!... dijo una voz somnolienta. ¡Alto!... ¡alto!... fueron repitiendo otras -hasta el último escalón. El overo de Luis María, a la par de los otros caballos semi-dormidos y habituados a esas faenas, sentó de golpe sus remos delanteros sin permiso del jinete; y, éste, agradecido quizás a esa maña generosa que le evitaba un esfuerzo, viéndole dar vueltas, como invitando a su amo a aliviarle el peso de los lomos, dejóse llevar por él a un sitio de allí un poco retirado y arrojóse al suelo con su poncho, cayendo de costado lo mismo que un cuerpo muerto. En tanto Esteban, bamboleante en su caballería, se apoderaba del overo, él se quedó inmóvil, en la posición de la caída, durmiendo con la pesadez del plomo.

No pudo saber cuanto tiempo permaneció en ese estado. Cuando despertó, más repuesto, aunque dolorido en todos sus miembros, -pues sin apercibirse de ello se había acostado y dormido sobre una gran piedra plana, -brillaba un sol espléndido en un cielo puro, y el «pampero» potente y mugidor pasaba por llanos y sierras oreando la tierra con un soplo vivificante. Allí cerca, veíase un monte, y en su orilla muchos vivacs aún no hechos ceniza. La tropa, con sus caballos enjaezados, parecía pronta para la marcha. También vio, junto a sí, listo a su overo; y al liberto arrimado a un fogón, en fraternal compañía con Cuaró y el alférez. Levantóse presto e incorporóse a ellos. El «mate» caliente, y el asado chorreando gotas color de oro, con unas galletas frescas todavía, que Esteban extrajo del fondo de su bolsa, constituyeron el almuerzo y le volvieron a la plenitud de sus fuerzas y entusiasmo. Grato le fue conversar con el teniente que había sido -y lo recordaba ahora bien- su espíritu tutelar en la dura marcha nocturna. Reconocía que, en medio del sufrimiento y del peligro, solían nacer amistades en un día más duraderas que las de la infancia; y explicábase así como Cuaró, desde la primera entrevista, lo había tratado con una familiaridad sólo propia de los caracteres acostumbrados a propiciarse simpatías en la lucha, aun cuando en ésta predomine siempre un sentimiento egoísta, especialmente en las milicias no sujetas a rígida regla disciplinaria. De ahí que él considerase a este compañero como una excepción, y sintiese que su afecto crecía por grados, llegando hasta atribuirle calidades superiores. Enorgullecíase de que contase con ejemplares semejantes la raza de aborígenes; y, como le agradeciese sus pruebas de leal compañerismo, Cuaró, que en esa mañana aparecía más callado que otras veces, limitóse a estrechar la mano que le tendía el joven, haciendo un visaje y encogiendo ligeramente los hombros.

Mientras ellos hablaban, y el alférez se despedía para reunirse a su gente -muy satisfecho de ser co-partícipe de aquel fogón- el liberto acomodaba sus utensilios sin olvidar ni una pieza, revisaba su tercerola y apretaba las cinchas a los caballos.

De pronto, Cuaró mirando hacia el vivac del jefe, dijo suave:

-Va a llamar. Vamos, cerquita no más...

Montaron; y, apenas habíanse aproximado, el clarín tocó «a caballo».

Esteban, en vez de incorporarse a su amo, púsose a recorrer el campamento como si buscase alguna cosa de importancia.

La columna se movió al paso; pero, ahora bajo un sol esplendoroso y entre ráfagas que levantaban de la tierra cendales de vapores lo mismo que alientos de fuego, para desvanecerlos a corta altura en medio de rápidos torbellinos.

A dos leguas apenas de jornada, traspuesto el Maldonado, la fuerza se detuvo. Un «chasque» se había acercado a media rienda, por la parte de las lomas del sur, y hablaba con Álvarez de Olivera.

Pensóse al principio que el Coronel Felisberto salía al encuentro, abandonando su actitud inactiva en la vieja ciudad de San Fernando; mas, pronto disipóse esta creencia.

Cuaró trasmitió algunas órdenes del jefe.

Luis María, que estaba próximo, vio que la hueste se agitó al paso de Cuaró, y que todos los que tenían ponchos se lo quitaron para atarlos a los «tientos» en forma de rollos. Mudáronse los caballos de marcha por los de reserva, con una prisa vertiginosa. Algunos voltearon los «recados» asegurando sus prendas con el «cinchón», y subieron en pelos; otros se ataron una «vincha» en la frente para sujetarse la cabellera; los más quedáronse con la sola ropa interior, buscando alivianarse, alegres, lanza en mano; y los menos, se ciñeron en forma de faja sus ponchos a la cintura, de modo que dejasen libre el juego de los brazos y a la vez cubrieran en parte vientre y pecho. El clarín que se contaba en este número, con la diferencia de que él se puso el suyo a modo de banda, sacó la boquilla o embudo a su instrumento, lo sopló dos o tres veces, separólo del cuello en que lo había llevado colgante y echólo al brazo izquierdo. Después, advirtió si su sable salía o no bien de la vaina.

Cuaró regresó pronto montado en un caballo tordillo, en pelos. No traía botas, y solo una espuela de hierro en el rancajo desnudo. Acercándose al liberto, que estaba inmóvil apoyado en la tercerola junto a Berón, díjole con su acento bajo:

-Emprestame el chifle.

Dióselo el negro.

Cogiólo el teniente; y vertió en la palma de la diestra, encogida hasta formar un hoyo y en donde había reducido a polvo algunos granos de pólvora gruesa, un poco del líquido alcohólico. Revolviólo con el dedo, y luego lo sorbió hasta la última gota sin hacer una mueca.

Paladéolo un instante, y dirigiéndose al joven, agregó -sin mirarle:

-¡Mirá amigo de no cortarte ahora!...

Dicho esto, se fue hacia su jefe.

Olivera se había despojado de su abrigo, remangádose el brazo derecho hasta más arriba del codo y tomado su lanza de manos del asistente.

Luis María sintió un poco de espanto. Con todo, examinó su pistola y desnudó su espada, colocándose cerca del caudillo.

La fuerza formó en escalones, simétricamente alineados, en alto las lanzas. Un grupo de tiradores se desprendió al galope, tendido en guerrilla, para reforzar el destacamento de vanguardia, perdiéndose detrás de la «cuchilla» del frente, de donde venía el ruido de detonaciones aisladas.

El caudillo picó espuelas y recorrió la línea, pronunciando una arenga concisa, -apenas oída por los vítores y clamoreos;- y en pos de él, como movidos por el mismo resorte, galoparon Luis María y Cuaró. Apenas volvió riendas, el clarín tocó «paso de trote», y la milicia maniobrando correctamente cambió su frente, corriéndose los escalones a la derecha, en marcha hacia la loma. Observó recién Luis María que la fuerza sólo presentaba un tercio de su efectivo; e indagando, supo que el resto había sido destacado en la noche con rumbo al Río Negro. Contó él apenas setenta hombres, incluidas dos o tres mujerachas diestrísimas en el caballo, armadas con lanzas de clavo.

No había concluido de hacer esta cuenta, cuando las guerrillas asomaron en la cuesta, replegándose en orden, y algunas balas de carabina pasaron silbando sobre las cabezas de los que escalaban aquella, bien formados, y sobre la brida.

En pocos segundos, coronóse la loma; y a la vista del enemigo tendido en ala en el valle, Olivera blandió la lanza, dando una gran voz, y el clarín tocó «carga».

Al principio, todo fue una nube para Luis María. Sintió como una avalancha detrás que rodaba al llano con sin igual estrépito entre relinchos, golpear atronador de cascos, ludimientos de hierros y terribles alaridos; una gran descarga al frente; luego un tropel furioso de jinetes que traspasaban a escape la humareda y veníanse impávidos al choque, bajas las lanzas con banderolas y en alto los sables-corvos. Sin mirar para atrás, al grito de los que habían caído bajo las balas, vio al caudillo con el gesto ceñudo y los labios apretados cruzarse veloz por el flanco y enderezar al núcleo enemigo firme, la rienda en su mano izquierda y en la derecha tieso el rejón con ademán iracundo; después, como, al ir a estrellarse pechos con pechos, las filas se abrieron y se diseminaron los hombres, buscando los claros para hacerse camino -el sable en cuarta o el trabuco en alto- tan hábiles para el manejo de los caballos de pelea cuanto lo eran para vencer con el arranque impetuoso; por último, vio producirse el entrevero, y pasar junto a él, en lucha con su overo alborotado, al clarín rápido como una flecha que arrancaba a medias de su instrumento sones roncos y lúgubres, y a Cuaró echado sobre el cuello de su potro, transfigurado y terrible, que iba gritando: «¡Corumbé!... ¡Catalán!... ¡mata!... ¡mata!.. «La confusión era tan espantosa, que el joven se revolvía por doquiera con la espada de punta, recibiendo de aquí y de allá golpes con los cuentos de las lanzas, estrujones formidables y amagos de muerte, y también gotas de sangre caliente y humeante que le salpicaban rostro y manos -hasta ese momento puras como las de una virgen. En vano pugnaba por arrancarse al círculo de hierros. Apenas se desvanecía un grupo de combatientes, formábase otro con increíble rapidez, y cerrábale la salida, sin que bastase la espuela a domeñar la rebeldía de su caballo que se agitaba a saltos, despavorido en la refriega.

Cuando él menos lo esperaba desprendióse un oficial del núcleo, quien empujado a su vez por los que retrocedían, púsose a su alcance. Este oficial de valor tranquilo, a juzgar por la impasibilidad de su rostro, agitaba en la mano una pistola de arzón; y, viéndose de manos a boca con aquel barbi-lampiño de guedejas doradas, no lo consideró sin embargo enemigo pequeño, por lo que volcando el cañón de su arma le hizo el disparo a quema-ropa. Merced a los saltos violentos del overo, fue éste el que recibió la bala de refilón en el cuello, donde quedó un surco rojo: el noble animal dio una especie de grito rabioso y mordiendo el freno saltó de nuevo azorado, hasta ponerse encima casualmente de su heridor. Luis María, que empezaba a sentir le bullía la sangre, y en cuyos oídos resonaban tremendas las voces de Cuaró, que seguía gritando en el combate en fatídico dúo con el toque de degüello: «¡Arapey!... ¡Aguapey, viejo Artigas!... ¡mata!... ¡mata!...» -viendo tan próximo a su adversario, tendió el brazo, y atravesóle el cuerpo de una estocada. Quizás la vista y el olor de la sangre encendieron en la suya una fiebre de pelea; porque, tras de la caída del oficial, lanzó un grito de cólera y castigando con la misma hoja que tal bautismo recibiera los hijares de su cabalgadura, clavó espuelas y se arrojó intrépido al entrevero.

Cuaró, que se revolvía por todos lados frenético, acertó a pasar por el sitio. Allí sujetó, dando un alarido; y deslizándose veloz de los lomos daga en mano, cogió de la barba al oficial que se agitaba retorciéndose en el suelo -alzando primero por encima de su cabeza el siniestro acero, con cierto lujo de ferocidad.

-¡No mates! -le gritó de súbito una voz vibrante y enérgica, por él muy conocida.

El teniente volvióse en el acto; y a la vista de su compañero boqui-rubio que se le apareció magnífico en su overo ensangrentado, ya sin enemigos en redor, experimentó una sensación de enfriamiento, limitóse a sacudir con un gesto raro, la cabeza del herido, y puso la daga en su vaina. Después rascóse en el hombro y miró callado al joven, con un aire huraño y fiero.

-Ya acabó la pelea, -dijo Berón con acento suave y amistoso.

Y echó pie a tierra, colocándose entre su compañero y el herido, -que era un teniente de la caballería lusitana al servicio del General Lecor.

La refriega había concluido, en realidad. El clarín acababa de tocar a «reunión», y la milicia había formado como una tabla en el llano, con excepción de algunos hombres que se agitaban a pie por diversos sitios y que fueron desmontados en el choque. De los enemigos, los que no habían sido muertos o heridos se encontraban prisioneros. Un gran grupo de éstos, y entre ellos dos oficiales, inmóviles junto a un montón de cadáveres, tenían al flanco la tropa de custodia; algo a vanguardia, solo, erguido en su caballo y, con la lanza tinta en sangre la grimpola, clavada en el suelo, Álvarez de Olivera pasábase un pañuelo por el rostro para secarse el sudor de la jornada; y, en diversos puntos del área dominada por la refriega, algunos heridos se incorporaban vacilantes ayudados por las mujeres de la hueste, y no pocos caballos mutilados por el trabuco o el hierro de media-luna, dábanse vueltas en las yerbas sacudiendo los cascos en el aire. En la ladera veíanse tendidos boca abajo, como habían caído de sus cabalgaduras, cinco o seis lanceros de los que sufrieron la descarga precursora del entrevero. Cerca de estos cuerpos bañados en sangre, se había apeado Esteban, y apoderádose de un tordillo negro herido en el pecho de una lanzada.

Cuando Cuaró, saltando en el suyo, se fue silencioso, Luis María se puso en un galope en la ladera, y gritó, al liberto, colérico:

-¿Qué estás haciendo, negro?

-Nada de malo, señor -respondió Esteban, cuadrándose respetuoso; - sino que, teniendo este «lunanco» puestos, el «bozal» y el «maneador» que me robaron la noche de la tormenta, y habiendo muerto su dueño -que es ese cambujo que está ahí con la cabeza rota-, me parecía justo echarle mano, antes que otro les haga «repeluz» a las prendas...

-Si es así, nada tengo que reprenderte.

¡Concluye pronto!...

Y algo tentado de la risa, a pesar de la solemnidad de la escena, Luis María batió de repelón su overo, y fue a presentarse a su jefe.

Gran parte de la gente se había desmontado, y rodeaba a éste, en medio de vivas demostraciones y comentarios.

El clarín echaba diana.

Esos hombres, que, momentos antes aparecían con los rostros en extremo pálidos, los ojos casi fuera de órbitas y los labios cárdenos con un poco de espuma, -como si por ellos hubiera pasado el aura epiléptica-, mostrábanse ahora alegres y decidores, listos para restañarse por sí solos las heridas, prestar auxilio a los que no podían moverse, y lanzarse a nuevas aventuras peligrosas.

No dejó Berón de asombrarse al observar que, mientras los más honraban en su jefe un triunfo de la patria, el resto se entretenía en despojar hombres caídos y caballos sueltos, y aún se permitía «despenar» a los moribundos como obra piadosa.

Con este motivo, dirigió una mirada alarmado, hacia el lugar en que se encontraba el teniente portugués; pero, hubo de tranquilizarse, pues vio que Esteban apoyado en su tercerola, de pie cerca de él, departía con gran mímica en sabrosa plática sin duda, sirviendo de custodia al herido.

Había sucedido que, cuando el liberto húbose apoderado de las prendas que reconociera por suyas -después de tanto hurgar por ellas-, el lusitano, en conocimiento de que era asistente de su generoso adversario, después del cambio de palabras entre los dos, en el deseo de salvarse de los merodeadores implacables, -gritóle con todas sus fuerzas en buen castellano:

-¡Cabo Pedriño!...

El liberto volvió el rostro, y tirando su caballo del cabestro en tanto que con la otra mano arrastraba del extremo del cañón la tercerola, llegóse en el acto, diciendo todo acalorado todavía, como si viese fogonazos y estuviera oliendo pólvora:

-¡Qué, fregar de latas, portugo rancio!... Por fin se acabó el refriego y la marimba de golpes y chuzazos por arriba y por abajo y por atrás, y la lluvia de rebenques, que parecían cohetes entre yeguada alzada... ¡Yo no me llamo Pedriño, seor funfurriña, sino Esteban Berón de buena casa!

-Ya sé, sargento Esteban... Lo llamaba para regalarle estas espuelas que me incomodan. ¡Coitado de mí! Face el favor de tirarlas sin medo, sargento!

-No acostumbro -dijo el negro. ¡Mañas quiere el vivir!

-Pedro de Souza me llamo, y soy teniente. Procura no me degolhem teus camaradas, y te ficaré agradicido...

-¡Rece el credo, no más! -exclamó el liberto con una explosión de risa que se asemejó a un relincho, al punto que su caballo rezongó tascando el freno. -Ahí viene una china «carchadora», más brava que una chinche... con un cuchillo mangorrero...

No pudo el herido menos de estremecerse. La broma era sangrienta. En realidad una mujer color de cobre, desgreñada, obesa, con chiripá en vez de vestido y un sombrero de pajilla sucio y agujereado con barboquejo echado a la nuca, se aproximaba sigilosa, husmeando la presa desde lejos, con el instinto peculiar de la raza felina.

Al observar de más cerca el traje del herido, sin preocuparse de la presencia de Esteban, abalanzóse a saltos con los ojos de coatí febriles y lucientes.

El negro, que muy pronto reconoció en ella a una de las que arreaban las tropillas, al mismo tiempo que una de las que lo habían agraviado de palabra al incorporarse a la gente, -echóse la tercerola a la cara, si bien no tenía carga alguna, y gritó simulando una furiosa ronquera:

-¡Alto ahí! ¿Quién vive?... ¡Si es carpincho-hembra hago fuego, y si es comadreja con barriga, también la afusilo!

La china se volvió por un flanco, con una mueca feroz, y huyó, llamando a otras compañeras que por los contornos vagaban.

Por fortuna, algunos vecinos del pago provistos de herramientas toscas y de un carro, y que habían sido requeridos por Olivera para enterrar los muertos, aparecieron en el sitio; y empezaron por recoger los heridos, atendiéndolos en la medida de sus recursos. Souza bajo la vigilancia siempre del honrado liberto, fue uno de los primeros en merecer esos cuidados. Ante esa misión de caridad, los odios se calmaron, y ya nadie pensó en seguir la obra de exterminio. Los hombres mismos de la hueste trajeron el contingente de sus brazos, hasta que el toque de clarín llamólos a formar.

Cuando se movió la pequeña columna engrosada con los prisioneros, caía la noche, que amenazaba ser muy oscura.

Soplaba un viento que parecía venir de una región de hielo.

¿Adonde se dirigían? Se ignoraba. Tampoco se interesaba en ello la hueste. Indagar respecto a sus marchas una cosa semejante, ya se tratase de la actividad empleada en el día, ya de aquella que se desarrollaba en la noche, era lo mismo que preguntar a dónde iría o cuál sería el rumbo cierto de una ráfaga de «pampero»; de esas que pasan silbando con los silbos de cien reptiles o bramando con los bramidos de cien toros, sacudiendo ramas y cimientos, a la vez que orea las tierras feraces, arrastra lo inútil y estéril en torbellinos y lleva semillas y gérmenes fecundantes en sus alas poderosas, -sin que nadie pueda decir en qué sitio se aligerará de la carga, ni en qué límite ha de dar por concluida su formidable carrera.



Nativa de Eduardo Acevedo Díaz

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