Nativa : 14

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Nativa : 14
Vida cimarrona

de Eduardo Acevedo Díaz


En esos años ingratos, los conquistadores se complacían en justificar ese título pesando sobre el país de una manera despiadada, a pesar de las declaraciones honestas y liberales en la forma, del Barón de la Laguna. Decirse puede con rigorosa verdad, que muy pocas invasiones llevaron tan adelante las consecuencias de la lógica de la fuerza, como esta invasión brutal, nefasta y corruptora que se desbordó desde las fronteras hasta Montevideo arrasándolo todo con una masa de cerca de diez mil hombres aguerridos, para suplantar luego las matanzas de la guerra con el despojo, la confiscación inicua, la violación, la persecución a muerte y las prácticas del vasallaje; confiados ya también los que así procedían de que, eliminado el caudillo prepotente, habían desaparecido con los males de actualidad todos los temores de futuro. Ante esa conciencia del estado mísero de la sociabilidad uruguaya -sin alientos para sacudir el enorme peso de extranjeros tan rapaces por instintos como crueles por hábitos licenciosos-, los nuevos tercios dominadores implantaron el sistema de apoderarse de las haciendas de los departamentos limítrofes, arreándolas en grandes cantidades al territorio de Río Grande; de imponer tributos de todo género al pueblo sumiso; y aun de atentar frecuentemente a la paz de los hogares sellando su paso con actos de triste deshonor. Los co-partícipes de este género de vida «sobre el país», que habían recibido títulos y honores, parecían hallar mejor que el de Artigas un gobierno así; los débiles recogidos en la oscuridad y el silencio echaban por el contrario de menos al vencido de Catalán, terrible aun en la derrota, defensor indomable de su tierra; y los valientes buscaban en los bosques o en la ribera opuesta un refugio para agitarse febriles, a la espera de la hora en que se reiniciara la pelea.

Más que los idos, eran sin embargo los que habitaban en los montes desahogando en aventuras y encuentros parciales sus grandes odios patrióticos. Oficiales, soldados, a veces pequeñas partidas de continentales, solían desaparecer en las encrucijadas de las sierras o al vadear de un arroyo, ya a manos de los «matreros», ya tras de un ataque imprevisto de la hueste charrúa; la que como el yaguareté astuto y furtivo enseñaba silenciosa el colmillo entre las matas y masiegas gigantescas a la orilla de los ríos -recordando ser siempre la dueña de las selvas así como eran sus caciques los más astutos baqueanos del terreno. Estos hechos aislados no inquietaban a los dominadores: muy ajenos de pensar que a la lanza ya rota de Artigas debía suceder lógica y fatalmente el sable de Sarandí.

Imperaban así sin desconfianzas ni recelos, aumentando de día en día sus violencias y exacciones; desde la imposición monetaria del «vinten», del «reis» y de la «pataca», hasta la del «diezmo» en las «cuatropeas»; sustituyendo una esclavitud por otras peores en la clase baja, cuya vía crucis comenzaba en los lúgubres patios del «caserío de los negros» para concluir en el fondo de los cuarteles o en los saladeros de Río Grande; e implantando en las campañas por medios inicuos un sistema de tiranía, propio a devastar zona por zona, como si hubiese sido el intento evitar que en esa tierra desolada volviese a crecer más la hierba.

Alejábanse con este motivo de su ciudad natal los hombres de conciencia, quienes desde el sexto año del siglo venían sintiendo cada vez más creciente el ruido de los sables y el tronar de los cañones, aun en los cortos días de paz, como en toda plaza fuerte; y visto también tremolar y alternarse en sus almenas, entre el humo de la pólvora, en medio de músicas marciales y de himnos cantados en idiomas diferentes, banderas españolas, británicas, argentinas, orientales, portuguesas y brasileras como si el viejo real de San Felipe escondiera detrás de su coraza de granito la llave de un Eldorado prodigioso, tesoro de los indomables nativos y codicia de los ejércitos aventureros.

Los que buscaban refugio en los montes no quedaban exentos de peligro.

En cambio de dominadores implacables, de espías y de infidentes, a trueque de persecuciones tenaces, de impuestos excesivos, de vasallaje servil y de contingente de sangre en las milicias auxiliares, otro género de azares y de violentas vicisitudes aguardaban a los hombres de acción en el seno de los bosques.

Las simples perspectivas de la vida errante con su cortejo de miserias, privaciones y tristezas infinitas lejos de todo centro y de todo goce, constituían ya de por sí un grande horizonte negro, tan sólo comparable con el cortinaje de la selva a media noche. Lo incierto de su destino tenía algo de armónico con los dramas ignorados y el misterio del bosque. Entraban en sus recónditos y escondrijos, a través de profundas malezas; sabiendo que al perturbar su soledad salvaje había de bramar celoso el tigre, roncar el puma, gruñir el «carpincho» y acumularse en círculo siniestro los perros montaraces como olfateando buena presa. Sabían también que con esas alimañas hacía vida común otra bestia temible acosada por la insania de los hombres y puesta al nivel de la fiera, como efecto lógico del rigor te la pena y del trabajo esclavo; menos libre que el mono y el coatí, con la piel sajada por el hierro de la afrenta, descalzo y desnudo, sin un rayo de luz bajo su cráneo hendido ni un afecto dulce en su pecho lacerado, el ojo ardiendo al calor de los instintos brutales, las narices como hornallas trémulas y olfateantes lo mismo que las del venado perseguido por los tiros de «laques», y el ánimo avieso, capaz sin embargo del hecho digno y heroico por la existencia libre. Y después del negro cimarrón y de las luchas con la alimaña, el aislamiento dentro, la acechanza fuera, el rastreo a toda llora, la escaramuza permanente; plena actividad malgastada en la plenitud fisiológica y en el vigor de juventud, consecuentes consigo mismos, leales; al instinto, firmes en la acción, bravos en la pelea, duros en la venganza, estoicos en la muerte.

Cuando ese refugio de que hablamos era buscado tras una persecución tenaz de ocho o diez contra uno, y llegaba a cansársele el caballo al perseguido, antes que él hubiese concluido el trayecto a recorrer y puéstose encima del bosque que debía servirle de asilo, el gaucho altive moría en desigual pelea, o continuaba su marcha a pie hasta donde alcanzaban sus fuerzas. El ojo, el brazo y la astucia desempeñaban una función importante. El gaucho que veía languidecer por grados y caérsele las orejas a su cabalgadura, que no salía ya del trote a pesar del rebenque y de la «nazarena», sentía el frío del desaliento si en los contornos que su vista dominaba no distinguía siquiera algún follaje espeso -generoso protector del ave, de la fiera y del hombre desvalido. Habituado desde niño a los lomos equinos, al punto de formar como una parte integrante del corcel que con él voló siempre de una a otra zona en alas del «pampero», érale humillante y penoso encontrarse de improviso a pie. Y, entonces, mucho más que ahora -porque no existían la cerca de alambre, ni el centro agrícola, ni la cabaña de cruzas, ni los transportes perfeccionados, -sino el campo libre sin trabas ni obstáculos, el pastoreo primitivo a la inclemencia, con las procreaciones al acaso, y la «carreta» como único vehículo de transporte. En medio de tales circunstancias, el «pajonal», la sierra o el monte constituían el refugio, -la lucernita del cuento perdida en la noche, -para el que se quedaba sin caballo en las soledades. Aunque reacio para peón, por sus mismos excepcionales hábitos, el gaucho, que había fortalecido sus miembros domando potros, y que al apearse ponía sus piernas en arco para no hincarse con las espuelas, reconocía en su conflicto que ellas no servían solamente para oprimir vigorosas los flancos de un «redomón», sino que eran también bastantes robustas para conducirlo al escondrijo seguro aunque estuviese lejano, lleno de abrojos y de pinchos, y nutrido de alimañas. Caminaba al principio como entumecido, a pesar de haberse quitado las rodajas, colocando aquí y acullá la planta lo mismo que sienta un bisulco enfermo la pezuña; y creíase «boleado» según su expresión pintoresca, al trepar los barrancos y hundirse en las malezas hasta el cuello. Pero, al fin aquellas piernas adquirían flexibilidad y ponían en juego el vigor extraordinario que les había dado la costumbre del caballo; al extremo de que, el gaucho en estas condiciones, derribaba a pie firme a un toro de las astas, o aguardaba sereno «vichará» al brazo y puñal en mano el salto terrible del yaguareté.

Ya en el monte, examinaba día a día atentamente las entradas y salidas, las «picadas» si existían algunas, o los «potreros» en caso de haberlos, las sendas diminutas en su anchura, cuanto serpentales y prolongadas en su largo que bifurcaban y trifurcaban en todas direcciones; sendas no menos trabajadas que las de la hormiga por el capibara, el «aguará», la nutria, el coatí, el «tucutucu» o por diversas aves de monte. De este estudio sagaz y minucioso, no excluía los senderos abiertos por el ganado bravío, que figuraban en el mapa intrincado del bosque como grandes arterias de comunicación, entre la orilla de éste y la ribera o escarpa del río. Tampoco los boscajes infinitos, cubiertos de enormes gusaneras, ni las cuevas hondas de la barranca ocultas por los árboles que pudiesen servir de moradas al tigre o al perro cimarrón. Receloso y previsor, levantaba obstáculos en esos caminos secretos, haciendo uso de los troncos y de las ramas, de manera que llegara a formarse una barrera insuperable por el vicio de la vegetación arbórea ayudada de las plantas parásitas, enredaderas de campánulas azules y claveles del aire. Si era preciso, abría nuevas vías a fuerza de daga o de «facón» o de sable, para desviar o torcer las antiguas según sus planes; ya para proporcionarse él mismo las ventajas que el terreno ofrecía, y acostumbrar su caballo a un rumbo fijo. Herbolario por instinto, observaba pastos y «yuyos», medicinales y alimenticios. Escribía signos especiales en los troncos de árboles determinados, para guiarse; sin hacha ni sierra, derribaba algunos para cruzarlos de ante-mural donde lo creía útil, y con la misma arma que desempeñaba el oficio de aquellas herramientas y el del pico y la azada, cavaba el suelo para encender su fogón.

El «matrero» ingeniábase siempre, en todas las circunstancias difíciles de su existencia azarosa, los medios de proveer a sus necesidades y de resolver sus crisis y conflictos entregado a sus solas fuerzas. Si sufría males internos, suplían bien a ciertos medicamentos la «marcela», la zarzaparrilla, la salvia, la malva, el tártago, el cardo-santo; -si padecía de la vista, curábase con yenda de lagarto. Hacíase el corte del cabello, cuando lo creía conveniente, a filo de cuchillo; en la forma misma empleada para retarcar colas y crines de «fletes» estimados. Aplicaba a las, úlceras la «yerba de la piedra». Los baños en aguas cristalinas, y de cierta virtud medicinal, mantenían su cuerpo en condiciones higiénicas; siendo de admirar frecuentemente en el organismo de estos hombres la fortaleza primero; y, luego, la blancura admirable, casi transparente de su piel. En muchos de ellos, como prueba inconcusa de origen puro, señalabánseles en el tronco las venillas azuladas como vetas de delicado pincel en un jarrón de porcelana. En sus pies pequeños y perfectamente modelados, a pesar del uso de la bota de potro y de las grandes «lloronas», las dolencias pasajeras eran pocos comunes. A su modo, el «matrero» cuidaba bien de su persona, así como de su noble compañero, el caballo. Atendíalo con cariño, ya se tratase de la cojera, de la manquera, del haba, del casco, de las lesiones hechas por el lomillo, de las heridas o de sus males peculiares. Era flebotomiano, cirujano, pedicuro, rapador, saca-muelas, veterinario, todo por instinto, por necesidad o por experiencia; buscando con mano segura en la naturaleza agreste los recursos reclamados en cada caso, sin equivocarse fácilmente en la elección. Aun para las enfermedades que revisten formas y caracteres de cronicidad -procurábase medios eficaces de atenuación empleando el buche de «ñandú», la zarza, la cepa, el «guaycurú» y el «cambará».

En sus ignorados escondrijos, la astucia presidía la vida, imitando en sus menores inventos a veces, la misma aparente ceguedad del topo o del «tucutucu», cuando no la viveza del zorro, la previsión de la nutria o la sagacidad del teru para ocultar el lugar de su nido. Algunos boscajes, dentro de la gran vegetación nutrida y al parecer sin otros senderos que los del «carpincho», el «aguará» y el coatí, servían comúnmente de misteriosas cortinas a la madriguera. Allí construía su pequeño rancho o su tienda compuesta de varas en triángulo revestidas de pieles, próximo al ribazo, de modo que él pudiera escurrirse hasta las aguas y azotarse a nado en caso de peligro con idéntica facilidad a la del «carpincho»; o treparse a los árboles altos y quedarse inmóvil cerca de su copa en la silenciosa posición del «ñacurutú» -todo ojos fosfóricos, y todo orejas.

Conocía así las maderas por su clasificación indígena, y desde luego todos los árboles que le prestaban sombra y amparo; las cortezas, las raíces, las hierbas útiles o nocivas, los pastos convenientes a sus caballos, las «aguadas» buenas, los «tembladerales» de los terrenos bajos adyacentes al río y los frutos silvestres que podrían entretener sus hambres en las horas de angustia.

Encuadrado en la naturaleza virgen del suelo, sin rey ni ley, sin dominar con la mirada más que perspectivas agrestes, este tipo especial de nuestra sociabilidad embrionaria endurecía su fibra bajo el sol del desierto, -que tal era entonces el despoblado-, adquiriendo ante las fuerzas ciegas del médium en que se agitaba esa conciencia de independencia individual y poder propio que desenvolvía en la lucha, tenaz y bravo, sin abdicar jamás en absoluto de lo que él creía su derecho. El clima que nutría el germen del guayabo, del «yatay» y del ombú para alzarlos muy altos de modo que sus copas recibiesen y soportasen el empuje del «pampero», era natural que diera vida también y la misma indómita energía, al hombre que debía ocupar la escena y reemplazar gradualmente con sus soberbias heroicas las proezas salvajes de la tribu. En esa evolución, el chiripá marcaba un punto de progreso sobre el «quiapí». La lanza sustituía la bola charrúa. Los profundos amores del pago más egoístas y conscientes, y una concepción de la patria menos oscura que la pasión sensual por la tierra -fanatismo ciego del bárbaro- establecían una línea divisoria entre las tendencias del aduar o la toldería, y los impulsos definidos de los criollos. Por eso, mientras la tribu salvaje continuaba en el mismo ser a pesar de los siglos transcurridos, limitándose a mudar de campo cuando le convenía, sin preocuparse de la sociabilidad nueva que iba desenvolviéndose a su alrededor, -siempre indómita y cerril-, los criollos, los zambos, los cambujos y aun los negros obluctaban dentro de la misma esfera de actividad hacia el cambio, contaminados por la fiebre revolucionaria y obedeciendo espontáneamente a las corrientes de la nueva vida.

Un ejército aventurero seguía a otro en la posesión del territorio; y, en tanto el cacique charrúa continuaba moviéndose de aquí para allá reacio a toda obediencia pasiva, irritándose únicamente cuando lo amenazaban de cerca, lo mismo que se irrita el toro a quien se pretende castigar fuera del rodeo, -los mestizos o «tupamaros» con una conciencia formada de su poder y de su derecho, refugiábanse en los montes buscando la cohesión por afinidades reales, a la espera de la lucha. Sin embargo de todo esto, la tribu salvaje y la hueste semi-bárbara concurrían por medios diversos a arraigar en el conjunto el mismo sentimiento de independencia individual y local. El del cacique era hijo de la soberanía del desierto; el del caudillo, del prestigio del pago, en consorcio con la soberbia. Y fue del seno de los bosques en los tiempos aciagos, que surgieron los caudillos más valientes, de la propia hechura del «matrero», como exceso de savia de una naturaleza pródiga que daba el valor a los hombres en la misma medida que la audacia, por motivo igual que daba dureza y gigantesca talla al ombú, al guayabo y al «yatay». ¡Eran todos frutos del clima, y prole del «pampero»!

Decíamos que el tipo errante se identificaba en cierto modo con la naturaleza virgen y que era el suyo, propiamente, el aliento de las soledades. Debemos agregar ahora, que, estaba lejos de ser en la mayoría de los casos un «cuatrero», un contrabandista o un delincuente común sujeto a serias responsabilidades penales: hombres honestos y laboriosos veíanse obligados a sobrellevar esa vida, ya porque los odios de pago no les permitían mantenerse en sus hogares, ya porque la persecución oficial colocábalos en el mismo extremo de abandonar por tiempo indefinido familias e intereses, no quedando al fin de sus bienes en la ausencia, casi siempre, sino «taperas» y campos desolados. Estos hombres constituían centros o núcleos en sus asilos agrestes, recibían auxilios y recursos de los vecindarios y proporcionábanse aquellos cortos goces que el principio de asociación podía ofrecerles en su aislamiento. Organizaban hábilmente, como conocedores del terreno, sus empresas y expediciones; todos para uno, agrupábalos valientes el peligro, combatían con espíritu de cuerpo y vencían muchas veces, exponiéndose en luchas desventajosas cuyo éxito dependía de la intrepidez y de la audacia. Las partidas exploradoras sabían no obstante a qué atenerse, aun cuando consiguieran el triunfo en este género de combates oscuros. De ahí que se pasaran largos días tranquilos, en una como existencia contemplativa, endulzándose las horas con el juego, la guitarra, el canto y el baile cuando la oportunidad se ofrecía y no había de apagar los candiles de éste, en alguna población solitaria, el asalto imprevisto de la tropa. A la música ora alegre o melancólica de aquel instrumento hecho nacional, servía de letra en décimas o quintillas la inspiración nativa. El numen poético se excitaba fácilmente ante los cuadros y espectáculos de cada día; la materia prima, la fuente originaria de la trova sentimental o de los asonantes de gracia, estaba en la imaginación ardorosa y vivaz de los que asimilaban, asociaban, comparaban y diluían pensamientos, y aun sentencias verdaderas, en presencia de las fuerzas ciegas y de las pasiones palpitantes del desierto. Por eso, en las cántigas criollas entonadas entre flores de ceibo y de chirimoyo, agrestes y viriles, o nacidas a la sombra del coronilla o del «quebracho rojo» -tales cuales nacen y se elevan las guías del clavel del aire-, nótase algo del concierto de la selva, ecos de cardenal y de calandria confundidos con rumor de hojas. Las cuerdas de la guitarra al gemir, bien simulaban el estridular de élitros. El sentimiento estético del «matrero» bajo esa faz, estaba en relación con las impresiones del medio ambiente; y el vuelo de sus ideales no iba más allá de las parásitas que, después de acariciar las copas de los grandes vegetales, asomaban tímidamente uno que otro extremo de sus guías por encima de aquellas -como una muestra de la feracidad del suelo y de la bondad del clima. Estas estrofas de trovador de pago o de bardo errante, repetidas de monte en monte y de sierra en serrezuela, debían sin embargo dar el tono y el aire original a la poesía patriótica. Cantábase al amor y a la patria por arranque espontáneo, como si esos dos sentimientos elevados se resumiesen en un solo ideal y constituyeran a falta de ideas maduras, la base de la iniciativa y la causa ocasional del esfuerzo en todo sacrificio. Verdad era que los hombres de que hablamos vivían de instintos y de pasiones, llevadas casi siempre al fanatismo; pero, en los tiempos de lucha, son las pasiones y los instintos generosos los que abren el camino a las ideas. Eran también esas propensiones originarias y esos impulsos irreductibles hacia el cambio, los que debían acentuar la índole y el espíritu de una sociabilidad nueva. Poeta y cantor a su manera, el «matrero» con el oído a todos los sones dulces de la floresta, atento al ritmo de las ramas y de las aguas, en constante diálogo con la naturaleza que lo rodeaba por doquiera con sus halagos silvestres, al alzar sus cántigas de regocijo o de tristeza levantaba la nota de sus ensueños, -la expresión de sus anhelos íntimos -en contraste aparente con sus actos de violencia, su vida de aventuras y la crueldad de su valor vencedor en medio de románticos denuedos. Esos desahogos poéticos con la flor en los labios y la mirada errabunda, denunciaban con la pasión por la tierra lo incierto de su destino. Amaban una existencia libre que tuviese alguna semejanza con aquella de los bosques; de ahí sus fierezas, más que desobediencias calculadas.

Reunidos cinco o seis donde la suerte los acercaba, el vínculo de la fraternidad en la desgracia hacía el resto. Establecían un centro común. Daban al albergue el ensanche necesario, subdividiéndolo a veces; dividían con equidad el trabajo, asignándose cada uno por sí mismo las funciones propias a su peculiar destreza; su mesa redonda era un solo vivac, a cuya llama retemplaban sus cuerpos en los días fríos -si vivac pudiera llamarse un hogar encendido debajo de tierra, con espacio suficiente el agujero para contener un buen número de troncos en fragmentos, de modo que sirviese de cocina de estufa. Esa abertura se cubría con ramas gruesas, que a su vez hacían el oficio de trébedes y sustentaban la olla o la caldera, precaviéndose así que el resplandor denunciase desde lejos el lugar del asilo. Estas tertulias se amenizaban con relatos de amoríos y de guerras, alternados con conciertos de guitarra y canto. Allí entre los ceibos de acorchada madera y encendidas flores, espinosos «talas», sombríos «mataojos» y «blanquillos», en cuyas ramas se mantenían inmóviles el lechuzón y la coruja, como atraídos por los acordes y las voces, reproducíanse en toda su originalidad muy diversas escenas de la vida criolla. El mate-cimarrón cerca del fuego, a cualquier hora, en círculo, hasta que la yerba perdía el gusto y el color -pasándose de mano en mano la calabaza como un objeto precioso que encerrase el secreto de la alegría; el asado con cuero, el matambre o el sabroso costillar desnudo ensartado en una baqueta de tercerola o en un tronco aguzado, a un lado del fuego, de modo que goteando se dorase al calor lento sin perder la esencia de su pringue y de su jugo; el «pericón» improvisado, simulándose con los pañuelos la asistencia de las compañeras, a pocos pasos del fogón, adunándose al tañer de las guitarras el chis-chás de las espuelas; el juego, de la «taba» en animado y ruidoso grupo, interesándose con fragmentos de tabaco en rollo o cigarros la partida; el recitado, los cantos de los «payadores», en disputa sobre la mayor o menor habilidad de cada uno para improvisar, fuese por «cifra» o de otra manera; la matanza de la res brava dentro del potril o en la orilla del monte, en su caso, cogida a «lazo» por la cornamenta o a «pial», o con un tiro de «boleadoras»; la domadura de potros en la zona despejada, cuando era amplia, y el adiestramiento de los mismos ya domesticados, para la vida del monte -en cuyos ejercicios sufrían duras lecciones la cabeza, las narices y los lomos de los nobles animales: estos y otros cuadros originales y pintorescos desenvolvíanse y pasaban como en un diorama a través del follaje en el misterio de la selva.

No obstante, no todos los matreros se asociaban en comunidad y construían sus toscas habitaciones, poniendo en juego los recursos de su ingenio. Los había también solitarios, chúcaros y sin hábitos de trabajo, aun para proporcionarse algunas comodidades pasajeras. En esto mismo, el «matrero» de tales aptitudes copiaba a la naturaleza, buscando buenos modelos.

En las selvas de otras regiones más cercanas al trópico, vive un pájaro de un plumaje azul sombrío, de un canto hermoso de diversos tonos, llamado «Morajú»; el cual nunca fabrica nido, ni se preocupa de dar de comer a sus hijuelos. La hembra aova generalmente en los nidos de las «cachilas», si los hay próximos, y si no, en otros de los que se denominan «rastreros». Las piadosas «cachilas» alimentan a los pichones grandes y voraces, aun cuando no han salido de sus huevos, adoptándolos así amantes, como miembros de sus pequeñas familias.

Bajo nuestro clima, críase otra ave de color negro tornasolado, cuyo canto dulce cautiva, y que como el «Morajú» no construye vivienda. Su compañera busca siempre aovar en el nido de las «horneras», sin duda más abrigado y sólido que el de otras avecillas, aunque no tenga su puerta o entrada hacia donde nace el sol. Ese pájaro es el tordo -el «Morajú» de los bosques paraguayos y correntinos. Cuando le es forzoso violar el domicilio y sustentarse en él, no encontrando en las «horneras» la amistosa tolerancia que la viscacha, el zorro y el hurón dispensan a las lechuzas en sus cuevas, hace uso de sus garras y agudo pico hasta usurpar al propietario la pacífica posesión de su domicilio.

Algo parecido hacía el «matrero» de la clase a que nos referimos. No construía. Buscaba en cambio su albergue en sitios a cubierto, preparados por las bestias a fuerza de instinto, de garra y de tesón. Acechaba y perseguía al puma y al tigre, cuyas cuevas o cavernas le interesaban por la situación topográfica y el secreto del escondite. En lucha con una u otra alimaña, y merced al «lazo» o al trabuco, concluía por vencerlas; ocupaba entonces la guarida, mejorándola en parte; y en ella veía transcurrir sus horas solitarias. Este sub-género o variedad del tipo, arisco, indómito, con propensiones naturales al delito por herencia y cuya crueldad de instintos no se diferenciaba mucho de la índole feroz de otros habitantes inferiores del monte, era como el fantasma negro de los vecindarios pacíficos por su perversidad y osadía. Reacio al avenimiento con los «matreros» de buen origen, buscaba sus iguales, o vivía solo en madrigueras desconocidas, en lucha constante con los elementos y los hombres. Verdad que estos montaraces replegábanse como las fieras a lugares muy apartados, convencidos de que los que «por necesidad» llevaban su existencia, eran también sus enemigos y no les toleraban cerca, acosándoles con el mismo rigor que a aquellas. Los «matreros» de esa índole, eran los menos: criminales comunes y desertores de la tropa de línea extranjera, sobre los cuales pesaba una condenación a muerte. Empedernidos e inabordables, la bestialidad de sus actos los hacía odiosos, al punto de que todos se armaban contra ellos -colocándolos al nivel de los perros cimarrones. Dábanles albergue los montes al norte del Negro, inexplorados y siniestros. El «sombra del toro» y el «guabiyú» servían de techo a sus guaridas; hacían sus salidas sigilosas para avanzar las poblaciones por la noche; mataban a veces «por lujo», como una proeza indispensable a su renombre sin fijarse en edad, ni sexo; volteaban las reses al solo objeto en ocasiones de arrancarles las lenguas o de cortar la parte del costillar de arriba, según estilo del salvaje, dejando el resto de las carnes para festín de los pumas; derribaban las palmeras más enhiestas por el solo placer de comerse los cogollos tiernos, y cruzaban luego los troncos por delante de los senderos del interior del monte, a fin de que en ellos se aglomerasen las parásitas en enormes trenzas de guías y cubriesen los claros importunos. No pocos de estos hombres enseñaban en sus cuerpos multitud de cicatrices, huellas indelebles de bala, de lanza, de «facón» y aun de garras de yaguareté -signos inequívocos de su valor y tabla irrecusable de sus anales sombríos. Ya uno, dejado como muerto con seis u ocho heridas, después de un combate desesperado, habíase arrastrado hasta el monte envuelto en un sudario de sangre; ora aquel, había burlado a su enemigo merced al nudo del pañuelo que llevaba ceñido al pescuezo, cuando en la noche oscura y dentro de un pajonal silbando todavía las balas, pasóle rápido el cuchillo por la garganta; ya el otro, que había sido fusilado sin proceso ni sentencia en una tarde de invierno por un destacamento que sólo a eso se detuvo en su marcha precipitada, a la orilla de un barranco, recibiendo en pos de la descarga un culatazo que dio con su cuerpo en el fondo, tuvo en noche cruda por ángel y amparo una mujer que con ayuda de otras lo arrastró hasta su rancho, casi moribundo... ¡Lúgubres historias las de estos seres deformes, que más tarde solían sucumbir como héroes en lucha santa confundidos en la hueste batalladora, sin haber perdido uno solo de sus instintos indomables!

Inicióse para Luis María, ya que no para Cuaró, un nuevo género de aventuras y una existencia -de cuyo fondo y detalles hemos dado una síntesis, poniendo de relieve sus formas más interesantes- en un monte escondido por las asperezas del terreno, flanqueado a intervalos por valles húmedos con su manto de cortaderas y «caraguataes» y sus legiones de pastos salvajes. Una serie de cerrillos coronaba el lado opuesto sirviendo de ante-mural al monte, de cuyas cumbres en medio de sepulcral silencio bajaban rodando a ciertas lloras con estrépito enormes pedruscos basta reunirse con las que en el bajo formaban como una barrera. Las aguas de las vertientes desviándose en parte, corrían a lo largo de aquella cadena de rocas y por hondas sajaduras bordeadas de arbustos espinosos, iban a engrosar el cauce del fuerte arroyo -oculto por grandes festones de vegetación indígena. Hacia el centro, al comienzo de un valle, el monte espeso y nutrido se dilataba en el terreno firme, alejándose un centenar de metros de la cuenca. Dos «picadas» estrechas, obras exclusivas del ganado vacuno, conducían a la orilla, en culebreo entre los «talas», «blanquillos» y «mataojos»; un sitio descubierto encima casi del ribazo, del que apenas lo separaba una línea de árboles juntos y enredados por sus ramas en gruesas redes, constituía como un potril de pastos de engorde, por lo que sin duda los novillos habían abierto un sendero corto, ligándolo con la primera «picada». Allí fue donde creyó Cuaró debían instalarse por algunos días, hasta adquirir noticias. Al efecto, improvisaron con grandes gajos y pieles su alojamiento, poniendo en ello Esteban toda su práctica e ingenio. Los lugares escogidos no podían ser más apropiados para evitar toda sorpresa; y siéndoles muy agradable darse alguna semana de reposo, tomaron posesión del sitio o escondrijo con la mayor tranquilidad de espíritu. En la noche de ese día se durmieron tan profundamente, que sus cuerpos presentaban la inmovilidad de los troncos. Cuando Luis María abrió los ojos, el sol bañaba el «potrero» con intenso resplandor.

Ese y otros días fueron de faena y de excursiones, dándose recién entonces Berón exacta cuenta, de lo que era en todo su colorido la agitada vida del «matrero». Poco sin embargo, habría sido pasar semanas y aun meses, -como llegaron a transcurrir-, sin otra morada que el bosque; si el peligro no hubiese venido a comprometer seriamente más de una vez la situación de sus huéspedes. La vigilancia, desde el principio, llegó a ser para ellos una segunda actividad fatigosa. Durante el día recorrían determinada zona, en los contornos, recogiendo datos en los ranchos, -casi siempre vagos y oscuros. De cuando en cuando los vecinos pacíficos, comúnmente hombres y mujeres viejos, deciánles que habían visto cruzar partidas armadas; y que se precaviesen... Por la noche, alternábanse en el acecho hasta cierta hora, ya en lo alto de un «molle», ya en la intersección de los senderos; y cuidaban de apagar temprano el fogón encendido bajo el nivel del suelo, a media vara de profundidad por lo menos, de modo que su claridad no fuese percibida a la distancia.

A algunas cuadras del monte, y en sitios donde el terreno presentaba menos escabrosidades, y sólo una sucesión de «cuchillas» poco rugosas, existía el rancho de Ladislao, -un «matrero» que lo habitaba por horas, y por días a veces, retirándose luego al bosque con su mujer Mercedes. En oportunidades de encontrarse los dos en aquella choza mísera, -sin otros accesorios que una huerta raquítica, un árbol descuidado y una enramada pequeña en esqueleto-, Luis María y Cuaró se habían acercado y conversado con ellos. Ladislao era un mocetón del pago, y por lo mismo baqueano y experto. De sus reducidos bienes, quedábanle únicamente algunas yeguas ariscas, pocas docenas de ovejas y una piara de cerdos, sueltos y casi cimarrones, por falta de cuidado. Lo demás, había sido consumido o arrebatado por portugueses y brasileros en menos de un año. Contóles Ladislao sus trabajos, y las causas que tenía para buscar con tanta frecuencia refugio en el monte. Había sido de los últimos en dejar a Artigas, y de los primeros en no plegarse a Frutos, cuando éste se adhirió a la causa de los vencedores. Purgaba esta falta hacía tiempo, viviendo a salto de mata; pues, aunque durante meses habían como olvidado aquel pago las partidas, recomenzaban ahora a cruzar sin miedo, echando mano de lo que veían, a su antojo. Según decían, traían también orden de «arrear» con todos los «vagos y matreros» hasta el campamento de Frutos; y, con particularidad, a aquellos que no lo habían seguido.

Como estas entrevistas con Ladislao solían renovarse con bastante frecuencia, supo por él otra tarde Luis María, que don Leonardo de Olivera había disuelto su gente en el río Negro, y sometídose a la autoridad de Lecor; y que esta noticia la tenía por conducto de un portugués Pontecorbo, quien en busca de cueros y cerdas, llegábase muchas veces a su rancho, en camino para la villa de San Pedro. Afirmaba el sujeto ese, que, en marchas forzadas Álvarez de Olivera, rumbos al Negro en busca del revolucionario don Manuel Durán que por esos pagos merodeaba con un grupo de hombres mal armados, había realizado al fin la junción con éste en el Durazno; y, que, después de mantenerse firmes largos días, sin permitir que se apartasen mucho de su campo los destacamentos de Lecor, habían concluido por «largar la gente», dando así lugar a que las partidas pudieran atravesar con seguridad por todos los distritos.

Aunque de origen sospechoso, no dejó de impresionar al joven patriota la noticia. ¿Era posible que hubiera cesado ya toda resistencia, cuando empezaba recién él a pelear y a ungirse en el sacrificio, a probar su amor por la redención de su tierra, y a sufrir los rigores que todo ideal impone a quien le rinde ferviente culto y anhela convertirle en una realidad luminosa? ¡No debía aquello ser cierto!... Salvo que algunos, que no alcanzaban a la talla de los que con él se habían batido, hubiesen entregado la patria al extranjero en cambio de un título de conde o de marqués, ya que no de una orden cualquiera pensionada. En sus puros ensueños de juventud, figurábase todo esto como una monstruosidad. ¡Mientras que él había abandonado con el cariño de los suyos las comodidades del hogar y las esperanzas de un porvenir risueño, para exponer la vida en los combates o arrastrarla luego en tristes peregrinaciones, -sin el pobre consuelo de ser comprendido y estimado-, otros que sólo se agitaban para la adulación cortesana y la intriga, vendían al «vil precio de la necesidad» o de sus febriles ambiciones, con su honra y su prestigio, la gloriosa herencia de una generación valiente! Eso hería sus elevados sentimientos, y no tenía cabida en su criterio lúcido. No sabía cómo pensarían sus compañeros; pero, probablemente sería lo mismo. Por un fenómeno natural en los temperamentos fuertes, nacidos para la lucha, sintióse con más ánimo -aun en medio de la duda- para perseverar en la empresa; solo, sin ayuda de poderosos, con esa fe profunda que no desmaya aun cuando cien hostilidades reunidas se opongan al intento. ¿Qué importaban los triunfos efímeros de las malas causas ante esa fibra que resiste a todos los halagos y seducciones, como una protesta viril contra la cobardía y la traición? Al vibrar en su propio ser, bien sabía él que su dureza era natural en los que habían visto la luz bajo el mismo clima. Entonces su ideal era robusto como un ombú, porque era el ensueño del pago y la aspiración común de su tierra: -la libertad, en hombros de la soberbia nativa. ¡El porvenir pertenecía a los fuertes!

Así pensando, sentado en un tronco caído, la tarde misma en que tales noticias recibiera; mientras Cuaró ensartaba en el asador un trozo de vaquillona, y el liberto reanimaba el fuego arrimándole ramas gruesas, sorprendióle a Berón la aparición de Ladislao en la encrucijada, en donde se apeó.

Después de asegurar su tordillo negro por el cabestro de un árbol, vínose a prisa, llevóse para saludar la mano al sombrero por la nuca dando las «buenas tardes dé Dios»; y, deteniéndose a algunas varas, púsose en cuclillas sobre los talones mirando a otro lado como distraído, y dijo con calma:

-Andan a tiro de bolas los portugos, y muy entonaos... ¡No se descuide!

-¿Tan cerca?

-Parece asina...

Cuaró aproximándose, preguntóle muy grave:

-¿Qué bombeó, aparcero?

-Rabudos- dijo Ladislao, escupiendo con los labios fruncidos. Quieren venirse al humo. Cuenta Cresencio, el mozo de la estancia del Arrayán, que es baquianazo en el pago, que a cosa de la siesta estando él arrocinando un redomón, vido cruzar rumbo a las puntas una partida de lanza... De aquí a las puntas haberá dos leguas cortitas. Cresencio los bicheó de goloso; y como acampasen, se volvió de un tirón a avisarme que cuidase de la osamenta...

Por eso he venido de un galopito.

-Gracias, Ladislao. ¡Trataremos de recibirlos bien!

-Mire, amigo: -añadió el matrero, interrumpiendo a Luis María- dejé sola a la mujer en el rancho; y como quiera que las piedras rodando se juntan, me voy ya a buscarla, y de aquí a un ratito estoy de güelta con el carguero.

-Venite, y los peleamos lindo -repuso Cuaró.

-Ya mesmo. Soy baqueano en toda la costa del arroyo, dende las puntas al río... ¡Cuando enderecemos, ni el rastro! Si se ofrece, con poner cara fiera está todo listo.

Esto diciendo, Ladislao se fue.

Ladislao era un criollo de tez morena, pálido, casi lívido y ojos verdes, bien adornados de cejas y pestañas muy negras. Alto, membrudo, desenvuelto y ágil, tan gran jinete como «matrero», completaba su plenitud fisiológica una astucia de zorro y una osadía que solo da la costumbre del peligro. Mercedes, su compañera, constituía todo su consuelo; era ella quien retemplaba su fibra en la lucha cruda y hacíale amar la existencia. En las horas amargas ¿qué luz más hermosa que su cariño?

Lo duro de su destino reservábale sin embargo, esa misma tarde una prueba dolorosa...

Cuando salió de la picada, avanzaba ya el sol a su ocaso. El valle, las lomas, el monte en todas las lejanas perspectivas que la vista dominaba, aparecían desiertos. Arrimó entonces espuelas, y galopó a lo largo de la costa hacia su rancho solitario.



Nativa de Eduardo Acevedo Díaz

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