Nativa : 18

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Nativa : 18
El nido de torcaz

de Eduardo Acevedo Díaz


En la noche de ese día, Berón no durmió muy tranquilo, sin que ese desasosiego fuese ocasionado por los efectos de una herida ya cicatrizada; ni por la zozobra e incertidumbre en que mantenían su espíritu patriótico los sucesos del país, cuyo verdadero sesgo ignoraba a pesar de todas sus investigaciones y de los datos desfavorables que le había trasmitido don Luciano en sus visitas; ni por el recuerdo de sus padres por más que le mortificara con frecuencia, y a quienes había ya escrito por conducto de un capataz de «tropa», dándoles nuevas de su «excelente salud» y de las esperanzas que abrigaba de volverlos a ver pronto. Lo que lo tuvo inquieto, fue tal vez la impresión agradable recibida en su visita a las «casas», tan diferente a las que durante meses venía experimentando en su existencia errabunda, sometida a rudas pruebas y vicisitudes. Cierto es que él no se quejaba de estos sacrificios, que sentía cierto goce en haber conocido de cerca, casi en la intimidad la crudeza de la masa y cosechado algo de lo mucho que la vida enseña, y que aguardaba conforme y varonil mayores exigencias y amarguras, con la fe inquebrantable del que ama su tierra y profesa principios invencibles. Pero, este nuevo fenómeno sicológico que desviaba un tanto, apenas de producido, las preocupaciones constantes de su alma entusiasta y ardorosa, abriendo por decirlo así otro cauce a sus emociones juveniles, había sacudido todo su temperamento, rompiendo con la monotonía casi salvaje del médium, y ligádose en cierto modo con aquel amor entrañable al suelo. Explicábaselo como una recrudescencia violenta hacia los hábitos sociables, en medio de la naturaleza agreste y de la reversión de los instintos; y, prometióse seguir sus impulsos, en compensación de tantas acritudes de ánimo y soledades de corazón.

Así fue que, al día siguiente por la tarde, con un pretexto cualquiera, presentóse en la estancia vestido con su mejores prendas.

En el acto observó que su presencia no disgustaba, y que se le brindaban halagos que debían al fin empeñar aún más su gratitud.

Nata y Dora mostráronse muy atentas con él, sonriéndose al ofrecerle el «mate», o flores de sus embrollados criaderos de claveles, albahaca y cedrón. Por otra parte, la compostura de cada una, sin diferir mucho en el gusto, denunciaba un cuidado especial de la persona y ciertos rasgos visibles por demás de coquetería de ciudad aun en la sencillez del adorno.

Luis María no pudo menos de tomar nota de este detalle. Sin creerse él gallardo mozo, aunque en realidad lo era, lamentábase en esos momentos que el sol y el aire de las «cuchillas» le hubiesen quemado de sobra la piel, especialmente en la nariz; y que la «vinchuca», el abejorro y el «gegén», más que el uso continuo de los útiles del campero, le hubieran desflorado no poco la de las manos blancas y pequeñas con sus trompas. Quebrada estaba por el aliento de los campos la tersura de su rostro, que habría envidiado una mujer; pero, de ello no se tomaba tanta pena como por lo viejo ya de sus prendas de vestir, siquiera fuesen las de más lujo de sus maletas. Algunos zurcidos tenían, y botones de distintas clases pegados de tal manera por el liberto, que antes que ellos caería a pedazos el género. Junto a unos grandes de acero, otros más pequeños, rota la tela, dejaban ver la hormilla que sobresalía en extremo del canto, a fuerza de afianzar la cadenilla de los «avíos» que guardaba en el bolsillo del pecho.

Dora ponía el ojo escudriñador y vivaz hasta en estas minuciosidades, de las que se permitía hacer luego comentarios; pero, con cierta condolencia mezclada a un sincero interés.

Don Luciano, que había cobrado grande afecto al joven, llegó a suplicarle reiterase sus visitas con la mayor frecuencia posible y viniese a compartir con ellos el puchero y el asado, pues de ese modo platicarían diariamente sobre las cosas de la tierra, y lo podría él informar de algunas novedades de que llegasen a ser portadores los «troperos» y chasques de su relación que solían llegar de paso a las «casas», procedentes de Montevideo.

Mostróse Luis María muy reconocido a estas y otras deferencias, e hizo promesa de satisfacer aquellos deseos, aun cuando su estadía no fuera larga en el pago; pues, asistíale la convicción de que muy pronto volvería a encenderse la guerra en el país, en cuyo caso todos los buenos patriotas estarían obligados a estrechar filas.

Oyéndole expresarse así, con una ingenuidad impetuosa, el señor Robledo, que era paisano viejo y de «callo duro» como él decía, no podía menos de exclamar: «¡vean no más lo que es la fuerza de la sangre, por Dios bendito! ¡Eche hasta que se derrame guapo mozo, que de esa laya ya no van a crecer en esta tierra más que 'quebrachos' colorados!»

Después añadía: «¡Si las cosas pintan bien, ya han de asombrarse cuando miren ponerse de punta hasta los huesos viejos!»

Este arranque de don Luciano era sincero; porque en realidad, desde la partida del general Alvaro da Costa para Portugal con sus Voluntarios Reales, la situación del país se había agravado en exceso, y hasta los espíritus más tolerantes se sentían dominados por una sorda irritación.

La del buen hacendado, con ser personalísima, era la nota dominante en la campaña, como se verá después. De ahí que, en el fondo, él se identificase por completo con las ideas exaltadas del joven patriota; tan dueño sin embargo de sí mismo, como penetrado de los grandes destinos de la generación de su tiempo.

Estas visitas y conversaciones con padre e hijas, periódicas al principio, llegaron a hacerse muy frecuentes.

Aunque reinstalado en su antiguo alojamiento, Luis María venía todas las tardes a la estancia.

Como había adquirido cierto dominio sobre los hombres del monte, e inculcádoles línea de conducta, éstos concurrían a su vez a las «casas» y ayudaban siempre a la faena a toda hora, complacidos de corresponder así a una hospitalidad generosa. El mismo don Luciano, a pesar de las graves responsabilidades que con ello contraía, demostraba un interés vivo y creciente en atraerlos y contentarlos, disculpándoles sus faltas o demasías. «Estos cimarrones precisan que los acaricien -decía él;- al revés de las bestias que son hijas del rigor. ¡Sobran la carne, el agua y la leña, y todos somos hijos de Dios, canejo! ¿Por qué negarles lo que se comen y beben los perros bravos y los tigres sin permiso? ¡No hay que hacerle! Somos una misma familia.»

Berón por su parte, y sin sentirlo, iba encariñándose de las «casas» a medida que pasaban los días, al calor de amistosos afectos que en mucho disipaban sus repentinos desalientos y tristezas.

Estas horas de sociedad singular, hiciéronse imperiosas para él.

Paseos familiares; frases más o menos ardientes; episodios pueriles pero que revestían cierto encanto; reminiscencias lejanas de haberse visto en Montevideo más de una vez; confidencias naturales de sobre-mesa; comentarios a los incidentes ocurridos en el monte antes de entrar en relación -la «lechiguana», los tiros, la presentación de Esteban una noche; todos estos hechos, memorias y nimiedades que servían de tema a los jóvenes, crearon cierto vínculo de estimación que poco a poco fue consolidando el trato continuo y revistiendo de formas poéticas la naturaleza de la escena.

Unas veces en compañía de Guadalupe, perseguían juntos los pichones de patos entre los cardos de la orilla del bañado, cortaban penachos azules para «cuajada», acosaban con jarros de agua a los pica-flores, despojaban a los pitacos de sus ramilletes amarillos; y otras, reuníanse a la sombra de los «ombúes» a tomar «mate», e íbanse luego a pie hasta la orilla del monte en busca de flores de ceibo y de espinillo. Estas proximidades afianzaron el afecto y la confianza. Si se hubiesen suprimido de golpe, habrían ocasionado extrañeza y hasta dolor.

Una tarde, ya casi al ponerse el sol, Nata y Dora se aprestaban a montar a caballo para una excursión a la «isleta» -como ellos denominaban con arreglo al lenguaje de pago una determinada zona de terreno cubierto de árboles, algo apartada del río.

Poco hacía que había llegado Berón, y apeádose allí próximo a la espera de don Luciano, que debía regresar pronto de uno de los «puestos» y con quien a esa hora se reunía siempre.

Las hermanas se decían, conversando bajo:

-Tarde ha llegado hoy....

-¿Has visto? Y parece triste.

Dorila, subiéndose en un banco de madera que estaba junto a la pared, montóse ágil en su manso rosillo.

Antes de hacer Nata lo mismo, tiró un poco de la rienda al suyo, mirando hacia Berón de soslayo.

Su hermana siguió rápida aquella mirada con otra en que iba envuelta la sorpresa, e hizo andar algunos pasos su caballo, estimulándolo con su voz ronquilla.

Luis María se acercó, estúvose vacilante un momento, y luego avanzando dos pasos rápido, cogió el pie derecho de Nata, y la alzó de un envión, ofreciéndole enseguida el estribo.

Púsose ella muy encendida, estrujando con la mano el vestido y abandonando su lindo pie al joven que lo colocó en su apoyo.

Dijo, después, con la voz algo alterada:

-Yo creo que vamos a volver de noche, Dora... La isleta del talar está lejos.

¡Gracias! -añadió, sin oír la respuesta de su hermana, y mirando con dulzura a Luis María que acababa de apartarse algunos pasos.

Tembláronle a Dora las mejillas, atenta a la escena.

-No creas Natalia, es cosa de un galope -dijo con cierta acritud. -Me gusta la isleta por la cantidad que hay de nidos de cotorra, y de torcaz también, con pichones emplumados. ¡Ya verás cuántos vamos a traer!

-Bueno, -repuso Nata cavilosa.

En ese instante se les incorporaba don Anacleto, quien echó a andar adelante como guía.

Mantúvose Berón en el sitio un largo rato, mirándolos alejarse, hasta que la cabalgata se ocultó detrás de la loma. Habíase puesto pensativo, y sentía en su mano el calor del pie de Nata como si aún lo oprimiese en el estribo.

Luego, cual si hubiese adoptado una resolución, encaminóse con lentitud al cerco de la huerta en donde había dejado su alazán.

Una vez allí, lo acarició en el cuello, aderezólo bien ajustándole la cincha, echóle el brazo por encima del crucero y quedóse inmóvil con el rostro apoyado en la montura. ¡Ni una ni otra se habían atrevido esta vez a invitarlo!

En esa posición se estuvo un buen espacio de tiempo.

Cuando ya el sol se hundía rojo y enorme cruzando con sus últimos rayos débiles las copas de los árboles más altos, montó a caballo y se dirigió paso a paso hacia la loma, echado sobre el estribo izquierdo y modulando en voz muy baja una canción melancólica.

No sabía bien adónde iba, pero lo arrastraba un deseo vago al principio, luego insistente y ardoroso de acercarse como custodia de las hermanas.

Una emoción extraña le había puesto nervioso. En la loma se detuvo; parecía hesitar.

Desde allí descubrían sus ojos la «isleta» en el horizonte en una curva del monte, muy verde y tupida, bajo una atmósfera serena; solitaria, selvática, con sus frondas sombrías y pabellones silenciosos.

Como aflojase las riendas indolente, el alazán brioso tomó el trote largo y después el galope hacia aquel rumbo.

Dejóse llevar...

Nata y Dora, entretanto, se habían desmontado en un pequeño «potrero», reuniendo don Anacleto en un solo grupo los caballos debajo de un árbol.

Por complacer a Dora, el capataz se había trepado a otro y cortaba a golpes de «facón» una rama gruesa a que estaba adherido un gran nido de cotorras de cinco o seis entradas, por los que asomaban coléricas las aves sus cabezas con amenazador ruido de picos, mientras otras entrando y saliendo de su guarida erizada de espinas en loco desorden, agitaban el aire con agudos gritos y vertiginosos revoloteos. Dorila con un gajo en la mano, había tomado posesión de una horcadura, y allí sentada, aguardaba con creciente ansiedad a que se deslizara hasta ella la rama del nidal.

Natalia por su lado, discurriendo sola muy retirada de allí, daba vueltas a un tronco de robusto sauce en cuyo promedio había descubierto un nido de palomas. Lejos de alcanzar con la mano, necesitaba ella por el contrario escalar el tronco hasta su bifurcación, y esta dificultad la tenía perpleja.

De pronto cobró bríos, y pugnó a subir con ese empeño singular que provoca todo obstáculo.

Por dos o tres veces resbalóse suavemente, sin lograr poner la rodilla en la horcadura, lo que la hizo exclamar con pena:

-¡Imposible!...

Tentó por última vez, ayudándose con todas sus fuerzas.

Fue más feliz, y ganada la primera etapa, poco a poco avanzó en su ascensión, hasta encontrarse a algunos pies del suelo con gran asombro de ella misma, que llegó a temer de veras por el descenso. El nido, con dos pichones que al instante abrieron sus picos chillando y sacudiendo las alas sembradas de canutos amarillos, hasta mostrar el fondo del esófago, estaba a una línea de su rostro.

Después de tanto anhelo por cogerlos, no se atrevió a extender el brazo y apartó el semblante con un movimiento de lástima mezclado de disgusto.

Miró dos veces al suelo, y se cogió temblando de las ramas próximas, sobrecogida al parecer por una impresión súbita de espanto. Se había puesto pálida. No veía asidero ni apoyo para la bajada, sin el peligro de una caída recia en las hierbas.

Una paloma de monte, sin duda la madre, sacudió un momento sus alas entre las hojas, cerca del nido; pero la presencia de la joven la impuso, y dando un arrullo o queja lastimera fue a posarse en el árbol más cercano.

La soledad y el silencio de aquel sitio aumentaron la zozobra que se había apoderado de Nata, quien llegó a hacer dúo a la paloma con un lamento ahogado, al mismo tiempo que a cada intento retiraba sus pies del vacío.

Largos minutos iban transcurridos en esa posición difícil para ella, cuando el piafar de un caballo con coscojas le anunció la aproximación de un jinete.

Este jinete, que no era otro que Berón, no tardó en aparecer en el abra en donde se detuvo, echando pie a tierra.

Nata perdió el miedo, pero se quedó quieta y muda.

Luis María la vio desde el primer momento.

Callado a su vez se fue acercando al tronco, ya sin fijar sus ojos en ella, frío y respetuoso, parándose al fin a la sombra del sauce en actitud de quien espera órdenes.

Puesto de lado con los brazos sobre el pecho y el aire humilde, la joven se sintió tentada de hablarle. Haciendo un esfuerzo, dijo trémula:

-Vea usted, no sé como he subido... pues no hallo cómo bajar. Es este un tronco tan liso que parece una tabla...

Luis María se volvió con viveza, contestando:

-Yo ayudaré a usted, Natalia. -Es fácil: pone usted el pie en mi espalda, yo me inclino luego despacio y pronto está en tierra.

Al decir esto, el mancebo, a quien de pronto se le había iluminado el semblante, presentaba sus hombros a la joven encogiéndose de espaldas para recibir su peso.

Nata alargó un pie, y al ir a sentarlo hizo un gesto de angustia y, lo recogió, murmurando afligida:

-Así no quiero...

Dio entonces el frente Luis María y tratando de esconder su rostro poniéndolo de lado contra el tronco, tendió sus dos manos hacia arriba juntas y temblantes. Pensaría él quizás que no se acogerían a ellas; pero pronto sintió un pie tímido, luego otro, enseguida el roce de un vestido en su cabeza y cuello, y fuese inclinando hasta depositar su carga en el suelo, puesto él de rodillas, sudoroso, casi febril, creyendo con sinceridad que no pesaba más que un penacho de gramilla aquella linda mujer. Ya en lo firme, suspiró Nata, y de pálida que estaba un minuto antes tenía ahora el rostro radiante lleno de rosas, los ojos húmedos y los labios como una granada abierta.

Luis María se estremeció oprimiéndola dulcemente; pero, como fuese en incremento el deliquio, ella lo miró severa, y moviendo la cabecita rubia, dijo:

-¡Otra vez no!...

El joven la dejó libre, púsose de pie lentamente y se alejó algunos pasos. Nata hizo lo mismo, hacia el sitio en que se encontraba Dora, sin agitación ni apresuramiento; y al llegar a un recodo del monte, tras del cual debía desaparecer, volvió la cabeza y miró a Luis María con los ojos muy abiertos y una expresión extraña e indefinible.

En seguida se alejó.

Berón montó en su alazán. Sentíase un poco aturdido al acordarse de una media azul que cubría una pierna encantadora, y que él había visto, cuando las ropas se esponjaron indiscretas en el gallardo cuerpo de la joven al descender del árbol. No se daba entera cuenta de lo que le pasaba, llegando a imaginarse que todo lo ocurrido, no había sido más que un atrevimiento de su parte de que tendría que arrepentirse: pues «ella» lo había mirado con ceño de enojo, quizás por primera vez, reprochándole su arrebato de mozo irreflexivo y ligero. Y esa dureza de semblante era natural. ¿Tenía él acaso derecho alguno para permitirse semejantes libertades? ¡Qué pensaría el bueno de don Luciano, su amigo, si supiese esas cosas! Verdad que él no había podido reprimirse; pues aunque las dos hermanas reunían encantos, más que simples atractivos, -Nata parecíale más seductora, de un poder de sentimiento superior al de Dorila, que incitaba a cometer torpezas como aquella en que había incurrido...

Así preocupado, se fue lejos, sin rumbo, hasta que cayó la noche. Quizás sin quererlo miró por dos o tres veces a la altura, echando todo el peso de su cuerpo sobre el estribo derecho y deteniendo al alazán que olfateaba la querencia.

Era una noche sin luna pero de un esplendor maravilloso; una de esas noches cuya majestad se impone en los campos desiertos por las miríadas de luces que titilan en cantidad inmensa como menudo polvo de zafiros y rubíes, y en que la vía láctea blanca y resplandeciente como nunca desenvuelve de confín a confín su cendal vaporoso para hacer más vivos e intensos esos reflejos. Ninguna nube empañaba la atmósfera de admirable diafanidad. Sobre las copas de los árboles en todo el largo de la ribera, que no presentaba más que una línea difusa, aquellos resplandores se diluían en blanquecina fosforescencia, a su vez matizada de millares de luciérnagas y de «tucos», fantástica semblanza en pequeño de la gasa misteriosa de las alturas. Algunos grandes bultos negros se movían en la sombra proyectada por el monte, que eran grupos de ganado; oyéndose el chacarrear de los rumiantes, inmóviles en la ladera, y uno que otro relincho ahogado más lejos que denunciaba los encelamientos del potro, mordiendo tal vez con las orejas en repliegue y la cola recogida, a las potrancas indóciles que se apartaban del núcleo. Venían a intervalos de los esteros roncas notas de palmípedos, que se agitaban sin volar arrastrando por el suelo las puntas de las alas; voces que eran contestadas por el cauno, -imaginaria de los pantanos-, imponiendo orden de sosiego a los emplumados de menor cuantía.

Muy atento parecía Berón a todas estas cosas, aun que en realidad no eran ellas las que absorbían su espíritu, cuando un tropel de caballos a la distancia le hizo suponer y con razón, que don Anacleto volvía con los jóvenes a la estancia; hecho que confirmó bien pronto al percibir el eco de una risa fuerte de Dora, ruidosa y clara en la calma de la noche.

Bien podía él irlos acompañando. ¡Sin embargo, no sucedía así! Se sentía con rubor a la idea de haber descubierto sus deseos por arranques tan bruscos e impropios, y en sitio semejante, tratándose de una joven educada y honesta que sólo le había dado pruebas de dulce y cariñosa amistad, y cuyo padre merecía hasta el respeto de los gauchos malos por sus nobles prendas de hombre afable y hospitalario. ¿En que pensó él cuando eso hizo? Sin duda fue un vértigo, un arrebato ciego, efecto del tibio roce con aquel clavel de carne fresco y lozano en toda su fuerza de juventud; porqué él era bien nacido, con derecho a calzar espuelas y a considerarse por su origen y su rango por encima de los que hacían vida de instintos y de apetitos -sin otras influencias sobre ellos que las del clima y del desierto. De ahí que estimase en su verdadero valor el acto poco digno de que se avergonzaba, y que en sus efectos, venía a descubrirle a él mismo que aquella mujer no le era indiferente, que había estado escondido para ella en el fondo de su corazón un sentimiento entrñ5able de simpatía, y que a eso más que a otra causa, debía su pena las proporciones tal vez exageradas que le daba su conciencia.

Con todo, bajo estos escrúpulos e impresiones de dejo tan amargo, volvió por dos o tres veces las riendas para incorporarse a la cabalgata; pero, otras tantas desistió, agraviado consigo mismo, y por último encaminóse a su alojamiento. No estaba lejos el boquete que bien conocía, y por él se entró echado sobre el cuello del alazán paso ante paso, a su selva oscura.



Nativa de Eduardo Acevedo Díaz

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII
Notas