Nativa : 20

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Nativa : 20
Heridas de sable y flecha

de Eduardo Acevedo Díaz


Todo aquello fue obra de pocos momentos, al punto que don Luciano y el capataz apartados algunos metros apenas del teatro de la refriega, no tuvieron tiempo de asumir una actitud resuelta cualquiera viéndose en el caso duro de permanecer inmóviles hasta tanto pasara la avalancha que los sorprendiera a su vez, cuando ni pensado habían en la posibilidad de un choque sangriento. Disipada esa ráfaga de huracán, apresuráronse a socorrer a Luis María que yacía con el rostro en tierra bañado en su propia sangre, en una inmovilidad parecida a la rigidez de la muerte. Restañáronle las dos heridas que tenía en la cabeza, y ciñéronsela con dos pañuelos, cargando luego con él.

En la travesía, abrió dos o tres veces los ojos para quedarse de nuevo como aletargado, sin pronunciar palabra alguna. La pérdida de sangre había sido copiosa, sucediéndose a ella una debilidad extrema. Una de las heridas sólo había interesado el cuero cabelludo; pero la otra, más profunda y grave sobre el parietal izquierdo, habíale ofendido el hueso en parte.

Ya en las «casas», laváronle bien las dos, cortáronle el pelo en lo dañado, y acostáronlo en la cama del señor Robledo, -una «marquesa» fuerte de pino con buenas almohadas y colchones.

Ante aquel espectáculo, Natalia y Dorila andaban como sombras, echando de vez en cuando sus brazos al cuello de su padre, para besarle en silencio. Dora estaba pálida y parecía sentir algo extraño en el pecho, porque a cada instante llevaba allí su mano ansiando aspirar el aire con toda la boca abierta.

-¡Vaya, muchachas! -díjoles don Luciano-; todo esto pasará. Estén tranquilas. ¡Demonios!... Ha sido una escaramuza fuerte -un refregón de estos mozos con unos portugueses desalmados que saqueaban mi hacienda. ¡Todo se ha de andar, canejo! y hemos de poner las cosas en claro. ¡Qué atrocidad! ¡Si parece increíble!... Mira Natita... Tu hermana está un poco enferma, mejor es que se acueste. Tú arregla unas hilas y vendajes para el herido. ¡Pobrecito! Le debo todo, hasta estos huesos viejos que ya no sirven. Sí, hay que atenderlo mucho porque lo han golpeado como bárbaros aquellos entrusos cobardes, ¡que mil diablos confundan!... Arregla, hija, eso que te pido. ¡Cuando la madre sepa, se va a morir!... Si alguno de estos viejos-posmas fuese curandero, todavía la pena sería poca...

-Deja, papá -interrumpióle Nata-; nosotras vamos a cuidarlo, y verás como sana. ¡Dios no ha de querer que se muera!...

-Le pondremos las hilas nosotras -añadió Dora-; ¿vez? aquí tengo ya un puñado grande, ¡y estas vendas!... Nata le lavará las heridas, y yo le arreglaré el vendaje; o yo...

Ahogósele la voz a la joven en la garganta; y volvióse confundida, para ocultar su emoción.

-Sí, lo merece; ¡merece todo! -repuso Robledo.

Y pasándose agitado la mano por la frente, prosiguió como si hablase a solas:

-No sé qué consecuencias tendrá esta trifulca, mientras los cimarrones y «caranchos» se amontonan y dan cuenta de esos que han quedado boca arriba, junto al estero... Es lo primerito que van a encontrar cuando crucen el paso los «lagunistas»... ¡Demontre de cosas! De todos modos... ya nos arreglaremos. Ahora, a lo más urgente. ¡Tú Dorita a la cama!

-No papá, ¡si estoy bien! Mírame, y verás que no te engaño. Ya ni me late fuerte el corazón, que hace días estaba lo más malo conmigo... sin duda anunciando estas tristezas que habían de venir. Y ¿cómo has de querer que deje a Nata solita en ese trabajo?

-Déjala papá, que yo la cuidaré también a ella, si se ocurre.

-¡Bueno! Hagan como les parezca, y déjenme ir a atender otras necesidades. Ahí está el negro en el cuarto, para ayudarlos; que las acompañe Guadalupe también.

Fuese el señor Robledo por su lado, esto diciendo; y las jóvenes, al aposento del herido.

Continuaba éste en una especie de sopor, muy pálido y con los ojos cerrados. Esteban le contemplaba de pie desde un extremo, mudo y atento.

Las dos hermanas se acercaron al lecho sin trepidar, y descubrieron la cabeza de Luis María, sin molestarlo, con esa delicadeza propia de la mano de la mujer que se esmera en aliviar sin ser sentida. Lavaron las heridas con agua fresca, que trajo Guadalupe; y cuando esto acabaron de hacer, todas trémulas de emoción, cubrieron con hilas los labios de aquellas sujetándolas suavemente con vendas.

En esta diligencia, hesitaron un instante; hasta que, atreviéndose Nata, cogió con sus dos manos la cabeza del herido, y la levantó un poco de la almohada, diciendo con un acento que parecía un soplo:

-¡Ata!

Dora ató, moviendo sus delgados y nerviosos dedos con extraordinaria destreza. ¡Una hábil enfermera no lo habría hecho mejor!

Después de esto Nata dejó descansar la cabeza del joven, lo miró toda demudada, y apartóse algunos pasos, ceñida al brazo de su hermana tan conmovida como ella.

Berón volvió el rostro de lado y respiró con fuerza.

Ellas se miraron de súbito, con una expresión de íntimo contento. ¡Parecía retornar a la conciencia de la vida!

A poco, entró don Luciano.

El buen criollo acababa de mandar que se enterrase a los muertos en dos o tres hoyas o fosas bien excavadas, y que encima de la tierra que las cubriese, se echaran piedras sueltas en abundancia, o en su defecto ramas gruesas y espinosas de «tala» o de «ñapindá», al uso charrúa, para evitar que los carnívoros del monte sin excluir los yaguaretés que solían cruzar a nado hasta los pajonales espesos del norte, se citasen a un espantoso festín. También previno que se pusieran otras tantas cruces, confeccionadas con troncos de «sombra de toro», a fin de que se viera a su tiempo que se habían cumplido con los deberes cristianos, y en algo se atenuase el rigor de la represalia.

Sin duda alguna, era la adopción de esta medida lo que había esparcido cierto aire de satisfacción en el semblante del hacendado; quien se presentó más tranquilo y desenvuelto en el cuarto del herido.

Aprovechándose de su presencia, y estimuladas por su celo activo, las jóvenes se esmeraron en atender a todo aquello que convenía al mejor cuidado del paciente. Dora trajo una gasa celeste, que colgó doblada a manera de cortinilla o banderola en el ventanillo; y Nata acumuló en una mesa pequeña hilas y vendas muy blancas, un jarrón de barro cocido lleno de agua quitada del frío, y un frasco que contenía la sustancia o extracto de la corteza del «quebracho», reconocida como febrífugo excelente en la campaña, aunque casi nunca cedieran las fiebres a su influjo -o poder virtual.

Guadalupe por su parte, tan agitada como sus amas y como ellas tan lista para acertar en todo, había escogido la mejor gallina entre las que reposaban ya tranquilas en las ramas de uno de los ombúes; y cocinado un puchero que, en su concepto, debía saber muy bien al enfermo, aun cuando al espumarlo hubiese tenido que sostener más de una brega, de paso, con don Anacleto -entonado y crudo como nunca, después de la refriega.

Había acudido también Cuaró, a las «casas». Pero, sin penetrar en el aposento ni cambiar palabra con persona alguna, habíase sentado sobre los talones contra la pared; y en esa actitud, fumando, limitábase a mirar a veces al rostro de los que salían cual si en ellos buscase las nuevas que merecían su interés, sin incomodar a nadie ni ofrecerse tampoco, concentrado y humilde.

Al oscurecer, viósele todavía quieto en el sitio escogido, con el sombrero sobre los ojos, y la mirada en el suelo.

Esa noche, muy satisfechos de no haber hecho nada por la tarde a favor del conflicto, y reinando un calor excesivo, habíanse agrupado en la enramada el capataz, Calderón y Nereo para conversar de las ocurrencias y consumir sendas «cebaduras» de mate-cimarrón, alternando éste con otro brebaje más fuerte y estimulante.

Los dos últimos, atentos estaban y no poco, a la relación de don Anacleto; quien sentado en una cabeza de vaca con el sombrero caído en las espaldas y el barboquejo a modo de «vincha» en la frente, formándole la borlilla como un cuernecico de ternero entre los dos ojos, describía las peripecias y episodios de la jornada en un estilo capaz de preocupar aun los ánimos viriles.

Decía don Anacleto:

-Asina que repechamos la lomadita, se vido que la polvadera la levantaba un ganao como mosca... porque fuera de la hacienda del campo traíban los hombres y habían entreverao el vacuno y yeguarizo de otras marcas, arreando tropillas con yeguas madrinas, lo mesmo que los güeyes de carreta que repuntiaron por delante. La polvadera hacía como una nube de tormenta tapando todo el cielo, y al revolver de las vacas y lamentarse de las crías y chiflar de los soldaos que corrían y boleaban, víamos a ratitos pasar la bagualada cociando al cohete o al toruno que se comía los vientos, si ya no era un güey tropero que iba pisoteando las puntas de la coyunda rompida y metiendo ruido con las pezuñas...

Escupió el capataz de lado, tomó aliento, y prosiguió:

-El patrón quería enderezar a la gurumina; pero yo lo fui asujetando hasta que aclarase, porque desde que los ñandúes al juir iban chiflando a la cuenta les habían meneao plomo y la cosa no era atropellar al escuro...Ya encima del ganao que andaba como mula tahonera cuasi sin ojos ni conescencía, alcanzamos a ver el escuadrón de portugos, vestidos de ceniza y armaos hasta los dientes. En cuanto columbraron que había con quién tratar, unos quince o veinte y cinco abajaron las lanzas y se vinieron al humo tocando el trompa a degüello...

-¡Vea no más si fue fiera la cosa! -exclamó espeluznado Nereo.

-¿Y, después, don Cleto? -preguntó ansioso Calderón.

-El patrón se enredó en la muñeca la azotera del rebenque; y lo que esto vide, sofrené al overo, eché mano al «facón» y me tiré de lao para madrugarlos en la embestida...

-¡Ah, don Cleto listo!

-Sírvase de ese amargo para remojar.

-Pero el arrempujón no llegó, -continuó el capataz, sorbiendo con gran ruido el mate-, porque en un redepente la nieblina cambió de costao; y lo mesmito que una perrada cimarrona, el matreraje largó una ronca y cayó en el sitio a todo lo que daban los fletes, chuzcando al destajo, sin dejar a mi parecer, ni un melico vivo.

-¡Parece cosa de brujería!

-¡Peligra la verdá, canejo!

-Asina fue, y me caiga redondo si digo mentira!.....

Después de dicho esto con entereza, don Anacleto hizo sonar de un gran sorbo final la «bombilla» y suavizando en lo posible su voz bronca como quien se siente adolorido, prosiguió con tristeza:

-Y vean, aparceros; pasaron cuadros lindos para estilos en este combate fiero. Don Berón volteó de un revés con la espada a un mozo lampiño de ojos de venao, alardeador y vivaracho; y en viéndolo en el suelo, cuasi tieso, un matrero se tiró del pingo con un chafarote en la mano para despenarlo; pero al dir a hacerlo, el mozo le dijo con mucho sentimiento, levantando un brazo:

«No me degüeyes, porque todos somos hermanos. Tengo una madrecita vieja y una novia que va a ser mi mujer, que me aguardan las pobres rezando a la virgen santísima porque yo salga en la guerra sin lisiadura nenguna. Con la que me ha dao ese guapo me sobra para escarmiento, y no preciso de tu incómodo para dirme en sangre. Si querés que la viejita viva y la muchacha no se quede en un desmayo como pájaro tísico, envainá el chafarote y guardate estas patacas para tabaco y yerba, con más las botas y las espuelas.»

El matrero dentró en plática con él, y le contestó de esta laya:

«Mirá, hermanito: yo no puedo hacer lo que me pedís quejoso, porque a mí también me dio una mujer de mamar y otra me espera, y las dos están a los reniegos conmigo porque no las ayudo a causa de los tuyos que se han entrao en el pago sin licencia, arruinando a una gente que no se metía con naide, y que a naide tampoco tenía miedo. Asina, lo que yo haré en tu osequio, es dejarte una nadita de tiempo para que reces el credo; y en cuantito acabés de rezongar, no hay más sino conformarse.»

Iba ya a retrucarle el herido, muy pesaroso, cuando la torada se vino encima asustada con los tiros, y bufó... El matrero montó a caballo, y el ganao comenzó a pasar brincando y muy ceñido por arriba del portugués...

¡Nengún quejido largaba el hombre, y el ganao seguía pasando! La polvadera ponía turbio hasta el ojo; ni las aspas se vían en la disparada, aturdiendo más que mil cencerros el crujir de las chiquizuelas y las pezuñas.

Y seguía pasando el ganao, sin avistarse la cola, como avispas que salen del nidal y se van juntando de a poco, cerquita, en borbollón; o lo mesmo que se alborotan las hormigas cuando un animal yeguarizo mete la mano en el cerrillo, y lo achata de golpe y zumbido.

Y el ganao seguía cruzando...

Interrumpió aquí al capataz la voz de Guadalupe, que lo llamaba desde el patio y tras de ese llamado, la negrilla se apareció en el punto de la reunión, diciendo semi-colérica:

-A ver si viene don Cleto, que lo precisan... Parece que le pesaran los huesos más que a un muerto y que no pudiese con las tabas. ¡Muévase hombre de Dios, tan cargoso!... Todos afligidos en las «casas», y él prendido al mate muy señorón, como buey guampudo que mamase todavía...

Don Anacleto apoyó la cara en la palma de la mano, y mirándola de soslayo, contestó irritado:

-Siempre has de venir a meter tu trompa en la leche, mosca negra. ¡A volar que hay chinches!

Y dio un bufido.

Guadalupe desapareció.

Entonces, don Anacleto dijo:

-Voy a donde el patrón; pero agarren bien el hilo del cuento, por el gusto de acabarlo.

A esa hora las impresiones no eran nada gratas en el cuarto del herido, para aquellos que lo asistían. Habíasele declarado la fiebre en cierta intensidad, y sobrevenídole el delirio.

Ante semejantes manifestaciones, multiplicaban todos sus cuidados apelando hasta el último de los remedios o paliativos domésticos, y oían los consejos y advertencias de algunas vecinas viejas, que habían acudido a recoger informes de don Luciano con motivo del grave suceso de la tarde.

El mal, sin embargo, seguía un natural proceso, y no era la corteza de «quebracho» la que había de modificarlo por el instante, ni en lo sucesivo. La reacción y el restablecimiento del equilibrio perturbado, sólo debían esperarse por efecto del vigor de juventud del paciente.

El hacendado y sus hijas vieron transcurrir las horas en penosa ansiedad.

Ya al amanecer, calmóse algo el herido, quedándose en relativo sosiego.

Don Luciano había mandado al capataz a una de las estancias viejas del pago en busca de un paisano hábil para ciertas «curas», a falta de médico; cuyo paisano conocía el secreto de unas yerbas «infalibles», o por lo menos de una virtud «casi milagrosa» para las fiebres.

Pero, don Anacleto regresó al venir el día, sin haber conseguido encontrar a aquel bendito, ni aun en los ranches de sus comadres.

En cambio, sin que nadie le dijera palabra, Cuaró se apareció con el «tape» Ñapindá, advirtiendo que el hombre se había ocupado mucho tiempo en aliviar y sanar enfermos en Santo Domingo, y que era un curandero muy habilidoso.

Al mirarle la facha, con sus piernas desnudas y su chambergo agujereado en la copa, y un montón de hierbas en las manos, Nata dijo:

-¡Si no será preciso!... Ahora descansa bien.

El «tape» se cuadró militarmente, y contestó con pausa y gravedad:

-Dejámelo mirar, «guaynita»... ¡Verás que yo lo curo!

-Ay, ¿qué hombre es este? -dijo Dora con extrañeza-. Yo no quiero que toquen ahora que duerme, al herido. ¿Tú consentirás, Nata? ¡Tantos yuyos!... ¿Para qué sirve eso?

-Mirá, «cuñatay» -repuso el tape-: cocinando esta yerba se lava al enfermo con el jugo en la mañanita y tarde; y después, abrís estas hojas y las ponés en lo lisiado...

Y enseñaba una planta pequeña de hojas de un verde-claro, angostas, en forma de bayas o de vainillas, comúnmente llamada bálsamo y de aplicación constante a las heridas.

-El agua y las hilas bastan...

-Tampoco él lo consentiría -añadió Nata.

-Esperaremos hasta la tarde, señor curandero -siguió diciendo Dora con acento dulce-. ¿Por qué incomodarlo, cuando recién reposa!... Él va a darle las gracias así que se despierte y que sepa que Vd. ha venido con tan buenas intenciones...

El «tape» no insistió; y como, a pesar de todo, Nata le pidiera las hierbas, dióselas en el acto, y fuese muy contento.

Creía él de buena fe, como todo indígena de reducciones, que merced a aquellas plantas, «andoyara» o sea el diablo, no se llevaría al «chirubichá» tan fácilmente.

Ya pensativas, ya rientes, se quedaron las hermanas; y después de comentar el hecho, opinaron al principio por aplicar el bálsamo al herido, y luego resolvieron esperar a que éste despertase.

Las dos se habían dividido bien el trabajo; de tal modo, que ninguna podía pretender haber hecho méritos de exclusivo agradecimiento; una y otra reunidas o relevándose en el cuidado asiduo, por largas horas, siempre atentas al menor reclamo o movimiento producido por el delirio en el paciente, y en todo instante prontas para acudir a las tareas domésticas, parecían disputarse las frases cariñosas de don Luciano -a cuyo estímulo debían el haberse consagrado sin reservas a tal género de afanes y desvelos. Verdad es que, en el fondo, presidía a la actitud asumida por cada una de ellas una gran fuerza de buena voluntad, y hasta una decisión sospechosa; pero, de revelarla se guardaban, sin descuidar los mismos gestos; tal vez persuadidas, de que una manifestación cualquiera inconveniente de sus sentimientos íntimos respecto al huésped, podría ocasionar un quebranto moral doloroso en una u otra, dado que ambas abrigasen hacia él -como era de inferirse- un vivo afecto de simpatía. A partir de esto, procuraban ellas contentarse sin discrepar en lo mínimo; juntas se iban a su dormitorio; acostábanse a una hora determinada o con diferencia de momentos; conversaban mucho hasta calmar su excitación nerviosa; y caían al fin rendidas, para ponerse de pie muy temprano con más ánimo que nunca.

Al levantarse ese día sintieron gran complacencia, pues el paciente empezaba a reaccionar; y si bien su postración era mucha, la fiebre había disminuido de un modo considerable. Conocía a los que lo rodeaban y hablaba de vez en cuando con aplomo y reposo, mezclando a sus sorpresas palabras de agradecimiento.

Desde ese instante las jóvenes empezaron a su vez a hacer menos frecuentes sus visitas, sin dejar de atender al herido con el mismo celo así que era necesario renovarle los vendajes.

Pero, ni ellas podían menos de verlo dos o tres veces al día, ni él se conformaba de sus ausencias -cuando éstas se repetían mucho. Algo, como un vínculo estrecho de familia, se iba estableciendo entre paciente y enfermeras; vínculo dulce y cariñoso en cuya formación entraban la estimación, la confianza, la gratitud y quizás algún otro sentimiento oculto, que sólo esperaba una causa ocasional cualquiera para revelarse en todo su fervor.

Por algunos días, las cosas siguieron en ese estado, con gran satisfacción de todos y especialmente del señor Robledo, que no había visto producirse en su campo nada de sospechoso o alarmante, después del grave suceso.

El herido seguía mejorando, sin complicaciones de ningún género. Sentíase muy dichoso de encontrarse allí; y una tarde manifestó a Dora que éranle suficientes, cuidados de manos semejantes, para amar mucho la vida...

-Más que ingrato sería si no la quisiera, -díjole Dora.

-¡Me parece más hermosa que nunca! -contestóle él, con acento sincero y ardoroso.

La joven se retiró llena de cierto íntimo regocijo.

Más tarde, se preguntaba a solas: «¿Por qué le parecerá más linda, la vida? ¡Él, que parece desgraciado!»

Poco después, Dora caía en una melancolía extraña y sentía ansias de llorar.

Tan alegre y espiritual, sorprendíase de sí misma, quejándose de una opresión mortificante que abatía con su cuerpo el ánimo y le nublaba la vista. El corazón funcionaba a saltos caprichosos por momentos, y la cabeza parecíale bajo la influencia de un hálito o vaho pesado y letal, que la empujaba a un vacío sin término.

Cuando eso sucedía se quedaba muda, de una palidez casi transparente, con la mirada fija y sin luz, estremecida, fláccida, insegura. Así mismo caminaba un poco, buscando en el ambiente un consuelo; hasta que el desasosiego tomaba incremento, e inducíala a recogerse a tropezones, cogiéndose a las paredes y puertas, como herida en sus centros nerviosos por un golpe súbito.

Reclinábase entonces sin fuerzas, y quedábase inmóvil llena de sudores fríos; una, como grande burbuja esférica o globular ascendiendo rápida, parecía cerrar por completo sus vías respiratorias, hinchábale las venas del cuello, la asfixiaba, y desaparecía luego para dar lugar a un espasmo más o menos prolongado que la dejaba como muerta.

A estos accesos precedía siempre una laxitud de ánimo extraña en ella; una tristeza honda y desesperante que mataba el brillo de sus lindos ojos, la frescura de su piel y doblaba su cuerpo gentil lo mismo que se abate un tallo de flor bajo una ráfaga violenta. Cuando estos y otros síntomas se presentaban, ella misma arreglaba su lecho y arrojábase en él, buscando apoyo con las dos manos trémulas en algún objeto, capaz de resistir sus sacudidas precursoras o contracciones musculares. Los desmayos no tenían mucha duración, ni aparecía en los labios cárdenos esa espuma que mana lenta y desborda como impelida por una ola de amargura. Saliánsele un poco los ojos de las cuencas y quedábansele fijos; y esa fijeza aparecía más dura por la ocultación parcial de los velos parpebrales y una profunda alteración nerviosa.

Restablecíase pronto sin azahar ni éter, tan sólo aspirando el aire del campo y de la ribera. Volvía entonces su frente a serenarse, la luz a sus pupilas y el latido regular a su pobre corazón. Quedábale débil el cerebro, ya pasada lo que ella llamaba «gota coral»; pero, a las pocas horas se reconstituía por los medios y en la forma predichos, reíase, se divertía, paseaba y gozaba bien de sus horas de reposo. Figurábase que todo eso no era más que exageración de su sensibilidad «mimosa» y reprochaba ingenuamente a su organismo que se postrase y se hiciera el muerto cuando estaba tan vivo.

Después de una noche así pasada, y amanecida Dora mejor, Nata que había dormido muy poco, aprovechóse del buen estado de su hermana para visitar un instante al herido -cuyo cuidado había quedado por largas horas a cargo de Esteban y Guadalupe.

Entróse ella con alguna emoción en el aposento.

Luís María estaba solo; y al verla tendió la mano con ansiedad mal reprimida, como llamándola cerca de sí.

Detúvose Nata a mitad de camino, saludándole; y luego dijo algo trémula:

-¿Lo han atendido a usted bien?... ¿Cómo sigue?

-Bastante mejor, Nata, gracias a la bondad de ustedes. Creo que podré levantarme mañana, pues me siento con fuerzas.....

-¡Tanto me alegro!

-Agradezco mucho... sólo que ahora, una de estas vendas me molesta un poquito, y sin duda será porque... no ha sido usted la que me la ha puesto.

-Ah, por eso no... Pero será fácil remediarlo... Aquí hay otras que podrán reemplazarla en un momento...

-¡Qué buena es usted! Por su mano vendrá el alivio.

Nata acercóse a la mesa, y empezó a escoger el vendaje llena de agitación, sin contestar nada.

Con la cabeza fuera de la almohada, mirábala Luís María de una manera fija e insistente, como aprovechándose de aquella oportunidad feliz para contemplarla a su gusto, sin testigos, con una especie de íntimo deleite o fruición desconocida, nueva para él.

Bien luego halló Nata lo que necesitaba entre el montón de hilas y vendas; y, con no poca turbación, aproximóse a la cabecera del lecho, dulce el ceño y las dos manos por delante. Viola acercarse Berón, conmovido. ¡Ocurriósele recién que era muy bella!

La joven comenzó a desatarle la venda antigua; diligencia en la que hubo de detenerse por varias ocasiones, pues el herido se movía bastante, empecinado en mirarla de frente.

-¡Estése usted quieto! -dijo una vez, con aire resignado.

-Sí, haga usted; me hace mucho bien. ¡Quién no ha de curar así!... ¿Cómo podría corresponder a esta piedad, Nata?

-¡No es para tanto! -murmuró ella temblorosa.

Y cogióle la cabeza, a fin de pasar la venda por debajo, y ceñirla.

A aquel contacto Luís María se irguió un poco, y alargando las suyas enflaquecidas apoderóse de una de las manos de la joven, de un modo tan suave y cariñoso que Nata se la abandonó sin resistencia.

Los ojos de Berón tenían una expresión de ruego blando y humilde, y temblábanle los labios.

Acaso fui torpe -dijo- cuando ofrecí a V. mi ayuda... allá bajo el sauce; pero V. no me guarda rencor ¿verdad? Perdóneme. Fue un arrebato que yo mismo me eché luego en cara como un atrevimiento indigno de mi educación y de mis sentimientos honrados... V. merecía todo mi respeto. ¡Ahora, toda mi gratitud y mi cariño!

Y besó aquella mano con labios febriles, apasionado y vehemente, a la vez que con miedo, cual si temiese una repulsa cruel.

No sucedió así... Nata la retiró lentamente, ocultando con la otra su rostro, sonrojada y silenciosa, sin ánimo para balbucear una respuesta.

Luis María alentóse más ante esa actitud; e incorporándose del todo, atrájola hacia sí sin violencia hasta rozar con el suyo su rostro, añadiendo muy bajo:

-Debo a V. tanto, que no sé cómo pagar la deuda... ¿Será queriéndola a V., por siempre?

Limitóse Nata a mirarle con intensa ternura; y él entonces la besó en el rostro, antes que pudiese desasirse de sus brazos y arrancarse a su silencioso embeleso.

Ojos extraños observaban aquella escena...

Dora, después de ataviarse mucho y de mirarse risueña en el espejillo, que en forma de lente colgaba de la pared, dirigióse presurosa al aposento del herido, a cuya puerta se aproximó en puntas de pies por si aún dormía.

No había nadie en el comedor, pues don Luciano había salido al rayar el alba.

La puerta que daba al aposento estaba entornada.

Supuso que Luís María no estuviese solo; y miró antes por la rendija...

Vio a Nata de pie junto a la cabecera; pudo escuchar algunas frases, anhelante, y observó cómo el joven cogía la mano de su hermana y la cubría de besos.

Era esto ya bastante para desgarrarla. Con asombro vio, sin embargo, que no satisfecho todavía, llegó a oprimir entre sus manos la cabeza de Nata para sellarle con los labios la frente.

Quedóse yerta.

Durante ese día Natalia, ignorante de este detalle, sobre el que su hermana tuvo buen cuidado de hacer la menor referencia en sus conversaciones, mostróse muy sonriente y alegre procurando hacer a todos co-partícipes de su estado de espíritu.

A pesar de esfuerzos evidentes, Dora no pudo con todo sobreponerse a un dolor punzante que la mortificaba sin consuelo y que había venido a favorecer el mal que trabajaba de tiempo atrás su organismo.

Sentóse a la mesa sin apetito, pálida y como aterida, contestando con monosílabos o palabras entrecortadas a todo lo que se le decía.

Después, se fue a reclinar en el lecho.

Zumbábanle los oídos, sentía pesadez en la cabeza y en el corazón, laxitud en los miembros y una angustia en el ánimo fríamente implacable, hondamente penosa.

Nata, que había ido a sentarse a su lado, la besó con cariño.

No se reflejaba ya en su rostro la alegría; por el contrario, aparecía grave y mustia bajo la presión de un sentimiento real de disgusto; y sucedíale esto siempre que a su hermana le acometían aquellos desfallecimientos o quebrantos que la hacían juguete del vértigo.

Dora contestó el beso ciñendo con sus dos manos suavemente el cuello de Natalia, mirándola en silencio, húmedos y casi apagados sus hermosos ojos pardos, y contraídos los labios por un gesto de amargura.

Luego, preguntó:

-¿Sigue bien el herido?

-Mejor cada vez... ¿No lo has visto hoy?

Quedóse callada Dorila, acariciando entre sus dedos el cabello de su hermana; suspiró con fuerza, y al cabo de un rato, dijo muy bajo:

-No... Este mal no me deja; de un día para otro aumenta y me quita todo el ánimo... Discúlpame con él... que me alegro de su mejoría.

-Ahora te pasará, e iremos juntas.

-¡Recién me empieza! Verás que me destronca... Pero, no te ocupes de mí, pues ya sabes que no dura mucho aunque suele repetirse.

-Por lo mismo quiero estar aquí.

-¡Bueno!... Dame agua.

Nata le alcanzó un vaso de la mesita, que ella misma le puso en los labios.

Al beber, los dientes de Dora rechinaron en el vidrio.

Después de eso quedó más tranquila.

-El aire me hace bien -dijo.

-Vamos entonces a caminar un poco.

-Ahora, no. El sol quema... Cuando baje.

Tengo deseos de ir al sauzal, porque allí se me pasa pronto este devaneo.

-De tardecita, si quieres.....

-Sí -repuso Dora, animándose un poco de pronto-. Esperaremos. Pero, yo no quisiera que por mí dejases de ver cómo va el señor Berón... Mira: ahora me viene el sueño, y en durmiendo, ¡adiós nervios! Ya se me va el vahído, y cuando despierto, ni rastros de ahogos. Así es que puedes ir Natita, yo te lo pido, te vas a distraer más; y en tanto yo descanso lo mismo que un bendito sin moverme en cuatro horas, -¡para envidiarme las piedras... ¡Oh, qué dulce es dormir mucho, mucho!...

Y esto diciendo la joven, a quien se le iban coloreando las mejillas con un tinte vivo, acomodábase bien en la almohada y plegaba los párpados en disposición de entregarse a un sueño prolongado.

Nata lo oía pensativa.

Dora se incorporó de nuevo, expansiva y vivaz, añadiendo:

-¡Mira que es cierto que voy a dormir! Es tiempo, así voy a quedar bien... de lo que me alegro; porque hace días que todo el trabajo es para ti y Guadalupe, y eso no me parece justo. Seguro ha de ser que me llaman regalona...

-¡No tal!

Dora volvió a acostarse sin replicar nada, y cerró los ojos.

Al poco rato su respiración era tan tranquila y su aspecto tan reposado, que Nata la juzgó dormida.

Estúvose ella no obstante atenta algunos minutos más; y luego se fue, sin hacer ruido.

Sola ya, Dora que estaba despierta, lanzó un sollozo llevándose las dos manos al semblante, y gruesas lágrimas saltaron por entre sus dedos.... Gracias a ese lloro, cedió en parte el rigor de su afección.



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