Nativa : 21

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Nativa : 21
El remanso

de Eduardo Acevedo Díaz


Cuando Nata regresó horas después, encontróla llena de buen humor, lúcida, espiritual, dispuesta a uno de aquellos paseos a caballo que tanto la deleitaban y en los que al galope violento o a la carrera desenfrenada, su naturaleza excepcional parecía transformarse y adquirir una energía asombrosa, extraña a su sexo.

-¡Te aguardaba Natita! -dijo contenta, al verla llegar-. Pasearemos a caballo ¿quieres?

-¡Con mucho gusto!

-Pues no hay más que hablar...

Fijando luego sus ojos en los de su hermana, siguió diciendo con la mayor naturalidad:

-Nada me has dicho del estado de nuestro amigo. ¿Cómo sigue? ¡No seas egoísta, Natilla!

Sonrojóse ésta un poco, y contestó:

-Bien, siempre. ¿Por qué me dices eso?

-¡Oh, me conoces y no tienes por qué extrañar estas ocurrencias!... El pobre merece como dice papá todas nuestras atenciones. ¡Me alegro mucho Nata; con toda el alma! Así vamos a pasear más tranquilas como otras veces, a lo que den los rosillos, campo afuera, donde hay mucho aire y mucho verde y gamas y avestruces que escapan espantados al sentir el tropel...

-También me divierten a mí esas cosas; y voy a decirle a don Anacleto que ensille los caballos.

-Bueno, porque yo no he avisado nada...

Que se apronte Guadalupe también. ¡La pobre negra anda sin sombra hace días con todo lo que ocurre!

Así que Nata salió, sonrióse Dora con tristeza.

Lejos de arreglarse el cabello con el esmero de costumbre, recogióselo indolentemente en el coronal, donde lo aseguró, dejando colgar las puntas en desorden en la nuca. Ciñóse después por encima un pañuelo de seda color lila, a manera de cofia; púsose unas flores en el seno, al descuido, tréboles y alhucemas que Guadalupe le colocaba de continuo cerca de la cabecera; especialmente las últimas, cuya esencia alcanforada le hacía bien.

Ya pronta, fuese al patio; recorriólo ágil de extremo a extremo examinándolo todo como cosa nueva para ella; arrancó florecillas silvestres de plantas adheridas a los higuerones, que luego iba arrojando aturdida en todas partes; escogió otras que a poco, sufrían la misma suerte; corrió en pos de los pica-flores que se detenían delante de las campánulas de las enredaderas, o de los «mangangaes» que venían gruñones a entrarse en sus cuevas del alero; y, por último, púsose a perseguir al gallo criollo, que a paso arrogante y con aire prevenido alejábase de su implacable enemiga para cantar a su gusto en algún sitio solitario.

Detrás iba ella cautelosa con un gran racimo de saúco en la mano, atisbando el momento en que se pusiera en posición el cantor para lanzárselo a la cabeza, y convertir en chillido su nota estridente.

Pero, en esa actitud agresiva la sorprendió de improviso Nata, que la buscaba para advertirle que estaban listos los caballos; y como no hubiese ya medio de realizar su travesura infantil, arrojó el racimo riendo sin descanso, protestando abandonar tan solo el propósito «hasta mejor oportunidad.»

La tarde no podía ser más apacible y hermosa. Convidaba de veras a excursiones lejanas, y prometía una noche llena de majestad y pureza, con un lucero de admirable brillo en un espacio límpido y celeste. El sol acababa de esconderse, y de las hierbas brotaba un vaho de suave frescura con inhalaciones aromáticas que hinchaban los pulmones.

Las jóvenes en compañía del capataz, emprendieron desde el principio el galope sin detenerse en sitio alguno, trasponiendo «cuchillas» y bañados, y dándose apenas tiempo para cambiarse algunas frases arrancadas a la emoción producida por el ejercicio y la sucesión de los paisajes.

Parecían gozar realmente en aquellas carreras sin rumbo, por lugares que no ofrecían obstáculos, complaciéndose en hacer chapotear a sus caballos por los bajos húmedos y en levantar bandadas de patos y de chorlos que llegaban a reunirse remolineando en densa nube, y a los que Dora ponía mayor pánico agitando bien alto un junco que llevaba a modo de látigo en la diestra.

Detuviéronse al fin para tomar aliento, algunos minutos; otros tantos emplearon en marchar al trote, aflojando las riendas a sus rosillos sudorosos; y, siempre agitadas por el afán del movimiento renovaron el gran galope haciendo una extensa gira para el regreso.

Pasaron por delante de la isleta de los nidos de loros torcaces, y del boquete de los sauces.

Allí se pararon breves momentos, para mirar al río.

-¡Mi sitio predilecto! -exclamó Dora-. Hace días que no lo visito. Qué lindo es!

-¡Precioso! -dijo Nata-. Pero ya es tarde para apearnos.

-Sigamos -murmuró su hermana, suspirante-. ¡Ya vendremos!

En las «casas» las esperaban con la mesa puesta.

Con tal de que se divirtiese Dora, Guadalupe habíase resistido al paseo, y multiplicado su actividad en la faena doméstica a fin de que todo estuviese en orden así que llegasen sus amas.

Dirigiéronle éstas algunas palabras cariñosas al desmontarse fatigadas; y Dorila llegó a hablarlo con mimos, pasándole dulcemente la mano por el rostro.

Cuando la joven entró al comedor, notó que Nata se -había ido al aposento de Berón. Encontrábase allí también su padre. Oiánse claros los diálogos y las risas, y mezclado a aquellos una que otra vez su nombre, pronunciado con afecto por Luis María.

La voz del convalesciente parecía haber recobrado ya su timbre claro y su vigor.

Dora se había sentado cerca de la puerta de comunicación, apoyada la cabeza en la pared, con ese abandono propio de un cuerpo que se siente cansado, o al que ha invadido una repentina languidez. En apariencia indiferente a lo que cerca de ella ocurría, trabajaba sin embargo su espíritu el pesar profundo. Quizás el esfuerzo hecho para ocultarlo hasta en el paseo, la rendía ahora abatiendo todas sus fibras.

Consideróse sin ánimo para presentarse ante el herido, y aun para seguir escuchando lo que se hablaba en su estancia. ¿No sabía ya lo bastante? Nada debía esperar, después de aquella escena que ella había presenciado casualmente y cuyo secreto guardaba en el fondo de su pecho. Luis María amaba a su hermana y era correspondida... ¡Qué dichosos!

Mientras que así pensaba, vino Nata presurosa al comedor toda sonrosada y risueña, en busca de agua para el enfermo.

Tan feliz parecía, que no paró atención en la presencia de Dora, poniéndose a dar brillo muy afanosa al vaso en que debía verter el líquido.

-¡Cómo lo cuidas! -murmuró aquella con acento duro, y un gestillo irónico.

Nata se estremeció, alzando recién la vista y notando que no estaba sola. Aquel eco inesperado le llegó a lo hondo, como una queja herida.

No contestó, limitándose a mirar a su hermana con un aire triste.

El entusiasmo de un minuto antes la abandonó de súbito, para ser reemplazado por una expresión de pena y de humildad; y en tanto llenaba el vaso, temblorosa, nubláronsele las pupilas con un velo de lágrimas.

Alzó el vaso y volvióse siempre callada al aposento.

Dora se levantó y fuese tambaleante a su lecho, en el que se arrojó ocultando el rostro entre sus manos. Recorría todo su cuerpo un temblor convulsivo.

A pesar de los halagos e insinuaciones de don Luciano, que fue a verla, Dorita no se presentó en el comedor, ni probó bocado; pero, pasó esa noche en una tranquilidad relativa.

El sueño tuvo compasión de ella, y la acompañó algunas horas. Durmió sin excitaciones ni sobresaltos; y cuando despertó, observó que ya su hermana había abandonado el lecho.

Al contrario de ella, Nata no había podido dormir. Dos preocupaciones la dominaron en la sombra y el silencio: el estado de salud de Dora, y su reproche amargo...

Al ruido de los pájaros -que ansiaba con el alba- púsose de pie, menos inquieta respecto a lo primero; si bien lo segundo persistía dilacerante en su corazón, velando sus ensueños venturosos.

Fue este íntimo dolor el que la indujo a buscar alguna distracción cuando todo se mueve y alegra, hasta el gusano, bajo la luz de la mañana.

Anduvo; vagó mucho...

Más de una vez se enjugó lágrimas que venían del fondo y saltaban de sus ojos sin ella quererlo; pero este llanto suave, silencioso como el de las hojas y las flores venía envuelto en el aroma de un sentimiento apasionado y ardiente que en parte atenuaba el escozor de la pena doméstica.

¿Tenía ella acaso la culpa de haber sido preferida?

Juntas conoció él a los dos; tratáronle al mismo tiempo y lo cuidaron ellas juntas en su desgracia, poniendo cada una por su parte todo el empeño posible para ser querida... Él escogió. ¿Cómo convencerse la una o la otra de que no existía pecado que pudiese imputarse a cualquiera de las dos? El egoísmo en la pasión era natural; y ella, amaba. Explicábase recién lo irresistible del lenguaje de las afinidades sexuales y sentíase dominada en absoluto por la atracción del amor; mezclando a los encantos de su espíritu impresionado hasta el recuerdo pueril de las aves canoras, a quienes ella había visto desplegar todo el lujo de su belleza y toda la melodía de sus gorjeos para hacerse querer de sus humildes compañeras. ¡Algo parecido había hecho él con un arte encantador!

Ahora que la afligía esta pena, hallaba un consuelo en su deliquio íntimo; y por eso, cada vez que pasaba por delante del aposento de Luis María experimentaba como un ansia de verle.

En cierto momento no pudo al fin resistir.

Su padre, que dormía en el comedor en cama improvisada, era hombre a quien no sorprendía la alborada y tiempo hacía que se había ido a sus tareas en su caballo ruano de sobre-paso, en compañía de don Anacleto y Calderón. Esteban buscaba algo en la huerta para el almuerzo, en ayuda de Guadalupe.

Nata llegóse a la puerta del aposento, y llamó quedo.

Abrióse ésta de pronto, con gran sorpresa de ella; pues quien la había abierto era el mismo Berón.

El joven sintiéndose con algunas fuerzas, encontrábase de pie desde muy temprano, con el ventanillo sin gasa, como para que entrase a raudales el aire puro.

Al verle así arreglado y gallardo, aunque marchito y pálido, Nata no pudo contener una exclamación.

-¡Qué guapo!

-Ya ve V. -dijo Luís María, entrándose al comedor-. Los cuidados tiernos hacen revivir cuando vienen de ángeles como V.... ¡Pobre de mí, sin su piedad!

-¡Oh, no! Algo hice, que no vale el esmero de todos...

-Para mí, sí -repuso el joven cogiéndola de la mano con afecto cariñoso. En estos días lo que no podía hacer mi juventud ansiosa de vida, lo hizo la imagen de una mujer constante siempre ante mis ojos... ¡Gracias a V.!

Nata se sintió turbada, pero en el fondo dichosa.

Sentáronse los dos en un banco, juntos y apoyados en la pared, de modo que podían leerse en las pupilas, sin acordarse de nada -embebecidos en un solo y común deliquio.

-¡Me apena la idea de verme sano! -dijo el joven con emoción.

-¿Por qué?

-Porque, cuando ya lo esté, tendremos que separarnos...

-¡Ay, no!

-Será preciso; pero, nos veremos en Montevideo para no apartarnos más... Acabo de escribir a mi madre, que ha de sufrir por mi silencio... Le digo lo que he encontrado en medio de mis aventuras, le hablo de usted y le ruego que la ame como yo.

-¡Ah! ¿Sí?

-¡Verdad! ¡Qué más podría decirle?

Y estrechando la muy corta distancia que los separaba añadió en voz baja y dulce:

-Me quieres ¿no es cierto?

-¡Sí!

-¿Así como yo, con toda el alma?

Ahogósele la frase en la garganta a Nata, que apoyó su rostro en el hombro de Luis María, mirando con terror hacia la puerta de su dormitorio.

Él sin preocuparse de nada, la atrajo hacia sí vehemente y la besó en los labios.

Al sentir el calor de su boca, sacudió Nata la cabeza, desprendiéndose de sus brazos -y empujándole con las dos manos, tremulante- murmuró con angustia:

-Todo me quema... ¡Que no nos vean, Dios mío!

-Los ojos que viesen lo hallarán todo santo.

-¡Quién sabe!... Sea más juicioso.

Y reprimiéndole de nuevo en sus arranques apasionados, levantóse Nata encendida, con una de sus trenzas suelta y húmedos los ojos, alejándose hacia el patio a paso lento.

Poco después, Dorila se encontraba con su hermana junto a los higuerones, y decíale que había experimentado verdadero placer en saludar a Berón a la salida de su aposento; que lo había hallado muy repuesto y bizarro, aun cuando ella creía que necesitaba todavía algunos días de calma.

Mientras así hablaba, no separaba la vista de unas tintas o manchas róseas que Nata exhibía en una de sus mejillas, y que eran otros tantas huellas de aquel fuego que ella había sentido tan de cerca.

Nata comprendió la intención de aquella mirada fija y tenaz, y dolióse de su dureza. No era natural en Dora, y algo de grave debía pasar por ella. Tal vez había observado alguna de sus escenas de amor...

Viendo cómo se encendía todo su semblante, Dora cesó de mirarla; fuese rápida a uno de los higuerones de la enramada bajo cuyos torcidos brazos vivían frescos varios claveles del aire, y arrancando uno blanco mojado aún por gotas de relente, vino a colocárselo en el seno a su hermana, hablándola afable y riente, aun cuando era la suya una risa mezclada de llanto.

-Con esta flor que no es del suelo, quedarás bien con él -díjole-. ¡Debe gustarle, Natita! Verás que te lo agradece, por el buen gusto siquiera.

¡Ya quisieran ser así mis pobres alhucemas! -agregaba, oprimiendo las que tenía en el pecho y aspirando con ansia su acre aroma.

Luego, sin esperar la contestación de Nata, echó a correr como una aturdida detrás de un pajarillo que, recién emplumado surgía del alero, procurando ensayar sus alas.

Guadalupe, que miraba desde la puerta de la cocina, sintióse tentada a retozar y remangóse de súbito la «pollera», partiendo con la velocidad de una cabra montés en pos de Dorila.

Esta siguió corriendo alguna distancia en el campo, hasta que sintiéndose cansada dejóse caer sobre las hierbas.

La negra incorporósele resollante, con un pie sin chanclo perdido en la carrera y desprendido el pañuelo de algodón que llevaba en la cabeza.

Tendióse a su vez boca abajo, entreteniéndose en arrancar a puñados los pastos y en arrojárselos a su cráneo, de manera que bien pronto se vio cubierta de verde hasta los hombros.

-Si estuviese aquí Don Anacleto -decía la negrilla- diría al ver este pasto lindo, niña «¡quién juera güey pa pastiar!»

Y al expresarse así, intentaba remedar al capataz arqueando las cejas y removiendo los labios pulposos.

Dora reía a sofocarse.

Y como la negra se levantase e intentara volverse, exclamaba:

-¡No te vayas Lupa, todavía!

-Sí, niña. Se me va cortar el puchero. Voy a espumarlo......

Volviéndose a recoger el vestido, hasta enseñar las dos piernas con las medias caídas, emprendió de nuevo a saltos la carrera, ni más ni menos que una ternera que brinca retozando.

Otro ímpetu de risa dejó a Dora sin fuerzas, al verle por detrás la figura.

Enjugóse aquellas lágrimas de alegría, suspirando; y se quedó en muda contemplación con la vista perdida en las campiñas...

Al espirar ese día, Dora salió a pie de las «casas», dejando a su padre y a Nata en el cuarto de Berón.

Cerca de la huerta, Esteban le alcanzó un poco de agua, que ella tomó estremeciéndose.

En las pasadas horas había experimentado vértigos, a veces simples desvanecimientos.

Dolíale un poco el corazón. Caminaba casi sin firmeza, como llevada por un vahído continuado, o en alas de un viento fuerte. Parecíale a ella misma que había disminuido de peso y que le faltaba el aplomo natural. Con todo, nada de alarmante se manifestaba en su organismo; pues, aunque débil y destroncada, ese estado era en ella muy frecuente y de angustia pasajera.

Recorrió el trayecto sin tropiezo, hasta llegar a los sauces que mojaban en el remanso los extremos de sus gajos; pero, lo anduvo de un modo maquinal, como una sonámbula, ligera, callada, lo mismo que una sombra.

Cuaró y Ñapindá, que por aquella parte del monte se agitaban la vieron con extrañeza pasar sola por el abra, e ir a sentarse en el tronco del sauce que derivaba hacia el remanso ansioso de humedad, retorcido y tenaz, hasta hundir parte de su corteza en el río.

Y se quedaron atentos, con alguna sorpresa. La hora era avanzada. Venía la noche sin celajes negros, silenciosa y apacible; pero, noche al fin. ¿Qué iba a hacer allí, aquella joven?

En aquel sitio, la arenilla blanda y lisa del ribazo formaba un manto ceniciento cuajado de chispas luminosas; un poco más allá de ese acceso suave perdíase el pie, y caíase en lo hondo -especie de hoya circuida por plantas de largas raíces, cuyas anchas hojas asomaban verdes y lozanas en la superficie. Un leve escarceo producido en las aguas por un vientecillo suave acumulaba algunas ampollas espumosas, que se deshacían sin ruido en la ribera; rielaba en el plano terso una luz tranquila sin cabrilleos, ni escamas fosforescentes; y sobre este plateado manto que cubría el dorso del abismo, deslizábanse lentos dejando en pos fugaz estela, cisnes y patos viajeros. En el cuadro de luna formado entre acacias y laureles negros, a la derecha, una lechuza errabunda y solitaria agitaba chistando sus alas color de greda, de un modo fijo y persistente -como enclavada en un punto del espacio. Bajo otra situación de ánimo, quizás habría impuesto a Dora la soledad de este paisaje; pero, en el momento a que nos referimos no parecía ella prestar mucha atención a lo que la rodeaba. Abstraída, con los ojos fijos hacia adelante cual si siguiese una visión o fantasma misteriosa que sin alejarse mucho de ella, guardara siempre una distancia regular, erguía su busto gentil todo lo que era posible sobre el tronco que le servía de asiento, atenta al centro del río, como si encima de la canal correntosa flotara en forma de niebla su ensueño.

Tenía los pies colgando en el vacío, y solía cruzarlos y columpiarlos con la regularidad de un péndulo, siguiendo tal vez el ritmo del viento y los follajes; acaso el compás de alguna música triste que ella percibía en el extraño mundo de sus sentidos lesionados.

La verdad es que su afección cerebral no le permitía pensar con la lucidez de antes, aun después de extinguida momentáneamente; recuerdos e imágenes, ideas, cariños todo surgía incompleto, a fragmentos, en confusión en su cabeza; y cuando apoderábase de alguno de esos elementos de juicio no lo abandonaba hasta haberlo desmenuzado en íntimo deleite con la fruición con que un hambriento deslíe algo de muy delicado y dulce bajo el paladar.

Y así, a solas en ese paraje -en otros tiempos escena de sus puerilidades y alegrías- vio vagar en medio de súbitos desvanecimientos la imagen que vivía en su mente desde el primer día, y que ya no le era dado contemplar sino en la sombra como una esfumación tenue, casi incolora, de una ilusión querida.

A causa de sus accesos continuos, había descuidado ya sus trenzas, y mal ceñido su cabello enredado caíale en descompuestas guedejas sobre las sienes y los ojos, sin que ella se tomase la pena de apartarlos para despejar siquiera el campo de su visual. Tenía el cutis marchito, casi lívido, y grandes líneas oscuras bajo los párpados inferiores; la respiración irregular, el pulso inseguro, el labio tremulante, y en toda la figura esparcido un aire de indolencia profunda, de tal abandono de sí misma, que al observarla hubiera inspirado pena al más indiferente.

Suspiraba alguna vez, cuando de improviso un sacudimiento cualquiera, violento, epileptiforme, de contracción o recogimiento nervioso la conmovía toda, haciéndola cogerse con las uñas crispadas a la corteza del sauce.

Pasada la impresión, quedábase muy quieta, con las pupilas clavadas en el remanso sereno.

Llegó un momento en que sintió ansias de llanto, y una especie de vapor que empezaba a sofocarla interiormente.

Sobrecogióla el terror e hizo esfuerzos por separarse del tronco, volviendo sus pies hacia el suelo firme.

Dieron un giro lento y buscaron apoyo, a pocas líneas de la tierra, rozando las hierbas; pero, el cuerpo se dobló hacia atrás como un junco contorneando el sauce con los brazos tendidos y la cabellera suelta; quiso gritar mas no pudo; y poco a poco se fue deslizando ya sin sentido, hasta sepultarse suavemente en el remanso.

Cuaró alcanzó a percibir este chapuz de ave moribunda, y dijo a Ñapindá:

-¡Vení al río, amigo!

Los dos saltaron a manera de tigres, por encima de las malezas.

Apenas distinguíanse algunos círculos concéntricos en la superficie del remanso, que se alejaban hacia las plantas acuáticas, lo mismo que los que forma la caída de una piedra y desvanece pronto el propio equilibrio de las aguas profundas. Los patos y cisnes seguían bogando serenos por el cauce, sordos quizás al ruido misterioso de un minuto antes junto al ribazo.

Cuaró arrancóse de un tirón el «cuyapí»: el chiripá quedóse tendido en el suelo como una manta.

A medio desvestir, el teniente alargó sus dos brazos nervudos hacia el centro del remanso, arqueó su tronco atlético dando un brinco sólo comparable a la corveta de un potro herido por la espuela, y se hundió de cabeza en el río.

Saltó el agua revuelta hasta mojar el rostro de Ñapindá, espumeó y formó luego un gran remolino negro.

Las aves volaron, graznando.

Los remolinos se sucedieron aquí y allá por algunos segundos, como si en lo hondo se agitara algo monstruoso, rebasando las aguas en ligeras raudas las anchas matas y «camalotes» que flotaban en la superficie.

El «tape» que iba de uno a otro lado siguiendo las ondulaciones y burbujeos con ojo de «ñacurutú», obstinado en no perder la pista, había empezado a inquietarse y tirado su sombrero, cuando un resuello semejante al ronquido del «capivara» que ha rastreado mucho los fondos sonó entre las plantas acuáticas y la cabeza de Cuaró surgió arrojando dos gruesos chorros por las narices, toda sembrada de raíces y largas guías que había destrozado con brazos y hombros en hercúleas sacudidas.

A pesar de esos forcejeos formidables debajo del agua propios de un «yacaré» herido, no había largado su presa, pues traía a Dora apretada contra su robusto pecho, envuelta de la cabellera a la cintura con aquellos gajos verdes que a modo de serpientes aparecían como enroscadas en ella.

Ñapindá entró en el agua por esa parte, hasta el pecho, y le ayudó a salir con su carga, que juntos depositaron sobre las hierbas en el claro de luna.

Inclináronse los dos para mirarla bien en el rostro y notándola inmóvil y tiesa, con la boca y los ojos abiertos, el «tape» púsole sobre el corazón su callosa mano, que mantuvo allí algunos instantes.

Después le frotó fuerte las sienes y la frente con un pedazo de bayeta; y volvió a pulsar...

En seguida se puso a arrancarle gajos y guías, y dijo:

-Pobre la «guaynita»... Omanó. [17]

Con todo, colocó el cuerpo boca abajo, agregando:

-«Yopuy-janié»,Cuaró. [18]


[17]

Muerta.

[18]

Aprieta pronto.


Ambos hicieron entonces presión con las manos en las espaldas.

Salió un poco de agua por entre los labios descoloridos y yertos; pero, ni un suspiro, ni un movimiento de vida.

Las formas tenían ya el aspecto de rigidez.

Cuaró dio un resoplido ahogado, y se puso a vestir silencioso.

Lo hizo en un instante.

Luego se encaminó despacio hacia el cuerpo de Dora, levantándolo en sus dos brazos dulcemente, como si se tratase de un niño dormido; y echó andar rumbo a las «casas».

Por dos o tres veces quiso Ñapindá en el tránsito, rezongando, dividir con su compañero la carga, tendiendo las manos hacia el bulto de la pobre muerta; pero, él se detuvo una ocasión, y dijo con su acento bajo e incisivo:

-Dejála hermano, a la «guaynita»...

Y siguió su camino.

El «tape» lo hizo también detrás callado, a tropezones en la sombra.

Cerca de la huerta, oyeron muchos ladridos lejanos que parecían venir del otro lado del paso, furiosos y constantes.

Los dos se pararon; y el «tape» se acostó, poniendo el oído en el suelo.

-El «yaguá» grita en el « cagüipe» -murmuró.

Encogióse el teniente de hombros, y continuando la marcha, entróse en la enramada.

Violos Nata penetrar allí con aquel bulto inerme, y adivinando tal vez lo que ocurría, lanzó un grito agudo y corrió a ellos.

El viejo Robledo siguió sus pasos desalado.



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