Nativa : 3

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Nativa : 3
Los tres ombúes

de Eduardo Acevedo Díaz


Denominábase así una estancia situada sobre la margen del río Santa Lucía, hacia sus primeros afluentes; considerada entonces por sus numerosos ganados vacuno y yeguarizo como uno de los mejores establecimientos de campo. Pertenecía al hacendado don Luciano Robledo, criollo opulento y bien querido, sin que esto hubiera sido parte a que en las pasadas guerras, se le hubiese respetado en sus intereses en la medida del aprecio y buena fama de que gozaba.

El casco, «tronco» o casa principal se componía de un rancho de techo de paja brava, «cumbrera» y costaneras de «lapachillo» y «sauce negro», «tijeras» de quebracho, paredes de «cebato» o quincha con entretejidos de ramas de «ñangapiré»; dos ventanillas a la parte del oriente de alfeizares adornadas con macetas de rosas y claveles, puertas bajas y estrechas, pero de buenos cerrojos; y tres habitaciones -dos dormitorios a los costados y en el centro el comedor, sin otro solado que la costra dura y seca, con buen nivel. Paralelo a éste se levantaba a pocos metros otro rancho de dos piezas para peones, una enramada y cocina. Como adherencia, un horno pequeño también de «cebato». En la cocina, durante las primeras horas de la noche, ardían dos candiles, que unidos a las luces del comedor formaban una buena «luminaria», según el capataz. Las de la cocina consistían en dos cucharones ya inválidos llenos de sebo, con dos mechas de trapo por pabilos o núcleos de combustión, cuyos cucharones reposaban en dos marcas de hierro inservibles a su vez, clavadas por los mangos en el suelo a poca distancia del fogón. Extinguida esta «luminaria», quedaba el fuego alimentado por grandes ramas, de manera que en las altas horas, y aun cuando en parte las cubriesen las cenizas, enormes brasas reflejaban al exterior su rojiza lumbre, y servían para una nueva hoguera al despuntar la aurora. En medio del patio formado por los dos compartimientos, se veía el barril de agua sobre su rastra, y en desorden algunos arbolillos, enredaderas agrestes, plantas de saúco, recios higuerones y hermosos laureles. Notábase asco en el conjunto. El piso de tierra dura, limpio de yerbas, tanto en el patio como en las veredas cubiertas en parte por los aleros, se extendía plano por los contornos hasta la entrada de una pequeña huerta llena de legumbres, tronchudas hortalizas, albahacas, matas de sandías y gramíneas en grupo hinchadas de espigas.

La morada no dejaba de ser alegre, pues estaba blanqueada en su exterior y por dentro; las puertas y ventanillas tenían su mano de pintura verde; las plantas crecían airosas por el cuidado asiduo; y todo en sus detalles, revelaba la sencillez de costumbres del tiempo. Verdad que, en muchos sitios, lo negruzco del «cebato» se imponía a la capa de cal, y la madera tosca mal cepillada, al verdegay de la pintura; pero, no era posible exigir más en una estancia de hacendado rico, pues eso mismo era un lujo, el que no privaba a las avecillas y a los insectos que coparticipasen con toda inocencia de sus ventajas. En los extremos de troncos de las «tijeras», los «mangangaes» de fuerte aguijón habían horadado la madera fabricando hondas cuevas, a los bordes de cuyas aberturas circulares formaban excrecencias amarillas los residuos de su miel ardiente, y en ciertas horas veíanse llegar los vellosos insectos color de tabaco con sus presas entre las antenas fornidas, revolotear irritados en redor de las cabezas de los que en el patio estaban, zumbar un momento ante sus cuevas como inmóviles en el aire, al batir rápido de sus alas vidriosas semejantes al hielo de los charcos, y sepultarse al fin en sus tugurios con el dardo temible a la vista móvil y retráctil, por si acaso venía una agresión por retaguardia, -lo que solía ocurrir cuando a alguna traviesa se le antojaba pincharlos con una pajita-. Debajo de los aleros, el movimiento de vida era mayor. Allí, entre la pared de «cebato» y la techumbre de paja brava, como si las aves la considerasen masiega enorme sobre colosal terrón, habían formado golondrinas y «ratoneras» sus nidos primorosos de plumas y ramitas en gran cantidad; de modo que, siendo el periodo de la cría, sentíase al oscurecer y al alumbrar el día un piar confuso y plañidero que llegaba a revestir las proporciones de un coro o de una orquesta de flautas cuando se entraban las pequeñas madres con gusanillos y lombrices de tierra en los picos sacudiendo sobre las nidadas sus alas rumorosas.

El cerco de la huerta era mixto. De un lado, palos de sauce y molles a pique, asegurados por guascas peludas; de otro, exóticos agaves espinosos ya proyectos en su mayor parte, pues con raras excepciones, de cada planta que extendía a todos rumbos sus hojas erizadas de pinchos, se elevaba robusto un pitaco sólo comparable a un tubérculo o a un espárrago gigantesco, provisto de barbas fibrosas de un color negruzco como el del cogollo. Estos frutos o vástagos únicos del agave, que hienden el espacio a gran altura como últimas manifestaciones de la fecundidad y de la energía de la pita que luego se seca y muere, después de haber alimentado con sus hojas carnudas a los grandes bueyes aradores, no surgen ni crecen simultáneamente sino según la edad o grado desarrollo de la planta. Por manera que, de una parte veíase pitacos nacientes, blandos y jugosos en la cúspide, al punto de poder ser allí tronchados a un golpe de cuchillo, con su corteza verde-esmeralda y sa extremidad cónica -así tierna como el casquete de un hongo; y por otra-, liseras fornidas de coraza dura, con sus brazos recios en forma de arcos y sus ramilletes macizos remedando candelabros de antiguos veladores, en cuyas anteras amarillentas venían los colibríes en la hora del crepúsculo a libar su agreste polen. Trepadoras de florecillas moradas se enroscaban desde la raíz al pitaco en ciertos ejemplares, formando espirales de largas guías que en algunas se extendían lejos en pintoresca confusión.

Algo más allá del cerco, copudos y ramosos, se elevaban tres ombúes de amplia circunferencia, troncos gruesos de corteza ya grietada, raíces enormes que serpeaban sobre el nivel hendido, horcaduras en diversos ramales que servían de lechos a los gallináceos caseros, y grandes racimos de frutos verde-mar muy nutridos y compactos. Estos colosos tenían ya la cabeza calva y algunos claros en derredor, por donde penetraban veloces con las alas tendidas en busca de sombra, tordos y urracas bullangueras.

Veíase a poca distancia un corral pequeño para majada del «tronco» circuido de cardos en flor, de torcidos y nudosos postes sujetos con tiras de piel vacana, cerrado en la entrada por maderos entrelazados, de un piso blando y esponjoso en su interior -resultante, de ocho o diez capas de residuos, del que se alzaban efluvios azulados bajo los ardores solares a modo de humareda de ardidos cuyo fuego no se nota, pero que se difunde en el sub-suelo afectando toda la masa combustible. Estos vapores o exhalaciones brumosas cesaban así que la pezuña del enjambre oprimía la inmensa esponja y que nuevos materiales aumentaban su nivel, para continuar al día siguiente en densa niebla, adunadas las humedades del piso con el relente de la noche.

Junto al corral, hacia el bajo de la loma, se alzaba un rancho en ruinas lleno de agujeros con su «quinchado» de paja hecho polvo por las lluvias, paredes de tierra y cañas abiertas por doquiera y mostrando puntas agudas de travesaños y varas, desmoronado en la parte superior del «mojinete», con una puerta transformada en boquerón deforme y un ventanillo hecho ojiva descomunal por la acción del tiempo. De entre la paja disuelta salían «yuyos» y borrajas, así como del que fue pavimento -ahora recorrido por batracios y culebras. El cardo borriqueño con sus largas pencas y alcachofas circunvalaba la ruina en grandes matas, y la cicuta formaba espeso boscaje en un extremo -borrando toda huella de planta humana. En el interior, de una de las «tacuaras» laterales y sujeto a un gancho de asta de venado prendido a su vez en otro de alambre viejo, pendía una lonja de cuero duro, que había sido quizás la codicia constante del «tucu-tucu» y de la comadreja durante largos meses.

Después de estos escombros, la soledad extendíase por delante con su naturaleza selvática llena de accidentes y verdores eternos, murmurios de caudales de agua cristalina y sordos rumores de ganados, que en la puesta del sol se aglomeraban en una meseta a paso tardo entre bramidos, parándose a intervalos para arrojar la tierra por encima de los lomos recalentados o para chocar sus cuernos con ruido seco y estridente. Por esos sitios y a tales horas las perdices en parejas buscaban su yerba favorita o sus gusanillos de tierra; la gama erguía su cabeza airosa a la orilla de algún bañado para lanzarse a la carrera entre los arbustos, encorvado en forma de asa su apéndice caudal; y los ñandúes en grupos subían la ladera a paso mesurado, el cuello tieso, silbando melancólicos en coro extraño con múltiples reptiles.

En el fondo del declive de la alti-llanura que formaban en su nexo las cuchillas, seguían entre breñas su trayectoria culebreando las aguas de un riacho que concluía en plano descendente a espaldas de la huerta. Esta adyacencia de aguas a la tierra ligera de la planicie de capa vegetal mediocre, siempre dominada por el sílice, daba incremento a las malezas, a la mielga y al trébol, acumulando en su ribazo un verdadero boscaje verde y denso. En el borde opuesto, sobre un plano hendido que no era más que un estero, diversas hoyas o charcas por él alimentadas daban vigor y vida a los pajales, a las cardas, a los «ceibos» y a los juncos en enmarañado mapa de masiegas, trozos ramosos, islas de arbustos y prodigiosa masa de rectos bastones que encubrían esas humedades tan queridas de los palmípedos, así como tremedales temibles y «cañadas» silenciosas.

En la hondanada profunda corría el río, orlado de montes en sus dos riberas.

De una a otra escarpa del río, el doble velo o cortina de vegetación, ora tendiéndose amplio a lo largo de las márgenes sin dejar en descubierto claro alguno, ya ocultándose en los recodos bruscos del terreno para reaparecerá lo lejos siempre lozano y verde como un saurio colosal que escondiera en el horizonte la cabeza, presentaba desde la alti-llanura el aspecto de un solo bosque tupido e inaccesible sin permitir seguir a la mirada las sinuosidades y caracoleos caprichosos de la cuenca.

Algo encantaba, sin embargo, estos lugares solitarios; y era la presencia en el pago de las dos hijas del hacendado Don Luciano Robledo, Natalia y Dorila; quienes, huérfanas de madre, le acompañaban siempre en sus excursiones obligadas a la estancia. Ni una ni otra se hacían en ello violencia. Algunos meses de campo no las fatigaban, habituadas desde muy niñas a la vida promiscua de pueblo y campaña. Por otra parte, sus goces habían sido siempre limitados. La educación del tiempo no daba lugar al refinamiento de gustos; y de ahí que don Luciano recordase con frecuencia aquel proverbio «a lo que te criastes», cuando se exigía de él algo que no fuese discreto o no se encuadrase dentro del plan de su economía doméstica.

Si bien Natalia tenía el cabello castaño, llamábanle Nata la rubia, para distinguirla de otra de su mismo nombre pero muy morena que vivía en el campo vecino, y era como la virgen del pago por antigüedad y fama. Nuestra «rubia» superaba en exceso con todo, las gracias de su rival, sin dejar de ser criolla y tan dada como aquella a la vida campestre. Tenía unos ojos garzos grandes con pestañas espesas y cejas admirablemente arqueadas de un color casi dorado, la nariz fina y correcta, el cutis blanco sembrado de rosas frescas, pequeña la boca de labios finos, muy rojos, húmedos y un tanto fruncidos -verdadera flor de carne- que al entreabrirse mostraba una doble fila de dientes tan reducidos en su tamaño, limpios y parejos que bien parecían obra de artificio; la barba recogida hacia adelante con un hoyito en el medio, el óvalo perfecto con esa pelusilla propia de fruta incitante, erguido y saliente el busto, cuanto era de curvo el torso -como de persona que se ha ejercitado siempre en el caballo; y, por último, la mano y el pie armónicos -vale decir- éste de empeine alto y ancho aunque corto, y aquella de dedos regordetes con algunas grietas y punzadas de aguja en las yemas.

Esparcíase por el rostro de esta joven tal aire de dulzura y candidez, que inspiraba simpatía a primera vista, como si en él se retratase toda su vida interna -así cual se reflejan en melancólicas sombras los árboles, las nubes y las aves fugitivas en el remanso tranquilo de un arroyo.

Su hermana Dorila, menor que ella, pues contaba diez y siete años, de estatura media, delgada y flexible como un gajo de membrillo, morocha pálida de ojos par los muy vivos y penetrantes, muchas cejas, fosas hondas y oscuras, nariz de alas abiertas, boca grande de labio inferior carnudo, un lunarcillo sombrío cerca del hoyuelo de la barba, el pabellón de la oreja pequeña bien ajustado al rostro, cabellera negra abundosa cuyas trenzas formaban en sus extremos como penachos de crespas hebras, y pie bien ceñido al zapato -era una joven nerviosa e inquieta a quien parecíale bien hacer siempre su gusto, sin que la libertad de que gozaba impidiera no obstante, que a su corta edad cavilase a ocasiones y cayese en hondas tristezas después de exageradas alegrías.

Alguna vez se había observado, después de una carrera frenética en caballo criollo mal domado de crines a retazos, copete ralo y cola convertida en escoba por los abrojos -ya detrás de la manada arisca, ya en pos de los ñandúes salvajes-, que ella se apeaba junto al río, en la barranca del vado, y largando el cabestro, se sentaba en algún terrón del ribazo con la mano en la mejilla y la mirada fija en el agua dormida, como absorta, sin color en el rostro e inmóvil, al punto de que a su lado abatieran el vuelo los patos picazos y se lanzaran tranquilos al río sacudiendo las alas hasta rociarla con una lluvia de menudas y brillantes gotas.

Dora -que así la conocían- era por otra parte activa y diligente en los quehaceres domésticos, fuerte para la fatiga, hacendosa sin reservas, a extremo de que su hermana mayor hallaba descanso y consuelo en su fortaleza de ánimo.

Una y otra se levantaban con el alba por necesidad y por costumbre; juntas veían transcurrir las horas; y con el mismo hastío esperaban que llegase la del reposo, que era la primera a veces de la noche -con sus balidos de corderos quejumbrosos, sus cantos de gallos regalones y su aullar de mastines somnolientos.

Volvía la aurora a aparecer, y con ella idéntica existencia.

Cuidaban de la huerta y de unas plantas que daban flores olorosas. Cuando aspiraban con ansia sus perfumes se quedaban pensativas. Sobre el borde de un pozo pendían claveles del aire -blancos, anémicos, de un aroma suave- que demoraban muchas lunas sin abrirse, a pesar del rocío de la altura y del vaho frío del abismo; pero que, ya abierto el cáliz, se crecían bajo el calor de las manos y de los labios de las que en silencio buscaban como un placer solitario su dulce veneno.

Solían vagar juntas por el campo hasta la orilla del bosque o la ribera del río en las tardes serenas, sin hablar palabra, con los brazos cruzados sobre el seno y la mirada triste. Cuando marchaban a pie iban muy juntas rozándose la una con la otra, como movidas por el mismo esfuerzo, sonriéndose a ocasiones para cambiar luego algunas frases inconscientes o reírse a carcajadas de súbito por cualquier ocurrencia. Si paseaban a caballo acontecíale a alguna de ellas abstraerse, abandonar las riendas, separarse de su compañera a capricho de la cabalgadura que deteníase a intervalos a triscar las yerbas o a contestar con un relincho inmoderado los lejanos ecos de la «tropilla», en tanto su jinete tenía quietas las manos sobre el recado y los ojos en la línea del bosque o en los fuegos rojizos del poniente. La otra no menos ensimismada, bajábase entonces en algún declive y poníase a arrancar «macachines» o «huevillos de gallo» en la hondanada, que paladeaba luego sin mirarlos, si es que no los retenía en el hueco de la mano para irlos oprimiendo uno a uno entre los dedos y arrojarlos al pasto con un gesto de disgusto. Nata se iba así hasta el linde de la selva -inclinada e indolente- sin importarle al parecer el rumbo ni la distancia; -Dora volvía a montar, andaba algunos pasos, lanzábase nuevamente al suelo por cualquier detalle que lograba atraer su atención-, un «arazá» con frutilla madura o una flor silvestre de aquellas azules o moradas que se ponía con frecuencia en el pelo; y, otra vez en la montura, divagaba por aquí y acullá ora al tranco ora al galope, cuando no escalaba la cuesta a escape para sujetar de improviso en la cima, y quedarse allí contemplando los valles oscuros y lejanos.

Reuníanse a veces al azar, y regresaban maquinalmente sin ninguna impresión nueva que comunicarse mirándose con aire ruboroso, y en ciertos momentos seco y duro. De ello no se daban razón, ni la habían menester. El sello de la soledad impreso en sus semblantes las llenaba de una sombra más densa que la del sol y del viento.

Todo eso no implicaba que las moradoras de la estancia «Tres Ombúes» no tuviesen y se proporcionaran entretenimientos adecuados al medio en que vivían, aun cuando fueran sencillamente inocentes e infantiles. El señor Robledo no gustaba de verlas tristes. Excursiones a caballo, paseos en canoa, giras por las isletas y el monte todo les era permitido a condición de que no suspirasen en su presencia amortiguando su genial alegre. Nata y Dora que tenían cariño a su padre procuraban siempre complacerlo en este sentido, al punto de que cuando él las sorprendía en actitud pesarosa o taciturna, como aisladas y embelesadas, corrían en el acto la una hacia la otra, sonreían y se hablaban combinando en el momento mismo un paseo cualquiera en compañía del capataz o de algún peón de confianza, en hora que concluía la faena; o ya se alejaban del brazo rumbo a las cardas del estero, invitándose a buscar huevos de pata bajo las pencas, aunque luego se fueran mirando con aire distraído y caviloso y esa expresión indefinible que trasmite al semblante el cansancio o desmayo de espíritu a fuerza de pasárselo contemplando las monotonías del campo. Un mes largo llevaban esta vez de estadía, y todas las impresiones gratas que la naturaleza agreste ofrece al devaneo juvenil carecían ya para ellas de novedad; salvo las que, imprevistas y de cierta sensación, ocurrían a intervalo dando otro colorido a las escenas de la pradera y del bosque. Entonces parecían ellas reanimarse por algunos días durándoles el entusiasmo sin declinación sensible; hasta que en hora impensada, Nata volvía a su retraimiento, resistiéndose a las instancias de su compañera para continuar en el ejercicio activo. Tales treguas no podían ser tampoco prolongadas; y las jóvenes reincidían con cualquier pretexto en sus diversiones inocentes. La aguja y el bastidor llegaban a fastidiar también, siendo la traviesa de Dora la primera que se pinchaba un dedo, a trueque de andarse mañana y tarde por la orilla del bañado o del monte persiguiendo «aguaciles», pica-flores y pichones con la negra Guadalupe -a quién le retozaba todo el cuerpo de gusto cada vez que la niña salía atándose un pañuelo en la cabeza y la invitaba a correr por el campo libre; cosa que la esclava hacía como una gata montaraz ágil y resucita a saltos, caídas y zapatetas ruidosas que arrancaban carcajadas a la joven.

Una tarde, Dora invitó a su hermana para un paseo a la orilla del monte; paseo que, por otra parte, hacían con mucha frecuencia. Aceptó Natalia, siempre que se efectuara a pie. La distancia de las casas a la orilla del bosque era corta, y no valía la pena de ensillar los rosillos casi gemelos de que se servían en sus excusiones más apartadas. Dora había visto un día -colgante de una rama de viejo «tala» como un globo de cera virgen- una hermosa «lechiguana» cuyo aspecto incitaba a libar panales aunque fueran de insectos mitad abejas -mitad avispas, según la clasificación hecha por el capataz. «Casilla de miel» -lo llamaba ella. Sentía como un ansia de cogerla; pero, se hacía respetar el aguijón de sus dueños. De todos modos era preciso probar, y conocía ella dos medios de realizar la conquista, por haberlos visto poner en práctica en más de una ocasión a los mocetones del pago. Consistía el uno en rodear con una manta el globo de manera que quedase libre a los insectos la salida hacia el lado opuesto; la fuga se provocaba mediante un continuo golpear con las dos manos en la esfera, por encima de la manta, y a esas sacudidas sin descanso los insectos que abandonaban a grupos el nido se iban aglomerando a pocas varas en la atmósfera desorientados y aturdidos, hasta formar una nube densa casi negra en perpetuo torbellino. El otro, estaba exento de contingencias peligrosas. Era el de la prueba del fuego y del humo. Decidida a emplearlo, Dora se había provisto de los «avíos» de su padre -consistentes en una larga mecha de hongo seco resguardada en su canuto de metal, y en una piedra de chispa para producir la combustión merced al ludimiento recio con el eslabón; diligencia en la que la joven era experta a fuerza de ejercitarla siempre que don Luciano sacaba en su presencia una tagarnina y la ponía entre los labios mascándola en la punta.

Emprendida la travesía, y ya en la orilla del monte, dijo Dorila a su hermana con tono animoso:

-Vas a ayudarme Nata, a juntar esa leña.

-¿Para qué, traviesa?

-¡Verás! Allí en el abra cercana, donde están los espinillos y «talas»; en uno muy alto y resquebrajado que se cae ya de viejo, hay una «lechiguana» enorme...

Esto diciendo -separaba bien las manos, con los ojos muy abiertos y expresivos.

-No quiero nada con las avispas, -contestó Natalia al momento.

-No seas tonta, que nos pondremos a distancia.

-¿Acaso vas a tirar de un «maneador» la «lechiguana»? Se van a venir zumbando por la soga...

-No, no será con lazo...

-¿No ves que te pido juntemos leña?

-Es otra cosa, -repuso Nata comprendiendo.

-Pero, esas ramas tienen espina... Cargará con estos palitos secos y lisos que están lejos del ortigal.

-Carga con los que quieras -que yo les daré fuego con la yesca a los más chicos y fofos.

Las dos jóvenes se pusieron a reunir la leña caída y dispersa al pie de los árboles, en dos hacecillos; y, riéndose de la tentativa, fueron a deponerlos cerca del sitio designado.

Dora envolvióse bien la cabeza y rostro con un «rebozo» de lana que expresamente había llevado, sin descubrir otra cosa que sus ojos lucientes -llenos de vivacidad y malicia.

Después comenzó a acumular pajas secas debajo del «tala» -a cuyo alrededor iba colocando luego gruesos leños a medida que Nata se los aproximaba toda trémula y nerviosa.

El globo colgaba inmóvil -percibiéndose claro un sordo zumbido de enjambre, y en su capa exterior resquebrajada semejante a un hojaldre de harina morena se movían presurosos revoloteando a veces para posarse en seguida, dos o tres insectos que eran los centinelas.

Dora dio al fin fuego, sopló la hojarasca que bien pronto ardió chisporroteando, y ella alejóse unos pasos muy atenta -por si aquella se consumía sin comunicar su llama a las ramas fuertes.

A las primeras volutas de humo, los centinelas se entraron por la única abertura que debajo presentaba aquella pasta parecida al papel fabricada con raspaduras de corteza de sauce tierno mezcladas con saliva; y, a pocos instantes, salían en tropel los porta-aguijones con sus cuatro alas trémulas y sus cuerpecillos amarillos con fajas negras húmedas todavía, para lanzarse en compactos escuadrones sobre el común enemigo.

Natalia, que divisó en el acto la nube, y sintió en la mano un ardor punzante, dio un grito y escapóse.

Dorila -la avispada y avizora- ya se había puesto en salvo corriendo a lo largo de la orilla.

Acababa de sentarse en un troncón caído -encendida y jadeante- a la vez que aturdida y alegre, cuando acertó a pasar al tranco en su zaino oscuro el capataz de la estancia.

Era éste un hombre maduro, muy formal, con su melena canosa caída al descuido sobre los hombros, el barboquejo a mitad de su luenga barba y una cola de cigarro tras de la oreja: firme en los estribos, el mirar de mastín sin dientes, y la nariz en extremo curva hasta rozar casi el boscaje de sus bigotes.

-Vea, don Anacleto -dijo Dora todavía riendo;- por allí se me cayó el «rebozo».... a causa de mucho correr con esta miedosa de Nata... ¡Hágame el favor de alzarlo, si no va a priesa!

Y le señalaba el punto, con el brazo tendido.

El capataz sofrenó su caballo, y mirando adelante preguntó con voz muy bronca:

-¿Será el mesmo que blanquea, arrimao al abra?

-Ese es, don Anacleto.

El capataz bien tieso, hincó espuelas, y pronto estuvo en el lugar.

En ese momento las abejas salvajes en tumulto se arremolinaban en la atmósfera volteándose hasta el nivel de las hierbas como enloquecidas por el humo espeso de un fuego sin llamas. El paisano viejo y experimentado comprendió el peligro; su caballo azaetado de súbito por los aguijones dio un corcovo y quiso arrancar a escape -cosa que pareció vergonzosa a su jinete- quien, sujetando riendas, azotó el aire con su rebenque; pero, sin haber aún logrado recoger el «rebozo» fue tan furiosa la avalancha de avispas sobre su persona, que don Anacleto barbotando un juramento -que el zaino oscuro acompañó de un ronco bufido, partió como una flecha rumbo a la loma sacudiendo la cabeza y refregándose la nariz, en tanto le columpiaba en la nuca el chambergo dejando su calva al aire libre.

Reía Dora con todas sus fuerzas al observar la escena desde su sitio de descanso; y más aún se le aumentó la risa al incorporársele. Nata -quien le enseñaba compungida la hinchazón de su mano.

-¡Muy rica tu miel, perversa! -exclamaba Natalia resentida. No contenta con esto has metido al pobre don Anacleto en el avispero...

Con las manos juntas por delante de las rodillas, Dora seguía «hamacándose» con deliciosa alegría en su tronco, sin hacer caso de las lamentaciones de su hermana, que concluyó a su vez por contagiarse.

El capataz había desaparecido tras de la loma, sin el intento al parecer de volver grupas.

Bajaba el sol, y las sombras empezaban a difundirse en la orilla del monte.

Proseguía a intervalos el acceso de hilaridad infantil de las jóvenes, cuando Nata creyó oír algunas voces, como de dos personas que hablaban entre los árboles.

Luego, de súbito, dos cabezas aparecieron entre el ramaje; la una, de hombre de barba negra, muy pálido y mirar huraño; la otra, de joven de bozo apenas, tez blanca y ojos de extraño brillo circuidos de sombras.

Las jóvenes oyeron murmurar al de barba negra en un acento dulce que contrastaba con la dureza de sus facciones, algo que se refería a Nata.

Dora cesó de reír, y dijo a su hermana temerosa:

-Vámonos Nata de aquí.

-Sí -respondió ésta sin titubear, toda estremecida.

Sin añadir más palabras, una y otra unidas de la mano, huyeron veloces.

En ese instante de singular sorpresa no se acordaron del «rebozo», ni de la «lechiguana» tan codiciada; y bien pronto traspusieron el grupo de «laureles negros» que adornaba en parte la falda, detrás de la huerta.

Una vez dentro de ésta, detuviéronse recién a respirar junto a la línea de pitas seniles que ofrecían excelentes ladroneras de observación.

Aparte de los del establecimiento, en raras ocasiones se veían hombres en aquella porción del monte, pues el paso o vado estaba lejos de allí. Ni tropas de ganado ni convoyes de carretas cruzaban desde luego por el rincón, dando motivo a vivacs o campamentos. El bosque en tales lugares era muy intrincado y extenso, formando una sola bóveda con la vegetación de las isletas y la selva colindante. Del lado opuesto, en cuanto caía bajo el dominio de la mirada, sólo se distinguía en una loma una casa de negocio, la que era a la vez una especie de fortín con sus enrejados de resguardo y sus troneras bien dispuestas para abocar fusiles o escopetas. Esa casa se encontraba en la dirección del vado, y en la zona que dominaba -de buenos pastos y abrevaderos- pacían siempre las boyadas de las carretas. Desde la alti-llanura de la estancia de Robledo, y a favor de un catalejo a propósito de que hacía uso don Luciano para descubrir el campo, percibíanse claramente todas las novedades y movimientos de las haciendas que refluían al paso -verdadera válvula que daba salida a irrupciones semi-salvajes y a la vez fecundas de ganado- flor, novillos bravos o manadas de potros y yeguas ariscas. Oíanse vibrantes también en las tardes tranquilas las voces y gritos enérgico de los troperos o conductores al azuzar la vacada; y solía verse cómo al azotarse ésta con violencia al río después de resbalar en tropel por la barranca, un cúmulo de cuernos y cabezas se abalanzaba en tumulto entre grandes remolinos de espuma, para arrancarse al fin sobre la escarpa con el redoble del trueno.

Las carretas con sus grandes toldos de cueros, sus culutas rellenas y sus ruedas enormes, cruzaban de noche a veces por los campos de la ribera opuesta, rumbo al vado perturbando la honda calma con el ruido de sus pinas y de sus ejes resecos, y las voces imperativas de los picadores: -«¡Barroso!» -«Anda Yaguané.» -«Huse Chorreado»... -«¡Amoroso!»

Por lo demás, novedades de distinta índole eran raras.

No se explicaban las dos hermanas, cómo otros hombres que no fuesen «matreros» y del género temible, anduviesen en el monte de la estancia -casi encima de las casas. De ahí que se sintieran con miedo, sin que su natural espanto excluyese una curiosidad tan viva como cercana al interés.

-¿Te fijaste cómo te miraba aquel de la barba negra, Nata? -decíale su hermana. Tenía ojos de hombre malo... o de robador de mujeres.

-¡No me aflijas Dios del alma! Si parece que lo veo todavía con su cara de muerto metida entre las ramas y el sombrero sobre la oreja.

-El más joven se quedó callado -repuso Dora con aire reflexivo, puesto el dedo en la boca y atenta la vista en el monte-. ¿No vistes que sus ojos era muy raros?

-¡Qué he de ver aturdida, si me tembló todo el cuerpo lo mismo que si hubiese pisado un escuerzo!

-No era para tanto hija, que al fin nada nos han hecho esos hombres.

-Lo que es para otro «camoatí», no me encuentras, desde ya te lo aseguro. Esta noche pongo los «trastes» contra la puerta.

Dora se echó a reír, y corrió a otro «portillo» para seguir mejor su pesquisa -todavía sofocada y arreglándose el cabello; en tanto que Nata se sacudía los abrojos del ruedo del vestido, y lo levantaba a cierta altura, temerosa quizás de haber enseñado demasiado su hermosa pierna en la fuga.

Nada que inspirase sospecha vio Dora en la orilla del monte. La sombra densa invadía ya a prisa aquellos sitios solitarios, por los que atravesaba de vez en cuando a paso tardo uno que otro animal vagabundo. El sol poniente diluía su luz sobre las copas más altas formando como una franja de oro sobre terciopelo verdi-negro, y denso y tibio el aire no movía hojas ni penachos.

El capataz traía al encierro la pequeña majada del «tronco», al paso, con la diestra sobre el mango del rebenque, entre cien balidos plañideros.

Al divisarle, Dora le hizo con la mano un saludo picaresco.

Don Anacleto llevó por detrás con el dorso la mano al sombrero -que hizo deslizar hasta la nariz, y mientras se lo volvía a encasquetar muy grave, murmuró con sorna:

-¡Corazón ladino! Jugándose con el paisano viejo... ¡Cómo si no supiera yo con qué pican las avispas!...



Nativa de Eduardo Acevedo Díaz

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Notas