Nativa : 5

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Nativa : 5
Los cuentos de Don Anacleto

de Eduardo Acevedo Díaz


La comida fue breve, y contra su costumbre, don Luciano se mostró grave, y las jóvenes taciturnas. Poco de nuevo se habló sobre el episodio del día.

Presentábase muy hermosa la noche. Las hermanas se pasearon juntas largo rato en el patio, hasta sentirse fatigadas.

Entonces sacaron del dormitorio unos bancos pequeños que pusieron a tino y otro lado de la puerta del comedor y se sentaron en ellos -con ánimo al parecer de aspirar aire libre buenos momentos. En realidad, corría una aura deliciosa.

Vino el viejo capataz a hacerles compañía, según su hábito antiguo; aunque esta noche, con un ceño de marcada desconfianza y miradas escudriñadoras hacia el monte.

Púsose una colilla de cigarro detrás de la oreja, y callado en cuclillas contra la puerta, observaba a las jóvenes, con las manos juntas entre las rodillas, el sombrero en la nuca y el barboquejo debajo de su nariz de garra -la barba canosa muy revuelta y doblada hacia el pecho y los ojos un tanto asediados por vejigas carnosas, fijos en la zona más oscura.

Dio una tos bronca, y siguió en su silencio.

Las hermanas se miraron, sonriéndose.

-Empiece un cuento don Anacleto, -dijo Nata-. Se va usted haciendo un poco remolón.

-No crea niña Natalia. Es que se nos va el humor a los viejos cada día que pasa, y semos asina como cuerda de guitarra que es fuerza afinar para que suene.

Bueno, yo la afino -repuso Nata con dulzura.

-¡Quién no ha de contar!... Pero yo no caigo en una cosa a gusto que venga a pelo, por complacerla.

-Cuento de amores.

-De amores ha de ser y con abrojos niña -que nunca el hombre es de suerte, por lo mesmo que es engreído.

Cuando le toca la china parece cosa de milagro.

-Nosotras no somos más afortunadas, don Anacleto -dijo Dora simulando la mayor pena.

-A según y conforme, -respondió el capataz, con una tos grave. Cuando yo era mozo tenía muchos amigos, y no conocí a ninguno satisfecho por buena correspondencia o por aquel gusto que él se propuso sentir, eso que eran de chapeado y virolas, muy garifos en sus fletes, y de fama en el pago. Al ñudo se encalabrinaban todo a una, tendiéndole el ala a una moza muy garrida que moraba en una cuesta del valle, entre las toscas de la serranía, lo mesmo que pájaro huido; y no faltaba alguno que se ponía escapulario por alcanzar la gracia. Era de balde. La moza no caía en el lazo de los requiebros, ni en los ardiles de la trova: ni trampa de pie de amigo -ni otra cosa es con guitarra. Ubalda miraba a todos igual, y al mirarlos los consumía como si fuese basilisco; por lo que ya magros de carnes los mozos -unos decían que a la cuenta era hija de bruja, y otros- para peor, que era engendro de murciégalo y de calandria...

-¿Ese es el cuento, don Anacleto? -interrumpióle Dora con aire de mucho interés.

-En el comienzo voy. Para decir verdad, es una historia que pasó, y no invento que se me antoja.

-¡Qué linda debe ser! -dijo Nata-. A mí me gustan las cosas verdaderas.

-Ya estoy ansiosa -añadió Dora sonriendo.

El capataz se recostó bien contra la pared, mirando las estrellas; y luego de acariciarse la barba, prosiguió muy formal:

-Una ocasión cayó al pago un mozo forastero como de veinte o treinta años con la cara hoyosa, los ojos de lechuza medio salidos, nariz que parecía un «bircuyá», paletas grandes y muy dientudo el hombre, con el pelo tieso como crin de chivato, -que se llamaba Nicasio de apelativo;- y junto con el llegar de este forastero fue alboroto, como quiera que la gente del pago era medio tentada de la risa.

Nicasio no se fijó en eso diciendo que cuasi todas las risas, por ser de envidia, se parecían a las roncas del gato: muchos dientes finos, muchos bigotes tiesos y mucho lomo hinchado. Asina feo como era se puso a obsequiar a Ubalda; y con sorpresa grande se vido que ella comenzó a redetirse dende que lo miró.

La hermosura a la fija la tendría por adentro este forastero, lo mesmo que está lo gustoso del «macachín» abajo del amargor; porque de otra laya no acertaban con el tiro los mozos del pago.

Ya se ve -decían todos;- más vale llegar a tiempo que ser convidado.

Noche a noche caía Nicasio al rancho de Ubalda, y se retiraba temprano por no ser cargoso, contento con su buenaventura y hablando siempre de hacerla su mujer. ¡Miren que miel para esa boca! -intrigaban los mozos. Pues no hay más que correrlo al dientudo...

Dora sofocando sus ímpetus de reír, interrumpió aquí al capataz, diciendo con bien fraguada indignación:

-¿Y que tenían ellos que mezclarse en lo que no les importaba? Si Ubaldina quería a Nicasio, esos pretendientes debía irse a sus casas, a tomar «mate» en la cocina...

-¡Ahí está, niña! A los hombres les gustaba mangonear por el gusto de entrometerse en lo ajeno; y para mejor, cuando el padre de Ubalda que andaba «tropeando», cayó en el rancho una tardecita, preguntó qué hacía allí sentado en una Cabeza de Vaca aquel basilisco; y como le contestasen que era el consentido de la moza se puso el viejo a bufar y a quererlo despedir sin más saber del asunto. Las lágrimas le saltaban a Ubaldina, la madre se ponía de su costado y Nicasio hacía empeño por amansarlo.

Todo fue al ñudo.

-¡Que crueldad no oírlo, don Anacleto!

-Asina es. Como campanas de palo son las razones de un pobre...

No hubo que hacer: Nicasio se marchó llevándose el corazón de la moza, y dicen que iba triste esa tarde como el que ha perdido la madre, montado en un «redomón» doradillo, rumbo a un abra de la sierra, en busca de algún matorral grande a la cuenta para esconderse de la mozada zumbona.

Cuando se supo la cosa, el pago se revolvió lo mesmo que nido de «mangangá» en que se ha metido una mosca brava por equivocación. ¡Mordisco aquí y pinchazo allá, no dejaban al forastero ni una nada de pellejo sano; y era de ver cómo miraban a Ubaldina los que ella no había querido!...

La pobre moza era un manantial de llanto; por las mañanitas cuando los pájaros comienzan a picotearse las plumas y anda saltando el ganado retozón y suena el cencerro de la yegua madrina metiendo alboroto en el campo, se le vía junto al palenque como una viuda afligida con los ojos ñublados en el abra aquella en que se hundió Nicasio, siempre firme en que él había de volver, porque no era menos que la piedra que cae del cerro al bajo para juntarse con las otras sin que naide la arrempuje.

Pero, a los pocos días, se corrió que Nicasio había caído de una barranca alta, y que lo había apretado el «redomón» dejándolo muerto en la zanja. Cuasi todos se alegraron del mal del prójimo, cuando un «tropero» trujo la noticia a la casa de negocio del Gavilán, -que era donde la mozada se juntaba para jugar al naipe.

¡Qué breva para el forastero! -habían dicho antes, cuando el padre de Ubalda lo despidió. Ahora dijeron: -¡Consuelo te den los «caranchos», hoyoso!

Ubaldina se escondió en el rancho como si hubiese ganado abajo de la tierra, a llorar a la fija hasta quedarse lo mesmo que un junco. ¿Quién había de enjuagarle los ojos, que no fuese ella mesma? Naide se para a alzar la pobre borrega que anda solita balando por el campo cuando sopla viento frío, -a no ser el dueño; -y naide tampoco le saca a la gama cuando se clava, la espina del dedo, si no es para afirmarle mejor un tiro de bolas. Con Ubalda la ley era pareja...

-¿Y Nicasio? -preguntó Dora roja de risa-. No dice usted si murió de veras, don Anacleto.

-¿Nicasio?

-Sí, -observó Nata-. Yo me intereso por el pobre a quien deja usted en una zanja cerca de los tigres allí...

-No lo comieron niña; aunque no me acuerdo si dije que había tigres allí...

-¡Sí que dijo!

-Será asina -Como resentido y agraviado tenía Nicasio que dar la vuelta, y la dio, como que las cosas no habían pasado sino de la laya siguiente: el que se había golpeado en la barranca no era él, sino el padre mesmo de Ubalda que iba a apartar para tropa en el valle; y quien lo sacó por projimidad de abajo del roano con una canilla rota, fue el chucueco Nicasio en cuerpo y alma; por lo que el viejo dijo que aquello parecía cosa de otro mundo. Dijo más el lisiado: «Este Nicasio no tiene la cara tan fiera, y lo he de servir dándole mujer a su guto.»

El mesmo envidioso que dio una noticia contraria, fue a contar la verdadera a la casa del Gavilán, cuando todavía seguía el chacoteo en la mozada.

Jugaban al truco, retozando. Carmelo, el más ladino y «payador», tironeaba para abajo el naipe apretándolo, por verle la lista, aunque parecía que no quería verla; los otros habían hecho con sus hojas cañutos y se reían o chiflaban, por el gusto de lucirse. Y al tironear al ñudo, Carmelo canturreaba,

Mariquita me dio un ramo,
que le tomase el olor...
Si querés llamarte Rosa
conserváte siempre... flor.

Dijo. Y otro contestó: ¡envido! -Fue en eso que entró el embustero y les indilgó la fresca. Todos dejaron caer las barajas aturdidos, y uno gritó: ¡esa es grilla, cuñao!-

No es grilla aparceros, -respondió él- sino cosa de verdad, y si miento que me parta un rayo ahora mesmo...

-¿Llovía y tronaba en ese momento, don Anacleto?

-No lo sé a la fija; pero el cielo estaba tordillo oscuro, y «refucilaba» fuerte... El caso es que se armó una«tinguitanga» de todos los diablos en el Gavilán, y que poco faltó para que lo «achurasen» al «tropero» mentiroso; lo que hubiera acontecido si no hubiese escapado como un viento.

El caso es que una tardecita caliente, de esas que le gustan al «aguacil» y al chingolo, estaba la moza toda achirlada en la puerta del rancho, cuando vido que se allegaba Nicasio junto con su padre.

Ubalda cuasi se cayó de alegría encima de un paisano viejo, que andaba por consolarla en sus pesares con la ciencia que dan los años.

El «tropero» al llegar le dijo, medio quejoso:

«Ahí está, muchacha. Yo te lo traigo a este «matrerazo» por si te gusta... ¡Decí que no, ladina!... En la barranca maldita de sierra adentro, más dura que pared de iglesia, rodó el roano y me apretó. ¡De nada me valieron el cuerpo y la vista, canejo! Porque el mancarrón se arrolló atrás de mí como un mataco, y en un repeluz me hizo añicos la canilla.»

Sin dejarlo más hablar, lo bajaron al viejo y lo acostaron.

Después, Nicasio dijo que él sabía sanar las heridas, sin poner el ungüento al sereno, ni los trapitos a la luna; nada más que con unas tablas chicas, que había que ajustarle al hueso. Como si fuese brujería, en una semana el «tropero» aseguró que ya podía mover bien la lisiada.

Vean niñas: medio brujo tenía que ser Nicasio, porque el caracú viejo no se pega no más asina...

-¡Pobre don Tropero! -prorrumpió Dora;- ¡Cómo sufriría!

-Indalecio era el apelativo, no Tropero. Yo lo llamo asina porque acarreaba ganado de la sierra; y eran pocos tan baqueanos, para apartar reses gordas entre los pedregales y tirarle las «boleadoras» al novillo serrano que quería ganar los barrancos, con los cuernos como ahujas y...

-¡Oh, don Anacleto! -dijo Nata-. El cuento era de amores...

-Como iba diciendo, niña...

Sin tártago, ni «cambará», ni yerba de las piedras, Nicasio curó al hombre, y lo puso derecho. Entróse entonces a arreglar el casamiento en el pueblito, que estaba a un galope de dos leguas. El padre-cura no vido inconviniente, diciendo que él se alegraría de asujetar las dos almas con el mesmo yugo, porque asina se vían menos en pique de perderse.

Pero, la mozada descontenta no fue de ese parecer, y todos juraron que le habían de jugar a Nicasio una mala partida, por haberles venido a robar la flor del pago.

Y fue que, en la tarde antes del casorio, se juntaron hasta unos cinco o seis entre las piedras grandes del valle, en la cuesta; montado Carmelo en zancos, y todos con mechas ensebadas a modo de candiles, para prenderlos en la noche y salirle con ellos al encuentro al forastero cuando cruzase para el rancho.

Nicasio pasó sin recelo una «cañada» al tranco de su tordillo, y se fue acercando al pedregal. Aunque estaba escuro el cielo, venía el hombre mirando estrellas de puro gusto; y estrellas vido en un redepente en la escuridad, porque al pronto, como luces amarillas de las ánimas en pena, lo cegaron los candiles de la gente emboscada: y una fantasma del grandor de un «canelón» que traía una luminaria en la mano y parecía echar humo negro por la boca se le vino encima a saltos de langosta, gritando: «¡Oingalé al duro, y se duebla! ¡A la uña, aparceros!»

Pero, el forastero que no era ni medio manco, se hizo a un lado sin gran julepe y sacando un gran trabuco, dijo:

-¡No se me allegue el que no quiera morir y abran paso!

Uno de los mozos, viendo que Nicasio hacía uso de armas, sacó otra de fuego; pero ya cuando él bajaba el gatillo, y ponía a Carmelo con los zancos para arriba, como cae la cigüeña que está comiéndose un pescado y recibe un chumbo en la cabeza. En mirando esto, el mozo tiró también, y tan a la fija, que a Nicasio le alcanzó un balín en un ojo, volteándolo por los cuartos en menos que tardó en chispear la piedra.

Asina que Ubalda supo esto, corrió sola al matorral, sin que la gente pudiese privarla de ver muerto a su novio. Esa noche no volvió, y creyeron que se había refugiado en alguna «tapera», a llorar su desgracia. La buscaron por todas partes, sin encontrarla en ninguna como si la hubiese tragado la tierra; sólo hallaron un pañuelo suyo mojado en sangre junto al cuerpo de Nicasio, y con el que a la cuenta le había estado secando la herida al difunto.

Y muchos días y meses pasaron, sin saberse más de Ubaldina, aunque se registraron montes y barrancos, por si en ellos había rastro de la pobre perdida.

Y dicen las mujeres del pago que, por allí junto al matorral del suceso, se vía siempre una fantasma blanca que corría atrás de una lucecita amarilla, después de la media noche; y que, cuando esa linterna se apagaba en la boca mesma de un pozo que cerca de la sierra había, la fantasma se hacía humo negro, hasta perderse entre un monte espeso a donde naide entró nunca.

En este punto iba de su relato don Anacleto, y escuchábanle en parte las jóvenes, tentadas a cada instante de la risa -a pesar de lo trágico del asunto- por el modo que de narrarlo tenía, cuando un jinete sujetando el caballo en la cresta de la vecina loma, dejó a todos en suspenso, con no poca sorpresa y sobresalto.

El primer impulso en las hermanas fue el de entrarse al comedor, y se pusieron de pie en el umbral; pero notando que el jinete se acercaba al trote rumbo a la enramada, sin compañía, y con aire reposado, Dora se apresuró a decir entre riente y temblorosa, deteniendo a Nata del brazo:

-¡Vea don Anacleto que se le ofrece a ese hombre, que de aquí se me está pareciendo mucho a Nicasio!

El capataz se paró, mirando muy atento al que se aproximaba; y como hallase demasiado misterioso y negro al jinete, al punto de no descubrirle ni una pinta blanca en el cuerpo, y que se avanzaba callado cubierto con un sombrero como un hongo, -repuso con aire grave:

-Permítanme niñas, que vaya a buscar el trabuco, porque se me hace que ese que se allega «no es trigo limpio».

Y sin agregar más palabra, fuese precipitadamente a su habitación, acomodándose el cinto sintiendo que se aflojaban las puntas del chiripá, -a consecuencia tal vez, de haber estado tanto tiempo en cuclillas sentado sobre los talones.

Nada agradable fue a las jóvenes el verse solas. Después de titubear un momento, entráronse, llamando a voces a su padre.

Don Luciano, que escribía, muy absorto en sus apuntes, en mangas de camisa por el calor, levantóse en el acto, dejando la pluma, y vino sin pérdida de tiempo al llamado.

- Mira, papá, -dijo Dora;- ¡ahí llega un hombre!

-¿Y es ese motivo de alarma?

-Precisamente no: pero después de lo sucedido esta tarde, creemos que hay razón...

-¿Por qué ha de haberla?... ¡Vamos a ver!

El hacendado salió al patio; y en medio de él se paró, con la camisa abierta en el pecho y las manos en la cintura, la cabeza al aire libre y una actitud desenvuelta y tranquila -propia de hombre muy sano y entero.

Cerca encontrábase sombrero en mano y apostura militar -firme y respetuoso-, un mocetón renegrido, de quien era sin duda un caballo que piafaba, atado al palenque.

Al divisarle y medirle con una ojeada de campero sagaz, don Luciano dijo con autoridad, como si lo conociera:

-¿Cómo te va, negro?

-Muy bien mi señor, para servir a su merced.

-¿Qué andas haciendo?

-Venía hablarle al señor de una cosa de apuro...

-¿A esta hora?

-Crea su merced que es una obra de caridad, y que corre priesa... Mi amo está lastimado y metido ahí en el monte; y como hay que cuidarlo al abrigo, vengo a pedirle permiso para traerlo a ese rancho viejo que hay en el bajo, siquiera por unos días...

-¿Tú tienes amo?

-Como digo, mi señor; aunque él me dio libertad -repuso el negro con acento cariñoso, a la par que humilde.

-¿Y cómo se llama?

-Luis María Berón.

Don Luciano quedóse un instante en silencio, un tanto sorprendido.

Nata y Dora escuchaban todo desde el ventanillo del dormitorio, no menos admiradas que el bueno de Robledo.

El negro, que parecía despejado y resuelto, siguió hablando sin dejar de atender a uno y otro lado a los perros que lo olfateaban formando como una ronda atenta y gruñidora.

-Nosotros moramos en el «potrero» del monte, más arriba de la isleta que su merced conoce, pero todos los días venimos hasta el rincón, y muchas veces espantamos para afuera el ganado alzado por hacer bien a su merced...

-¡Hombre! Por eso he visto esta mañana una punta de «orejanos» arrimada al rodeo.

-Pues para que vea mi señor; a mi amo se le puso entretenerse en esa faena y tanto fue el empeño, que lo cogió en una pierna un novillo bravo, y ahí está medio lisiado, sin poder montar y con fiebre.

-¡No hay entonces más que curarse, demonios!... Malas diversiones son esas de jugarse con los cuernos... ¿Y qué anda buscando tu señor por el monte, a trueque de semejantes caricias? ¡Vaya un gusto, caneja!... Berón... Conozco un apelativo así... En fin, por ahora, Benito...

-Esteban me llamo, para servir a su merced.

-Bueno, Esteban... Por ahora arréglense ahí donde dices, como Dios los ayude, que mañana será otro día, y daré orden al capataz para que los atienda bien. Pero mira negro que en ese rancho viejo hay más sapos y sabandijas que «colas de zorro» en el campo...

Sonrióse Esteban hasta blanquearle los dientes, resaltantes como el globo de sus ojos en la oscuridad.

-Eso no importa, señor. Yo me encargo de espantar los bichos y de «quinchar» un poco el rancho para que no entren el agua y el viento.

-¡Convenido! Te faculto para todo, que si eres tan diestro para esas maniobras como ladino para explicarte, la cosa promete.

-Ya verá su merced. Le voy a arreglar lindo la «tapera»; y no vamos a estar más que unos dos o tres días, hasta que se alivie un poco el enfermo. Después nos vamos a nuestra «casa», allá en el «potrerillo»...

-¡No hay más que hablar! Si precisas algo ahora, no tienes sino pedir, sin pelillos, ni vueltas de capacho.

-Nada, mi señor, a no ser muchos perdones por el atrevimiento...

-Todos los que quieras, bien hablado.

-¡Gracias a su merced!

Esto diciendo, Esteban hizo un cambio de frente para retirarse, viendo que el hacendado se entraba en el comedor; pero, Dora que hacía un instante había vuelto tras corta ausencia al ventanillo, gritóle muy afanosa y comedida:

-¡No se vaya sin llevar esto, que puede servir!

Volvióse el negro solícito, y de las manos de la joven tomó un montón de hilas y unas tiras de género blanco.

Luego saludó muy respetuoso, y se fue, balbuceando algunas frases de agradecimiento.

-¡Qué negro bien criado! -exclamó Dora.

-¿Has visto? -repuso Nata con asombro-. Se me va quitando el miedo. ¿Qué habrá en todo esto, Dorila?

Iba a contestar Dora, cuando la presencia de don Anacleto en el patio, a paso lento y cauteloso, con un trabuco cruzado por delante en la cintura, provocó en ella un acceso repentino de risa, que como siempre, contagió a su hermana.

Los perros ladraban detrás del jinete, que se dirigía a la cuesta cercana al monte, a paso de trote.

-¡Ahí se va el «matrero», don Anacleto!... -gritóle Dora, ahogando en lo posible su hilaridad.

-Cállate Dorila -dijo Nata.

-¡Si esto me divierte, déjame!...

El capataz, con la mano en la culata del trabuco y con aire sigiloso, volvióse apenas, al pasar por delante del ventanillo, para decir con acento bajo:

-Vi que le blanqueaban los ojos al negro, y no hice la atropellada por no disgustar al patrón...

Pero, ya lo filié...

Y siguió hasta el cerco de la huerta, tieso y arrogante.

Nata, al contrario de Dora que reía a sofocarse, púsose cavilosa, y cerró la pequeña hoja del ventanillo, murmurando:

-Ahora que estarán tan cerca de nosotras, siento más confianza... ¡Buenos sustos nos han dado! ¿No te parece que no son tan malos? ¡Piden las cosas con unos modos!

-Yo te lo dije, repuso Dorila, moderando sus risas y enjugándose los ojos con un pañuelo. Tú eres la medrosa, que te negabas a todo viendo duendes hasta en un rayo de sol.

-¡No tanto!... Confieso mi debilidad; pero, no podrás decir que no ha habido causa de miedo. Esta noche cierto es, me encuentro más tranquila, no sé por qué razón.

-Si resultaran ciertas mis sospechas, ¡cómo te haría burla!... ¡Ya verás!

Y al objetar esto Dora, moviendo de arriba abajo la cabeza con los ojos puestos en el techo y los labios fruncidos, a la vez que con un reflejo de raro alborozo en el semblante, lo hacía sentada en la piel de yaguareté, cruzadas las manos por delante de las rodillas -en infantil columpio el gentil cuerpo como si por él corriese azogue.



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