Nativa : 9

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Nativa : 9
En pos de la aventura

de Eduardo Acevedo Díaz


Tal era el medio-ambiente en la reducida sociedad de su país, cuando Luis María, formada ya su conciencia de hombre, y trabajado por las insinuaciones y ruegos de su madre, propúsose modificar en parte sus hábitos de vida dándose a sí mismo una libertad que nunca había gozado.

Empezó a frecuentar algunos centros con violencia al principio, por predominar en ellos el espíritu de anexión que tanto le mortificaba; violencia que él llegó a reprimir en el interés de imponerse de los trabajos ocultos, aparentemente encauzado en la corriente de las ideas de entonces. Sentía un vivísimo anhelo por oír y orientarse en la cosa pública. Ni el teatro iluminado con candilejas, ni los bailes suntuosos de la casa de gobierno, a los que asistían las mujeres más bellas de la clase aristocrática, atraían su atención. De una gravedad precoz y de un carácter tan estoico y firme, cuanto eran de dúctiles y maleables los de aquellos que primaban en esos centros, el joven rehuía todo entretenimiento fútil, pasaba casi inapercibido para los que se creían hombres de observación y sagacidad, y era inabordable para los necios y los tontos. De ahí que por aquéllos se le mirase por encima del hombro; y por éstos, con esa prevención hija del rencor y nieta de la envidia, así capaz de inventar la calumnia en cualquier momento, como de escupir al mérito por exceso de imbecilidad. Luis María ponía oídos sordos a esas animosidades, buscando siempre informarse en las mejores fuentes acerca de la marcha futura de los sucesos y de la actitud que asumirían ciertos personajes en un instante dado.

Llegó así a enterarse bien de lo que ocurría, corriendo el año de 1823. Una logia de patriotas, en combinación con el General don Alvaro de Costa que mandaba los Voluntarios Reales, venía gestionando el auxilio del gobierno de Buenos Aires, a fin de que éste, a la vez que socorriera con buques suficientes a Costa para trasladarse con sus batallones a Europa, prestase a los criollos apoyo moral y material contra Lecor que vivaqueaba en Canelones, como adicto a Don Pedro I proclamado Emperador, y al frente desde luego de las tropas regulares del Brasil y de las auxiliares orientales que mandaba el «Brigadeiro» don Fructuoso Rivera. El gobierno argentino, a pesar de la opinión que empezaba a formarse en favor de la provincia, rehusóse a un rompimiento con el Imperio, y a cualesquiera iniciativa de hostilidad, hasta tanto no llegase contestación explícita sobre instrucciones enviadas a su representante en la corte fluminense. Viose en esto un pretexto más o menos simulado; y decayendo los buenos en sus esperanzas, resolvieron dirigirse a las provincias del litoral en donde ejercía valimiento el General Mansilla -militar de talentos, hombre culto y corazón americano-, pidiendo apoyo.

El comandante en jefe de las fuerzas portuguesas, no obstante esas y otras negociaciones de un móvil sano y patriótico, había aventurado una sorpresa sobre las tropas del general Lecor en la esperanza de dominar las campañas, obtenido el éxito. Aunque era hábil el plan, no consiguió aquel por circunstancias imprevistas; limitándose en esa su ofensiva a un choque sangriento de vanguardias, cuyo triunfo parcial se debió al denuedo del capitán Don Manuel Oribe.

Los patriotas que en el fondo suspiraban por la independencia y que habían hecho fervientes votos por la victoria completa de los aliados, que les proporcionara la suerte, miraron con pena el regreso de los Voluntarios dentro de murallas.

La desmoralización fue entonces en aumento. El peligro arreciaba, y era difícil el conjurarlo. Portugueses dentro, brasileros en el campo, un rey y un emperador -padre e hijo- disputándose por medio de sus ejércitos la preponderancia exclusiva del país; los orientales divididos entre realistas e imperiales, con proyección de vistas algunos, los otros por conveniencia; el gobierno de Buenos-Aires neutral -pero en realidad al acecho;- falta de recursos, resistencias obstinadas de los pesimistas, vacilaciones en las cabezas directoras: tal era el estado de las cosas y de los espíritus cuando Luis María llegó a darse cuenta exacta de los factores en acción, y a condolerse de la bajeza de unos pocos y de la abnegación estéril de los más.

Entre estos últimos, el bravo criollo Leonardo Álvarez de Olivera en la impaciencia del patriotismo, se había alzado en armas en la zona del Este reuniendo en un solo regimiento aquellos mocetones del Iguá y del Alférez, que doce años antes habían visto partir a sus padres con la hueste de Manuel Francisco Artigas para batirse en las Piedras y tras recias vicisitudes, ir a sembrar con sus huesos los campos de Sipe-Sipe. Desde el primer momento se mostraron ellos dignos de sus progenitores, librando varios combates en los que cedieron a su empuje las fuerzas enemigas, que arrastraron a su vez en el repliegue todas las guarniciones que quedaban aisladas en puestos diversos del distrito, a las órdenes del Coronel Felisberto.

Este incidente o detalle del cuadro de la época, impresionó a Luis María Berón de una manera singular.

¿Sería acaso, porque aquellos hombres se batían solos, sin aliados, aunque los tenían en Montevideo, por la conciencia de su valer y de su derecho a la tierra, lo mismo que lo hicieron un lustro antes bajo las órdenes de otros caudillos? Tal vez. Esos combatientes habían seguido a Frutos [3] hasta el año XX y recogídose a sus hogares después del desastre del Catalán, dónde el rudo y valeroso soldado Andrés de Latorre quemó los últimos cartuchos de la resistencia regular dejando al vencedor dentro de una charca de sangre. Ahora, «Frutos» levantaba su tienda cerca de la de Lecor, fraternizando con los mismos que fueron sus adversarios; y, ellos, lejos de ampararse a su prestigio y a su bandera incolora, peleaban por su cuenta, incluyendo al caudillo en el número de los que «vivían sobre el país».

[3]

El General Don Fructuoso Rivera era conocido por ese nombre entre las gentes del campo. Fue el que le dieron desde que empezó a servir en la campaña del año XI; y así le llamaban con extrema familiaridad sus numerosos compadres. «Padrino Frutos» -decían hablando de él sus ahijados, que sumaban centenares, y algunos de los que habían recibido el agua bautismal ya hombres, con las barbas más abajo del pecho.

Escondido en el laberinto de las sierras de Infiernillo, tuvimos hace años oportunidad de conocer un indio «tape», muy viejo, quien aseguraba haber sido su compadre «Frutos» el primer caudillo que había cruzado por aquella soledad riscosa y salvaje, errante algunos días, hasta dar con el repecho de la cuchilla Negra, en la época de su campaña a Misiones.

Entonces, aquel alzamiento parcial era consciente, espontáneo, efecto de propensiones y tendencias propias, cuyo objetivo no se simbolizaba en una personalidad más o menos prepotente, y cuya iniciativa era anónima como las que surgen del conjunto e improvisan jefes por la esencia misma de su virtud....

Así pensaba Luis María una noche, en que oyó elogios sobre Álvarez de Olivera; a extremo de que, al retirarse para su casa meditabundo, figurábaselo en su imaginación como un adalid de poema; siendo lástima en su sentir que no llevase casco con cimera para poetizar mejor la hermosura de su causa. Estaba peleando. Había vencido dos o tres veces sin contar el número, obligando el resto a la fuga por el escarmiento; y agregaban que todo había sido a botes de lanza con desprecio del plomo, sin aguardar que le buscasen, enderezando al peligro como en los cuentos de los lances caballerescos.

Ante estos sucesos sentía él cierto rubor que le enardecía el rostro, pues que siendo ya un hombre nada había hecho todavía que lo acreditase como tal, cuando otros desde niños llevaban espada a la cintura y se habían distinguido por su decisión y su valor. Forjábase entonces la ilusión de que ese don Leonardo, que tanto de león tenía, bien podía enseñarle a batirse y a merecer los dictados que a otros se daban, a partir de que, como decía su padre haciendo suya una frase de Cervantes «ningún hombre vale más que otro, si no hace más que otro hombre».

Luis María se acostó un poco febril; y soñó esa noche con batallas y matanzas, llenas de ecos de clarines y músicas marciales, percibiendo entre densas humaredas estandartes, penachos y morriones, y bajo sus pies que el suelo temblaba al peso de los regimientos en la carga como empujados por el grande aliento del honor y de la gloria, bajo el sol brillante de su tierra tan bella y tan amada como la madre cariñosa, especialmente en esos días de dolor y de quebranto. Soñó también que él se perdía en el tumulto como uno de tantos, cuando creía haber dado pruebas de heroísmo; y que en medio de la lucha cruenta los más humildes, riendo le decían: «Aún no hiciste tu deber, pobre vanidoso, mira nuestra piel por donde resuellan veinte heridas y sabrás lo que es valor». Y luego, otros que estaban cansados de matar, cubiertos de sangre, clavaban en tierra el cuento de sus lanzas de hojas de tijera, y mirándolo con lástima exclamaban: «¡Llegaste tarde! Ya hicimos por ti y por otros, y harto pagos si agradecen».

Cuando despertó, estaba empapado en sudor; y hubo de tentarse y encender la bujía para persuadirse de que había soñado. Así que llegó a cerciorarse de ello, sintió alivio. Calmóse y se dijo: « Si voy a la guerra alguna vez, trataré que me estimen esos hombres fieros que provocan la muerte y la reciben como un rayo de sol».

El día siguiente, por la noche, Luis María salía de su casa situada en la calle de San Fernando, para seguir por la de San Carlos hasta la de San Benito. [4] Muy oscuro estaba el cielo, y aunque soplaba un sudoeste silbador, habíanse provisto de sus respectivas velas de sebo los faroles de pescante en ciertos sitios, siquiera fuese para evitar a los transeúntes retrasados serias caídas en zanjas y pantanos. Verdad que las fuertes rachas las habían apagado en cerca de un tercio; pero, otras resistían valerosamente dentro de sus recios vidrios, brillando de trecho en trecho en las tinieblas como lamparillas de cementerio rojizas y agonizantes. A pesar de todo, estas luces valían más que el candil y reemplazaban con alguna ventaja las linternas de mano, muy en uso años atrás, cuando cada uno velaba por su persona y andaba Dios por el mundo.

[4] Esas calles estrechas y especialmente delineadas para marcha de tercios y trenes de artillería, antes que para tráfico de ciudad comercial, son las conocidas en la nueva nomenclatura por Cámaras, Sarandí y Colón.

Esas damas de flamantes vestidos de valiosa tela y macizos adornos en orejas, pecho y manos, cuyas enormes piedras preciosas fulguraban en la sombra, peinadas primorosamente de rodete y largos bucles a los lados con su accesorio de flores de borla de oro o de taco de la reina, salían con sus caballeros, padres o esposos del teatro de San Felipe, en cuya escena actuaba una compañía de cómicos de la legua. Luis María, que se había apoyado en un cañón de hierro colocado de poste en la esquina, bajo un farol cuya luz apenas surgía de en medio de una gran pavesa, violas desfilar por su lado, comunicándose en voz alta las impresiones de la comedia.

Una de ellas que se detuvo un instante cerca, y a quien solía encontrar él a su paso sin haberse tomado nunca la pena de averiguar su nombre, le miró con atención marcada.

Ya había la mujer desaparecido con otras en la sombra, cuando ocurriósele a él pensar que era muy hermosa y que estaba en todo el brillo y lozanía de juventud. Un impulso de curiosidad o de amor propio complacido hubo de arrastrarlo a seguir sus pasos; pero, recordando en el acto que tenía un plan resuelto y adoptado, apresuróse a continuar su camino con mayor decisión, que horas antes, de realizar aquel en la medida de sus deseos.

De allí a la calle de San Benito había apenas una cuadra. Traspuso esa distancia en un minuto, y volviendo sobre su izquierda encaminóse hacia la costa. La calle aparecía más negra que un crespón de duelo. La muralla que se alzaba en el fondo de ella alta y maciza, contribuía a hacerla realmente tenebrosa, así como las casuchas y cobertizos de los flancos que se erguían deformes en la oscuridad, sin un ruido y sin una lumbre en su interior. De atrás de la muralla venía el sordo rumor producido por los tumbos de las olas en las peñas, al soplo poderoso de un viento de borrasca.

Luis María se entró en aquella boca con paso firme, sin preocuparse de uno que otro hombre de espada que pasaba por su lado confundido con las tinieblas; y, a poco andar, se detuvo frente a la puerta de una vivienda baja y hendida de techo de teja, llamando a ella con el puño de su bastón fuertemente. Esa casucha era una de tantas propiedades de su padre, que tenía al fondo un buen espacio libre para vehículos de carga y caballerías. Unos y otras estaban al cuidado de varios negros de confianza, buenos carreros y jinetes criollos en su mayor parte, esclavos de «flor y nata», uno de los cuales -Esteban- era propiedad exclusiva del joven Berón.

Como si esperaran su venida, la puerta se abrió inmediatamente, y volvió a cerrarse así que él entró.

Era Esteban el que había abierto. Berón lo detuvo en el corredor oscuro, cogiéndole del brazo; y díjole en voz baja:

-Mañana temprano irás a recoger todos los útiles de «apero» que nos son precisos, sin olvidar ni una pieza.

-Sí, señor.

-También los ponchos de invierno, rebenques y espuelas. En las maletas pondrás lo que convenga; ropa blanca en abundancia. Me esperarás al caer la tarde, con los caballos listos, en la quinta que está de este lado del Cardal...

Ya sabes que desde hoy eres liberto. ¡No lo olvides!

-¡No señor! Conforme amanezca, todo estará listo como su merced manda.

-¡Así espero, y calla!... Hemos crecido juntos, negro; y así como fuistes mi compañero de infancia y de juegos, vas a serlo ahora en otras diversiones más peligrosas. No te acuerdes de los cachetes que te daba, cuando chicos, porque tú también solías aporrearme.

-¡Oh, no era adrede, niño!...

-Vas a ser mi camarada, y deseo de ti la mayor fidelidad si en algo me estimas.

¡Ahora, dame fuego!

El negro dio en el acto lumbre a un yesquero, que presentó todo conmovido a su joven señor.

Encendió éste un cigarro, y sin añadir más palabra, hízose abrir la puerta con una seña, y fuese.

En muy breve tiempo recorrió el trayecto que le separaba de su casa, sin accidente alguno, lo que era raro entonces, pues las calles ofrecían motivos sobrados para ello con sus zanjas y grandes desniveles. Por otra parte, una lluvia menuda que empezaba a caer lo había obligado a precipitar la marcha.

Apenas entró, pudo oír a su padre que hablaba en voz muy alta en el comedor, donde como de costumbre sin duda, había hecho su partida a las damas con la excelente compañera.

Parecía excitado, violento.

Meses hacía que se le habían calmado un poco sus arrebatos geniales, al punto de que sus mismos contrincantes podían escucharlo sin acritud; de ahí que Luis María sintiese cierta desazón al percibir el ronco murmullo que venía del interior, y que denunciaba un arranque apasionado.

Aproximóse al comedor en puntas de pies, y púsose a escuchar, recogiendo entre muchas, pocas frases completas. Su padre decía:

-Se «despañolizan» todos. ¡Ya acabó el amor al rey!... Hace poco la lealtad rayaba en veneración y no se veía honor y reputación bien puesta sino en el respeto a la majestad soberana... Vinieron luego los «fidalgos» con más rumbos que un cuadrante, ellos que tanto a España debían, y se colaron aquí de rondón porque no estaban los tercios por delante; desde entonces la gente de la muy «leal y reconquistadora» se enamoró de la orden del «Cruzeiro» pensionada, y, ¡adiós recuerdos!... Esas quinas famosas ¿que serían sin España? ¡Por Santiago!... Si Morillo no se va a esos malditos llanos de Venezuela nada de esto habríamos presenciado. ¡Gran yerro, yerro increíble!... Mañana entrarán aquí los brasileros, porque no hay que esperar otra cosa; a partir de que ese General De Costa no mira más que a la costa para entregarse aunque sea a los vientos del demonio, con tal de salir de su ratonera. Y verás entonces mujer, cómo vuelve Lecor bajo el palio a caballo, y caminan al nivel de su bota larga y rozándose con sus espuelas los mismos que ahora le hacen fuerza... ¡Ya verás!...

¿Qué ha sido del orden? ¿Qué de la sumisión? ¿Qué de las costumbres severas del antiguo régimen?... Todo se va evaporando. Mira, mujer: hasta nuestro hijo va alzando el gallo y por ahí se anda con sus humos de libertad, el muy mequetrefe, a fuerza de pasarse, de turbio en turbio en la lectura de esos libros franceses que tiene en el estante y que no sé cómo no he echado al fuego antes de ahora.

A esto, algo arguyó la madre en voz baja y dulce, que Luis María aunque atento, no llegó a percibir claro.

Sin duda lo defendía del reproche amargo, porque su padre siguió diciendo, siempre en tono recio:

-¡Bueno!... ¡Todo está bien! Pero tú ignoras esas cosillas de que hablo, esas lecturas continuas, a que quizás lo has sustraído en parte alejándolo siquiera un poco de tus «polleras» y tus mimos... Verdad que se estaba él en la crianza todavía a fuerza de caricias, siempre junto al rescoldo y a las comodidades, sin procurarse fuera con algunas alegrías, algunas penas, para aprender algo de la vida... ¡Ya sabría él lo que era bueno, si hubiese peleado como su padre en la milicia tres días con sus noches sin comer bien y durmiendo peor en la banqueta, cuando los ingleses nos cogieron por traición! Erraron la brecha aquellos malditos y los quemamos vivos a los de 40º regimiento; pero el sueño que es el mayor enemigo del soldado, emborrachó a la gente de la muralla al sud, y por ese sitio se nos metieron antes de rayar el día como una ola en noche de tormenta en que no se siente más que el borbollón y el ruido de la espuma... Las bocas de los rifles formaban como una culebra roja, de arriba a abajo, por el frente, por los flancos, mientras que los fusileros echando a la espalda el peso, maniobraban a cuchillo en las banquetas. Una traidora peladilla me alcanzó en el brazo derecho, haciéndome caer el arma: -¡todo en defensa del Rey y por el nombre de España, canejo!... Dime ahora ¿qué saben de estos sacrificios y de esta causa gloriosa los jóvenes que se forman entre portugueses y brasileros, dividiendo por partes iguales sus afecciones sin acordarse para nada de sus progenitores, de su idioma y de sus tradiciones nacionales? ¿Qué saben? Maldecir y renegar, pordioseando un poco de libertad a los que nunca hicieron nada por ellos y vienen a despojarlos de honra e intereses. ¡Hermosa perspectiva, por Santiago!... ¡Y creerán que eso es digno! ¡En vez de rebelarse y vender cara la vida tan ruin y miserable en estos tiempos, cuanto son ellos de corrompidos!...

Luis María no oyó más, y fuese caviloso a su aposento.

Había escuchado lo bastante.

Las palabras duras de su padre podían aplicársele, pues él nada había hecho en su aislamiento y pasado egoísmo, que mereciese otros epítetos. En esa tierra ardiente en que naciera, y en que se meció su cuna al fragor de los combates, los lustros venían sucediéndose sembrados de batallas; y, recién ahora sentía él el hervor de la sangre, después que tantos la habían derramado sin queja en holocausto a una causa superior a la de los viejos servilismos coloniales. ¡Razón sobraba al honrado peninsular en lo del sacrificio personal, ya que no en lo atingente con la justicia de esa causa! Las ideas que marchan, que perduran, eran los anhelos fervientes de su juventud. Las del pasado se le aparecían pálidas, sin luz clara, a semejanza de antorchas moribundas en las ruinas -compañeras del vacío y del silencio.

Bajo estas y análogas impresiones, el joven se acostó.

Inquieto y desasosegado estuvo temprano de pie, cuando el gallo criollo sacudiendo sus alas en el corral, cantaba alegre al columbrar la aurora.

Casualmente tal vez, la señora de Berón se le había anticipado ese día, y cruzaba el patio ya en sus faenas activas.

Estaba él en la puerta; y al verle, se detuvo ella al pasar para dirigirle una frase de cariño.

Esa madrugada más que otras veces, parecióle a Luis María su madre muy hermosa; y acercándose la besó en la mejilla y en la frente. Llevaba la señora una flor de regadera en la mano que dejó caer, para abrazarle con ternura. Luego sorprendiéndole la expresión del rostro de su hijo, preguntóle con interés:

-¿Qué tienes?

-Nada madre; no he dormido bien...

-Estás enfermo, y me lo ocultas.

-No... Pero te diré con franqueza que necesito pasar uno o dos días en la chacra en donde me entretendré en la caza de perdices... Me acompañará Esteban.

-No me parece mal, hijo, y es muy justo que te des ese descanso. Sin embargo, parece que algo te reservaras...

-Puedes creer que no es así.

-Te prepararé entonces lo necesario. Dime la hora en que piensas salir.

-No lo hagas, madre, pues Esteban te ha ahorrado ya ese trabajo.

¡-Qué sabe el negro! Déjame a mí hacer...

Luis María calló, separándose de su madre después de besarla otra vez.

¿Cómo decirla que él se iba por mucho tiempo?

Se sentía sin fuerzas para hablarla y convencerla de que el suyo era un proyecto madurado, que amaba el peligro y que le era preciso arrancarse a la vida sedentaria que le hacían insufrible sus ensueños patrióticos y sus entusiasmos juveniles. ¿Y su padre? Si se le acercase con ese objeto sobrevendría un conflicto, porque el señor Berón era duro e inflexible. Le escribiría una carta, pidiéndole disculpa por su paso con una bendición absolutoria...

Sin reflexionar más, entróse de nuevo en su aposento y púsose a escribir esa carta a su padre, en términos respetuosos, sin orgullo ni altivez, procurando persuadirlo que seguía su honroso ejemplo al dar este paso en obsequio a sus convicciones y que al proceder de esa manera confiaba en que no dejaría de ser digno de su aprecio y paternal cariño. Suplicábale también que comunicase su resolución a su buena madre y no consintiera que ella dudase de su amor...

Después de escribir así, invirtiendo en ello cerca de una hora, sintió algún consuelo.

Enseguida arreglóse el traje de abrigo -pues se estaba a principios de invierno;- calzóse largas botas de montar, y cubriéndose la cabeza con un chambergo de a la corta, guardóse la carta después de cerrarla y lacrarla y salióse a la calle, dirigiéndose al portón de San Pedro.

Una bruma densa se cernía sobre aquellas murallas, de ocho metros de altura y de quince y veinte pies de espesor según los sitios; obra ciclópea de hábiles ingenieros españoles que emplearon el gneis y el granito de varias canteras para guarecer los tercios de la conquista contra las acechanzas de enemigos temibles sin excluir los avances del charrúa. Ahora no se veían en sus plataformas los centinelas del Fijo con sus largas coletas sobre casaca azul-oscuro, sino los del cuerpo de Voluntarios Reales con vueltas amarillas y morrión de cono invertido.

Ya por esa época los formidables muros, altos y negros, presentaban grandes destrozos en distintos sitios, huecos que aparecían cubiertos de un boscaje de yerbas de vicioso crecimiento, como lo estaban los enormes lienzos de musgo y borraja, de la contra-escarpa a los bordes, llenos de grietas profundas propicias a los hongos, perpetuamente nutridos por una humedad que goteaba a hilos sobre la curva maciza de los cimientos. La ciudadela con sus ángulos y bastiones formaba como un vientre deforme en el medio, hacia el este, con sus dos cúpulas achatadas, verdosas y sombrías -bajo cuyas bóvedas resonaba el redoble de los tambores o el eco de las trompas para recordar en cada hora a las gentes el imperio exclusivo de la ordenanza. El foso de sesenta pies de anchura por cuarenta y cinco de profundidad, aparecía cegado en muchas partes por escombros y residuos, lo mismo que el cauce seco a donde refluyen constantes aluviones; principio de aplanamiento por la mano del tiempo, que en todo el armazón gigante había ya impreso el signo de completa decadencia. Delante de ese foso se extendía el campo, casi desolado a tiro de cañón. El trayecto desde la muralla hasta más allá del Cardal, [5] era del dominio de las balas todavía: los proyectiles se habían enseñoreado de esa porción de tierra y de ese espacio de aire y de luz por la razón brutal de las plazas fuertes: terreno limpio, para la proyección del tiro rápido y la parábola del mortero, y distancia sin obstáculos para las largas del cuarto de culebrina y el falconete. Ya sin embargo, pocas bocas coronaban los baluartes, y esas mismas estaban poco seguras en sus afustes. Empezaba a pasar el tiempo de los fosos, de los puentes levadizos y del cañón de hierro, cuya cureña disparaba produciendo el destrinque de las piezas en los días de fogueo y lanzaba rodando a la explanada artillero, atacador, y taco ardido, como aviso prudente de que era llegado el momento de su reemplazo.

[5]

Lugar inmediato a la ciudad, en donde existe todavía un pequeño oratorio con la imagen de Jesús. -Allí comenzaban los grandes cardizales en terreno hendido, que concluían en la costa, y los plantíos de maíz que sirvieron de escondrijo a los batallones ingleses de rifleros en el sangriento combate con las tropas españolas el año VII.

A un flanco de la ciudadela, hacia el norte, existía una arcada estrecha con una puerta pesada en el fondo que daba salida al campo, y cerca una construcción maciza que servía de albergue a un piquete. Muy próximo se alzaba un edificio regular, en donde solían reunirse por la mañana algunos jefes y oficiales de la guarnición para departir sobre los sucesos del día anterior y novedades supervinientes.

Era aquel el portón de San Pedro; y fue ante la entrada de esa casa donde Luis María se detuvo, indagando si se encontraba allí el capitán Don Manuel Oribe.

Como le contestasen afirmativamente, entróse sin vacilar. El oficial que buscaba, así que le vio, vino a su encuentro y estrechóle en silencio la mano, con esa deferencia que se dispensa siempre a la gente bien nacida.

-¿Resolución hecha? -preguntóle con acento breve e incisivo.

-Inquebrantable, señor. Vengo en busca del pase para el comandante Álvarez de Olivera.

-Aquí está, otorgado por el superior.

El oficial sacó con el papel un pliego cerrado, y fijando su mirada fuerte en el joven, añadió:

-También este oficio para el jefe a cuyo encuentro va usted, con recomendación de que no caiga en manos del enemigo.

-Así será, capitán -respondió Berón fríamente, al recibir pase y nota.

-¿Lleva usted baqueano?

-Lo es un negro a quien he dado libertad. Mi padre lo ha ocupado estos últimos años con otros esclavos en las faenas de campo en Maldonado, y conoce bien el distrito.

-La campaña será cruda -observó el oficial; y usted va a exponerse...

Luis María lo miró sereno, sin susceptibilidad herida.

El capitán Manuel Oribe era un joven apuesto y bizarro, nervioso, esbelto, de aire distinguido y modales cultos, ojos pardos de expresión enérgica, cabello negro, cabeza erguida y busto vigoroso, la mano blanca y larga, el vestir correcto desde el corbatín hasta la espuela corta de bronce. Sus hechos valerosos le habían dado justo renombre, y aparte de combates ganados en buena ley -el último de los cuales había sido la derrota de la vanguardia del General Lecor- contábanse de él algunos episodios que acreditaban intrepidez heroica, a la vez que táctica sesuda de militar de escuela. De ahí que el joven le hablara y mirase con respeto.

-Si me expongo, mejor -dijo: -quiero rendir mis pruebas.

-Bien resuelto, aunque el horizonte no aparezca claro. ¡Sea usted feliz!

Luis María, comprendiendo que no te era dado investigar nada, movió la cabeza en silencio, despidióse y se marchó.

Después de lo dicho y oído, no había que pensar en retroceder; era preciso afrontar la aventura con entereza. Se sentía con fuerzas para ello. La idea del peligro ponía su sangre en ebullición, y las esperanzas patrióticas daban temple a su fibra empujándolo hacia adelante sin permitirle tener en cuenta esos afecto; profundos del hogar que perduran, -tan gratos después a la memoria en la hora de prueba, y que en el frío de la soledad producen la ilusión de una dicha verdadera por el hecho de no gozarla. ¿Qué sabía él de eso? Se consideraba útil y capaz; de contribuir con sus esfuerzos a la realización del ensueño de los fuertes, pues que era joven, inteligente y brioso; y no había que vacilar, so pena de pasárselo años enteros en la casa de comercio de su padre midiendo géneros y pesando granos. Fuera de muros, al sol y al aire libre, tenían que ensanchársele los pulmones, endurecérsele los músculos y crecerle recias las barbas, que así darían aspecto más varonil a sus facciones finas. Envidiaba al capitán Oribe la tostadura que produce el calor del vivac y la expresión enérgica que graba en el semblante la costumbre del peligro. Delicado había sido sin duda como él, de ojos melancólicos y epidermis de doncella; pero, ahora tenía los perfiles severos, mucha fuerza en la pupila y el aire duro del soldado de empresa.

Seré soldado también, -se dijo Luis María.

Y siguió su camino con paso firme.

Ya en su casa, el joven hizo sus últimos aprestos, reuniendo todos los objetos que él creía necesarios en unas maletas de cuero. Su buena madre habíale colocado junto al lecho en una mesa diversas cosas, a fin de que nada de conveniente le faltase «en su estadía en la quinta». Agrególas, un tanto emocionado, a su equipaje; el que, sin ser muy abultado, llevaba más de lo preciso. Teniendo en cuenta lo que había reunido Esteban, suprimió algunas piezas, limitándolo a la ropa blanca, camisetas y cobertores.

Una hora después, el negro se hacía cargo de todo, agregando por su parte cuanto pudo ocurrírsele como hombre campero y criollo de vicios. El tabaco, la yerba-mate, la sal en un saquito de lona y la caña en una gran cantimplora de azófar figuraban en su lista particular.

-No olvides alguna cosa de comer, por si acaso -díjole al despedirlo Luis María.

El liberto había guiñado el ojo, y salídose muy taimado.

Durante el almuerzo, el joven mostróse con su padre más afable que otras veces. El señor Berón estuvo comunicativo y afluente, disertando sobre las cosas del día y la gravedad de las circunstancias; aunque, cuando trataba de estos asuntos serios, lo hacía sin mirar a su hijo ni esperar sus aprobaciones, con los ojos en el plato o en el techo, cual si se dirigiese a un auditorio respetable, o a los co-tertulianos del tiempo de Elio y Vigodet.

-¡Ahora están lucidos estos «fidalgos»! -decía riéndose de una manera bronca y estrepitosa. Dentro de la jaula, sin puerta de salida; pues por la parte de la tierra se darían de narices con Lecor, y por la del mar, no cuentan ni un casco viejo que pueda hamacarlos nueve mil millas... Me imagino sin embargo que a la postre, no han de recibir de la otra banda socorro alguno, como quiera que allí no están muy seguros, mientras las armas del Rey sigan maniobrando en el Perú y ganen terreno sus bravos generales... Lo que harán estos en definitiva será entregar las llaves del Real a los de afuera, como que son de la misma camada, y por aquello de que, en tratándose de adjudicar prendas, más cerca está de la carne la camisa que el jubón... ¡No os figuréis, por Santiago! que ellos han de dar Montevideo a otros que no hablen su idioma. ¡Todo ha de quedar en familia! Se Deu non fora Deu, santo Anton sería Deu. Y de ahí no los sacaréis a estos intrusos acaparadores de lo ajeno, capaces de abrumarnos con sus impuestos, pero sin mucho ánimo para salir a arrojar lejos a los imperiales dueños de casi todo el territorio... No podían venir mejor las cosas para la causa del rey. Ya verán pronto lo que es bueno... ¡Si siquiera viniesen aquí con Valdez o con Canterac los batallones aquellos de Burgos o de Gerona y los dragones de Moquehúa, por Dios y en mi ánima!... En pocas horas cesaban estas ignominias. Ordóñez que fuese; aquel Ordóñez de Cancha-Rayada que hubiese ganado después la acción en Maypu si no es una torpeza de Osorío, como Muesas aquí hubiera ganado la del Cerrito si no es una cobarde peladilla que lo derriba en la falda en mitad de la pelea cuando ya tenía cogido el laurel para España; ¿quién de estos baronetes de la Laguna o del Pantano, se le habría puesto al alcance que no lo descalabrara en menos que se dice un responso, y lo llevase hasta la frontera chamuscándole los riñones como a un condenado? ¿Quién? Yo quiero saberlo...

No me habléis de Vigodet, que fue vilmente engañado por ese Alvearzillo que figuró de carabinero allá en la península... El Real no era bocado para él, que antes tenía que echar colmillos de león; y si no, ved que sacáis de limpio de la pringue gruesa y sucia de su parte, después de lo dicho en su manifiesto por Vigodet. ¡Exprimid, y saldrá la felonía a chorros! ¿Así se rinden fortalezas y se hace arriar una bandera sin mancha, para emporcarla luego que desfilan los tercios veteranos con sólo cuatro falconetes y forman en batalla frente al caserío de los negros?... Esos negros habrían sido más leales... ¡Y si no decidme, por Belzebú! ¿Era para rendirse en esas condiciones una plaza fuerte con cinturón de murallas, ciudadela, cubos, flancos, ángulos y bastiones defendidos por cuatrocientas bocas de fuego, sin contar las doscientas de la armada, entre cañones, obuses, morteros, carronadas y todo tubo de hierro y bronce que vomitase metralla -servidos por artillería veterana, y bisoña? ¿Y qué me decís de los seis mil hombres próximamente que se escudaban con el muro inexpugnable, con cerca de cuatrocientos jefes y oficiales a la cabeza -entre los primeros dos mariscales de flor y nata que valían por cuarenta y cinco y más caudillejos insurrectos?... ¡No! Y contad señores míos con el Lorca y el América, capaces de cargar a la bayoneta a diez mil charrúas con sólo mandarles que calasen la de tres canales; y después la infantería de la provincia y la de marina, sufridas y valientes, los dragones y los blandengues, el Madrid, los trozos gloriosos del Sevilla y del Albuera, los jinetes de Chain y los negros fieles... ¡No olvidéis el batallón Distinguidos del Comercio, en cuyas filas yo revistaba en calidad de teniente; bizarro cuerpo, a fe de mi nombre!...

Mientras así se expresaba el señor Berón, levantando en alto el puño con gesto ceñudo y entonación épica, su esposa seguía sirviendo tranquila el puchero, y Luis María pálido unas veces y en otras sonrosado limitábase a mover afirmativamente la cabeza, sin atreverse a desplegar los labios.

Cinco segundos de silencio a lo sumo, ponía entre párrafo y período el viejo peninsular; y, atento al recogimiento del auditorio, sorbía un trago de Jerez legítimo, y continuaba:

-Por encima de lo dicho, poned si gustáis a retaguardia de las filas, en zótanos y casernas, como moco de pavo, diez mil cartuchos de cañón listos a bala y metralla, casi un millón de fusil y tercerola, seiscientos quintales de pólvora, un centenar de embarcaciones de todos tamaños en la rada con poderosa artillería -más de doscientas piezas, repito- provistas de considerables cantidades de artículos de guerra; agregad lo mucho que el parque contenía, el entusiasmo de la milicia, la esperanza de auxilio a la larga, -y decid -vuelvo a preguntar- ¿no era bastante ese poder para reducir a polvo la tropa insurgente con sólo venir a las manos, al grito de Santiago y cierra España?...

¿Qué opinas tú, muchacho?

Al dirigirse a su hijo en esa forma, el señor Betón tenía el rostro encendido y la mirada colérica, y temblábanle las manos bajo una profunda excitación nerviosa. Estas ráfagas eran en él frecuentes.

El joven contestó con calma:

-Nada, padre. Entonces yo era niño.

-Verdad. ¡Qué sabes tú de esas cosas! Tenías la leche todavía en la boca y crecías entre ruidos de cañonazos y escopeteos como un pichón de paloma debajo del campanario...

-Pues, -observó la madre- estudiaba en San Francisco sus latines y religión, ¿no te acuerdas?

-Teología será, mujer; y lo otro, se me antoja que serían latinajos.

-¡Tanto da! -repuso la señora alegremente.

Luis María se sonrió, y sin preocuparse de tales recuerdos, dijo a su padre que lo miraba de soslayo:

-He puesto ya todos los libros de la casa al día, y arreglado bien los cuadernos de apuntes...

-¿Y a qué viene eso?

-Quería que usted lo supiese, porque deseo pasar esta noche y el día de mañana en la quinta del Cardal, si no hay inconveniente...

-No, ninguno. Ya te veo en traje: puedes ir. Pero mucho cuidado con apartarse lejos de aquí, de las Piedras para arriba, si no quieres caer en manos de los imperiales.

El joven se estremeció; más que por ese temor imaginario, a la idea de que el señor Berón algo hubiese sospechado acerca de sus planes.

Bien luego parecióle sin embargo infundada su duda; pues su padre, recapacitando, siguió en su peroración con menos brío a medida que ensartaba en ella todo género de reminiscencias y no encontraba oposición a sus opiniones.

De esta suerte, acontecíale adormecerse en pos de la propia excitación, y en concluir con suspiros o bostezos lo que había empezado con voces estentóreas y salidas de tono, acompañadas de una mímica violenta.

Luis María se levantaba respetuosamente, y la madre proseguía sus quehaceres domésticos, en lucha perpetua con los negrillos y mulatillos que se ocupaban más de sí mismos que de los deberes para con sus amos.

Sucedió igual cosa esta vez; y, cuando el señor Berón se retiró del comedor para prepararse a su siesta ordinaria e ineludible, el joven fuese a su vez a su aposento a dar la última mano a los preparativos de viaje.

Pasóse en él largo rato, concluida esta diligencia. Después echó en una cartera que llevaba sujeta al cinto una buena suma de dinero; y puso sobre la mesa debajo de un libro pequeño, la carta que había escrito para su padre.

Enseguida salió a la calle lleno de resolución; y a los pocos minutos trasponía la puerta de San Pedro, con las manos en las faltriqueras y el aire tranquilo, silbando una «vidalita» al compás de la marcha -entre malezas y barrancos.

Aparte de algunas construcciones dispersas, del horno de Viana, el matadero de Sierra, el cuartel de Blandengues, el de los indios y los corrales de Silva, de Pérez y de Martínez, toda esa zona al frente y lados aparecía agreste e inculta.

Luis María la cruzó a paso rápido en corto espacio de tiempo, sin novedad alguna.

Esperábale Esteban en la quinta del Cardal con los caballos prontos. No faltaba avío alguno a los «recados»; los ponchos de invierno estaban bien ceñidos en rollo con «tientos» en la parte posterior del lomillo, los «lazos» de trenza nueva sujetos en el mismo sitio sobre las ancas, los «mancadores» en el pescuezo y las «maneas» en el «fiador». El bayo de Luis tenía cruzada debajo de la carona una espada, y en una funda de lana que cubría el cojinillo, una pistola de caballería. El liberto había cargado por su parte su cabalgadura con las maletas en forma de árganas; y en cuanto a las armas echádose a la espalda una carabina y prendídose a la cintura un sable-corvo a más de la cuchilla mangorrera.

Apenas hubo llegado al sitio, que estaba a veinte cuadras de las baterías, el joven montó ágilmente en el bayo, y dijo a Esteban:

-Ven junto a mí, y guía por el rumbo de Pan de Azúcar. ¿Conoces bien ese camino?

-Sí, señor. Lo he andado muchas veces, y a ese rumbo está la gente alzada...

-Pues en busca de ella vamos, para ser del número de los que pelean.

-¡Mejor, señor! Ya verá su merced como a campo libre la pólvora hace poca humareda y se alborotan los mancarrones por «sancochos» que sean... Lo que sí que las fatigas son grandes y hay que caminar a ocasiones hasta de noche con ojos de gato.

-Caminaremos, negro. ¿Te asusta, eso?

-¡De donde, señor! He pasado ya muchas «lobas» a lomo pelado y antes se cansó el «matungo»... Ahora tenemos que ir a este costado de donde sale el sol.

Y Esteban tendió el brazo hacia la parte de la costa.

-No ha de faltar «rastrillada» de carretas y encajaduras tamañas como zanjas... A trechos la huella se borra, pero ganada la loma enderezamos a la sierra. En los bajos hay muchos pajonales donde se meten los «matreros» sin que naide pueda dar con la guarida.

-Eso nos conviene. ¡En marcha!

Los dos jinetes se dirigieron al camino al galope, perdiéndose bien pronto de vista detrás de las ondulaciones del terreno.



Nativa de Eduardo Acevedo Díaz

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