Ni rey ni Roque (Versión para imprimir)

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Autor: Patricio de la Escosura[editar]



Introducción[editar]

El mentir de las estrellas
es muy seguro mentir,
porque ninguno ha de ir
a preguntárselo a ellas.


Caballero en un rocín cuellilargo, quijotudo y amojamado, su creación inmemorial, sus jaeces un a jáquima bastante antigua, y una manta de muestra no muy moderna, y a pesar de todo, no mío, paseaba yo no hace mucho por una sierra del reino de Sevilla.

Preocupado en diferentes pensamientos, para mí muy importantes, y habituado ya al país en que me hallaba, confieso francamente que no me hacía mucho efecto el cuadro que me rodeaba, a pesar de ser una de las más bellas perspectivas que pueda imaginar el entendimiento.

Cuanto la vista alcanza a descubrir desde el punto más elevado de aquel terreno ofrece un aspecto lleno de vida y de interés. No hay allí una llanura que tenga un cuarto de legua en cuadro, y hablando con propiedad, los que los naturales llaman valles no son más que ramblas o encañadas, la más ancha de cien toesas, sí las tiene. Compónese, pues, todo aquel país de cerros y colinas, peñascos y precipicios.

La Naturaleza ha hecho tanto en favor de Andalucía, que a pesar de la indolencia de sus habitantes, la verdura, la frondosidad de la tierra, encantan el alma del que acaba de dejar las áridas llanuras de la Mancha, donde el viajero se cree más bien en la Arabia desierta que no en la región meridional de la culta Europa.

En medio de vastos y fértiles olivares, de montes de robustas encinas, de viñedos frondosos, de campos cereales, la blancura resplandeciente de los cortijos, que vistos de lejos tienen alguna semejanza con los caseríos ingleses, hace un efecto maravilloso.

A corta distancia unos de otros, se descubren muchos pueblos, más o menos considerables, cuya posición, próxima siempre a los pasos precisos de la sierra y en puntos que los dominan, descubre que en su origen fueron puestos militares establecidos por los moros para defenderse de las continuas incursiones de los cristianos. Los castillos ruinosos que en casi todos ellos se ven aún, y sus nombres arábigos, acreditan suficientemente esta conjetura.

Verifícase la comunicación entre estos pueblos por medio de unas veredas que vistas y andadas parecen y son más a propósito para cabras que para hombres y caballos; pero los naturales de la sierra las andan con una presteza y agilidad sorprendentes; y el forastero, animado con su ejemplo, acaba por habituarse y caminar tranquilo por ellas. En este caso me hallaba yo.

Andando a la aventura, mi rocín acertó a tomar una estrecha senda, que en la mitad de la altura de una cadena de colinas bastante pendientes corre paralelamente a su base, al pie de la cual se desliza con manso ruido entre innumerables piedrecillas de jaspe colorado un arroyo cuyo color verdoso y olor azufrado dan claros indicios de ser sus aguas minerales. Crecen en su orilla el romero, la adelfa, y otros muchos arbustos en profusión, y la flor roja, del segundo citado contribuye a prestar a aquella ribera, si tal nombre merece, un aspecto ameno y pintoresco.

Como media legua podría yo haber andado, cuando la lentitud del paso de mi cuartago, lo lacio de sus orejas y la humilde postura de su cabeza me revelaron que si no quería volverme a pie a mi domicilio, era preciso que permitiese descansar un momento a aquella vera efigies de Rocinante. Eché, pues, pie a tierra, y reconociendo, por la frondosidad del sitio, que me hallaba en las inmediaciones de un manantial de agua potable, como la sed empezaba a aquejarme, quise buscarlo. Tuve para esto que meterme por un angosto desfiladero, en el que apenas cabían dos personas de frente. La elevación de los peñascos laterales, y las ramas de muchas higueras silvestres que de sus hendiduras salían, formando una bóveda impenetrable a los rayos del sol, hacía también muy a propósito aquel paraje para madriguera de bandidos, casta de pájaros en que el país suele abundar. Esta circunstancia dio lugar a que yo descolgase el retaco que llevaba pendiente del arzón trasero, según costumbre de Andalucía, y con él terciado y montado entrase en el desfiladero.

No bien anduve veinte pasos, sentí a corta distancia el ruido de los de otro hombre y otro caballo. Debió de sucederle a él lo mismo, y de formar tan buen concepto de mí como yo de él, pues al descubrirnos nos apuntamos simultáneamente con los retacos, y ambos preguntamos a un tiempo:

-¿Quién va?

Íbamos los dos vestidos a la jerezana, que es también el uniforme de los ladrones; pero como llevábamos bigotes el uno y el otro, apenas nos los vimos cesaron nuestras sospechas, y bajando a un tiempo las escopetas depusimos el airado ceño, y nos saludamos cordialmente con el nombre de compañeros.

Mi encuentro era un anciano de robusta complexión y nerviosa fibra. Los avíos le habían como curtido; pero conservaba toda la elasticidad de sus miembros y una estatura elevada, exenta de la curvatura general de los hombres de su edad. Por debajo del sombrero portugués dejaba ver unos cabellos espesos, pero blancos como la nieve, y de igual color eran los poblados bigotes, que me le dieron a conocer por hombre honrado.

-¿Adónde bueno, mocito? -me dijo con cortesía, pero con aquel tono de superioridad justa que los ancianos toman siempre con los jóvenes.

-Voy, señor mío -le contesté- buscando la fuente.

-Por el acento y el camino que usted toma, bien se conoce que no es del país. Yo también voy a la fuente, y si usted quiere podremos ir juntos.

Agradecí y acepté la oferta, y echamos a andar hasta el manantial, que aún distaba más de lo que yo me figuraba.

El aire cordial, la franqueza, la urbanidad marcial de mi compañero, me hicieren reconocerle desde luego por un oficial veterano; y en efecto lo era. A los cinco minutos de estar juntos se estableció entre nosotros la misma libertad de trato que pudiera haber si nos conociéramos de diez años antes.

El anciano me dijo que tenía setenta años, y se llamaba don Sebastián de Vargas. Había empezado a servir en caballería a los doce años, esto es, en el de 1776. Había hecho la campaña del año 92; la de Portugal con los franceses; la de América, y la del año 23 en el bizarro ejército constitucional de Cataluña.

Tenía tres heridas, la cruz de San Fernando, y otras infinitas por distintas acciones; y era comandante de escuadrón, con grado de coronel; gracias a la amnistía, pues desdeñando purificarse en la última época, se había quedado de paisano. Había asistido a más funciones de guerra que yo tengo meses de vida; y confieso que aunque las refería con harta prolijidad, le escuchaba con gusto y veneración.

Dos horas estuvimos juntos, y quedamos tan amigos, que me convidó a ir a pasar algunos días en un cortijo que habitaba, a media legua de aquel paraje.

-Vivo en el campo -me dijo- con mi familia, que se reduce a una hija de veinticuatro años, un sobrino de treinta, mi ama de llaves y mi asistente, soldado tan antiguo como yo. No recibiremos a usted con cumplimientos, ni podremos obsequiarle a la moda de la corte; pero en cambio será usted bien llegado, siempre que quiera favorecernos, y partirá con nosotros una puchera no mal sazonada.

Dile las gracias por el ofrecimiento, prometiendo no despreciarlo; y monté a caballo, gozoso con mi nuevo conocimiento. Dos días después fui al cortijo de Sierra Carnero, que así se llama el de don Sebastián de Vargas.

Su hija es una señorita no destituida de mérito personal, educada con más esmero del que yo suponía. Ella y su padre me recibieron como éste me había prometido. Por la mañana vimos su habitación, que es una excelente casa de campo, aunque de muy antigua construcción, a la cual se han ido agregando sucesivamente cuadras, tinaones o establos, graneros y pajares. No muy lejos de ella está un molino de aceite. Por la tarde paseamos en las tierras del cortijo, que son vastas, bien cultivadas y productivas: no faltan en ellas los olivos, encinas y cepas, además de los sembrados de trigo y cebada, y los prados de alcacer. Pero lo que me encantó fue una huerta, en la que, entre otros muchos árboles frutales, se veía considerable número de naranjos, limoneros y granados.

El sobrino de don Sebastián, que tenía por nombre don Pedro Alcántara Hinojosa, me pareció un excelente sujeto; pero yo a la cuenta no tuve igual fortuna con él, pues me trató con notable reserva.

Mi amistad con aquella familia llegó a hacerse cada día más íntima, por manera que pasaba semanas enteras en Sierra Carnero. En una de estas ocasiones llamó mi atención un retrato, de excelente mano, de una señora vestida con traje antiguo, pero tan parecida a la hija de mi huésped, que llegué a figurarme sería su madre, que por extravagancia se hubiese hecho pintar vestida de máscara.

Cabalmente, cuando hice esta observación, Inesita, que tal era el nombre de la joven, riéndose, me contesto:

-No es usted sólo el que ha tenido esa equivocación, no señor. Ésa no es mi madre: es mi sexta o séptima abuela. Dicen que en la figura nos parecemos mucho; y si es verdad, como es tradición en la familia, que pasó muchos disgustos en su vida, me temo que también en eso nos parecemos.

Al concluir estas palabras, la sonrisa de Inesita se convirtió en una expresión melancólica, y una lágrima se asomó furtivamente a sus hermosos ojos.

Yo, que sin poderlo remediar soy muy compasivo con las damas, y un tantito curioso, pregunté, con bastante empeño; y supe de aquella joven la causa de su disgusto.

He aquí cómo, sobre poco más o menos, me la refirió:

-«Esta señora que usted ve retratada, dicen que era de una familia muy ilustre, y que antes de casarse con su marido, que fue un Vargas, pasó trabajos indecibles. Su hijo único se llamó Sebastián; y éste dejó muy encargado en su testamento a sus descendientes, que a todos los primogénitos les pusiesen su mismo nombre. Pero no es ésta la cláusula más singular del tal testamento: Parece que entre el marido de la abuela doña Inés, que tal era su nombre, y un primo suyo llamado don Pedro Hinojosa de Vargas medió una estrecha amistad, por cuya razón el nieto de aquél se casó con doña Inés, nieta del último. En virtud de esto, don Sebastián 1. º de Vargas encargó también que los primogénitos de sus descendientes en línea recta se casasen con las primogénitas de la de Hinojosa, siempre que estas llevasen el nombre de Inés.

Desde entonces, hasta mi padre inclusive, se ha seguido sin alteración alguna la extraña regla de bautismo y matrimonios establecido en el testamento de don Sebastián; siendo de notar que ninguno de sus sucesores ha tenido nunca más que un hijo varón.

Pero mi desdichada suerte ha querido que justamente variase en mí este orden constante de sucesión. Mi padre se casó teniendo ya más de cuarenta años; y mi madre, al darme a luz, expiró. El ama de llaves que hoy tenemos, y que cuando yo nací estaba ya en casa, me ha asegurado que no es fácil decidir cuál sentimiento era mayor en mi padre, si el de la muerte de su mujer, o el de no haber sido un varón lo que había dado a luz.

No puedo quejarme de mi padre; ha llenado sus deberes escrupulosamente; pero jamás se ha abandonado por completo a la ternura paternal conmigo; y por más que procura ocultármelo, se le conoce que me mira como un borrón para el árbol genealógico de la familia.

Para colmo de mi desgracia; todas las hembras de la casa de Hinojosa han muerto, y sólo queda un varón, que es mi primo. Nos amamos; y aunque mi padre lo aprecia, no se resuelve a casarnos; porque se llama Pedro y no Sebastián. Vea usted si tengo motivó de afligirme.»

No es ponderable lo que me interesó esta relación. Por ella comprendí que la frialdad del primo conmigo provenía de un movimiento celoso, y me puse a castigar su desconfianza; convenciendo a mi anciano amigo de la ridiculez de su empeño en sostener el extraño testamento de don Sebastián 1.º de Vargas.

En la primera ocasión que me pareció oportuna empecé a insinuarme, y el viejo comandante no tuvo dificultad en entrar en materia.

-Usted llama debilidad -me dijo- a lo que no es más que respeto y cariño a mis ascendientes. Seis generaciones han consagrado esa costumbre y la han hecho inviolable a mis ojos.

-Y está bien -le repliqué yo-, está bien que usted la respete; y yo sería de parecer que se observase, a ser posible. Pero usted tiene setenta años, edad que no es a propósito para casarse; y aunque fuera más joven no podría hacerlo según sus principios, porque no tiene una doña Inés de Hinojosa con quien enlazarse. Es preciso, pues, que usted consienta en el matrimonio de su hija con su sobrino, o en ver deshecha para siempre la unión entre dos ramas de la familia que tan ligadas han estado hasta aquí.

-Sí, eso sí: usted tiene razón; pero yo tengo miedo. Sí señor, miedo, no se asombre usted. Hay en este asunto un misterio que no alcanzo, y que es lo que más me detiene.

-¿Y no podré yo saber cuál es?

-A nadie se lo he revelado hasta ahora; pero haré una excepción en favor de usted. En el testamento de mi séptimo abuelo don Sebastián se dice: que sus herederos, en el caso de no conformarse con sus disposiciones, incurrirán en su enojo, y que los fundamentos de lo que ordenase contienen en un rollo de papeles, que cerrados en una caja de plomo sellada deja en su biblioteca. Todos hemos respetado esta caja; pero en tiempo de la guerra de la independencia una partida de los invasores que ocupó la casa, creyendo que en ella se contendría algún tesoro, la abrió a bayonetazos. Por fortuna se dejaron los papeles, que el ama de llaves recogió, y hoy están en mi poder.

-¿Y usted no los ha leído?

-Mil veces lo he intentado; pero están escritos con unos garabatos infernales; de los cuales no he podido descifrar ni uno.

-Si usted no tiene inconveniente en confiármelos, yo entiendo algo la letra antigua, y veremos de traducirlos al castellano moderno.

-Me hará usted un servicio impagable.

-Impagable, no tal. Prométame usted que si de esos papeles no resulta expresamente una prohibición de casarse su hija con su sobrino, cesará usted de oponerse a sus deseos.

-Veremos.

-No hay veremos que valga: o se casan, o no trabajo.

-Hombre, eso es hacerme la forzosa. Para hacer felices a dos jóvenes que lo merecen, y a usted también.

-¡Pero señor, qué empeño!

-Mi coronel, ¿sí, o no? Entre soldados no hay palabras ambiguas.

-Pues vamos con un sí.

-Eso es hablar en razón.

-Vengan esos cinco, mi coronel.

-Tome usted, mala cabeza.

Inmediatamente después de esta conversación me entregué de un rollo de papeles muy voluminoso, que contenía la narración, que sin más condición que la de variar algunos apellidos, me ha permitido don Sebastián dar al público.

Paréceme que ofrecerá la utilidad de dar a conocer en gran parte el carácter moral, político y religioso de una época interesante de nuestra historia. Nada más diré, porque el público va a juzgarla, y sería indisculpable temeridad anticiparse a su fallo.

He tenido la satisfacción de asistir a la boda de Inesita con don Pedro Hinojosa, y de ver a éste tan trocado que me llama su mejor amigo. El coronel Vargas sabe ya de memoria este escrito; pero no qué hacer para probarme lo que agradece mi trabajo.

Sólo falta que el editor de la colección no tenga por qué arrepentirse de haberlo incluido en ella, y entonces yo también estaré completamente satisfecho.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

Introducción - Libro primero: I - II - III - IV - V - Libro segundo: I - II - III - IV - V - VI - VII - Libro tercero: I - II - III - IV - V - VI - Libro cuarto: I - II - III - IV - V - VI - VII - Advertencias




Libro primero[editar]

Capítulo I[editar]

 
DON FÉLIX El rostro es en vano
          querer ocultarme;
          tú has de matarme,
          o yo te veré.
 
 
DON DIEGO No es verme tan llano
          que baste el querello;
          mal que os pese de ello,
          burlaros sabré.
 
(Comedia antigua inédita.)


Como a las ocho de la mañana de uno de los primeros días del mes de julio del año de 1595 se apeó en Madrigal, a la puerta de una pastelería, un caballero joven, galán y bien portado. Dejando los caballos al cuidado del sirviente que le acompañaba, entró en la pastelería con gentil desembarazo, y tocando ligeramente con la mano el bonete de terciopelo negro que cubría su cabeza, pronunció con voz clara y apacible la entonces usual fórmula de saludo

-Ave María.

-Sin pecado concebida -contestó la única persona que en la tienda había, y era una mujer joven, morena, de hermosos ojos, rostro más agraciado que bello y aire más grave e imponente del que su edad, condición y humilde traje prometían.

Estas observaciones las hizo el caminante sentado ya en uno de los escaños que había dentro de la misma chimenea; y fuese que su natural cortesía le moviese a ello, o bien que el aspecto de la huéspeda le pareciera exigir más respeto del que hasta entonces había mostrado, el hecho es, que se quitó cortésmente el bonete, y dejó ver una cabeza cubierta de cabellos castaños, cortados según la moda de aquel siglo, es decir, sobre poco más o menos, de la manera que hoy llamamos a la inglesa.

-¿No tendrá usted, señora huéspeda -dijo el caminante, después de breves instantes- alguna cosa con que aplacar el hambre de un mozo, que ya esta mañana ha caminado algunas horas?

No contestó a esta pregunta la persona a quien se hacía, sino que levantándose del asiento que ocupaba al frente del viajero, abrió y examinó el cajón del mostrador, algunas alacenas, y el horno, y visto todo, volvió a su puesto diciendo flemáticamente al mancebo:

-Nada.

-Bien por mi vida. ¿Y no hay otra pastelería en el pueblo?

-Ninguna.

-¿Y absolutamente no hay nada que darme?

-Nada, si no se contenta con un pedazo de pan.

-Corta cosa es, y mi estómago me parece que ahora requiere más sustancioso refrigerio. Duélase, hermana, de mi necesidad, y no me obligue a andar en ayunas el resto de la jornada, que por la paga no quedaremos mal.

-Mi señor no está en casa -replicó la huéspeda-; además, que aunque estuviera, no creo yo que quisiera ahora hacer nada.

-Válgame Dios, y qué poco amigo de trabajar es el pastelero: sea usted más caritativa, y alivie mi necesidad, que tengo prisa; el pueblo a que voy aún está lejos, y no quisiera llegar a él hambriento, y creyendo que en cuerpo tan bello haya una alma empedernida.

Estas últimas palabras, pronunciadas en un tono entre galán y jocoso, arrancaron, por decirlo así, una sonrisa a la grave pastelera; pero había en ella tanta dignidad, y en su aire tal importancia, que a ser en una princesa, se dijera que el requiebro la agradaba, sólo en cuanto a mujer. Mas el mancebo no estaba entonces para pagarse de sonrisas; el hambre le aquejaba, y continuó sus instancias, quizá con importunidad; pero mezclándolas con tantas y tan discretas lisonjas, que al cabo dio al traste con la pereza o el orgullo de la huéspeda.

-Por oír misa y dar cebada -dijo ésta- ya sabe usted que no se pierde jornada. Haga, pues, que su criado lleve los caballos al mesón, que está en la misma calle, y váyase el señor caballero a oír la misa del padre vicario de Santa María la Real, que dentro de una hora veremos de dar modo para satisfacer su apetito.

-¡Una hora! Mucho es, pero sea: oigamos misa y después volveremos a...

-A desayunaros.

-Y a ver los negros ojos de la más bella pastelera de esta tierra.

-Lisonjas de cortesano.

-No, sino verdades de hombre honrado.

-Si se retarda, caballero, no llega a la misa.

-¿Está lejos la Iglesia?

-A dos pasos. Desde la puerta de casa verá usted la del monasterio.

Y diciendo así, acompañó al caminante hasta la puerta, y, en efecto, le indicó el convento, que desde ella se veía.

Don Juan de Vargas, hermano del marqués de X, que es el caminante que hemos visto, era un caballero mozo, de buen parecer, mediana estatura, rostro blanco, complexión enjuta, humor jovial, muy aficionado a las armas, y sobradamente a las damas; sirvió al rey en Flandes con honor algunos años; su valor y nacimiento le alcanzaron una compañía; y en la ocasión en que le hemos visto se hallaba en España a causa de haberle llamado su hermano el marqués, que achacoso antes de la vejez, soltero, y sin inclinación al matrimonio, le propuso hacerle su heredero, con sólo la condición de renunciar el ejercicio de las armas y venirse a vivir en su compañía.

Don Juan repugnaba dejar los campos de Marte; pero el agradecimiento a su hermano, las muchas ventajas que la proposición de éste le ofrecían, y finalmente, algunas desavenencias con el cabo principal del tercio en que servía, le decidieron a dejar su bandera, con permiso del rey, y regresar a Valladolid, ciudad donde el marqués residía.

Éste, desde luego, descargó en su heredero el cuidado de su hacienda y estados que estaban en Castilla la Vieja, lo que proporcionó a don Juan hacer frecuentes viajes por la provincia, los cuales hacía siempre a la ligera con un solo criado, divirtiendo en ellos y en la caza el ocio de su nueva vida, insoportable para un hombre activo como él, vehemente, y habituado al continuo movimiento de la guerra.

Regresaba don Juan a Valladolid, después de haber visitado varios pueblos del señorío del marqués, situados en la sierra de Ávila, y se había propuesto llegar aquel día y detenerse algunos, en Medina del Campo, villa ya muy decaída entonces, pero no de tan poca importancia como lo es en el día.

Sigámosle al monasterio de Santa María, que lo era de monjas de San Agustín: dirigiéndose a él, con el piadoso fin de oír misa, iba don Juan repasando en su memoria el gracejo de la pastelera, y tratando, por decirlo así, de casar lo plebeyo de su condición con la nobleza de su porte; el deseo de la ganancia, natural en el tratante de oficio, con la negligencia y descuido de aquella mujer, que nada tenía en su casa preparado para la venta, y finalmente, la solícita adulación de la mayor parte de las gentes dedicadas a aquel tráfico, con el despego casi grosero de la morena de Madrigal.

Poco tiempo hacía que don Juan había vuelto de Flandes, donde las gentes, aunque de suyo poco aficionadas a los españoles, no perdían nunca la ocasión de ganar con ellos el dinero; los tudescos, flemáticos, sí, mas no perezosos, saben adoptar siempre el tono conveniente a la profesión que el interés, o la necesidad, les obliga a ejercer, y don Juan se olvidaba de que estaba en Castilla la Vieja.

Embebido, pues, en sus reflexiones, llegó al pórtico de la iglesia; en donde se hallaba reunido todo el pueblo, pues el día en que principia nuestra historia era festivo, y la misa del padre vicario la que siempre oían las personas de más cuenta, y las que sin serlo aspiraban a darse importancia, que ya entonces eran en bastante número.

Todo en aquel tiempo llevaba en España el sello del carácter severo y sombrío de su monarca. Cada una de las clases del Estado se distinguía en todo género de actos por sus insignias, por la calidad y hechura de sus vestidos. El color más de moda era el negro; los militares eran acaso los únicos que vestían de color; los adornos eran ricos y costosos, pero sencillos y graves: un cintillo, de diamantes par presilla en el bonete, una larga y gruesa cadena de oro colgando del cuello, y dando una o más vueltas sobre el pecho, y una sortija de valor en algún dedo.

El traje del siglo era airoso: Vandick, dice Walter Scott, lo ha inmortalizado. En efecto, o es la magia de aquel gracioso pincel, o verdaderamente el corte y disposición de los tales vestidos era infinitamente superior a los inconcebibles arreos de que hoy nos vemos cargados. Confieso ingenuamente que como no sea la idea de asimilarnos a los monos, no concibo cuál fuese la del inventor de los faldones de nuestros fraques. El pantalón, a la verdad, ya se entiende, porque la especie ha degenerado ya tanto, que apenas hay pierna masculina capaz de llevar con honor el calzón ajustado. ¡Pero el chaleco, casaca, y sobre todo, el corbatín! El corbatín -instrumento eterno de suplicio para el hombre obeso y corto de cuello, a quien no deja respirar, y para el ético agrullado, cuya cabeza, dejándose ver sobre una columna de raso o terciopelo, parece blanco puesto allí para diversión de muchachos-, el corbatín, repito, es la más desatinada de las invenciones.

Pero aún es mayor disparate entretener al lector con tales reflexiones: para concluir en general esta materia, diré que el calzón en aquel tiempo era ajustado y largo, que llegaba hasta la garganta del pie; la bota como la de campaña; el jubón, ajustado a la forma del cuerpo, llegaba hasta la cintura, a la cual se ajustaba por medio de un cinturón, del que ordinariamente pendía la espada; comúnmente estaba, como entonces decían, acuchillado, es decir, con ciertas aberturas cubiertas con unos bollos de seda en los ricos, y de lienzo más o menos fino en los artesanos y demás clases pobres.

El pueblo andaba de ordinario en cuerpo, y es natural, pues de esta manera estaba el hombre más desembarazado para entregarse a sus faenas; y en la cabeza llevaban los plebeyos un sombrero de copa redonda y ala ancha, al paso que los nobles, los funcionarios públicos, los criados y demás gente ciudadana, o por una razón o por otra, superior a la plebe, usaban la capa corta, que no pasaba de la cintura, y un bonete o gorra semejante; si no igual; a la que vemos en nuestros cómicos cuando representan las comedias de Lope; Calderón, etcétera.

El traje de camino variaba en algún tanto: éste era constantemente de color menos fino y delicado que el de la ciudad; y en lugar de la capa corta se llevaba el gabán, especie de capotillo sin mangas, y que cuando la ocasión lo requería, se usaba con forro de pieles; y aun a veces una capa parecida en las dimensiones a las del día.

Diremos al paso que tal era el vestido que llevaba nuestro don Juan, y cesando en las digresiones, continuaremos acompañándole en el pórtico, en donde se paseaba esperando la misa, siendo él objeto de las miradas de todos, y batiendo por su parte algunas observaciones en aquellos honrados vecinos.

El traje de camino, el aire desembarazado y libre de un cortesano, la osadía del militar, y un cierto no sé qué de seguridad, y ninguna extrañeza al verse solo entre personas desconocidas, que debía don Juan a la educación, al ejercicio y viajes, eran para Madrigal una cosa nueva.

Los individuos de la justicia del pueblo, que con el traje de etiqueta, la vara en la mano y el alguacil al lado, esperaban que la campana les diera la señal de ir a ocupar en el templo su asiento privilegiado, y estaban, como de razón, algún tanto separados del resto de la concurrencia, no fueron por eso los últimos en notar la llegada del forastero.

El corregidor, hombre de mediana edad, chico de cuerpo, abultado de barriga, de rostro circular a manera de luna, con dos ojitos de color de perla abiertos a punzón, chato, y de pocas letras, pero lleno de la importancia de su empleo, cuya insignia, la golilla, no abandonaba ni para dormir, y que hasta para pedir la comida o el sombrero creía necesario un auto de oficio, hubiera de buena gana mandado a su secretario que fuera a notificar al recién venido se presentase ante su señoría a declarar en forma su nombre, apellido, profesión, etcétera, pena de diez ducados de multa (que las multas eran lo que mejor le parecía del oficio); pero como su consorte le había apercibido de que hablase poco; si no quería exponerse a decir solemnes necedades, y el buen magistrado era un marido paciente y obediente, se contentó por entonces con señalar con el dedo a don Juan, llamando la atención del escribano, pronunciando gravemente la palabra «visto».

-Por mando de su señoría -respondió maquinalmente el escribano, especie de autómata legal con todas las apariencias posibles de una momia.

El alcalde, regidores, el personero y el alguacil, fijaron también la vista en el forastero, que acaso se dirigía hacia ellos en su paseo.

-Es galán -dijo uno de los regidores.

-Y su porte de cortesano -contestó el personero, que había estado alguna vez en Valladolid.

-Más parece soldado que otra cosa -replicó el primero-; Dios tenga de su mano a las mujeres si ha de pasar algunos días en el pueblo.

-Y a los mozos si viene de bandera -dijo el alcalde.

-¿Qué dice su señoría?

-Conforme -respondió el corregidor.

Ya en esto don Juan les había vuelto la espalda, y era observado por otros corros formados por distintas personas del pueblo; pero no halló cosa en ninguno que le llamase la atención, ni le distrajese del apetito que el caminar le había excitado; sólo notó un hombre vestido, en cuanto a la forma, como el resto de los habitantes, es decir, humildemente; pero que tanto en la calidad del paño de su ropa, que bien se echaba de ver era finísimo, como en el aire del cuerpo, no sólo lejos de ser grosero y torpe, sino además noble, distinguido y riguroso, se hacía notable entre todos.

Éste se paseaba solo como don Juan; pero se conocía que no era forastero, pues aun cuando los madrigaleños no dejaban de mirarle con cierta curiosidad, se dejaba ver que era objeto a que sus ojos estaban acostumbrados.

El rostro puede decirse que no se le veía, pues el ala inmensa de su sombrero no daba lugar a ello; pero si alguna vez por un movimiento brusco se dejaba ver, dos ojos negros como el ébano, vivos, penetrantes, y entre airados y melancólicos, hacían dudar de si las arrugas que le cubrían eran efectos de pesares y trabajos, o de una edad que se aviene mal con tanto fuego, y músculos tan vigorosos en la apariencia como los suyos.

Cuando este individuo pasaba por las inmediaciones de algún corrillo de gente del pueblo, nadie dejaba de saludarle, más respetuosa que afablemente; los hidalgos y los ricos volvían con tiempo la vista para no saludarle ni hacer desaire a su persona; y él ni parecía admirarse del acatamiento de los unos, ni extrañar la afectada distracción de los otros.

La justicia era la que aún le trataba de un modo más extraño. Al pasar por sus inmediaciones, la mano del para don Juan desconocido personaje hizo un movimiento como para tocar el sombrero, mas se quedó en el camino, y aquellos señores hubieron de contentarse con un «buenos días nos dé Dios», pronunciado en voz apenas inteligible.

Sin embargo, todos contestaron, aunque con cierta expresión en la fisonomía que no era fácil decidir si era de desprecio o de temor. Mas cualquiera que fuese, al interesado pareció dársele poca pena, pues continuó sus paseos, sin inquietarse en manera alguna de los magistrados de la villa.

Cuando el ánimo está libre, cualquiera cosa basta a llamar nuestra atención; así es que don Juan la fijó, sin saber por qué, en aquel hombre. Por su parte, el incógnito clavó también un instante la vista en el hermano del marqués. En un momento recorrió toda su persona; parecía querer penetrar en lo íntimo de su corazón; preguntarle con su mirar quién era, a qué había venido, por qué le observaba; pero un momento después, cruzando los brazos sobre el pecho, e inclinando la cabeza, en apariencia se olvidó de que don Juan estaba allí, y siguió paseándose.

Lo que a nosotros nos ha costado algunas páginas decir, fue, sin embargo, obra a todo lo más de unos cinco minutos que tardó la campana en sonar el acostumbrado tercer toque a misa.

Rompió la marcha el corregidor hacia la iglesia, y siguiole el ayuntamiento, atravesando la calle, que, con el sombrero en la mano, formaron los circunstantes, a excepción de don Juan y su incógnito, que por causas distintas no creyeron necesario rendir homenaje al magistrado. De aquí resultó, que ambos fueron también los últimos a entrar en el templo, lo que verificaron tan a un tiempo, que don Juan esperó poder entonces satisfacer la curiosidad que tenía de verle el rostro al individuo en cuestión; mas se engañó, pues éste, antes de poner el pie en la iglesia hizo un movimiento rápido para colocarse detrás del caballero, a quien ya no le quedó más partido que el de continuar su camino.

No fue, sin embargo, sin un secreto despecho de verse burlado en el mismo instante en que ya creía conseguido su designio. Tenaz por carácter, y no reprimida aún su vehemencia por el hielo de los años ni por la mano de hierro de la desgracia, era natural que no renunciase fácilmente a una empresa que ya por sí no presentaba graves dificultades, porque a la verdad, verle el rostro a un hombre que anda por la calle no es cosa maravillosa. Ofreciole la fortuna una ocasión, y la agudeza de su ingenio medios de aprovecharse de ella. No había en la iglesia más que una sola pila de agua bendita; a ella pues, había de acudir el incógnito. Don Juan sentía detrás de sí los pasos de aquel hombre; llega a la pila, introduce la mano, y se vuelve con rapidez para ofrecer cortésmente el agua; pero sea que el último hubiese previsto lo que iba a suceder, sea que por evitar las miradas de otros curiosos creyera oportuno seguir ocultándose, lo cierto es que con la mano izquierda llevaba inmediato a la cara un pañuelo, como si sufriera de dolor de muelas, de manera que no era posible vérsela. Alargó, sin embargo, el brazo derecho, recibió de don Juan el agua bendita, como si aquel obsequio le fuera cosa debida, e inclinando apenas la cabeza en señal de gracias, desapareció detrás de una de las columnas de la iglesia antes que aquel caballero volviera en sí del asombro que la presencia de espíritu y gravedad del desconocido le causaron.

El órgano sonaba ya; las religiosas en el coro habían dado principio al oficio divino, y don Juan, buen católico, y por otra parte hombre cuerdo, conoció que ni el paraje ni la ocasión eran a propósito para empeñarse en seguir a un hombre que visiblemente se obstinaba en no dejarse encontrar. Renunció, pues, por entonces, a su empresa, y púsose a oír la misa con toda devoción, si bien, a pesar suyo, no cesaba de mirar por todas partes, con objeto de descubrir en algún rincón al misterioso habitante de Madrigal.

Mas todo su mirar fue en vano; la misa se concluyó, y ya iba don Juan a retirarse de la iglesia, cuando advirtió que su incógnito iba delante del sacerdote y en dirección a la sacristía. En el momento tomó el mismo camino, y acelerando el paso se adelantó al vicario, quedándose, no obstante, algo más atrás que el objeto de su curiosidad.

Éste, así que llegó a la puerta de la sacristía, se paró, colocándose a la derecha de ella, de modo que era imposible que el fraile pasase sin verle. Don Juan, resuelto ya hasta a reñir con aquel hombre si necesario fuese, para verle a su gusto, hizo igual movimiento en el lado izquierdo de la puerta, quedándose frente a él, de manera que estaban como dos centinelas puestos para guardar un paso importante.

El de Madrigal, que conservaba el pañuelo puesto en la cara, lanzó una mirada de furor a don Juan; pero éste, que no era hombre de asustarse por miradas, permaneció intrépido en su puesto, mirándole de hito en hito.

En esto ya el vicario llegaba a la sacristía con las manos cruzadas sobre el pecho, baja la cabeza, y en el más profundo recogimiento, sin advertir en manera alguna a aquellos dos hombres inmóviles como estaban, y que acaso eran los únicos que quedaban en la iglesia.

Ya iba a entrar por la puerta, cuando el desconocido, dejando caer el brazo izquierdo y descubriéndose por consiguiente el rostro, dijo en voz clara y sonora, si bien no muy elevada:

-Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo.

Desde la primera palabra levantó el fraile la cabeza, tan despavorido como si oyera la voz del ángel exterminador, y clavando sus ojos desencajados de espanto en la fisonomía del que le hablaba , «¡Jesús me valga!», exclamó con voz apagada; y cediendo a la fuerza de su temor, se desmayó.

Venturosamente, don Juan estaba tan cerca, que pudo impedir su caída, recibiéndole en los brazos.

El desconocido, entonces, dirigiéndose a él, le dijo entre airado y pesaroso:

-Socórrale; y otra vez no sea tan entremetido.

Dicho esto, volvió la espalda y dejó la iglesia. Don Juan llamó al sacristán, a quien entregó el vicario, sin decirle nada de la causa de su accidente, y echó a andar apresuradamente, pero con ánimo de alcanzar al singular personaje que acababa de dejar; y obtener de él, de grado o por fuerza, la explicación de aquel suceso.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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Capítulo II[editar]

 Como de leve chispa al solo fuego
 se inflama el bronce vomitando muertes,
 al torpe influjo de calumnia impía
 así la furia popular se enciende.

(Canción anónima.)


Por más pronto que el sacristán del monasterio acudió a la voz de don Juan, y a pesar de cuanta prisa se dio éste a salir de la iglesia, no pudo hacerlo con tanta brevedad que alcanzase a la persona que buscaba. Todavía, cuando don Juan salió, quedaban en el pórtico algunos corrillos, y uno entre ellos formado por los individuos de la justicia, que ya conocemos de vista; pero ni con estos, ni con ninguno de los habitantes, estaba el incógnito, como don Juan vio después de haber examinado apresurada y curiosamente la fisonomía de todos los circunstantes, incluso la del señor corregidor.

El aire afanado de don Juan, cierta especie de sobresalto que se dejaba ver en su rostro, y, sobre todo, el desacato inaudito con que se atrevía a pasar en revista la fisonomía del primer magistrado de la villa, llamaron la atención general de un modo tan visible, que a estar menos preocupado con su designio, conociera nuestro caballero que su conducta era, por lo menos, imprudente. Mas ya se ha dicho que don Juan era obstinado; él mismo lo ha dejado ver en toda su conducta desde que está a nuestra vista, y además, en el punto a que las cosas habían llegado entonces, su curiosidad estaba demasiado exaltada para contenerse por respeto al desagrado de los honrados madrigaleños.

Sin embargo, todas sus diligencias fueron inútiles. Después de haber examinado detenidamente todas las inmediaciones de la iglesia, conoció que correr las calles de un pueblo desconocido en busca de un hombre, cuyo nombre, calidad y empleó ignoraba, sería sobre descabellado, infructuoso. Resolviose, pues, a regresar a la pastelería, con ánimo de adquirir en ella, si posible fuese, algunas noticias sobre el objeto en cuestión.

Pensar y ejecutar eran para el hermano del marqués casi una misma cosa. Cinco minutos después de tomada su resolución, estaba ya sentado en la pastelería, adelante de una mesa que la huéspeda le había hecho preparar durante su ausencia. Mas no estaba cuando don Juan llegó la agraciada morena; un marmitón mulato y silencioso como la tumba fue quien le hizo seña de ocupar su asiento; y poniéndole delante un asado de cabrito, medio pan blanco y un frasco de vino, se retiró sin decir palabra, al interior de la casa.

No pudo menos don Juan de sonreírse viéndose recibir de aquella manera, y de exclamar para sí: «¡Por vida de mi padre, que a estar en carnestolendas dijera que estos señores de Madrigal se han propuesto hacer burla y chacota de mi persona! Todos son misterios, y voto... pero comamos, que después habrá lugar para todo».

En efecto, don Juan ocupó su asiento, y después de persignado y santiguado devotamente, empezó a embaular bonitamente, unos tras otros, muchos no muy pequeños pedazos de cabrito, los que, para que no se le secaran en el estómago, tenía muy buen cuidado de humedecer con copiosas libaciones.

Al paso que iba, había cabrito para muy poco tiempo; pero aún no había concluido, cuando por detrás de él, y sin haber precedido ruido de puerta ni de pasos que se lo anunciase, apareció la huéspeda, y tocándole ligeramente en el hombro, le dijo, sin detenerse, y en voz tan baja que apenas se oía:

-Guárdese de requebrarme.

Cuando la última de estas palabras hirió el oído de don Juan, ya la morena ocupaba el mismo asiento en que la había visto la primera vez, y su actitud y aparente indolencia eran absolutamente las mismas también que en aquella ocasión.

El primer movimiento de don Juan, sintiéndose de improviso tocar en el hombro, fue llevar la mano al puño de la espada, pero viendo, casi al mismo tiempo, a la huéspeda, y escuchando las palabras que le decía, se quedó absorto durante algún tiempo. Recobrado, empero, y volviendo a su humor festivo; se sonrió con la morena; quien le correspondía igualmente; y animado con tan buen principio, empezó a decir:

-¿Querrá usted decirme por qué me prohíbe...

La huéspeda, conociendo que la palabra requebrarla u otro equivalente era la que el forastero iba a pronunciar, recorrió rápida y sobresaltadamente el aposento con la vista; y tomando en seguida una actitud tan imponente que rayaba en teatral, puso el dedo índice sobre sus labios, clavando al mismo tiempo sus hermosos ojos en los del desconocido caminante, que entonces no sabía qué cosa admirar más, si la gracia y belleza de la mujer que tenía delante; o aquel aire de dominio con que sin derecho alguno quería tratarle.

-Es singular -exclamó-; pero al cabo es mujer -dijo para sí-. No hay humillación en someterse a ella; variemos la conversación. Paréceme -continuó en alta voz- que la gente de Madrigal tiene mucha afición al padre vicario del monasterio, pues, según los informes que tengo, poca gente más será la que hay en el pueblo que la que yo he visto en misa.

-Muy poca -respondió la morena, que había vuelto a recobrar su primera apatía.

-Y no faltan hidalgos en el pueblo.

-Podrá ser.

-¿Cómo podrá ser? ¿Pues usted no lo sabe?

-No, a fe mía.

-¿Y cómo, estando en la villa y habiendo tal vez nacido en ella?

-Porque jamás me empeño en averiguar lo que no me importa.

Y a estas palabras, acompañó una mirada expresiva, tan burlona, que confundió a don Juan y suspendió su locuacidad por algún tiempo.

La pastelera calló también, y al parecer se ocupaba en contar las vigas del techo, mientras que el caballero, rojo como el carmín, apoyaba un codo en la mesa, la frente en la mano, y con la otra desmenuzaba prolijamente una miga de pan, como si la destinara a cebar algún pajarillo.

Después de algunos segundos, pasados en esta posición, don Juan, dejándola bruscamente como por efecto de una de aquellas luminosas reflexiones que; cuando menos esperamos, vienen a facilitarnos la solución de algún problema que nos parecía imposible resolver, don Juan, repito, volvió a anudar la interrumpida conversación.

-¿Conocería, por ventura, vuesa merced a un hombre?...

-¿Más curioso que siete mujeres? -interrumpió malignamente la huéspeda, con no poca mortificación del preguntante.

-No es eso lo que voy a decir, hermana -replicó, entre vergonzoso y enojado, don Juan-; iba a preguntarle si conocía a un hombre que hoy en misa ha llamado mi atención.

-Yo no he ido hoy a oír, la misa del padre vicario.

-Lo sé, pero, sin embargo, pudiera ser que las señas que yo diese de su persona (aquí advirtió don Juan que la huéspeda mudaba de color), hiciesen venir a usted en conocimiento de quién sea.

-Diga, pues, señor caballero -prorrumpió la huéspeda, la morena, pero con visible agitación.

-Su edad es entre la mocedad y la vejez; su persona parece ser de hombre robusto y asendereado; sus movimientos anuncian la agilidad que sólo se adquiere con el ejercicio de las armas.

-O haciendo pasteles -dijo detrás de don Juan la misma voz que en la iglesia causó el desmayo de fray Miguel de los Santos.

-Pardiez -exclamó don Juan; que familiarizado ya algún tanto con las sorpresas, recibió la nueva aparición con menos asombro que era de creer-, pardiez; hermano, me alegra más de haberos encontrado que si el rey me hubiera hecho merced de alguna encomienda.

El incógnito, que llevaba su gran sombrero calado, como siempre, hasta las cejas, y los brazos cruzados sobre el pecho, dejó a don Juan decir libremente, y continuó andando hasta colocarse en pie enfrente de él, y al lado de la pastelera, cuyos ojos, desde el momento de su entrada, no se apartaron del suelo.

El silencio duró algunos instantes; quien le rompió fue el pastelero.

-Señor caballero; si en efecto lo es usted, puede saber que la curiosidad indiscreta es gravísimo defecto, propio más bien de mujercillas y hombres bajos, que de gente noble y principal. Pero usted es mozo, y como tal no es extraño que aún no haya aprendido a moderar sus pasiones. Yo no soy ni quiero ser un misterio, y ciertamente creo que para correr a usted bastaría decirle que el que ahora está hablando es el pastelero de Madrigal, su humilde criado.

El principio de esta arenga inflamó al irascible don Juan; cuanta más era la razón con que el pastelero le reprendía, tanto mayores eran su mortificación y cólera; pero cuando oyó a aquel hombre concluir declarando su oficio; sin embargo de que la tal declaración se hizo con un tono indefinible, que ni bien era amargo, ni irónico, ni cortés, ni grave, fue tan poderosa con él la risa, que prorrumpió en una gran carcajada.

Ésta se prolongó tanto, que la pastelera acabó, como a pesar suyo, por hacer otro tanto; y hasta el mismo dueño de la tienda dio muestras de abandonar por un momento su austera gravedad.

Así se pasó algún tiempo, y sabe Dios el que se hubiera pasado, si en medio de aquella inmoderada, y acaso intempestiva alegría, no se dejara ver en la puerta de la calle, que estaba abierta, un hombre o esqueleto de tal, alto, flaco, carilargo, ojihundido, vestido de negro, con un lío de papeles debajo del brazo y un gran tintero de cuerno en la mano: el escribano, en fin, en cuerpo y alma, si es que la tenía.

-Abran aquí a la justicia -dijo, parándose en el umbral de la puerta-, y esta frase fue la primera noticia que de su venida tuvieron los tres reidores; al oírla cesó la risa; cada cual fijó los ojos en la puerta; y don Juan, viéndola abierta de par en par, y que el fantasma que en ella había, decía, sin embargo, que se la abriesen, estuvo por empezar de nuevo a reírse; contúvole, empero, la idea de que aquel hombre era al cabo un ministro de la justicia, y se contentó con decirle:

-¡Por más abierta no doy ni una blanca; entre usted, que bien puede!

La pastelera se inmutó extraordinariamente; sus manos, que don Juan notó ser de primorosa estructura, y no embrutecidas por el trabajo, se cruzaron sobre sus faldas con un movimiento convulsivo y casi involuntario; perdió el color del rostro, y echó una mirada al cielo, como pidiéndole protección.

Del pastelero no fue posible juzgar, pues el ala del sombrero le cubría, como se ha dicho, toda la cara, y en su persona no se notó movimiento que anunciase temor ni sorpresa, como no fuese el echar la mano al puño de una daga corta que llevaba casi oculta entre los pliegues del vestido; y aun esto con tanta negligencia y espacio; que más parecía movimiento casual que de precaución.

No bastó la invitación de don Juan para que el escribano pasase adelante, sino que, despreciando el aviso del caballero, se dirigió de nuevo al dueño de la casa, repitiéndole en su falsete:

-Abran aquí a la justicia.

-Abierto está; entre la justicia cuando quiera -respondió el pastelero; y entonces el escribano entró, seguido de dos alguaciles y cuatro robustos mozos armados con alabardas, mohosas, sí, mas de un tamaño respetable.

«Este Madrigal, dijo para sí don Juan, viendo aquello, es villa maravillosa, o se ha trastornado desde que estoy en ella: ¿qué va a que se llevan preso a mi huésped?»

Mientras hacía estas reflexiones, dos de los alabarderos se quedaron guardando la puerta, y otros dos se colocaron a los costados del escribano, quien, tranquilo, al parecer, con aquella escolta, empezó a decir:

-Gabriel de Espinosa: el rey nuestro señor, en su nombre el señor corregidor de esta villa, y yo, por comisión de su señoría expedida en debida forma, según más latamente consta en autos, os requerimos para que en este mismo instante nos entreguéis, para que puesto en lugar de seguridad y juzgado, y secundum alegata et probata, conforme a derecho, sufra la pena a que haya lugar, la persona de un asesino que tenéis en vuestra casa pastelería; sita en la villa de Madrigal, en el reino de Castilla la Vieja.

-Señor escribano: mi casa no es, ni ha sido nunca, asilo de malhechores. Usted viene engañado, pues en ella no hay persona alguna forastera, como no sea ese gentilhombre que usted está viendo; que seguramente no tiene trazas de asesino.

-Nada más engañoso que la apariencia -replicó gravemente el escribano-. Cierto, no es el hábito que acostumbra vestir la gente maleante el que vemos en la persona que usted nos señala; pero como, por lo demás, conviene en ello todas las señas contenidas en el auto del oficio y mandato de su señoría, fuerza será reconocer en este buen hombre el asesino que buscamos.

-Mentís como un bellaco -gritó furioso don Juan, irritado con tan rigorosa y no merecida acusación.

-¡Favor a la justicia! -exclamó el escribano.

Y al mismo tiempo sus dos satélites, enristrando las lanzas, le pusieron a don Juan las puntas al pecho, obligándole a retroceder hasta la pared, sin darle tiempo para tirar de la espada.

Sin embargo de verse en tan crítica posición, aún pudo tirar de un puñal, y hacía ademán de resistirse con él. Los alabarderos, por su parte, irritados con sus amenazas, le apretaban tanto con sus armas, que hubo momento en que realmente pudo decirse que estuvo a un dedo de la muerte.

El escribano se había retirado hacia la puerta; el pastelero miraba desde el lugar en que le cogió el principio de aquella escena singular, el valor de don Juan; pero la morena, más sensible y arrojada, corrió a los mozos, separó con sus manos las puntas de las alabardas del pecho del caballero, y poniéndose delante de él, le dijo:

-Entréguese usted a la justicia; si es inocente, como lo creo, no estará mucho tiempo en sus manos; y si fuese culpado, sobre que la resistencia sería inútil; no haría más que perjudicarle en su causa.

El raciocinio era concluyente; pero todavía más que su evidencia pudo con don Juan la dulzura de la voz, el tierno interés con que se pronunció, y la expresión hechicera del rostro de la que con razón llamó su libertadora.

-Usted -contestó- acaba de salvarme la vida, y justo es que yo ponga mis armas a sus pies -y, en efecto, lo hizo así-: disponga pues vuesa merced de mi persona, y crea que desde este instante se ha ganado un amigo, que lo será mientras viva.

No replicó la pastelera, sino que cogiendo la espada y el puñal de don Juan los puso sobre una mesa; y dirigiéndose al escribano; le dijo desdeñosamente.

-Ya puede hacer su oficio.

Don Juan, adelantándose entonces hacia el secretario sin soberbia ni humildad le dijo:

-Soy vuestro preso; pero acordaos que soy noble, y mi familia poderosa.

Concluidas estas palabras, los cuatro mozos de las alabardas cogieron en medio al hermano del marqués, y salieron procesionalmente de la pastelería, cerrando la marcha el escribano, y dirigiéndose todos hacia la casa-posada del señor corregidor, que estaba esperando al presunto reo con alguna impaciencia.

En el tránsito se agregaron muchas personas, que ya el aparato desplegado por la autoridad en la prisión de don Juan había reunido a la puerta de la pastelería; la mayor parte de ellas que andaban por las calles, y no pocas de las que estaban en sus casas y vieron pasar el singular acompañamiento de nuestro caballero.

-¿Por qué llevan preso a ese mancebo? -preguntó uno de modo que el interesado pudo oírlo.

-No sé -respondió otro-, pero, según dicen, ha cometido un asesinato.

-Imposible -interrumpió una mujer-, imposible: ¡Si es tan galán!

-Sí; como él sea galán, nada malo puede hacer -exclamó gruñendo un hombre, que, por amabilidad que con ella usaba, se conocía ser su marido.

-Señores, es un hereje.

-Judaizante, judaizante.

-No hay tal, señores; es un morisco disfrazado.

Todas estas conjeturas más divertían a don Juan que le mortificaban, pues, seguro de su inocencia, lo estaba de justificarse de cualquier crimen que se le imputara.

Pero, de repente, y de entre las personas del pueblo que más distantes estaban del preso, sale una voz de trueno gritando:

-¡Matadle, matadle, al asesino, al sacrílego!

Este apóstrofe produjo un momento de horror y profundo silencio; pero a poco se oyó un ruido sordo como el del mar en el momento de empezarse una tempestad.

Los habitantes se hablaban entre sí, y casi todos a un tiempo la pregunta «¿y qué es lo que ha hecho?» vuela de boca en boca. Pero el estrépito es tal, la diferencia de voces y la agitación tan grandes, que la respuesta no se da, o no puede llegar a los oídos del interesado.

Un momento después, la voz de «¡muera!, ¡matadle!, ¡a la hoguera!» es general; los alabarderos, los alguaciles y el escribano bastan apenas con amenazas, con razones y ruegos, a contener a aquellos furiosos, que más de una vez estuvieron a punto de arrojarse sobre la persona de don Juan, y de hacerle pedazos.

Decir que este caballero iba tranquilo en tan amargo trance sería falso, inverosímil. El amor a la vida es natural, y perderla inocente, sin esperanza de gloria, y por el necio capricho del vulgo ignorante, será siempre muy cruel, por más que suceda alguna vez en todos siglos y épocas.

Sin embargo, fuera de ponérsele el rostro amarillo como la cera, no dio nuestro don Juan otra señal de temor. De buena gana se hubiera tapado los oídos para no escuchar las horrendas imprecaciones que de todas partes, y sin cesar, llovían sobre él; pero conoció que, sobre no poder excusarse de oírlo que le mortificaba, pues los pulmones de los madrigaleños eran de bronce, o tal le parecían, dar aquella prueba de debilidad sería indecoroso y a propósito para alentar en sus sanguinarios proyectos a aquellos amotinados.

Uno de estos hubo tan osado, que, deslizándose por entre dos de los alabarderos, llegó a coger un brazo al preso; mas éste, conociendo lo crítico de su situación, y que sólo arrostrándolo todo era como le quedaba alguna esperanza de salvarse, le descargó en la cabeza un golpe tan furioso y tan bien aplicado que dio con él en el suelo, en donde se quedó como muerto. Tal fue el aturdimiento que tuvo.

Los alabarderos, viendo aquello, e interesándose como es natural por un hombre indefenso y expuesto a la ira de todos, y que, sin embargo, tan valiente se mostraba, enristraron las alabardas, y cerrándose en torno de él, lograron, no sin trabajo, abrirse paso por medio de la multitud que por todas partes les rodeaba.

El escribano intentó al principio resistir al tumulto con autoridad, conminando a los amotinados con diversas penas si al punto no le dejaban el camino expedito para que la justicia pudiera ejercer libremente sus funciones. Pero nadie le hizo caso, y hubo quien llegó a contestarle con muy poca cortesía.

Visto esto, varió de rumbo; empezó conviniendo con los habitantes en la enormidad del delito del prisionero y la justicia del castigo que para él pedían; pero les suplicaba que dejasen a cargo de los magistrados puestos por el rey aplicar la pena que conviniese, citándoles en apoyo de su opinión cuantos aforismos, leyes, comentarios y pragmáticas le vinieron a la memoria. Mas nadie atendía a su aflautado y meloso acento, ni aunque hubiesen atendido sirviera de nada, pues una vez rota por el pueblo la barrera del orden, ¿adónde pararán sus extravíos? Dios sólo alcanza saberlo.

A pesar de todo, permaneció firme en su puesto el escribano hasta la ocurrencia de que últimamente hemos hablado, pues así que vio caer a un hombre en el suelo, fue tan pánico el terror que de él se apoderó, que escabulléndose por entre los circunstantes, encorvado para que se le viese menos, se dio tan buena maña, que en pocos instantes se vio fuera del campo de batalla con no poca satisfacción suya.

Entre tanto, los mozos de las alabardas, valientes como castellanos de entonces, continuaban lenta y penosamente su marcha, y el pueblo gritaba a más y mejor contra el pobre don Juan, que daba al diablo la hora en que se le antojó venir por Madrigal, y quisiera más entonces habérselas con todos los tudescos del mundo que con sus furiosos compatriotas.

Llegaron por fin al umbral de la casa del corregidor y la hallaron cerrada, gracias a la prudencia de la consorte de éste, doña Petronila, que informada por un oficioso vecino de lo que ocurría en el pueblo, dispuso tomar a todo evento la precaución de no dejar que nadie entrase en su casa hasta que todo estuviese sosegado.

Por más que los alabarderos llamaron, por más que suplicaron, la puerta no se abría.

El corregidor, puesto a la ventana del piso principal, colocada precisamente encima de una de las rejas del cuarto bajo, decía constantemente:

-Hijos, no puedo abrir; mi mujer tiene la llave.

-Ya se ve que la tengo -exclamaba desde el interior del aposento la voz cascada de la dueña-. Ya se ve que la tengo, y no la daré.

Los amotinados se agolpaban; su furia, lejos de disminuirse, iba tomando incremento, y era visible que en breve todos los esfuerzos de los cuatro alabarderos serían inútiles para salvar al infeliz don Juan.

Éste, conociendo desde luego toda la intención del peligro, echó una mirada en rededor de sí, ve la reja, da un salto, gatea por ella, alcanza la ventana a que el corregidor estaba asomado, y entra por ella en el aposento. Inmediatamente coge al magistrado absorto por el brazo, le retira de la ventana, cierra vidrieras y contra ventanas, y rendido de fatiga y de sobresalto se arroja sobre un sillón.

Al ver el pueblo el arrojo de don Juan, todo él prorrumpió en un grito de espanto, del que se formará una idea el que haya oído la exclamación universal de los concurrentes a la elevación de un globo en cuya barquilla se ve algún atrevido aeronauta.

Pero a la admiración sucedió el furor y el grito de derribar la puerta, que sonó en los oídos del corregidor como la sentencia de su muerte.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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Capítulo III[editar]

 Doleos la dueña,
 doleos de mí;
 si no me amparades
 es fuerza morir.
 -Mal hora que os coja,
 ¿por qué aquí venís?
 Ni sé vuestro nombre,
 ni jamás os vi.
 -Salvadme, que os juro,
 que voy a morir
 sin culpa ninguna.
 -Mancebo, venid,
 que soy compasiva
 y mujer al fin.


(Romance inédito.)


Mientras que en la calle se discutía tumultuariamente sobre si sería más conveniente echar abajo la puerta de la casa del corregidor; o cercarla tomando todas las avenidas a ella, de manera que el fugitivo no pudiera absolutamente escaparse de sus manos, es imponderable la apurada situación del magistrado, su mujer y don Juan.

Por de pronto, la sorpresa en los dos primeros; y en el último el deseo de la conversación, no dieron lugar a ningún otro pensamiento; pero pocos minutos bastaron para que cada uno de ellos hiciera reflexiones sobre su posición y análogas a su carácter.

El corregidor repasaba en la memoria las penas impuestas por la ley al escalamiento pero al mismo tiempo veía con disgusto no serían aplicables en aquel caso; porque era claro que sólo el inminente peligro de su vida movió al acusado a tomar por asalto la audiencia de su señoría. Sin embargo, lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo sobre si tendría o no que inhibirse del conocimiento de aquella causa, pues, como testigo presencial del escalamiento, su deposición se hacía necesaria; y le imposibilitaba de ser juez en ella.

Doña Petronila empezó por ceder a la timidez de que en general adolece su sexo, y aun estuvo muy cerca de tener un desmayo; pero venturosamente se hizo cargo de que su ilustre esposo tenía demasiado miedo para socorrerla entonces, y el recién venido cosas de más importancia en qué pensar; y resolvió contentarse con derramar algunas lágrimas por el momento.

Don Juan, después de recobrado algún tanto, prestó la mayor atención a las voces de los amotinados, y a poco se hizo cargo de sus intentos, los que fácilmente se figurará cualquiera que le alarmaron en extremo.

-Amigo, quien quiera que seáis -dijo, dirigiéndose al magistrado-, en vuestra mano está salvar la vida de un hombre que, sin saber por qué, ni haber cometido crimen alguno, es el objeto de la furia de esa canalla.

-Doña Petronila, esposa, ya oís lo que dice este hombre.

-Sí, ya oigo, y más valiera que ese hidalgo no hubiera venido a ponernos en tan grave peligro.

-Señora, el peligro en que yo mismo me hallaba es mi disculpa.

-¿Y quién le mandó ponerse en él, señor mío?

-El demonio, que sin duda me inspiró el pensamiento de venir a este malaventurado pueblo.

-¡El demonio! -murmuró aparte el corregidor-. Vade retro. Este hombre tiene pacto.

-Sí, -contestó la corregidora, que iba cobrando aliento-; echa la culpa al pueblo, de lo que la tienen sus malas mañas.

-Pero ¿qué malas mañas, pecador de mí? ¿Qué mañas? ¿De qué me acusan? Sépalo yo, al menos.

-Traslado -respondió el magistrado.

-Le acusan -dijo su mujer- del asesinato que ha cometido.

-¡Válganme todos los santos del cielo! ¡Yo asesino! ¿Y quién lo dice?

-Oiga, hermano, y escuchará como se lo dice todo el pueblo.

-¿Y eso basta?

-Vox populi, vox Dei -dijo el juez.

Aquí interrumpió la conversación el estrépito horrible de las voces de los amotinados, que con más furia que nunca gritaban, «¡Abajo la puerta!» y tomó por vía de acompañamiento se oían los golpes que daban en ella algunos impacientes con las astas de las alabardas que habían logrado arrancar de manos de sus dueños, en tanto que recibían las hachas que habían enviado a buscar.

-Toda discusión es ociosa, señores; dentro de algunos minutos seremos todos víctimas de la rabia de esos desalmados, si por caridad no me indican vuesas mercedes un medio para huir de aquí.

Doña Petronila, mujer al fin, y conmovida con el riesgo a que conocía se hallaba expuesto, quiso echar una mirada sobre su extraño huésped; a quien hasta entonces no había examinado, temiendo hallarle espantoso; pero cuando vio un mancebo tan bien dispuesto y sereno hasta cierto punto, aun puesto en aquel duro trance, sintió enternecérsele el corazón, y empezó a pensar en qué paraje podría ocultarle para sustraerle a la espantosa muerte que sin duda le aguardaba.

Mujer que quiere, pocas veces no puede; un retrete en su propia alcoba, cuya entrada dispuesta ya con arte para que no se notase, era todavía menos visible a causa de la oscuridad del lugar en que estaba, fue el paraje que doña Petronila creyó a propósito para ocultar a don Juan. Y en efecto, levantándose de su asiento, le asió de la mano, diciéndole:

-Sígame.

El hermano del marqués, en el entusiasmo de su gratitud no vio ni los sesenta años de doña Petronila, ni su figura colosal y descarnada; ni los ojos a manera de perdiz, ni la mano semejante a la de una parca; nada vio, repito, en aquella mujer, sino un ángel tutelar que venía a arrancarle de las garras de la muerte. Así es que imprimió en la mano que le llevaba un beso tan ardiente como hubiera podido hacerlo y en la de la misma diosa Venus, si en persona se le hubiese presentado a ofrecerle sus favores.

No habían puesto aún el pie fuera del aposento la dueña y el caballero, cuando les hizo pararse una voz que se oyó en la calle, primero a lo lejos y repetida a pequeños intervalos, después muy próxima, últimamente, inmediato a la misma casa y universal, diciendo «¡Milagro, milagro!»

Casi al mismo tiempo cesaron los golpes de la puerta, y el ruido de las pisadas anunció que los amotinados se retiraban, pero con tanta precipitación, que era una verdadera fuga, y repitiendo sin cesar el grito de «¡Milagro, milagro!», que debilitándose, progresivamente acabó por dejarlo todo en el más profundo silencio.

Cuando llegó este caso, don Juan, que había permanecido en pie, y siempre asido de la mano de doña Petronila, exclamó como maquinal e involuntariamente:

-¡Milagro!

-¡Milagro! -repitió la dueña.

-¡Milagro! -tartamudeó el corregidor.

Después que ya fue evidente la partida de los amotinados, cada cual se fue serenando progresivamente, como es natural, la curiosidad sucedió desde luego al temor.

Lo ocurrido era a la verdad para tenerla. Don Juan, en un pueblo en que a nadie conocía, en el que apenas hacía dos horas que se hallaba, sin que durante ellas se hubiese querellado con persona alguna, se veía de repente acosado, preso por la justicia, perseguido por el pueblo; y de repente, también como por encanto, a la voz de milagro, se verifica en efecto el de dispersarse espontáneamente el tumulto, y esto en el momento en que era muy probable consiguiesen su intento los amotinados.

Por su parte, el corregidor y su esposa, aunque enterados del crimen de que se acusaba a aquel caballero comprendían aún menos que él mismo la dispersión del motín.

No tardaron mucho ni unos ni otros en salir de sus dudas; pero para hacer inteligible la solución del misterio en cuestión, nos es forzoso volver atrás por un momento con el hilo de nuestra historia.

Recuérdese que hemos dicho que el aguijoneado don Juan, por el deseo de conocer al que después vio ser el pastelero, había dejado al vicario del monasterio de Santa María la Real desmayado, en brazos del sacristán del mismo, y que inmediatamente echó a andar en busca de su incógnito.

Sucedió, pues, que no pudiendo el sacristán entrar solo al fraile desmayado en la sacristía, llamó en su auxilio a dos monaguillos, que, en efecto, le ayudaron a echar al vicario sobre un banco y prodigarle los socorros ordinarios en tales casos, como rociarle el rostro con agua, hacerle oler vinagre, despojarle de parte del vestido, etcétera.

Pero como, a pesar de todos sus esfuerzos, y del movimiento que recibía el cuerpo del padre vicario no volvía de su paroxismo, el pobre sacristán, hombre pacato y de poco espíritu, exclamó, afligidísimo:

-¡Válgame Dios! Está como muerto el buen señor.

No aguardaron a oír más los dos monaguillos, muchachos de diez a once años ambos, sino que echando a llorar amargamente salieron corriendo de la sacristía dando grandes alaridos, en los cuales no se les oía más palabras inteligibles que las de «Ha muerto el padre vicario».

Ya en esto, la mayor parte o todas las personas que quedaban aún en el pórtico cuando salió don Juan de la iglesia, se habían retirado a sus casas; los mismos individuos del ayuntamiento se habían dispersado, y sólo el corregidor y el escribano, con algún otro rezagado, estaban bastante próximos a la iglesia para oír las lamentables exclamaciones de los acólitos.

-Homicidio -dijo el corregidor.

-Homicidio -repitió el escribano; y recordando entonces con infernal sagacidad la salida de don Juan de la iglesia después que todos los demás circunstantes, infirió como consecuencia de la prisa y azaramiento que en él advirtió entonces, que él era sin duda el asesino del padre vicario, e inmediatamente se lo comunicó a su señoría, quien contestó:

-Préndasele, y le ahorcaremos.

Con tan buenas intenciones; el escribano, hombre diligentísimo en tales ocasiones, dispuso la prisión de don Juan en la forma que hemos visto se verificó en la pastelería; y su ánimo era llevarle a casa del corregidor para tomarle inmediatamente las primeras declaraciones.

La casualidad hizo que las primeras personas que se reunieron a la comitiva de don Juan no estuviesen enteradas del crimen de que se le acusaba; pero ya cuando se aumentó el concurso, se agregaron a él uno o dos sujetos que, habiendo oído la conversación del juez con su secretario en las inmediaciones de la iglesia, hicieron correr la voz de que aquel hombre iba preso por haber asesinado al padre vicario en la iglesia misma, en el momento de acabar de decir misa, y revestido aún de las sagradas ropas.

El delito era enorme en sí, atroz por la persona en quien se cometía, y sacrílego por el paraje en que se suponía haberse cometido y circunstancias que le acompañaban.

Pero, sin embargo, para comprender bien el furor que encendió en el pueblo, es preciso saber lo que amaba al que creía muerto.

Fray Miguel de los Santos era religioso del orden de San Agustín, y portugués de nación, provincial de su orden en Lisboa, predicador, confesor, y amigo del desgraciado rey don Sebastián: se unió, después de su pérdida, en estrecha amistad con don Antonio, prior de Crato, que fue, como es cosa bien sabida, uno de los pretendientes más obstinados a la corona de aquel reino.

Fray Miguel debía a la naturaleza un carácter vehemente, entusiasta y arrojado; así es que no supo sustraer a la suspicacia de Felipe su mal reprimida adhesión a don Antonio.

El monarca español le hizo traer a Castilla encerrado en un coche con guardas de a caballo, y le tuvo preso algún tiempo, hasta que, por fin, o creyendo que el fraile se habría demudado con el infortunio, o cediendo a empeños de poderosos, le concedió su libertad, enviándole de vicario al monasterio de Madrigal, en el cual era monja profesa la señora doña Ana de Austria, hija natural del inmortal vencedor de Lepanto.

Costumbres irreprensibles, moral pura e indulgente para los demás, y severa para sí mismo, ayunos, penitencia, limosnas, la práctica constante de todos los ritos exteriores de la religión, con más el ejercicio, en cuanto le era posible, de las virtudes reconciliadas, adquirieron a fray Miguel en Madrigal la reputación merecida de un varón justo y un sacerdote ejemplar.

Nunca la miseria acudió en vano á la caridad de fray Miguel; a si los socorros que daba no eran siempre tan cuantiosos como él hubiera deseado, iban por lo menos acompañados de buenos consejos y palabras compasivas, lenitivos muchas veces, si no remedio a nuestros males.

Con estos antecedentes es fácil hacerse cargo de la inflamación extraordinaria y portentosa de los habitantes de Madrigal contra don Juan de Vargas, que ni siquiera podía sospechar qué había hecho para que tan mal le quisiesen.

Pero el pueblo estaba firmemente persuadido de que aquel caballero había asesinado al vicario; y el castigo que la justicia le impusiera le parecía tardo y suave; no se trataba ya de castigar un crimen oscuro, sino de vengar a una población entera privada del protector de los pobres y lavar la afrenta hecha al templo del Señor con un atentado inaudito.

Personas de Madrigal que por carácter, estado y edad, no se hubieran mezclado en el motín en ninguna otra ocasión, se unieron a él en aquella. Hombres naturalmente compasivos pedían a voz en grito el fuego y los tormentos más terribles para el que juzgaban culpable, y esto sin tener la menor seguridad de que el crimen se hubiera cometido, mucho menos aún que, ya que fuera así, fuese su autor el desgraciado a quien quería sacrificar. Tal es el efecto de las conmociones populares, movidas a veces para un solo fin, nunca muy honrado, pero que, por circunstancias, podrá ser provechoso en un momento dado, y jamás se contentan con lograrlo; como los graves aumentan velocidad en cada instante sucesivo de su descenso, y como este aumento de velocidad acrecienta la fuerza de la masa que desciende, así el tumulto aumenta continuamente sus exigencias; se aumenta también sin cesar una especie de fuego eléctrico que se comunica de hombre a hombre, los inflama a todos, los funde, por decirlo así, en un solo cuerpo monstruoso, capaz de todo lo malo; y nunca de nada bueno.

¿Son exageraciones? ¿Son frases de escritor? ¡Ojalá! Pero dígalo la historia, y no hay necesidad de ir a buscar la antigua.

Volvamos a Madrigal. Las hachas acababan de llegar; dos de los más robustos amotinados se habían apoderado de ellas y se disponían a empezar la obra de destrucción, cuando el grito de «¡Milagro!» se oyó por primera vez en las últimas filas de los circunstantes; y los que las formaban dieron a huir como gamos por calles y callejuelas, persignándose al mismo tiempo, con toda la devoción que la prisa les permitía, y encomendándose cada uno al santo de quien era más devoto.

¿Cuál era la causa de su espanto y gritos? ¿Cuál el milagro que anunciaban?

La resurrección de fray Miguel de los Santos, nada menos: este religioso llegó a saber el peligro inminente en que se hallaba un hombre acusado de haberle muerto; y a pesar de que su desmayo le había puesto realmente enfermo, dijo la causa inmediatamente para salvar a aquel infeliz.

La palidez de su rostro, su andar mal seguro, y la expresión melancólica de su fisonomía, le daban cierto aire poco común. ¿Qué más necesitaba el pueblo para creer que era un muerto resucitado?

La palabra milagro volaba de boca en boca. Unos corrían porque habían visto a fray Miguel; otros porque oyeron que venía; otros porque veían correr a los demás; y finalmente, algunos porque temieron, quedándose solos, pagar la culpa de todos por el desacato cometido contra la justicia.

Así se disipó aquella tempestad; cada uno se fue a su casa, sabiendo menos sobre el asunto en cuestión que cuando salió de ella, ronco de gritar, molido de encontrones y otros azares (pero al cabo contento por haber sacudido, por un instante, el yugo de las leyes, aunque nada hubiesen conseguido). No faltó tampoco quien hallase de menos el pañuelo, el dinero, o alguna alhaja de valor que llevaba en el bolsillo; debió de consolarse con la idea de que había pasado a manos de alguno de sus co-hermanos del motín, y probablemente no de los menos celosos por el bien general.

Pero el hecho es que el motín se disipó, y que, a pesar de lo que el pobre vicario se esforzaba en gritar que no había milagro ninguno en andar por las calles un hombre de carne y hueso, y que él no había muerto, que viniesen y le tocasen, verían como estaba vivo, aquellos señores; cuanto más los llamaba, mas huían, diciendo que no querían nada con muertos.

Vista la inutilidad de sus razones, continuó fray Miguel su marcha hasta la puerta de casa del corregidor, y llegando a ella, dio dos o tres golpes con el aldabón.

Oírlos el juez y pegar un salto, de resultas del cual se quedó en cuclillas, como una mona, sobre el sillón que ocupaba, todo fue uno.

Doña Petronila, creyendo también que volvía de nuevo la persecución, quería llevarse a don Juan adonde ya tenía proyectado esconderle; pero Vargas, más acostumbrado a los peligros que los dos esposos, no quiso consentir en ello.

-No, señora -dijo-, estos golpes no son ya de persona que intenta forzar la puerta, sino de uno que pretende que se la abran. Además, el profundo silencio en que estamos es prueba evidente de que la canalla, por milagro, en efecto, ha abandonado el campo. Tal vez el que llama es algún amigo: veámoslo.

Y sin esperar respuesta ni dar lugar a reflexiones, abrió la ventana, y viendo, con no poca satisfacción suya, la calle enteramente desembarazada, preguntó:

-¿Quién va?

-Fray Miguel de los Santos -respondió el fraile.

El corregidor se tiró desde el sillón al suelo, se tapó la cara con las manos, y además se puso como si besara la tierra, no cesando de decir apresuradamente y sin intermisión.

«¡Abrenuncio, Satanás; abrenuncio, Satanás!»

Su mujer, más atrevida, sacó inmediatamente su rosario; y adelantándose hacia la ventana, haciendo la señal de la cruz, empezó a decir:

-«De parte de Dios te digo, ánima de fray Miguel, que me digas a qué vienes, y si estás en pena, por qué, y qué quieres que hagamos para sacarte de tan mal estado».

Durante esta arenga, que el pobre juez acompañaba con su refrán de «Abrenuncio, Satanás», el cual producía un zumbido muy semejante al del moscón, don Juan, absorto, hubo un momento en que estuvo tentado a tener miedo y ponerse también a rezar por su parte; pero juzgó después más prudente pedirle explicación de aquel misterio al fraile, que con paciencia admirable estaba esperando a que doña Petronila concluyese su exorcismo.

-¿Qué es esto, padre? Dígame vuesa reverencia si la gente de Madrigal pierde el seso periódicamente tal día como hoy en cada año.

-Señor caballero, que tal lo parece usted -dijo fray Miguel-, esa señora me cree muerto, y por mano de usted.

-¡Jesús! ¿Y cómo?

-Eso se alcanzará si usted logra que se convenzan de que, gracias a Dios, vivo todavía, estoy bueno y sano, y lejos de haber recibido de usted el menor insulto, aún tengo que agradecerle algún servicio.

Era menester ser muy necio o muy obstinado para negarse a dar crédito a un hombre que con tan buenas razones probaba que vivía. Doña Petronila, que si bien no era joven ni agraciada, y sí dominante y un tanto colérica, tenía, sin embargo, una cantidad de razón regular, se convenció, pues, de que en el supuesto asesinato del vicario había habido algún extraño error; desde luego, mandó a su esposo que creyese que realmente estaba en esta vida fray Miguel.

-Doña Petronila, ¿estáis segura?

-¿Cómo es eso? ¿Cuándo no estoy yo segura de lo que digo?

-Ya, pero cuando son cosas sobrenaturales...

-¿No basta que os lo diga yo? Id noramala, y mandad que abran la puerta a su reverencia. Ya van, fray Miguel, ya van. Vamos, muévase.

El pobre corregidor, a pesar de que conservaba su recelo, no tuvo más remedio que obedecer; y, gracias a sus providencias, a poco tiempo entró fray Miguel en el aposento que fue teatro de la escena de que acabamos de ser testigos.

Haciendo una ligera inclinación de cabeza a la dueña de la casa, se dirigió el vicario hacia don Juan, diciéndole:

-¡Señor Mío! En cuanto hoy ha pasado, espero que usted me hará la justicia de creer que yo no he tenido la menor parte. Un paroxismo que al retirarme de decir misa me sorprendió a la entrada de la sacristía...

-Del que fui testigo felizmente, pues evité que vuestra reverencia viniese al suelo.

-Favor que ya sospechaba deberos, y a que estaré eternamente agradecido; ese paroxismo, pues, ha dado lugar a creer por una combinación de concomitancias, que sería muy prolijo explicar ahora, que yo había sido víctima de un asesinato y vos el homicida. El señor corregidor, y perdóneme su señoría que se lo diga, ha obrado con vos ligeramente, dando lugar a cuantos desórdenes han ocurrido, y exponiendo a una persona inocente a gravísimos riesgos. Usted, señor caballero, tiene sin duda derecho a reclamar daños y perjuicios; pero yo fío en que por amor de la paz, y por mi intercesión, si de ningún valor por lo escaso de mis méritos, de algún peso a lo menos por el santo hábito que visto, y querrá usted darse por contento con que yo en nombre de todo el pueblo le pida perdón por lo ocurrido, y perdonado, en efecto, como buen cristiano, se vendrá conmigo a mi celda por el tiempo que tenga a bien pasar en este pueblo y honrar a su servidor.

Don Juan no contestó a este razonamiento, aviniéndose a todo; y dando gracias a la corregidora, y aun al corregidor, salió de su casa acompañado del fraile y razonando con él sobre lo ocurrido en aquella mañana.

No podía Vargas menos de conocer en su interior que a todo había dado lugar su curiosidad verdaderamente pueril; pero, a pesar de ello, lo que más sentía era el no haber podido descubrir el misterio del desmayo de fray Miguel al nombrarle el pastelero.

Cuántas penas le costó su fatal empeño, lo veremos en el curso de esta historia si nos alcanza la paciencia, al lector para hacerse cargo de ella, y a mí para concluirla.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

Introducción - Libro primero: I - II - III - IV - V - Libro segundo: I - II - III - IV - V - VI - VII - Libro tercero: I - II - III - IV - V - VI - Libro cuarto: I - II - III - IV - V - VI - VII - Advertencias




Capítulo IV[editar]

Pero estorbóselo una carreta que salió al través del camino, cargada de los más diversos y extraños personajes y figuras que pudieran imaginarse.
(Cervantes: Don Quijote, parte 2.ª, cap. 1.)


Sosegado el pueblo de Madrigal, y enterado después de algunas horas de la falsedad del hecho que dio lugar al motín, volvieron las cosas al orden regular. La tarde del mismo día del tumulto, aprovechando la hermosura del tiempo, salieron a paseo a una pradera inmediata de la villa gran parte de sus habitantes.

Acostumbraban los mozos a reunirse en aquel paraje los días festivos con objeto de recrearse en diversos ejercicios corporales, haciendo en ellos alarde cada cual de fuerza y habilidad.

La barra, la carrera y la lucha para los plebeyos; montar a caballo, arrojar una lanza, tirar al blanco y correr sortijas para los nobles.

Las mujeres asistían a estos espectáculos, como a todos, para ver y ser vistas. Su presencia servía de estímulo al valor de los combatientes; hombre que en las circunstancias ordinarias no hubiera levantado del suelo un peso de dos arrobas, levantaba seis sólo por estar delante su amada. ¿Qué esfuerzos no hará un hombre por no verse humillado a presencia de su dama? El que amando no es valiente, seguro es que nunca lo será.

Habíale sido forzoso a don Juan ceder a las instancias de fray Miguel y acompañarle a su celda a comer con él.

Durante la comida intentó Vargas diversas veces que la conversación recayese sobre el lance de aquella mañana en la iglesia; mas el vicario se obstinó en eludir constantemente sus deseos, y viéndose ya últimamente muy apretado por el caballero, pretextó ocupaciones importantes, y rompió la conferencia más apresurada que cortésmente.

Libre don Juan, se encaminó sin detención a la pastelería, pero la encontró desierta. Su criado, que estaba en la puerta del mesón, le dijo que los pasteleros habían salido con ánimo, según creía, de pasearse en la pradera.

Informándose entonces de dónde estaba ésta, y dirigido por una persona que la casualidad hizo pasase por allí para ir al paseo, el caballero se resolvió a hacer otro tanto. Su llegada causó alguna sensación en la concurrencia, pero como ya se sabía la inocencia de Vargas, avergonzadas las gentes de su proceder con él, más bien le mostraban atención que curiosidad indiscreta.

Él, por su parte, como hombre de mundo, mostró haber ya olvidado lo ocurrido, y tomó parte en las diversiones como uno de tantos.

Aquí seis u ocho robustos mozos, labradores por las trazas, arrojaban una pesadísima barra como si fuera un junco; más allá, otros levantaban piedras enormes con las manos o los dientes.

Dos amigos luchaban a brazo partido a presencia de un concurso numeroso; sus músculos tendidos, su arrebatado color y sus esfuerzos repetidos y constantes, hacían un singular contraste con la sonrisa que se dejaba ver en los labios de ambos y las palabras cariñosas que se dirigían; mientras que, por el contrario, en otro corro, dos rivales en amor, desafiados al salto, y combatiendo delante de su dama, se miraban con un ceño espantoso y hacían unos esfuerzos desmesurados para obtener la victoria.

Corría sucesivamente Vargas a todos los grupos, y en todos ellos, aunque formados en gran parte por los mismos que habían querido quemarle vivo aquella mañana, encontró la más urbana acogida, pues siempre se le abrió paso para que, ocupando la primera fila, gozase con mayor comodidad del espectáculo.

Aquí le consultaban sobre un lance dudoso; allí le pedían su aprobación como necesaria para confirmar el triunfo del vencedor; en una palabra, todos a porfía se esmeraban en reparar el agravio que le habían hecho.

No pudo menos Vargas de corresponder lo mejor que supo a tanta cortesía, alabando a los felices, consolando y animando a los vencidos, y sobre todo, ponderando con encarecimiento cuanto presenciaba, como si nunca tal maravilla hubiese visto.

Pero ya empezaba a fatigarse de un espectáculo, que muy poca o ninguna diversión podía ofrecer a un cortesano, soldado y viajero, cuando de un extremo de la pradera salió una voz estentórea, diciendo:

«Aquí, aquí, señores caballeros, van los comediantes a ofrecer a vuesas mercedes la más extraña y bien dispuesta farsa que nunca han oído.»

Este cartel parlante, repetido algunas veces, y que, como ya se ha visto, prueba la antigüedad de las notas laudatorias y preventivas conservadas hasta nuestros días en los anuncios teatrales, con no poca ventaja de gran parte del público que, poco acostumbrado a formar juicios, se encuentra ya hecho el de la pieza que va a ver, y esto regularmente por mano del autor, que es quien mejor debe conocer el parto de su entendimiento y juzgarlo con más imparcialidad, este cartel, digo, deshizo todos los corrillos reuniendo al público entero delante del paraje en que iba a hacerse la representación.

Desde luego, nadie creerá que se tratase de teatro: nada menos que eso; ni siquiera una barraca como las que los tratantes forman hoy en las ferias y romerías.

Todo el aparato consistía en cuatro puntales hincados a mano en el suelo y que terminándose en forma de horquillas por su extremo superior, servían de apoyo a otros cuatro palos horizontalmente colocados, y dispuestos en forma de figura cuadrada.

De estos pendían, no sé si diga cortinas o harapos, que cerrando tres lados del rectángulo sólo dejaban uno descubierto, para que por él pudieran los concurrentes gozar del espectáculo.

Detrás de la cortina del fondo estaba colocada la música, mejor diré el músico, que tocaba una dulzaina y a más un tamboril guarnecido de sonajas, instrumentos que producían una armonía grata, por lo menos a la mayor parte de los oídos para que estaba destinada.

Una carreta como la que Cervantes describe con la gracia inimitable de su genio, condujo a una compañía de farsantes a Madrigal, por casualidad, el día en que nos hallamos.

Al pasar por la pradera, y viéndola llena de gentes, pareciole bien al autor de ella dar una representación in promptu para sufragar con ella los gastos que en aquella noche habrían de hacer.

En un instante saltó a tierra la turba alegre y regocijada, plantó los palos, colgó las cortinas, y el gracioso anunció la función.

Entre tanto, y en el mismo paraje en que el de la dulzaina soplaba a más y mejor; agitando cuanto podía las sonajas del tamboril, los actores se vestían o se desnudaban, que la cosa ofrece sus dudas, y el anunciante vestido de mojiganga y cargado de cascabeles; recorría, con el sombrero en la mano, la concurrencia, con el piadoso fin de recoger lo que cada uno tuviese voluntad de dar, o él maña suficiente para sacarle.

-¡Ea, caballeros! sean generosos con los pobres farsantes, que hacen oficios de disipar sus melancolías, muchas veces a costa de haber de tragarse las suyas, y no pocas sin tener que tragar. Usted, señor galán, que tan embebido está contemplando, no quiero decir a qué dama, sea garboso en su presencia, que nada cautiva más a las mujeres que la liberalidad. Dele Dios tan buena suerte en amores, señor mío, que nunca encuentre mujer con quien casarse.

-¿Cómo, deslenguado, así trata a quien le ha dado más él solo que cuantos hasta aquí le han hecho limosna?

-Limosna, señor gentilhombre, es la que se da de buena voluntad y sin más interés que el de servir a Dios; pero no lo es lo que se le paga a un hombre por solazarse, viéndole hacer sus pocas o muchas habilidades.

-Insolente...

-No se enoje, que yo la llamaré limosna, si en eso estriba la paz; ¿pero por qué se queja, si en pago de su liberalidad le deseo tanta suerte en amores, que no encuentre mujer con quien casarse? Y ya que el tal casado lo sea tan malo que aún conserve tales aficiones, ¿qué mujer que no sea la que ninguno de nosotros quisiera que fuera la suya ha de dar oído a sus requiebros?

Diciendo así, continuó su camino el farsante, dejando corrido a su contrario.

Al pasar por delante de don Juan de Vargas, cierta especie de instinto de su profesión le hizo conocer que no era persona a propósito para irle con bufonadas, y así, se contentó con alargar el sombrero, en el cual recibió una ofrenda tal que le obligó a inclinarse profundamente por dos veces seguidas.

Pidiendo a unos, burlando a otros, y sacando más o menos casi de todos, iba ya el gracioso o bobo, como entonces se llamaban, a retirarse; pero viendo llegar a la reunión tres personas más, le pareció mejor esperarlas para ver qué podían dar de sí.

-Más vale tarde que nunca, señores míos; sean vuesas mercedes muy bien venidos, y por vida del inventor del arte que profeso, que hubiera sido gran lástima no viesen nuestra función los dos ojos más bellos que en cara de mujer se han visto.

El pastelero, que él era quien, con la morena y el mulato, acababa de llegar, como siempre, con el sombrero calado hasta las orejas, no respondió palabra al agasajo que a su compañera se le hacía, sino que, metiendo la mano en el bolsillo y sacando una moneda de plata la echó desdeñosamente en el sombrero del que pedía; diciéndole:

-Está entendido.

Retirose el cómico contento con lo que había recogido, y anunciando que la función iba a empezarse.

-Vecina, ¿ha visto lo que ha dado el pastelero? -dijo una vieja a otra que estaba a su lado y cerca como ella del objeto de la pregunta.

-No, tía Juana: ¿ha dado algún pastel?

-¡Bien! No sé de qué le sirven los ojos a algunas personas; ¿pastel había de dar? Menester era para darlos que empezara por hacerlos; ha dado una moneda de plata.

-¡Moneda de plata! ¡Virgen santa! ¡Moneda de plata un pastelero! ¿Quién vio tal? Y un pastelero que no hace pasteles, y que nadie sabe cómo vive.

-Verdad es, vecina, que me tiene asombrada este hombre. Yo no sé, ni he podido saber nunca quién es, ni de dónde vino. Un mes hace que está en el pueblo, y en todo él no he cesado de averiguar...

-Sí, sí; bonito es él para averiguarle la vida; ni aun el rostro he podido verle a mi gusto, y eso que el otro día; encontrándomelo de manos a boca en la calle, que íbamos frente a frente, al llegar a él hice como que se me caía algo de la mano inclinándome a cogerlo, me metí debajo de sus narices, pero qué, ni por esas; me conoció la intención, y apenas yo me bajé dio un salto por encima de mí con más ligereza que un corzo, dejándome afrentada y no poco medrosa.

-Pues no digo nada, vecina, de esa mujer que vive con él.

-Callen noramala las brujas -interrumpió un muchacho de unos catorce años, que habiéndose presentado de los últimos, logró, sin embargo, a fuerza de codazos y empujones, llegar hasta donde se hallaban las dos vecinas, que era bastante cerca del estrado, si así podía llamársele.

-Deslenguado -replicó furiosa la que había dado principio al diálogo.

-Eso quisieran, abuelas, que lo fuese, para que no pudiera haberlas llamado por su nombre.

-Yo te aseguro, rapaz...

-Qué, ¿que vendrá a chuparme por la noche? Ya soy grandecito para eso, madre mía, y cállese noramala, que no nos deja oír a los representantes.

«Silencio, silencio», se oyó, alrededor; y fuerza les fue a las dos Megeras tragar por entonces las injurias del atrevido rapaz, quien de cuando en cuando las miraba con cierta risa burlona, bastante a hacerlas desesperar.

En esto, ya la representación había comenzado. El arte estaba verdaderamente en su infancia. Solo un principio, o, por mejor decir, un fin, era el que se proponían los autores; divertir al público. La moral, si la había, era una cosa secundaria; riérase el espectador, y el fin estaba conseguido. Las gracias, de que realmente abundaban aquellas primeras composiciones, no eran siempre del mejor gusto. La cultura del siglo se echaba de ver en las obras dramáticas; pero obsérvese que al paso que gracioso y chocarrero en el teatro eran una misma cosa, el espíritu de metafísica y controversia que entonces dominaba de tal modo que puede decirse era el carácter de la época, se extendía hasta los diálogos de los personajes cómicos.

El amor, sobre todo, era el tema perpetuo de sus disertaciones, y lo más singular que los disertantes eran siempre los mismos enamorados.

Que diserte del amor el que no ama; que el filósofo lo mire como una aberración del entendimiento cuando ya ha cumplido los sesenta años; que el filósofo nos diga que, en el orden moral, es una enfermedad, ni más ni menos, como en el físico lo es un tabardillo pintado, todo esto se entiende y explica; pero que el poeta cómico, cuyo principal, cuyo único estudio debe ser el del corazón humano, ponga en boca de personas que quiere hacer pasar por enamoradas las extrañas sutilezas sobre el amor, y que haga pasar el tiempo a los amantes discurriendo en vez de acariciarse, es cosa verdaderamente intolerable. Apelo, si no, al testimonio de mis amables lectores; díganme sinceramente qué pensarían si el hombre que distinguen al llegarse a ellas, en vez de ponderar sus atractivos, encarecer su cariño y ver por todos los medios posibles de arrancar un dulce, si entrara explicándoles el efecto de las pasiones en el corazón y la cabeza, probando que cuando el hombre está dominado por ellas es un demente, o citando como don Hermógenes a toda la antigüedad para demostrar las que gustan de ellas.

Como quiera que sea, la farsa que se representó en Madrigal en la ocasión que nos ocupa adolecía menos del tal defecto que otras muchas de su especie.

El artificio era sencillo hasta no más. Un soldado que volvía manco a su pueblo después de haber hecho la guerra algunos años era el protagonista. Este personaje era el más entendido de la pieza, y en monólogo con que daba principio a ella regalaba al público con la relación de sus trabajos interpolado con tres o cuatro batallas, que no había más que pedir. En ellas, como de razón, el partido del narrador era siempre el victorioso; pero con la singularidad de que la muerte de tres o cuatro millares de enemigos nunca costaba a los vencedores más pérdida que la de uno o dos contusos.

Extraña, peregrina y cómoda manera de pelear.

La familia de nuestro soldado había perecido durante su ausencia, lo que unido a la ocupación judicial de sus bienes le dejaba realmente en la calle; desgracia de que se lamentaba justamente, aunque con alguna afectación y comparaciones un si es no es forzadas, pues revolvió, hablando de sus desdichas, la botánica entera, la astrología y su poquito de historia, queriendo ponerse en parangón nada menos que con Mario sobre las ruinas de Cartago.

En eso le deparó su buena ventura una zagaleja (papel que desempeñaba un muchacho) inocente y compasiva; tratada de casar con Gilote, solemne majadero, a quien el autor escogió para gracioso de la pieza.

El resto se redujo a los amores del manco con la zagala, a los ridículos celos de Gilote, y por último, a que este, burlado y apaleado por el único brazo de su rival, tuvo que cederle el campo, terminándose la función con una cantilena por el orden de lo que había precedido, y que el público aplaudía a rabiar. Los concurrentes a esta representación estaban todos en pie, formando un semicírculo alrededor de la escena, de manera que la posición de ningún individuo era constante.

La gente de edad avanzada no se avenía muy bien con la movilidad casi perpetua de los jóvenes, pues de ella resultaba que muchas veces perdían parte del diálogo, pero los muchachos, que en la facultad de variar de puesto hallaban unos el medio de aproximarse al objeto querido, otros el de comunicar sus observaciones a un amigo, y todos, finalmente, el placer del movimiento, que en cierta edad es tan necesario como el pan, oían con desprecio, o no oían los gruñidos de su mayores, y continuaban andando de un lado para otro.

Vargas, así que vio presentarse al pastelero y a la morena en el círculo de los concurrentes, formó el proyecto de unirse a ellos, y al cabo lo logró, después de sufrir pacientemente razonable número de pisadas, encontrones, y aun dicterios, de tal cual anciano atraviliario, por delante del cual tuvo que pasar en su marcha.

Todo lo dio, sin embargo, por bien empleado, y aun lo olvidó, cuando por fin pudo colocarse al lado de la morena.

Un movimiento casi imperceptible de cabeza y una mirada rápida de la pastelera hicieron conocer a don Juan que ésta le había visto.

«¿Será su marido este hombre, cuando tan tímida está en su presencia? ¡Pero qué diablos! Por más marido y más celoso que sea, no podrá impedir que yo agradezca el servicio que me ha hecho.»

Pensando así, se aproximó a la morena, y en voz, ni bien tan baja que lo que decía llevara el aire de un misterio, ni tan alta que alcanzasen las personas inmediatas a oír más de alguna palabra suelta, de cuando en cuando, dijo:

- Si tan flaca de memoria es usted, señora mía, que en pocas horas olvida los beneficios que hace, yo presumo por mi parte, de tan agradecido, que sé decir de mí, que viviera cien años sin olvidar la merced que de su generoso corazón he recibido.

-Si habla de lo de su prisión -contestó la bella-, nada hay que agradecerme en lo que hice, que no fue más que cumplir con mi obligación.

Estas palabras dijeron en tono natural; pero, en seguida, y tan bajas, que apenas pudo oírlo don Juan, a pesar de que en sus mejillas sentía el suave aliento de su huéspeda, la cual añadió:

-Por Dios, que se separe de mí, si no quiere, por su cortesanía, hacerme graves perjuicios.

Gabriel de Espinosa, que distaba algunos pasos de los dos interlocutores, y cuya atención durante su diálogo estaba al parecer embebida en la farsa de los representantes, debió, sin embargo, de oír lo que la morena decía, pues en el momento en que don Juan, siguiendo su aviso, iba a retirarse, volviéndose el pastelero a ella, dijo:

-¿Y por qué recibir con tan poca cortesía a ese caballero? Una cosa es, Inés, que yo os tenga dicho que no gusto de galanteos, y otra que no cumpláis como quien sois; quiero decir, como persona de buena crianza, con quien tan buenos modos usa con vos. Usted, señor caballero, siga si gusta al lado de esa mujer, que nadie en el mundo pudiera impedírselo sino yo, y yo vengo en ello.

Dijo esto, y sin esperar respuesta, volvió la espalda, ocupándose como antes exclusivamente en el espectáculo.

Mientras duraba su arenga, Inés no hizo movimiento ni dio señal de aplauso ni reprobación; pero cuando, ya concluida, volvió la cabeza y vio a Vargas inmóvil como una estatua, con los ojos clavados en las espaldas del pastelero, como si aún esperase que añadiera algo a lo dicho, no pudo menos de dejar escapar una de aquellas risas malignas que ya habían desconcertado a don Juan más de una vez en la pastelería.

Perdíase en conjeturas el buen caballero, pues a pesar de ser bastante despreocupado para su siglo, pertenecía, sin embargo, a él, y su claro ingenio no bastaba a libertarle de la influencia de las ideas y preocupaciones generales entonces.

Ya lo hemos dicho otra vez; las jerarquías sociales se hallaban entonces más marcadas, o por mejor decir, tenían una existencia de hecho que conservan hoy, aunque mutilada.

Esta existencia era visible; un noble no sólo tenía en su casa ahumados pergaminos y vistosos escudos de armas, sino que, en virtud de ello, gozaba de ciertos privilegios, y estaba sujeto a determinadas cargas enteramente distintas de las que pesaban sobre el que no lo era.

De aquí resultaba, como consecuencia precisa, que la educación de la nobleza era especial, las maneras de sus individuos peculiar a la clase, y distintas enteramente de las del resto de la sociedad.

Por su parte, las órdenes inferiores del Estado, nacidas para la agricultura, las artes y el comercio, a los que entonces, por desgracia, no se daba aún la importancia que merecen, se habituaban desde la niñez a usar de gran deferencia con los nobles, y era raro ver que se apartasen de tal sistema, pues cuando algún espíritu revoltoso quería salir de su esfera; tardaba poco en experimentar los malos efectos de querer volar más alto con cortas alas.

En tal estado de cosas era, en efecto, un fenómeno que un hombre que por su profesión pertenecía, no ya al estado llano, sino a la clase ínfima, y que no lo ocultaban, afectase, sin embargo, modales que podrían parecer soberbios aun en un caballero.

Por otra parte, la misma Inés dejaba ver cierto señorío en sus modales, no menos disonante con su profesión que el orgullo del pastelero.

Pero lo que a Vargas le tenía perplejo no eran tanto estas observaciones; como el no saber qué conducta observar con aquella gente.

Si consultaba su gusto, la cuestión estaba pronto resuelta. Los ojos de la morena habían producido su efecto; y el hombre, en cuanto hombre no más, resiste pocas veces a este género de seducción.

Mas recibir órdenes de un pastelero, usar de un permiso concedido por él para hablar a Inés, y deberse un favor y entrar con él en relaciones, no ya de igual a igual, sino como un protegido con su protector... La sangre goda se rebelaba contra tal idea.

Separarse, pues, era el partido único que juiciosamente le quedaba a don Juan, y así lo resolvió; en efecto, al ponerse en marcha; en vez de tomar el camino que en su cabeza se proponía tomó el preferido por su corazón, y, casi sin saberlo él mismo, al primer paso se halló al lado de la hermosa pastelera.

Mas una especie de fatalidad en amor, en que algunos no creen, porque no sienten ni pueden sentir con vehemencia, y otros porque viven como los irracionales, sin tomarse el trabajo de observar ni siquiera sus propias sensaciones, pero que tenemos por irresistibles, perseguía a don Juan.

Cuando esta fatalidad pesa sobre el hombre, en vano es luchar contra ella. Más poderosa que cuantas consideraciones sociales e intereses individuales pueden oponérsele, es un torrente impetuoso, que engrosado en las montañas con el deshielo de la nieve, baja por ellas arrastrándolo todo, y si algún obstáculo encuentra se embravece más con él, parece que en la lucha para vencerlo ha adquirido nuevas fuerzas, y el único medio de salvarse de su furia es huirle si se puede.

Don Juan quiso y no pudo. Que al empezar la vida un joven, que al entrar en el mundo, como hoy decimos, enmudezca al lado de la primera mujer que hizo palpitar su corazón, se entiende; y debe ser así, pero que pasados ya los veinte y cinco años, después de una campaña y de más de unos amores, Vargas al lado de una mujer de baja extracción no supiera cómo entablar la conversación, es una cosa que sólo se concibe poniéndola a cargo de la fatalidad.

Como quiera que sea, lo cierto es que don Juan, colocado a la izquierda de Inés, quería y no podía hablar verdades, que en cambio de lo que su lengua callaba, sus ojos clavados siempre en el mismo objeto indicaban bastante qué género de pensamientos le asaltaban.

Inés, con los ojos bajos y el rostro encendido como una grana, al parecer no miraba, pero hay opiniones de que repasando entre los dedos las cuentas del rosario que llevaba pendiente de la cintura, halló medio de observar todos los movimientos de nuestro caballero.

Pero el tiempo vuela, mal que le pese a los amantes, y así se concluyó la farsa antes que Vargas se resolviera a hablar, ni su bella hubiera acabado de recorrer las cuentas del rosario.

Gabriel, sin cuidarse de uno ni de otro, echó a andar como para continuar su camino, y la pastelera, que debía de estar acostumbrada a sus maneras, se dispuso a seguirle; pero no lo hizo sin echar antes una mirada sobre don Juan, en la cual, al través de cierto aire de despecho, se descubría un no sé qué de afectuoso que prometía no ser muy duradero su enojo.

Conoció entonces Vargas que se había portado como muchacho de escuela, y aún debía de tener intenciones de enmendarse; parece notó en sus labios un movimiento como para querer hablar; mas ya era tarde, y una tierna y expresiva mirada fue la única contestación que pudo dirigir a Inés; quien, respondiendo con una sonrisa, continuó su camino en pos del pastelero, seguida por el mulato.

Don Juan, caviloso más acaso que lo había estado en su vida, seguía a corta distancia a la hermosa morena, cuando del camino real que pasaba por cerca de la pradera vio venir un hombre caballero en un hermoso caballo negro, pero que, o por haberse asombrado, o por acosarle fuera de tiempo su jinete, se había desbocado.

Tal era la rapidez de la carrera del fogoso animal, que verle salvar una zanja que separaba el campo del camino, arrojar a su jinete de un solo bote en el suelo, que llegó casi a arrojarse sobre las gentes que paseaban, puede decirse que fue obra de un solo instante. Sucedió entonces lo que generalmente sucede en semejantes ocasiones, el temor, desterrando la serenidad; hizo que todos los circunstantes se atropellaran unos a otros: hubo desmayos, alaridos y todo género de accidentes. Las madres apretaban a los hijos contra sus pechos, con riesgo de sofocarlos; los muchachos, enredándose entre las piernas de las gentes, daban con ellas en el suelo; en un caído tropezaban veinte, éste suplicaba, el otro maldecía, y nadie se cuidaba de lo importante que era saber la dirección del caballo desbocado.

Sin saber cómo, se halló colocada Inés frente al ciego animal. El peligro era evidente y visible, y su inmediación la privó de todo discurso y no acertó a hacer otra cosa más que taparse los ojos con ambas manos, lanzando un ¡ay! de aquellos que parten realmente del corazón.

Pero dos hombres se lanzan detrás de ella como dos saetas y se interponen entre el bruto y la que iba a ser su víctima.

Don Juan y Gabriel eran estos dos hombres. El primero sin reflexión ninguna se arroja sobre la cabeza del animal; pero ni sus fuerzas, ni acaso las de Hércules, bastaban para detenerlo. Vargas, despedido como una pelota, fue a caer a los pies mismos de Inés, y ella y él hubieran sido infaliblemente atropellados sin la admirable serenidad, fuerza y destreza del pastelero.

Éste, conociendo lo inútil que sería luchar de frente con el caballo, se corrió sobre un costado, y cogiendo una de las riendas que llevaba sobre el cuello, con ambas manos, tiró de ella con tal brío, apoyando su cuerpo en la espalda del animal, que le hizo dar mal de su grado una media vuelta completa.

En el mismo instante, y con agilidad sorprendente, de un sólo salto se plantó en la silla, y por más esfuerzos que el caballo despechado hizo para sacarle de ella permaneció firme, más como estatua ecuestre que como hombre a caballo.

Un aplauso general y prolongado fue la muestra de la admiración general; pero si aquella ocurrencia produjo sensación en el pueblo, más fuerte, al parecer, la experimentaba el mismo Gabriel.

En su estatura parecía aumentarse repentinamente; era tal su gallardía a caballo, tal la gracia y agilidad de todos sus miembros, que no hubo circunstante que no jurara que aquel hombre era el más perfecto jinete que jamás había visto. Al saltar a caballo se le había caído el sombrero; veíasele, por consecuencia, el rostro agraciado e imponente, y unos ojos que pocos hombres hubieran mirado frente a frente sin bajar los suyos. Olvidado, al parecer, de que allí hubiese reunido un pueblo entero, Gabriel sólo se ocupaba en humillar la soberbia del bridón, cuyos lomos oprimía. Caracoleando y haciendo escarceos recorría la pradera, y así llegó al paraje en que poco antes varios hidalgos del pueblo habían estado recreándose en correr sortijas. La casualidad hizo que se hallase arrimado a un árbol un lanzón que por lo pesado y macizo servía para prueba de fuerza y habilidad, pues eran pocos en Madrigal los que podían y sabían manejarlo. Esta particularidad debía de saberla el pastelero, porque era público en la villa, y esta harto pequeña para que dejase de haber llegado a noticia suya cosa tan conocida de todos. Pero supiésela o no, el hecho es que llevando el caballo a media rienda por junto al árbol, agarró el lanzón con la mano, derecha, sin pararse, y levantándolo como si fuera una caña, lo blandió en el aire sobre su cabeza con tal pujanza, que rompiéndose fueron a parar las astillas a más de cincuenta pasos.

Aquella admiración de los madrigaleños es imposible de encarecer: «¡Viva Gabriel, viva nuestro pastelero!», era el grito general; pero sea que el amor propio de éste le faltase, el triunfo conseguido, o que fuera tan filósofo que creyera que con el pueblo es tan peligroso estar muy bien como estar muy mal, se dio por contento, y entregó el caballo a su dueño, que, no habiendo recibido daño en su caída, llegó a reclamarlo.

Vitoreado, aplaudido y escoltado por el pueblo, y cansado ya de dar gracias a todos y de suplicarles que no se molestasen más en acompañarle, llega Gabriel a su casa, y entrando en ella se halló que ocupaba su propio lecho don Juan de Vargas, y que a la cabecera estaba en persona el médico de la villa. Sin darle tiempo a preguntar cosa alguna, Inés se le acercó para decirle que habiendo don Juan perdido el sentido de resultas del golpe, y herídose además en la cabeza, había creído deber trasladarle a su casa, pues en obsequio de su persona había expuesto la suya.

-Bien hecho, Inés; ese mozo es valiente, aunque demasiado entremetido. Dicho esto volvió la espalda, y salió del aposento.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

Introducción - Libro primero: I - II - III - IV - V - Libro segundo: I - II - III - IV - V - VI - VII - Libro tercero: I - II - III - IV - V - VI - Libro cuarto: I - II - III - IV - V - VI - VII - Advertencias




Capítulo V[editar]

Siempre que la ignorancia no halla la explicación de un fenómeno cualquiera, acude a las causas sobrenaturales. Semejantes supersticiones son una calamidad porque han pasado todos los pueblos de la Tierra.
(Discurso inédito sobre duendes y brujas.)


Sabida cosa es que Felipe II vivió en sus últimos años encerrado, por decirlo así, en el monasterio del Escorial. Allí se ocupaba incesantemente en los negocios políticos, sus devociones, y la obra del monasterio; que con razón se llama la octava maravilla. El sitio de San Lorenzo era, pues, propiamente la corte de España, a pesar de que Madrid llevaba el nombre de tal; y Valladolid, recientemente despojado de su grandeza, conservaba aún sus pretensiones, como las conservan algunas mujeres que fueron buenas mozas, mucho tiempo después de dejarlo de ser.

La extensión de Valladolid es considerable; sus calles, para los tiempos en que se hicieron, muy buenas; numerosos sus monasterios, y sus alrededores fértiles en viñas y cereales, si bien presentan el aspecto triste y monótono de casi todos los países llanos.

Aún hoy, cuando se anda la ciudad, se nota en sus calles cierto vacío que aflige, y previene indudablemente de que la población es muy reducida para el casco del pueblo; pero en la época a que nos referimos, siendo muy reciente la salida de la corte, la falta de gente se hacía más notable y sensible para sus habitantes.

Por descontado; todos los extranjeros, que eran los que casi exclusivamente ejercían entonces las artes industriales, siguieron al gobierno y fueron a establecerse a Madrid.

Los criados de la real casa, los asentistas, los pretendientes, el enjambre, en fin, de gentes que dependen de una corte, todo se ausentó, quedando sólo en Valladolid sus naturales y tal cual cortesano retirado ya del mundo y que sólo aspiraba a vivir tranquilamente el resto de sus días. En este número se contaba el marqués hermano de don Juan de Vargas, que ocupaba una casa de las mejores del pueblo, en cierta calle no muy distante de la Plaza Mayor: a esta casa nos es fuerza por ahora trasladar la escena, y por lo mismo diremos algo sobre ella y sus moradores.

El marqués, criado desde su infancia por una madre indiscretamente tierna y cuidadosa, y por un padre que quería educar a sus hijos como monjas, vivió hasta los veinte años de edad sin salir de casa más que los días serenos, en que no había ni mucho calor, ni mucho frío.

En cualquiera de estos dos últimos casos oía misa en un oratorio de su propia casa, y después se le permitía hacer ejercicio durante una hora en un salón herméticamente cerrado por todas partes.

Enseñáronle a leer, a escribir, y a rezar; el blasón por adorno; pero en cuanto a armas, jamás quiso consentir su madre en que tomara en las manos ni un alfiler.

Esta educación, recibida por un hombre de complexión naturalmente débil, contribuyó a hacer de él un valetudinario desde la juventud.

Perdió el marqués a su padre cuando sólo tenía veinte años, y su madre tardó poco en seguir a su marido al sepulcro, dejando a más de él otro hijo, que fue don Juan, de edad entonces de diez años.

Después de pasados los dos primeros años consagrados a llorar la pérdida de los autores de sus días, empezó el marqués a ver el mundo, y empezó por la corte.

Rico y joven; no podía menos de encontrar muchos amigos, es decir, muchos hombres, que, amantes de todos los vicios, y privados ya por sus desórdenes de medios, para darles pábulo, fueron a buscar en el bolsillo del novicio los que en los suyos faltaba.

El humo del incienso de la adulación cegó al marqués; sus parásitos le parecieron cada uno un Pílades, y su casa y bolsa se abrieron para todos.

Pero aún no le bastaba esto: tenía que tropezar en un escollo fatal; y tropezó, en efecto.

El amor, esa pasión irresistible, inherente a la juventud, cuyo germen depositó la naturaleza en nuestros corazones como garantía para conservación de la especie, el amor le reservaba sus tormentos.

El hombre cuya sociedad se compone de cortesanos corrompidos, ¿qué mujeres ha de frecuentar que no sean dignas de tal sociedad?

¡Pobre marqués! Lleváronle sus amigos a casa de la viuda de un contador de Indias, mujer interesante, de amable trato y graciosa figura, que rayaba ya en los treinta; pero tan bien conservada, tan compuesta, que a otro más experto le hubiera hecho creer que apenas tenía veintidós años.

Fácil es de inferir, por lo que se ha dicho de la educación del marqués, que sólo conocía el amor por oídas; pero es de advertir que le había caído en las manos tal cual libro de caballería, en el cual aprendió que una mujer puede ser muy honrada corriendo montes y valles en compañía de un hombre, y que primero morirá que faltar a la fe jurada a su amante.

Con estos preliminares se deja entender que el desdichado tardó poco en caer en la red, y tan de veras, que trataba nada menos que de casarse con su Dulcinea, y así se lo hizo entender a ella misma.

Otra menos diestra hubiera, desde luego, acogido con ansia aquella proposición y prestádose a ella; pero Violante, que así se llamaba la ninfa, conocía su posición, y se negó abiertamente, diciendo que prefería sacrificar su virtud para hacer la felicidad de su amante, a exponer a éste a romper con su familia e iguales, como en efecto sucedería, a causa de tan desigual matrimonio.

La verdad es que Violante, cuya reputación estaba ya hecha, conoció que en el momento en que el marqués anunciase su casamiento no habría en la corte quien no se apresurara a abrir los ojos del ciego amante; y que aun suponiendo que la ceguera del marqués fuese tal que se negase a la evidencia, la cosa podría llegar a oídos del rey, y su severidad era harto notoria para exponerse a sufrir sus efectos.

Mas como estas reflexiones no se le alcanzaban al interesado, no vio en la conducta de su dama sino un proceder sobremanera generoso y noble, y no perdonó sacrificio alguno para compensar el que suponía que prestándose a sus deseos hacia Violante.

Pasáronse así algunos años, durante los cuales, don Juan, a quien su hermano quería como a hijo, recibió una educación distinguida, pues la intención de éste era que siguiese la carrera de las leyes; mas, a pesar de todo, el fogoso joven se empeñó en ser soldado; y el marqués, débil por carácter y por cariño, accedió a sus deseos enviándole a Flandes, en donde, como se ha dicho, probó que, en efecto, la naturaleza le había hecho más a propósito para las armas que para las letras, aun cuando su ingenio y aplicación eran notables.

Mientras don Juan añadía a los antiguos blasones de su casa nuevos timbres con los laureles con que en Flandes se coronaba, vegetaba su hermano al lado de Violante, amándola cada día más.

Así le hubiera tal vez sorprendido la muerte, sin el incidente que vamos a referir.

Un primo hermano del marqués, llamado don Pedro de Hinojosa de Vargas, comendador del hábito de Santiago, hombre de poca más edad que él, pero de mucho más mundo, experiencia y penetración; fue a la corte a establecerse; y, como era natural, lo hizo en casa de su pariente.

Era el comendador uno de aquellos hombres que han aprendido a conocer el mundo a fuerza de repetidas y dolorosas experiencias, y que, aunque dotados de bastante rectitud de conciencia para no convertirse de víctimas en verdugos, conservan, sin embargo, para lo sucesivo, la memoria de los pasados extravíos, y jamás dan un paso sin estar seguros de la firmeza del terreno en que sientan el pie. Para obrar así es preciso ser observador. Hinojosa, pues, lo era; como no era necesario demasiada perspicacia para conocer de qué pie cojeaban los acompañantes de su primo, a los ocho días de estar en su casa vio, desde luego, que éste era juguete de sus pretendidos amigos.

Las relaciones del marqués con Violante le parecieron sospechosas, sin más que saber su origen, y a poco que averiguó tuvo motivos de confirmarse en el propósito formado de desembarazar a su pariente de tan vergonzosos lazos.

El medio para conseguirlo no era fácil de hallar; la menor insinuación que se le hiciese al marqués contra su amada y amigos le sacaban realmente de sus casillas. Razones eran, pues, excusadas; hechos, y hechos claros y evidentes, eran los únicos que podían convencer al engañado amante.

Como el comendador estaba íntimamente convencido de que la dama no podía menos de hacer de las suyas, su único objeto fue hallar manera para hacer testigo a su primo de algunas de sus hazañas; y sabiendo que no hay medio más seguro para conocer las flaquezas de los amos que preguntárselas a sus criados, hizo sobornar a una sirvienta de Violante, que a fuerza de oro prometió servirle completamente, y lo cumplió en efecto.

Para abreviar: Hinojosa tuvo maña para hacer al marqués testigo presencial de una de las infinitas infidelidades de su dama. Encarecer el sentimiento del engañado amante es imposible. Su melancolía fue tal, que produjo una obstinada ictericia que estuvo a pique de costarle la vida. Mas el tiempo, su índole apática y los cuidados y reflexiones del comendador, acabaron por suavizar, si no extinguir enteramente su pena.

Vivían con el marqués, además de Hinojosa, un capellán sexagenario, hombre de bien, pero sobradamente pedante, que había sido su ayo; su mayordomo, sujeto tan aritmético como una tabla pitagórica; y la servidumbre, que no dejaba de ser numerosa.

Una tarde, como a las dos de ella, y una hora después de haber comido, estaban reunidos en el comedor de la casa del marqués, éste, don Juan, el comendador y el capellán.

Jugaban los dos últimos al ajedrez con el silencio y recogimiento que acompañan infaliblemente a tal ocupación, tan impropiamente llamada juego.

El marqués, sentado en un sillón de maciza madera, guarnecido de clavos dorados y forrado de terciopelo carmesí, se conservaba a la cabecera de la mesa, con los ojos cerrados como si durmiera; pero no lo hacía, o soñaba en cosas tristes, pues dos lágrimas bajaban por sus lívidas mejillas, tan despacio que parecía que se avergonzaban de humedecer el rostro de un hombre.

Nuestro don Juan, no muy lejos de su hermano, estaba también sentado a la mesa con la cabeza apoyada en una mano, el semblante descolorido; el ademán pensativo, y los ojos fijos, que daba temor mirarle.

Desde que este joven había regresado de Flandes perdió la casa del marqués cierto aspecto claustral que aún conservaba desde el tiempo de su padre. La natural alegría de don Juan, y hasta su mismo aturdimiento, encantaban al marqués, y daban más libertad a las restantes personas de la casa para desembazarse alguna vez de las severas formas que en aquel tiempo prescribía la etiqueta.

Ésto, y el ser él naturalmente bondadoso, le granjearon el afecto general de tal manera, que podía decirse que más amo era él en la casa que su mismo dueño.

Como un mes antes de la tarde en que nos hallamos regresó don Juan de Vargas de Valladolid, después de una ausencia de más de tres semanas; viosele entonces enteramente distinto de lo que era al partir. Entonces, lleno de salud, impetuoso, decidor y alegre; después, descolorido, pensativo, callado y melancólico.

Todos se admiraron, y todos anhelaban saber la causa de aquella metamorfosis; pero nadie llegó a conseguirlo. A cuantas preguntas se le hacían contestaba: «Nada tengo; no sean aprensivos; yo estoy bueno, estoy alegre».

Nadie le creía una palabra, porque todos veían lo contrario de lo que afirmaba; mas, cansados de preguntar, conjeturaron, y cansados también de conjeturar; dedujeron sabiamente que, pues don Juan estaba triste y enfermo, y ellos no sabían la causa; o se había vuelto loco, o le habían hechizado.

Cada una de estas dos opiniones tenían en la casa su partido, aunque no faltaba quien adoptase las dos a un tiempo.

El comendador, cuya manía favorita era la de creerse el más profundo de los observadores, era el que capitaneaba el partido de la locura; y el capellán, que no encontraba placer compatible en este mundo sublunar al de combatir a hisopazos y exorcismos con un espíritu maligno, afirmaba que el mancebo estaba hechizado. El marqués era el justo medio, pues no creía alternativamente lo unir y lo otro, y a veces lo creía todo a un tiempo.

Descrito ya el teatro y los actores, vengamos a la acción.

-Jaque al rey, padre capellán -dijo el comendador, dando un salto: en la silla y frotándose las manos con visible satisfacción.

El capellán, arrugando las cejas y con la mano tendida hacia el tablero, iba a contestar no se sabe qué, cuando encendiéndosele el rostro repentinamente a don Juan, se alzó de su asiento, y descargando el puño sobre la mesa exclamó:

-¡Imposible! ¡Jamás!

Y como desatinado se salió del aposento apresuradamente.

-¿Cómo imposible? -dijo el comendador, creyendo que don Juan hablaba de su jugada; pero volviéndose al mismo tiempo de decir esto, y viendo los movimientos de su primo, no pudo menos de exclamar:

-Lo que yo digo; pobre mozo, loco de remate. Para hacer esto sin haber yo averiguado la causa, no puede menos de estar loco.

-Loco... lo será el que no vea en los desatinos de ese mancebo la mano de Astorot que le atormenta -replicó el capellán.

-Padre Teobaldo; ¡un Vargas endemoniado! Primo, un pariente loco... Pero en efecto..., pudiera..., no sé... veremos... -interrumpió el marqués, despavorido y absorto con lo que pasaba.

-Un Vargas, señor marqués, está tan sujeto a calamidades de esta especie como el más miserable jornalero. Nabucodonosor, rey de Babilonia; fue bruto muchos años, y...

-Desde entonces acá no nos faltan ejemplos de grandes personajes que lo han sido toda su vida -repuso el comendador-. El rey Saúl estuvo poseído del espíritu maligno, y el mismo David nos dice: Cuare tristis incedo dum afligit me inimicus? Sic est, que el señor don Juan de Vargas, aunque de ilustre nacimiento, es infinitamente inferior al pagano Nabucodonosor, al ungido Saúl, y al rey profeta: Ergo, don Juan puede muy bien estar endemoniado.

-No lo niego -dijo el marqués, cediendo al peso de tan poderosos argumentos.

-Yo no niego el posse, por mi parte; lo que niego, primo, es que vuestro hermano esté ahora endemoniado -contestó Hinojosa.

-Provo -exclamó el capellán.

-Dejémonos de argumentos, padre. Yo soy observador, y me intereso demasiado en el bienestar de don Juan, para que en más de un mes que hace que le vemos así, no haya estudiado su enfermedad. Estoy seguro, segurísimo; de que los que padecen una demencia absoluta...

-Veritas veritatum.

-Nada de latines, capellán, y menos de desvergüenzas: razones y no citas ni insolencias son las que aquí necesitamos.

-¡Paz, paz, por Dios santo!; en mi casa no quiero riñas.

-Ni reñimos tampoco marqués, ya sabéis que los doctores se tiran los bonetes en un acto, y luego salen de él tan amigos como entraron. Ministerio es de paz... No se hable más de ello, que será peor. Lo que importa es descubrir cuál es, en efecto, el mal de don Juan y ponerle remedio.

-Sí, sí, eso es lo que importa, primo Hinojosa, ponerle remedio, como vos decís.

-Las armas espirituales... son eficacísimas y excelentes a su tiempo, pero por ahora no las necesitamos.

-¡Oh pertinacia, oh ceguedad!

-Dejad hablar al padre, primo; si le interrumpís siempre, ¿cómo ha de explicarse?

Con esta insinuación del marqués calló el comendador, y pudo el capellán explayar su erudición, de la cual haremos gracia a los lectores, contentándonos con decir que en un largo, difuso y embrollado discurso, después de explicar muy por menor los síntomas que se advierten en los endemoniados, quiso probar que la melancolía, las frecuentes distracciones y los repentinos accesos de cólera que se notaban en don Juan, eran otras tantas señales de hallarse el infeliz sirviendo de posada a algún diablo, y no de los de menor importancia en el infierno.

Don Pedro le escuchó como quien oye llover; mas no así el marqués; que, acostumbrado desde la infancia a mirar al padre como un oráculo; y persuadido por otra parte de que sus últimos disgustos habían provenido de haberse apartado del camino que en sus consejos le trazaba el capellán, se sintió extrañamente conmovido, y no sólo consintió, sino que suplicó a su antiguo ayo que desde luego pusiese mano a la obra de echarle los demonios del cuerpo a su hermano.

Esto era justamente lo que el padre Teobaldo quería, pues en todo el discurso de su dilatada vida nunca se le había presentado ocasión de habérselas cara a cara con el señor demonio. Así es que, tomándole la palabra al marqués, salió inmediatamente de la sala temiendo que el comendador le hiciese volver atrás.

Iba, en efecto, Hinojosa a tronar contra tan desatinada idea; pero la retirada del capellán y la del marqués, que temiendo la tormenta se marchó también en pos de él, se lo imposibilitaron.

Parecerá a un lector del siglo XIX, que el padre Teobaldo y su alumno debían de ser muy necios para creer en el endiablamiento del pobre don Juan, y, sin embargo, se desengañará: medio a medio.

No sólo en el siglo XVI sino en mucho después, el último monarca español de la casa de Austria, Carlos II; se hizo atormentar voluntariamente por espacio de muchos años consecutivos para que le sacaran del cuerpo los demonios, que estaba muy lejos de tener en él.

Este ejemplo bastará para probar cuáles eran en la materia las ideas de aquellos tiempos, pues si en el trono había tales preocupaciones, fácil es de inferir que más abajo no faltarían.

Media hora después de terminada la discusión entre el marqués; el comendador y el capellán, entró este último en la estancia de don Juan, vestido de sobrepelliz y estola, con el bonete en la cabeza, en la mano derecha un hisopo, y en la izquierda un misal abierto.

Seguíale un lacayo con un caldero de agua bendita, otro con una taza de aceite, el marqués y su mayordomo, y dos o tres criados más, todos con el rosario en la mano.

Don Juan estaba aletargado sobre su lecho, encima del cual se había arrojado cuando salió del comedor con la precipitación que se ha visto, y como el padre Teobaldo y su comitiva entraron silenciosamente en su aposento, nada sintió.

Rodearon, pues, su cama, y, quedándose el capellán a los pies, comenzó a leer en voz baja algunas oraciones del misal, respondiendo los circunstantes amén cada vez que terminaba una de ellas.

Al cabo de algunos minutos de rezo le pareció bien al padre rociar al demonio con agua bendita, y, mojando el hisopo en el caldero; le mojó la cara a su sabor, con lo que despertó al pobre don Juan; incorporose éste en la cama, y no sin algún sobresalto contemplaba el extraño grupo que veía, cuando una segunda descarga del hisopo le inundó completamente el rostro.

-Váyanse a todos los diablos -exclamó colérico- o por vida...

-Hermano don Juan, sosegaos, que por vuestro bien se hace todo esto -le interrumpió el marqués, asiéndole de un brazo.

Le coge Vargas la cara lo mejor que pudo, y se encaró con su hermano, mirándolo de hito en hito para asegurarse que, en efecto, era él quien le hablaba, y que no era un sueño cuanto estaba sucediendo.

Entre tanto, el capellán rezaba y rociaba intrépidamente, y el mayordomo y las criadas respondían amén siempre que les tocaba.

Viendo don Juan que de toda aquello no le resultaría más mal que el de mojarse alguna cosa, y que su hermano parecía tener particular empeño en que siguiera la operación, resolvió tolerarlo; y cruzándose de brazos permaneció inmóvil, limitándose a observar cuidadosamente los movimientos de cuantos le rodeaban.

A cierta seña del capellán, el criado de la taza de aceite se aproximó al marqués, y éste, tomándola en las manos, se la acercó a los labios a su hermano «Bebed, don Juan, le dijo, bebed, siquiera por amor de mí».

Tomó Vargas la taza con mucho sosiego, y se disponía tal vez a beberla, pero el olor del aceite, en el cual iban además algunos granos de incienso, era tan fuerte, que lo percibió inmediatamente.

Entonces miró el brebaje de la taza, y, volviéndose al marqués, le preguntó:

-¿Esto queréis que beba, hermano?

-Sí, hermano, bebedla y sanaréis de vuestra dolencia.

-Yo no estoy enfermo; estáis engañado; no estoy enfermo.

-Enfermo estáis -dijo el capellán-, y de enfermedad mortal.

-Padre, no estoy enfermo; mi salud es cabal, nada me duele.

-El alma, el alma es la enferma.

-Tal vez.

-Bebed, don Juan -volvió a decir el marqués.

-No, no, hermano, no; este brebaje me haría reventar.

-Es preciso beberla -exclamó el capellán.

-Es preciso -repitió el marqués.

-Es preciso, es preciso -dijeron en coro los criados.

-Pues no la bebo, señores, no la bebo -replicó el interesado, volviendo a poner la taza en el plato que tenía el marqués en la mano.

Éste se la entregó al mayordomo, y al mismo tiempo echó a andar para salir del aposento, y, en efecto, salió. Entonces dos criados se aproximaron a don Juan para obligarle a beber; mas él, conociéndolo, cogió de nuevo la taza; bautizó con ella al mayordomo, y saltando en seguida de la cama, asió la espada que a la cabecera de ella tenía, y dio tras de todos a palos.

La puerta les parecía estrecha para salir por ella a cuantos había en el cuarto, incluso el capellán, y con tanta precipitación quisieron huir, que al llegar a una escalera, por la que precisamente tenían qué pasar, se le enredaron las piernas al mayordomo entre las del que llevaba la caldera, y uno y otro rodaron de alto a bajo, poniendo el grito en el cielo; la caldera, suelta, soltó toda el agua que contenía, y después con estrépito notable siguió a su portador hasta el piso bajo.

Los perros del marqués, que eran bastantes, comenzaron a ladrar, y uno de ellos, abalanzándose a los dos caídos, sacó en triunfo el peluquín del mayordomo, que maltrecho yacía al pie de la escalera.

El capellán y los restantes llegaron sin tropiezo hasta aquel punto, pero allí tropezaron en los dos que, por bajar más deprisa, llegaron antes.

Los primeros poseedores del suelo renovaron sus aullidos al recibir encima a sus compañeros, y estos, enredados unos con otros, y no acertando a levantarse, gritaban también cuanto podían. Tan extraordinario rumor alarmó toda la casa, de modo que inmediatamente acudieron el marqués, el comendador, el cocinero, sus ayudantes, los pinches, etcétera.

Hinojosa soltó la carcajada viendo el singular grupo de hombres y perros que había al pie de la escalera, y a don Juan, que con la espada en la mano lo contemplaba desde lo alto de ella.

Era, en efecto; difícil no reírse: la calva del mayordomo salía de entre las piernas de un lacayo, y las narices del padre capellán hacían parte integrante del posterior de otro.

Un podenco se había sentado sobre la espalda de uno con la peluca en la boca, y otros dos o tres se entretenían con las piernas de los pobres caídos.

El primer cuidado de los recién venidos fue levantarlos a todos y examinar si tenían alguna herida, pero felizmente no hallaron más que tal o cual chichón; aunque no había uno que no se quejase como si se hallara en la hora de la muerte.

Puesto ya en pie el capellán, y recobrada su estola; que había perdido en la retirada, volvió la cabeza a la escalera, y viendo en ella a don Juan; como ya se ha dicho, echó a huir de nuevo, diciendo:

-Te conjuro, espíritu rebelde, te conjuro en nombre de Dios.

El comendador mandó retirar a todos los caídos, y habiéndolo hecho por sí el marqués, sentido del mal éxito de aquella empresa, se quedó Hinojosa sólo con don Juan, a quien rogó que pasara con él a su cuarto, en lo que este consintió sin dificultad.

Solos ya, y sentados ambos pacíficamente, pasaron algunos minutos en silencio, reflexionando don Juan en sus asuntos particulares, o en lo que acababa de suceder, y su primo en la manera más a propósito para entablar la conversación. Bien hubiera querido Hinojosa que el hermano del marqués rompiese la barrera haciéndole alguna pregunta; mas viendo que no lo hacía, hubo de determinarse a romper el silencio.

-Estaréis asombrado; don Juan, con lo que acaba de pasaros.

-¡Asombrado!... ¿De qué puedo asombrarme ya en este mundo?

-Sin embargo, primo, no es cosa que sucede todos los días a un caballero esto de exorcizarle.

-No, en efecto; y a la verdad, no concibo qué extraño capricho ha sido el de mi hermano en hacerme esta burla tan intempestiva.

-Os engañáis, don Juan, tomando a burla cuanto acaba de suceder. El marqués os ama de veras, y es incapaz de tan pesada chanza. No, primo, nadie ha tratado de burlarse de vos. El camino se ha errado, y yo bien se lo he dicho; pero las intenciones han sido las mejores del mundo.

-Pero, ¿no, me diréis a qué viene el rociarme con agua de pies a cabeza, el rezarme, y sobre todo el quererme hacer beber una taza de aceite?

-Creeros endemoniado.

-¡Jesús! El Señor me libre en lo sucesivo de semejante trabajo, como hasta aquí lo ha hecho.

-Amén. Ya os he dicho que estoy persuadido de la falsedad de semejante suposición. Y, sin embargo, ¿qué queréis que crean los que observan sin cesar vuestra extraña conducta, sin que aparezca ni remotamente motivo para ella? ¡Don Juan, don Juan! ¿Merece el marqués, que os ama como un padre, y que tantos años hace os sirve de tal, merezco yo, mozo ingrato, merece la fidelidad de vuestro criado, que a todos nos tengáis con el alma en un hilo, viéndoos perder la salud y hacer extrañas locuras? ¡Qué hemos de creer! Decidlo vos mismo.

Mientras que Hinojosa declamaba así, con bastante vehemencia, don Juan; levantándose de su asiento, comenzó a dar vueltas por el aposento, con visible agitación; y aun algunas lágrimas, fugitivas se escaparon de sus ojos.

Viéndolo así enternecido, no quiso el comendador atormentarle más, ni perder la ventaja conseguida, y para conciliar ambos extremos se fue a su primo; y, tomándole la mano afectuosamente continuó diciendo:

-En vuestra mano está hacer cesar en un punto todos nuestros temores.

-Decid el medio, comendador.

-Romped ese obstinado silencio, reveladnos la causa de vuestro padecer. Si ella es tal que admita remedio, se le aplicará, y si por desgracia no lo tiene, lloraremos con vos.

A esta última proposición soltó don Juan la mano de Hinojosa y dio dos o tres pasos sumamente aprisa; el comendador volvió a ocupar su asiento, esperando en él el resultado de aquel acceso.

No fue éste muy duradero, pues apenas pasaron dos minutos, sentándose Vargas de nuevo, empezó a hablar de esta manera:

-Sí hay, primo, en este mundo personas que por todos títulos merezcan mi confianza, sois mi hermano y vos. Pero escuchadme bien, y sea esta la última vez que hablemos de semejante materia.

»Dentro de mi corazón hay una pena que me devora, que me seguirá hasta el sepulcro y más allá, si después de la muerte conservamos la más pequeña parte de nuestra existencia.

»Mi honor está por ahora comprometido a no revelar la causa de mi disgusto. He dado mi palabra de no hablar. Excusad, pues, súplicas y razones. Los más crueles tormentos no me arrancarían una sílaba más de lo dicho.

»Nada me digáis, comendador, para agradecer la tierna solicitud de mis parientes: bastante he hecho, pues confesando que tengo un secreto, os he revelado ya más de la mitad de él.

»Compadecedme; pero no os obstinéis en saber más de lo que puedo deciros.

»Grabad en la memoria lo que voy a deciros. Si mi propio padre, saliendo del sepulcro, sólo para ello; diera un paso para sorprender mi secreto, pudiera ser que le arrancase la vida.

»Comendador, dadme la mano; nuestra amistad será eterna, como el agradecimiento que me inspiran vuestros cuidados; pero, lo repito, jamás, jamás volveremos a hablar de esta materia.

En tanto que don Juan estuvo hablando no apartó Hinojosa los ojos de su semblante, y si bien en algunos momentos se agitaba extraordinariamente Vargas, es cierto que no advirtió en él síntoma alguno de demencia.

Convenciose, pues, de que, en efecto, la situación de aquel mancebo dependía de causas naturales, aunque sólo conocidas del mismo interesado; y renunció a su primera idea.

-Os he escuchado -dijo- con la mayor atención, y no pretenderé saber lo que como hombre honrado no podéis decirme. No se hable más en ello. Pero voy a hacer una súplica que está en vuestra mano concederme. Ocultad lo que podáis, al menos en presencia del marqués: don Juan, conocida es por vos su melancolía. No queráis aumentarla. Ninguna gloria es mejor que la de vencerse a sí mismo.

-Yo me esforzaré para complaceros. Recibid mi promesa.

-Cuento con ella. Quedad, primo, con Dios, y si alguna vez necesitáis de un pecho fiel y de una espada que en sus tiempos tuvo buenos filos, el comendador Hinojosa no necesita saber en qué ni por qué le empleáis; su vida es vuestra.

-No quiera Dios que yo os envuelva en mis males; pero jamás olvidaré tan generosa oferta. Dadme los brazos.

-Y el alma con ellos.

Abrazáronse, en efecto, los dos primos con la mayor ternura, y el comendador salió del aposento para dirigirse a la habitación del marqués, a quien encontró en conferencia con el capellán y el mayordomo sobre los medios de renovar con menos riesgo y mejor éxito el pasado exorcismo.

La llegada de Hinojosa puso término a la discusión y al proyecto.

Dijo el comendador a aquellos tres personajes que acababa de tener una larga conversación con su primo en la cual había acreditado completamente que se hallaba en su sano juicio.

-Me ha confesado -añadió- que tiene penas que su honor le prohíbe revelar. Vuestra merced, padre capellán, se ha engañado, y yo también. Don Juan no está endemoniado, y menos loco. Probablemente su pena será algún amorío: es enfermedad de la edad. Los años la curarán. Entretanto; dejémosle en paz por nuestra parte; harto tiene que hacer el desdichado con lo que se conoce que sufre interiormente.

Esto bastó por entonces a que el marqués prohibiera al padre Teobaldo la continuación de sus combates espirituales, y, gracias a tal medida, pudo don Juan dormir tranquilo, sin temer que al despertarse le ofreciesen por desayuno una taza de aceite bendito.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

Introducción - Libro primero: I - II - III - IV - V - Libro segundo: I - II - III - IV - V - VI - VII - Libro tercero: I - II - III - IV - V - VI - Libro cuarto: I - II - III - IV - V - VI - VII - Advertencias




Libro segundo[editar]

Capítulo I[editar]

MORONDO Que me llevan los demonios
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Voto a Cristo que me llevan.
 
TEODORA ¿Adónde?
 
MORONDO No me lo han dicho
porque traen orden secreta
 
    («La adúltera penitente», comedia de tres ingenios: CAMER, MORETO y MATOS.)


Fiel a su palabra, procuró don Juan disimular su melancolía en presencia del marqués, y aunque a la verdad no pudo conseguir mostrarse alegre, por lo menos dejó de abandonarse a ciertos accesos, como el que dio lugar a que le exorcizase el padre capellán, y que antes de aquel suceso eran sumamente frecuentes.

Su tristeza era, sin embargo, la misma. Evitaba toda sociedad cuanta podía; y más de una vez acontenció que el comendador le sorprendiese con los ojos inundados de lágrimas; mas como Hinojosa había prometido solemnemente a su primo no volverle a preguntar la causa de su pena, y ni siquiera hablarle de ella, se veía en la imposibilidad hasta de consolarle.

En este estado de cosas transcurrieron algunos días, hasta que en la noche de uno, Vargas anunció a su hermano y su primo que al siguiente por la mañana se ponía en camino para visitar cierta hacienda, en la cual era necesaria su presencia.

Convino el marqués, y el comendador aplaudió el proyecto, creyendo, no sin fundamento, que la variación de aires y la agitación de un viaje serían muy a propósito para distraer a Vargas de sus disgustos, y tanto más, cuanto con sola aquella idea de él se notaba ya mucho más alegre que se le había visto en la última temporada.

Toda aquella noche estuvo Vargas amabilísimo, colmando de caricias a su hermano, al comendador, y aun al mismo padre Teobaldo, quien no dejaba de atribuir parte de tan inesperada mudanza a sus hisopazos y conjuros. En el momento de separarse don Juan abrazó a los tres con ternura, encargándoles que no le olvidasen.

-Olvidaros -dijo el marqués- y en el corto tiempo que habéis de faltar de aquí, no es posible.

-Mi ausencia, hermano, podrá ser más larga de lo que yo mismo creo.

-Norabuena; por mucho que se tarde en concluir la obra que vais a dirigir, será cosa de pocas semanas.

-Decís bien, hermano comendador, conservadme vuestra amistad.

-Don Juan, mis ocupaciones aquí son ningunas; si habéis menester un amigo que os acompañe, mi persona es vuestra.

-No, primo, no; vos podéis, y debéis quedaros. ¿Qué sería del marqués, viéndose solo? Adiós, pues.

-Adiós, y él os acompañe en vuestro viaje. Amén.

-Amén.

Antes de salir el sol estaba Vargas en camino, sin más compañía que la de un criado, que era el que siempre le seguía y estaba en su servicio desde la niñez. Callado, fiel y obediente, Pedro no conocía más ley que la voluntad de su señor, de cuyas acciones nunca veía más de lo que se quería que viese. Tan fácil hubiera sido saber por boca de un cadáver la enfermedad que le redujo a tal, como de la de Pedro nada de los asuntos de su dueño. Éste, pues, le estimaba como a una joya preciosa que no tenía reemplazo si una vez -llegaba a perderse, y depositaba en él sus secretos con una confianza sin límites.

Una legua habrían andado los dos caminantes; cuando deteniendo don Juan su caballo, dio lugar a que emparejase con él su criado.

-Pedro -le dijo-, vamos a Madrigal.

-Adonde usted mande.

-Es preciso que tú te adelantes. Nada importa reventar el caballo; esta noche has de dormir allá.

-Muy bien.

-Toma esta carta, que entregarás también esta noche misma, si llegares; como deseos antes del toque de ánimas. Gabriel no estará entonces en su casa.

-Está entendido, señor.

-Si llegas después de ánimas, mañana...

-¿Cuando el pastelero esté en misa?

-Perfectamente, Pedro.

-¿Y la respuesta?

-No la tiene. Marcha, y en habiendo entregado la carta métete en el mesón, y no salgas de él por ningún pretexto. ¿Me entiendes?

-Sí, señor.

-Nadie ha de conocerte antes ni después.

-Estoy al cabo.

-Fío en tu obediencia. Espérame allí, que o yo iré, o te daré noticias de mi persona. Marcha, Pedro. ¡Ah!, ¿llevas dinero?

-Poco.

-Toma diez doblones. Silencio y agilidad. Buen viaje.

-Dios guarde a usted, amo mío.

Diciendo esto, arrimó Pedro las espuelas a su caballo, y poco tiempo después le perdió don Juan de vista.

No nos tomaremos el trabajo de seguir al amo ni al criado en todo su camino, sino que, dejándolo en claro, trasladaremos la escena, de un golpe de pluma, al siguiente día, en el momento de oscurecer, a espaldas de una ermita que distaba como un tiro de bala de Madrigal.

Atado a un pino tascaba impacientemente el freno el caballo de don Juan; y éste, con no mucha más resignación, se paseaba aceleradamente al pie de los muros de la ermita. De cuando en cuando asomaba con precaución la cabeza por una de las esquinas; y examinaba con aire de inquietud y ansiedad el camino que guiaba a la villa, y en el cual no se veían ni perros.

-Ya casi es de noche...

-No viene... Si acaso Gabriel... ¿Pero qué, tan necio había de ser Pedro que se dejase sorprender? Infeliz de él como así fuese. Un bulto... La oscuridad no me deja distinguir quién sea; ¿si será ella?... ¿Y quién ha de ser a éstas horas por este paraje? Inés será. Respiremos.

En esto, el bulto se venía acercando a toda prisa, pero en vez de seguir hasta la ermita, tomó por una vereda que se apartaba de aquel camino como unos cincuenta pasos antes de llegar a ella.

-¡Maldición! No es Inés. Ya no viene.

Cualquiera que haya esperado alguna vez, y tratándose de asunto importante, concebirá fácilmente la extrema impaciencia de Vargas, a la cual se agregaba la duda en que se hallaba sobre si el mensaje había llegado sin novedad a su destino; y de que, aun cuando así fuese, se prestara Inés a sus deseos.

Tan presto se paseaba don Juan presuroso, como haciendo alto de repente recogía hasta el aliento y aplicaba el oído a la tierra para percibir aun el más ligero ruido. Ya se sentaba sobre una piedra, ya corría despeñado a ponerse en acecho, todo quejándose de su mala estrella y votando como un desesperado, y todo en vano también.

Cerca de una hora pasó en aquel tormento, hasta que, ya perdida la paciencia y olvidándose de sus proyectos mismos, abandonó la posición que ocupaba, y echó a andar hacia Madrigal; a que, él mismo no lo sabía; pero hay circunstancias en que el variar de posición, sea como fuese, es indispensable. Cincuenta pasos habría andado con una agitación extremada, cuando vio salir de la villa un bulto negro.

La noche era ya extremada, el firmamento cubierto de opacas nubes que impedían el paso a los rayos de la naciente luna; y el horizonte oscuro como el abismo, y que de cuando en cuando iluminaba la luz rojiza y fugaz de los relámpagos, anunciaban una próxima tempestad.

Agitadas por el presentimiento que les inspiraba su instinto, las aves nocturnas, con vuelo rastrero y desigual; cruzaban el campo en todas direcciones. El lejano ladrido de los perros, el son lúgubre de una campana, y hasta el susurro del viento en los sembrados, todo, en una palabra, contribuía en el momento de que hablamos a dar al paraje en que se hallaba Vargas el más siniestro aspecto.

Al ver, pues, el bulto de que se ha hecho mención, y olvidado de que un momento hacía hubiera dado cuanto le hubieran pedido por verlo en el camino, se sobrecogió un instante.

En efecto; la persona que a él se acercaba, cubierta de un traje talar, que flotando a merced del viento le prestaba aparentemente más corpulencia que la que realmente tenía, no parecía andar, sino deslizarse por el camino; tales eran la ligereza de su paso y la rectitud con que caminaba.

En las circunstancias ordinarias; don Juan, que por su parte había nacido valiente, y por otra era noble y castellano, hubiera visto con indiferencia, y tal vez no habría reparado en la circunstancia de caminar de este o del otro modo una persona que pasaba por el camino.

Pero la hora, la disposición del cielo, el paraje en que se hallaba, y que él mismo había elegido como más seguro para su intento, pues era pública voz en Madrigal que en las inmediaciones de aquella ermita, que hoy no existe, se verificaban frecuentes y espantosas apariciones, y sobre todo, la agitación en que estaba su espíritu, le tenían tan trastornado, que la vista de la persona que se le acercaba le sobresaltó, en efecto.

Hizo, pues, alto, y maquinalmente se persignó y sacó la espada. El bulto continuó marchando intrépidamente hasta estar a unos diez pasos de don Juan, que entonces ya cesó de andar.

Pocos momentos bastaron para que, volviendo éste en sí, reconociese la ridiculez de su conducta; y avergonzado de ella envainó la espada.

-Proseguid -dijo, dirigiéndose a la inmóvil persona que delante tenía-, proseguid vuestro camino, quien quiera que seáis, que así en mí no hallaréis impedimento.

-¡Don Juan! -exclamaron-, ¿sois vos?

-¡Inés! Al fin habéis venido.

-Sí, aquí estoy. Bien sabéis que arriesgo mi vida; pero, en fin, ¿qué me queréis?

-Aquí no estamos bien, Inés; cualquiera que pase puede vernos. Vamos a la ermita.

-¿A la ermita, don Juan?

-¿Y por qué no? Jamás os he conocido medrosa.

-Verdad es pero...

-No perdamos el tiempo, que para nadie es más precioso que para vos. Seguidme.

Al decir esto, asió del brazo a Inés, y en aquella disposición llegaron ambos a la espalda de la ermita, a la cual estaban unidos los restos de un pequeño edificio, que probablemente en tiempos antiguos habría sido habitación del ermitaño, pues, aunque inutilizada, conservaba una puerta de comunicación con la iglesia.

Ya en la época de que hablamos hacía muchos años que la ermita tenía su cura, que habitaba en la villa; y la habitación, abandonada, se había ido arruinando progresivamente, hasta no quedar más que un solo ángulo, en el cual se conservaba parte del tejadillo.

A este ángulo, pues, se dirigieron Inés y don Juan, sin proferir una sola palabra. Así que llegaron, don Juan dispuso lo menos mal que pudo un asiento de piedra para la pastelera, a quien dijo:

-Sentaos, Inés.

Hízolo así esta, y enseguida:

-¿Y vos? -preguntó.

-Bien estoy en pie. ¿Conque habéis recibido mi carta?

-Anoche me la entregó Pedro.

-¿Y Gabriel?

-No le he visto. No estaba en casa.

-Bien.

Parose aquí un momento como para recordar las especies, y en seguida continuó:

-Inés: repetiros que os adoro es inútil; bien lo sabes.

-Me lo habéis dicho, don Juan; pero no sé si será una prueba de ello estar un mes ausente sin darme noticia de vuestra persona ni siquiera por cortesía.

-Tenéis razón, ¿Qué responder a esto?... ¡Qué responder! Yo responderé; pero no interrumpáis, o de una conferencia que debe ser muy breve haréis una conversación eterna. Os adoro; repito, y os adoraré mientras viva, Inés. ¿Y cómo no adoraros? Yo que os he visto a la cabecera de mi cama noche y día sin separaros un momento, yo que os debo la vida...

-¿Y por quién la expusisteis?

-Más me valiera perecer entonces.

-¡Don Juan!

-Inés: tanta hermosura, tanta discreción, y ese carácter angélico, esa dulzura celestial, bastantes a hacer la dicha de cualquier mortal, han hecho de mí un frenético.

-Ya sabes que sólo vivo a tu lado. Ya ves tú que lejos de ti mi vida es un infierno. Inés, Inés, apiádate de mí.

-Sosegaos, don Juan. ¿Así cumplís las promesas que me hacéis en vuestra carta? Hablemos en razón. Cuando postrado aún en el lecho, gracias a la temeridad con que os expusisteis por salvarme, me dijisteis vuestro amor, don Juan; y yo no os oculté que también os amaba. Ya entonces era inútil que mi boca repitiese lo que debíais haber adivinado en mis ojos, pero también os dije que Inés no se envilecería jamás a los ojos de su amante, arrojándose en sus brazos sin ser antes su esposa, y vuestra esposa, Inés no puede, no debe serlo por ahora.

-Inés; verdad habéis dicho en todo. Lo que entonces me dijisteis está grabado en mi corazón con caracteres indelebles. ¿Pero cuál es el obstáculo que ponéis a nuestra unión? ¿La desigualdad de condiciones? Mujer celestial: ¿quién es más en el mundo que tú para mí? Yo también he querido luchar, y también he opuesto a mi pasión todo género de reflexiones, y todas han sido inútiles. He venido a ser tu esposo, a vivir contigo eternamente, a morir a tus pies de dolor.

Mientras que don Juan hablaba así con una vehemencia extraordinaria, Inés, enternecida, lloraba sin cesar. El llanto le impedía hablar durante algún tiempo; pero, al cabo, entre sollozos y suspiros, prorrumpió:

-Vargas, ¿qué decís? Sin conocerme, sin saber de mí más que el nombre de Inés, viéndome en tan oscura condición en compañía de Gabriel.

-Una sola cosa exijo de ti, Inés; para darte mi mano, una sola cosa. Con unas palabras vas a disipar una duda que pesa sobre mi corazón y le oprime y le agobia.

-Decid, don Juan.

-Antes jura decirme la verdad.

-Si es secreto en que yo sola esté interesada, juro por el Dios que nos escucha, y que sabe leer el fondo de nuestros corazones, que sabréis la verdad entera, y nada más que la verdad.

-Pues bien, Inés: perdóname si tal vez mi duda te ofende; yo mismo me he reconvenido millares de veces por ella; pero es más poderosa esta amarga duda que cuantos diques le opongo. Si tú supieras que en sólo concebirla he sufrido yo más tormentos que puede haber en los infiernos me perdonarías.

-Y bien, perdonado estáis.

-Decid; Clarita, la hija de Gabriel; ¿es tu hija?

-No, don Juan; no es mi hija.

-¡Dios omnipotente, yo te doy gracias! Tú eres digna de mi amor.

Un profundo silencio reinó en las ruinas, después de proferida por don Juan esta última exclamación.

El amor propio de Inés y su virtud misma se rebelaron contra la suposición de Vargas, y era menester toda la fuerza del amor y el peso de las razones que ella misma conocía haber tenido aquel caballero para concebir semejantes sospechas, para que no diese muestras de su indignación.

Vargas, como el que acaba de arrojar de sí una pesada y molesta carga, aunque gozoso por verse libre de ella, estaba como enajenado; y, además, conociendo también que su amada no podía estar muy satisfecha con su pregunta, no sabía cómo anudar de nuevo la conversación sin que volviese a recaer sobre tan delicado y desagradable objeto.

Estando así ambos amantes, la tempestad que desde antes de ponerse el sol se había ido preparando, descargó con tremenda furia.

Un relámpago, a cuyo resplandor parecía incendiado el lejano horizonte, seguido de un espantoso trueno, fue el principio de la tormenta, que, en seguida, ya fue general y terrible.

-Todos los santos del cielo me amparen -exclamó Inés, retirándose, asustada, al último rincón de las ruinas.

-¿Qué temes? -dijo don Juan siguiéndola y pasándole un brazo por la cintura, con ánimo sin duda de prestarle así su protección más inmediatamente-. ¿Estando conmigo, qué temes, Inés?

-Vuestra protección, don Juan, no creo que sea muy eficaz contra los rayos del cielo.

-La tempestad no puede ser duradera; en la estación en que nos hallamos son frecuentes, pero momentáneas.

-Por poco que dure, siempre será lo bastante para que yo, a menos de ponerme en camino diluviando como está, llegue a casa después que Gabriel, y entonces...

-Entonces, infeliz de él si se atreviera a ofender a la esposa de Vargas.

-La esposa de Vargas no lo soy aún, tal vez no lo seré nunca, y entre tanto; a su autoridad estoy sujeta.

-¿Y quién le ha dado esos derechos sobre ti?

-Mi destino.

-¿Y cómo?

-Éste es un misterio que ni vos debéis preguntarme, ni yo revelarlo. Dejemos, pues, de hablar de ello, separémonos también.

-¡Cómo, Inés! ¿Sin que hayas decidido de mi suerte?

-Nos volveremos a ver dentro de ocho días, en este mismo paraje, y a la misma hora. Entonces tal vez me será lícito hablar más que hoy puedo hacerlo.

-¿No me dirás al menos si me amas?

-¡Ingrato! Harto lo sabes.

-¡Inés mía!

-Don Juan, adiós.

-Espera: es imposible que con esta lluvia te pongas en camino.

-Lo que es imposible es detenerme más sin grave riesgo; tal vez es ya demasiado tarde.

-Pues bien... Pero ahora me ocurre: yo puedo llevarte hasta la villa en mi caballo, cubierta con mi capa, y desde la entrada hasta tu casa poco hay que andar.

-Vamos, pues.

Salió don Juan de las ruinas en busca de su montura, pero la oscuridad de la noche era tal, que a dos pasos no se divisaba un árbol. Fuele, pues, preciso marchar muy despacio y a tientas, buscando los únicos cuatro pinos que a unos seis u ocho pasos de la ermita estaban, y a uno de los cuales había atado su caballo; tropezó, por fin, con uno de los pinos, pero no era aquel el que buscaba; fue al segundo, y le sucedió lo mismo, y otro tanto con el tercero y cuarto.

«Vamos -dijo para sí-, he perdido enteramente el tino; no daré en toda la noche con el caballo».

Volvió de nuevo a recorrer los pinos, y viendo que tampoco en ninguno de ellos estaba, comenzó a dudar de si habría tal vez más árboles de los que él creía haber contado; pero un relámpago, iluminando por un instante todo el lugar de la escena, le hizo ver que no se había equivocado al contar los árboles, y que su caballo no estaba ni en el paraje que lo había dejado, ni cerca de él.

-¡Confunda Dios al pícaro ladrón que se lo ha llevado! -exclamó furioso, dando una patada en el suelo-. ¡Buenos estamos! A pie y sin dinero me deja, y ahora Inés habrá de andar a pie por ese camino, que está hecho un mar sin duda.

Mohíno, además, y pesaroso, dio la vuelta Vargas; no sin dificultad atinó a entrar de nuevo en las ruinas contiguas a la ermita, y así que estuvo dentro empezó a decir.

- ¡Pobre Inés! Estamos a pie o el caballo, espantado con los truenos, ha roto las riendas y echado a huir por esos campos, o algún ratero se lo ha llevado. Tendrás que irte a pie. ¿No respondes?

El ruido sólo de la lluvia, que impelida por el viento se estrellaba contra los muros de la ermita, fue la contestación que recibió don Juan a su pregunta.

-Inés, responded, por Dios santo... ¿Se habrá ido? ¿Capaz es...? ¡Inés, Inés! ¿Os parece este momento para chancearos?... Ahí estáis, sí; yo os siento andar... ¿Me huyes?... Responde, o es es...

-Silencio, o muerto sois, caballero -díjole al oído una voz de hombre; para él desconocida; y al mismo tiempo asido de ambos brazos, sin saber por quién ni cómo, se halló en imposibilidad de hacer el menor movimiento contra la voluntad de sus guardianes.

-¡Traidores! -dijo con rabia.

-Silencio -repitió la misma voz que primero había hablado-. Andad con nosotros en la inteligencia de que si no queréis hacerlo por vuestro pie, vendréis arrastrando. Silencio, repito, si amáis la vida, que no tratamos de quitárosla, ni aun de ofenderos, si a ello no nos fuerza vuestra imprudencia.

Concluida esta horrible oración, echaron a andan los que tenían agarrado a Vargas, y él también hubo de hacerlo con ellos, mal que le pesase.

Durante algún tiempo conoció don Juan que caminaban por las ruinas en razón a la desigualdad del terreno y a la multitud de escombros con que continuamente tropezaba, y aunque la extensión que en diferentes direcciones le hicieron andar, le pareciese mayor que las que las mismas ruinas tenían, lo atribuyó en parte a su turbación, y en parte a error en su primer cálculo.

Yendo así, le taparon el rostro con un pañuelo o capa que le echaron sobre la cabeza; precaución bien excusada, pues que, como ya se ha dicho, la noche era sumamente oscura. A poco rato, el piso ya se ofrecía unido y de nivel, y sus propios pasos, repetidos por un eco no muy claro, resonaban en los oídos del prisionero; enseguida le hicieron bajar una escalera, volver a andar por terreno llano, subir otra escalera, y al cabo bajar una tercera; desde allí, atravesar una zanja, y por último, saliendo de ella, sentarse en uno que le pareció escaño de madera.

En todo el tiempo no oyó don Juan proferir una palabra, de manera que la única conjetura que sobre su situación pudo formar fue, por el rumor de los pasos, la de ser tres las personas que con él iban, una delante y dos asiéndole de ambos brazos.

La circunstancia de faltarle el caballo le hizo creer que se hallaba en poder de ladrones, lo que le era sumamente sensible, no por él, sino por Inés, que era ya de suponer se hallaba en sus manos. En la situación en que se hallaba; sólo un recurso se le ofrecía para salvar a su amada de las garras de aquellos malvados, que era el de ofrecerle por la persona de la pastelera un rescate considerable en dinero; y así se propuso hacerlo tan luego como hubiera terminado su caminata y le diesen los ladrones lugar para ello.

En medio de estos proyectos, y como a pesar suyo, resonaba una voz en su conciencia, que le decía: «¿Por qué te obstinas en venir a Madrigal, si cuanto haces y dices en él redunda en daño tuyo?» El corazón respondió: «Estoy enamorado, y yo mando». La cabeza podía haber replicado como el gusano de la fábula: «Usted tiene razón: así va ello».




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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Capítulo II[editar]

 ¿Dónde estás, señora mía,
 que no te duele mi mal?
 O no lo sabes, señora, o eres falsa y desleal.

(Romance autógrafo.)


Uno de los infinitos y más agradables privilegios que el género romántico concede a los que lo cultivan es el de decir las cosas cuándo y cómo les viene a cuento, dispensándolos de la prolija obligación de empezar una historia por su principio, de referir hasta las veces que el protagonista fue azotado por el dómine en su infancia, y de seguirle paso a paso en el discurso de su vida, sin hacer gracia al lector de uno solo de sus pensamientos, por insignificantes y necio que parezca.

El autor romántico, con que puede hacer todo aquello a que su ingenio alcance, cuando no más, se ríe del orden cronológico; su fin es unas veces divertir, otras horrorizar, pero siempre inspirar interés, y usando en toda su latitud de aquella máxima de no sé qué autor, que establece que el fin santifica los medios (sic), siga el camino que su fantasía le dicta, despreciando reglas, hollando preceptos, y preguntando solo a sus oyentes: ¿Se divierten ustedes? ¿Sí? Pues bueno va.

En uso de mis facultades, y como ejemplo práctico, he puesto el exordio de este capítulo, con el cual respondo de antemano a la objeción que sin duda me hará la crítica clásica de andar algo descosido en mi novela y hago solemne protesta del que por ahora, y siempre que me convenga, seré romántico, reservándome, empero, refugiarme en el clasicismo cuando las circunstancias lo exijan.

Poco más fastidiado que deberá estarlo el que ahora me lea con la impertinente disertación que precede, se hallaba don Juan de Vargas, en el mismo paraje y situación en que le dejamos al fin del capítulo anterior, esperando con ansia el resultado de una conferencia que indudablemente se estaba celebrando a pocos pasos de él, pues el rumor de varias voces, aunque vagas, hería sus oídos. Pareciole al cautivo que los que hablaban no pasarían de cuatro o cinco personas, y entre ellas creyó distinguir el eco de una que debía de serle conocida; pero como su turbación no permitiese, que recordara entonces quién era, se persuadía a que aquel hombre podría muy bien tener semejanza en la voz con algún conocido suyo, y serle, sin embargo, enteramente extraño...

Después de hablar un rato en voz tan baja que nada de su conversación pudo percibir don Juan, animándose la discusión, uno exclamó, en tono más desagradable, aunque lo que decía y con acento gallego, o muy parecido a él:

«¡Mateislu!» Toda la sangre se le heló en las venas al hermano del marqués, al oír tan terrible sentencia.

-Sí, sí -dijeron a un tiempo dos o tres de los que conferenciaban.

-Es lo más seguro -exclamó el que había hablado a Vargas y estaba entonces sujetándole en el escaño; y acompañó su exclamación con un movimiento del brazo derecho; que a pesar de estar cubierto no pudo menos de distinguir el preso, quien, dándose ya por muerta, hizo mental y fervorosamente un acto de contrición.

-Teneos -gritó entonces la voz que a Vargas le parecía conocer-: teneos. ¿Quién os ha dado derecho para disponer de la vida de ese hombre?

-Nuestra seguridad lo exige -replicó ásperamente el de las ruinas.

-Mateislu -volvió a decir el que hizo la proposición.

-Os lo prohíbo -insistió el piadoso-, no tenéis facultad para ello. Solo Dios es árbitro de la vida de los hombres.

-Y el rey -contestó una voz, que hasta entonces no se había oído.

-Sí, sí, y el rey -repitieron todos a coro.

-Bien -dijo el defensor de Vargas-, y el rey; esperemos su decisión, y tiemblen todos su justicia si se atreven a tocar en ese mancebo sin orden suya.

-Esperemos norabuena.

-Esperemos.

-Esperemos.

Y el silencio más completo volvió a establecerse en torno del preso.

El primer movimiento de éste fue dar gracias a Dios por haberle libertado de tan grande peligro, deparándole; en medio de aquellos forajidos un alma compasiva que intercediese por él. Pero concluido este acto de piedad, y tranquilo ya por su vida, empezó a reflexionar sobre la última parte de la discusión que sobre su suerte acababa de tener lugar, y cuanto más meditaba menos la comprendía.

Un salteador de caminos, estableciendo que sólo Dios tiene derecho a quitar la vida a los hombres, y los demás tan celosos por el monarca, que al momento le replican que también es el de dar muerte uno de los derechos del rey, a la verdad, son cosas no muy comprensibles si no se toman en sentido irónico; pero que para disponer de la suerte de un caballero que está en sus manos esperasen los ladrones la resolución del rey, era lo que volvía loco a don Juan, y hubiera enloquecido también a cualquiera.

Tal vez, si la cuestión se le hubiese propuesto siendo otro el paciente y estando él tranquilo en casa de su hermano, hubiera atinado con la única solución racional que podía dársele, y era la de suponer que los ladrones llamaban rey al forajido que los mandaba, y que tal vez estaría ausente; pero como, a la verdad, la situación de Vargas no era la más a propósito para acertar enigmas, daba vueltas y más vueltas al asunto, y cada vez lo entendía menos.

Diremos, sin embargo, en defensa de su ingenio y honor de la verdad, que no le era fácil hacer raciocinio alguno seguido, pues la ignorancia en que estaba sobre la suerte de Inés le afligía aún más que su propio peligro.

La última y lejana campanada del reloj de la villa acababa de sonar las nueve de la noche; cuando distrajo a don Juan de sus reflexiones el ruido que al levantarse de los asientos que ocupaban todos los salteadores, a excepción de sus dos guardianes, que permanecieron inmóviles.

-El rey -se oyó decir en voz baja, todo alrededor.

«¡El rey! -exclamó para sí don Juan-. ¡El rey! ¿Si estaré soñando?»

-Caballeros -empezó a decir una voz todavía más familiar a los oídos de Vargas que la de que primero hemos hablado; pero reparando sin duda en el prisionero, se interrumpió, exclamando:

-¿Qué es esto?

-Yo lo diré, señor -contestó el que había intercedido por nuestro caballero; y el ruido de sus pasos anunció que se acercaba al recién venido para enterarle sin duda, de lo que había pasado.

Después, de un breve rato, dijo, riéndose, el que don Juan suponía ser el llamado rey:

-Yo lo sabía; pero se me olvidó advertíroslo. ¡Buen susto habrán pasado! ¡Coello!

Señor -respondió el de las ruinas.

-Venid.

-¿Y este hombre?

-Dejadlo; con Sousa basta. Entonces obedeció Coello, y Vargas pudo disponer de su brazo derecho; mas conociendo que habría temeridad en intentar retirarse, resolvió someterse pacientemente a su suerte, y permaneció tranquilo.

Poco tardó en volver Coello a su puesto y decir:

-Saltad, señor Sousa, a ese caballero. Señor don Juan de Vargas, poned la mano derecha sobre el puño de vuestra espada.

-Está puesta.

-Levantaos.

-Ya estoy en pie.

-¿Juráis por el signo de nuestra redención, por Dios y su Santísima Madre, y prometéis a fe de caballero sobre vuestro honor, que si os permitiese salir de aquí, sano y salvo, jamás revelaréis de manera alguna la menor circunstancia de cuanto acaba de pasaros?

-Antes de jurar me es fuerza hacer una pregunta, señor...

-Que diga.

-Decid.

-En el mismo paraje en donde me habéis sorprendido estaba en mi compañía una dama.

-Está segura, tranquilizaos.

-¿Quién me lo asegura?

-¿Bastará -dijo el que mandaba-; bastará que ella os lo diga?

-Sí -contestó Vargas, después de algunos instantes de reflexión.

Separose Coello de Vargas, y al cabo de algunos minutos volvió acompañado de Inés, quien dirigiéndose a su amante le dijo:

-Don Juan, no temáis por mí; segura estoy. Jurad lo que os han dicho y retiraos.

-Inés; no me engañéis. Sí hay el menor peligro...

-Ninguno, os lo protesto. Jurad, siquiera porque os lo ruego.

-Repetid lo que queréis que jure.

Hízolo así Coello; y don Juan juró. Concluido este acto; el mismo Coello, asiéndole de la mano, le mandó que le siguiese, y echando ambos a andar, y sin saltar zanja, ni subir más de una escalera, se halló Vargas en el mismo paraje en que fue sorprendido. Quitole Coello la capa que le cubría la cabeza, y retirándose precipitadamente, sin que su prisionero supiese por dónde, le dejó enteramente libre.

La tormenta había pasado; la luna, abriéndose paso al través de algunas nubes que aún quedaban iluminaba la campiña, que aún conservaba cierto aspecto melancólico y abatido, y el silencio no era interrumpido por sonido alguno.

Don Juan necesitó de algunos minutos para recobrar enteramente sus sentidos; y aún no muy sosegado salió de las ruinas, con ánimo de irse a pie hasta Madrigal; mas, con harta sorpresa suya, veía su caballo atado al mismo árbol y en la misma forma que lo había puesto él por la tarde, sin que faltase nada de cuanto encima tenía.

Montó, pues, y en breve tiempo llegó al mesón, donde su fiel Pedro le estaba esperando.




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Capítulo III[editar]

 Vivir con ella en ignorado asilo,
 sus sienes coronar de mirto y rosa,
 y una mirada dulce, cariñosa,
 en premio recibir de mi desvelo,
 es mi sola ambición, mi solo anhelo.
(Oda inédita.)


La mala cama, el ruido de las caballerías, y más que todo, su agitación, no permitieron a Vargas disfrutar en la posada de un solo instante de reposo. Representábanse sin cesar en su fantasía las escenas del principio de la noche; y el peligro que acababa de correr le parecía aún mayor después de pasado que cuando en él se hallaba, sucediéndole lo que al caminante, que, a fuerza de penas, logra verse en lo más alto de una escarpada roca, que ya en su cima se horroriza contemplando el precipicio a cuya orilla pasó.

Pero lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo de conciencia sobre haber creído ligeramente en la seguridad de Inés, que sin cesar se le ocurría. En vano se recordaba a sí mismo la absoluta imposibilidad en que se hallaba, de defender a su querida cuando se le exigió el juramento que prestó para obtener su libertad; en vano la misma Inés le había rogado que jurase. A todas sus reflexiones se decía: «Yo debí morir a su lado o salvarla conmigo».

En estos pensamientos le sorprendió el alba, y apenas el primer rayo de luz penetró en su aposento, se vistió apresuradamente, y envuelto en una gran capa, con su sombrero de ala ancha calado hasta las orejas, se puso en la calle.

Dirigiose inmediatamente a la pastelería, que, como de razón, encontró cerrada. Cediendo a su impetuosidad iba a llamar a la puerta; pero por fortuna suya, cuando ya tenía el aldabón en la mano le detuvieron el brazo por detrás.

-¿Quién se atreve a ponerme la mano encima? -dijo Vargas, lleno de cólera y sacando al mismo tiempo la daga .

-Yo, señor don Juan.

-¡Fray Miguel! ¿Y con qué derecho? Seguid vuestro camino, y dad gracias a ese hábito si no lleváis el premio que merece vuestra insolencia.

-Caballero: vuestra cólera ni me asusta ni me enoja; sois mozo y soldado; yo, anciano y religioso. ¿Qué gloria ni que provecho os reportaría el maltratarme?

-Padre mío: conclúyase la conversación; siga vuestra paternidad por donde iba y déjeme a mí acudir a mis negocios, que, por Dios santo, no estoy para sermones.

Y al concluir estas palabras volvió a asir el aldabón; mas fray Miguel se opuso también segunda vez a sus intentos.

-Fraile, o demonio en figura de tal, ¿has salido del Averno solo para precipitarme? Retírate al momento, o te mato si mil vidas tuvieras -exclamó Vargas, loco ya de furia, y desembozándose enseñó la daga desnuda al vicario de Santa María.

Mas éste, impávido, sin mudar siquiera de color y permaneciendo inmóvil delante de la puerta de Gabriel de Espinosa, le contestó, mostrándole el pecho:

-Herid, señor don Juan de Vargas; herid norabuena, si tan ciego estáis que desconozcáis no solo vuestros propios intereses, sino los de la persona misma a quien queréis servir. Sacad de esta vida miserable a un hombre que, resignado con la voluntad de Dios, siempre está pronto a comparecer ante su trono; pero creedme: de no pasar sobre mi cadáver, no cometeréis ahora la imprudencia de llamar a esta puerta.

La sangre fría de fray Miguel, su tono solemne y la firme decisión que en su rostro se mostraba de llevar adelante su propósito, paralizaron los efectos de la cólera de Vargas: con los brazos caídos, baja la cabeza y oído atento, escuchó cuanto el fraile quiso decirle, y aun después de haber concluido aquel de hablar permaneció algún tiempo en silencio.

-Fray Miguel, he andado sobradamente ligero, lo confieso; pero vuestra paternidad me ha provocado. Sea como quiera, respeto vuestro carácter, y voy a daros una prueba de ello sometiéndome a hacer explicaciones que a nadie debo. Si presumís que mi venida a esta casa tiene algo de hostil, os engañáis. Deseo sólo saber que una persona de ella...

-¿Inés?

-Sí, Inés; puesto que lo habéis dicho, deseo saber si está en su casa.

-Lo está.

-¿Quién os lo ha dicho?

-Yo la he visto.

-¿Cuándo?

-Anoche.

-¿A qué hora?

-A las diez de ella.

-¿No me engañáis?

-Mancebo, estas canas y este hábito, ¿merecen por ventura tan injuriosa desconfianza?

-No fray Miguel.

-Dadme esa mano: seamos amigos. Yo lo soy vuestro más de lo que pensáis, señor don Juan; y voy a daros pruebas de ello, si tenéis la bondad de seguirme.

-Vamos. Pero permitidme que os pregunte cómo a hora en que nadie anda por las calles os halláis vos en ella.

-Señor don Juan, el temor que tenía de que usted intentase lo que ha tratado de hacer.

-¿Pues cómo podría vuestra paternidad sospecharlo, cuando yo mismo no he formado el designio de visitar a Gabriel hasta hace media hora?

-¿Y de qué servirían mis años y mi experiencia si no pudiera yo prever las acciones de un hombre apasionado antes que él mismo? Yo he sido joven como usted, señor caballero, antes de vestir este hábito; también las pasiones me han atormentado.

-Norabuena; pero ¿qué antecedente tenía usted, padre vicario, para creerme desasosegado por Inés?

-¿Qué antecedente? El habérmelo dicho ella misma.

-¿Ella? ¿Y os ha dicho que...?

-Me ha dicho que la amáis, que os ama.

-Fray Miguel, si tratáis de sorprenderme, os habéis engañado; yo no...

-Deteneos, que yo no os pido que confeséis ni neguéis cosa alguna: voy simplemente a referiros lo que Inés me ha dicho. Se reduce, pues, a que entre ambos median relaciones amorosas, y que ayer, en una cita, las circunstancias fueron tales que al separarse de vos debía quedaros alguna inquietud por ella. La pintura que enseguida me hizo del carácter vehemente del señor don Juan de Vargas, y el conocimiento que yo tengo de Espinosa...

-¿Conque le conocéis?

-Sí, le conozco, déjame concluir. Temí, pues, el paso que queríais dar, del cual no hubierais sacado más fruto que comprometer a vuestra amada. Ved aquí por qué, a pesar de esa capa y ese sombrero, os he reconocido.

Calló el fraile, y Vargas, perdido, por decirlo así, en su laberinto de conjeturas, no acertó tampoco a decir palabra hasta hallarse dentro del monasterio y en la celda del vicario.

En ella hizo su dueño los honores a don Juan, con toda cortesía, y sentados ambos volvió a tomar la palabra el vicario.

-En vista de la manera con que esta mañana han sido recibidos mis buenos oficios, tal vez, señor don Juan, debiera yo abstenerme de mezclarme en asuntos ajenos. Pero mi deber, como ministro del altar, es sacrificarme por conservar la paz en las familias, y además, por razones que tal vez antes de mucho podrán ser públicas, estoy particularmente interesado en el negocio en que vamos a hablar. Será preciso; pues, que se me escuche con paciencia.

-Contad con ella, fray Miguel, y decid cuanto se os ocurra -contestó Vargas, reprimiendo a duras penas la expresión del enojo que tantos exordios le causaban.

-Usaré de esa licencia -repuso el vicario- y procuraré ser breve. Vuestro nacimiento es ilustre, yo me complazco en creer que no trataréis de oscurecer su nobleza con acción ninguna que de él desdiga.

-Padre vicario; no habléis más en eso: nadie ha dudado hasta hoy de la honradez de los hijos de mi padre, y...

-No se exalte, que tampoco dudo yo, lo que he dicho ha sido sólo para haceros conocer el inminente peligro en que una loca pasión os pone.

-Mi pasión no es loca.

-Sí, lo es; y lo probaré. ¿Conocéis a Inés?

-¿Si la conozco? Mejor que a mí mismo. Bella, sensible, generosa, honrada y de nobles pensamientos, Inés ha nacido para ocupar un trono. Sí, la conozco, fray Miguel; y el día que la conocí decidió del destino de mi vida entera.

-Joven infeliz; si eso es así, os compadezco.

-¿Y por qué? Si amo, también soy amado; en breve, un lazo santo nos unirá.

-Os engañáis.

-¿Y quién se atrevería a oponerse a la firme voluntad de arribos? ¿Quién, mientras Vargas tenga brazo y espada, le impedirá que sea esposo de Inés? La familia de Vargas no podrá impedirlo, yo os lo fío.

-¿Y Gabriel?

-¿Tiene ese hombre más de una vida?

-¿Paréceos el homicidio buen camino para llegar a la felicidad?

-No lo sé, ni quiero saber más que Inés ha de ser mía.

-La pasión es quien habla, don Juan, no vos. Atendedme, os ruego. Dejemos por un momento a Gabriel a un lado y hablemos de vos solo y de vuestra familia. De Inés, como ella misma os ha dicho, nada más conocéis que el nombre.

-Y el alma.

-Creéis conocerla, y tal vez...

-Tal vez arrancaré la lengua al que fuere osado a ponerla en la que adoro.

-No es ése mi ánimo. Pienso como vos.

-Inés es capaz de hacer feliz a su marido. ¿No es verdad, padre mío?

-Así lo creo; pero Inés hoy es muy poco para ser vuestra esposa; mañana tal vez será demasiado.

-No os entiendo, a fe mía.

-Ni yo puedo explicarme más.

-Norabuena. Cuantos me hablan de algún tiempo a esta parte, lo hacen misteriosamente; ya me voy habituando. Continuad, padre.

-Si vuestra familia llega a saber los proyectos que formáis, ¿cuál será el resultado? Una persecución violenta caerá sobre la infeliz Inés; y ésta no cesará hasta que se la ponga en posición que os sea imposible llegar a ella. Un matrimonio clandestino. Inés no consentirá en él; vivid seguro de ello. ¿Qué partido os queda?

-Casarme hoy mismo con ella, y hoy mismo huir con ella a país extranjero.

-Y allí, sin recursos de ninguna especie, don Juan de Vargas mendigará el sustento para él y su esposa, ¿no es cierto? La miseria y cuantos males la acompañan son el presente que vuestro amor quiere hacer a la mujer que idolatráis. Don Juan, por ella y por vos mismo, escuchad la voz de la razón; es forzoso que renunciéis a Inés.

-Antes morir mil veces.

-Mancebo: corréis a vuestra perdición.

-¿Qué importa? Sin ella no puedo ser nunca feliz; esto es cierto, certísimo, fray Miguel.

-Señor don Juan: este negocio es harto ajeno de mis años y mi carácter; pero me intereso tan de veras por Inés y por vos, que consiento tomarlo a mi cargo si me prometéis no dar en él paso ninguno sin anuencia mía.

-¿Y vuestra paternidad me promete que no abusará jamás de mi confianza para alejarme de Inés?

-¡Qué suspicacia! Sí, prometo.

-Pues yo también.

-Está dicho. Un solo medio hay por el que tal vez podéis llegar a ser esposo de Inés.

-¡Ah! Decid cuál, y veréis estoy pronto.

-Exige de vuestra parte grandes sacrificios.

-Ninguno habrá que me lo parezca siendo por ella.

-Exponeos a riesgos inminentes.

-Más de una vez he expuesto ya el pecho a las balas.

-Son también necesarios la paciencia.

-Tendré la de un santo.

-La sumisión.

-Seré un esclavo.

-El silencio.

-Callaré como un muerto.

-Todo os parece fácil ahora.

-A la prueba me remito.

-Acepto la promesa.

-¿Pero Inés será mía?

-Tal vez.

-¿Tal vez no más?

-Vuestra será.

-Sois mi ángel tutelar.

Y el pobre fraile se vio abrazado, besado, acariciado de todas las maneras posibles; y, a pesar de su gravedad, no pudo menos de sonreírse y enternecerse con el entusiasmo de Vargas.

Más fácil es imaginar que describir el extraño grupo que formaban un fraile anciano y un caballero mozo, estrechamente abrazados y llorando como dos chiquillos.

Vargas, enajenado de gozo, fray Miguel enternecido, se miraban el uno al otro con una expresión tan singular, tan dulce, que más parecían padre e hijo que dos extraños.

En esta situación los sorprendió Gabriel de Espinosa, que sin pedir licencia ni llamar, abrió la puerta de la celda y entró en ella como pudiera hacerlo en su casa.

Iba el vicario a levantarse de su asiento, mas a una seña del pastelero permaneció tranquilo.

-Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo -dijo Espinosa, con el mismo tono de voz que ya le había oído don Juan cuando le vio por primera vez.

Pero entonces no se desmayó el fraile, sino que, haciéndole una reverencia, le respondió:

-Señor Gabriel, él venga con vos. Al escuchar el saludo del pastelero, Vargas se estremeció sin saber él mismo por qué. Verdad es que, aun cuando don Juan pasó en casa de Espinosa más de quince días para curarse de la herida que recibió en la pradera, puede decirse que apenas le vio.

Pasábanse, en efecto, los días enteros sin que Gabriel entrase en la habitación que ocupaba su huésped, y cuando lo hacía era por pocos minutos, limitándose su conversación a preguntar por la salud del enfermo y desearle un pronto restablecimiento.

Tan extraña conducta no pudo menos de llamar la atención del hermano del marqués; pero a cuantas preguntas hizo a Inés sobre la materia, jamás oyó otra respuesta que la de que aquel hombre era de carácter naturalmente áspero y oscuro.

Por otra parte, Vargas, continuamente en compañía de Inés, y enamorado hasta no más de ella, no echaba mucho de menos la sociedad de Gabriel: de manera que, cuando llegó el caso de volverse a Valladolid, sus relaciones con él eran poco más o menos las mismas que el primer día de haberse visto.

No había, pues, entre ambos la mayor intimidad; y no sabía don Juan en la ocasión de que hablamos; cómo tratarle; pero Espinosa zanjó la dificultad llegándose a él con aire afable, aunque sobradamente familiar, y diciéndole:

-¿Pues cómo, señor don Juan de Vargas; vos en Madrigal, y no en mi casa, que tan vuestra es?

Tomó entonces fray Miguel la palabra, y contestando por Vargas, dijo que al llegar éste a la villa, aquella misma mañana, le había él encontrado y llevádosele consigo, sin darle lugar a otra cosa. Con esto tuvo don Juan el tiempo suficiente para recobrarse, y contestando al cumplimiento del pastelero, con no menos cortesanía que la suya, la conversación se hizo general, fácil e indiferente.

Ya en esto, se acercaban las ocho de la mañana; hora en que el vicario decía diariamente la misa, y con este motivo se retiró a hacer oración para prepararse a celebrar dignamente tan santo sacrificio.

Quedáronse pues, solos don Juan y Espinosa, y este manifestó en la conversación un talento tan claro, tan vasta instrucción, y sobre todo, un conocimiento de los hombres, que sorprendió a Vargas.

Hizo don Juan caer la conversación sobre la política de la época; y el pastelero en breve le manifestó que estaba muy al corriente de ella.

Habló de toda España, de Italia y de Flandes, como hombre que todo lo había corrido, y con aprovechamiento. Los asuntos de Portugal los tocó ligeramente, y esto lo atribuyó Vargas al justo temor que entonces se tenía de tratar semejante materia, pues Felipe no consentía sobre ella la menor discusión.

Como quiera que fuese, el hecho es que cuando se trató de ir a oír la misa, Vargas estaba prendado del pastelero, y lleno de asombro de que un hombre de oficio tan bajo tuviese tal instrucción y discernimiento. Lo que únicamente le disgustaba en él era cierto aire de iniciativa y decisión que tomaba en las conversaciones. Decía, en efecto, las cosas no como quien anuncia una opinión, sino a manera de axioma. Si el oyente le replicaba, solía satisfacer a su objeción con fuerza y brevedad; pero si aún se le oponían, cesaba de hablar, arrugaba el ceño, y ya no era posible hacerle volver a entrar en materia.

Este proceder tan contrario a lo que su oficio, prometía; su ninguna aplicación al trabajo, su amistad con fray Miguel, y sobre todo, Inés, tan dama, tan llena de honrado orgullo, persuadieron a don Juan de que en la historia de aquel hombre se encerraba algún extraño misterio, y que de él dependían todas las reticencias que notaba en su querida y en el vicario.

A juzgar por las apariencias, no iba en esto Vargas muy descaminado; mas mirando el asunto más despacio, no parece que fuese cosa extremadamente sorprendente el que un hombre de baja esfera viajase mucho, pues, al cabo, pasteleros en todas partes los hay. Los misterios de Inés y los del vicario eran a la verdad incomprensibles; pero, por lo mismo, todo cálculo fundado sobre ellos debía ser de ningún valor.

Acabada la misa, el vicario, Vargas y Espinosa tomaron chocolate juntos en la celda del primero; y ya terminado el desayuno, pidió licencia fray Miguel a don Juan para tratar con él de cierto asunto de la comunidad.

Vargas se retiró inmediatamente, y ofreciendo volver en breve a verse con el vicario tomó, casi sin saberlo, el camino de la pastelería.

Entrose en ella y en la tienda le recibió el mulato, con toda la afabilidad que en él cabía, y era sobre poco más o menos la de un perro de presa, que si no muerde a su amo, no deja tampoco de enseñarle los dientes.

-Domingo -dijo don Juan-, ¿y tu ama?

-¿Que ama?

-Inés. ¿No está en casa? ¿Adónde ha ido?

-No sé.

-¿Hace mucho que ha salido?

-No sé.

-¿Pero cómo no has de saber cuánto tiempo hace que se marchó?

-No sé. Ya he dicho que no sé. ¿A qué viene tanta pregunta?

Como Vargas conocía el carácter de Domingo; no se obstinó en hacerle más preguntas, y aunque, como buen enamorado, estaba lleno de impaciencia por saber de su dama, no quiso proseguir un interrogatorio que indudablemente había de ser inútil.

Trataba, sin embargo, de buscar medio para ver a Inés; cuando inesperadamente se abrió una de las puertas que comunicaban de lo interior de la casa a la tienda, y entró en esta una niña de tres a cuatro años de edad, en cuyas facciones se notaba una semejanza extraordinaria con la de Inés. La única diferencia que entre ambos rostros había era el de ser algo menos fiera y mucho más dulce la expresión habitual del de la niña que el de la mujer. El color de la primera era también más blanco que el de la segunda; pero una y otra circunstancia podía muy bien atribuirse, y se atribuían, en efecto, por el vulgo, a las distintas edades de las personas comparadas.

Así que la niña vio a Vargas corrió hacia él y pagó con un sin número de inocentes caricias las infinitas que le hizo el caballero.

-Juanito mío, ¿me quieres todavía? -preguntó a don Juan.

-Sí, hija mía, más que nunca. ¿Y tú a mí, Clarita?

-Mucho, mucho.

-Me alegro; pero ¿qué tienes? ¿Estás llorosa?

-Sí, he llorado.

-¿Y por qué has llorado, ángel mío?

-Porque, tía Inés, se ha ido y no me ha querido llevar.

-¡Hay tal! Déjala que venga, verás cómo la reñimos.

-Si ya no viene.

-¿Qué dices, Clarita?

-Que ya no viene en mucho tiempo.

-¿Quién te lo ha dicho?

-Papá.

-Habrá sido por engañarte. Estará en misa; o a comprarte dulces.

-No lo creas, Juanito. Ha salido en un caballo, y dos señores la han ido acompañando.

-¡El cielo me valga! ¿Y cuándo se han ido?

-Esta mañana muy tempranito.

-Vaya, tú me engañas, Clarita.

-No te engaño; mira, y se han ido por la puerta del corral. Tía Inés lloraba, y papá estaba tan serio, tan serio, ¿sabes?

-¿No sabes dónde ha ido?

-No, pero muy lejos. Ya se lo diré a la señora, que me hacen rabiar. Estas últimas palabras de la niña ya no las escuchaba don Juan, a quien la sorpresa y el disgusto embargaban los sentidos y tenían como fuera de sí.

Viendo Clarita que su Juanito, como ella decía, no contestaba, alzó el rostro para mirarle; y viéndole encendido como una grana, y con los ojos que parecían iban a saltársele del cráneo, fue tanto lo que se asustó, que inmediatamente saltó desde sus rodillas, en que estaba sentada, al suelo, y sé echó a llorar amargamente.

El mulato se acercó al instante; y con el ruido del llanto, volviendo don Juan en sí, acudió a ver qué ocurría.

-¿Qué tienes, niña? ¿Por qué lloras? ¿Por qué te has enojado conmigo? No, inocente, no; vamos, calla. Si sabes que te quiero. Un poco de agua para esta criatura, Domingo.

Éste, que parecía conmovido, trajo un vaso de agua, y poniéndose de rodillas lo presentó a la niña en la mano; pero Clarita, apartándole de sí, con mucho despego, le dijo:

-Yo no bebo sin salvilla, Domingo.

-Déjate ahora de eso -replicole Vargas-, bebe.

-No, no; papá y la señora no quieren. Domingo, sin replicar palabra, echó una mirada en rededor de sí, y no viendo con qué suplir la falta de la salvilla, echó mano de su propio sombrero, y colocándolo debajo del vaso se volvió a acercar a Clarita, quien, a fuer de niña, celebró con una sonrisa la invención del mulato, y bebió.

Vargas, en seguida, la dio un beso, y prometiendo volver pronto echó a andar para el monasterio, resuelto a adquirir de un modo o de otro noticias de su Inés.

Pero el destino lo tenía ordenado de otra manera. Ni el fraile ni el portero estaban en la celda ni en parte alguna del monasterio.

No por esto perdía don Juan la esperanza. Volviose al mesón, mandó ensillar los caballos, y montando, seguido de su criado, emprendió nada menos que correr todas las cercanías de la villa, con objeto de descubrir la dirección que habían tomado Inés y los dos hombres que según Clarita la acompañaban.

En esta penosa faena emplearon todo aquel día amo y criado. Aquí se hacía un labriego estúpido repetir veinte veces una pregunta, que al cabo no comprendía. Mas allá les contaban un cuento muy largo, para decirles que tres días antes habían pasado por aquel paraje unos arrieros, pero que nada habían visto de lo que se les preguntaba.

En resumen, a las oraciones no sabía Vargas otra cosa más que lo que le dijo un trabajador, de que estando en las viñas había visto a lo lejos tres caballerías; que en las dos de los costados le parecía iban caballeros dos hombres, pero que en la del medio no distinguió más que un bulto negro o carga. Lo único que el trabajador aseguró fue que se dirigían por el camino de Medina del Campo.

Esta noticia era bien escasa y vaga. Lo natural hubiera sido volverse a Madrigal y tomar informes de fray Miguel; pero la impaciencia de Vargas no conoció límites. Así, pues, envió a Pedro al monasterio con un recado para el vicario, suplicándole que, valiéndose del mismo conducto, le hiciese saber por escrito lo que pudiese sobre el viaje de Inés, y él continuó el suyo para Medina.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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Capítulo IV[editar]

 Hagamos un esfuerzo generoso,
 algún auxilio en nuestro mal busquemos;
 si el cielo nos le niega, perezcamos,
 que menos malo, y doloroso menos,
 es de una vez el renunciar la vida,
 que ser esclavos; y existir sufriendo.


Cuatro leguas de Castilla que andar en un caballo, cansado ya de correr durante un día entero, es pesada tarea, y más para el que aun volando hubiera creído andar despacio. Pero, mal que le pese a don Juan, le fue menester tardar seis horas en su camino, llegar por consiguiente a su destino pasada la medianoche, hora en que ya no se veía alma viviente por las calles, ni puerta alguna que no estuviera cerrada.

Ni el jinete ni el caballo habían tomado alimento alguno en todo aquel día, y uno y otro estaban desfallecidos. Don Juan, con el aturdimiento, perdió el tino al ir a la posada en que acostumbraba parar, y cuando después de andar media hora por calles y encrucijadas quiso recordar, ya se halló fuera de camino y enteramente desorientado. Lo peor del caso fue que, a fuerza de dar vueltas se había salido de la villa, y estaba, a su parecer, en el extremo opuesto al de su entrada.

¿Qué remedio? Volverse atrás; pero el caballo dijo que no podía más y se tendió. Don Juan, que felizmente no recibió lesión alguna en la caída, hubo de resignarse a esperar que con el alba pasara algún alma compasiva que, ayudándole a desembarazar la pierna derecha que tenía debajo del caballo, le sacase del purgatorio.

Dejamos a la consideración del lector la desesperación, las imprecaciones y penas del buen caballero, y por él y por nosotros nos apresuramos a referir cómo salió de tan mala posición.

Empezaba apenas a iluminar el horizonte la dudosa luz del crespúsculo, cuando el ruido de los pasos de algunos caballos en el extremo de la calle en que estaba tendido Vargas le anunció que se aproximaba el instante de su libertad.

-¿Qué diablos está haciendo ahí? -preguntó uno de los que venían.

-¿No lo ve, pese a mi vida?-respondió don Juan-. Estoy preso debajo de este maldito rocín, que Dios confunda.

-¡Ah! ¡ah! ¡ah! Y es verdad. Divertido está el buen hombre.

-Lo que importa es que usted, señor hidalgo, me ayude a salir de aquí.

-Vamos de prisa, hermano, no puede ser. Adiós.

-No daré un paso más antes que ayude a ese caballero a ponerse en pie -dijo en voz baja, pero con firmeza, una mujer que con los caminantes iba.

Oído esto, los que la acompañaban, sin replicar palabra, echaron pie a tierra, y en breves instantes pusieron en pie al pobre Vargas. Este, a pesar de lo mohíno y maltrecho que se hallaba, se acercó inmediatamente a la dama; que permanecía a caballo, y con las más corteses expresiones agradeció el favor recibido.

Mientras él hacía su arenga montaban a caballo los que le habían auxiliado; y la dama, aprovechándose para no ser oída de ellos del ruido que hacían, dijo, en tono apenas inteligible, a Vargas:

-El domingo próximo, a la oración, en el Carmen de Valladolid; si no, el siguiente en la ermita de Madrigal.

Dicho esto, sin esperar respuesta, se alejó con viveza, y en seguimiento suyo fueron los demás, que eran tres hombres a caballo.

-Es Inés, no tiene duda. El domingo próximo... Bien ¿pero no sería mejor seguirla ahora mismo? Sí, por cierto... El caballo no puede con su pellejo... Esperemos, no hay otro remedio.

En ejecución de tan loable y necesario proyecto echó Vargas a andar en busca de la posada, con la cual dio por fin, no sin trabajo, y por aquella vez triunfaron el cansancio y el hambre del amor y la inquietud.

Dejémosle descansar, que bien lo necesita, y veamos cómo Pedro desempeñaba su comisión.

Inmediatamente que se separó de su amo se dirigió al monasterio; mas le fue imposible ver por entonces al Vicario, pues se le dijo que en aquel momento se hallaba en el locutorio con la señora doña Ana de Austria.

Pedro, paciente como el que más, dijo que estaba bien, que esperaría; y, en efecto, esperó nada menos que dos horas, al cabo de las cuales salió de su conferencia fray Miguel, pero no solo, sino acompañado de Gabriel de Espinosa.

Como criado en casa de un título de Castilla y acostumbrado por consiguiente a ver desde la infancia observadas rigurosamente las leyes de la etiqueta y distinción de jerarquías, no pudo menos de sorprender extraordinariamente al sirviente de Vargas que un pastelero gozase de tan alto favor, que una persona de sangre real le admitiese en su presencia, y nada menos que por más de dos horas.

No tuvo, sin embargo, tiempo de hacer reflexiones el criado, pues apenas le hubo visto el vicario se acercó a preguntarle qué se le ofrecía.

Como Gabriel estaba presente, Pedro no quiso decir el verdadero objeto que allí le tenía, y se contentó con decir que su amo le enviaba a informarse de la salud de su reverencia.

-Buena, a Dios gracias -dijo Espinosa, riéndose maliciosamente; muy buena; desde esta mañana acá, no ha sufrido alteración. Hermano Pedro, desempeñad vuestra comisión, que yo, que soy quien lo impido, me apartaré lo suficiente para no oíros, aunque es inútil; pues antes que habléis sé ya lo que vais a decir.

Quedose Pedro al oír estas palabras como petrificado y como el pastelero continuaba mirándole con cierta expresión burlona, y hasta el fraile mismo, a pesar de su gravedad, dejaba ver en el rostro no poco de mofa, el pobre criado no acertaba a hablar.

Viendo esto, volvió Gabriel a tomar la palabra:

-Andad, Pedro, y decid a vuestro amo que se vuelva a Valladolid, que no tardará mucho en tener noticias de la que desea.

Mientras Espinosa hablaba así, Pedro, recobrando el espíritu y llenándose del orgullo que la librea de la casa ilustre de los Vargas le inspiraba, se indignó de que aquel miserable quisiese darle órdenes a su noble amo.

-Señor Gabriel -dijo en tono bastante animado-, mi amo, el señor don Juan de Vargas, no me ha dado para vos comisión ninguna, ni sé yo qué relaciones pueda un pastelero tener con él para tener la osadía de mandarle a decir lo que ha de hacer y no hacer.

En tanto que hablaba Pedro se obró en la fisonomía de Espinosa una revolución completa. A la expresión irónica sucedieron instantáneamente la gravedad, el desprecio y la cólera.

Sus cejas largas y pobladas se unieron por un movimiento de contracción en los músculos de la frente; los ojos le brotaban fuego, los labios se le pusieron lívidos, y los dientes empezaron a chocar entre sí con violencia.

-Es claro -exclamó no pudiendo ya contenerse-, calla, o pagas con la vida tu atrevimiento.

Y hablando así, echaba mano a la daga de que ya hemos hecho mención. Pedro, que no era cobarde, y también llevaba una especie de cuchillo de monte, lo empuñó para defenderse; y sabe Dios cuál hubiera sido el resultado de aquella escena, a no haber interpuesto el fraile su mediación.

-¡Qué imprudencia, señor, que imprudencia! -dijo dirigiéndose al pastelero-. ¿Sabe acaso con quién habla?

-Tenéis razón; pero esto ya es insufrible. Prefiero mil veces la muerte a vivir así envilecido.

-No está lejos el día. Y vos, Pedro, retiraos, y dad a vuestro amo de mi parte el recado que habéis oído de boca del señor Espinosa.

Obedeció el criado, pero no fue sin extremada repugnancia y mayor admiración.

-Este Gabriel -iba diciendo entre sí-, Dios me lo perdone, pero no puede ser cosa buena; y el padre, fuera de la corona, tampoco me fío mucho en él. Dios quiera que no le den que sentir a mi pobre amo. En fin, yo soy mandado; con obedecer cumplo; y sea lo que Dios quiera.

-Fray Miguel -dijo gravemente Espinosa, después que Pedro se hallaba a suficiente distancia para no poder oírlo-, ya lo veis, es preciso que terminéis de una vez.

-Señor...

-Hablad con Espinosa.

-Pues bien, señor Espinosa; usted sabe que no se perdona medio para llegar al deseado término. La señora doña Ana...

-No hablemos de ella: ¡ojalá todos tuvieran su celo!

-Yo...

-Estoy satisfecho de vuestros servicios.

-Ahora los demás...

-Los demás, los demás, en todos hay morosidad, tibieza, y miedo sobre todo. Felipe y su inquisición hacen temblar a los que yo tenía por más valientes.

-Cierto es que así sucede; pero no por eso debemos desalentar. Gracias a los sacrificios que la señora doña Ana está pronta a hacer, habrá fondos con que hacer frente a los primeros gastos.

-Yo no quiero que doña Ana se desprenda de sus alhajas.

-Sin embargo, es indispensable que así sea, so pena de renunciar para siempre a lo que de derecho es del señor Gabriel de Espinosa. La comunicación con nuestros amigos de Portugal es tan difícil que raya en lo imposible. Los agentes del monarca español tienen minada toda la nación, y, dolor da decirlo, hay portugueses tan viles que les sirven de espías. Usted sabe tan bien como yo las inmensas dificultades que han tenido que vencer los pocos que hasta aquí han llegado, y que estos vienen en estado de no poder contribuir más que con su persona. Cuanto había ilustre y amigo de usted en aquel reino, ha sido proscripto, ya con un pretexto, ya con otro, y si alguno se ha salvado maravillosamente del naufragio común, se halla más en disposición de necesitar auxilio que de prestarlo. Todo esto es notorio a usted; tampoco se oculta a su penetración, que son muchas las razones que le autorizan, y más diré, le obligan, a aceptar las ofertas de la señora doña Ana. Señor, no hacerlo, desde luego, no sólo es desacertado, sino criminal.

-¡Criminal, fray Miguel! Os olvidáis...

-No me olvido, no, señor; pero mi celo, mi santo ministerio y la urgencia de las circunstancias exigen que diga la verdad desnuda, aun a riesgo de enojar a usted, cosa que en otro caso no haría por cuanto hay en el mundo.

Durante el largo razonamiento de fray Miguel, se paseaba Espinosa por el claustro en que se hallaban, y el vicario le seguía hablando, si con energía, pero no con menos respeto. Gabriel dejaba ver en toda su persona el aire de un hombre acostumbrado a tales deferencias, y que, por consiguiente, las recibe sin orgullo ni admiración.

Después de algunos instantes de meditación rompió el silencio el pastelero.

-Fray Miguel; meditaremos detenidamente esta noche vuestra proposición, y sabréis mañana lo que resolvemos.

Por toda contestación el vicario se inclinó humildemente, señal de quedar enterado.

Espinosa, sin mirarle siquiera, continuó diciendo:

-La adquisición de Vargas nos va a ser preciosa. Su familia tiene prestigio y dinero; él es entusiasta y valiente, y estas dotes son muy a propósito para casos de esta especie.

-Ciertamente -contestó el fraile-; pero usted sabe sin duda que don Juan desea...

-¿Y qué me importa a mí lo que don Juan desea? Sírvanos, que después a cargo de nuestra munificencia queda el recompensarle.

-Es que para que nos sirva como usted desea, no hay más que un medio: Inés.

-Lo sé; lo he visto antes que vos. Desde el instante en que la vio, se le trastornó la cabeza. Con mi larga peregrinación he aprendido, fray Miguel, a conocer los hombres. No es el oro, ni la gloria, ni las recompensas, las maneras de gobernarlos; cada uno de ellos lleva dentro de sí el medio para servir de juguete al que sabe estudiarlos. Las pasiones, padre mío, son el resorte que hay que tocar: ser diestro en la fantasmagoría. Enseñad a cada uno en perspectiva y abultado el objeto a que su corazón le inclina, y los veréis, corriendo tras de una sombra, abandonar todas las realidades posibles. La dificultad está en graduar la luz proporcionalmente a la vista de cada uno. Los hay que en una piedra ven un trono, o un tesoro, o una belleza, porque todo lo miran al través del prisma de sus deseos. Para otros es necesario más artificio; pero al cabo, poco son los que no caen en la red.

-¿Y está ya el señor Espinosa resuelto a servirse de don Juan?

-El tiempo dirá lo que debe hacerse. Fray Miguel, quedad con Dios.

-Él os guarde, como yo se lo ruego sin cesar.

Humillose el fraile al decir esto, Gabriel inclinó ligeramente la cabeza, y saludando graciosamente con la mano, salió a paso largo del claustro. Contemplábale el vicario, inmóvil; y al perderlo de vista exclamó, en tono bajo y doloroso:

-¿Cuándo se moderarán esa impetuosidad y ese orgullo excesivo, que son los que nos han traído a este punto? Jamás...

En tanto, caminaba Pedro a Medina del Campo, adonde llegó mucho antes que su amo se presentase en la posada, lo que le inquietó sobremanera; y sin duda se hubiera puesto en marcha de nuevo por adquirir noticias de él, si su montura, no menos cansada que la de Vargas, se lo hubiera permitido. Gracias a esta circunstancia halló don Juan a su sirviente en la posada y supo de él cuanto había ocurrido con fray Miguel y Espinosa; y como el aviso de éste convenía con la cita de Inés, desde luego resolvió el hermano del marqués regresar a Valladolid; sin embargo, antes pasó por la hacienda a que supuso se dirigía su viaje, y dando en ella las disposiciones convenientes se encaminó a la residencia de su hermano.




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Capítulo V[editar]

 ¿Y su frente
 pudo hollar impudente
 la vil posteridad con lauros de oro?
(QUINTANA: Oda a Padilla.)


Don Juan de Austria, hijo natural del emperador Carlos V, primer rey de su nombre en España, tuvo fuera también de matrimonio; en una señora madrileña, dos hijas, de las cuales una era la señora doña Ana, monja profesa en el monasterio de Santa María la Real de la villa de Madrigal.

La misma política estrecha, mezquina y tiránica que jamás concedió al vencedor de Lepanto las prerrogativas de infante de España, que impidió siempre los distintos enlaces que se le ofrecían a aquel príncipe, verdaderamente grande, y que por último abrevió acaso sus días en medio de la juventud y de la gloria de que en Flandes se estaba cubriendo, esa misma hizo monja a doña Ana.

Bien conocía el malogrado héroe el carácter suspicaz, sombrío y cruel de su hermano; y la prueba de ello es que tuvo siempre oculta la existencia de sus hijas, hasta que en la hora de la muerte confió aquel secreto a su digno amigo el duque de Parma Alejandro Farnesio, capitán insigne, príncipe magnánimo; y, sobre todo, modelo de los caballeros de su siglo.

Imposible hubiera sido ocultar a Felipe II que su hermano dejaba dos hijas, por razones que, sobre ser muy obvias, serían harto prolijas de explicar; hízoselo, pues, saber Farnesio, recomendándoselas en su nombre, y en del difunto príncipe. La conducta del rey fue en aquella ocasión precisamente la misma que había sido la de don Juan de Austria. Recibió la noticia con agrado, acogió a las huérfanas con hipócrita habilidad, y al poner su mano sobre sus cabezas, como para bendecirlas, puede asegurarse que impuso sobre el cuello de aquellas inocentes el yugo de hierro que había de agobiarlas toda su vida.

Cobarde, como su padre valiente; cruel, como aquel generoso; y fanático, como religioso era Carlos, ningún crimen arredraba a Felipe cuando se trataba de su seguridad, de su venganza, o de los mal entendidos intereses de su religión.

Parricida en el príncipe don Carlos, fratricida en don Juan de Austria, ¿qué podía esperarse que hiciese con sus sobrinas?

Relativamente hablando, su conducta con ellas fue excelente, pues se limitó a sepultar a ambas en el claustro, contentándose con extinguir así la descendencia de un hombre que aun muerto le causaba celos.

Por lo demás, la señora Ana había recibido la promesa de ser prelada de su monasterio, y entretanto vivía en él con la posible independencia. En vez de estar reducida, como las demás religiosas, a una sola celda, tenía una habitación espaciosa y decorosamente amueblada. Concediósele un locutorio particular para dar audiencia en él; conservó el tratamiento de excelencia, y sus obligaciones se limitaron a la asistencia al coro, y aun de ésta se podía dispensar siempre que le acomodaba. Dos religiosas profesas, ambas nobles de nacimiento, servían inmediatamente a su persona, y otras varias legas desempeñaban los oficios mecánicos de su obligación. En una palabra, sus grillos se doraron con esmero; mas no por eso dejaron de ser grillos.

La figura de la señora doña Ana era como la de la mayor parte de las hembras de la casa de Austria, más bien imponente que bella; más agraciada que afable; pero no así su carácter, verdaderamente angelical.

Educada por su madre en el mayor recogimiento, y habituada a una vida monótona y silenciosa, de la cual salió para entrar en el claustro, su espíritu había tomado cierta tendencia a la meditación, que dejándose ver en su rostro, hacía muy a menudo parecer que estaba en éxtasis.

No hallando en él momento de desenvolverse la sensibilidad en su corazón objeto en que emplearle, naturalmente recayó toda ella en su madre y en sus augustos parientes; pero esto no bastaba. La juventud busca siempre un objeto ideal, no siendo suficiente la imperfección de los que le rodean a satisfacer sus inmensos deseos. Para los que viven en libertad, se encarga el amor de realizar estas ilusiones, y las realiza en efecto; si bien suele pagarse la corta felicidad que proporciona con amargos desengaños; pero la infeliz religiosa, ¿qué recurso tiene? La devoción.

Cuando ésta es sincera, cuando no se limita a prácticas ridículamente supersticiosas, sino que va acompañada de una fe pura, de una conciencia tranquila y un corazón sencillo, ¡dichoso el que la ejerce! En ella encuentra refugio y esperanza, consuelo y remedio para todas las calamidades de la vida.

Doña Ana, pues, era devota, sinceramente devota; y si bien tenía todas las supersticiones que pocos dejaban de tener en España en aquel siglo, había por lo menos en lo íntimo de su corazón un fondo inagotable de piedad, y aun de tolerancia; virtud verdaderamente rara en la época en que vivió.

Sin embargo, a pesar de toda su devoción, a haber estado en su mano decidir de su suerte, no hubiera seguramente tomado el hábito. La naturaleza la había hecho más para madre de familia que para religiosa, y ella misma lo conocía. La vista de un niño producía en aquella señora una sensación difícil de explicar. Sin que la reflexión bastase a impedirlo, suspiraba, contemplando cuán sin culpa ni voluntad se veía obligada a renunciar hasta a su esperanza de recibir nunca las inocentes caricias de que veía colmadas por sus hijos a otras mujeres.

Entonces hubiera querido haber debido el ser a un oscuro jornalero y ser dueña de su persona, más bien que ser hija de un príncipe de la ilustre casa de Austria a tanta costa.

Por más esfuerzos que hagan la superstición y el fanatismo para violentar la naturaleza, su voz se dejará siempre oír en el fondo de nuestros corazones; y las desdichadas víctimas de las instituciones de los hombres, luchando entre la fuerza de sus propios sentimientos y los horrores en que una educación viciosa les ha imbuido, vivieron en perpetua y espantosa agonía.

¿No es ya tiempo de que desaparezcan de las naciones cultas tan monstruosos abusos?

Tales eran las disposiciones y situación de doña Ana, cuando fray Miguel, nombrado vicario de su monasterio; y su confesor, se presentó en Madrigal.

Una y otro tardaron poco en hacerse justicia, respetuosamente, y de aquí resultó entre ambos la más estrecha y sincera amistad.

Fray Miguel amaba a doña Ana como un padre a su hija, y no podía menos de ser así, porque aquella señora había heredado todas las excelentes cualidades del infeliz príncipe a quién debía el ser.

Pero tardaron en no tener secretos el uno con el otro. El vicario supo de mano de doña Ana lo que sobre sus sentimientos hemos dicho ya, y la noble religiosa recibió la confianza de las pocas que atormentaban a fray Miguel, y de que aún no hemos hablado.

Ya hemos dicho que el vicario de Santa María, antes de serlo, había sido confesor del rey don Sebastián de Portugal, y todo el mundo sabe que este monarca, habiendo hecho, contra el dictamen de los más hábiles, una expedición, desapareció en una batalla que dio delante de Tánger, en la cual fueron los cristianos completamente derrotados, sin ser posible encontrar el cadáver del rey entre los demás ni saber su paradero.

El cardenal don Enrique ocupó entonces el trono de Portugal, y habiendo muerto sin sucesión, a pesar de haber obtenido del papa dispensa de sus votos para casarse, le sucedió en la corona Felipe II, en virtud de sus derechos, apoyados en un ejército que, a las órdenes del duque de Alba, derrotó a don Antonio, prior de Crato, príncipe que los portugueses hubieran preferido, con razón, al rey de España.

Pero a pesar de que todo esto sucedía, suponiéndose como cierta la muerte del rey don Sebastián, no faltaban en Portugal personas que creyesen que aún existía. Y esto no sólo entre el vulgo, sino en las clases más elevadas del Estado.

En el número de los que seguían esta opinión se hallaba fray Miguel, fundándola en la circunstancia positiva de que no había no sólo de los que habían escapado con vida de la batalla, que dijese que había visto morir al rey, y si alguno que aseguraba que se había retirado herido gravemente con dirección a la costa.

Además, durante el corto reinado de don Enrique corrieron distintas veces rumores de que don Sebastián se había presentado, ya en un punto, ya en otro de la costa, siendo de observar que tanto el rey cardenal como Felipe II, cada uno en su tiempo, castigaron con la mayor severidad, no sólo al que decía haber visto en vida al don Sebastián, sino aun aquellos que se limitaban a opinar que era posible que no hubiese muerto.

Si la historia de Felipe no ofreciese en cada una de sus páginas mil pruebas de su hipocresía, su conducta en esta ocasión bastaría sólo a destruir la cualidad de eminentemente religioso con que sus parciales han querido honrarle. Un hombre timorato cualquiera da a cada uno lo que legítimamente le pertenece; y cuando las circunstancias le hacen dueño de un objeto al cual pueda parecer dudoso su dominio, no descansa hasta aclararlo, porque prefiere la tranquilidad de su conciencia a cuantos tesoros encierran las entrañas de la Tierra.

Tal vez se dirá que en política hay ocasiones en que los principios de la justicia deben plegarse a las circunstancias del momento, y que acaso de una pequeña infracción de ellos, en perjuicio de uno o de algunos particulares, resultan bienes infinitamente superiores a la masa. Esto se ha dicho hace muchos siglos, se dice en el nuestro, y se dirá en los futuros, siempre que los gobiernos quieren, o por malicia o por ignorancia, infringir los pactos sociales, que tácitos o expresos, existen en todas las naciones, incluso la Turquía, donde lo es el Alcorán; pero como no porque todos lo digan una cosa es buena, habrán de permitirnos que les digamos humildemente nuestra triste opinión, y es que, en general, jamás de una mala acción resulta un bien; que si tal vez a primera vista aparece así, es indudablemente que examinada la cosa a fondo y despacio, se hallará que no es lo que parece; y por último; que al mismo resultado; aun suponiéndole bueno, se hubiera podido llegar sin cometer el crimen, con un poco más de paciencia y trabajo.

De cualquier modo, Felipe procedió siempre con su severidad característica contra todos los sebastianistas; y era igual el placer que su corazón de tigre recibía viendo quemar vivo al infeliz que acaso cantó por distracción:


     ¿Si ha venido o no ha venido   
el Mesías prometido?   
No ha venido [...]   



O se mudó de camisa un sábado, o tuvo la desdicha de no nacer aficionado a la carne de cerdo, que al que era bastante osado para decir que su penúltimo rey acaso aún viviría.

No conocíamos en aquella época los españoles la sutil invención de la policía; mas en cambio teníamos la Inquisición, que no le va en zaga, y aun le lleva ventajas, y no pocas.

Gracias a las luces del siglo, la policía encuentra pocos delatores fuera de la clase abyecta de la sociedad, y aun en ella se avergüenzan los hombres de ser ministros de tal institución.

Por el contrario, el difunto santo oficio, desde el monarca hasta su último vasallo, contaba con otros tantos servidores. Las personas reales se honraban llevando un hacecito de leña para freír a algún desventurado hereje; una junta de sus calificadores decidió de la suerte del príncipe de Asturias don Carlos.

Los grandes de España ansiaban verse alguaciles mayores y desempeñar otros oficios del nefando tribunal.

La cruz verde de familiar deshonraba el pecho de un número considerable de nobles y funcionarios públicos.

En una palabra, no parece sino que eclesiásticos y seculares, nobles y plebeyos, toda la nación, en fin, quiso hacerse cómplice de los millares de asesinatos jurídicos cometidos por la inquisición, al paso que la mayor afrenta que hoy puede hacérsele a un hombre es llamársele esbirro.

Fray Miguel, después de haber sufrido valerosamente la más cruel de las persecuciones y llevando con resignación la reclusión en que se le tuvo algunos años, aprendió a ser cauto. Cesó de hablar de su malogrado rey, e interpretándose su silencio como prueba de hallarse convencido de la muerte de don Sebastián, lograron sus valedores; no sin trabajo, que se le pusiera en libertad y se le agraciase con el vicariato de Santa María, destino, a la verdad, poco preferible siempre a un encierro.

Allí, como hemos dicho, encontró a la señora doña Ana, y se interesó por ella vivamente tan luego que llegó a conocer sus excelentes prendas.

La hija de don Juan de Austria se consideraba, con razón, como víctima de la política de su tío el rey; y así fray Miguel llevaba, en el mero hecho de ser perseguido por el mismo, una gran recomendación para ella.

Las conversaciones entre el portugués proscripto y la religiosa versaban constantemente sobre dos solos puntos: la gloria y desgracia del vencedor de Lepanto y la aciaga batalla de Tánger.

Insensiblemente, las opiniones del vicario sobre esta última materia fueron inculcándose en doña Ana, de modo que en muy poco tiempo llegó a ser tanto o más celosa sebastianista que él mismo. Si fray Miguel hacía una penitencia, una oferta cualquiera a un santo para lograr por su mediación la deseada vuelta de su rey, dona Ana no sólo le imitaba, sino que, en ocasiones, llegaba a sobrepujarle en celo. Una rica lámpara de plata ardía de continuo en el coro alto de su monasterio, ante una imagen de nuestra Señora, en muestra del ardiente deseo que la hija de don Juan de Austria tenía de ver restituido a su trono al rey don Sebastián. Jamás oraba sin dirigir al cielo repetidas súplicas con el mismo fin; y, en resumen, su pensamiento dominante, único más bien, era el del regreso de aquel malhadado príncipe a su país.

Pero la verdad nos obliga a decir que, además de la compasión que las desgracias del rey de Portugal inspiraban al sensible corazón de la augusta religiosa, y del cariño que le profesaba por ser hijo de la princesa doña Juana, hermana predilecta de su padre, había un motivo, tal vez más poderoso, para que doña Ana se interesase tanto en que don Sebastián viniese y volviese a reinar.

Era este motivo la persuasión en que se hallaba, gracias a los continuos y repetidos esfuerzos que para ello hizo fray Miguel, de que en el caso de verificarse lo que tanto deseaba, y de contribuir aquella señora tan eficazmente como pensaba hacerlo al restablecimiento de la independencia de Portugal, don Sebastián obtendría del sumo pontífice dispensar a la señora doña Ana de su votos, y se uniría a ella con el lazo del matrimonio.

Preciso es confesar que el vicario en esta ocasión prescindió un poco de su carácter, habitualmente candoroso, y fue político en toda la extensión de la palabra, ofreciendo a la vista de la reclusa una perspectiva halagüeña que no podía menos de obligarla a entrar en sus planes, y prometiendo más acaso de lo que hubiera podido cumplir aun cuando don Sebastián no hubiese, en efecto, muerto y pudiera recobrar su corona, ambas cosas por lo menos harto problemáticas.

Pero háblesele a un amante de estrechar entre sus brazos a la que ama; a un prisionero de la libertad: por más incierto, por más peligroso, y acaso imposible, que al indiferente parezca conseguir lo uno o lo otro, a los interesados no les parece nunca que ofrece la menor dificultad; y apenas tocando la barrera de diamante que el destino opone a sus deseos creen en ella.

Tal fue el caso de la señora doña Ana. A las primeras insinuaciones que el vicario la hizo sobre la materia, su fantasía se inflamó. Aquel corazón, a quien jamás la idea del amor se había presentado sino asociada con la del crimen, pudo, en fin, conseguir la esperanza de amar un día sin delito, y de amar a un guerrero esforzado, célebre por su valor y sus desgracias, y rey en fin.

Recobrar de una vez la libertad, sus derechos de mujer, la clase en que su ilustre nacimiento la colocó, salir de la estrechez del claustro, y sacudir las cadenas de Felipe, eran para doña Ana consecuencias inmediatas y precisas de la aparición de don Sebastián.

¿Qué mucho que con tales esperanzas no dejase en sosiego a un solo santo del cielo para conseguir se realizasen?

Sin embargo, empezó por oponer algunas resistencias al proyecto del matrimonio; y como fray Miguel, conociendo que aquello era sólo por el bien parecer, insistiese sin cesar en ello, acabó por convenir en que se prestaría, aunque con repugnancia; a los deseos de su augusto primo, y a las órdenes del Santo Padre.

Conformidad admirable, tanto más cuanto su augusto primo probablemente no existía, y el Santo Padre en lo que menos pensaba era en sacarla de su monasterio.

Además de la señora doña Ana, contaba fray Miguel en el monasterio con el amor de casi todas las religiosas, a quienes su vida austera y penitente había inspirado una veneración sin límites; y desde que se hallaba en Madrigal había vuelto a anudar algunas relaciones en Portugal con la mayor cautela y tan buena maña, que logró sustraer de los agentes de Felipe.

Valiose para ello de un médico portugués establecido en el mismo Madrigal, de quien en lo sucesivo tendremos ocasión de hablar.

Éste era el estado de fray Miguel, y la señora doña Ana, cuando don Juan de Vargas se presentó en Madrigal por vez primera.




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Capítulo VI[editar]

 Los días que apresurado
 quieres hora apresurar,
 un tiempo te ha de pesar
 que hayan tan presto llegado.


Los días que transcurrieron hasta el domingo en que Inés había prometido a don Juan de Vargas verse con él a la hora de la oración en el Carmen de Valladolid, caminaron para el impaciente amante con una lentitud insoportable.

Todas las tardes su paseo, sin preceder deliberación, era hacia el lugar de la cita, y en él su ocupación calcular hasta por minutos el tiempo que debía transcurrir hasta el deseado instante. Triste condición la del hombre, que con ridícula inconsecuencia desea abreviar el curso de su corta vida por acelerar tal época de placer que acaso nunca llega.

Cinco días mortales se pasaron hasta que amaneció el domingo señalado. Don Juan oyó misa en el Carmen, se paseó hasta la hora de comer a sus inmediaciones, y por la tarde volvió también al mismo paraje.

La oración sonó: en lo que menos pensó Vargas fue en rezar. Recorrió con la vista la larga extensión del Campo Grande, que así se llama el paraje en que se halla en Valladolid el convento del Carmen; pero aunque en él vio diferentes personas, ninguna se acercó al punto convenido en largo tiempo.

Por fin, dos hombres embozados hasta los ojos, y dejando ver por debajo de las capas cada uno lana espada de tremenda longitud, se dirigieron al pórtico del convento con aire, aunque resuelto, cauteloso.

Don Juan los miró un momento; pero preocupado con la idea de ver venir a Inés, apenas paró la atención en aquellos dos hombres. Por su parte; los embozados parece tampoco hicieron reparo en él, y dieron vuelta a aquellos alrededores, registrándolos escrupulosamente, con el objeto sin duda de buscar en ellos a alguna persona, o de asegurarse de que ninguna había oculta. Terminado este examen, que fue de bastante duración, uno de ellos se acercó a Vargas, que también iba embozado, y sin saludarle ni andar en más ceremonias, le dijo:

-Amigo, háganos el gusto de despejar el campo, que habemos menester estar solos.

El hermano del marqués, impaciente con la tardanza de su amada, contrariado con la importuna llegada de aquellos hombres, y poco acostumbrado a verse tratar con tan poca cortesía, sintió impulsos de responder a estocadas a tan grosera intimación; pero reflexionando que empeñar entonces una querella era lo mismo que imposibilitarse de ver a Inés, se contuvo, no sin trabajo, y respondió, con aparente flema:

-Caballeros; un negocio de importancia me impide darles gusto por ahora. Tal vez me convendría a mí también estar solo; mas por amor de la paz me convendré a que vuesas mercedes estén aquí también.

Iba el que dio principio a esta conversación a responder no sabemos qué, cuando el otro embozado, que hasta entonces había permanecido a alguna distancia, acercándose precipitadamente a su compañero, le dijo:

-O el oído me engaña, o ese hombre es don Juan de Vargas, a fe que me alegrara.

-Alegraos, pues -replicó el amante de Inés, mostrándole el rostro a descubierto-, que yo soy en persona.

-¿Qué vais a hacer? -exclamó el que primero había hablado de los dos.

-Lo veréis -respondió el segundo; separándose de él, y dirigiéndose a don Juan, continuó diciendo-: Si no ando errado, señor don Juan, vos amáis a una mujer que tiene por nombre el de Inés.

Toda la sangre de Vargas se inflamó al oír tal interpelación. El que entonces le hablaba, ni era Espinosa, ni fray Miguel, y sólo ellos dos y su criado Pedro tenían algún indicio de sus amores. ¿Cómo, pues, aquel desconocido se mostraba tan al corriente de ellos? Es un rival, dijo para sí; sólo un rival, y rival favorecido, puede saber que yo amo a Inés.

El raciocinio no era muy exacto; pero de tal modo se le asentó en la cabeza a don Juan aquella idea, que desde luego se resolvió a reñir con aquel hombre, y así le contestó con sobrado desabrimiento:

-Señor mío, no estoy acostumbrado a dar cuenta de mis pensamientos al primer impertinente que tiene la osadía de venir a interrogarme, y así, sí no queréis llevar respuesta de que os pese, iros norabuena y dejadme en paz.

-Esa arrogancia podrá convenir con vuestros criados, pero no con los que, cuando menos; son tanto como vos.

-Si, en efecto, sois caballero -replicó Vargas lleno de ira-, yo os responderé como conviene.

Y al acabar estas palabras echó mano a la espada.

No anduvo perezoso su contrario, pues empuñó la suya diciendo:

-A esto quería yo venir a parar.

-Hubiéraislo dicho desde luego, y ahorráramos palabras -repuso don Juan, ya riñendo.

Su enemigo, para pelear, hubo de desembozarse y dejar ver su rostro de hombre en extremo blanco. El cabello era rubio y rizado, los ojos azules, y la fisonomía, aunque podría pasar por bella, sin embargo, carecía de viveza y gracia.

Vargas reñía con serenidad, pero airado; su antagonista con valor, pero sin gran vehemencia. Ambos eran jóvenes, robustos, y diestros, al parecer, en el manejo de las armas.

El embozado que primero habló, aunque daba de cuando en cuando algunas muestras de descontento por lo que presenciaba, permaneció inmóvil en su puesto, hasta que después de dos minutos de pelea su compañero; estrechado vivísimamente por Vargas, empezó a perder terreno. Entonces, sin consideración alguna, sacó también su espada y cerró con don Juan. Éste, viéndose de repente con dos enemigos en vez de uno, se sorprendió algún tanto, y dio lugar a que su nuevo adversario le hiriese, aunque levemente, en la mano izquierda. Empero, al ver correr su sangre tan alevosamente derramada, la ira le dio nuevas fuerzas, y echando prontamente mano a la daga, de que hasta allí desdeñó de hacer uso, se dio tan buena maña, que no sólo mantuvo a suficiente distancia de su cuerpo los aceros de sus enemigos; sino que tuvo la fortuna de desarmar al que provocó la riña, haciendo saltar su espada a más de cuarenta pasos.

Pero aquel triunfo hubo de serle funesto, pues el desarmado, furioso con el desmán que le sucedía, corrió en busca de su arma, y volviendo con ella iba a atacar a Vargas por un costado, esperando que, ocupado en combatir con su compañero, no lo echaría de ver. Engañose en esto. El hermano del marqués no era novicio en las armas, y como más de una vez se había visto en Flandes en lances cuando menos tan apurados como aquel, conservaba la misma serenidad que si estuviera sentado a la mesa de su hermano. Calculando con razón que de hombres que peleaban dos contra uno todo lo malo podía esperarlo, no perdió de vista al desarmado, y observando su marcha, le conoció la intención. Reconociendo, pues, el terreno con una rápida ojeada, empezó a retirarse con tanto acierto, que en un instante se halló con las espaldas guardadas por el convento, su enemigo vio frustrarse la esperanza de acabar con él traidoramente.

La pérfida conducta de aquellos dos hombres se avenía muy mal con el valor con que peleaban, porque, en realidad, lo hacían como hombres decididos y que no empezaban entonces a manejar la espada.

Más de siete minutos duró aquella lucha desigual; en ella recibió don Juan la herida de que hemos hablado, y sus dos enemigos no se hallaban mejor parados, pues el rostro de uno estaba cubierto de sangre, y el otro recibió una estocada en un muslo.

Sea por las heridas, sea por cansancio, ambos se retiraron simultáneamente al cabo de este tiempo como a unos seis pasos de Vargas; y éste, demasiado fatigado para perseguirlos, aprovechó con gusto aquella ocasión de recobrar sus fuerzas.

Los tres con las puntas de las espadas apoyando en tierra, respirando apenas, y con la vista clavada en el enemigo hubieran parecido estatuas si la sangre que corría por sus vestidos no demostrara que eran hombres.

Es probable que la pelea se hubiera renovado, y tal vez terminado con fatal éxito para Vargas si, a poco de hallarse los tres actores de aquella escena en la disposición que hemos dicho, no apareciera entre ellos una mujer, cubierta con un manto negro, pero que a pesar de él conoció desde luego Vargas por Inés.

La pastelera de Madrigal, que no esperaba hallar en aquel sitio a don Juan cubierto de sangre y en disposición tan hostil, dio muestra de su sorpresa y sentimiento con un profundo suspiro, que fue el que advirtió de su presencia a su amante y a sus dos enemigos.

-Señor don Juan, ¿qué es esto, qué es esto? -preguntó Inés.

-Esto es, señora -dijo el provocador de Vargas, sin dar lugar a que éste respondiese-, esto es un efecto de vuestra acertada elección.

-Decid más bien -replicó la morena con dignidad y fuerza- de vuestra inconcebible imprudencia, de vuestra ridícula obstinación, por no decir otra cosa.

-Podéis gloriaros, Inés -exclamó don Juan-, de tener un amante en ese hombre, digno de figurar en una banda de salteadores. Mirad el denuedo con que esos hombres han tirado la espada contra uno solo; y, es lástima, en verdad, que no hayáis presenciado el valor con que trataban de asesinarme por la espalda.

La acusación era demasiado cierta, y en el fondo de sus corazones era imposible que los embozados dejarán de conocer su justicia; pero hallándose una mujer presente, no les pareció decoroso convenir en ella; y así el que primero riñó contestó lleno de ira, real o aparente:

-Mentís como un bellaco.

-Miserable -gritó don Juan-, yo castigaré tu imprudencia -y diciendo, y haciendo acometió con no vista furia a su enemigo, quien no dejó de defenderse bizarramente.

Su compañero, que como ya se ha visto, nada tenía de escrupuloso, iba también a tomar parte en la pelea; mas Inés, advirtiéndolo con tiempo, se arrojó sobre él tan de improvisto que le arrancó la espada de las manos, y separándose algún tanto le presentó la punta de su propio acero a dos dedos del pecho, diciéndole:

-¡Cobarde! ¡Por la vida del rey, te juro que te atravieso si das un paso más! No, en mi presencia no asesinaréis a un caballero. Pelee en hora buena con uno, ya que tan loco sois que buscáis vuestra perdición y la nuestra; pero con dos no será, mientras yo pueda impedirlo.

Entre tanto, peleaba Vargas con singular denuedo, y su enemigo no se defendía menos. Mas como ambos estaban ya cansados, apenas tiraban golpe peligroso, y si lo hacían no encontraban dificultad en pararse recíprocamente.

A poco de haberse empezado este nuevo combate, Inés, que en medio de su singular posición conservaba una admirable serenidad, exclamó:

-La justicia, caballeros, la justicia.

Los que reñían suspendieron su combate, y el desarmado, volviendo atrás la cabeza, vio, en efecto, que ya a la mitad de la distancia que media entre el convento del Carmen y la calle de Santiago se percibía a la luz de una gran linterna que traían, un grupo de siete a ocho personas, que probablemente habrían oído el ruido de las espadas, según la prisa con que caminaban.

-La justicia es -repitió aquel hombre-, huyamos.

-Señor don Juan -dijo el otro-, ya veis que por ahora no es posible terminar este asunto; yo buscaré ocasión en que podamos hacerlo sin temor de ser interrumpidos.

-Y entonces -respondió Vargas con amarga ironía-, procurad llevar otros dos o tres amigos, por si no bastareis solo.

No replicó a esto aquel hombre, ya por no tener qué, ya, y es lo más cierto, porque los de la linterna se acercaban tan deprisa, que no daban lugar a ello. Lo que hizo fue envainar su espada, y seguido por su compañero echó a andar con bastante celeridad, a pesar de su herida.

Inés, llegándose a su amante, le dijo:

-Don Juan: las apariencias me condenan. Pero cuando las circunstancias lo permitan yo os haré ver mi inocencia; por ahora me es fuerza retirarme. Mientras la pastelera hablaba así, los que huían, advirtiendo que no los seguían hicieron alto, y uno de ellos, volviendo la cabeza, dijo en voz alta:

-Vamos, señora.

Obedeció Inés, y don Juan, despechado, exclamó:

-Seguidlos, señora, seguidlos, que ya yo quedo satisfecho de vuestro amor. Aunque hubiera querido la morena replicar no se lo permitieron sus impacientes compañeros, que asiéndola cada uno por un brazo, tardaron poco en desaparecer a la vista de Vargas, gracias a la oscuridad de la noche.

Un momento después los de la linterna, haciendo alto como a unos veinte pasos de nuestro caballero, que apoyando la espalda a los muros del convento, y con la espada en la mano, permaneció inmóvil, dieron el acostumbrado grito de:

-¿Quién va a la ronda?

-Un hombre solo, un caballero -respondió don Juan.

Animados con esta respuesta, los ministros de justicia, que tales eran en efecto, se acercaron a don Juan y formaron círculo en rededor de él:

-La espada -dije ya entonces el que capitaneaba aquella gente, y por el traje parecía magistrado.

-¿Y quién me la pide? -preguntó Vargas.

-El rey nuestro señor -aquí el juez, sus ministros y Vargas se descubrieron la cabeza respetuosamente-, y en su nombre don Rodrigo Santillana, su alcalde del crimen en la real chancillería de Valladolid.

-Tomad, pues, señor alcalde, aunque ignoro la causa porque se me pide.

-Vuestro nombre y profesión.

-Don Juan de Vargas, caballero y capitán de caballos, hermano del marqués de X, para serviros.

-Tomad vuestra espada, señor caballero, que de persona de tan honrado linaje no es de sospechar acción villana, y seguidme si os place.

Recibió don Juan su espada, y tomó con el alcalde la vuelta para Valladolid. En el tránsito le dijo don Rodrigo que habiendo salido aquella noche a hacer su ronda, y entrando en el Campo Grande; le llamó la atención oír hacia el Carmen ruido de espadas; y que como aquel era el paraje en que a tales horas salían los caballeros irritados, había acudido a él, deseoso de evitar, como era de su obligación, cualquiera desgracia. Don Juan contestó, que él había acudido allí para cierta cita, y que sobreviniendo impensadamente dos desconocidos, y queriendo arrojarle del sitio con brutal grosería, negándose él a hacerlo, le acometieron ambos, hiriéndole, como se dejaba ver; que habiendo advertido uno de sus enemigos que se aproximaba la justicia, y avisándoselo al otro, echaron ambos a huir; y que él, no teniendo motivo para hacerlo, permaneció firme allí hasta la llegada de la ronda. Por último, Vargas concluyó protestando que estaba pronto a seguir a don Rodrigo a la prisión si a ella quería llevarle; pero que no le parecía justo se atropellase a un hombre principal por haber defendido su vida contra dos asesinos.

Don Rodrigo Santillana, que era un buen magistrado, pero muy cortesano y ambicioso, aprovechó con gusto aquella ocasión de adquirir la poderosa protección de la familia de los Vargas; aunque bien conocía que era a expensas de lo que la justicia exigía, pues; al cabo, a don Juan se le había hallado a deshoras y casi en despoblado con la espada en la mano ensangrentada, y herido, además. Su deber era retenerlo en prisión hasta averiguar su inocencia; su interés le aconsejaba creer en ella, desde luego; y éste, como sucede con frecuencia en tales casos, triunfo entonces también.

El alcalde, pues, dio, desde luego, entero crédito a cuanto don Juan le dijo; y excusándose humildemente de haberse visto precisado a tratarlo al principio con poca cortesía, no sólo le declaró que estaba libre, sino que quiso acompañarle, y le acompañó, en efecto, con toda su ronda, hasta la puerta de su hermano el marqués. Verdad es que en esto último se encerraba también el designio de cerciorarse de que don Juan era realmente la persona que había dicho ser, lo que vio confirmado plenamente con el respeto con que los criados le recibieron.

Finalmente; Vargas y Santillana se despidieron los mejores amigos del mundo, y con la promesa de volverse a ver muy presto. El primero se retiró a devorar sus penas en el silencio de su estancia, y el segundo a buscar con sus ministros en las calles de Valladolid algún plebeyo descarriado en quien compensar con el rigor la indulgencia excesiva que había usado con el noble capitán de caballos.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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Capítulo VII[editar]

Todo es ya por demás. ¿Qué soy ahora?
(QUINTANA; Pelayo.)


Rayaba el sol en el más alto punto su diaria carrera iluminando con sus rayos las vastas llanuras de Castilla la Vieja, cuando por tercera vez pisó el suelo de Madrigal el enamorado y mal contento don Juan de Vargas, ocho días después de la noche en que después de los acontecimientos del Campo Grande le dejó en su casa el alcalde don Rodrigo de Santillana.

Empleó los siete primeros en hacer en todo Valladolid las más exquisitas diligencias para encontrar a su dama, recorriendo con este objeto cuantas posadas públicas o secretas él conocía, o sus amigos le indicaron; mas no sólo no dio con ella, sino ni tampoco con el menor indicio de haberse aposentado en ninguna.

Tan cautelosa manera de proceder, las relaciones de aquella mujer con los hombres que le atacaron en las inmediaciones del convento del Carmen, y, sobre todo, su dependencia del pastelero Gabriel de Espinosa, no podían menos de debilitar el ventajoso concepto que otras circunstancias le habían hecho formar de ella; y no hay duda, a no estar tan ciegamente enamorado, bastaran a separarle de ella enteramente. Pero ya en su posición, cada reflexión que le ocurría en contra de Inés no producía otro resultado que el de hacer más penoso su estado, exasperarle por consiguiente, y llevarlo a ser capaz de cometer los mayores excesos por salir pronto de la intolerable incertidumbre en que vivía.

Vista, pues, la inutilidad de sus pesquisas en Valladolid, marchó a Madrigal, resuelto a obtener de Inés, si acudía a la ermita en cumplimiento de su oferta, explicaciones terminantes, y quedar de acuerdo con ella en unirse o separarse para siempre.

La promesa que había hecho a fray Miguel de no dar paso ninguno en el asunto sin acudir a su mediación, no fue parte para detenerlo, porque consideraba roto aquel pacto, y no sin fundamento, ya en virtud de haberse ausentado de Madrigal, Inés, durante su misma conferencia con el vicario, ya porque en el lance de Valladolid no veía más que un lazo tendido por Espinosa, quien; a juzgar por la estrecha amistad que con el fraile tenía, obraba de acuerdo con él.

Con estas disposiciones entró don Juan en el mesón de Madrigal, y sin salir de él esperó la hora de la cita; pero amaestrado con la pasada, llevó en su compañía a Pedro, y así él como su criado cuidaron de ir prevenidos de armas de fuego.

Aún era bastante la claridad del crepúsculo cuando llegaron a la ermita, para permitirle registrar escrupulosamente las ruinas que fueron teatro de la aventura de su prisión; pero por más que hizo no pudo hallar vestigios de puertas, trampa ni entrada secreta alguna, de manera que el tal examen sólo produjo la utilidad de entretener por algún tiempo su impaciencia.

Por esta vez no se le hizo esperar mucho, pues pocos instantes después de la hora señalada se presentó, no Inés, sino el mulato Domingo, quien saludando con su acostumbrada aspereza, le puso en las manos un pliego, cuyo sobrescrito decía así:

«Al muy ilustre señor don Juan de Vargas, guarde Dios muchos años». Abriolo sin tardanza aquel caballero, y halló que decía así:

«Señor don Juan: la persona a quien vuesa merced espera en las ruinas, ni está hoy en Madrigal ni estará en algunos días. Escríbole estas letras para ahorrarle el trabajo de esperarla inútilmente, y para decirle que si desea tener noticias de ella, puede venirse por esta su celda, en donde sabe que siempre será recibido como quien viene a honrarla con su presencia. Y con esto queda rogando a Dios por la salud de vuesa merced su humilde servidor y menor capellán.- F. M.»

Aunque la carta no llevaba más firma que estas dos iniciales, su contenido declaraba bien que el que la había escrito era el vicario de Santa María, y don Juan, no hallando otro partido que tomar; se decidió a aceptar la invitación que aquel le hacía, echando a andar inmediatamente para el monasterio.

Domingo; así que entregó la carta, volvió la espalda, y mientras don Juan leía se metió en el Pueblo.

Recibió fray Miguel a don Juan con cordialidad y cortesía; pero Vargas, que en el fondo de su corazón estaba indignado con él, casi se le presentó con grosería. Debió sin duda de advertirlo el vicario; mas no se dio por entendido, y empezó a preguntarle por su salud; con el mismo desembarazo que si el día antes se hubieran visto; y después de ello se puso a hablar del tiempo con admirable flema.

-Todo eso está bueno -le interrumpió Vargas a breve tiempo-; pero mi venida no ha sido a hablar de materias indiferentes. A quien también enterado está de mis negocios, no tengo necesidad de decirle cuanto me ha ocurrido desde que nos separamos, pues desde luego supongo lo sabría.

-Así es la verdad.

-Y probablemente lo sabría aun antes de sucederme.

-En eso os engañáis, y me hacéis una cruel injusticia...

-Sea en buen hora. Tampoco he venido a discutir esa materia. Lo que me importa es saber las noticias que habéis prometido darme.

-Y lo cumpliré.

-A eso aguardo.

-Primero tengo que exigir del señor don Juan la promesa formal de someterse a ciertas condiciones. Veámoslas.

-Primeramente, guardar inviolable secreto sobre cuanto yo le revele, o en consecuencia de ello, descubriere hoy, mañana, o en cualquier tiempo.

-Aceptada.

-¿Lo juráis?

-Por mi honor y esta cruz.

-En segundo lugar, perdonar de aquí para delante de Dios a los dos hombres que os acometieron la noche del domingo pasado, renunciando a toda idea de venganza, y mirándolos como amigos, si necesario fuese.

-Fray Miguel, ¿sabéis la villanía que usaron conmigo? Sabéis...

-Todo lo sé.

-¿Y podéis aprobar tal infamia?

-No permita el Señor que en mi pecho se abriguen semejantes sentimientos. No, señor don Juan: aquel desventurado lance me ha costado muchas lágrimas, y me las hubiera hecho derramar eternas si os costara la vida. Pero creedme, no hubo en él premeditación. Acontecimientos inevitables os hicieron encontrar con aquellos hombres; lo demás fue obra del espíritu maligno, que no desperdicia ocasión para perder a los hijos de Adán. ¿Os resolvéis, pues, a perdonar?

-Padre vicario; mirad lo que pedís.

-Lo que como cristiano debéis hacer.

-Perdonados están.

-¿Y prometéis también no renovar el duelo?

-Siempre que no se me provoque a ello de nuevo. Si este caso llegara, sé lo que el honor exige de un caballero, y no dejara de hacerlo si mi padre saliera de la tumba sólo para rogármelo.

-Funesta preocupación la del honor, que os hace hollar los más santos preceptos de la religión...

-Padre vicario, dejemos este punto yo seguiré vuestra opinión a ciegas cuando se trate de teología; en materias de esta especie fiaros de mí, que yo sé lo que he de hacer. Os repito que no tiraré la espada contra esos hombres si a ello no me provocan. Ved si esto parece bastante, y, por Dios, vamos a lo que importa.

-Consiento en recibir vuestra promesa tal como la hacéis. Resta que os convengáis a mirarlos como vuestros amigos, si la ocasión se presentase; de ser así necesario.

-¿Y quién decidirá que así sea?

-Inés; vos mismo.

-Prometido también.

Restan ahora dos únicas condiciones, pero son las más importantes.

-Y bien; decidlas.

-Se os va a confiar un gran secreto, pero no en todas sus partes, por ahora. ¿Ofrecéis que contentándoos con saber lo que se os diga, no trataréis en manera alguna de averiguar el resto?

-Lo ofrezco.

-Lo último a que os queda que comprometeros es a renunciar para siempre a Inés.

-¡Jamás!

-Escuchadme.

-No; en eso no hablemos.

-Señor don Juan, permitidme que acabe y responded después lo que gustéis. Es preciso, pues, que prometáis renunciar para siempre a Inés, pero en el caso que no os convenga el medio que ella misma os propondrá para llegar a ser su esposo.

-Si yo me negare a ello, desde luego consiento en renunciar a Inés.

-Olvidando, si es posible, hasta que la habéis conocido, cesando de seguirla, de mezclarse en sus operaciones y de averiguar su paradero.

-A todo me obligo.

-¿A fe de caballero y de cristiano?

-Por mi honor y mi religión, lo juro ante ese divino Señor que está sobre vuestra mesa. Y si no lo cumpliere, téngaseme por indigno de mi noble nacimiento y en la hora de la muerte se me demande ante el Todopoderoso. Amén. ¿Queréis más?

-No; basta lo hecho.

-Cumplid ahora vuestra promesa.

-Voy a hacerlo.

Entonces el fraile, levantándose de su asiento, se dirigió a la puerta de un retrete que en la celda había, y abriéndolo salió de él Gabriel de Espinosa.

Ya se deja conocer cuál sería la sorpresa de Vargas con la aparición de aquel personaje, a quien estaba lejos de esperar. Estaba en pie y descubierto delante del crucifijo de la mesa del vicario, con la mano derecha aún puesta sobre el puño de la espada, cuando fray Miguel abrió la puerta del retrete, y así permaneció, sin que la multitud de diversos pensamientos que le asaltaron al ver al pastelero le diera lugar a variar de postura, ni a proferir una sola palabra.

Gabriel, envuelto en su capa, con su ancho sombrero calado hasta las cejas y con aire aún más grave que de ordinario acostumbraba, salió de su escondite a paso lento; y ocupando el sillón del vicario, colocado éste a su lado en pie, empezó a hablar sin descubrirse la cabeza ni hacer otro movimiento que el de dejar caer el embozo de la capa lo bastante para poder explicarse fácilmente:

-Señor don Juan -dijo-: desgracias inauditas y continuadas han reducido muchos años, y reducen aún hoy a ocultar su nombre y persona al que estáis viendo y nació muy lejos de la humilde condición en que le habéis conocido. Desde que por la vez primera me visteis, mi persona debió de llamaros la atención pues me seguisteis obstinadamente, a pesar de que yo, teniendo graves motivos para desear no ser conocido por entonces, y creyendo, a causa de ignorar quién erais; que fueseis un espía de mis enemigos, hice cuanto pude por evitar vuestras miradas.

Aquí Espinosa, como si hasta entonces no hubiera advertido que tanto Vargas como el vicario estaban en pie, se dirigió a ambos, diciéndoles gravemente:

-¡Sentaos!

Uno y otro obedecieron, lo que de parte del fraile no parecía extraño, mas sí de la de don Juan, quien, sin poderlo él mismo comprender, se sentía humillado en presencia del singular pastelero. Éste, después que tuvo a su auditorio sentado, continuó su interrumpido discurso de esta manera:

-Desde entonces acá he tenido justos motivos de ratificar mi primera opinión. He visto en vos un caballero valiente, generoso, y perseverante en sus designios; y creed lo que os digo, pues si bien la lisonja me ha cegado más de una vez en otros tiempos, ya por mi posición, ya por mi carácter personal, jamás han pronunciado mis labios una palabra de alabanza sin que el corazón sintiera más acaso de lo que la lengua decía.

»Pero estas mismas prendas recomendables, que yo conocía en vos, señor caballero, me retraían de comprometeros en una empresa, aunque justa, aventurada y sobradamente peligrosa, en la cual, por interés personal y por obligación, os veréis empeñado, uniendo vuestra suerte a la de Inés.

»Incapaz, como lo soy, de cometer una villanía, tampoco la hubiera creído ni la creo de vos; así, pues, días ha que os hubiera enterado de todos mis secretos, sin otra precaución que la de encargaros el sigilo, seguro de vuestra honradez, pero la seguridad de muchos y muy fieles amigos; las reglas de la prudencia y los consejos de personas que acaso se interesan tanto en vuestro bien como en el mío, me han movido a exigir de vos por medio de fray Miguel las promesas que acabáis de hacer solemnemente.

»Ni el tiempo ni el lugar son ahora a propósito para revelaros quién yo sea. Básteos saber que nací caballero; que mi casa es ilustre, algunos de mis hechos gloriosos, y mi fortuna tan escasa, que de noble y principal me ha reducido a humilde pastelero.

»Contando con el favor de Dios y la fidelidad de mis amigos, en cuyo número espero contaros muy en breve, tardará poco, acaso, el día en que recobre mi ser primero; entonces, señor don Juan, yo os aseguro que no tendréis motivo de arrepentiros de haberme conocido. Este pliego (enseñándole uno sellado), que os prohíbo abráis hasta hallaros en Valladolid, os instruirá de parte de lo que deseáis saber y os pondrá en disposición de enteraros del resto.

»Recordad vuestras promesas, y cumplídmelas religiosamente. Ahora, tomad inmediatamente el camino de Valladolid. Nada más tengo que deciros. Guárdeos el cielo.

Acabando de hablar se puso en pie, entregó a fray Miguel el pliego, y después de haberlo recibido, este también en pie y haciendo una profunda reverencia, salió Gabriel de la celda sin dignarse siquiera volver la cabeza para ver el efecto que sus palabras habían producido en don Juan de Vargas, quien, absorto con cuanto le pasaba, ni quería responder, ni aun cuando hubiera querido acertar a hacerlo.

Luego que Espinosa salió del aposento entregó fray Miguel el pliego a don Juan, y éste, recibiéndolo maquinalmente, empezó a volverle entre las manos, en tanto que sus ojos, fijos en el suelo, denotaban claramente que aún no se había recobrado de su primera sorpresa.

No le pareció al vicario hablarle por el momento, sino quiso que por grados se fuese él mismo serenando, y luego que conoció, al cabo de algunos minutos, que esto iba verificándose, le preguntó:

-¿Y bien, señor don Juan? ¿No pensáis en pasar hoy a Valladolid?

-¿A Valladolid -respondió Vargas como si despertase de un sueño-, a qué?

-A lo que con tanta ansia deseabais no hace mucho.

-Sí; a ver a Inés, sin duda. Este pliego dirá dónde se halla, ¿no es verdad, padre vicario?

-Recordad nuestro convenio, y nada me preguntéis.

-Sí; es cierto. Nada debo preguntar verdaderamente, jamás hombre se habrá visto en tan extraña situación. ¡Cómo ha de ser! Mi estrella lo quiere así.

-No os desaniméis; estos misterios tardarán poco en cesar; la justicia triunfará, y entonces...

-Inés será mía.

-Vuestra será, si vos queréis, señor don Juan.

-¿Si yo quiero? Fray Miguel, adiós; vea yo a Inés, y entonces conoceréis si hay nada difícil para mí, tratándose de obtener su mano.

-El cielo os sea propicio en vuestro viaje.

Así que don Juan salió de la celda, la fisonomía naturalmente grave del vicario tomó un aire de contento y satisfacción que pocas veces se dejaba ver en ella; y frotándose las manos exclamó:

-Con éste ya se puede contar hasta la muerte: ¡por qué no estarán todos enamorados, y nuestro triunfo sería seguro!



Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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Libro tercero[editar]

Capítulo I[editar]

 Más padres tiene que miembros;
 acomodad, pues, el mío,
 la que queréis encajarme
 esto de padre postizo.

    (QUEVEDO.)


En tanto que sus amores con la bella pastelera absorbían toda la atención de Vargas, ocurrían en su propia familia acontecimientos de la mayor importancia para él, y que a pesar de que se ponía algún cuidado en ocultarlos, hubiera podido cuando menos sospechar, si no se hallara tan preocupado en sus propios asuntos.

Siete meses hacía que el marqués, gracias, como se ha dicho, a su primo el comendador Hinojosa, había roto sus relaciones con la supuesta viuda del contador de Indias. Hizo en ello el pobre un gran sacrificio a lo que se dijo que su pundonor exigía, pues tal era la debilidad de su carácter y la pasión que había sabido inspirarle la diestra meretriz, que acaso la hubiera perdonado sus infidelidades, dando crédito a las reiteradas protestas de arrepentimiento y enmienda que, aun en el acto de verse sorprendida, le hizo con fingidas lágrimas. Por fortuna, Hinojosa, que se hallaba presente, impuso silencio a aquella insolente y arrancó de sus redes al obcecado amante.

No por esto perdió ánimo Violante; la posesión de un hombre rico, apasionado y tonto, era demasiado preciosa para dejarla perder sin que hiciese por evitarlo los mayores esfuerzos. Así, pasados los primeros ocho días después de la riña, y enterada por sus espías de la gran melancolía del marqués, creyó oportuno escribirle un billete lleno de pasión, de arrepentimiento y de protestas de darse una muerte violenta, si su adorado amante no quería perdonarla.

Si el tal billete hubiera llegado a su destino, no tiene duda que produjera el efecto que de él se prometió quien lo escribía; pero Hinojosa estaba alerta. Prevenido, desde luego, que Violante no dejaría de intentar el recobro de su perdida cucaña, tomó tan bien sus medidas, que la carta cayó en sus manos, y apaleó lindamente al portador, prometiéndole que le haría la cabeza añicos si, bajo cualquier pretexto, osaba volver a presentarse en aquella casa.

El pobre mensajero volvió a la de Violante con las orejas bajas, y pintó con tan vivos colores la manera con que le habían recibido, protestando con tales veras que no volvería aunque en recompensa le ofrecieran todo el oro del mundo, que de allí en adelante no encontró la dama criado que quisiera encargarse de semejantes comisiones.

Tomó entonces el partido de rondar en persona las cercanías de la casa de su amante, decidida a hablarle si lograba la dicha de verle salir de ella alguna vez. También esta tentativa salió frustrada. El marqués salía raras veces, y siempre acompañado del inflexible comendador, del cual Violante temía, no sin fundamento, que la tratase con tanto o más rigor que a su criado.

Todas estas dificultades, y la falta que desde el principio empezaron a hacerle los espléndidos regalos del marqués, exasperaron el ánimo de aquella mujer en vez de abatirlo.

El amante por quien vendía al hermano de don Juan, que era uno de aquellos hombres despreciables cuya especie se ha conservado por desgracia hasta nuestros días, que comerciando con las gracias de su persona, se humillan hasta el punto de recibir un salario de la ramera descarada, así que la vio sin la mina donde hasta entonces había estado surtiéndose con profusión de cuanto necesitaba para sostener sus vicios, la abandonó sin consideración alguna, desapareciendo de la noche a la mañana, y llevándose de paso las alhajas que encontró más a mano. Y no era ésta sola a la desgracia que tenía que experimentar Violante pues la suerte le reservaba otra, que en su situación parecía aún más terrible que todas.

A poco tiempo de verse abandonada por sus dos amantes se confirmó en la sospecha que antes había tenido de hallarse encinta. Los primeros días creyó aquella infeliz volverse loca; pero meditando después en su situación, formó un plan, para salir de apuros, que no podía estar mejor combinado.

Redujo a dinero metálico las muchas joyas que aún le quedaban, y aumentando con él y con lo que produjo la venta de sus magníficos muebles, el bolsillo que había tenido la prudencia de ocultar a su pérfido amante, se halló con un capital que, depositado en manos seguras, le producía lo bastante para vivir con decencia, si bien con la más severa economía.

Hecho esto, tomó una habitación reducida, conforme a su nueva posición; no muy lejos de la casa del marqués; y sin más asistencia que la de una sola criada, entabló una vida tan retirada como antes la había tenido bulliciosa. Desaparecieron las galas y los adornos, reemplazándolos un modesto hábito del Carmen y un manto negro. Los banquetes y festines fueron sustituidos por las misas y devociones.

En una palabra, en menos de un mes la cortesana Violante se convirtió en una beata, que tenía asombrado a su barrio con la ejemplar vida que hacía.

Por más de tres días fue aquella mujer el objeto de la conversación general en todo Valladolid. Los hombres decían que se había vuelto loca; las viejas, que Dios la había tocado en el corazón; los predicadores, con alusiones sobradamente claras, incitaban a seguir el ejemplo de aquella pecadora a todas las que se hallaban en su caso; pero las mujeres jóvenes y algunos hombres de talento pensaban que aquello no era más que una nueva farsa. Hinojosa opinaba también del mismo modo; y el marqués no opinaba nada, porque como a nadie veía más que a su primo y al capellán Teobaldo, y ambos se guardaban muy bien de hablar de semejante materia, ignoraba cuanto pasaba.

Desde que Violante adoptó su nuevo método de vida renunció absolutamente a hacer diligencia ninguna para reconciliarse con el marqués; y el comendador, que al principio había temido que todo aquel aparato de devoción y reforma de costumbres no fuera más que una añagaza para sorprender a su incauto primo, acabó por persuadirse de que la dama no pensaba ya en él. Éste era precisamente el punto más importante para la ninfa. Hinojosa era su más temible, o por mejor decir, su «único enemigo, pues don Juan ni la conocía, ni pensaba en ella; el padre Teobaldo era un sandio personaje muy fácil de engañar; y el marqués estaba vencido con poquísimo trabajo a favor suyo.

Un mueble, el más indispensable para toda devota, es el de un director espiritual; y para los fines de Violante lo era entonces extremadamente. Lo importante era hacer una elección acertada. El padre Teobaldo fue la persona en quien primero se fijó; pero reconoció, desde luego, la imposibilidad de lograrlo, pues aquel capellán, afecto al servicio particular de la familia del marqués, y haciendo una vida sedentaria por hábito, por vejez y por inclinación; no ejercía jamás sus funciones sacerdotales fuera del oratorio de la casa Vargas.

Como su vida anterior la tenía a mucha distancia de los eclesiásticos, a excepción de uno que otro cortesano, fue preciso que se dirigiese a varias beatas con quienes había hecho conocimiento desde que ella lo era también; y después de haber escuchado con atención sus informes sobre diferentes religiosos, eligió por fin para su director espiritual a cierto dominico anciano; llamado el padre maestro Retamar, hombre célebre por su piedad y más aún por su candor y beneficencia.

El bueno del padre la recibió con amor; oyó lo que quiso decirle; la prometió su asistencia y auxilios; y en una palabra, dando crédito a la fingida historia de seducción que le plugo a la ninfa contarle, aunque sin nombrarle por entonces el seductor, se aficionó a ella sobremanera.

Sucedió que Violante tuvo una ligera enfermedad: el Padre Retamar fue a verla diariamente, y como su edad y buena reputación le ponían enteramente a cubierto de toda suposición maligna, el resultado fue que todo el que lo supo empezó a creer sincero el arrepentimiento de aquella mujer. Las beatas de aquel barrio se deshacían en alabanzas de la nueva Magdalena: no faltaba entre ellas quien opinase que si continuaba viviendo de aquella manera, podría llegar a ser una bienaventurada.

No dejaba de tener mérito tampoco para Violante la novedad de su posición. Fijar la atención del público había sido siempre su mayor deseo. Hacerlo escandalizando o edificando debía de serle, y le era, con efecto, indiferente. Además, los placeres la habían ya saciado; y si bien no dejaba alguna vez de bostezar de aburrimiento en la iglesia debajo de su manto, hallaba la compensación en la perspectiva de asegurarse para siempre una fortuna sólida e independiente.

Entre tanto, su preñez adelantaba, aproximándose a su término, y con él llegaba la época fijada para la ejecución del gran proyecto.

Una tarde, pues, que el reverendo Retamar a la vuelta del paseo había entrado a verla, la halló deshaciéndose en lágrimas, con el rosario en la mano; preguntándole qué era lo que tanto la afligía, respondió la taimada:

-¿Qué ha de afligirme, padre mío? Mis pecados son muchos, pero la pena que por ellos se me impone en este mundo es superior a mis fuerzas.

-No digáis eso, hija; no lo digáis: por graves que vuestras penas os parezcan, el Señor que os las envía, sabrá por qué; llevadlas con resignación, hija, y se os recibirán en descuento de vuestras culpas.

-Padre mío, por mí no lo siento: conozco que todo castigo es poco para mi fragilidad; pero si queréis oírme un momento a solas sabréis la justa causa de mi dolor.

El compañero del padre maestro tuvo la bondad de salirse al cuarto donde estaba la criada, y solos aquel y su penitente, empezó ésta a decir:

-Yo, padre, soy viuda de un contador de Indias; volví joven a España, y me establecí por desdicha en Valladolid. Dios ha querido dotarme, según dicen, de alguna hermosura; ella y mi genio festivo atrajeron inmediatamente a mi casa a todos los caballeros más jóvenes, más galanes, y también más libertinos de la ciudad.

-Cosa demasiado natural, hija mía, demasiado natural; pero todo eso ya me lo habéis dicho diferentes veces.

-Quiero tomar las cosas desde el principio, para presentaros completo el cuadro de mis desdichas y flaquezas. Diciendo esto, empezó Violante a llorar de nuevo con profunda sollozo, tanto que el pobre fraile tuvo que acudir a su pañuelo, y medio lloroso aún le dijo:

-Confianza en Dios, que es misericordioso; prosiga, hermana, prosiga.

-Muchos fueron los que, desde luego, me galantearon; pero desechados inmediatamente, tuvieran bastante cordura para limitarse a ser mis amigos, visto que no podían ser amantes. Dos de ellos, sin embargo, se obstinaron. Uno, ¡ay de mí!, el marqués X, y otro, un don Rodrigo, mancebo de perversas inclinaciones. El primero, lleno de buenas prendas, se fue cautivando insensiblemente mi corazón: el segundo, a quien siempre miré con el más alto desprecio, después de haber intentado en vano rendirme por cuantos medios se le ocurrieron, juró vengarse de mis desdenes, y lo cumplió demasiado. El marqués, padre Retamar, que sabía bien que yo no era mujer para ser manceba, se limitó mucho tiempo a galantearme con la mayor moderación y respeto, hasta que ya no pudiendo, decía él, resistir a su amor, me propuso darme su mano. Figuraos si tal propuesta, hecha por un hombre a quien yo amaba tiernamente, sería para mí grata y seductora. Reflexioné, sin embargo, que aunque mi nacimiento fuese honrado, era muy inferior al suyo, y que casándose conmigo iba, no sólo a indisponerse con su ilustre familia, sino tal vez a exponerse al enojo del rey. Quise más bien renunciar a mi propia dicha que proporcionar tales disgustos a mi amante.

-No se puede obrar con más juicio ni con más virtud. Adelante; que hasta aquí no tenéis motivos de afligiros.

-¡Ah padre! Veréis en lo que sigue cuán fundado es mi dolor. Declaré, pues, al marqués que estaba firmemente resuelta a no casarme con él, y como le viese, sin embargo, insistir con más fuerza que antes en su proposición, me exalté tanto que juré por la salvación de mi alma no ser jamás su mujer.

-Mal hecho; hija; muy mal hecho: quebrantasteis el segundo mandamiento jurando sin necesidad.

-Las consecuencias de aquel malhadado juramento fueron fatales. Desesperado el marqués con mi negativa, enfermó; y negándose a admitir cuantas medicinas se le querían administrar, tres facultativos declararon unánimes que indudablemente moriría. Yo le amaba, padre mío, como aún hoy le amo, a pesar mío: le veía morir, y sabía que era la causa de ello. Fui a verle, y me estremezco solo al recordar el estado en que le hallé. Cárdeno el color, hundidos los ojos, sin voz apenas: en resumen, con todas las señales de una muerte próxima. Partióseme el corazón de dolor con tan triste espectáculo. Así que el desdichado me vio dio un profundo suspiro, y en tono sepulcral me dijo: «Tú me matas». ¿Qué había de hacer una débil mujer en tan amargo trance? El amor y la compasión sofocaron el grito de mi conciencia, y le ofrecí que, ya que mi juramento no me permitía nunca ser su esposa, le sacrificaría mi reputación entregándome a sus brazos, si él consentía en tomar las medicinas y sujetarse a cuanto los médicos le ordenasen. Todo lo prometió y cumplió con indecible alegría. Mis cuidados; sus esperanzas, y los buenos facultativos, le restablecieron en breve tiempo. Yo, padre, también cumplí mi criminal promesa.

-Dios tenga piedad de vos, hija mía.

-Así sea, como lo espero de su misericordia. Vivimos algún tiempo el uno en los brazos del otro: súpose en la ciudad y perdí para siempre mi buena opinión. No tardaron nuestros amores en llegar a los oídos de don Rodrigo: la idea de ver a su rival en mis brazos le enfureció de manera que, según he sabido después, trató de asesinarnos a ambos; pero tranquilizose en breve, meditó y puso en práctica otra venganza más cruel si cabe. Imposible parece que haya hombre que conciba tan infernal proyecto: víctima soy de él, y apenas puedo creerlo. Don Rodrigo se puso de acuerdo, para perderme con un primo del marqués, llamado el comendador Hinojosa, quien, aspirando a manejarlo por sí y apropiarse parte de sus riquezas; me aborrecía y aborrece mortalmente. Sedujeron a dos de mis criados, que una noche en la cena me sirvieron un vino infeccionado con cierto licor soporífero, que tardó poco en aletargarme. Llevaronme a mi lecho, y en él se introdujo el traidor don Rodrigo. El marqués, conducido por su primo, me vio a la mañana siguiente en los brazos de aquel malvado. Despertome el ruido de las voces de mi injuriado amante y de su infame pariente. Figuraos mi turbación. El marqués no quiso oírme; don Rodrigo huyó, robándome las joyas que yo llevaba puestas la noche antes. Yo miraría esta desgracia como un bien, pues a ella debo el haber abierto mis ojos sobre mis extravíos, si yo sola hubiera sido la víctima de ella; pero una inocente criatura que aún no ha visto la luz, y que debe la existencia al marqués, va a verse en la miseria, privada del consuelo de abrazar a su padre, y sin más amparo que el de una madre infamada por la más atroz de las calumnias.

Al concluir su bien compuesta novela; dio Violante una muestra de su talento en el arte de fingir, llorando y sollozando a más y mejor, con no poca pena del candoroso dominico.

Éste, después de emplear con la mejor fe posible todas las razones que su caridad le sugirió para consolar a la que él creía más desgraciada que culpable, viéndola algo más serena, acabó por preguntarle qué partido pensaba tomar en aquellas circunstancias. Violante contestó que verdaderamente no sabía qué hacer; y que estaba resuelta a seguir los consejos de su reverencia, si tenía la bondad de querer ocuparse en los asuntos de una criatura tan miserable. El fraile protestó que sus deberes y la propensión natural de su corazón le hacían mirar como la más sagrada de sus obligaciones el auxiliar a los menesterosos, de cualquiera manera que lo necesitasen y en su mano estuviese el hacerlo; que, en consecuencia, aconsejaría a su penitente lo que mejor le pareciese; y que para exponerse menos a errar, lo pensaría detenidamente aquella noche, y a la siguiente mañana. volvería a conferenciar con ella. Despidiose, pues, exhortando a Violante a la resignación y a implorar con repetidas y fervorosas oraciones el auxilio del Todopoderoso.

Antes de las diez de la mañana del siguiente día, ya el bueno del padre Retamar salía de la casa de su hija de confesión, después de haber convenido con ella en el giro que debía darse a aquel asunto, y de haberse ofrecido espontáneamente a tomarlo todo a su cargo.

Para no perder el tiempo, se dirigió entonces mismo a la casa del marqués, en donde su hábito y su nombre, ventajosamente conocido en toda la ciudad, le abrieron paso sin dificultad hasta el cuarto del que buscaba, a quien acompañaban en aquel momento el comendador y el padre Teobaldo. Los tres se pusieron en pie para recibir al religioso, y así que éste, después de corresponder cortésmente a su saludo, anunció que deseaba hablar reservadamente al dueño de la casa, se retiraron los otros, dejándolo a solas con él.

Hinojosa no lo hubiera hecho si sospechara el negocio que llevaba a su cargo el dominico; pero ¿quién había de figurarse que un hombre a todas luces respetable, era, sin saberlo, instrumento de las maquinaciones de una mujer abandonada?

Solos ya el marqués y el padre Retamar, estuvieron algunos instantes en silencio, esperando el primero a que el otro hablase, y sin saber el fraile por dónde principiar. El marqués, cansado de esperar en balde, rompió, por fin, el silencio.

-¿No podré saber -dijo- el motivo que me proporciona la honra de esta inesperada visita de vuestra paternidad?

-La honra es toda mía, toda mía, señor marqués; y el motivo que me trae es uno muy grave, en que se halla interesada nada menos que vuestra eterna salvación.

-¡Jesús me valga! Padre maestro, no tardéis en decírmelo.

-No quisiera, señor mío, que se me tuviera por entremetido; protesto, desde luego, que sólo el interés de la religión y el cumplimiento de mis obligaciones como sacerdote es el que me mueve a venir a hablaros.

-Vuestra paternidad puede decir cuanto quiera, seguro de que yo le escucharé con la veneración que todo cristiano debe a los religiosos.

-No esperaba yo menos del hijo de vuestros padres, que en gloria estén. Yo los he conocido, señor marqués, y puedo certificar que eran personas de singular virtud y ejemplares costumbres.

-Muchas gracias, padre Retamar, por la merced que les hacéis.

-Justicia y nada más, señor marqués; pero vamos al asunto, que es lo que importa.

Tosió el fraile, limpiose las narices, y después de aclarada la garganta en el tiempo que fue menester para tomar aliento y hacer ánimo, dijo al fin:

-Vuestra señoría no habrá olvidado que en otro tiempo conoció a una señora llamad Violante.

El marqués mudó de color, pero no respondió palabra. Un instante después continuó el padre:

-Yo, señor marqués, aunque indigno sacerdote, soy hace algunos meses confesor y director espiritual de esa afligidísima y arrepentida mujer. Con eso digo bastante para que me supongáis enterado de cuanto ha mediado entre ella y vos. Sí, señor, todo lo sé; y aun lo que vos mismo ignoráis. Un don Rodrigo...

-¡Bribón! -exclamó el marqués.

-Mas de lo que su señoría piensa, pues valiéndose de un ardid infame, como puedo probarlo, supo hacer que pareciese delincuente a vuestros ojos la que jamás cometió otro delito que el de ceder a vuestras instancias.

-Padre mío, os han engañado. Yo, yo mismo la he visto en los brazos de don Rodrigo, ¿Qué podrá decir a esto?

-¿Qué podrá decir? Lo que oiréis de mi boca.

Y en seguida refirió el padre Retamar al marqués la fábula que Violante le había contado a él, omitiendo sólo, por amor de la paz, la parte que en ella se atribuía al comendador. Para probar la verdad de todo cuanto dijo, ofreció presentar la criada que se suponía seducida por don Rodrigo, y que arrepentida de su delito, estaba pronta a declararlo en forma, siempre que se le prometiese su perdón.

Violante había buscado a la misma criada que la vendió a ella al comendador Hinojosa; y aquella mujer, que sólo aspiraba a ganar dinero, importándole poco que para lograrlo se tratase de engañar o desengañar a un marqués tonto, convino, desde luego, en representar el nuevo papel que se le propuso. Empezó a representarlo el mismo día de que vamos hablando, en casa de su ama, delante del padre Retamar; y éste, con su testimonio, quedó convencido de la inocencia de Violante, que hubiera sufrido el martirio por defenderla lo mismo que por confesar la verdad del Evangelio.

Oyó el marqués con suma atención y no poco enternecimiento la relación de las desgracias de su querida; pero cuando acabó de convencerse de su inocencia fue cuando el padre dominico, con un calor que acostumbraba pocas veces, le hizo saber la vida ejemplar y retirada, que después de su separación había tenido Violante:

-Sí -exclamó con indecible gozo-, sí es inocente, y sus trabajos recibirán la recompensa, y volveremos a unirnos...

-No señor -replicó el fraile-. ¿Podéis hacer la injusticia al hábito de nuestro padre Santo Domingo de creer que un hombre que lo viste se había de mezclar en este asunto para reconciliar a dos amantes, para restablecer unas relaciones ilegítimas, para contribuir a la perdición de dos almas?... No, señor; no será así; y estad seguro de ello.

El pobre hermano de don Juan, oyendo aquella filípica, aunque justa, inesperada, se quedó precisamente como un niño sorprendido in fraganti por su pedagogo haciendo alguna travesura de marca mayor. Con los ojos espantados, la boca abierta y las manos cruzadas largo tiempo aún después de haber acabado de hablar el fraile, escuchaba a ver si tenía algo más que decirle. Entre tanto, el padre Retamar, recobrando su acostumbrada calma, volvió a tomar sosegadamente el hilo de su discurso.

-Violante ha reconocido que se hallaba en el camino de la perdición: se ha apartado de él, y está resuelta a no volver a pisarlo. Vuestra mujer legítima bien sabéis que no puede serlo: así, pues, como cristiano, estáis obligado a renunciar para siempre a ella. Mas aún nos resta hablar del más importante, del verdadero objeto que me ha traído a esta casa. Violante está encinta.

-¡Madre mía de los Dolores! ¿Será posible, padre Retamar?

-Tan posible, que en breve dará a luz, Dios mediante, una criatura, cuyo padre sois.

-¿Yo su padre?... Pero y don Rodrigo...

-Calculad las fechas, señor marqués, y veréis cómo en ese punto no debe quedaros duda.

Tenía el marqués demasiada inclinación a Violante para no creer cuanto bueno de ella le quisieran decir; y como por otra parte, en consecuencia de su educación monástica, cuando un eclesiástico le hablaba era siempre de su opinión, se dio desde luego por convencido, y lo quedó plenamente, de la paternidad con que la dama quiso favorecerle.

Conseguido esto, lo demás era fácil de arreglar. Aunque no sin repugnancia, prometió el marqués no ver a Violante; y aseguró, con el mayor gusto, que reconocería en forma al hijo o hija que ella diese a luz, señalando a su madre una pensión vitalicia de mil ducados sobre todos sus bienes, por medio de escritura legal que había de otorgarse en las veinticuatro horas, contadas desde entonces mismo. Por último; convinieron en que todo lo tratado entre ambos quedaría secreto, pues el marqués no quería exponerse a las reconvenciones de Hinojosa, ni disgustar a su hermano. Inmediatamente, el marqués pidió su coche y salió a casa de su escribano a formalizar la escritura de la pensión; y el fraile se fue a dar cuenta del buen éxito de sus diligencias a Violante, quien no tuvo poco trabajo en ocultar su inmensa alegría bajo el velo de una devota conformidad con la voluntad del Señor.

Quince días después, dio la beata de nuevo cuño a luz un muchacho robusto, al que el padre Retamar, al bautizarlo con el nombre de Pedro Alcántara de Vargas, que era el mismo de su presunto padre, dijo que le encontraba maravillosa semejanza con el marqués. Éste, que en aquel acto vio también por primera vez al tierno infante, se deshacía en lágrimas de gozo, estrechándolo en sus brazos y jurando que todas las facciones eran las de la familia de los Vargas, si bien más bellas, por lo que de Violante tenía. El hecho es que el recién nacido era; como lo son todos, un rollo de carne con ojos y facultad para llorar, en cuyo rostro, aún en embrión, sólo la ceguedad del cariño encuentra semejanzas que no pueden existir.

No nos atrevemos a decir que el nuevo don Pedro Alcántara fuese, en efecto, hijo del marqués, pero tampoco a negarlo; y esto en razón a que ni su propia madre podía decir en ello cosa cierta.

Una labradora de Simancas, villa pequeña situada sobre un cerro en las orillas del Pisuerga, a dos leguas de Valladolid, buscada de antemano, se llevó al niño para criarlo, y sólo se le dijo que era de padres nobles y ricos, sin descubrir quiénes fuesen. El padre Retamar quedó encargado de pagar a aquella mujer un espléndido salario y de suministrarla, además, cuanto necesitase.

Violante se restableció pronto, y aunque con la pensión del marqués hubiera podido vivir con más lujo, conservó, por prudencia, su método anterior de vida, sin más diferencia que la de hacer una vez cada semana un viaje a Simancas a ver a su hijo, a quien quería entrañablemente, y de cuya conservación dependía en gran parte su fortuna.

Desde la visita del padre Retamar la amistad del marqués a su primo el comendador empezó a enfriarse tan notablemente, que advirtiéndolo aquel caballero, tomó la resolución de no mezclarse de allí en adelante en darle consejos, visto que el marqués estaba siempre en conversaciones secretas con su capellán, a quien había confiado su secreto.

Justamente estos sucesos coincidieron con el segundo y tercer viaje de don Juan a Madrigal; y ambos hermanos, ocupados en sus amores, cuidaron poco uno de otro, contentos con que no se observasen sus pasos, ni se pusiesen trabas a sus operaciones.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

Introducción - Libro primero: I - II - III - IV - V - Libro segundo: I - II - III - IV - V - VI - VII - Libro tercero: I - II - III - IV - V - VI - Libro cuarto: I - II - III - IV - V - VI - VII - Advertencias




Capítulo II[editar]

 
DON TELLO Quiera Dios, señor don Juan,
que volváis muy felizmente.
  
DON JUAN Breves los días de ausente,
señor don Tello, serán.

(MORETO: El lindo don Diego.)


Dos o tres días después del nacimiento de su equívoco sobrino regresó don Juan a Valladolid; y apenas hubo llegado a su habitación, cuando, encerrándose en ella, abrió el misterioso pliego que Gabriel le había entregado. Rota la primera cubierta, halló que contenía otro pliego sellado con las letras S. R. L., cuyo sobrescrito era el siguiente:

«A doña Inés Contiño Sotomayor Álvarez de Castro; en el convento de religiosas de la orden del Carmen de Valladolid. Salud y gracia».

A más de este, halló Vargas un billete abierto que decía así:

«Señor don Juan: en el convento de religiosas de la orden de... que no podéis ignorar en qué parte de la ciudad se halla, encontraréis la dama a quien va dirigida la adjunta carta. Para que se os permita la entrada en él; preguntad por doña María de Castro, y decid que vais a hablarla de parte de su tío el abad.- Dios os guarde; como deseamos. S.»

-¡Otro misterio más! -exclamó don Juan-; pero a bien que en viendo yo a Inés habrán de terminarse sin remedio.

Concluyendo esta reflexión se puso a vestirse para presentarse en el convento con la debida decencia; y aún no había acabado de hacerlo, cuando vinieron a buscarle de parte de su hermano el marqués, que deseaba hablarle inmediatamente.

Trasladose Vargas sin detención a su cuarto, y le oyó, con no poca sorpresa, decir que un asunto importante le llamaba a Madrid, para donde pensaba partir sin falta al día siguiente por la mañana, llevando consigo al padre Teobaldo.

Don Juan, admirándose de que su hermano se decidiera a viajar, y a Madrid, adonde jamás había querido pensar en ir, y más aún de que tuviese asuntos reservados para él, cosa que hasta entonces no le había sucedido, pero deseoso, también, de abreviar la conferencia para poder marcharse al convento, se limitó a contestar que estaba bien, pues el marqués lo creía conveniente, y a desearle un feliz viaje y pronta vuelta.

Por su parte, el marqués, que había temido que su hermano le hiciese mil preguntas a las que no sabía qué contestar; se dio por muy contento de verse libre de aquel apuro; y so pretexto de disponer las cosas para su viaje, se despidió de Vargas, que no le hizo repetir dos veces el permiso, para retirarse.

¿Quién podrá pintar la agitación de Vargas en el tránsito desde su casa al convento designado en la esquela anónima que el pliego contenía? Sería imposible.

Perdíase en conjeturas a cual más singular; a cual más descabellada y distante de la verdad; pero lo que más le aquejaba era el temor que le hacía concebir el haber visto hasta entonces burladas siempre sus esperanzas, de no conseguir aún en aquella ocasión el deseado conocimiento de quién era Inés, y de los medios indispensables para poseer su mano. Las tres iniciales del sello y la que servía de firma al billete eran también para Vargas otra materia de interminables cavilaciones, pues ni acertaba ni podía acertar con su significado. Por manera, que aunque el convento distara mil leguas de Valladolid, llegara a él tan embebido como entonces llegó en sus diversos pensamientos.

Entró en la portería, llamó al torno, y dando allí el recado que se le prevenía en el billete, recibió orden de pasar al locutorio, al cual fue conducido por la demandadera. Llévale ésta, no al locutorio general donde las madres recibían las visitas, sino a uno particular, amueblado con la limpieza y nimiedad de adornos que acostumbran las monjas, pero con más suntuosidad y elegancia que en tales parajes suele hallarse. La demandadera, mujer habladora y bachillera, por si acaso don Juan no había reparado aquella diferencia, se la hizo notar, advirtiéndole que el tal locutorio era el reservado en que la madre abadesa recibía las visitas de su ilustrísima el señor obispo y otros personajes de distinción.

Con poca cuerda que don Juan le hubiera dado, hubiera podido saber la historia detallada de todos y cada uno de los muebles de aquel aposento; pero Vargas, que desde que entró había clavado los ojos en la reja que separaba la parte destinada para los profanos de la que ocupaban las religiosas, no se dignó responder una sola palabra; y la demandadera, picada de ver que se la trataba con tanta indiferencia, se retiró, murmurando entre dientes que era lástima que un mancebo tan galán de persona no fuera algo más cortés.

No se pasaron tal vez tres minutos desde que el hermano del marqués entró en el locutorio hasta que se abrió la puerta de éste, que comunicaba con lo interior del convento, y entró en ella una dama de noble porte y elegante traje.

Llevaba un vestido de rica seda negra labrada, con la manga, que sólo llegaba hasta el codo, muy ancha, y terminada de la misma manera que la del hábito de algunos frailes, en figura triangular. El jubón era ceñido al cuerpo, cerrado por las espaldas y abierto por delante, con dos solapas caídas sobre el pecho. Una gola blanca como el armiño ceñía su garganta. El talle del vestido, arreglándose a la forma del cuerpo, iba sobre la cadera; y la falda, con bastante vuelo, era algo más larga por detrás que por delante. Una rica cadena de oro, que daba dos vueltas al cuello y caía con gracia sobre el pecho y espaldas, llevaba pendiente un magnífico medallón guarnecido de diamantes, con el retrato de una mujer joven y hermosa. El peinado de aquella dama era sumamente sencillo y gracioso: el pelo recogido en un rodete colocado bastante atrás, y la parte de delante dividida como hoy se lleva, pero sin rizo alguno. Dos hilos de perlas finas daban vuelta a la cabeza y se terminaban sobre la frente en un broche, en el cual brillaba un diamante de alto precio. Para no dejar nada por decir, añadiremos que en las manos de aquella dama se veían muchas sortijas, y que en la derecha llevaba un libro de oraciones encuadernado en terciopelo morado, con abrazaderas de plata.

Menester fue que Vargas la mirara muy despacio para reconocer en una persona tan ricamente ataviada a la humilde pastelera de Madrigal; pero; en fin, no pudiendo negarse a lo que sus ojos veían, exclamó:

-¿Inés, sois vos?

-Yo soy, don Juan, no me causa extrañeza vuestra admiración; pero, en verdad, no deja de sorprenderme que hayáis descubierto mi asilo, el nombre que en él me dan y la manera de verme.

-Yo mismo, Inés, no se cómo esto ha sido; tal vez vos podréis comprenderlo mejor viendo este pliego.

Sacó entonces el que llevaba, y alargóselo a Inés, al través de la reja. La bella morena lo recibió con gravedad, reconoció el sello antes de abrirlo y se puso en pie para hacerlo. Así que lo hubo verificado, buscó la firma, besola con respeto, y después, siempre en pie, leyó su contenido con la mayor atención.

Vargas la miraba sin acertar a comprender tanta ceremonia, y esperando con ansia el resultado de aquella lectura, que duró lo bastante para que le pareciera interminable.

Por fin, Inés, después de haberse enterado muy a su sabor del contenido del pliego, volvió a doblarlo escrupulosamente y lo encerró en un saco llamado limosnero, que llevaba pendiente de la cintura, así como un cordón de hilo de oro que le servía de ceñidor, y se terminaba en dos borlas casi sobre los pies.

-La persona de quien dependo -dijo la dama pastelera, ya sentada-, la persona de quien dependo únicamente en este mundo, me autoriza a enteraros de la historia de mi vida, a declarares quién soy, y a daros explicaciones sobre un lance que ha podido dar lugar a dudas sobre mi sinceridad. Hablo de lo ocurrido en el Carmen. Lo que voy a deciros parecerá tal vez falta de recato; pero acostumbrada a vivir entre hombres y en medio de los peligros hace años, puede disculpárseme si me muestro algo más libre que otras de mi sexo. El primer hombre a quien he amado, el único que he amado, el que hoy amo y amaré siempre, sois vos don Juan.

-¡Celestial Inés! ¡Quién será más dichoso que yo cuando os oigo hablar así!

-Bajad la voz, no nos oigan; y escuchadme, porque sería imprudente prolongar esta visita demasiado. Hace tiempo que yo preveía que llegaríamos al punto en que hoy estamos, aunque tal vez no contaba con que fuese tan pronto. Sin embargo, tengo ya concluida una relación, acaso prolija, de los principales sucesos de mi vida. Por el escrito que os entregaré podréis juzgar si soy o no digna de vuestro amor. Pero ¡ah don Juan! ¿Por qué quiso el destino que me conocierais?

-Para mi ventura, adorada mía.

-Plegue al cielo que así sea; pero temo lo contrario; yo no puedo ser vuestra sino con una condición.

-¿Y dudáis de que todas me parecerán suaves, deliciosas, tratándose de lo que más deseo?

-Tal vez no; y ése es mi mayor tormento. Don Juan, la empresa en que se os quiere comprometer no sólo es arriesgada, sino, y ojalá que me engañen mis tristes presentimientos, desesperada, imposible de llevar a cabo. ¿Cual sería mi dolor, si rico; joven y dueño de mi corazón, os viera víctima de proyectos que nada os interesarían si no me hubierais conocido?

-Y bien, Inés: desde este momento son míos; no necesito saber más que podrán reportares alguna utilidad y conducirme a mí a la dicha de ser vuestro esposo, para ser el más celoso partidario de ellos. ¿Qué es preciso hacer? ¿Atravesar los mares? ¿Abandonar patria y familia? ¿Pelear, renunciar a mi propio nombre, servir de esclavo? Hablad, Inés, ¿qué se exige de mí? Decidlo; y si hay peligro, por grande que sea, que me detenga un instante, despreciadme entonces, como indigno de vuestro amor.

El entusiasmo de don Juan conmovió a Inés extraordinariamente; y no permitiéndole su agitación responder de palabra, alargó por la reja una mano, que fue besada con indecibles transportes.

-Y bien, mi Inés, mi señora, mi vida, ¿qué me decís?

-¿Qué he de deciros, don Juan? Si yo hubiera de combatir con solo mi amor, aunque grande, tal vez pudiera vencerlo mas que me costara la vida; pero con el vuestro también, me es imposible. Sea, pues, lo que el destino ordene. Esperadme un momento.

Salió, diciendo esto, del locutorio y en breve volvió, trayendo una caja o estuche de madera preciosa, la cual, con su llave pendiente de un cordón, entregó a Vargas, diciendo:

-Dentro de esa caja hallaréis la historia de la mujer en quien habéis puesto los ojos. El cielo sabe si me cuesta que nos separemos tan pronto, pero es preciso: idos, don Juan.

-¿Tan presta, señora?

-No podemos ni debemos llamar la atención de las religiosas. Dentro de tres días volved a la hora de hoy.

-¡Tres días, Inés! ¡Tres días sin veros!

-Tiempo hubo en que un mes no os pareció mucho tiempo de ausencia.

-¿Aún os dura esa memoria, Inés mía? Paréceme que ya he pagado bastante aquel delito. Es imposible que pudiendo veros pase yo tres días sin hacerlo.

-Pues bien, venid pasado mañana, ya rebajo un día. Adiós, y no me olvidéis.

-Antes me olvidaré de que existo.

-Mucho ponderáis, señor don Juan.

-Más siento, señora, a fe de caballero.

En esto, deshaciendo Inés su mano de las de su amante, que al tomar la caja se había quedado con ella, se retiró ligeramente para salir del locutorio. Ya en la puerta, volvió la cabeza, y mirando a Vargas con toda la expresión del amor y del agradecimiento, «adiós, mi don Juan», le dijo; y desapareció.

Vargas salió del convento arrebatado de gozo, y volando, más que andando, corrió a examinar el contenido de la preciosa cajita.



Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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Capítulo III[editar]

 La más bella niña
 de nuestro lugar,
 hoy viuda y sola,
 y ayer por casar.
(GÓNGORA.)


MANUSCRITO DE INÉS

«¡Oh Clara! ¡Mi amada Clara! Si desde tu morada celestial tu alma pura puede todavía conservar sus relaciones con los objetos que en la tierra fueron queridos, me atrevo a creer que nunca tu espíritu se apartará de tu Inés. La feliz indiferencia por los hombres, que tanto envidiabas en ella, ha desaparecido para siempre: ahora y no entonces es cuando comprende todos tus tormentos. ¡Pobre Clara! Sólo en la tumba has hallado el descanso. ¿Será mi destino correr igual fortuna?

»Aún no sé si este escrito será jamás leído por otro viviente más que yo misma. ¿Quién podrá asegurar que la persona para quien le destino querrá comprar, a costa tal vez de su propia dicha, la satisfacción de su curiosidad con respecto a mí? Como quiera que sea, si estos caracteres, trazados por mi mano, llegaren a las suyas algún día, sepa que para él y para él solo, he podido resolverme a confiar al papel las desgracias de mi familia, cuyo término está, cuando menos, muy lejano.

»Don Sebastián Contiño de Álvarez nació en la ciudad de Oporto, en el reino de Portugal, vástago de una ilustre familia. Su inclinación le llamó al ejercicio de las armas desde la niñez, y en ella se envejeció. Era don Sebastián un soldado a toda ley: valiente, sincero, y fiel a su rey. Ya muy adulto se enamoró, y obtuvo sin dificultad la mano de doña María de Sotomayor de Castro, que era una señora igual a él en nacimiento, superior en fortuna, y célebre por sus virtudes y claro entendimiento.

»Fruto de este matrimonio fueron dos hijas: mi pobre hermana Clara y yo, que nací dos años después.

»Apenas habría yo cumplido cuatro años, cuando tuve la desgracia de perder a mi madre; y a pesar de ser entonces tan tierna de edad, no he podido jamás olvidar la dolorosa impresión que aquel suceso me causó, ni los extremos que mi padre hacía con la aflicción de separarse para siempre de una esposa a quien adoraba. Clara y yo recibimos, deshechas en lágrimas, la última bendición de nuestra madre moribunda; y sólo a ella puedo atribuir el que en medio de tantas vicisitudes en que después nos hemos visto, ni la una ni la otra nos hemos apartado un solo instante de la senda de la virtud; gracias sean dadas al que todo lo puede.

»El mismo año de la muerte de mi madre, que fue el pasado de 1578, se partió el rey don Sebastián a su desgraciada expedición al África; y mi padre, no queriendo dejar de acompañarle, nos puso al cuidado de una parienta de mi madre, llamada doña Francisca de Alba, mujer de don Fray Cristóbal de Tabora, gran privado del rey, y que también le acompañó en aquella sangrienta jornada causa de dolor eterno para el Portugal.

»Parece que mi padre al despedirse de nosotras tenía el triste presentimiento de no volvernos a ver. Estrechonos en sus brazos mil veces, y no pudo dejarnos sin derramar copiosas lágrimas; cosa en él bien singular, pues acaso en esta ocasión y en la de la muerte de mi madre serían las dos únicas de su vida en que se le viese llorar.

»Perdiose la batalla: murió en ella la flor de la nobleza lusitana, y la consternación fue general. Mi tía doña Francisca no supo de su marido; nosotras ignoramos la suerte de nuestro padre; y ni teníamos ni podíamos hallar consuelo, porque donde quiera que volviésemos la vista solo hallábamos orfandad, viudez y desolación. Jamás pueblo fue tan severamente castigado por faltas de su rey como Portugal por el imprudente arrojo de don Sebastián.

»La edad de Clara y la mía nos libertaron entonces de apurar aquel cáliz de amargura; pero, sin embargo, mi hermana, que nació con un corazón demasiado sensible, contrajo desde entonces una melancolía que conservó hasta la sepultura.

»Para colmo de desdichas, nuestra tía se hizo un objeto de sospechas eternas para el gobierno; y es de advertir que cuantos volvieron de la batalla o eran deudos, amigos y allegados de los que fueron a ella, o bien habían gozado de algún favor con don Sebastián, fueron desde entonces perseguidos más o menos, casi sin excepción.

»¿Qué cosa más natural que ignorándose la suerte de un padre, de un esposo; de un hermano, de un amigo, se tratase de inquirir que era de él? ¿Quién se atreverá a condenar al que no quiere convencerse, sin haber adquirido pruebas innegables, de que ha perdido para siempre a una persona querida?... Y, sin embargo, cualquiera de estas dos cosas se miraba y se mira hoy en Portugal como un crimen atroz.

»Doña Francisca de Alba preguntaba, inquiría, buscaba sin cesar indicios de que su marido no había muerto... "Conspira", dijeron los satélites del tirano; y la triste viuda se vio muy cerca de ser sepultado en un calabozo. Tuvo, pues, que salir de Lisboa y establecerse en su quinta de la Torre Vieja. Nosotras la seguimos; pero mi tía, que aún no se consideraba segura, no queriendo exponerse a una tropelía de las que entonces eran frecuentes; ni envolvernos en su ruina, nos envió a la Sierra del Carnero, con una criada de confianza llamada Marta y el mulato Domingo, a quien don Juan conoce.

»En lo más escondido de un profundo valle, en medio de un bosque de naranjos y limoneros, una choza, que tal parecía por su techo pajizo y paredes de caña, nos ofreció un asilo cómodo y seguro, del que jamás me olvidaré aun cuando algún día llegue a habitar suntuosos palacios. Formaba aquel valle una cadena circular de montes poblados de añosas encinas, y de lo más alto de uno de ellos corría un abundante y cristalino arroyo, cuyas aguas fertilizaban su suelo, y habiendo no lejos de la choza un profundo remanso, nos proporcionaba el placer de bañarnos en el estío. Una sola vereda de cabras era la comunicación que existía entre nosotras y el resto del mundo. Nuestra choza era grande; bien repartida y cómoda. Poco tiempo después de habitarla se retiró también a ella, huyendo de la persecución, el capellán de mi tía; anciano venerable y lleno de instrucción, que tomo a su cargo educarnos, a Clara y a mí. Marta nos instruía en las labores propias de su sexo.

»Pocas veces dejamos mi hermana y yo de ver brillar en el horizonte el primer rayo del sol: siempre juntas, siempre con los brazos enlazados, corríamos el valle, y cada día encontrábamos un nuevo placer. Hoy era un nido de ruiseñores; mañana la temprana fruta de un árbol querido. Corríamos, saltábamos, y el tiempo presente era el único que nos ocupaba. Ni el estudio ni el trabajo se nos hacían penosos, porque no nos obligaban a él: nuestro preceptor era el hombre más indulgente; más tolerante que es posible imaginar, y nosotras le queríamos tanto, que la idea de complacerle nos hacía aprender con gusto cuanto quería enseñarnos.

»Clara, de más edad, más reflexiva, con mayor talento que yo, aprovechaba también más; pero me quería con tanto extremo, que tenía un verdadero pesar cada vez que se conocía superior a mí. Si el hombre que dice haberse prendado de mí hubiera conocido aquel ángel, viéndome a su lado me tendría por despreciable».

-Imposible -exclamó Vargas al llegar aquí-, imposible; no puede haber habido mujer igual ni comparable a ti, Inés mía.

Después de haber desahogado así su corazón, continuó leyendo.

«Pero yo me olvido de que estos detalles, tan interesantes para mí, han de cansar a cualquiera otra persona: ocho años pasamos, en aquella soledad sin que el menor incidente viniera a turbar nuestra dicha. Nuestros bienes, fielmente administrados por mi tía, nos ponían en estado de proporcionarnos toda especie de comodidades: nada deseábamos ni teníamos que desear.

»Yo tenía ya trece años; mi hermana quince, y era hermosísima criatura. Dicen que se me parecía; pero yo, y no pase por modestia, le soy muy inferior. Clara era muy blanca, perfectamente formada, y sus facciones no eran sólo regulares, sino, además, sumamente agraciadas. Su porte era grave, dulce su mirar, encantadora su sonrisa. En general, padecía melancolía, y jamás su alegría fue estrepitosa; pero había en su corazón una vehemencia, en su fantasía: una exaltación que daban lugar a decir que en los pocos años que pisó la tierra más que en ella vivió en un mundo ideal.

»Cuando al despertarnos por la mañana me refería sus sueños, me parecían de aquellos cuentos maravillosos que me entretenían en mi primera infancia. Todo en ellos era sublime, extraordinario, y bueno. La misma inclinación se notaba en sus lecturas: siempre prefirió las obras más metafísicas. Nunca la oí hablar de tesoros, sino de virtud y gloria. Decir que era muy religiosa es excusado; en su carácter no podía menos de serlo. Era demasiada su semejanza con los espíritus celestiales para que dejase de estar siempre en comunicación con ellos por medio de la oración.

»De mí solo diré que adoraba a mi hermana, y que tenerla a mi lado y juguetear eran todos mis deseos.

»Una tarde de verano, ya mucho después de puesto el sol, nos hallábamos las dos hermanas a la orilla del lago, sentadas al pie de un sauce y abrazadas como de costumbre. Hablábamos de nuestros padres, o por mejor decir, Clara, hablaba y yo la escuchaba. No se le había olvidado ni una sola de las circunstancias de la muerte de mi madre, ni de la despedida de su esposo: referíamelas entonces acaso por la millonésima vez, y, sin embargo, nuestras lágrimas corrían en abundancia. Clara, refiriendo una desgracia, hubiera hecho llorar a las piedras.

»En esta disposición, no sé cómo alcé la vista, y en la cumbre del monte que teníamos enfrente, que era justamente el que atraviesa la vereda por donde se entraba en nuestro valle, creí divisar cuatro o cinco hombres a caballo. Comuniqué mi observación a Clara, y esta confirmó mis sospechas.

»Desde que habíamos ido a la cabaña continuamente estábamos oyendo que era el único rincón de Portugal donde se podía vivir sin estar expuesto a las persecuciones del tirano.

»Sabíamos que nuestra tía no se había venido a vivir a él por no exponerse a que le confiscasen sus bienes, no atreviéndose a visitarnos sino muy de tarde en tarde, y con las mayores precauciones, para que no se descubriese nuestro retiro. Tampoco se nos había ocultado que nuestro capellán estaba allí para sustraerse a la proscripción que le amenazaba. En una palabra, estábamos convencidas de que el descubrimiento del valle en que vivíamos sería seguido, infaliblemente, de nuestra ruina.

»Con estos antecedentes es fácil de concebir cuál sería nuestro sobresalto viendo aquellos cinco hombres que descendiendo del monte se aproximaban a paso largo a nosotras.

»Yo me arrojé en los brazos de Clara; a quien estaba acostumbrada a mirar como mi natural protectora; y conocí que, aunque procuraba serenarme, no estaba tampoco muy tranquila.

»-¿Qué hacemos? -le dije.

»-Huyamos a la choza -me respondió-, tal vez no nos habrán visto.

»Tomamos inmediatamente este partido, y llegamos, casi sin aliento, a la pieza en que el capellán leyendo y Marta en sus labores, nos vieron entrar de aquella manera, con no poca sorpresa. Pero nosotras, sin darles lugar a que nos preguntasen cosa alguna, les referimos lo que habíamos visto.

»El capellán, creyendo ya verse en poder de los jenízaros de Felipe, y de allí sepultado en un calabozo de la inquisición, se quedó petrificado; y Marta no pensó más que en tratar de escondernos a mi hermana y a mí. Pareciome bien aquella resolución, pero no así a Clara. Ésta dijo, que si eran gentes enviadas por el rey las que venían, sin duda estarían bien informados de cuántos y quiénes fuesen los habitantes de la cabaña, y que ocultarse cualquiera de ellos sólo serviría para darles lugar a cometer mayores tropelías, sin fruto alguno para el escondido, a quien irremediablemente habían de encontrar por fin.

»Estaban Marta y el capellán combatiendo aquella opinión, cuando se vieron interrumpidos por dos o tres golpes dados con fuerza a la puerta que nosotras al entrar habíamos cerrado.

»Cuál sería nuestro temor, se deja comprender. Quedámonos por algún tiempo inmóviles como estatuas; llamaron segunda vez a la puerta, y fue preciso pensar en lo que se había de hacer.

»-Es necesario responder -dijo Clara.

»-¿Y quién se atreve? -replicó Marta-; yo no.

»-Ni yo -exclamó el capellán.

»-Pues yo iré -dije yo entonces.

»-Vamos las dos -añadió Clara; y así se hizo.

»Acercámonos, en efecto, a una ventana, desde la cual vimos que el que llamaba a la puerta era el mozo de confianza que mi tía solía enviarnos con las provisiones y otras cosas necesarias. Ambas hermanas nos echamos a reír del gran miedo que sin causa habíamos pasado, y abrimos al bueno de Santiago, que así se llamaba el mozo, quien nos manifestó que también se había sorprendido y asustado con nuestra tardanza en responderle.

»El capellán y Marta creo que mientras esto pasaba en la puerta estarían encomendándose a todos los santos del cielo, pues cuando entramos en su cuarto con Santiago los hallamos de rodillas, blancos como la pared, cruzadas las manos y clavados los ojos en el cielo. Costonos algún tanto convencerlos de que nada ocurría que pudiera justificar sus temores; pero, por fin, acabaron cediendo a la evidencia, y el buen eclesiástico preguntó a Santiago cuál era el objeto de su venida. Respondiole éste que lo vería por la carta de doña Francisca de Alba que puso en sus manos.

»Nunca he visto pasar a un hombre con tanta rapidez del exceso de la aflicción al colmo de la alegría, como pasó entonces el capellán con la lectura de aquella carta, que, contra su costumbre de hacerlo en voz alta; reservó entonces para sí.

»Brilló en su rostro un contento inexplicable; y como si le hubieran quitado por encanto veinte años de encima, se levantó de su asiento con indecible agilidad; y, frotándose las manos, dio dos o tres paseos por la sala antes de decirnos una palabra.

»Esperábamos las tres; con la ansiedad que tan natural es en nuestro sexo, la explicación de todo aquello; pero, por entonces, lo que supimos servía más para irritarla que para satisfacerla.

»-Hijas mías, los hombres que habéis visto a caballo no son lo que pensabais. Vienen aquí, pero como amigos. Bien me lo daba a mí el corazón: por eso no me he asustado tanto como vosotras.

»Esto nos dijo el capellán; Clara y yo, oyendo su intempestiva fanfarronada, nos miramos, faltando poco para que soltásemos la carcajada.

»-Son -continuó él, sin advertirlo- sujetas de distinción. Uno de ellos viene enfermo, y es menester disponerle una cama. Vamos, señora Marta, no perdáis el tiempo. Y vosotras, hijas mías, supongo que no tendréis inconveniente en ceder vuestro aposento para un desgraciado. ¿No es verdad?

-Y con mil amores -respondió Clara, cuyo tierno corazón compadecía ya al hombre de quien se la hablaba.

»Marta, mi hermana y yo volamos a nuestro cuarto. En un instante hicimos desaparecer nuestras costuras y bordados; dispusimos una cama que no le hubiera parecido mal a un príncipe, y salimos a anunciárselo al capellán. Supusimos, con razón; que habría salido al encuentro de nuestros huéspedes, pues a poco rato le vimos llegar acompañado de cinco hombres montados en muy buenos caballos. Traían todos unos antifaces negros, cosa que nos sorprendió, pues, viviendo en aquella soledad, ignorábamos que los caminantes, en verano, suelen usarlos para libertar el rostro del ardor del sol y de la incomodidad del polvo. Sus vestidos no eran ni tan buenos ni tan malos que llamasen la atención. Los sombreros, de ala ancha; pero lo que más atrajo las miradas de Clara y las mías fueron las cotas de malla que llevaban encima de unos coletos de gamuza. Tal vez ellas y las armas, tanto blancas como de fuego, de que iban provistos, me hubieran hecho tenerlos por ladrones a haberlos visto algunos años después. Entonces el vicio y el delito eran para mí palabras incomprensibles.

»Mientras mi hermana y yo observábamos todo esto, se habían apeado cuatro de los jinetes, y llegándose con muestras de respeto al quinto, que permanecía montado a caballo, recibieron sus armas, que él mismo fue dándoles. Luego que estuvo desembarazado trató de apearse; pero viendo los otros que no podía hacerlo, se encargaron de ello, haciéndolo con brevedad, pero con tanto cuidado, que nos persuadió de que aquel hombre era el enfermo. Ya en el suelo, fue menester que se agarrara de los brazos de dos, de sus acompañantes para entrar en la choza, y aun así andaba con suma dificultad.

»-Ese infeliz -me dijo Clara- parece que está muy malo.

»Marta y yo también pensábamos lo mismo; pero era tal nuestra curiosidad, que no nos daba lugar por entonces a compadecerlo.

»Sin detención ninguna, el capellán condujo a los desconocidos a la habitación preparada, y allí el enfermo se metió inmediatamente en la cama. Al cabo de una media hora salió nuestro preceptor; comunicó a Marta sus disposiciones para la cena, y la orden de arreglar lo mejor que pudiese, en la sala que nos servía de biblioteca y cuarto de estudio; tres camas para aquellos señores; pues uno de ellos había de velar continuamente a la cabecera del enfermo.

»Cuando estuvo dispuesto todo, avisamos; y se nos previno que Domingo llevase la ligera colación preparada para el doliente hasta la puerta de su habitación. Allí la tomó uno de los que le acompañaban, y después se presentaron los cuatro en el comedor para cenar con nosotros, ya sin antifaces, pero con las cotas de malla, espadas y dagas.

»Vimos entonces que de aquellos cuatro sujetos, uno era anciano, dos jóvenes, y el otro, niño, que no llegaría a diez y siete años. Estaban todos tan tostados, que más parecían mulatos que europeos; y mostraban en lo enjuto de los rostros, lacio de los cabellos y gravedad en el mirar, que la vida que llevaban no era ni cómoda, ni exenta de peligro.

»Saludáronnos cortésmente, excusándose de la molestia que nos causaban con la inevitable necesidad de hacerlo. A la mesa se condujeron con la más perfecta urbanidad, pero hablaron poco: no se nombraron jamás unos a otros, y aunque comieron con buen apetito, no mostraron en ello gran placer. Acabada la cena, que no fue larga, nos retiramos, ellos a descansar, y nosotros a hacer conjeturas sobre quiénes serían.

»A la mañana siguiente, después de habernos vestido para ello con algo más de cuidado que solíamos hacerlo diariamente, fuimos conducidas por nuestro preceptor al cuarto del enfermo, a quien hallamos en la cama sin antifaz ni otra cosa que impidiese verle el rostro.

»-Señor -le dijo el capellán-, aquí tenéis a las dos sobrinas de mi señora doña Francisca de Alba.

»-Bellas niñas -contestó con voz, aunque entonces débil; bastante sonora.

»-¿No me habéis dicho que eran hijas de Sebastián Contiño?

»-Y muy servidoras vuestras -respondí yo, que, como de menos edad, estaba también menos cortada que Clara-.

»-¡Pobre Contiño! -contestó el doliente, como si no me hubiera oído-, lo hizo bien, se portó como un valiente, y no fue solo. Pero todo fue inútil; Dios quiso castigar nuestra arrogancia. Que su voluntad sea hecha. Hijas mías, vuestro padre era un buen soldado, un completo caballero; espero que algún día recibiréis la recompensa de sus servicios en la tierra, porque él años ha que disfruta de ella en mejor vida.

»Estas palabras arrancaron nuestras lágrimas. El enfermo, sintiendo al parecer habernos afligido; varió de conversación, y empezó a hacernos a ambas, aunque con más frecuencia a Clara, diversas preguntas, a las cuales tuvimos la dicha de responder acertadamente. Aquella conversación duró una hora. Yo salí ya un poco cansada; pero como Clara parecía muy satisfecha, no quise decirle una palabra.

»Todo aquel día no cesó mi hermana de hablarme del enfermo. Ponderaba su figura, que a mí, a la verdad no me parecía gran cosa; la sonoridad de su voz, que a mí me amedrentaba; y sobre todo, aquel tono grave y majestuoso, que le hacía suponer, y en esto íbamos conformes, que aquel hombre debía de ser un gran personaje.

»La enfermedad, que el tal padecía era una herida en una pierna, que por falta de cuidado estaba en muy mal estado. Agravose considerablemente, le entró calentura; y sus cuatro compañeros y el capellán decidieron unánimemente que era indispensable ya la asistencia de un facultativo. Con este objeto escribieron a mi tía, y el fiel Santiago fue; como siempre, el portador del mensaje.

»Según después he sabido, la elección de doña Francisca de Alba recayó en el licenciado Juan Méndez Pacheco, médico de una aldea vecina a Lisboa; que tenía fama de hábil y de poco afecto a los españoles.

»Avisole que fuera a Gumaraes a ver un enfermo en quien se interesaba. Hízolo así Pacheco, y cuando ya iba a entrar en el lugar, Santiago, sacándolo del camino, lo condujo a lo más áspero del monte; en donde le aguardaban ocultos dos de los incógnitos de nuestra choza. Después de asegurarle que nada tenía que temer, le taparon el rostro para que no viese el camino por donde iba, y lo trajeron así hasta el cuarto mismo del paciente.

»Reconoció Pacheco la llaga, que dijo haber sido hecha por una bala que pasó de soslayo; la curó, y en quince días que permaneció allí sacó al enfermo de peligro y lo puso en disposición de poderse levantar, declarando que ya no creía necesaria su asistencia. Con esto, y con sustituir al ungüento que en una caja de plata llevaban los incógnitos para curar la herida; otro más eficaz se le despachó del mismo modo que vino, con una carta para mi tía; quien no sólo le recompensó liberalmente, sino que tuvo la debilidad de confiarle tal vez cosas que no debiera. Debo advertir que Pacheco no vio jamás el rostro del enfermo, quien siempre que el médico iba a entrar en su cuarto se ponía unos grandes anteojos pardos que le desfiguraban enteramente. A los demás los vio, pero a ninguno pareció conocer, ni ellas a él.

»Durante la estancia del médico en la choza; nuestras relaciones con el enfermo se hicieron más íntimas. Gustaba de nuestra compañía, y el capellán encantado de ello; lejos de poner obstáculo alguno; apenas nos dejaba salir un instante de su estancia. Marta, que no había recibido una educación descuidada, sabía tocar el arpa medianamente, y nos había dado lecciones a Clara y a mí: en breve supe yo tanto como mi maestra, y mi hermana mucho más. Pulsada el arpa por sus ruanos, producía sones que arrebataban; parecía que las cuerdas, animándose, adquirían la sensibilidad de aquella angelical criatura; y nada distraía tanto al enfermo como que Clara tocase algunas de sus composiciones favoritas en aquel instrumento:

»Yo no me apartaba de mi hermana es decir, que no salía del cuarto en que ella estaba; pero como mi edad ni mi carácter permitían que me estuviese mucho tiempo quieta, no cesaba de juguetear, ya en una parte, ya en otra; Clara, por el contrario; siempre sentada a la cabecera del enfermo, ora leía, ora tocaba el arpa, o bien conversaba con él; y si era grande el placer de este en tenerla a su lado, no era menor el de ella en acompañarle.

»Podría tener aquel hombre entonces de treinta y cuatro a treinta y cinco años de edad, y aunque llevaba en el rostro visibles señales de grandes trabajos, lejos de ofrecer nada de repugnante, no dejaba de tener bastante gracia. Su conversación era bastante amena. Había corrido, al parecer, gran parte de la Europa y observado detenidamente sus costumbres; pues describiéndolas con viveza y maestría; nos tenía escuchándole horas enteras. No había en Portugal familia ilustre cuya historia no conociese perfectamente; y según hablaba, no sólo parecía que había estado en relaciones con ellas, sino con cuantos personajes había en dicho reino. De todo hablaba con calma, y acaso con indiferencia; pero si la casualidad hacía que se mencionase al rey de España, se hubiera dicho que una chispa eléctrica le inflamaba. Sus ojos brotaban llamas al solo nombre de Felipe; murmuraba entre dientes algunas mi precauciones y variaba al instante de conversación.

»Siempre que esto ocurría, mi miedo era inexplicable; y daba señales tan claras de tenerlo, que algunas veces, conociéndolo el enfermo, me llamaba para hacerme caricias y desimpresionarme. Sin embargo, siempre miré a aquel hombre con cierta especie de temor que jamás he podido desterrar.

»Clara también se afligía en tales casos, mas no se asustaba; si existe, en efecto, la simpatía entre los humanos, en nadie, se ha explicado con más prontitud ni fuerza que en mi hermana y el enfermo. Yo entonces veía sin comprender; pero reflexionando después muchas veces sobre aquellos sucesos, me he convencido de que muy desde el principio se enamoró Clara del incógnito y éste de ella.

»Una sola circunstancia, que por cierto me afligió bastante, hubiera sobrado hoy para revelarme aquel amor naciente.

»En nuestros paseos, Clara no hablaba una palabra y apenas respondía a mis continuas preguntas. Siempre distraída, no cesaba de suspirar, y hubo días en que, aprovechándose de la primera ocasión favorable, se salía fuera de la choza.

»Ya he dicho de mi cariño a ella que era una verdadera idolatría. Sentime de su proceder, y se lo dije con lágrimas en los ojos; Clara me estrechó tiernamente entre sus brazos, me acarició y se disculpó. Yo la creí, y dos días después volvió a suceder lo mismo que antes.

»Mes y medio pasaron los incógnitos en la choza. De los cuatro que acompañaban al enfermo, los tres de más edad casi siempre estaban conferenciando en secreto con el capellán; el otro gustaba más de acompañarnos a paseo a mi hermana y a mí; para su edad era demasiado formal, y yo le hacía por ello muchísima burla: él lo sufría pacientemente, pero no variaba de conducta. Muchas veces me dijo que era muy hermosa, yo me reía. Parece que ya en aquel tiempo se enamoró de mí; por mi parte, entonces no sabía ni podía saber qué cosa era el amor; y cuando en lo sucesivo me hallé en edad de amar, jamás sentí por aquel joven la menor inclinación.»

Respiró don Juan leyendo esta declaración, pues hubo un momento en que tembló por no ser el primero que hubiera sabido conmover el corazón de Inés.

«Anunciáronnos, al cabo de este tiempo, que trataban de irse. Yo recibí esta noticia con indiferencia; no así Clara, que sintió despedazarse su corazón. Al montar a caballo el incógnito, sacándose de un dedo un precioso anillo, se lo puso a mi hermana diciéndola: "Tomad, hija mía, esta memoria de un hombre cuyos dones fueron en otro tiempo, muy estimados y hoy solo cuenta con algunos corazones fieles; séalo el vuestro también, que del mío jamás se borrarán esas facciones, ni el agradecimiento por vuestros cuidados".

»Los sollozos de Clara respondieron por ella. No perdió de vista a los caminantes hasta que la distancia y la espesura del monte se los ocultaron; suspiró entonces, y puedo asegurar que en muchos días ni aun sonreírse la vi.

»No prolongaré más esta relación con minuciosos pormenores. Baste decir que, desde la marcha de los desconocidos, pasamos un tristísimo año hasta su vuelta, que se verificó inesperadamente.

»El herido venía ya enteramente bueno de salud, pero más caído de espíritu. La vista de Clara le animó algún tanto, y mi hermana no pudo disimular el gozo que en verle sentía. Ella misma me ha confesado después todo lo que voy a referir.

»A pocos días del regreso de aquellos hombres, saliendo Clara a paseo una tarde sin mí, que, no sé cómo, me quedé en la choza, y estando sentada a la orilla del lago, el incógnito se ofreció a sus ojos, cuando menos lo esperaba. Saludola, sentose a su lado y estuvo algún tiempo pensativo, hasta que por fin dijo:

-Mi edad y mis trabajos, hermosa Clara, parece que debían haberme puesto a cubierto de las pasiones; pero vuestros ojos han sido más poderosos que los años y la experiencia. Yo os amo con delirio, y ni la reflexión ni más de un año de ausencia han podido borrar de mi memoria vuestra imagen seductora, y el amor me ha vuelto a traer a este valle, sólo para ofreceros mi corazón y oír de vuestra boca si mi suerte ha de ser en todo adversa o me reserva el cielo aún alguna felicidad.

»Clara decía que esta declaración, aunque hecha en tono apasionado, también lo fue con entereza y dignidad. No me ha dicho lo que respondió; pero es de inferir que el incógnito no quedaría muy descontento de su respuesta, cuando los paseos solitarios se repitieron tantas veces cuantas lo permitió la impertinentilla hermana Inés.

»A poco los incógnitos volvieron a marchar; pero su regreso fue también en breve, y en todo el año siguiente repitieron sus visitas con frecuencia.

»En este intermedio la melancolía y distracción de Clara iban en aumento. El incógnito y ella tenían frecuentes conferencias secretas; pero ni debían de versar sobre materias alegres, ni salir ambos muy satisfechos, pues los ojos de mi hermana estaban inflamados de llorar, y el entrecejo de su amante hacía temblar.

»Un día los dos se presentaron a la mesa, si no alegres, por lo menos no tristes. Después de comer, el desconocido se encerró con el capellán, y estuvieron hablando como dos horas; salió el buen eclesiástico de la tal conversación como loco de contento. Santiago fue despachado en toda diligencia con una carta para mi tía. Dos días después volvió a venir acompañando a la misma doña Francisca de Alba. Ésta, así que vio al incógnito, se echó a llorar, y quiso arrodillarse; mas él, recibiéndola en sus brazos, lo impidió.

»Clara, al parecer, comprendía todo aquello; yo estaba como quien ve visiones, y no poco resentida de la reserva de mi hermana. La noche misma de la llegada de mi tía, así que estuvimos solas, Clara, abrazándome tiernamente, me dijo que se casaba con el incógnito. Jamás ha habido sorpresa igual a la mía ni mayor aflicción, pues creía que casarse Clara y separarme de ella sería todo uno.

»No le costó trabajo consolarme, convenciéndome de que jamás se apartaría de mí; y yo, que sólo a aquello atendía, ni me acordé de preguntarle el nombre de su esposo.

»Veinticuatro horas después, como a las once de la noche, vestidas mi tía; Clara, Marta y yo de toda gala, y escoltadas por el incógnito, sus cuatro acompañantes, el capellán, Santiago y Domingo; montamos a caballo; y habiendo andado dos o tres horas por veredas ocultas; y muchas veces por lo más enmarañado del monte, llegamos, acabada de sonar la una de la madrugada, a corta distancia de una ermita dependiente de cierto monasterio de San Agustín. En sus inmediaciones encontramos a otras cuatro personas embozadas en grandes capas, quienes sin duda nos esperaban, pues así que echamos pie a tierra, y uno de los nuestros habló con ellos algunas palabras, se dirigieron con nosotros a la ermita.

»Santiago se adelantó sólo a llamar a la puerta de ésta, y el religioso que la habitaba no dejó de tardar bastante en responder. Hízolo por fin, preguntando con harto desabrimiento quién era el que llamaba tan a deshora. Respondió Santiago, que un labrador que vivía en una cabaña no distante de allí, en paraje que nombró y ahora no recuerdo, se había puesto repentinamente enfermo de tanto peligro, que se temía expirarse de un instante a otro, por lo cual le suplicaba fuese sin tardanza a administrarle los últimos auxilios espirituales.

»Preguntó el fraile que cómo se llamaba el enfermo, y nuestro mozo, que llevaba bien estudiada la lección, respondió que era un tal Pedro Trebiños labrador muy conocido del religioso, y que, en efecto, habitaba el paraje que Santiago había dicho. Con tales señas no le quedó duda al ermitaño; y diciendo que iba a abrir la puerta de la ermita, se retiró de la ventana a que primero se había asomado. Inmediatamente que lo hizo, y a una seña de Santiago, se aproximaron dos de los incógnitos, y con las dagas desnudas se arrojaron sobre el pobre fraile cuando abrió la puerta, e imponiéndole silencio bajo pena de la vida, entraron con él en el vestíbulo de la ermita. Así que Santiago nos avisó; fuimos también a ella nosotras, los que nos acompañaban y los que habíamos encontrado esperándonos; todos, en fin, a excepción del mismo Santiago y el mulato, que se quedaron en guarda de los caballos.

»Yo no sé quiénes pensaría el fraile que éramos; pero lo cierto es que, aunque no hablaba palabra, se le conocía que estaba muriéndose de miedo. Dijéronle que nos condujese a la sacristía y ya en ella, que nos franquease los mejores ornamentos que para decir misa tuviese. Hízolo todo apresurado y temeroso, así como a ir a encender todas la velas del altar mayor, y enseguida encerráronle en su propia celda, dejando en su guarda a uno de la comitiva.

»Así que el fraile se retiró, arrojó su capa una de las personas que se no habían reunido a las inmediaciones de la ermita, y vi con la mayor admiración que era un venerable anciano, un obispo con todas sus vestiduras. Nuestro capellán y otros que le acompañaban le ayudaron a revestirse, y ellos mismo lo hicieron también.

»Mandáronnos retirar a todos de la sacristía, para que el obispo confesase al incógnito: Clara se confesó enseguida también con él, y luego el prelado nos dijo una misa, asistido por los dos capellanes.

»Concluido aquel sacrificio, Clara, apoyada en mí, pues tal era su turbación que apenas podía andar, se encaminó al altar, como asimismo el incógnito. Todos los asistentes se aproximaron también, y el obispo principió la lectura del rito matrimonial. Concluida la lectura, y al hacer las preguntas de costumbre a los desposados, y oyendo que al incógnito le decía: "Vos, varón, queréis por esposa a la señora doña Clara Contiño Sotomayor Álvarez de Castro", esperé que al hacerle a mi hermana igual interpelación sabría el nombre de su esposo. Engañeme empero. El obispo empezó, en efecto, a decir si quería por esposo al señor don... Pero el incógnito lo interrumpió: "Es inútil que me nombréis. Ella sabe quién soy y vos también: esto basta; las paredes oyen". No replicó el obispo, y la ceremonia se concluyó, con harta mortificación mía, sin que yo tuviese el gusto de saber quién era ni cómo se llamaba mi singular cuñado.

»Antes de retirarnos; firmamos todos un papel, que se nos dijo ser el que en cualquier tiempo haría constar la legitimidad de aquel matrimonio. Besamos enseguida el anillo del obispo, y recibiendo su bendición salimos de la ermita. Poco antes de amanecer estábamos en nuestro valle. Mi hermana se retiró a la estancia de su marido; y yo, que jamás había dormido sino en su compañía, me fui sola y despechada a mi lecho, maldiciendo de todo corazón al que me había robado el cariño y la sociedad de Clara.

»Poco disfrutó ésta por entonces de la compañía de su esposo: a los quince días de casado se separó de ella. Volvió a poco tiempo, y permaneció en el valle algunas semanas. Para abreviar, diré que en el primer año de su casamiento mi pobre Clara no vería a su marido más de cuatro meses.

»Es natural figurarse que yo no dejaría de preguntar cuál era el nombre de mi cuñado pero Clara me contestó que no podía decírmelo, pues había prometido callarlo, bajo juramento; que lo que a mí me bastaba saber, y ella podría revelarme, era que su marido pertenecía a una casa mucho más ilustre que la nuestra, y que él mismo era persona de grande importancia, pero que habiéndole ocurrido grandes desgracias, y sufriendo a consecuencia de ellas una persecución del gobierno, que ponía su vida en peligro, se veía en la precisión de vivir oculto, errante, y en continuo sobresalto.

»No tuve dificultad ninguna en creer cuanto mi hermana me dijo, pues todo iba muy conforme con las apariencias.

»La pobre Clara, durante las continuadas ausencias de su marido, no sosegaba un instante. Llorar, rezar, observar el camino del monte, eran sus ocupaciones. Si algún consuelo encontraba en mi compañía, era bien escaso.

»-¡Qué feliz eres -me decía muchas veces- en conservar tu independencia! ¡Qué dichosa en conservarte hoy como cuando vinimos a esta choza!

»Pasaré por alto nuestras conversaciones. Interesantísimas para nosotras, serían impertinentes para los demás.

»Dieciocho meses hacía que Clara se había casado, cuando una noche, siendo más de las doce de ella, se presentó su marido en el valle. Encerrose con ella como cosa de media hora, y al cabo de ella salió con muestras de grande agitación. Abrazome tiernamente (y ésta era la primera vez que lo hizo), y montó a caballo, encargándome mucho que cuidase de la salud de mi hermana y la consolara en su ausencia, que entonces sería más larga que las pasadas.

»Inútil encargo para quien en nada pensaba más que en la dicha de Clara. Entré en su cuarto y la hallé anegada en lágrimas y postrada de rodillas ante un crucifijo, orando fervorosamente: "Liberadle, Señor -decía- de las manos de sus enemigos. Bastante ha purgado sus delitos. Misericordia, Señor, de él y de mí".

»Caí yo también a su lado, también lloré; y también dirigí mis plegarias al Redentor. Sólo aquello podía consolar a Clara entonces. La mirada que me dirigió, viéndome unir mis oraciones a las suyas, pintaba un agradecimiento, una satisfacción que no hay pluma capaz de describir.

»Después de algún rato me dijo:

»-Soy muy desdichada, Inés mía. A pesar de las preocupaciones con que mi marido vive, los verdugos españoles han llegado a sospechar su existencia en Portugal, y se cree que esto se debe a alguna indiscreción del licenciado Juan Méndez Pacheco, a quien nuestra tía, Dios se lo perdone, dijo más de lo necesario. Tiene, pues, el desdichado que huir, si puede, del suelo de su patria, y no quiere llevarme consigo, por no exponerme a mil peligros. ¿Y cuándo, Inés, cuándo tiene que abandonarme? Cuando antes de muchos meses seré madre tal vez.

»Al acabar, ocultó su rostro en mi seno; corrieron en abundancia las lágrimas de ambas; y de allí en adelante pocos días se pasaron sin repetirse la misma escena. Una semana después de la noche de que acabo de hablar recibimos a Santiago con un billete de mi tía, cuyo contenido era el siguiente: "Señora y amada sobrina; vuestro esposo y mi señor se ha embarcado, con el favor de Dios, el jueves último, dirigiéndose al puerto de N. para de allí ir a Roma. Conformaos con la voluntad de Dios y confiad en su justicia y misericordia, en tanto que yo quedo rogándole con todo el fervor de mi corazón tenga en su santa guardia, a vuestro esposo y a vos. Vuestra servidora y tía.- Doña Francisca de Alba".

»Tranquilizose Clara algún tanto con esta noticia, y su vida se hizo más serena, aunque sumamente melancólica. Penas tan graves en una persona joven; en extremo sensible y de constitución delicada, no podían menos de hacer grande impresión; y, en efecto, la hicieron. Unida ésta a su embarazo, destruyó para siempre la salud de mi desdichada hermana.

»Después de seis meses de haberse ausentado mi cuñado, nació su hija Clara, tan parecida a su madre, y a mí en particular; que cuantos la han visto después la han tenido por hija mía. Nuestro padre capellán la bautizó, yo fui su madrina; su madre, a pesar de hallarse muy delicada, no quiso consentir en que nadie diera el pecho a la niña más que ella misma.

»Pasamos un año después de esto sin tener noticia alguna de mi cuñado. Clara no le había olvidado, pero la hija la servía de gran consuelo. El excelente carácter, las gracias inocentes y las caricias infantiles de la niña, la hacían sonreír a veces. Jamás la oí formar para su hija proyectos ambiciosos; antes por el contrario, aseguraba que si en su mano estuviera, no saldría nunca Clarita de aquel mismo valle en que ella y yo habíamos pasado momentos tan apacibles.

»Un día, de que no renuevo nunca la memoria sin amargo dolor, aquel joven que acompañaba al incógnito la primera vez, y que según he dicho, parecía enamorado de mí, se presentó en la choza con aire tan abatido y melancólico, que bastaba verlo para presagiar que era portador de alguna funesta nueva.

»-¿Y mi esposo? -preguntó Clara, llena de temor-, ¿vive?

»-Vive, señora -contestó gravemente el mancebo.

»-Dios sea alabado -replicó mi hermana con un profundo suspiro-; ¿y por qué no viene con vos?

»A esto respondió el mensajero, refiriéndonos con brevedad su marcha del valle, y se reducía a haberse embarcado en Portugal mudando de hábito y nombres; llegando con felicidad a N, pasando de allí a Roma, y al cabo de pocos meses a Nápoles; por consejo de algunos amigos. Parece que en esta última ciudad hombres demasiado confiados dejaron entrever el secreto de mi cuñado a otros, que intimidados por el poder o seducidos por el oro de los españoles, lo pusieron en conocimiento del virrey, quien procedió sin tardanza a la prisión del desventurado, que entonces quedaba en el Castell-del-Ovo. Milagrosamente, sus inseparables compañeros pudieron sustraerse a favor de varios disfraces, a la persecución de los satélites del virrey, y el que entonces nos hablaba se encargó de venir a poner en nuestro conocimiento tan triste suceso, exponiéndose, como es de suponer, a peligros inmensos.

»Una revolución completa se obró entonces en Clara: aquella mujer, tímida como la paloma, dulce como el corderillo, se convirtió de repente en un ser animado del mayor entusiasmo.

»-Corramos -exclamó- a Nápoles. No en balde me ha dado el título de esposa suya; si la fortuna hubiera coronado sus esfuerzos, él repartiera conmigo su gloria y su esplendor: hoy que le es contraria, mi deber es participar de sus penas, morir con él, si necesario fuese. Ahora mismo, me pondré en camino.

»-Y yo contigo, Clara mía; nuestra suerte será la misma -dije yo.

»Clara me dio un estrecho abrazo. El capellán, que estaba presente, se opuso a este proyecto en vista de las dificultades y peligros que ofrecía; Marta le apoyó, y el mensajero mismo de mi cuñado se puso de su parte.

»Clara entonces, revistiéndose de una dignidad nueva en ella, dijo en tono solemne:

»-He dicho mi voluntad, y no la revocaré en esta materia. No se hable más de ello.

»Quedámonos todos mudos, y sólo se pensó en hacer los preparativos para el viaje. En dos días todo estuvo pronto; al tercero salíamos del valle; y el quinto, Clara, su hija, el capellán, el desconocido, el mulato y yo, nos embarcamos en Lisboa para Italia.»

A este punto del manuscrito de Inés llegaba don Juan, cuando un criado vino a avisarle que un señor magistrado le buscaba. Suspendió, pues, la lectura, aunque de mala gana, y encerrando los papeles en la cajita, bajó a la sala de estrado.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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Capítulo IV[editar]

 -Y no os tenéis que cansar;
 que yo sé no me conviene:
 ni daré por cuanto tiene
 un dedo del Castañar.

(García del Castañar, comedia.)


La persona que interrumpió a don Juan era don Rodrigo de Santillana, alcalde del crimen de la chancillería de Valladolid. Después de los cumplimientos de costumbre, don Rodrigo, con la facilidad de un hombre de mundo, entabló desde luego la conversación sobre el asunto a que iba.

-He sabido, señor don Juan -dijo-, que vuestro hermano el señor marqués piensa salir mañana de esta ciudad para la corte; y habiendo yo sido llamado a ella por el rey nuestro señor, vengo a suplicaros me alcancéis la honra de hacer el viaje en su compañía, pues de no ser así, hasta hallar ocasión de hacerlo con alguna comodidad se pasará más tiempo del que yo deseara.

Don Juan, a quien no le pesaba hallar ocasión de pagar la cortesanía con que don Rodrigo le había tratado en el lance del Campo Grande, pasó sin tardanza al cuarto de su hermano, y consiguió fácilmente la pretensión del alcalde. Enseguida presentó éste al marqués, y quedaron ambos muy satisfechos uno de otro.

Despidiose don Rodrigo; pero don Juan no pudo volver, como deseaba, a ocuparse en la lectura de la historia de su amada, porque el marqués le entretuvo, hablándole de asuntos de familia y haciéndole varios encargos para que los desempeñase durante su ausencia. Entre otras cosas, le encomendó muy particularmente que no dejase de visitar a menudo a cierta condesa viuda, quien tenía una hija única, llamada Blanca, que sobre ser heredera de inmensos bienes, pasaba por una de las más hermosas y discretas damas de ambas Castillas.

-Sois mozo -le dijo-, pero no tanto que no debáis ya pensar en estableceros, y seguramente ningún partido hallaréis tan ventajosa bajo todos los aspectos como el de uniros a doña Blanca.

-Hermano -replicó Vargas nada complacido con semejante insinuación-, yo por ahora no pienso en casarme. Además, debéis recordar que sólo he dejado a Flandes para vivir en vuestra compañía.

-Sí, es verdad; pero las circunstancias... quiero decir... En fin, aunque casado, siempre viviréis en Valladolid, y viene a ser lo mismo.

-No hablemos de eso, hermano, porque es inútil. Yo estoy seguro de que la madre de doña Blanca jamás se la dará por esposa a un segundón.

-Os engañáis: vos no sois pobre; y en punto a familia, les llevamos grandes ventajas. Su título, es de ayer; y su apellido; flamenco; y la antigüedad del nuestro es tanta como la de la monarquía. Esto es algo; y, además, yo tengo mis razones para creer que no seréis despreciado si lográis agradar a doña Blanca, cosa que de vos depende.

No quiso Vargas prolongar la discusión, y se calló; pero firmemente resuelto a no poner los pies en casa de la condesa, y a negarse al matrimonio, en cualquier ocasión que volvieran a proponérselo.

Toda aquella tarde y gran parte de la noche la pasaron ambos hermanos en arreglo de papeles, ajustes de cuentas y combinación de varias disposiciones relativas a asuntos de interés doméstico. Cuando todo estaba concluido, el marqués dijo a su hermano:

-Don Juan, somos mortales, y la hora de la muerte es incierta. Yo no soy aún anciano, y a Dios gracias disfruto de buena salud; pero no por eso tengo la vida asegurada: he hecho, pues, mi testamento, que cerrado y sellado queda en poder de nuestro escribano: hago en él por vos lo que puedo y debo como buen hermano, a quien nunca habéis dado un motivo de disgusto. Espero que si yo muriese antes de volver de este viaje, os conformaréis en todo con mi última voluntad, desempeñando fielmente la comisión que pongo a vuestro cargo.

Vargas respondió, que esperaba que no tendría el disgusto de perder a su hermano mayor, a su segundo padre, en muchos años; pero que si, desgraciadamente, el cielo lo ordenaba así podía el marqués estar seguro de que sus disposiciones se ejecutarían exactamente, cualesquiera que ellas fuesen, contando con que él, don Juan, por su parte, las miraría como sagradas.

Ya era más de media noche cuando los hermanos se separaron, y Vargas, que para despedir al marqués tenía que levantarse antes del alba, no pudo entonces continuar la lectura del manuscrito de Inés.

A la siguiente mañana, don Rodrigo, el padre Teobaldo y el marqués, entraron en el coche de éste, y salieron de Valladolid por la puerta del Carmen, con dirección a la corte. Don Juan, a caballo, los acompañó hasta un lugar distante dos leguas de la ciudad, que llaman Puente-Duero. Allí, al separarse, don Rodrigo, sacando la cabeza por la ventanilla del coche, como para despedirse de Vargas, le agarró la mano, y sonriéndose con aire maligno, le dijo, a media voz:

-El temperamento de Madrigal, señor don Juan, es harto mal sano; y la compañía de los frailes poco conveniente para un caballero mozo. Discreto sois: recibid este aviso amistoso, Cochero, arrea.

Obedeció el cochero y el carruaje, a pesar de lo arenoso del pinar por donde pasa el camino, se alejó con velocidad del paraje en que don Juan dudaba aún de si daría crédito a sus oídos.

-Parece -exclamó por fin- que toda la especie humana se ha empeñado en mezclarse en mis negocios y obrar misteriosamente conmigo. ¿De dónde sabe este alcalde que yo voy a Madrigal y visito allí a un fraile, si yo a nadie se lo he dicho? Dios me tenga de su mano, que bien lo he menester para no quedarme sin el poco juicio que me resta.

Hecha esta reflexión, para libertarse de las muchas y desagradables que le asaltaban, arrimó las espuelas al caballo; y el animal, acostumbrado ya a conocer las intenciones de su amo, salió a la carretera por el primer camino que se le presentó, que fue, no el de Valladolid, sino el de Simancas, que está poco más o menos media legua a la derecha de Puente-Duero.

No reparó Vargas en que había errado el camino hasta que, alzando los ojos, vio que el sol naciente doraba con sus primeros rayos la cúpula del torreón del castillo de Simancas, en donde años antes murió, mártir de la libertad, el obispo Acuña.

Aunque estaba impaciente por llegar a su casa para concluir la empezada historia de la bella portuguesa, se consoló con que el rodeo no había sido muy largo; y volviendo las riendas al caballo echó a andar a trote largo por la orilla del Pisuerga con dirección a la ciudad.

No muy distante de ella vio caminar por la misma senda que él iba, pero en sentido contrario, una mujer hermosa, montada en una excelente mula y acompañada por un mozo de a pie, en el cual reconoció, desde muy lejos, la gallardía y destreza del pastelero Gabriel de Espinosa. Tantas y tales eran las singularidades que don Juan había visto en aquel hombre, que ya no podía sorprenderle, por más inesperadamente que se le presentase. Miró, pues, ya que no como natural, al menos como muy poco maravillosa, su presencia en las cercanías de Valladolid; aun cuando era de suponer que estuviese entonces en Madrigal, y apresuró algo el paso para salir al encuentro.

Poco tardaron nuestros caminantes en hallarse frente a frente. Gabriel reconoció también a Vargas; pero no conviniéndole, sin duda, manifestarlo entonces; puso disimuladamente el dedo índice de la mano derecha sobre sus labios; en señal de silencio, mirando a Vargas significativamente; y fingiendo que el caballo se le había espantado, pasó a escape por delante del hermano del marqués, sin saludarle; éste no trató de estorbárselo, y saludando a la dama continuó su camino.

Luego que hubo andado algunos pasos volvió atrás la cabeza, y vio que Gabriel iba ya muy tranquilo al lado de la señora de la mula.

-Anda con Dios, hombre incomprensible -dijo para sí-. Hoy no te conviene conocerme: no me estuviera mal a mí tampoco no haberte visto jamás.

En estas y otras reflexiones llegó a la puerta de su casa, y allí lo olvidó todo para volver a ocuparse en la lectura de la historia de la bella Inés de Contiño.




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Capítulo V[editar]

Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis mirando, fue depositario de un alma en quien el Cielo puso infinita parte de sus riquezas.
(CERVANTES: Don Quijote, parte 1.ª, cap. 13).


MANUSCRITO DE INÉS

«Al embarcarnos llevamos con nosotros una suma considerable en dinero y alhajas, la mayor parte nuestras, y algunas cartas de recomendación para Nápoles que nos dio doña Francisca de Alba. Después de una navegación larga; pero sin contratiempos de otra especie, llegamos, por fin, a Nápoles; donde nos alojamos, lo más cerca que pudimos del Castell-del-Ovo, en una casa que tomamos por nuestra cuenta, diciendo que íbamos a Italia a cumplir cierta promesa hecha a San Jenaro.

»La misma noche de nuestra llegada fue a vernos el anciano que siempre iba en compañía de mi cuñado, avisado por el joven que fue a buscarnos al valle. Alabó sobremanera la heroica resolución de Clara, cuya mano besó, y nos dijo que su marido continuaba preso y custodiado con la mayor vigilancia.

»-Han estado a verle -añadió- el virrey y algunos otros grandes; el primero no se cubrió hasta que el preso se lo mandó expresamente; y a todos ha inspirado compasión y respeto la nobleza y dignidad con que soporta su infortunio; trátanle por ahora con las mayores consideraciones; pero han escrito a España; se está esperando por momentos la respuesta, que ya debía haber llegado, y la hora en que venga será la de su muerte.

» -¿Y podrá Felipe cometer tal infamia?

»-Podrá, señora, porque el monarca español no conoce el freno. El príncipe de Egmont, degollado en un cadalso; Orange, proscrito; su propio hijo bárbaramente asesinado, dicen bastante cuál es la suerte que aguarda a vuestro esposo, si no logramos sacarlo de la prisión antes que el tigre se aperciba de que puede imprimir en él su garra.

»Esta perspectiva espantosa y cierta afligió; pero no desalentó a Clara; que jamás perdió la esperanza de salvar a su esposo.

»Pero prodigamos el oro, y conseguimos corromper a un carcelero, estableciendo por su medio una correspondencia seguida con el preso, quien en su primera carta no hallaba expresiones con que encarecer su agradecimiento y amor; a su adorada Clara. Nosotros le informábamos sucintamente de los pasos que se daban en favor suyo, y de nuestras esperanzas, exagerándolas; pero no de nuestros temores; que no eran pocos, ni de pequeña importancia.

»El carcelero que habíamos ganado no era más que el llavero, que le llevaba la comida y le servía; pero para entrar y salir en el castillo era menester pasar en su interior por dos o tres puertas, guardadas cada una por distinto portero, y en lo exterior por medio de la guardia, que daban los tercios españoles que guarnecían la ciudad. Además, el gobernador del fuerte iba en persona todas las mañanas y noches a cerciorarse de la presencia del preso en su encierro. ¿Cómo, pues, ponerlo en libertad?

»Cada día se nos ocurría un nuevo proyecto, y cada noche nos acostábamos con el desconsuelo de haberse conocido la imposibilidad de ponerlo en práctica. Mi cuñado nos escribía que estaba resignado con su suerte, que cesáramos de exponernos por él a nuevos peligros, y que nos volviéramos a nuestro retiro. Pero, Clara, ni oír hablar de tal cosa quería, y yo no supe nunca pensar más que como ella. En todo este tiempo nos visitaron muchas veces los compañeros del esposo de mi hermana, que bajo diferentes disfraces, y confundidos con la clase ínfima del pueblo, permanecían en Nápoles.

»Todos ellos se ocupaban sin cesar en el mismo objeto que nosotros; pero tan infructuosamente también. Por fin, el más anciano de nuestros amigos formó un proyecto, que aunque complicado y difícil, ofrecía, sin embargo, más posibilidades de buen éxito que cuantos se habían imaginado.

»Un médico francés establecido en Nápoles fue quien intentó los primeros pasos de nuestra empresa, merced a una considerable gratificación. Por medio del carcelero sobornado, enviamos al marido de Clara una bebida, que a poco tiempo de tomarla no solamente le aletargó; sino que también le prestó todas las demás apariencias cadavéricas. Cuando por la mañana fue el mismo carcelero a llevarle el desayuno, fingiendo gran sorpresa de hallarle en aquel estado; corrió a dar parte al comandante del fuerte. Trasladose esté en seguida a la prisión, y creyendo muerto a mi cuñado, lo puso sin tardanza en conocimiento del virrey, quien también pasó; en persona a cerciorarse del hecho. Pero el brebaje del francés produjo tan maravilloso efecto, que, convencidos todos de que el preso había dejado de existir; mandaron que encerrado en un ataúd se le trasladase inmediatamente a una capilla próxima al castillo, para hacerle allí algunos sufragios, con el mayor secreto.

»Prevista esta circunstancia y por los amigos de mi cuñado, aquel mismo día; después de anochecer, se fueron aproximando por distintas partes a la Capilla; se hicieron abrir la puerta, no sé con qué pretexto, y amarrando al sacristán a uno de sus pilares envolvieron al supuesto muerto en algunas mantas que llevaban a prevención y salieron con él a la calle. De allí se dirigieron inmediatamente al puerto, y se embarcaron en un buque francés, que habíamos fletado enteramente por nuestra cuenta; sin detenernos, levantamos el ancla, y al vernos en alta mar, nuestro gozo fue indefinible.

»Veinticuatro horas completas permaneció el esposo de Clara aletargado. Al cabo de ellas volvió en sí, y habiéndole administrado la bebida; que a prevención, llevábamos por disposición del médico, cuando llegamos a Marsella iba ya completamente bueno.

»En Marsella, después de una larga conferencia entre mi cuñado y sus amigos, se decidió que convenía por entonces separarnos por algún tiempo; y así se verificó, en efecto, señalando el término de un año para reunirnos en España mismo.

»Clara, su esposo, su hija, el capellán y yo nos internamos en Francia, y fijamos nuestra residencia en un pueblecillo de las montañas del Languedoc, llamado Lacaune. Su situación, en medio de una sierra de las más agrias, los gigantescos peñascos que en todos sentidos lo rodean, y los torrentes que en la estación de invierno parece que van a inundarle, no se me olvidarán jamás; pero tampoco se borrará de mi memoria la hospitalidad y atenciones de sus habitantes.

»Para establecernos allí tomó mi cuñado el nombre italiano Fiormino; y se dio por un particular emigrado a causa de su aversión a los españoles, que entonces dominaban su país; esto bastó para hacernos el objeto de la solicitud de todo el pueblo. Visitonos cuanto en él había de familias nobles, que eran bastantes, y procuraron, en cuanto estuvo a su alcance, hacernos olvidar nuestras desgracias. Pero nada bastó para que mi pobre Clara recobrase su salud.

»Durante la prisión de su marido sufrió mi infeliz hermana tormentos indecibles, y le sucedió entonces lo mismo que al que padece una fiebre inflamatoria, que mientras ésta dura, parece animado y vigoroso, pero en desapareciendo le faltan las fuerzas. Así Clara; hasta que vio seguro a su esposo, mostró un valor y una energía verdaderamente heroicos, pero ya en Francia no pudo más, y empezaron a ser demasiado visibles los efectos de su penas.

»El más indiferente hubiera visto sin dificultad que aquel cuerpo tan bello caminaba a pasos agigantados a su disolución. ¿Qué haría una hermana que la adoraba? ¿Qué un esposo de los más tiernos?

»Ella misma no ignoraba su estado, y pensando aun entonces más en nosotros que en sí, no cesaba de prepararnos con sus discursos a soportar con resignación la irremediable calamidad de su muerte.

»Yo no sé si me engaño; pero esa filosofía, que nos hace soportar estoicamente la pérdida de los que amamos, la he considerado siempre como una más cara de la insensibilidad.

»Si hubiera de referir las lágrimas, los suspiros que entonces exhalé, sería este escrito interminable. Pero permítaseme pasar rápidamente sobre aquel amargo trance.

»Clarita no había aún cumplido dos años cuando su madre, atacada de una consunción ya en su último período, cayó en cama. Desde aquel instante al de su muerte, que se verificó un mes después, ni su marido ni yo nos apartamos un instante de su lado.

»El médico a quien llamamos movió tristemente la cabeza y nos dijo sin rodeos que Dios sólo podía ya hacer algo en aquel caso.

»-Ya lo sabía yo -dijo la enferma-, que su voluntad se cumpla.

»Nuestro capellán, que desde su infancia la había acompañado, fue quien le prestó los últimos auxilios espirituales.

»Un cuarto de hora antes de morir quiso ver a su hija, la bendijo, y después de apretar tiernamente la mano de su esposo, tomó la mía, diciéndome:

»-Inés mía, en tus brazos deposito a Clarita; sé para ella, lo que fuiste para mí, sírvele de madre.

»Llorar fue mi respuesta. Cruzó entonces Clara sus manos, y esperó tranquila el momento de comparecer ante el Padre de las misericordias.

»No manifestó: su semblante el menor síntoma de agonía ni de padecimiento. Estaba; sí, descolorida, pero tan tranquila como si no fuera a morir. Su alma, que conservó en la tierra toda la pureza de su ser primero, su alma; centro y depósito de todas las virtudes, rompió sin fuerza los lazos que la unían al cuerpo y subió satisfecha a gozar de la recompensa que merecía.

»Al expirar abrió un instante los ojos los fijó en nosotros, y dando un suspiro, volvió a cerrarlos para siempre. Una sonrisa indecible se dejó ver en aquel momento en sus labios.

»El dolor de su esposo fue silencioso; pero terrible. El mío, amargo, y será eterno. No ha pasado desde entonces un solo día sin que derrame alguna lágrima sobre la memoria de mi hermana.

»Para colmo de mi desventura, el capellán, ya muy anciano, no pudo resistir a la pena que le causó la muerte de Clara, y la siguió en breves días al sepulcro.

»La estancia en Lacaune no podía menos de sernos intolerable. Salimos, pues, de aquel pueblo, con el corazón lleno de amargura, y nos encaminamos a España. Entonces tomó mi cuñado el nombre de Gabriel de Espinosa, y para mejor encubrirse, el oficio de pastelero, en que el mulato Domingo le dio algunas lecciones, que por cierto aprovechó muy mal.

»De esta manera hemos vivido, ya en un pueblo, ya en otro, hasta nuestra llegada a Madrigal, en donde el señor don Juan de Vargas me conoció.

»Lo demás que me queda que revelar a este caballero es demasiado importante para que yo me atreva a confiarlo al papel, y aun lo que lleva escrito le suplico lo queme apenas lo haya leído.

I. C.»

Concluyó Vargas esta para él tan interesante lectura, más prendado, si posible era, que antes de empezarla lo estaba de la bella Inés, y lleno al mismo tiempo de satisfacción. No podía, en efecto, menos de sentirla viendo que la mujer a quien tanto amaba era igual a él en nacimiento y digna bajo todos conceptos de su estimación.

Sólo hubiera deseado saber quién era el misterioso Gabriel, cuyas desgracias le interesaban también a favor suyo; pero o Inés lo ignoraba aún, cosa poco probable, o temió escribir su nombre, que era lo más cierto.

En estas y otras reflexiones estaba entretenido, cuando entró en su cuarto estrepitosamente el comendador Hinojosa, con muestras de gran contento por una parte, y cierta risa irónica en la boca, por otra, que no se concertaban muy bien.

-Bien hallado, señor don Juan -dijo, dándole una palmada en el hombro con sobrada fuerza-; apuesto mi encomienda a que no adivináis las nuevas que os traigo.

-Si ellas son de tanto peso -respondió Vargas, encogiendo el hombro-, como vuestra mano, no las digáis, porque sin duda alguna me abrumarán.

-No sé yo si os abrumarán en efecto, pero nunca os serán, muy gratas. El señor marqués ha tratado de engañarme, pero el engañado ha sido él: Hinojosa es demasiado observador para que se le escapasen así las cosas. No os alborotéis hasta estar al cabo del negocio, que en llegando allá, tal vez no andaréis vos muy comedido con vuestro hermano.

-Sepamos, pues, de qué sé trata.

-De una friolera, a la verdad; de vuestra fortuna. Si Dios no lo remedia, el marquesado; primo y señor, voló.

-¿Habéis soñado esta noche, primo, y venís a referirme vuestros sueños?

-No, a fe mía, aunque a veces tengo mis tentaciones de creer que es un sueño lo que pasa. Pero escuchadme y oiréis maravillas. ¿Habéis oído hablar de una dama llamada Violante?

-Violante... Violante... Sí; me parece que hago memoria... Aguardad: ¿no fue dama del marqués?

-Precisamente la misma. Vuestro hermano la sorprendió in fraganti delicto, como diría el padre Teobaldo, con un tal don Rodrigo, de felice recordación, que después la abandonó también.

-Sea enhorabuena.

-No os impacientéis, que ya llegaremos al punto importante. No pudiendo hacer otra cosa, la dama se metió a beata. Se encontró encinta; y por medio de un buen fraile dominico, a quien ha embaucado, logró persuadir al marqués de que sus ojos le habían servido mal; y además, y en esto estriba la dificultad, le ha convencido de que su señoría es el progenitor de la criaturita que Dios sabe a quién debe el ser.

-¿Y el marqués se ha dejado engañar tan groseramente?

-Como un santo varón. Pero no para en esto la historia: ha reconocido al niño, haciéndolo bautizar con su nombre y apellido, sin quitar una letra; ha señalado a la madre una pensión, y ahora va a Madrid a legitimar al ilustre vástago para poder dejarle su título y rentas. No me interrumpáis, que aún tengo que decir, y no poco. Por si muere antes de verificarse la susodicha legitimación, ha hecho testamento, dejando todos sus bienes libres al señorito; pero en honor de la verdad, debo decir también que se expresa que, en caso de no morir el marqués hasta después de legitimado su hijo (así lo llama) por Su Majestad, entonces se entienda que el marquesado pase a éste, y los bienes libres a su hermano, el señor don Juan de Vargas.

-Hinojosa, entendámonos: o cuanto decís es una chanza, y para tal me parece muy pesada, o habláis de veras y entonces debo saber qué fundamento tienen tan importantes noticias.

-Y yo no tengo inconveniente en decíroslo. Desde que el dominico apareció aquí estoy sobre aviso: he observado los pasos del marqués; me he informado de la vida de Violante, y he sabido que el tal fraile era su confesor y la visitaba con frecuencia. Esto me ha bastado para averiguar el resto, para ir averiguando lo demás; pero a mayor abundamiento, el padre Teobaldo; confidente del marqués, se lo ha revelado al mayordomo; este al ama de llaves, quien deposita sus secretos en el despensero; de este pasó a cierta moza de retrete que no mira con malos ojos a mi lacayo, el cual me lo ha referido punto por punto. Y por si alguna duda nos pudiese quedar, tenéis al escribano, a quien he gratificado, pronto a enseñarnos la minuta del testamento, que está, gracias a Dios, claro y terminante.

-Ya veo que no tiene duda.

-Ninguna.

-Así, parece.

-¿Y qué pensáis hacer?

-No sé; nada.

-Admirable calma.

-¿Y qué hemos de hacer? La cosa ya no tiene remedio.

-No, en efecto, si tratáis de estaros mano sobre mano. Pero movámonos; opongamos la fuerza y la razón a las arterías de una ramera: tal vez lograremos impedir que empañe el honor de nuestra familia un infame bastardo, hijo acaso de algún caballero de industria. Nadie más interesado que vos en este asunto.

-Así es; pero yo no quiero disgustar a mi hermano. Haga ahora lo que quiera, no por eso dejará de haber sido un padre, y muy buen padre para mí.

-Nobles son esos sentimientos, pero intempestivos. El marqués está engañado, seducido por esa bribona, que Dios confunda, y es hacerle un beneficio evitar que cometa la necedad que intenta. Lo que conviene, pues, es que sin demora tornéis la posta para Madrid.

- ¿Yo dejar a Valladolid ahora? No por cierto; aunque en ello me fueran más coronas que las de los innumerables mártires de Zaragoza.

-Voto a Dios -exclamó Hinojosa; impacientado- que este tiene menos juicio aún que su hermano.

Riose Vargas de todo corazón de la cólera de su primo; y después de haber meditado algunos instantes, dijo:

-Lo que en esto se puede hacer es que vos, en quien tengo toda mi confianza, toméis a vuestro cargo el negocio. Desde ahora tenéis poderes amplios y completa aprobación para cuanto dispongáis. Si algo se ha de hacer ha de ser así; porque por mi parte me es imposible ocuparme en nada, pues tengo asuntos de más importancia.

-¡De más importancia que un título y grandes rentas!... En efecto, será preciso que yo tome el negocio a mi cargo, porque si no, sabe Dios en qué vendrá a parar la familia.

Salió diciendo esto del aposento, muy incomodado con el poco juicio de su primo, y al día siguiente por la mañana tomó la posta para Madrid. Don Juan no dejó de pensar algo en la singular conducta de su hermano; pero como Inés; y sólo Inés, podía ocuparle largo tiempo, a poco se olvidó de tal asunto para pensar únicamente en la entrevista que para el día inmediato le había prometido su dama.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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Capítulo VI[editar]

 Mas vano ha sido nuestro afán, y en vano
 por el nombre de Dios lidiado habemos:
 él retiró su omnipotente escudo;
 y coronar no quiso nuestro esfuerzo.
(QUINTANA: Pelayo.)


Recuerde el lector que en el capítulo IV de este tomo le hemos dicho que regresando don Juan de Vargas a Valladolid desde Puente-Duero por el camino de Simancas, había encontrado a Gabriel de Espinosa acompañado de una bella dama, y lo que no sabe y ahora le diremos, es que aquella mujer era Violante, la querida del marqués.

Espinosa salió de Madrigal para Valladolid el mismo día que tuvo con don Juan aquella conferencia en la celda del fraile. Llamábanle sus asuntos a aquella ciudad hicieron tiempo, pero ciertas razones le hicieron diferir su viaje hasta la época en que nos hallamos.

Fue a aposentarse a una casa de huéspedes, que la casualidad quiso fuese la que estaba enfrente de la que Violante habitaba. Viola por la mañana asomarse al balcón, y reconoció en ella una mozuela con quien había tenido amistad en uno de sus primeros viajes a Italia antes de casarse con Clara. La curiosidad le movió a ir a visitarla, y no fue poca su sorpresa al ver la decencia de los muebles y el místico adorno de las habitaciones.

Así que estuvieron solos la cortesana y el pastelero:

-Camila -le dijo éste-, ¡tú en España y vestida de hábito del Carmen! Fenómeno es esté que no esperaba ver.

Sorprendiose la taimada hasta no más, oyéndose llamar por su nombre que ya ella misma había olvidado, pero no reconociendo al que la hablaba; trató de imponerle, revistiéndose de una gravedad teatral; y respondiendo con enojo.

Señor gentilhombre, usted viene engañado; o trata de insultarme, porque me ve mujer y sola. Ni mi nombre es Camila, ni hay para qué admirarse de verme vestir este santo hábito; tome, pues, la puerta; que no gusto de recibir en mi casa visitas de gente desconocida.

Estuvo Gabriel mirándola de hito en hito mientras habló; y después, soltando, sin consideración alguna, la carcajada, contestó:

-Desempeñas tu papel que no hay más que pedir pero conmigo, créeme, es tiempo perdido el que gastes en tratar de engañarme. Y si no, vamos a cuentas: no puedes haber olvidado que hace algunos años, cuando te llamabas Camila, por señas, fuiste a Nápoles con cierto alférez de los tercios españoles, que, cansado de tus repetidas infidelidades, te abandonó a merced del público. También tendrás presente que un extranjero, a quien conociste con el nombre del señor Álvarez, te tomó por su cuenta, algunos días, hasta que le jugaste una de las tuyas y te envió a paseo.

Violante o Camila, que todo es uno; había estado escuchando aterrada tan circunstanciada relación, de una parte de su vida y milagros, pero, a pesar de ello, no dejó de examinar atentamente la persona del narrador, logrando al cabo recordar sus facciones.

-Es el mismo Álvarez -exclamó, no pudiendo contenerse-: es él o su sombra.

-Norabuena -contestó, siempre riéndose, Espinosa-: te has mudado el nombre; y yo también. Cada uno de nosotros habrá tenido para ello sus razones; pero no reconocerse amigos tan antiguos, es descortés hasta el último punto.

Ya no le era posible a la cortesana volverse atrás de lo dicho, aunque bien lo deseaba; hizo, pues, de la necesidad virtud, y afectando alegría, se dio enteramente a partido.

A fuerza de preguntar unas cosas y de adivinar otras por los antecedentes que tenía, se enteró Gabriel, sobre poco más o menos, de la historia de Violante en Valladolid; pero ella no supo más que lo que él quiso decirle, que fue poco o nada. En el fondo de su corazón deseaba la ninfa ver a dos mil leguas de sí al que la había conocido Camila; pero temiendo que si le descontentaba había de publicar lo que tanto le interesaba que no se supiese le llenó de caricias, y a fuerza de confianzas y agasajos quiso comprometerlo a entrar en sus intereses. Por, parte de Gabriel no hubo designio alguno; la curiosidad le llevó a verla la primera vez, y su inclinación a las mujeres a volver alguna otra, y a acompañarla en uno de los viajes que hizo a Simancas a ver a su hijo.

En tanto que esto hemos referido, don Juan, enterado ya de de la historia de Inés, fue puntualísimo en presentarse en el locutorio; y su dama no le hizo aguardar.

-¿Habéis leído mi escrito, don Juan? -preguntó la morena.

-Sí, lo he leído; y aunque jamás os hubiera visto, por su lectura solo os amara, Inés mía. No me digáis ahora que mi amor es una locura: iguales en nacimiento y fortuna, adorándoos yo, mirándome vos sin repugnancia; ¿qué se opone a nuestro enlace? Cesen, señora, cesen de una vez mis penas; vos podéis hacerlo, y yo no espero más que vuestra resolución.

-Don Juan, si en mi mano estuviera, hoy mismo sería vuestra esposa; pero no debéis haber olvidado...

-¿Que se me han impuesto condiciones? No por cierto; pero ya he dicho mil veces que ésta no es una dificultad. Cualesquiera que ellas sean, por duras que parezcan, yo las acepto desde luego.

-Conviene, sin embargo, que las sepáis. Los riesgos que se os van a ofrecer son de una naturaleza de los que no estáis acostumbrado a correr y aun imaginar. ¡Ah mi don Juan! Si sólo se tratara de exponer el pecho a las balas, de pelear cuerpo a cuerpo con uno o con muchos enemigos, yo estuviera segura de Vos; y si murierais, vuestra gloria me consolaría del dolor de perderos. Pero ¿querríais vos, qué digo vos, querré yo misma veros perseguido, cargado de cadenas, en un cadalso tal vez?...

-¡En un cadalso, Inés! ¿Deliráis?

-Ojalá, don Juan, pero yo no deliro: otro sí, y será causa de vuestra perdición y de la mía.

-En nombre de nuestro amor, explicaos, señora, de una vez.

-Comprendo vuestra impaciencia; yo misma la tengo, y no pequeña, de sacaros de dudas; y, sin embargo, no puedo menos de temblar al abrir los labios para confiaros este fatal secreto.

Calló Inés, y, don Juan también permaneció en silencio. Así pasaron algunos instantes, hasta que la dama, levantándose de su asiento y cerciorándose de que nadie había escuchando la conversación a la puerta del locutorio, empezó a decir:

-Ya habréis visto que cuando mi hermana se casó no me dijeron el nombre de mi cuñado; pero lo que ignoráis es que en Nápoles se me reveló este secreto. Entonces comprendí cuánto hasta aquel momento me había parecido oscuro.

»El que vos habéis conocido con el nombre de Gabriel de Espinosa y ejerciendo el oficio de pastelero, el que en Francia se llamó Fiormino, es, señor don Juan, el desdichado don Sebastián, rey de Portugal.

-¡Señora! Es indudable. ¿Y por qué permanecer oculto tanto tiempo?

-Eso lo sabréis escuchándome con un poco de paciencia, pues me será forzoso tomar las cosas de bastante atrás para mayor claridad.

»La suerte de las armas fue adversa, como sabéis, a don Sebastián en la expedición a África; y el monarca, furioso y desesperado de ver perdida la flor de la nobleza lusitana, derrotado su ejército y su gloria eclipsada, se arrojó, buscando la muerte, en medio de sus enemigos. Siguiole un escuadrón formado de los más valientes que aún quedaban con vida, en el cual iba por consiguiente lo más escogido de Portugal, prefiriendo morir honradamente al lado de su rey, a buscar su salvación en una fuga afrentosa. Casi todos murieron cubiertos de la sangre de sus enemigos, y bien vengados; allí dejaron de existir mi padre, don Sebastián de Contiño, y don Cristóbal Tabora, marido de mi tía.

»El rey y unos cuantos de sus valientes, defendidos por los mismos cadáveres de los enemigos que acababan de inmolar, pelearon desesperadamente, hasta que, sobreviniendo la noche, se retiraron los moros del campo de batalla. Entonces, después de un día entero, cesaron de dar cuchilladas. Todos estaban heridos, cuál más, cuál menos gravemente. La sangre del monarca corría por tres heridas: una de ellas, la más grave, debajo del brazo derecho; causada por un balazo.

»Seis u ocho compañeros, y estos heridos, era todo lo que le restaba al desdichado don Sebastián de su aguerrido ejército. Para restañar la sangre que corría en abundancia de sus heridas, tuvo que aplicarse un puñado de arena, pues no encontró cosa con que hacerse un vendaje. Jamás hombre descendió tan rápidamente del solio al colmo de la miseria.

»El anciano de quien tanto he hablado en mi escrito, y que ahora llamaré el marqués Domiño, fue el único que, habiendo tenido la dicha de escapar con una sola y leve herida, se conservaba en estado de discurrir, y propuso alejarse cuanto antes de aquel teatro de horror y desolación, al que los moros no dejarían de volver por la mañana. Hiciéronlo así, en efecto, metiéndose en un vecino bosque, en el cual no se internaron tanto como quisieran, por no permitírselo el cansancio de los caballos ni el dolor de sus heridas.

»¡Qué noche aquella para don Sebastián! Afligido por acerbos dolores, y reflexiones más amargas aún, extenuado de hambre, abrasado de sed, rendido por el sueño, y sin poder cerrar los ojos un instante, los lejanos clamores de millares de moribundos en el campo de batalla eran para él otras tantas y severas reconvenciones por su imprudente temeridad. "No deseaba ya entonces -me dijo, refiriéndome estos sucesos- la corona ni el poder. No eran el hambre, la sed ni las heridas las que me atormentaban, los remordimientos, sí, me despedazaban las entrañas; y si Domiño no se hubiera opuesto, aquella noche habría terminado yo mismo una existencia que los infieles no pudieron arrancarme".

»Tres o cuatro días vivieron en el bosque, sin otro alimento que el escaso y desabrido de algunos frutos silvestres, ni más agua que la de un pozo hediondo. Por fin, resueltos a todo antes que morir de hambre, salieron una noche de aquel paraje y se encaminaron a la playa, donde sorprendiendo a unos pescadores en el momento en que iban a entrar en su barca, se apoderaron de ella y les obligaron a remar, mal de su grado, en dirección a las costas españolas.

»Ya en alta mar y próximos a perecer por falta de víveres, encontraron un buque inglés, al cual se acogieron. Preguntando su capitán quiénes eran, le respondieron que unos soldados del ejército portugués, que a duras penas habían logrado salvarse del cautiverio en aquella barca. Los ingleses lo hicieron muy bien con ellos, y como se dirigían a Lisboa, no tuvieron inconveniente en echarlo a tierra en Lagos, puerto inmediato al Cabo de San Vicente, pues a don Sebastián no le convenía presentarse en la capital, en donde suponía, con razón, que todo estaría muy revuelto.

»Desde Lagos pasó don Sebastián a un convento de descalzos que estaba en el mismo cabo de San Vicente, y en cuyo prelado tenía entera confianza. Allí supo el mal aspecto que para él habían tomado los negocios de su reino, y se confirmó en la resolución de mantenerse oculto que ya tenía formada, y de que en la noche después de perdida la batalla hizo voto inconsideradamente. Pasaron los desdichados caminantes a Lisboa, y allí oyó don Sebastián predicar el sermón de sus propias honras a Fray Miguel de los Santos. Sus amigos se descubrieron cada uno a los suyos, iniciándolos en el secreto de la existencia del rey. El obispo que lo casó con mi hermana fue uno de estos, y asimismo doña Francisca de Alba, como esposa de don Cristóbal Tábora, persona que fue muy querida del rey, mereció igual confianza.

»Vagó algún tiempo el monarca por sus propios estados, como si fuera un malhechor; mas ni aun así quiso la suerte dejarle en reposo. La noticia de que aún vivía empezó a divulgarse, y don Enrique persiguió con tanto encarnizamiento a cuantos la decían, oían o presumían, que don Sebastián tuvo que salir de Portugal.

»Ya con un nombre, ya con otro; ora pasando por un mercader, ora por un artesano, recorrió toda la Europa; y al cabo de ocho años de trabajos, el amor patrio volvió a llevarle a sus estados.

»Entonces fue cuando, habiéndose empeorado una de sus heridas, y buscando un asilo seguro en donde poder curarse, doña Francisca de Alba le dirigió al valle que habitábamos Clara y yo. El capellán supo, desde luego, quién era nuestro huésped y los que le acompañaban; Clara no, hasta que viendo el rey que su virtud era inexpugnable, se decidió a casarse con ella.

»Los compañeros de don Sebastián eran el marqués Domiño; don Carlos, hijo natural de don Juan de Austria; el príncipe Abenamal de Dinamarca, y el joven Francisco, a quien los otros llamaban Francisquito, que, según tengo entendido, es hijo ilegítimo del rey. Los tres primeros le habían seguido a la batalla, como vasallo el primero, y en clase de voluntarios los otros dos; y todos pasan, igualmente que el rey, por muertos. Don Francisco se le unió en su segundo viaje a Portugal.

»Desde que este joven me vio, su inclinación a mí se manifestó claramente; y él mismo, acompañado del dinamarqués Abenamal, fue quien tuvo con vos el encuentro en el Campo Grande. Pero no anticipemos los sucesos, y volvamos a don Sebastián.

»Llegó el rey al valle y se enamoró de Clara; pero no podía permanecer allí mucho tiempo, pues le era forzoso recorrer el país para alentar a sus partidarios; o por mejor decir, para formar un partido con los servidores fieles que le quedaban, esparcidos en diferentes puntos.

Así pasó el tiempo que medió desde su conocimiento con Clara y matrimonio con ella hasta el viaje a Nápoles. He aquí la causa que lo promovió: el licenciado Juan Méndez Pacheco, tanto por el misterio con que todo aquel asunto se condujo, cuanto por algunas expresiones que doña Francisca de Alba dejó escapar en su presencia, sospechó que el herido cuya secreta cura se le había confiado y magníficamente remunerado, era el rey don Sebastián. Debía el médico haber guardado para sí sus conjeturas, cuando por otra, cosa no fuera por amor de su propia seguridad, al menos; pero no lo hizo así, y su imprudencia hubo de sernos a todos funesta. En cuanto a nosotros, ya sabéis, don Juan, las consecuencias que produjo; réstame deciros que al médico Pacheco le prendieron, y logrando a duras penas salvar su vida, fue destinado algunos años a galeras.

»Cuando volvimos a España, después de la muerte de mi amada Clara, nos aproximamos a las fronteras de Portugal, y en ellas encontramos a nuestros amigos, según el convenio hecho un año antes. El infatigable Cornimo no había cesado de trabajar, aunque infructuosamente. En los años transcurridos desde que don Sebastián pasaba por muerto; la usurpación había echado raíces. A la verdad, la masa del pueblo estaba descontenta con el yugo español, y la nobleza, abatida y menospreciada, suspiraba por un trastorno político; pero los tercios españoles tenían aterrados a unos y a otros. La nación, envilecida, no se sentía capaz de sacudir las férreas cadenas que la oprimían; y los magnates a quienes se hablaba de ponerse al frente de un movimiento popular, no respondían más que mostrando temerosos el coloso español, capaz de aniquilarnos con el menor esfuerzo que para ello hiciese.

»En medio de este desaliento general, había, sin embargo, algunos espíritus generosos que, convencidos de la existencia de don Sebastián, conjuraban para restablecerle en el trono. En vano los satélites de Felipe descubrían siempre aquellos proyectos, y una muerte pronta e infamante para sus autores fue el último resultado que produjeron.

»Tal fue el desagradable cuadro que Domiño nos hizo del estado de los negocios en Portugal, y en su vista difirió el rey entrar por entonces en aquel país; Domiño y los otros tres caballeros se volvieron a él; nosotros nos fuimos a establecernos primero en la Nava de Medina, y después en Madrigal, que dista de allí tres leguas.

»Poco más de un mes hacía, don Juan, que estábamos en aquel pueblo, cuando el Destino os condujo a él. Llegasteis precisamente el día en que don Sebastián, habiendo reconocido en el vicario de Santa María la Real a fray Miguel de los Santos, su antiguo confesor y predicador, quiso probar si aquel religioso le reconocería también a él. Con este objeto le esperó y habló cuando se retiraba de decir misa, según presenciasteis vos mismo. Debería sin duda el supuesto Gabriel no haberlo hecho en vuestra presencia, atendiendo a que la obstinación con que seguisteis sus pasos os hacía sumamente sospechoso; pero don Sebastián no conoce obstáculos a su voluntad; y plegue a Dios que su inflexibilidad no sea funesta para todos.

Figuraos cuál sería la sorpresa de fray Miguel cuando oyó la voz de su rey, que tan conocida tenía, y mirando sus propias facciones. Al principio dudaba de conocerlas; pero tan prontas y tales fueron las cosas que don Sebastián le dijo, de aquellas que sólo él y su confesor podían saber, que no le fue posible al vicario negarse a la evidencia.

»Fray Miguel, conservando siempre la esperanza de que don Sebastián volvería a presentarse, había procurado formar en Portugal un partido a su favor, y para que sus relaciones con aquel reino fuesen menos sospechosas, hizo ir a establecerse en Madrigal al médico Juan Méndez Pacheco, que le servía de agente.

»Pero lo más interesante que ha hecho el vicario en favor de su rey, ha sido poner de su parte a la señora doña Ana de Austria, digna hija de su ilustre padre. Debemos a esta señora singulares beneficios; y es de presumir, si el cielo protege; nuestra causa, que la veamos sentada en el trono de Portugal.

»He aquí, don Juan, la explicación de todos los misterios que tanto os han confundido.

-Aún quedan, bella Inés -respondió Vargas-, algunos puntos que aclarar. La aventura de la ermita, por ejemplo.

-Voy a explicárosla. Los amigos del rey, después de haber recorrido de nuevo el Portugal y tomado allí sus medidas, vinieron a reunirse con él, repartiéndose, para no llamar la atención, en diversos pueblos de las cercanías de Madrigal. No habían venido esta vez solos, sino acompañados de varios señores portugueses, que comisionados por los de su partido, traían el doble objetó de cerciorarse de la existencia de don Sebastián y de recibir sus órdenes. Era, pues, preciso celebrar algunas juntas, y ningún paraje les pareció más a propósito para ello que la bóveda-panteón de una ilustre familia que existe debajo de la ermita a cuyas inmediaciones nos vimos.

-¿Y vos -exclamó Vargas; con visibles señales de descontento-, y vos lo sabíais?

-Sabía que se reunían cerca de Madrigal, pero no en qué paraje. Además; debéis recordar que la elección del lugar de la cita fue vuestra, y no mía. Sucedió, pues, que los conjurados, si tal nombre puede darse a los que defienden tan justa causa, advirtieron que había gente extraña en las ruinas. Y temiendo ser descubiertos, hicieron lo que no habréis olvidado.

-No por cierto, ni lo olvidaré en mi vida.

-Fray Miguel fue quien en aquella ocasión os salvó la vida.

-La suya fue entonces la voz que yo creí reconocer.

-Sin duda lo era. Don Sebastián se presentó después, y según parece, estaba enterado de nuestra cita.

-¿Cómo?

-Lo ignoro, no puedo creer otra cosa sino que el mulato Domingo, viéndome salir sola de casa, me siguiera los pasos, y después informara a su amo de lo ocurrido.

-Así parece probable. ¿Pero, y vuestra repentina salida de Madrigal?

-Fue consecuencia de lo acordado en aquella misma junta. Los portugueses ofrecieron reunir en los montes un número considerable de soldados tan luego como el rey se presentara en sus dominios a cara descubierta; y don Sebastián, para quien la triste condición en que vive ha llegado a ser insoportable, resolvió prestarse a todo. Pero como para su presentación en Portugal son necesarios grandes preparativos, pues el rey no quiere entrar pordioseando en sus estados, se resolvió, que se difierese por algunos meses el alzamiento, para disponer en ellos lo conveniente. Inútil es conveniente. Inútil es deciros que Madrigal no ofrece recursos ningunos; y que es, además; demasiado pequeño para que cuantos pasos se den dejen de ser públicos.

-Ya os entiendo; habéis venido a Valladolid a hacer compras.

-Así es la verdad. He sido recomendada por la señora doña Ana de Austria a este monasterio, bajo el nombre de doña María de Castro, suponiéndome sobrina de cierto abad; como el pretexto de mi estancia aquí es un pleito, salgo del convento siempre que lo creo conveniente y me es forzoso.

-Un solo punto nos resta por aclarar, señora mía.

-¿Cuál es, señor don Juan?

-Cierto lance en el Campo Grande.

-Vamos a él. Cuando os vi en Medina os cité para el primer paraje que se me ocurrió entonces; pero por un efecto de la fatalidad que nos persigue desde que nos conocimos, quiso la suerte que las cercanías del Carmen fuesen precisamente el punto escogido por el dinamarqués Abenamal para verse en la noche misma que nosotros escogimos con una dama, o más bien mujer a quien galantea. Acompañado por don Francisco fue a esperarla; y ya sabéis lo que pasó sobre dejar o no dejar el campo libre unos a otros. Pero don Francisco, irritado por mi indiferencia con él y celoso de vos, promovió la pendencia, y el brutal dinamarqués, olvidándose de las reglas del honor, os atacó también. ¿Soy culpable, Vargas?

-No, mi bien; no, mi vida. Perdonadme, si merece perdón el que se atreve a pensar mal de un ángel.

-¡Siempre exagerado; siempre en los extremos! No, don Juan, yo no soy ni liviana ni intrigante, pero tampoco un ángel: estoy muy lejos de tal perfección.

-Inés, yo os juro...

-¿Que me amáis? Me complazco en creerlo.

-Si así es, ¿por qué tardáis en ser mi esposa?

-Después de lo que habéis oído, no se puede ocultar a vuestra penetración que la hermana de Clara, la cuñada del rey don Sebastián, la que, en fin, ha prometido solemnemente servir de madre a su hija, no puede separar su suerte de la del infeliz monarca. No creáis, Vargas, que, la ambición me lisonjea con sus ilusiones; acaso soy yo la única persona que en este negocio no se las hace. Conozco que Portugal, unido todo con su rey en el trono, y, aun suponiéndolo en sus más prósperos días, no basta a resistir uno solo al poder del orgulloso potentado en cuyos dominios jamás se oculta la luz del sol, ¿Qué será, pues, en las actuales circunstancias? Preveo una sangrienta catástrofe, y miro la ruina de don Sebastián y los suyos como inevitable. Sin embargo, estoy resuelta a perecer con él, pues que el destino lo quiere así. Ved, pues, el tálamo que os ofrezco: mi mano no puede ser vuestra sin que tiréis la espada en favor de don Sebastián.

-Suyo soy entonces hasta la muerte.

-¡Don, Juan!...

-No habléis más señora. Su causa es justa; y, aunque no lo fuera, conozco que haría lo mismo. Sin vos, ni la vida ni la honra estimo en nada.

-El rey sabrá hoy vuestra resolución; volved mañana.

-Esposa mía, adiós.

-Él os guarde, mi señor.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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Libro cuarto[editar]

Capítulo I[editar]

 Sí, yo te seguiré. Deja, Pelayo,
 que a tu diestra valiente una mi diestra;
 que me alboroce viéndote, y contigo
 al moro jure interminable guerra.
(QUINTANA: Pelayo.)


Grande era el contento que Vargas sentía en haber salido del estado de ansiedad en que había vivido durante los últimos meses, pareciéndole mejor correr los evidentes riesgos que su nueva posición ofrecía, que estar como antes continuamente en contradicción consigo mismo.

Reflexionando, sin embargo, en el modo con que se hallaba tan inesperadamente comprometido en la más aventurada de las conjuraciones, en cuyo éxito favorable o adverso realmente ningún interés personal tenía, admiraba con razón los caprichos de la fortuna. Dotado, como lo estaba, de un entendimiento claro, y no siendo por naturaleza ambicioso, no podía menos de conocer que era lo más descabellado que podía imaginarse exponer la vida, la fortuna y la honra: ¿y para qué?; para sustraer a la dominación española el reino de Portugal; que siempre debería haber formado parte de nuestra nación, la cual tal vez necesita que toda la península forme un solo cuerpo para ocupar entre las demás potencias el lugar que le corresponde. Pero a esta reflexión, y otras de no menos peso, se oponía el amor de Vargas, amor que le dominaba completamente y al cual estaba resuelto a sacrificarlo todo sin excepción.

Con tales disposiciones se presentó de nuevo en el convento de Inés, y después de una larga conversación con ella, en la cual, al cabo de dos horas, vinieron a decirse, en resumen, que se querían entonces, y se querrían siempre, salió de allí quejándose de no haber tenido tiempo para hablar de su amor.

Parecíale tal vez robado el tiempo que Inés tardó en indicarle el paraje y hora en que podría verse con el que continuaremos llamando indistintamente Gabriel de Espinosa, o don Sebastián, pues de ambos nombres usaba, según las circunstancias.

Ya tarde, en la noche del día en que nos hallamos, salió Vargas de su casa con magnífico vestido, una excelente espada, envuelto en una capa de camino que le cubría enteramente, y para mejor disfrazarse, con un sombrero de ala ancha. En este equipaje se encaminó por calles excusadas a cierto callejón del barrio de la Mantería, situado en uno de los extremos de la ciudad; al ir a entrar en él, un hombre que, apoyado con negligencia a la esquina, parecía estar medio borracho, le dijo tartamudeando:

-Buenas noches, amigo ¿se va de ronda?

-Esta noche no rondan más que las brujas -respondió Vargas, quitándose al mismo tiempo el sombrero y cubriéndose el rostro con él.

-Adelante -respondió el otro, ya en voz clara y con firmeza-, la tercera puerta a la derecha.

-No, sino la cuarta -dijo Vargas-; y continuó su camino.

Contando entonces cuatro puertas en la acera izquierda, tocó el aldabón de la que completaba este número y dio con él dos golpes con tanto tiento que a pesar de lo corto de la distancia no los oiría sin duda el de la esquina.

Una voz que parecía de mujer vieja preguntó, desde adentro:

-¿Quién anda ahí?

-Amigo -fue la respuesta de don Juan, dando una palmada.

-Yo no tengo amigos -replicó la vieja-; váyase noramala.

-Me iré -replicó don Juan-, pero no sin decirle que la luna no ha salido aún -y volvió a dar otra palmada.

Entonces se abrió la puerta, y se halló nuestro caballero en un zaguán mezquino y sucio, en el que una mujer vieja y andrajosa tenía un lecho de malísima paja. Ya dentro, arrolló Vargas su capa y sombrero, y poniéndose su capacete, correspondiente al resto de su vestido, pasó por una puerta que le indicó la vieja un vestíbulo, en el que halló dos hombres armados con arcabuces, espadas y dagas.

-¿Qué os trae a este lugar? -dijo uno de los armados.

-El amor de la verdad y el deseo de la honra -le contestó el caballero; y hallando el paso franco, después de atravesar aún otra antesala, si se le quiere dar este nombre, se metió en un granero de no pequeñas dimensiones, que bien limpio, medianamente adornado y perfectamente iluminado por crecido número de bujías, ofrecía un aspecto mixto entre salón y desván.

Unos bancos de pino, cubiertos con unas cortinas de damasco anaranjado, o que tal había sido, corrían alrededor de aquella sala, y en la cabecera de ella se veía un gran sillón de los que los frailes usan en sus celdas, también cubierto del mismo modo.

A los pies de la sala, y alrededor de una mesa correspondiente al resto de los muebles, estaban sentadas, escribiendo tres o cuatro personas.

Las que había en el salón cuando entró don Juan serían hasta veinte, entre ellas tres o cuatro eclesiásticos con manteos; los demás iban cuál más; cuál menos, ricamente vestidos. Algunos llevaban al pecho diferentes cruces, y uno de los que estaban escribiendo llevaba una banda roja.

Los demás se paseaban por la sala, en grupos de dos a tres personas, hablando entre sí en voz baja.

Al entrar Vargas todos se volvieron hacia él y contestaron a su saludo con cortesía; en seguida continuaron sus paseos a todo lo largo del salón.

El anciano de la banda roja no había reparado en su entrada; pero habiendo alzado la cabeza y fijado la vista en él, se levantó inmediatamente de su asiento, y acercándosele con aire cordial, le dijo:

-¿Es el señor don Juan de Vargas a quien tengo la honra de hablar?

-Un criado vuestro -contestó este, satisfecho de que hubiera entre tantos uno que le hablase.

-Mi nombre -continuó el de la banda- no os será tal vez desconocido, aunque sí mi persona, por no haber tenido hasta ahora ocasión de hablaros; yo soy el marqués Domiño.

Reconociendo entonces Vargas que hablaba con el fiel servidor de don Sebastián, de quien tanta mención se hacía en las memorias de Inés, le colmó de atenciones, y el marqués por su parte no andaba menos comedido.

-Su Majestad -dijo- no tardará en honrarnos con su presencia; ahora permitidme que concluya el arreglo de algunos papeles interesantes, de que me es forzoso darle cuenta esta misma noche, y contad con que tenéis en mí un verdadero amigo y admirador.

Volviose, acabando de hablar, a la mesa, y dejó a Vargas solo de nuevo, teniendo por recurso que dedicarse a observar cuanto pasaba en torno de él.

Desde su llegada no habían cesado de irse presentando nuevos personajes de todas especies, y en uno de ellos reconoció don Juan a su rival don Francisco. Debió éste de conocerle también, pues mudó de color al verle; y saludándole, pasó a unirse a otras personas de las que allí estaban.

Así se pasó como una hora, y al cabo de ella, oyéndose en el cuarto antes del salón dos recias palmadas, el marqués Domiño se levantó de su asiento, y después de haber dicho en alta voz «El rey, señores», se encaminó a la puerta de entrada, que abrió de par en par.

Todos los circunstantes, descubiertos, se colocaron entonces alrededor del salón, observando el más profundo silencio.

Los dos centinelas de la segunda antesala guardaban la entrada con sus arcabuces; agarrados con la mano derecha por la garganta de la culata y dejando descansar la caja sobre el hombro del mismo lado.

Pocos minutos después se dejó ver don Sebastián con un vestido negro completo, y sin más adorno que el de una cadena de oro, de la cual pendía una medalla, y en ella esculpida la efigie de la Virgen nuestra Señora.

El puño de la espada era de acero primorosamente labrado, y el del bastón, de oro; con algunos brillantes.

Cuando entró en el salón, los presentes se inclinaron respetuosamente, y él, quitándose el bonete, saludó con gracia y desembarazo.

Sentado ya en el sillón que le estaba destinado, mandó que los circunstantes se sentasen, y dijo:

-Años ha, señores, que la fortuna no me ha concedido un momento tan grato como el presente, en que me veo rodeado de tantos y tan buenos servidores. Con su auxilio y el favor de Dios, espero que en breve lucirá para Portugal el día de la libertad. Vea yo la bandera lusitana ondear un día en el campo de batalla; séame dado pelear aún al frente de mis valientes soldados, y muera yo después; habré llenado el más violento, el más justo de mis votos. Os he reunido, señores, para que, ilustrado con vuestros consejos, pueda yo decidir lo más conveniente. El momento de obrar es ya llegado. Harto tiempo hemos gemido en la esclavitud y en la miseria. La historia no ofrece acaso ejemplo de monarca tanto y tan largamente sujeto al rigor del destino; permanecer así más tiempo sería cobardía. Morir o vencer será desde hoy mi divisa.

-Y la nuestra -exclamaron entusiasmados la mayor parte de los conjurados.

-Ese entusiasmo -continuó don Sebastián-, que llena de alegría, es un feliz presagio de la victoria. Marqués Domiño, podéis hablar.

-Vuestra Majestad -dijo Domiño- me ha mandado poner a la vista de los ilustres personajes aquí reunidos un cuadro exacto de nuestra posición, recursos y esperanzas; sin omitir los obstáculos que oponen a nuestra justa empresa. Procuraré hacerlo con toda la concisión, exactitud y claridad que alcance:

»No me cansaré en demostrar la justicia de la causa de Vuestra Majestad; esta es tan evidente, que no necesita razones en su apoyo. Por otra parte, los que me escuchan dan en hallarse en este paraje una prueba incontestable de su fidelidad y decisión por su legítimo rey.

»Nuestro objeto no es otro que el de arrancar de mano del usurpador Felipe el reino de Portugal. Para conseguirlo, contamos con nuestros amigos y con los muchos enemigos que dentro y fuera de sus estados tiene, gracias a su detestable política.

»Vuestra Majestad ha oído ya diferentes veces a los enviados de Portugal, que están presentes, y prontos a confirmar cuanto diré. Según ellos aseguran, y yo mismo he tenido ocasión de observar, los portugueses están ya impacientes por romper el yugo de hierro que los oprime. Apenas hay uno de todos ellos que no haya sufrido alguna vejación del monarca español. La masa no puede estar mejor dispuesta; trátase sólo de inflamarla; de dar a la indignación pública el conveniente impulso; y esto lo ha de hacer la presencia de Vuestra Majestad.

»En vano Felipe se ha esforzado en convencer con el tormento, el fuego y la cuerda a los portugueses; de que su rey ha dejado de existir; la mayor parte de ellos creen lo contrario, y para convencer a los restantes la evidencia bastará.

»Hay, sin embargo, hombres en Portugal, y algunos de ilustre nacimiento, que unidos a la usurpación con los lazos del interés, y ejerciendo a su sombra una autoridad sin límites, harán los últimos esfuerzos contra nuestros designios. Éstos, los españoles que allí mandan, y los tercios que guarnecen nuestras fortalezas; serán los enemigos que tengamos que combatir; y para hacerles frente; es preciso contar con algunos soldados, desde luego.

»Para este objeto se ofrecen trescientos hidalgos portugueses; en cuyo nombre han venido los señores Sousa, Coello, Ebora y Renteiro. La universidad de Coimbra ofrece también a Vuestra Majestad cincuenta lanzas por medio del doctor Saldaña; respetable eclesiástico, que está en camino para esta ciudad.

»En una palabra, cualquiera que sea el punto de la frontera que Vuestra Majestad designe para el alzamiento, puede contar en él con más de cien caballeros y unos quinientos peones. Esta fuerza es bastante y sobrada para oponerse a las primeras tentativas de los tercios españoles, y dar lugar a que se unan a Vuestra Majestad mayor número de sus fieles servidores, con cuyo auxilio podrá apoderarse de una de las ciudades principales.

»Conseguido esto, la voluntad de los portugueses se manifestara sin rebozo; los españoles serán apenas dueños del terreno que pisen, y éste no será mucho, atendido su reducido número en el reino.

»No es tampoco de temer en lo sucesivo el poder de Felipe, por más colosal que parezca. Flandes absorbe hoy su atención entera; allá van a consumirse los tesoros de las Indias; allí sus mejores soldados; allí; en fin, está el principal apoyo de Vuestra Majestad.

»Isabel de Inglaterra verá con gusto desmembrarse el reino de Portugal de la corona española, y si no me atrevo a asegurar que nos auxilie abiertamente con sus armas, es por lo menos cierto que podemos contar con grandes socorros de su parte. Los insurreccionados de Flandes no podrán menos tampoco de prestar la mano a la obra de nuestra regeneración. Y el rey de Francia y el emperador de Alemania mismo no dejarán, en cuanto puedan, de contribuir a la minoración del poder del rey de España; cuyos vastos dominios le hacen el perpetuo objeto de sus celos.

»He demostrado, a mi entender, que Vuestra Majestad no tiene que tener por parte de las otras testas coronadas oposición alguna a la justa recuperación de su trono; que las que no se interesen por Vuestra Majestad directamente, permanecerán neutrales; y que el rey Felipe, empeñado en una guerra destructora; y que, por la manera con que se conduce, se ha hecho interminable, pocos o ningunos esfuerzos podrá hacer para conservar la corona que usurpa.

»Pero aún hay más. Dentro de España, a la vista misma del tirano, hay muchos hombres valerosos, de ánimo independiente y heroicos pensamientos, que pueden apenas soportar los hierros que los agobian.

»Aún humean en Aragón las cenizas de la pasada revolución. La sangre de Lanuza, que corrió traidoramente derramada en un cadalso, fermenta sordamente.

»Felipe camina sobre un volcán, que una sola chispa basta a incendiar. Vuestra Majestad tiene en su mano provocar la explosión, y espero perdonará mi osadía si me atrevo a decirle que debe hacerlo.

»Aragoneses y castellanos están mal contentos con el establecimiento de la inquisición. Y Vuestra Majestad se ha dignado prometer protección a todos los perseguidos por él, sin más condición que la de tomar parte en la gloria de restituir a Portugal su independencia.

»En mi mano tengo una humilde súplica que algunos reverendos eclesiásticos presentan a Vuestra Majestad en nombre de varios otros; en la cual ofrecen a Vuestra Majestad el auxilio que sus brazos, personas y haciendas puedan prestar para su empresa, y las condiciones que por ello reclaman son tan moderadas; tan justas; que Vuestra Majestad no dejará de considerarlas.

»Al frente del cuerpo auxiliar español se pondrá un noble castellano, de ilustre linaje, valor conocido y notoria pericia en el arte de la guerra, a quien Vuestra Majestad, convencido de su fidelidad, se ha servido honrar con este encargo, esperando que sus compatriotas; a sus órdenes, darán pruebas de su acostumbrada bizarría.

»Tal es señor, el estado de los negocios de Vuestra Majestad; pero por más lisonjero que parezca, por más que el triunfo se nos figure indudable, ahora más que nunca debemos obrar con prudencia y cautela.

»No por anticipar un día al proyecto malogremos para siempre el trabajo de muchos años. Antes de mucho, sólo habremos menester el valor en el campo de batalla; hoy la sagacidad y el disimulo para sustraernos a las continuas pesquisas del enemigo. Dixi.

Este largo discurso, que sin duda estaba no sólo preparado; sino estudiado de antemano; fue oído por toda aquella asamblea con grande atención e interés. Vargas, en particular, que por primera vez pensaba entonces seriamente en la empresa en que había tomado parte, recogió hasta la última sílaba; y si bien admiraba la capacidad con que el marqués Domiño había reunido todas las circunstancias que militaban a su favor; dándoles el conveniente colorido, disminuyendo al mismo tiempo el poder de su enemigo, no pudo menos de conocer que, por más que se dijese, el proyecto ofrecía inmensos peligros.

Sin embargo, don Juan, ni quería ni podía ya volver el pie atrás; y prestándose a lo que en su posición era indispensable, tanto trabajó en convencerse a sí propio de que don Sebastián podría triunfar, que casi llegó a creerlo.

Dejó don Sebastián pasar algún tiempo después de haber Domiño cesado de hablar, y cuando ya creyó que el auditorio estaba preparado a oírle; dijo:

-Acabáis de oír la fiel pintura de nuestra situación: si alguno de vosotros tiene algunas observaciones que hacernos, yo le permito y le mando que hable.

Entonces los circunstantes se miraron todos unos a otros, como para examinar qué efecto habían producido las palabras del rey pastelero; y al cabo de algunos instantes tomó la palabra uno, en cuya voz reconoció Vargas la de la persona que le había tomado el juramento en la ermita de Madrigal, y lo era en efecto.

-Rey y señor mío -dijo-: los fieles vasallos de Vuestra Majestad, en cuyo nombre tenemos la honra de hallarnos hoy en vuestra real presencia algunos caballeros portugueses, están prontos a confirmar con las obras las ofertas tantos veces repetidas de sacrificar sus vidas y haciendas en defensa de vuestra Majestad. Una súplica es la que se atreven a hacer, humildemente puestos a los pies del rey y señor natural, que es la de rogarle que apresure el ansiado momento de tomar las armas. La dilación entibia los ánimos de unos, expone a los otros a crueles persecuciones y fortifica a los enemigos de la justa causa. Dígnese, pues, Vuestra Majestad tomar en consideración esta súplica reverente y hacer en ello lo que fuere de su real agrado.

-Señor Sousa: ese impaciente ardor de mis leales vasallos -contestó don Sebastián- es sumamente grato para mí. Yo procuraré no retardarles mucho la ocasión de darme pruebas de su fidelidad y valor.

Uno de los eclesiásticos, levantándose entonces de su asiento y haciendo una profunda reverencia, a la que el rey contestó con una leve inclinación de cabeza y una seña para que hablase, lo hizo de esta manera:

-Señor: el marqués Domiño ha ofrecido a Vuestra Majestad la asistencia y auxilio de algunos españoles a quienes la tiranía de su rey obliga a sustraerse de su dominio. Yo, en nombre de los descontentos, confirmo esta oferta. En esta misma ciudad existen muchos de ellos; y en las demás del reino se encuentran a millares. El caballero a quien Vuestra Majestad se ha dignado confiar el cargo de su caudillo, podrá cerciorarse por sus propios ojos de la verdad de sus palabras.

Los que están prontos a tomar las armas dejan a la real munificencia de Vuestra Majestad el cuidado de señalar recompensas a sus servicios. Nada estipulan ni quieren estipular en este punto.

La única condición que ponen, la cláusula sine qua non del tratado que tienen la honra de hacer con Vuestra Majestad, es que, concluida la guerra, les será permitido vivir en el reino de Portugal según sus conciencias, sin que ni el tribunal de la inquisición ni otro alguno pueda inquietarles en materias de fe.

Vuestra majestad, que en sus diferentes viajes ha recorrido la Europa entera, y a cuya real penetración no se habrá ocultado ninguna de las causas de su engrandecimiento o desmejora; habrá sin duda observado que los cristianos reformados, tan sin piedad perseguidos en España, tienen acogida en los más florecientes de ellos.

En apoyo de esta aserción, la Inglaterra, la Escocia; y gran parte de Alemania, se hallan en este caso.

Ni este es lugar a propósito, ni da de sí el tiempo lo necesario para extenderme en largas disertaciones sobre la conveniencia de la tolerancia religiosa.

A Vuestra Majestad toca decidir si le conviene o no aceptar en este caso la alianza de los españoles; cuyo nuncio soy con la expresada condición.

Una reverencia todavía más humilde que la primera terminó este discurso, que don Sebastián y Domiño oyeron impasibles, sin dar señales de aprobación ni descontento, y la asamblea se mostró dividida en distintos pareceres.

Don Francisco, don Carlos, Abenamal, y algunos otros, pensaban que el auxilio de los españoles era de la mayor importancia; y que limitándose los reformados, como se limitaban, a pedir una simple tolerancia en materia de fe, sin exigir protección ni paridad con el culto católico, sería desatino negarse a su propuesta. Pero los portugueses Sousa y Coello no podían avenirse con la idea de asociarse con herejes luteranos y calvinistas; y de esta misma opinión no faltaban personas entre los circunstantes.

Cuando el eclesiástico español cesó de hablar, un rumor sordo se dejó oír por todo el salón: los que opinaban en su favor se miraban, dando visibles muestras de aprobación; y los contrarios, hablando entre sí en voz baja, se preparaban a oponerse sin rebozo a su propuesta.

Coello, poniéndose en pie y saludando al rey, exclamó:

-Los portugueses, señor, se han gloriado siempre de vivir en el gremio de la santa iglesia católica, apostólica, romana, única verdadera, fuera de la cual no hay salvación. Y la condición que los españoles ponen para tomar las armas en defensa de Vuestra Majestad, si se acepta, destruirá para siempre nuestra opinión religiosa, manchando el suelo de los dominios de Vuestra Majestad con el baldón de la herejía. ¿Por ventura no serán bastantes los vasallos naturales de Vuestra Majestad a ponerlo en su trono, sin mendigar el apoyo de los españoles descontentos? Señor: Vuestra Majestad es dueño absoluto de nuestras vidas y haciendas; pero en la honra y en la religión no puede...

-Sobrado tiempo os he escuchado, Coello: yo resolveré este asunto como sea de mi real agrado, y os dejo salvo el derecho de hacer de vuestra persona lo que os parezca conveniente -le interrumpió don Sebastián, justamente indignado de que en tan críticos momentos se quisiera sembrar la división en su partido.

Coello, aterrado, murmuró algunas frases de obediencia, fidelidad, celo y religión, ocupando confuso su asiento.

Don Sebastián, sin atenderle, se dirigió al eclesiástico, y con notable afabilidad le dijo:

-Doctor Serrano, don Juan de Vargas os anunciará mañana mi resolución. Entretanto, podéis dar mis leales gracias a vuestros amigos, asegurándoles que jamás olvidará don Sebastián el auxilio que en su infortunio le prestan. Mañana también, señores, se os comunicará a todos mis órdenes, y antes de mucho nos habrá visto el mundo triunfar de nuestros enemigos o perecer gloriosamente en la demanda.

Concluyendo de hablar, hizo seña de haberse terminado la asamblea; y los que la componían empezaron a retirarse de dos en dos, o de tres en tres lo más, para no hacerse sospechosos en la calle.

No lo hizo así Vargas, pues se le mandó permanecer en el salón hasta quedarse solo con el rey y el marqués Domiño.

Entonces, el primero de estos personajes; llamándole, le habló en estos términos:

-Don Juan: la mano del destino, por caminos bien inesperados, os ha reunido a mí. Sé que habéis resuelto seguir mi suerte; y sé también que los hombres como vos no varían nunca su resolución: cuento, pues, con vos como conmigo mismo.

-Vuestra Majestad -dijo Vargas- me hace justicia: mi espada y mi persona están ya a su real servicio mientras me dure la vida.

-Lo creo y os doy una prueba de ello en poneros al frente de mis auxiliares. No necesito deciros que estos son los españoles, que, habiendo abrazado las herejías de Lutero y Calvino, no hallan en su patria un palmo de terreno que los sustente con seguridad un solo instante, en que las hogueras de la inquisición no se enciendan para ellos. Aunque católico, como yo lo soy, por la piedad de Dios, no podréis menos de conocer que en mi actual posición me es forzoso prescindir de escrúpulos que acaso me arredraran en otras circunstancias. Hoy lo que necesito son brazos, y a todo precio debo comprarlos mientras el honor no padezca.

-Vuestra Majestad, a mi entender, obra en eso con cordura.

-Tal es mi opinión, y yo sabré imponer silencio eterno si es preciso, a los que como Coello quieran contrariarla. Desde que la fortuna me ha condenado a vivir en la última clase del pueblo, he tenido ocasión de abrir los ojos sobre más de un error; y me he convencido de que el hierro y el fuego hacen hipócritas, pero no religiosos. Además, don Juan, el pontífice, a quien en Roma me presenté a pedir dispensa del voto temerario que en un momento de despecho hice en África de vivir siempre encubierto, no sólo se negó a ello, sino que me despidió con dureza. Gregorio; esclavo humilde del rey de España; temblaba de tener un solo día en sus estados al infeliz don Sebastián; y esta ofensa está para siempre grabada en mi corazón. Bastante os he dicho para que comprendáis claramente mi voluntad y sus fundamentos. El doctor Serrano os presentará mañana a los que habéis de conducir a la gloria: descanso en vuestra fidelidad y buen talento, y no volveré a ocuparme en el asunto hasta que os comunique mis órdenes para marchar. La mano de doña Inés es vuestra ya. La categoría a que estará destinado el esposo de la cuñada del rey no se os ocultará, y para que desde luego empecéis a recibir pruebas de mi real benevolencia, os autorizo a usar desde hoy el título de duque de Madrigal.

-Las bondades de Vuestra Majestad y la merced con que me honra estarán eternamente impresas en mi memoria, y espero dar pruebas de mi agradecimiento en el campo de batalla.

-Ése es el lenguaje de un noble soldado. Podéis retiraros.

Dobló don Juan la rodilla, besó la misma mano a que había visto hacer pasteles, y salió del regio desván como el hombre que acaba de tener un sueño maravilloso de aquellos que haced dudar de si se duerme o se está despierto.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

Introducción - Libro primero: I - II - III - IV - V - Libro segundo: I - II - III - IV - V - VI - VII - Libro tercero: I - II - III - IV - V - VI - Libro cuarto: I - II - III - IV - V - VI - VII - Advertencias




Capítulo II[editar]

 Ciego el califa en su sangriento celo,
 despuebla el mundo por vengar al cielo.

(MELÉNDEZ; Oda a la tolerancia.)


A principios del siglo XVI fueron tantos y tales los abusos de las facultades espirituales que en materia de bulas e indulgencias hizo la corte de Roma; que en Alemania, país eminentemente pensador, dos frailes, Lutero y Calvino, se alzaron contra ella practicaron la reforma de la religión cristiana conocida con el nombre de protestantismo; y a pesar del emperador; del papa y del concilio, luchando con las armas del uno, las excomuniones y los legadas del otro, y con los cánones y censuras del último, hicieron considerable número de prosélitos, atrayendo a su creencia príncipes ilustres y naciones enteras.

Lutero y Calvino dieron al poder de los papas un golpe funesto que los progresos de la civilización social prepararon hasta entonces, y en lo sucesivo hicieron verdaderamente mortal. Desde entonces, los sucesores de San Pedro perdieron aquel poder en virtud del cual daban y quitaban las coronas. Inglaterra, Suecia, Flandes, gran parte de la Alemania, se separaron del regazo de la iglesia católica; la Francia misma rehusó admitir el concilio tridentino, y la Europa entera empezó a creerse con derecho a pensar en materias de religión, cosa hasta entonces mirada como una blasfemia.

Las consecuencias que aquellos sucesos tuvieron en el orden político son harto conocidas; y aunque esta novela no se ha escrito a propósito para hablar de ellas, se nos permitirá que observemos que Inglaterra fue el primer país enteramente protestante, y que en él es en donde la libertad civil es también más antigua.

Carlos I se declaró protector del concilio de Trento, y persiguió constantemente a los reformadores. Pero en Alemania no pudo extinguirlos: en España fue donde, auxiliado por la inquisición, de abominable memoria, logró que jamás los hubiese a cara descubierta.

Las crueldades del tribunal de la fe no fueron, sin embargo, durante su reinado, comparables a las que se ejercieron bajo el cetro de hierro de su hijo Felipe II, cuyo nombre ha llegado a nuestros días y pasará a la más remota posteridad, como el baldón de su siglo y de la patria que le dio el ser.

Todas o la mayor parte de las religiones han debido acaso a la persecución su mayor incremento; y a excepción del mahometismo, ninguna se ha extendido con la rapidez que la protestante. En vano se le opusieron cuantos diques alcanzaron el poder y la iglesia dominante; salvolos todos, y embravecida como un torrente por la resistencia, llegó a hacerse temible para sus perseguidores.

No eran entonces los españoles un pueblo insignificante, como después lo fueron, gracias a tres siglos de cadenas, ricos, poderosos y conquistadores, en todo el orbe se veía a los invencibles tercios castellanos cubriéndose de gloria; sus mercaderes tenían relaciones comerciales con todas las naciones; y el oro mejicano hacía de nosotros los banqueros del mundo. Entonces se viajaba; en aquellos viajes había comunicación con extranjeros; y de este modo la reforma religiosa llegó a hacerse partidarios, y no en pequeño número, en el corazón mismo de Castilla.

Naturalmente, los primeros protestantes fueron eclesiásticos; para nadie podía tener más interés la cuestión que para ellos y unos la examinaban por curiosidad, otros para instruirse. Algunos creyeron las nuevas doctrinas más conformes al espíritu del Evangelio que las antiguas; otros, lo contrario; y estos en España fueron en mayor número. Apoyados los últimos en la ley, y disponiendo de la fuerza, persiguieron encarnizadamente a los primeros, quienes se refugiaron, como todo proscrito, en la oscuridad.

No había acaso ciudad en España en que los protestantes, los judíos; y hasta los mahometanos no tuviesen conventículos secretos que la inquisición fue descubriendo sucesivamente. Para llevar legalmente a la hoguera a los desventurados que los formaban, no se necesitaba más que probarles su diferencia de religión; pero el espíritu de partido, no contento con aplicarlos el tormento y quemarlos después, quiso que bajasen al sepulcro manchada su memoria con la imputación de crímenes cuya atrocidad misma los hace absurdos e increíbles.

Los niños degollados bárbaramente, las imágenes del Redentor injuriadas de una manera abominable, eran las más pequeñas de las infamias de que los inquisidores acusaban a sus víctimas. La pluma se niega a entrar en pormenores sobre esta materia, y el entendimiento concibe apenas que se hayan conducida al suplicio a millares de infelices, pretendiendo haberles probado que volaban o que tenían en sus casas a pupilo algunos diablos en figura; de sapos, con obligación de vestirlos de terciopelo y darles a comer huesos de difuntos.

En tal estado se hallaba España bajo la dominación del fanático Felipe, cuando Gabriel de Espinosa puso a cargo de Vargas el mando de sus auxiliares españoles.

No se crea por lo que de las luces naturales de don Juan hemos dicho, que fuese un hombre de los que hoy llamamos despreocupados. Eran muy pocos los castellanos que en aquel siglo podían pretender esta denominación; y seguramente en donde menos número de ellos se hallaba era en la nobleza que, recibiendo una educación puramente militar, conservaba la creencia de sus padres, sin imaginar siquiera que en tal materia era admisible la discusión. Sin embargo, el hermano del marqués había tenido ocasión de observar en Flandes que los herejes eran hombres como los demás; que cualesquiera que fuesen sus errores en el dogma; la moral de su religión era exactamente la del Evangelio; y que en los combates se portaban como el mejor católico, peleando con valor, y tratando después con humanidad a sus enemigos. Redújose, pues, a desempeñar la comisión que se había puesto a su cargo, aunque no sin repugnancia y tal cual escrúpulo de conciencia. Dígase también, en honor de la verdad, que Inés; a quien vio aquel día en el locutorio, le pareció tan hermosa, estuvo con él tan fina, y le dio tan próximas esperanzas de su matrimonio; que al separarse de ella hubiera hecho alianza no ya con los protestantes, sino con todos los herejes y cismáticos habidos y por haber, con el mismo Satanás, por más feo, cornudo y azufroso que se le presentase.

Tales han sido siempre los hombres vehementes: preocupaciones, intereses, conveniencias sociales, la honra misma, todo lo han sacrificado a las miradas de una mujer en los primeros años de su vida; y en la edad adulta, el ídolo de su juventud, olvidado, menospreciado tal vez, ha tenido que ceder su lugar a los sueños de la ambición.

Vargas entonces no creía que hubiera nada en el mundo superior a Inés; ni que el que una vez la había visto pudiera nunca dejar de amarla; menos aún; ser feliz sin ella. ¿Qué mucho, pues; que todo lo sacrificase para poseerla?

Ya resuelto a entregarse sin reservas en manos del destino, se preparó a desempeñar su papel de jefe de segundo orden en aquella conjuración, y revestido de la gravedad conveniente, se presentó con el doctor Serrano en el conventículo de los protestantes.

Celebraban estos sus reuniones con todo el misterio y cautela que su posición exigía; y Vargas halló en junta a los que formaban el consistorio directivo en una oculta bodega situada en un extremo de la ciudad. Algunos letrados, no menos eclesiásticos, tres o cuatro mercaderes, y algún profesor de ciencias exactas, fueron las personas que allí se ofrecieron a su vista; la única de capa y espada, como entonces se decía; era el mismo Vargas.

Antes de su llegada ya habían los protestantes acordado que no prestarían a don Sebastián el prometido auxilio sin recibir antes por escrito su real palabra de que se les tolerase en Portugal el libre ejercicio de su culto; y el doctor Serrano hizo entender sin rebozo a don Juan que toda negociación era excusada sin que precediese la entrega de la garantía pedida.

En el caso de que el destronado rey accediese a lo que se deseaba, empezarían los protestantes poniendo a su disposición una suma considerable para empezar la campaña; formarían, a su costa, y auxiliados por sus hermanos de Inglaterra, Francia y Alemania, un cuerpo franco; y, desde luego, presentarían en breve plazo de trescientos a quinientos hombres para contribuir al alzamiento.

No dejaron tampoco de presentarse varias dificultades al consistorio, sobre poner los soldados protestantes a las órdenes de un noble católico; pero todas ellas se desvanecieron con la imposibilidad de hallar en España hombre de la comunión reformada que lo reemplazase. Fue, pues, nuestro don Juan, bajo el título de duque de Madrigal, reconocido por jefe del futuro cuerpo auxiliar, y la reunión se disolvió después de haber rezado a coro un salmo de David.

Debía don Juan comunicar a Gabriel de Espinosa lo resuelto por el consistorio, y para ello se le había mandado hallarse aquella noche a las ocho de ella en el Campo Grande; cita a la que, como se deja conocer, asistiría con alguna anticipación para no hacerse esperar; pero fue tanta su puntualidad, que daban las siete cuando entró en el Campo Grande, que, por ser la noche de las frescas de otoño, estaba desierto. No le pesó de esta circunstancia, pues en situación semejante a la suya, lo que más se apetece en general es la soledad. Amante y conjuradora un tiempo, sus pensamientos le sobraban a Vargas para entretenerse.

La revolución que se preparaba, su éxito y consecuencias, eran asuntos de no pequeña importancia; pero Inés la tenía mayor para él. Dejando vagar la imaginación a su placer, se veía ya dueño de su amada; representábasele verla en sus brazos al rayar la aurora, y uno y otro día, y siempre, en fin, vivir a su lado; pero el colmo de la dicha para Vargas, era tener un hijo de Inés, que su fantasía hizo bello como Apolo, valiente como Hércules, discreto como Cicerón, y célebre como Alejandro.

Cuando el hombre cree ser feliz, lo es, ha dicho no sé quién, y con sobrada razón. Nunca la realidad iguala a los goces que el hombre dotado de una ardiente fantasía tiene, cuando sus sueños, ya despierto, ya dormido, le halagan. Y es porque en la realidad, aun las rosas tienen espinas; no así en el mundo ideal: lo malo y lo bueno; según el vidrio que se deja ver en la linterna mágica, se presentan aisladamente. Prescíndase de la debilidad humana, de la muerte, se olvida que estamos condenados a padecer, que cuanto más intenso sea un dolor, tanto más pronto el órgano que lo sufre perderá la facultad de sentirlo. Sucédenos, en fin, lo que al mecánico teórico: calculaba una máquina prescindiendo del rozamiento de los cuerpos y de la elasticidad de las cuerdas, y obtiene en el papel un invento que ha de inmortalizarle. El mal está en que al poner en práctica su máquina tiene que emplear hierro, madera y cáñamo.

Dando, pues, libre curso a sus imaginaciones; se paseaba Vargas delante del convento de recoletos, y no advirtió que un hombre le seguía, hasta que este, tocándole en un hombro, le dijo:

-Muy distraído vais, señor don Juan.

Volviendo entonces la cabeza, reconoció a Gabriel de Espinosa.

Diole cuenta de lo ocurrido en el consistorio, y tuvieron sobre ello una larga conversación, en la cual desplegó el pastelero grandes conocimientos en política, y dio a Vargas detalladas instrucciones, previendo las dificultades que podrían ocurrirle en su misión y facilitando los medios de vencerlas; y por último, prometió la garantía pedida por los protestantes.

Antes de despedirse supo Vargas que los conjurados portugueses Domiño, Abenamal, don Carlos y don Francisco, habían ya marchado a disponer el alzamiento, que debía verificarse tan luego como don Sebastián se presentase en su reino.

El monarca destronado pensaba ir a Madrigal, salir de allí acompañado de fray Miguel, don Juan y un corto número de los protestantes españoles, y entrar con ellos en la Extremadura portuguesa para descubrirse allí.

Para poner en planta este proyecto sólo aguardaba a recoger la suma prometida por el consistorio, y a realizar algunos otros fondos indispensables para poder sustentar a sus soldados, un mes por lo menos, sin gravámenes de los pueblos.

Pero todas estas recaudaciones no pudieron verificarse tan pronto como se deseaba. El misterio con que hubieron de hacerse, las diversas personas a quien se tuvo que acudir, y otros varios entorpecimientos inevitables en tales negocios, retardaron quince días o más el suspirado momento de hallarse prontos los fondos. Don Juan no tuvo la satisfacción de anunciárselo así a Gabriel de Espinosa, hasta dos semanas después de haber tenido con él la conferencia que acabamos de referir.

En este intermedio sus visitas al locutorio fueron diarias y la materia de sus conversaciones con Inés, sus amores y esperanzas. No estaba la bella portuguesa menos enamorada que el joven castellano; pero sus continuas desgracias, y su condición naturalmente reflexiva, no la permitían entregarse como Vargas lo hacía, a las más lisonjeras ilusiones. Una serie no interrumpida de males había acostumbrado a Inés a no esperar nada bueno y más de una vez, en los momentos mismos en que su amante mostraba mayor entusiasmo, más persuasión de ser su esposo, la imagen del cadalso se presentaba a los ojos de la infeliz hermana de Clara, y el rostro de Vargas, entonces animado por todo el fuego del amor, a su parecer mostraba las señales de la muerte. Corrían entonces por sus mejillas lágrimas amargas, y apenas bastaban el cariño y la elocuencia de don Juan para calmar su dolor.

La mañana siguiente a la noche en que el hermano del marqués anunció al cuñado de su futura esposa que los protestantes tenían reunido su dinero, fue a ver a Inés, y al participárselo le dijo:

-Esta noche entregaré al consistorio la real garantía que Su Majestad pondrá en mis manos, y me haré cargo del dinero, parte en oro, parte en letras de cambio. El rey saldrá para Madrigal al amanecer de mañana, y vos con él. Según sus órdenes, Inés, yo no debo hacerlo, con otros veinte compañeros, hasta por la noche. Su Majestad se ha dignado prometerme que fray Miguel nos unirá para siempre en la ermita que bien conocéis. ¡Ah Inés! Llegó por fin el suspirado momento de llamarme esposo de la que adoro. O no me amáis, o vuestro placer debe ser igual al mío.

-De mi amor, Vargas, no podéis dudar, pues no sabré ocultarlo, aunque tal vez debiera -contestó la dama-. Un fatal presentimiento me destroza el corazón; conozco que no tengo para él determinado fundamento, y, sin embargo, no puedo desecharle.

-Inés mía; confundís el temor natural en vuestro sexo al aproximarse el momento de una arriesgada empresa, con un presentimiento que no puede existir.

-¡Mi don Juan!

Pero no más de lo que va referido hablaron aquella vez los dos amantes, pues Vargas, en tan críticos momentos, no podía disponer de un solo instante.

La despedida por su parte fue tierna; por la de Inés, melancólica en extremo. Parecíale que aquella separación había de ser eterna; y sin poderlo remediar inundó con sus lágrimas la mano de don Juan, después de haberla estrechado tiernamente contra su corazón.

-No sé -dijo por último-, no sé en qué consiste; pero jamás ha sido tanto mi desaliento como ahora. La idea de ser causa, tal vez, de la desgracia de un hombre a quien adoró, y que si no me hubiera conocido fuera feliz sin duda, me atormenta, me destroza el corazón.

Quitose enseguida una cadena hecha de su propio pelo, y poniéndosela al cuello a su amante, continuó:

-Tomad, don Juan, esa prenda, que para vos tendrá algún valor; y si queréis tranquilizarme algún tanto, decidme que jamás me culparéis en lo que os suceda.

-¡Nunca, vida mía!

-El destino os hizo conocerme, y el cielo me es testigo de lo que he combatido mi amor y el vuestro.

-Y el cielo premiará también vuestra virtud. Señora mía, pasado mañana seréis mi esposa. Enjugad el llanto, y adiós, que me es fuerza el partir.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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Capítulo III[editar]

¡Ah! Vanamente discurre mi deseo por tus sangrientos fastos y el contino revolver de los tiempos; vanamente busco honor y virtud: fue tu destino dar nacimiento, un día, a un odioso tropel de hombres feroces, celosos para el mal.
(QUINTANA: Oda a Padilla.)


Don Rodrigo de Santillana, el marqués y su capellán, habían llegado con toda felicidad a Madrid y pasado de allí al Escorial, donde, por el momento, se hallaba la corte.

La obra de aquel monasterio, ya entonces muy próximo a su conclusión, era el único objeto que distraía a Felipe de los negocios políticos y de sus continuas devociones.

Habíase lisonjeado el marqués de que su pretensión era fácil de conseguir, y se engañó. Un monarca que, como el reinante entonces, hacía profesión de los más austeros principios religiosos, un hombre que jamás había amado ni podía amar, no era de esperar que tolerase y protegiese los extravíos galantes en nadie, y menos en un título de Castilla. Los ministros de Felipe tenían, o afectaban tener, la misma manera de pensar que él, y así el pobre marqués vio malísimamente recibidas sus primeras insinuaciones.

Pero como si las ideas generales de la corte en la materia no bastaran a contrariar sus planes, el comendador Hinojosa, presentándose dos días después que él en El Escorial, acabó de derribar el soñado edificio del engrandecimiento del hijo de Violante.

Hinojosa, entrando sin ceremonia en la posada de su primo, y declarándole sin. rodeos que él y don Juan estaban perfectamente enterados de lo ocurrido con respecto al niño don Pedro Alcántara, de los proyectos que para su fortuna se formaban, y que ambos también estaban resueltos a no tolerar tamaña afrenta para las familias de los Vargas, confundió, aterró, aniquiló al marqués, y al padre Teobaldo.

No se atrevían ni el uno ni el otro a responder palabra, ni el comendador les dio lugar a ello, pues concluida la arenga se retiró, anunciando que iba en aquel mismo instante a verse con el secretario de Su Majestad y a enterarle de todo el asunto; y que, si necesario fuese, llegaría a los pies del rey mismo a pedir justicia. Hinojosa era hombre sobradamente capaz de cumplir lo prometido: el marqués lo sabía, y el capellán también.

Más de un cuarto de hora se estovieron mirando el uno al otro con espantados ojos, sin saber qué hacer ni qué decir, hasta que, por fin, el marqués creyó que a él le tocaba romper el silencio; y haciendo un grande esfuerzo dijo:

-¡Padre Teobaldo!

-Señor marqués -contestó el capellán, y se terminó por entonces la conversación.

-¡Hem! -dijo de allí a un rato el capellán-. ¿Si habrá ido a ver al rey?

-¿Si habrá ido? ¿No le conocéis? Ahora mismo tal vez.

-Entonces, Domine miserere mei, perdidos somos.

-Padre Teobaldo, ¿y qué hacemos?

-Señor marqués, yo en este asunto lababo manus meas.

-Buen consejo, por cierto. ¿Ahora me abandonáis?... ¿No podríamos acudir a algunos amigos?

-¡Amigos! Donec eris felix...

-¡Por la Virgen Santísima, que dejemos ahora los latines! Si ese hombre se presenta a Su Majestad y le cuenta el asunto a su modo, somos perdidos.

-Nulla est redemptio. En mala hora dejamos nuestros penates; en tristes días nos patriæ fines; et dulcia relinquimus arva.

-Dios me perdone; pero capaz sois de hacer perder la paciencia a un santo. Consejos son los que yo quiero, y no citas de Virgilio.

-Ese pagano, señor marqués, contiene sin embargo apotegmas filosóficos, morales, naturaliter hablando, de gran peso y...

-Norabuena; pero ahora no se trata de eso; en lo que hemos de pensar es en el comendador.

-Infandum Regina jubes renovare dolorem.

-En resumen, ¿qué pensáis que debo hacer?

-Es asunto éste que exige madura deliberación, y consultar por lo menos media docena de santos y padres y otros tantos autores profanos.

-Y mientras se consultan, revuelve mi primo la corte entera, me pinta a los ojos de Su Majestad como un libertino escandaloso, a vos como a un eclesiástico sin costumbres, cómplice en mis extravíos; dan con nosotros en la inquisición, y nos queman.

-Sancta Maria, ora pro nobis. ¡Huyamos, señor marqués, huyamos!, usque ad finem.

-Eso ya es hablar en razón. ¿Conque opináis que huyamos?

-Me parece lo más acertado.

-Y a mí.

-Está entonces aprobado nemine discrepante.

Y sin aguardar a más, ni despedirse de alma viviente, tomaron el camino para Madrid; donde sólo pararon un día, saliendo al siguiente, no para Valladolid, sino para una hacienda del marqués, donde se creyeron más seguros.

No era, sin embargo, tan grande el peligro como se lo habían imaginado. Verdad es que el comendador, conociendo la timidez natural de sus antagonistas, se propuso aterrarlos con tremendas amenazas, y lo consiguió aún más allá de lo que esperaba. Por lo demás, condujo el negocio con tino; pintando a su primo como engañado; obtuvo de los ministros de la cámara la promesa de que no se admitiría la solicitud del marqués; más una orden de reclusión perpetua contra Violante; y corrió, ufano con su triunfo, a noticiárselo a don Juan.

Distinto fue el objeto, y distinto también el resultado del viaje a la corte del alcalde don Rodrigo de Santillana.

Una orden de Su Majestad le mandó presentarse, sin la menor dilación, en El Escorial, para un asunto del cual ya tenía algunos antecedentes, y se le daban más en la misma real orden.

El negocio era de tal trascendencia, que Santillana se persuadía con fundamento de que, llevándolo a cabo felizmente; no sólo podía contar con verse en un momento en el más alto grado de su carrera, sino con ser uno de los favoritos del monarca. Estas reflexiones le entretuvieron agradablemente en el camino, y sus esperanzas se corroboraron cuando, presentándose en palacio y declarando su nombre, se le mandó entrar sin demora en la cámara del rey.

Felipe, ya entonces en el antepenúltimo año de su vida, estaba sentado en un sillón y atormentado por acerbos dolores. Su semblante, naturalmente pálido, se asemejaba al de un cadáver. Aquel aspecto grave, severo, reservado; aquel labio inferior caído sobre la barba y aquellos ojos penetrantes, con que parecía escudriñar los más recónditos senos del corazón de la persona que se hallaba en su presencia, hicieron en Santillana la profunda impresión que hacían en cuantos se le acercaban.

Dobló el alcalde ambas rodillas, y besando la descarnada y lívida mano del rey, esperó, sin mudar de postura, a que se le mandase hablar.

-¿Sois vos -dijo el rey- don Rodrigo de Santillana?

-El más leal y humilde de los vasallos de Vuestra Majestad.

Felipe pareció satisfecho de la concisión y respeto de esta respuesta; don Rodrigo no añadió una palabra más, pues bien informado del carácter del rey, sabía que éste no toleraba que nadie fuese osado a hablar en su presencia más de lo necesario para responder a sus preguntas.

-Informado -volvió el rey a decir, después de un breve intervalo- de vuestra fidelidad y celo en mi real servicio, os dimos la comisión de vigilar a la persona que es inútil nombrar. ¿Lo habéis hecho?

-Sí, señor; y he tenido la honra de elevar a Vuestra Majestad el resultado de mis diligencias.

-Que ha sido ninguno, don Rodrigo -exclamó Felipe con amarga severidad.

Aterrado el alcalde con tan inesperada reconvención, bajó los ojos, y diera en aquel momento cuanto le pidieran por lograr, si posible fuese, que jamás el rey se hubiera acordado de él para nada.

El monarca, conociendo el efecto que sus palabras habían producido, contemplaba la turbación, el terror más bien, de Santillana con un maligno placer, de que era muestra evidente la irónica y apenas perceptible sonrisa que se advertía en sus labios.

-Ninguno -continuó Felipe-; tal vez yo podré en mi gabinete mismo daros más noticias de las que vos, señor alcalde, estando al pie de la fuente, habéis sabido adquirir. ¿Qué decís a esto? Responded.

-Señor y rey mío: no me parece milagroso que la alta penetración de Vuestra Majestad haya descubierto lo que a mi ignorancia se ha ocultado. Pero me atrevo a protestar a los reales pies de Vuestra Majestad, que jamás vasallo ha deseado con tantas veras merecer al menos la indulgencia de su señor natural.

-Las obras acreditarán ese celo. Quiero olvidar lo pasado; pero, don Rodrigo, vuestra cabeza me responde del buen éxito de este negocio, y de que no transpire en el público una sola palabra de él.

Pronunció el rey estas palabras con severidad, pero en la apariencia, con la misma calma que si hablase del asunto más indiferente; la única señal de agitación que se le descubría era un ligero movimiento de contracción en los músculos de la fisonomía. Don Rodrigo no estaba tan tranquilo, pues persuadido de que el rey sabría cumplir la promesa con la más escrupulosa exactitud, se daba ya por muerto.

En tal estado se hallaban, cuando sonando las doce del día en el reloj del monasterio, Felipe, aunque no sin trabajo, se hincó de rodillas delante de un crucifijo de oro que tenía sobre la mesa; y sacando un magnífico rosario, se puso a rezar devotamente tres Avemarías; acto en que, no sólo arrodillado sino encorvado de manera que casi besaba el suelo, le acompañó el asustado alcalde. Concluidas las oraciones y persignado el rey, volvió a ocupar su asiento, y ya en él, dijo:

-Buenas tardes, don Rodrigo.

-Dios se las dé a Vuestra Majestad tan felices como su ejemplar piedad y altas virtudes merecen -contestó Santillana.

-Alabemos al Rey de los reyes, alcaide: Él sólo está exento de imperfecciones; los demás todos habemos menester su misericordia.

-Y los humildes vasallos de Vuestra Majestad la esperan igualmente de su imagen en la tierra.

-Bien está. Volvamos a la comenzada plática; el hombre que sabéis, se mueve ahora más que nunca; ignoramos por qué, y es preciso saberlo. Esto os toca a vos el averiguarlo. Al menor indicio de lo que os tengo prevenido de antemano, ya sabéis cuál ha de ser su suerte o la vuestra.

-Señor, hasta donde yo alcance...

-Es preciso alcanzarlo todo, todo sin excepción. ¿Me, entendéis, don Rodrigo?

-Sí, señor.

-Retiraos, pues. Mi secretario os dará los informes que hemos adquirido; y esta debe ser la última vez que yo tenga que ser el servidor de mis vasallos.

Diciendo así, tendió la mano a don Rodrigo, quien la besó humildemente, y marchando después con paso atrás, para no volver al rey la espalda, hasta la puerta de la cámara, salió de palacio tan aterrado como ufano y glorioso había entrado en él, pocos minutos antes. No hay cosa como ser vasallo de un rey absoluto para dar gracias a Dios cada día de hallarse con la cabeza sobre los hombros.

Pero aún no había acabado don Rodrigo de conocer la Corte. Si el rey le había amenazado, su secretario, con más orgullo, con más dureza aún, le dijo que era indigno de la magistratura que ejercía; que sólo la extremada piedad de Su Majestad era causa de que no se castigase ejemplarmente su negligencia; pero que tuviese entendido que si en lo sucesivo no mostraba más acierto en la delicada comisión puesta a su cargo, podría darse por muy dichoso si escapa con vida.

Jamás hubo proceder tan injusto por una parte, ni tan poco merecido por otra; don Rodrigo, humilde esclavo del rey y de su propia ambición, se hallaba dispuesto a ejecutar sin reparo, con refinamiento, cuantas crueldades le puguiese a Felipe encomendarle, y más aún si creía que de ello había de resultarle el menor provecho. Así, pues, desde que la corte de Madrid puso a su cargo el asunto de que se trataba, no había cesado de trabajar en él con extraordinario ahínco; pero las personas a quienes se quería sacrificar habían tenido maña o suficiente para eludir todo género de pesquisas por parte del alcalde.

La desgracia de éste consistió en que Felipe, receloso; como todo tirano, desconfiaba de sus agentes, juzgando al género humano por su corazón. De aquí resultaba que cuando, por no serle posible hacerlo todo por sí, confiaba una misión a cualquiera de sus esclavos, al mismo tiempo encargaba a otros que espiasen su conducta; y en muchas ocasiones, a la orden que elevaba a un sujeto, seguía inmediatamente la que le sumía en una mazmorra; o tal vez le llevaba al cadalso.

Como el asunto confiado a don Rodrigo era a los ojos del rey de la más alta importancia, varios agentes subalternos fueron comisionados para adquirir noticias sobre él; y de las que todos ellos dieron sacó Felipe en consecuencia, con su sagacidad característica, que a pesar de lo que aseguraba Santillana, había en el negocio más de lo que se dejaba ver.

Mal lo pasara el pobre Rodrigo si dos razones no hubieran militado en su favor. La primera, que el rey sabía el celo que en su comisión había mostrado; pero esto era de poca importancia. Un déspota no agradece; los hombres en sus manos son como los instrumentos en las del artista. ¿Qué importa que sean de buena calidad? Cuando no sirven para el objeto que en el momento les ocupa, los arroja lejos de sí; con desprecio.

La segunda causa fue la que decidió a Felipe; el sigilo era para él, en todo asunto, la más necesaria de las circunstancias, y más particularmente en aquél: no quiso, pues, confiar a otro juez su secreto; y reservándose castigar en tiempo y lugar el desacierto de los primeros pasos de don Rodrigo, resolvió, sin embargo, que completase la obra.

No es fácil pintar la terrible impresión que las amenazas del rey y los insultos de su ministro hicieron en el mismo don Rodrigo. Al retirarse a su posada se sintió acometido de una violenta calentura que, a poco de haberse metido en la cama, se desplegó con los síntomas más alarmantes y un delirio espantoso.

Lo peor del caso fue que llamaron a un médico de los célebres; y por consiguiente también de los más endurecidos en su carnicera profesión, quien empezó prohibiendo que se diese al enfermo, aquejado por una sed abrasadora, ni una sola gota de agua. No contento con esto, y a pesar de que por todos los síntomas se conocía evidentemente que la enfermedad de don Rodrigo era una inflamación cerebral, le atestó el cuerpo de quina, logrando ponerlo en tres días a las puertas del sepulcro. Entonces, dando por acabada su obra, se retiró, dejando al paciente en poder de un robusto fraile jerónimo, que tan despiadado como el doctor, daba libre curso a una voz estentórea, pintando con cruel prolijidad todos los horrores del infierno y la furia de Lucifer.

Quiso, sin embargo, la buena suerte de don Rodrigo que en la cuarta noche de su enfermedad, en un momento en que el monje, cansado de gritar todo el día, se retiró de su estancia, conmovido por sus ruego el criado, que le velaba, no queriendo negarle lo que pedía a un hombre que de todos modos iba a morirse, le dio un gran jarro de agua, que el enfermo apuró sin dejar gota; repitiéronse estas libaciones toda la noche, y a la mañana siguiente era ya notable la mejoría. En una palabra, despedidos agonizante y médico, logró el alcalde restablecer su salud; y hallarse en quince días en disposición de regresar a su destino, como, en efecto, lo hizo, después de haber hecho constar al gobierno que su enfermedad no se lo había permitido.

No dejó Santillana de extrañar el no haber tenido la menor noticia del marqués, ni de su capellán; y habiendo preguntado por ellos a su amigo, le dijo éste «que ambos habían desaparecido de la corte dos días después de haber llegado a ella; sin haber tenido siquiera la atención de despedirse de las personas que los habían visitado». Pero el alcalde estaba harto preocupado con sus propios asuntos para pensar en los ajenos: así, pues, cesó de ocuparse en el marqués tan luego como se terminó la respuesta de su amigo; y se puso en camino sin más cuidado que el de convalecer pronto y salir del encargo del rey, ya que no lleno de honores como un tiempo pensó, al menos sin un dogal al cuello.




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Capítulo IV[editar]

 No; aunque en medio
 de esta vil muchedumbre apareciera
 del gran Pelayo el animoso aliento,
 en vano a libertad los llamaría;
 ya nadie le escuchara.
(QUINTANA: Pelayo.)


Salió Vargas del locutorio; contristado, a pesar de los esfuerzos que para serenar a Inés y serenarse él mismo había hecho. Fácilmente sentimos como la persona amada; y yo no sé qué tiene el pesar, que nos domina con mucha más facilidad que la alegría. Sin embargo, le fue preciso a nuestro caballero atender a los negocios de Espinosa y a los suyos particulares.

Es preciso advertir que don Juan no dependía enteramente del marqués. El padre de ambos fue un caballero económico, y que, amando tiernamente a sus hijos; cuidó de asegurar una legítima bastante considerable al menor de ellos. Así don Juan pudo reunir, sin tocar a los bienes del marqués, una suma de dinero suficiente a asegurarle una decente subsistencia en caso de que un revés de la suerte le obligara a expatriarse. Arreglado este primer punto, puso en orden los negocios de su hermano, cuyos bienes administraba, según ya se ha dicho.

En una entrevista con el doctor Serrano recibió de nuevo la seguridad de que aquella noche, cuando entregase la real garantía al consistorio, se pondría en sus manos la cantidad estipulada, y de que los veinte hombres armados estarían prontos para la mañana siguiente.

Así, se pasó aquel día, y llegó la hora de la cita con Gabriel: don Juan acudió a ella con su acostumbrada puntualidad; pero esperó en vano hasta pasada la medianoche.

Si Vargas estaba descontento con tan inesperada falta, no lo estaba menos el consistorio protestante, que en sesión permanente aguardaba al señor duque de Madrigal con una impaciencia poco evangélica a la verdad, pero muy natural en aquella circunstancia.

Gabriel de Espinosa, que mudaba de posada con frecuencia, jamás dijo a don Juan dónde vivía, ni este se acordó de preguntárselo; sintiolo entonces infinito, pero la cosa no tenía remedio. Cuatro horas de espera inútil le parecieron prueba bastante y sobrada de que don Sebastián no quería o no podía acudir a la cita. Trasladose, pues, Vargas al lugar de la reunión de los protestantes, y así que estos le vieron entrar hubo en la asamblea un movimiento general de satisfacción.

El doctor Serrano, que la presidía, y que con una Biblia delante de sí tenía tal vez la intención de leer en ella, pero estaba de dos horas a aquella parte con los ojos clavados en la puerta, dejó escapar un profundo suspiro, y detrás de él un «gracias a Dios» tan sentido, que se conoció que le salía de lo íntimo del corazón.

A esta exclamación del presidente, un matemático que, con la vista fija en el suelo y el entendimiento ocupado en la teoría de las paralelas, era acaso el único de los presentes a quien el tiempo no se hizo largó, preguntó:

-¿Qué es eso? ¿Se resolvió ya el problema?

Mirole con cierto aire de compasión un mercader que estaba a su lado; y los restantes miembros de la asamblea, atendiendo sólo a don Juan, no le hicieron caso alguno.

Después de saludar en general y de haber tomado asiento al lado del presidente, tomó Vargas la palabra, diciendo:

-Tengo el disgusto, señores, de anun[...]

-Sin la garantía -dijo entonces el presentado en el paraje en que tuvo a bien mandarme le esperase.

-Se eliminó -murmuró entre dientes el matemático.

-¿Y vuecelencia, señor duque, no podrá informarnos de la causa de la falta de puntualidad de Su Majestad? -dijo el presidente.

-Me es absolutamente desconocida, señores; y os aseguro que conociendo, como conozco, la escrupulosa exactitud del rey, no dejo de estar con bastante cuidado.

-En este caso -exclamó uno de los mercaderes- debemos retirar nuestros fondos, porque sin la garantía...

-No se os piden tampoco. Pero no debéis olvidar que la causa de don Sebastián y la vuestra son una misma -replicó Vargas.

-Sin la garantía -dijo entonces el presidente- no hay pacto.

-Doctor Serrano, Su Majestad ha empeñado la real palabra de conceder esa garantía; y no le haréis la injusticia de creer que sea capaz de faltar a ella. Pero si un accidente, cuya sola idea me llena de amargura, hubiera impedido al rey entregarla hoy, y le impidiera entregarla en algunos días, ¿sería justo por eso que sus auxiliares le abandonasen?

-Los cristianos reformados de España cumplirán religiosamente el pacto con Su Majestad el rey don Sebastián; pero no darán un solo paso en su favor sin tener en su poder el documento que han pedido. ¿Quién nos asegura de que don Sebastián, cediendo tal vez a las insinuaciones de algunos de sus consejeros, no trata de eludir su promesa?

-¡Quién!... La palabra de un rey, más sagrada que cuantas escrituras pueden hacerse.

-Los reyes -interrumpió un mercader- faltan a sus palabras siempre que les conviene.

-Verdad demostrada -añadió el matemático- como la proposición del cuadrado de la hipotenusa.

-¿Qué quiere decir esto, señores? ¿Es bastante que Su Majestad no haya acudido esta noche al paraje convenido, para que el consistorio dude de su buena fe hasta el punto de revocar sus propias resoluciones, en virtud de las cuales está obligado a prestarle su auxilio?

-Al contrario -contestó el presidente-, el consistorio no hace más que persistir en su primer acuerdo. El dinero y los soldados están a disposición de Su Majestad tan luego como se digne entregar la garantía.

-Soy de la opinión -dijo otro miembro de la asamblea- de que se fije a don Sebastián un plazo improrrogable para verificarlo. Estas interminables dilaciones pueden conducirnos a la hoguera: si el rey de Portugal no nos ha menester, nosotros buscaremos otro protector, mas en estado de protegernos tal vez; pero si ha de hacer uso de nuestros brazos y dinero, acabe de decidirse.

-¡Que se fije el plazo, que se fije! -dijeron a coro todos los individuos del consistorio; y el presidente preguntó que cuál sería el que señalase.

-Mañana -contestó el que había hecho la proposición.

-La manera con que el consistorio se conduce con el rey es, señores, inconcebible -dijo don Juan, a quien la ira iba dominando-. Sin embargo, yo tomo sobre mí aceptar esta nueva condición, harto degradante para Su Majestad; pero fijar el plazo a mañana, cuando ignoramos el motivo de la falta del rey esta noche, me parece el colmo de la inconsideración.

-Señor duque -le contestó el doctor Serrano-; el consistorio está pronto a dar a vuecelencia pruebas de los deseos que tiene de servir a Su Majestad, y la primera será prolongar hasta el cuarto día, contando desde hoy, el plazo propuesto. Pasado éste, cesa toda obligación entre don Sebastián y nosotros.

No replicó ya más Vargas, por conocer que de hacerlo hubiera sido de un modo poco conveniente para conciliar los ánimos, y saludando en silencio al consistorio, salió de aquel paraje y se retiró muy de mal humor a su casa.

Por la mañana fue al convento y preguntó por doña María de Castro; le dijeron que aún estaba en cama; que volviese más tarde. Hízolo así, en efecto, y la primera pregunta que Inés le hizo fue preguntarle por qué razón Gabriel de Espinosa no había ido a buscarla.

-¡Dios de bondad! Mi funesto presentimiento se ha realizado.

-Inés reía, no hay motivo de afligiros. Una leve indisposición, haberse tal vez dormido, o un asunto de mayor importancia que se atravesase, es bastante para haberle impedido asistir a la cita.

-¡Ah, don Juan, qué ingenioso sois para lisonjear mis deseos!

-Tranquilizaos, señora: vuestro dolor, sin remediar nada, sólo conseguirá hacerme incapaz de pensar en otra cosa que en consolaros.

La situación de Vargas era penosa hasta no más. No sabía qué hacer, ni adónde acudir para informarse de Gabriel de Espinosa. El doctor Serrano le acosaba; y a los temores que no dejaba de tener por su propia seguridad, se añadía el que sentía por su partido.

Un solo día faltaba para cumplirse el plazo señalado por el consistorio de los protestantes para la presentación de la garantía, y don Juan se disponía a salir de su casa para ir al convento de Inés, no sin harto disgusto de no haber adquirido noticia alguna con que tranquilizar a su amada, cuando le anunciaron la visita de don Rodrigo de Santillana.

-¡Pese al alma del alcalde -exclamó Vargas- y a qué buena hora viene el señor mío! Decidle que no estoy en casa.

-El mayordomo le había dicho ya que su señoría no había salido -contestó el lacayo.

-¡Maldito hablador! Si no hay otro remedio, que entre.

Así lo hizo; y don Rodrigo, todavía muy desmejorado con su enfermedad, echó los brazos al cuello del hermano del marqués, quien estuvo por ahogarle en ellos; tal era su enojo en aquel momento.

Sentados ambos, el alcalde dijo que hacía cuatro días que había regresado del Escorial a Valladolid; pero que tanto por su enfermedad cuanto por negocios que le habían ocurrido, había retardado una visita para él tan agradable como obligatoria.

Don Juan contestó a este cumplimiento con otro equivalente, y preguntó por su hermano. Estuvo don Rodrigo por decirle que iba él mismo a hacerle igual pregunta; pero reflexionando instantáneamente que tal vez el marqués tendría sus razones de ocultar a su hermano su repentina salida de la corte, y no siendo hombre que con nadie quería indisponerse, se contentó con responder que la última vez que había tenido la honra de ver al señor marqués gozaba este de perfecta salud; en lo cual ni mentía, ni se exponía a decir más de lo que debiera.

Su visita fue breve, y don Juan le vio con indecible placer ponerse en pie para retirarse; pero el alcalde, que no sospechaba la mala obra que hacía, no quiso dejar de disculparse de no permanecer más tiempo acompañando a su apreciadísimo amigo.

-¡Me es fuerza -dijo-, señor don Juan, separarme de vos más pronto de lo que yo quisiera. Verdaderamente somos dignos de compasión los jueces a quienes el rey nuestro señor y amo tiene encomendada su justicia. Ahora, por ejemplo, tengo que dejaros a vos, a quien estimo más allá de toda comparación (don Juan hizo una cortesía); ¿y para qué? Para ir a conversar con un solemne ladrón, cuya garganta está pidiendo un dogal a toda prisa. Y ahora que me acuerdo, tal vez le habréis visto alguna vez, si es cierto lo que dicen de que ejerce el oficio, de pastelero en Madrigal.

Por fortuna para Vargas, esta conversación tuvo lugar mientras el alcalde se retiraba ya; don Juan, por cortesía, quiso acompañarlo hasta su coche, y caminaba en pos de él; gracias a esta circunstancia no advirtió Santillana la extraordinaria turbación del hermano del marqués, a quien oyendo tan infausta nueva le pareció que el cielo entero se desplomaba sobre su cabeza.

-A propósito de Madrigal -continuó don Rodrigo-: supongo que habréis seguido mi consejo no volviendo más a ver al vicario de Santa María. El tal fraile no está en muy buen predicamento con Su Majestad, y como amigo me hubiera pesado que os confundiesen con él. No paséis más adelante, señor, don Juan. ¿Qué es eso?, ¿os sentís indispuesto?

-No sé qué me ha dado; un vahído tal vez.

-Retiraos, pues, y cuidad de una salud tan preciosa para cuantos tienen la dicha de conoceros. Yo volveré mañana a informarme de vuestro estado; y si queréis, ahora, de paso, llamaré al médico.

-No hay necesidad, don Rodrigo; yo os doy las gracias por vuestra fineza.

-Ésta es deuda, don Juan. Vuestro servidor; quedad con Dios.

-Él os acompañe.

-Dos mil demonios carguen contigo -exclamó Vargas, ya en su gabinete-, que me has clavado el puñal en el corazón hasta el cabo.

No será necesario encarecer cuál sería la pena de don Juan. Preso el rey de Portugal, aunque según el alcalde se le acusaba de robo; delito de que le sería fácil justificarse, podía, sin embargo, ser descubierto, y entonces su muerte era segura. Si por desgracia le sorprendían con algunos papeles relativos a la conjuración, la pérdida de centenares de individuos y la del mismo don Juan era infalible.

Huir de España, inmediatamente hubiera sido lo que a cualquiera otro hombre le ocurriera; pero no al amante de Inés. La adversidad hacía en él el mismo efecto que el fuego en la arcilla: al paso que la llama destruye a los demás cuerpos, los arcillosos en ella se contraen, se hacen más compactos y resistentes.

-No abandonaré yo al desgraciado don Sebastián -dijo para sí-. Sea cualquiera su suerte, la misma será la mía.

Tomada esta resolución; don Juan hubiera sido hombre de ejecutarla temerariamente si una reflexión aterradora no le hubiera detenido; Inés. ¿Qué sería de Inés, muerto su cuñado y su amante? Sola, sin amparo y en país extraño, proscripta tal vez hasta en el suyo, la más espantosa miseria era el menor de los males que tenía que temer.

Pensó don Juan volverse loco, y realmente no le faltaban motivos para ello. Lo que en el momento le atormentaba más era tener que ser él mismo quien anunciase tan tristes nuevas a su amada. Sin embargo, por más grande que fuese su repugnancia; hubo de decidirse a ello; y tomó, en efecto, el camino del convento, no con aquel afán amoroso que otras veces; sino con el trastorno general, con el desatino profundo con que un delincuente marcha al suplicio.

No necesitó Inés más que ver el desencajado rostro y el aire de consternación de su amante para presagiar algún funesto acontecimiento. Vargas no hablaba, y su futura esposa no se atrevía a preguntarle, temblando su respuesta; pero comenzó a llorar tan amargamente, que viendo don Juan que la verdad no podría causarle mayor disgusto que el que con la incertidumbre tenía, puso en su conocimiento lo acaecido, con cuanta brevedad y dulzura alcanzó a hacerlo.

Para formar una idea de la aflicción de Inés, es preciso recordar que don Sebastián, además de ser un hombre cruelmente perseguido por la fortuna, era el esposo de su hermana querida, el padre de Clarita, a quien había tenido en sus brazos desde que nació; y el rey, en fin, por quien su padre había sacrificado la vida.

Hay ocasiones en que el querer consolarnos es el más cruel de los tormentos imaginables. Don Juan conoció que se hallaba precisamente en uno de ellos; dejó desahogar libremente su dolor a Inés, lloró con ella, y con esto proporcionó algún alivio a su dolor.

Pasados los primeros arrebatos de éste, y cuando ya la bella morena fue capaz de reflexión, no se le ocultaron las funestas consecuencias que aquellos sucesos podrían tener para su amante, y le aconsejó que huyera sin demora.

-Inés -dijo Vargas-, he jurado, no una sino mil veces, vivir y morir con vos: para mí no ha habido dificultad ni peligros; todo lo he despreciado para llegara ser vuestro esposo. Ahora que he obtenido vuestro consentimiento y el del rey, ¿queréis que huya?... No, Inés, no: muera yo antes mil veces que separarme de vos.

¿A qué cansarnos? Aquella triste conferencia se pasó entre lágrimas, protestas de amor y proyectos para saber la manera con que Gabriel habría sido preso.

Don Juan salió del locutorio para ir a buscar al doctor Serrano, y su amada se encargó de escribir a fray Miguel.




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Capítulo V[editar]

 Ése es golpe de fortuna,
 Farfán; que vos no entendéis.
(Sancho Ortiz de las Roelas.)


Gabriel de Espinosa o don Sebastián, como mejor se quiera, en medio de mil cualidades eminentes, tuvo siempre una propensión a la especie de mujeres que, en oprobio de su sexo, abundan y han abundado siempre demasiado en todos países, que, en fin, le fue funesta.

A excepción de la temporada de sus amores y matrimonio con Clara, por donde quiera que viajó contrajo relaciones con mozuelas despreciables. Verdad es que las trataba como merecían. Jamás les confió su nombre, ni aun el que llevaba entonces. Veíalas, por momentos, pagaba generosamente y las miraba con el desprecio a que eran acreedoras.

Ya hemos dicho que en Valladolid encontró a Violante, a quien en su primer viaje a Italia, antes de unirse a la hermana de Inés, conoció con el nombre de Camila.

Visitola de cuando en cuando, y no hubo visita en que no diese muestras de su acostumbrada liberalidad, prenda que contribuyó no poco a consolar a la cortesana del contratiempo de haberse encontrado con un hombre que la conocía.

Sin embargo, siempre conservaba Violante el deseo de deshacerse de aquel hombre a cualquier precio que fuese; y la casualidad le ofreció uno digno de ella por lo inicuo.

El mismo día para cuya noche citó el pastelero a don Juan en el Campo Grande, quiso su mala ventura que se le cayese del bolsillo en casa de aquella mujer despreciable un retrato de Felipe II que la señora doña Ana de Austria le había regalado.

No lo advirtió Gabriel; pero sí Violante; y su primera idea fue la de apropiarse sin escrúpulo aquella alhaja, cuyo valor se echaba desde luego de ver que era considerable.

Pero el diablo moderó entonces su avaricia para inspirarle otro proyecto verdaderamente infernal.

-Esta alhaja -dijo para sí- vale mucho para ser de este hombre. Él, por otra parte, vive con un misterio que nada bueno anuncia. No me ha querido decir su nombre, ni dónde vive; y si yo sé esto último es porque le he seguido por mi criado. Voy, pues, a delatarlo como sospechoso en virtud de este retrato, y así salgo de él.

Después de este soliloquio tomó su mantilla y rosario, y se fue derecha a casa del alcalde de su cuartel, que lo era don Rodrigo de Santillana, quien el día antes acababa de llegar a Valladolid.

Violante, al enterarle de lo ocurrido, presentándole la joya, tuvo buen cuidado de no decirle el motivo de las visitas que le hacía el sujeto a quien acusaba; y habiendo indicado la casa en que posaba Gabriel, se retiró, no sin requebrarla el juez, que tampoco era insensible a los encantos del bello sexo.

Don Rodrigo hubiera dado poca importancia a la delación si la prenda, que se suponía robada no fuera el retrato del rey, cuyas severas palabras resonaban aún en sus oídos. La guarnición de la pintura era, además, de tal naturaleza, que era de presumir perteneciese a un personaje de la más elevada categoría; y servir a un personaje era siempre para don Rodrigo cosa urgente.

Tomó, pues, sus medidas, de manera que, media hora después de recibido el aviso, la posada de Gabriel, que era una de las secretas de la calle de Esgueba, estaba rodeada de esbirros en todas direcciones.

Gabriel, a la oración, se retiró a su casa con objeto de escribir a fray Miguel.

Apenas anocheció, don Rodrigo con toda su ronda entró en la posada, e imponiendo silencio a cuantos encontró, sin obstáculo alguno logró sorprender al pastelero, que habiendo concluido de escribir, se había arrojado sobre el lecho para hacer tiempo hasta la hora de ir al Campo Grande.

Hallose en defecto por esta vez la previsión de Espinosa. El alcalde lo halló sin jubón ni otro vestido que una camisa de fina holanda, con cuello y vueltas de cadeneta pegados a ella; y unos calzones también de la misma tela.

Dos alguaciles que entraron los primeros en su estancia le intimaron, apuntándole con sus mosquetes, que no se menease, y así lo hizo, por no ser ya posible en su estancia.

Don Rodrigo procedió en seguida al registro de su maleta, y, halló en ella varias y muy ricas joyas, que según parece del inventario entonces formado, eran las siguientes:

It. Un librillo de oro con algunos diamantes. Éste fue regalo de la señora infanta doña Isabel a la señora doña Ana de Austria.

It. Un anillo de oro con un diamante grande, en fondo finísimo.

It. Unas muy ricas imágenes para la cabecera de la cama.

It. Una piedra Besar muy grande, engastada en oro.

Por último, un reloj de oro con diamantes para el pecho, y algunas otras cosillas de valor.

En tanto que se inventariaban estas alhajas, Gabriel acababa de vestirse, y en seguida don Rodrigo le preguntó:

-¿Quién sois? ¿Cómo os llamáis?

-Mi oficio es el de pastelero en la villa de Madrigal; llámome Gabriel de Espinosa.

-¿Y por qué, mudasteis de posada hace dos días?

-Era la huéspeda muy puerca, y gústame la limpieza.

-Mucho escrúpulo es ése para un pastelero, hermano.

-Antes, por serlo, es menester reparar más en la limpieza.

-¿De dónde os vinieron a vos tantas y tan ricas joyas? Seguramente habréis tenido buen despecho si haciendo pasteles ganasteis para comprarlas.

-Esas joyas, señor alcalde, bien conocerá usted que no pueden pertenecer a un hombre bajo. Diómelas la señora doña Ana de Austria, monja del monasterio de Santa María la Real, en la villa de Madrigal, para vendérselas en esta ciudad, y a eso sólo he venido a ella.

-Para hombre bajo, como vos decís, el lienzo que gastáis me parece un tantico fino de más.

-¿Las carnes de un pastelero no pueden ser tan blandas y delicadas como las de un príncipe?

-Muy retórico sois, hermano pastelero; acabad de una vez de decirnos quién sois.

-Ya, señor alcalde, lo tengo dicho.

-No quisiera que tuviéramos que poneros en cueros para ver con nuestros ojos la blancura de esas carnes tan bien cuidadas, ni acudir a un par de vueltas de cuerda para probar su delicadeza.

-Yo conozco a usted, y sé que es un honrado caballero que no hará ese agravio -respondió Espinosa a la atroz alusión de don Rodrigo, con tanto desembarazo e ironía como si no fuera a su propio cuerpo al que se amenazaba con el tormento.

Conoció el alcalde que por entonces era inútil insistir en saber más de aquel hombre; y mandó que le atasen para llevarlo a la cárcel. A esta orden la fisonomía de Gabriel dejó ver señales de una violenta cólera; pero acertando a contenerse, se contentó con decir gravemente al juez:

-Mire lo que hace, y cómo trata a los hombres honrados, que ni a él ni a los demás los ha puesto aquí el rey para hacer agravio a los forasteros.

-Si vos lo fuereis, allá parecerá, y os trataremos como a tal. Por ahora, por pastelero os habéis vendido, y así se os lleva y trata respondió Santillana; y a una seña suya, arrojándose los alguaciles sobre Espinosa, lo maniataron mal de su agrado.

En seguida lo condujeron a la cárcel de la chancillería, donde lo metieron en un calabozo, poniéndole un buen par de grillos.

El traje, la manera de hablar y el aire importante de Espinosa, hicieron su acostumbrado efecto en Santillana. Pero si bien el alcalde se persuadió de que aquel hombre no podía ser realmente pastelero, se limitó también a creerle uno de los muchos caballeros de la garra o de la industria que entonces abundaban en España.

Esta creencia hubo de costarle el no descubrir jamás quién fuese Espinosa. Lo primero que hizo don Rodrigo fue despachar un correo a Madrigal, preguntando a la señora doña Ana si en efecto era verdad que hubiese dado a vender a un pastelero varias de sus joyas.

Antes de referir la respuesta de esta señora nos es forzoso volver a la época en que don Sebastián se dio a conocer en Madrigal al vicario de Santa María.

La escena de la iglesia de que don Juan fue testigo, y hubo de ser víctima, no dejó duda a fray Miguel de que su monarca vivía y estaba en Madrigal, y la primera persona a quien comunicó tan fausta nueva fue a la señora doña Ana.

Pocos días después Gabriel de Espinosa fue presentado a su agusta prima. Al principio rehusó cubrirse ni tomar asiento en su presencia, queriendo negar quién era; pero a fuerza de ruegos de doña Ana, quien le reconvino tiernamente por no haberla visitado antes, acabó por declarar su nombre.

La religiosa no podía tolerar la idea de que un monarca viviese ejerciendo un oficio despreciable, y así trató de que don Sebastián lo dejase inmediatamente, ofreciendo para sustentarlo cuantas joyas poseía.

Pero no fue posible hacerle admitir la menor cosa. Insistió en que el oficio servía para encubrirle mejor, y las cosas quedaron en el mismo pie que antes.

Entonces principió la conjuración para recuperar el trono de Portugal, próxima a estallar cuando Espinosa fue preso.

Cuando el pastelero salió de Madrigal para Valladolid, doña Ana, auxiliada por su vicario, introdujo en su maleta, sin saberlo él, las joyas que tan funestas le fueron, y que el interesado no supo tenía en su poder hasta que llegó a su destino. Sobre esto escribió a la señora doña Ana una carta reconviniéndola por su ardid, expresándose en los términos más delicados sobre su repugnancia en admitir los dones de una princesa reclusa, y amenazando de que, por la primera ocasión, devolvería las joyas. Pero tanto la hija de don Juan de Austria como fray Miguel, contestaron insistiendo con más fuerza que nunca sobre la necesidad de que se vendiesen aquellas alhajas para aplicar su importe a los gastos de la guerra, que don Sebastián no quiso disgustarlos por entonces, y resolvió conservarlas en su poder para devolverlas en su tiempo y lugar.

En este estado se hallaban las cosas, cuando el correo del alcalde llenó el convento de consternación. Fray Miguel; avisado inmediatamente, acudió al locutorio, y en él halló a la señora doña Ana llorando amargamente con la niña Clarita, que había querido absolutamente conservar en su poder, en los brazos.

-¿Qué tiene Vuecelencia, señora? -exclamó el buen fraile, alarmado.

Doña Ana, por respuesta, alargó el despacho de don Rodrigo Santillana. Fray Miguel lo leyó de la cruz a la fecha no sin alguna alteración; y, al devolvérselo a la religiosa, dijo, con bastante serenidad:

-Éste, señora, es un contratiempo; pero no tan grave como a Vuecelencia le parece, si puedo atreverme a juzgar por sus lágrimas. Lo que hay que hacer es que Vuecelencia escriba sin pérdida de tiempo a ese alcalde que es, en efecto, cierto que ha dado a vender sus joyas al pastelero; y que le ponga sin demora en libertad. El testimonio de Vuecelencia bastará, sin duda, para conseguirlo, y saldremos de este lance sin otro mal que el del susto.

No se hizo la señora doña Ana repetir dos veces este consejo, sino que inmediatamente escribió a don Rodrigo, usando de todo el ascendiente que la concedía su ilustre nacimiento para obtener la libertad del preso.

No perdió tampoco fray Miguel el tiempo. Trasladose inmediatamente a la pastelería, cuyas llaves estaban en su poder, y sacó de ella un escritorio que contenía toda la correspondencia del rey y de él mismo con los conjurados. El fuego destruyó todos aquellos papeles y cuantos relativos al mismo asunto pudo el vicario haber a las manos. El día antes de la prisión de Gabriel de Espinosa le había fray Miguel, enviado al mulato Domingo, con una carta; pero ésta no le inspiraba inquietud ninguna, pues habían convenido en que cuantas recibiese las destruiría inmediatamente después de leídas.

Domingo era fiel, callado y obediente; pero tenía un vicio que le dominaba, y era el de la embriaguez.

Salió de Madrigal, y en el primer ventorrillo que encontró le pareció oportuno hacer un sacrificio a Baco. Por desgracia era el vino bueno, y las libaciones del mulato fueron tantas y tales, que al cabo de dos horas de estancia en el ventorrillo se halló incapaz de dar un solo paso, y comenzó a decir un sinnúmero de disparates que divirtieron mucho a los que allí estaban.

Uno de los infinitos bufones de taberna, que, borrachos de profesión, en nada se complacen tanto como en que lo sean también cuantos se les acercan, tomó a su cargo rematar, como ellos dicen, al mulato, y para conseguirlo acudió al aguardiente.

Con esto se completó la obra del embrutecimiento de Domingo, quien cayó inerte como un tronco, debajo de la mesa del ventorrillo.

Largo tiempo hacía que éste estaba desierto, y el mulato no daba señal de vida. Pero el ventero, familiarizado con tales accidentes, cerró la puerta a la hora de costumbre y se echó a dormir muy tranquilo.

Al amanecer del siguiente día, despertó Domingo, y tratando de levantarse para proseguir su camino, al primer paso cayó redondo al suelo.

La gran cantidad de vino y de aguardiente que había bebido le causó una abrasadora calentura, que en dos días no le permitió moverse del durísimo lecho que en la venta le dispusieron. Al tercero salió, en fin, para Valladolid y llegó a la posada en que se le dijo encontraría a su amo.

A la puerta de ella, y sentados en un banco, había dos hombres de mala traza y peor cara, que parecían entretenidos en jugar a la morra. Caíanles unos sucios y desmesurados bigotes sobre el labio inferior, que casi ocultaban, y sus puntas retorcidas sobre las mejillas les prestaban el aire de dos gatos monteses. Cada uno llevaba su espada de longitud desmesurada, y las empuñaduras eran de hierro mohoso, con grandes gavilanes.

Aquellos dos señores eran dos alguaciles.

Domingo, después de haber examinado con atención las señas de la casa y reconocido que convenían en todas sus partes con las que a él le dio fray Miguel, entró en ella sin curarse de los corchetes ni decirles palabra.

Los ministros de justicia no le dieron a él tan poca importancia, pues inmediatamente uno de ellos, levantándose de su asiento, se metió en seguimiento suyo en la posada, pero con tanto silencio, con pasos tan cautelosos, que Domingo no advirtió en la honra que le hacían.

-¿Gabriel de Espinosa vive aquí? -preguntó el mulato a la primera persona que se le presentó delante.

-Ha mudado de posada -contestó el alguacil que estaba a su espalda, asiéndole al mismo tiempo la garganta con ambas manos y dando un silbido para llamar a su compañero-. Ha mudado de posada -continuó diciendo-, porque ésta no le parecía bastante decente para su merced, y Su Majestad le hospeda ahora en su casa, para más honrarle.

-Y este hidalgo de Guinea -añadió el segundo alguacil, que ya había llegado- nos hará el gusto de venir a acompañarle

Durante este ameno diálogo, el pobre Domingo, medio sofocado por la presión de las manos del robusto ministro sobre su garganta, renegaba de sus piernas, que a tal posada le habían llevado.

Los alguaciles le pusieron en las muñecas unos anillos; vulgarmente conocidos con nombre de esposas, y uno de ellos le condujo sin demora a casa del señor don Rodrigo Santillana, visita harto penosa para la natural humildad del mulato.

El alcalde, después de haber oído la relación de su ministerio, le preguntó cómo se llamaba.

-Domingo -contestó el preso.

-El apellido.

-Domingo-

-¡Hola! ¿Y Domingo a secas?

-Domingo.

-Sea en buen hora. ¿Buscabais, según parece, a Gabriel de Espinosa?

-Yo no busco a nadie.

-¿Pues a qué fuiste a la posada?

-A nada.

-¿Y de dónde venís?

-De mi casa.

-¿Dónde está vuestra casa?

-No sé.

-¡Bribón! Veremos si a caballo en un potro callas aún. Registradle, y vaya a un calabozo distinto del pastelero. A la orden del registro conoció Domingo que era llegada la hora en que la carta de fray Miguel caía en poder del alcalde, y como si con las manos ligadas pudiera tener esperanzas de evitarlo; comenzó a defenderse a patadas y mordiscos del alguacil que quería registrarle; pero sus esfuerzos fueron inútiles: una nube de corchetes se arrojó sobre él; lo tendieron en el suelo; y desnudándole a su salvo, le hallaron la carta del fraile metida en la cintura entre la camisa y el cuerpo.

Leyola don Rodrigo; brilló en sus ojos un rayo de feroz alegría, y mandó inmediatamente conducir a Domingo a la cárcel y cargarlo de hierros.




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Capítulo VI[editar]

Al tiempo que esperaba nuestra suerte poderse mejorar, la santa mano mostró por nuestro mal su furia fuerte.
(CERVANTES: Elegía a la muerte de la reina Isabel.)


La malhadada aventura de Domingo fue causa de la ruina de Gabriel de Espinosa, del vicario y de doña Ana de Austria.

Don Rodrigo de Santillana, viendo que en ella se daba al pastelero un tratamiento de majestad, inmediatamente coligió que aquel hombre era o fingía ser el rey don Sebastián.

No pudo haber para el alcalde circunstancia más feliz que la de haber caído en su mano aquel negocio, pues cabalmente la persona a quien Felipe II había mandado vigilar era fray Miguel de los Santos, en quien jamás confió el suspicaz tirano.

Un correo llevó la noticia del descubrimiento al Escorial, y volvió en breve con la respuesta del rey. Sus órdenes eran terminantes. Don Rodrigo debía trasladar al preso a Medina del Campo, dejándolo allí, y pasando a Madrigal a prender al vicario y también a la señora doña Ana, pero a ésta en su celda. Todo se ejecutó con tanta celeridad como sigilo.

La historia de esta causa célebre esta envuelta en un misterio impenetrable. Verdad es que, poco después de su fallo, se publicó en Jerez una relación de ella; pero ésta hecha, como es de presumir, para publicarse viviendo aún el tirano y acabadas de inmolar las víctimas.

Sin embargo, es de notar que, mal que le pese a su autor, aun en ella misma la verdad penetra al través de las nubes con que quiere oscurecerla.

Espinosa parece que se complació en burlarse de sus enemigos aun estando inerme en sus manos. En cada declaración de las infinitas que le tomaron, decía una cosa distinta, y aun en una misma, al finalizarla, destruía cuanto en su principio dijo. La extraña sutileza de su oído, su penetración portentosa, le hacían, por decirlo así, adivinar las intenciones del alcalde, quien de orden del rey actuó en toda esta causa sin escribano, teniendo que extender por sí todas las declaraciones.

Sin embargo, el preso perdía algunas veces la paciencia, y exclamaba:

-¿A qué empeñarse en que diga quién soy, si de todos modos he de morir? Si el rey quiere enterarse de quién yo sea, personas tiene a su lado que me conocen, y muchas. Que envíe una y saldrá de dudas.

Fray Miguel confesó de plano que aquel hombre era el rey don Sebastián, y alegó en favor de su aserción notables razones. Entre otras, y además de las que ya hemos indicado en el curso de nuestra narración, merecen particular atención algunas que citaremos.

La primera fue la de haber llegado a fray Miguel a Lisboa un hidalgo portugués, la víspera del día en que este religioso debía predicar las honras de don Sebastián, y haberle dicho que mirase cómo hablaba, porque sin duda había de oírle el mismo rey, pues había escapado con vida de la batalla.

Después de ésta, se refería al dicho de muchos soldados que aseguraban haber visto retirarse herido a don Sebastián del campo de batalla con algunos compañeros. Habla también de haber dicho un fraile de los del cabo de San Vicente, que había confesado y administrado la comunión al rey en su monasterio muchas semanas después de la batalla. Sería interminable referir aquí las razones en que el vicario fundaba su creencia de la vida de don Sebastián, antes de presentarse en Madrigal el pastelero Gabriel de Espinosa; pero no dejaremos de referir cuáles le asistían para reconocer en éste la persona misma de don Sebastián.

El cuerpo no presentaba, cuando fray Miguel le vio en su convento, la misma gallardía que tenía al salir de Lisboa; ¿pero qué mucho, decía el fraile, que sus infinitos trabajos le hubiesen agobiado? Las facciones eran las mismas del rey, el color del pelo, rubio, donde no estaba ya cano; y el de los ojos, azul, también como don Sebastián.

El sonido de la voz era idéntico, si bien un tanto enronquecido. Igual la desmesurada fuerza, que bastaba a hacer astillas una lanza blandiéndola en el aire, o a partir entre sus manos con facilidad cualquier pieza de una vajilla de plata.

Gabriel, como don Sebastián, irascible, orgulloso y arrojado, hablaba el español, el portugués y el italiano.

Estaba al corriente de la política de su época y no ignoraba una sola circunstancia, por pequeña que fuese; relativa al tiempo en que don Sebastián reinó en Portugal.

¿Tan completa semejanza puede existir entre dos distintos individuos? ¿Será posible que la naturaleza haya creado dos seres idénticos, física y moralmente? ¿Se concibe que el temperamento y la educación de un rey y de un pastelero sean tan conformes que produzcan en tan distintas posiciones una igualdad absoluta de hábitos e inclinaciones, de virtudes y de vicios?

Pero demos de barato, hubiera podido decir el defensor de fray Miguel, si Felipe II hubiera tenido por conveniente que aquel desdichado pudiese dar sus descargos antes de morir, demos de barato que puedan reunirse sin milagro las circunstancias referidas en dos distintas personas; aún no se le habrá probado al vicario de Santa María que se engañó.

Fray Miguel, como confesor del rey, estaba enterado de todos sus secretos, y en sus conversaciones con Espinosa más de una vez hizo éste alusión a lo que en otro tiempo le había confiado. El religioso no ha podido revelar al juez aquellos secretos que en confesión se depositaron en su seno; pero sí puede referir hechos que han llegado a su noticia como particular.

Le pregunta, por ejemplo, a Espinosa si ha tenido alguna visión en su vida «Una sola vez, responde éste, y fue corriendo la posta con el conde de Medellín. Al pasar un arroyo, en que un malvado asesinó a su propio padre, creí oír un gran ruido, o por mejor decir, lo vi, en efecto. Dejele al conde de Medellín que pasase adelante, y quedándome solo, esperé en vano un gran rato, pues nada vi».

El hecho pasó así, y de igual manera lo había referido don Sebastián antes de irse a la batalla.

Otra vez, Gabriel, sin ser interrogado, refiere a fray Miguel que estando enfermo en su palacio de Lisboa, los médicos le prohibieron comer pescado, y para mayor seguridad prohibieron el aceite en la cocina real. «Entonces, dijo Espinosa, envié a pedir al cura de mi parroquia un poco de aceite de la lámpara del Santísimo Sacramento para uno de sus feligreses; enviómelo y comí con él pescado, que no me hizo daño ninguno».

De este modo pudieran citarse infinidad de circunstancias que confirmaron a fray Miguel en la idea de que aquel hombre era, en efecto, el monarca portugués.

La señora doña Ana en todas sus declaraciones se refería a lo que el vicario le decía, y la única razón que alegó en su defensa fue que ella no quería que don Sebastián se descubriese hasta después de muerto el rey, su tío.

El gran argumento de don Rodrigo contra ambos era preguntarles por qué si don Sebastián era realmente lo que ellos decían no se había dado a conocer en tantos años, o a lo menos desde que estaba preso, para no verse tan ignominiosamente tratado.

Pero esta objeción, más especiosa que sólida, fue rebatida por los acusados completamente.

Don Sebastián, dijeron, salió tan corrido de la batalla, que no osaba presentarse en los primeros días después, ni aunque siquiera podía hacerlo. Hizo, en primer lugar, voto en África de andar peregrino y encubierto a su vuelta a Europa. Acudió al pontífice para que le dispensara de un voto temerario; pero Gregorio XIII se negó a ello, bajo pretexto que no quería que se turbase el sosiego de los estados del rey católico; pero aun sin esto, ¿no le sobraban razones a don Sebastián para permanecer oculto? ¿Acaso no bastaba para ello ver que se ajusticiaba sin piedad al que se atrevía a asegurar que vivía? ¿Qué suerte podía prometerse si la fortuna le ponía en manos de Felipe II? La que tuvo; verse tratado como un infame impostor.

A poco tiempo de empezada esta causa, por ciertas competencias entre las jurisdicciones real y eclesiástica, fue necesario que el nuncio de su santidad enviara, como envió, un comisionado con poder bastante para apremiar y compeler con toda clase de censuras a los eclesiásticos comprendidos en ella.

Es singular que en más de ocho meses no se dio tormento a ninguno de los reos, por prohibición del rey. Sin duda luchaban un resto de probidad en el pecho de Felipe con su cruel ambición; pero esta triunfó al fin.

Fray Miguel, aplicada la tortura, dijo, como era de esperar, cuanto le mandaron que dijese.

Dicen que Espinosa hizo otro tanto, y será verdad. ¿A qué había de sufrir tormentos espantosos, si de todos modos conocía que había de subir infaliblemente al cadalso?

El resultado fue que Gabriel fue condenado a la pena de ser arrastrado, ahorcado y descuartizado; a la misma fray Miguel, después de la competente degradación; y la señora doña Ana de Austria a reclusión perpetua en una celda de un convento, ayunando todos los viernes a pan y agua y tratada los demás días como otra monja cualquiera, sin servidumbre, ni poder jamás aspirar a ser prelada, ni a ejercer cargo alguno.

El martes 2 de julio de 1596, después de diez meses de prisión, sufrió la condena en la plaza de Madrigal el desventurado Gabriel, o don Sebastián.

Sus últimos momentos fueron dignos de un cristiano y de un príncipe. Oyendo decir al pregonero:

-Ésta es la justicia que manda hacer el rey nuestro señor, y el alcalde don Rodrigo Santillana en su nombre a este hombre, por traidor al rey nuestro señor, y embustero, y porque siendo hombre vil y bajo se había querido hacer persona real, le mandan arrastrar, y, que sea ahorcado en la plaza pública de esta villa; y su cabeza puesta en un palo. Quien tal hace, que así lo pague.

-¡Traidor! -exclamó-. ¡Eso no! Hombre vil y bajo, Dios lo sabe.

Al salir del serón, y ya al pie de la horca, se puso en pie con reposado continente, y tendiendo la vista alrededor de la plaza, descubrió en una ventana de la cárcel a don Rodrigo de Santillana; que estaba allí con objeto de recibirle la última declaración, si quería prestársela.

Entonces ardió en cólera, y no pudo menos de gritar:

-¡Ah, señor don Rodrigo, señor don Rodrigo!

El juez, aterrado, bajó los ojos y perdió el color; pero un jesuita de los que auxiliaban al paciente se le puso delante y trató de convertir todos sus pensamientos al cielo. Consiguiose esto por el momento; y Gabriel, después de reconciliado, subió con firmeza a la horca.

Parose en el penúltimo escalón, y como el verdugo le dijese que subiera otro, se volvió a él, y le dijo con desprecio:

-¡Esto nos faltaba!

Sentado ya, volvió la vista una o dos veces hacia la ventana de la cárcel; y mirando colérico a don Rodrigo, le apostrofó en voz de trueno; pero los agonizantes no le dieron lugar a citarle ante el tribunal de Dios, que era lo que pretendía hacer, según se había explicado en la capilla.

Él mismo se arregló el dogal al cuello, como si fuera una valona; repitió en tono firme las palabras del credo, que un jesuita decía; y murió de la muerte de los malhechores, con el mismo aliento que un mártir.

Fray Miguel fue llevado a Madrid y degradado el 16 de octubre en la parroquia de San Martín por el arzobispo de Bristau. No desmintió el vicario en tan amargo trance su reputación de varón piadoso y resignado.

Conservó durante la degradación en el tránsito al suplicio y ya en él, una entereza humilde, una completa conformidad absoluta con la voluntad de Dios.

Al pie del cadalso dijo, en voz moderada y con firmeza:

-El tormento me ha hecho mentir en contra mía. Gabriel de Espinosa podría no ser el rey don Sebastián; pero yo siempre lo tuve por él. Muero, pues; inocente de este delito que se me supone; pero ofrezco a nuestra Señor esta muerte afrentosa, en descuento de mis muchos pecados, y espero de su infinita misericordia la remisión de todos ellos.

Antes de acabar de subir la escalera llegó de orden del rey el notario de la causa; y estuvo haciéndole varias preguntas, a las que el vicario respondió con mucho desembarazo y brío.

Nadie ha sabido hoy sobre qué punto versase aquella declaración.

Fray Miguel expiró abrazado devotamente con un crucifijo.

La manera con que se verificó la prisión de Gabriel, la previsión del vicario, y, sobre todo, una fortuna inexplicable, fueron causa de que nada pudiese saberse del resto de los conjurados. Hiciéronse varias prisiones en Portugal y en España, pero por conjeturas; y nada se le pudo probar a ninguno de los aprenhendidos, de los cuales la mayor parte estaban inocentes.

Domingo, desesperado de haber sido causa de la pérdida de su amo, se dejó morir de hambre en su calabozo, después de haber sufrido tres veces el tormento sin proferir una sola sílaba.




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Capítulo VII[editar]

 Gracias al Cielo doy, que ya del cuello
 del todo el torpe yugo he sacudido,
 y que del viento el mar embravecido
 veré desde la tierra sin temello.
(GARCILASO: Soneto.)


Lo desagradable de la materia del capítulo que precede nos ha hecho pasar rápidamente por ella, refiriendo en pocas páginas sucesos que ocurrieron en diez meses. Preciso nos es, pues, volver a la época de la prisión del infeliz don Sebastián.

Vargas escribió a fray Miguel una carta enterándole de la desgracia ocurrida al rey el cuarto día después de ella; es decir, inmediatamente que la supo. Pedro fue el portador de ella, pero así que llegó a Madrigal supo la prisión del fraile y la de la señora doña Ana, y se guardó muy bien de decir que llevaba para ellos mensaje ninguno; volviéndose inmediatamente a Valladolid a dar cuenta a su señoría de tan tristes sucesos.

Don Juan penetró sin dificultad que don Sebastián estaba descubierto, y no supo serle dudosa la suerte que le esperaba.

Despreciando el peligro que él mismo corría, lo primero en que pensó Vargas fue en tratar de libertar al monarca portugués del suplicio. Pero cuantos arbitrios se le ocurrieron para ello fueron desgraciadamente infructuosos.

El consistorio protestante, cuyos miembros temblaban por sí mismos, se negó absolutamente a dar ningún paso en favor de don Sebastián; y no contento con esto, rompió absolutamente toda comunicación con el amante de Inés.

La traslación del preso a Madrigal, y el haberse comisionado sólo para guardarlo a un alcalde del crimen de la chancillería de Valladolid, frustraron la esperanza de romper sus grillos a fuerza de oro, y, por último, el arbitrio de intimidar al juez con cartas anónimas, en las cuales unas veces se le amenazaba, y otras se trataba de confundirle haciéndole creer que Gabriel era don Antonio, prior de Crato, no produjo tampoco ningún efecto.

Las angustias de Inés durante el curso de aquel largo proceso fueron inexplicables. La mutación de nombre, y el sigilo con que fue conducida al convento en que se hallaba, la liberaron, sin duda, de la persecución personal, pero no se vio sólo atormentada por la desgracia de su cuñado, sino que temblaba por la hija de su hermana y por su amante.

Una feliz casualidad quiso que la niña Clarita, que la señora doña Ana amaba en extremo y tenía en su compañía, no se hallara en su celda en el momento en que Santillana fue a arrestarla en ella.

La religiosa que entonces la tenía en su celda, movida de compasión por sus tiernos años, la ocultó, sustrayéndola de este modo a la persecución del tirano; pero como se ignoraba absolutamente el paraje que habitaba su tía, no pudo la compasiva monja darle aviso ninguno. La vigilancia que se ejercía entonces sobre el convento en particular, y en general sobre toda persona que llegaba a Madrigal, hicieron imposible pensar siquiera en adquirir noticias de la suerte de la hija de don Sebastián.

Muertos ya éste y fray Miguel, y decidida Inés, a fuerza de ruegos de Vargas, a casarse con él, pero con la precisa condición de buscar antes a Clarita, el fiel Pedro partió de Valladolid, en hábito de peregrino, y gracias a aquel traje, que en aquel siglo se miraba con respeto, llegó sin inconveniente al monasterio de Santa María.

Preguntó en él por sor Magdalena de la Trinidad, religiosa a quien Inés sabía que la señora doña Ana honró con su amistad, y la entregó un billete en el cual la bella morena la suplicaba la diese noticias del paradero de su sobrina. Sor Magdalena era justamente la religiosa que tenía a Clarita en su poder, y al instante informó de ello al peregrino, diciendo que estaba pronta a entregársela en manos de Inés.

Con tan feliz nueva volvió Pedro a su amo; y ya éste no se ocupó más que en buscarse un asilo cómodo y seguro en que pasar el resto de su vida lejos de una corte que aborrecía, y en los brazos de una mujer adorada.

Necesitaba para ello un confidente, y ninguno le pareció más a propósito que su primo el comendador. Confiole, pues, exigiendo antes la solemne promesa de guardar silencio eterno, que iba a unirse con una señora igual a él en nacimiento, pero que, por razones de él desconocidas, deseaba vivir en un completo retiro.

Combatió Hinojosa esta resolución hasta que conoció que perdía el tiempo, y después acabó por entrar completamente en las miras de Vargas.

Compró el comendador todos los bienes que don Juan había heredado de sus padres, y con parte del producto le adquirió en Andalucía una vasta hacienda, que por su posición topográfica, por la fertilidad del terreno, la ostentación de sus límites y la suavidad del clima, era tal como se deseaba.

Después de esto proporcionó él mismo un capellán de confianza, que hizo a Inés legítima esposa de Vargas, un año después de la prisión de don Sebastián.

Enseguida partieron para Andalucía, después de recoger a Clarita, y en breves días llegaron al lugar de su destino.

Jamás se borraron de la memoria de Inés los tristes sucesos de la primera parte de su vida, y el resultado de ellos fue una dulce melancolía que llegó a hacerse habitual en ella.

No así Vargas. La muerte de don Sebastián hizo en él una profunda impresión, y siempre que la recordaba era con horror; pero al verse dueño de su adorada Inés, era el más feliz de los mortales, y lo dejaba ver en una inmensa alegría. Así que los dos esposos estuvieron establecidos en Andalucía, escribió Inés a su tía doña Francisca de Alba; quien no tardó en contestarle y hacerle saber que estaba pronta a entregarle su hacienda, de la que don Juan entró muy pronto en posesión.

Por la tía de Inés supo el marqués Domiño el lugar de su retiro, y a él fue a terminar sus días. Poco más de dos años sobrevivió aquel fiel servidor, anciano venerable, a su amigo y rey; y no pudiendo ya en ellos hacerle otros servicios, se ocupó en redactar una relación de sus desgracias, de la cual se ha sacado la que vamos a terminar.

Olvidose Domiño decirnos cuál fue la suerte de don Carlos, don Francisco y Abenamal; y así, nada podemos decir de ellos. Pero lo que sí refiere puntualísimamente es que jamás se vio esposo más tierno que don Juan, mujer tan amante y tan digna de ser amada como Inés; fruto de su amor fue, a los diez meses de matrimonio, un niño, de que el marqués Domiño fue padrino, poniéndole por nombre Sebastián Miguel de los Santos.

Por una partida de bautismo existente en un libro antiquísimo de una parroquia vecina; parece que este niño casó, ya hombre y siendo caballero del hábito de Santiago y maestre de campo de los reales ejércitos, con doña Clara Contiño, pues tales nombres se dan a los padres del bautizado.

Es de presumir que esta doña Clara fuese la hija de don Sebastián y llevase el apellido de su madre no pudiendo usar el de su desdichado padre. El marqués, hermano de don Juan, tuvo el disgusto de que el niño don Pedro de Alcántara muriese de sarampión, y su madre en un hospicio haciendo verdadera penitencia de sus muchas culpas. Al fin de la relación de Domiño se encuentra una nota que dice así:

«Es fama que don Rodrigo de Santillana, inmediatamente después de haber jurídicamente asesinado al infelice don Sebastián (A. D. D. G.), marchó al Escorial a dar cuenta a su rey de todas las circunstancias de aquel suceso. Después de una larga conferencia con Felipe, en la cual tal vez dejaría ver demasiada convicción de que el muerto era, en efecto, don Sebastián, regresó a Madrid, en donde inmediatamente fue preso. Se asegura que le dieron garrote secretamente en la cárcel de Corte, para sepultar con él tan atroz misterio».

Si así fue, debemos admirar la sabiduría de la Providencia, que castigó a don Rodrigo, haciendo que el crimen de que para engrandecerse fue instrumento ocasionara su ruina.

Vargas heredó el marquesado, pero no varió su plan de vida. Las caricias de su mujer, la educación de su hijo y las distracciones campestres, le parecieron siempre preferibles al bullicio de la corte.

Alguna vez que otra los dos esposos lloraban juntos las desgracias de don Sebastián; pero muchas más horas eran las que pasaban deliciosamente enlazados el uno en brazos del otro, contemplando las gracias infantiles del niño don Sebastián.

Si hay alguna felicidad en la tierra, en la compañía de una mujer amable y virtuosa es donde aconsejo a mis lectores que la busquen.



FIN DE NI REY NI ROQUE




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

Introducción - Libro primero: I - II - III - IV - V - Libro segundo: I - II - III - IV - V - VI - VII - Libro tercero: I - II - III - IV - V - VI - Libro cuarto: I - II - III - IV - V - VI - VII - Advertencias




Advertencias[editar]

Desocupado lector: Sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir a la orden de la naturaleza, que en ella cada cosa engendra a su semejante.


(CERVANTES: Prólogo al Quijote.)


Al público nada tengo que decirle: o la obra le agrada, o no. En el primer caso, unos y otros hemos llenado nuestro objeto; los lectores divirtiéndose; yo saliendo airoso de mi empresa. Si, por el contrario, no le gustase esta novela, será un mal que sentiré, pero que es irremediable, y que todas las apologías posibles no bastan a evitar. Esta advertencia se dirige únicamente a mis amigos, a los que pueden tener algún interés por mi reputación literaria.

El editor de la colección de que forman parte estos volúmenes, haciéndome más favor del que merezco, me invitó a unir mi nombre al de literatos que bajo todos los aspectos me son superiores. Muchos de ellos, que me honran con su amistad, se empeñaron en persuadirme de que la empresa no era superior a mis fuerzas; y más por complacerlos que por otra cosa, di principio a la obra que hoy ve la luz. Pero entonces me hallaba en Madrid, donde me era fácil proporcionarme todo género de auxilios en libros y consejos, y cuando concluí el capítulo IV del libro I me hallé, por un golpe de fortuna, confinado en un rincón de Andalucía. No he tenido, pues, a la vista ni un solo libro de historia, ni un mapa, ni un amigo a quien consultar.

Es imposible que mi composición no se resienta de este aislamiento total. A los veintiséis años, después de dos de emigración, seis de servir en las filas del Ejército, y, de estos tres en la Guardia Real, donde el tiempo me bastaba apenas para atender a las obligaciones de mi empleo, no puedo haber adquirido aquellos conocimientos sólidos, aquella instrucción profunda que hacen capaz a un escritor de componer sin el socorro de los maestros del arte.

Mi memoria es probable que también me haya sido infiel en algunos puntos históricos. En una palabra, este escrito, a que le bastaba ser mío para valer poco, ha tenido, además, la desgracia de escribirse en circunstancias tales que le hubieran hecho imperfecto aun siendo parto de más claro ingenio.

Pido, pues, a mis amigos que me juzguen con indulgencia, y que por lo menos no se avergüencen de haberme alentado a escribir.

De todos modos, me someto a su censura; doy por justas cuantas críticas hagan de este escrito, y sólo formo empeño en que me conserven el afecto que me han manifestado en circunstancias bien críticas, del cual aprovecho con ansia esta ocasión de darles públicamente las más sinceras gracias.

P. DE LA E.


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Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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