Ni una gota de sangre de venganza

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Es ésta la imposición de insignias más numerosa de cuantas he tenido el honor de llevar a cabo en la diócesis, y es ésta la primera vez, después del glorioso movimiento salvador de España, que me encuentro en un acto público con la Acción Católica.

No puedo desperdiciar la solemne ocasión que Dios me ofrece sin dirigiros la palabra, palabra que puede ser histórica. Palabra que dejo como lema, como orden del día, a las cuatro ramas de la Acción Católica, en los tiempos que atravesamos y en los que atravesemos después del triunfo. Es palabra que viene de la cruz, cruz cuyo distintivo acabáis de recibir. Es palabra divina, dulce y consoladora de la suprema intercesión de Jesucristo muriente por todos sus verdugos: «Perdónalos, Padre, que no saben lo que hacen».

¡Perdón, perdón! ¡sacrosanta ley del Perdón! ¡No más sangre; no más sangre!

No más sangre que la que quiere el Señor que se vierta, intercesora, en los campos de batalla para salvar a nuestra patria gloriosa y desgarrada; sangre de redención que se junta, por la misericordia de Dios, a la sangre de Jesucristo para sellar con ello de vida, pujante y vigorosa, a la nueva España que nace de tantos dolores.

No más sangre que la decretada por los tribunales de justicia, serena, largamente pensada, escrupulosamente discutida, clara, sin dudas, que jamás será amarga fuente de remordimientos.

Y… no más sangre.

¡Católicos y católicas de la gloriosa diócesis de Pamplona! Vosotros y vosotras en particular, los llamados por Dios al apostolado como auxiliares de la jerarquía, socios queridos de la Acción Católica, practicad con todo el amor, predicad con toda energía las palabras de Jesucristo en la cruz, esas palabras que distinguen a los cristianos: «Perdónalos Padre, que no saben lo que hacen». Nosotros no podemos ser como nuestros hermanos de la otra banda, esos hermanos ciegos, envenenados, que odian, que no saben de perdón.

No podemos ser como ellos: hemos abrazado una ley de perdón y en ella nos apoyamos para que Dios nos perdone.

¡Católicos! Cuando llegue al pueblo el cadáver de un héroe muerto por defender a Dios y a la patria en el frente de batalla, y lo lleven en hombros y llorando los mozos, sus compañeros de valentía, y una turba de deudos y amigos acompañe sollozando el féretro, y se sienta hervir la sangre de las venas, y rugir la pasión en el pecho, y descerrajen los labios un grito de venganza ... , entonces que haya un hombre, que haya una mujer, que pague, sí, a la naturaleza su tributo de lágrimas si no las puede sorber el corazón, pero que llegue al ataúd, extienda sobre él los brazos y diga con todas sus fuerzas: «No, no; atrás, atrás: la sangre de mi hijo es sangre redentora; estoy oyendo su voz como la de Jesucristo en la cruz, acercaos y sentiréis que dice «perdón». ¡Que nadie se le toque por mi hijo! ¡Que nadie sufra! ¡Que se perdone a todos! Si el alma bendita de mi mártir que goza de Dios se os hiciera visible os desconocería. No sois cristianos. Si os dierais a la venganza y os pudiera maldecir, os maldeciría yo y mi hijo».

Yo estoy cierto de que así hablarán las conciencias cristianas de esta gran Navarra.

Perdón y caridad, hijos míos.

Yo creo levantarse en cada pueblo una montaña gigantesca de heroísmo y una sima insondable de angustia y temores.

De temores. Almas que vienen en tropel y temblorosas a la iglesia en busca del bautismo y matrimonio, confesión y Eucaristía. Vienen con sinceridad, pero no venían antes. Se han roto los eslabones de las cadenas que las aprisionaban y corren al caliente consuelo de la fe. Pero traen el miedo, atravesado como una daga, en el alma. Y las hemos de ganar con la sinceridad de nuestra fe, con la justicia social y la caridad.

Se allanarán la montaña y la sima y por la ruta feliz de la paz marcharemos todos como hermanos, cantando la santidad de la Iglesia, en la prosperidad y grandeza de la patria.

Que mueran los odios.

Ni una gota más de sangre de castigo.

Mujeres católicas, interponed la delicadeza de vuestra mente, el fuego de vuestro generoso corazón, entre la justicia y los reos. Trabajad para que no haya una mano que haga saltar con injusticia una gota de sangre.

Ni una gota de sangre de venganza.

Una gota de sangre mal vertida pesa como un mundo de plomo en la conciencia honrada, no da reposo en la vida y satura de pena y remordimiento en la muerte.

Una gota de sangre ahorrada endulza toda la vida y da la esperanza de toda una gloria.

Lema de palabras de orden: «Padre, perdónalos que no saben lo que hacen».

Os habéis acercado trescientas a recibir la insignia de Acción Católica. Si cuento con trescientas propagadoras de esa palabra de orden se terminaron los odios. Ya no habrá izquierdas y derechas, no habrá partidos, todos hermanos. El Evangelio es uno y será uno hasta el fin de los siglos, y cumpliéndolo con sinceridad de vida llegaremos a aquella que es vida verdadera, sin fin y sin dolores, y a aquella patria que es verdadera patria, sin disensiones ni partidos.

Dios nos la dé a todos por su gran misericordia. Amén.

Marcelino Olaechea Loizaga. Discurso en una imposición de insignias de Acción Católica. Parroquia de San Agustín (Pamplona), 15 de noviembre de 1936.