Nubes de estío: 18

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Nubes de estío
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Capítulo XXIII: El "prócer"

de José María de Pereda


En la llegada de este personaje concurrían aquel año singulares circunstancias que deben tenerse muy en cuenta aquí. Era el cuasi jefe del partido más considerable de la oposición de entonces; las Cortes se habían cerrado un mes antes apresuradamente, con un pretextillo legal de esos que siempre tienen a mano los Gobiernos para un apuro; y el apuro de aquella legislatura fue cierta repentina descomposición de la mayoría, por mal disimuladas y contrapuestas aspiraciones de ciertas y determinadas personalidades «conspicuas» de ella. Estas personalidades se habían desparramado después por las ciudades más renombradas entre las más famosas de las veraniegas de España; con el piadoso objeto de definir claramente sus aspiraciones y tendencias en sendos discursos pronunciados por fin y remate de los respectivos banquetes que darían los partidarios de sus ideas, por noble y espontáneo impulso de su patriotismo y de su adhesión incondicional y entusiástica: todo, por supuesto, con el generoso intento de afirmar la disciplina del gran partido a cuyo ilustre jefe continuaban y continuarían subordinados con alma y vida; nada por miras personales ni «bastardas ambiciones...» No había que confundir estos extremos por falta de reflexión o por exceso de malicia: ellos siempre serían ellos, es decir, los hombres leales y consecuentes, fieles y sumisos a su bandera; pero, por lo mismo, incapaces de sacrificar los sacrosantos intereses de la patria a las conveniencias de un partido.

Así hablaba la prensa ministerial, o, mejor dicho, la parte de ella adicta a los supuestos disidentes de la mayoría; la restante quería creerlo, pero sus trabajillos la costaba disimular que no podía; en cuanto a la de oposición, singularmente la del partido llamado a recoger la herencia del Gobierno cuando cayera, le pintaba tambaleándose ya; y para que acabara de caer, ensanchaba las rendijas entreabiertas, encendía los rencores y enconaba las heridas, mientras sus profetas e inspiradores se dispersaban también detrás de los enemigos para poner púlpito donde le pusieran ellos, con el honrado fin de no dejarles hueso sano y acabarlos de matar.

De los disidentes de la mayoría eran los tres personajes de los hongos feos que el lector ha conocido de vista más atrás. Hasta la fecha de los últimos insignificantes sucesos aquí narrados, no habían roto a hablar todavía con la solemnidad prometida desde Madrid, y tan ardientemente deseada por amigos y adversarios. El periodista que estudiaba la comarca «bajo todos sus aspectos,» y un redactor de El Océano, los habían interpelado, a título de reporters, con la debida oportunidad, y habían dado a luz en sus respectivos periódicos el fruto de sus indagatorias; pero éstas arrojaban poca luz en comparación de la que esperaba la pública curiosidad; y aun de esa poca hubo que quitar algo a instancias encarecidísimas de los interpelados. Menos luz daba todavía lo que traían y llevaban los amigos de la localidad, que los asediaban en la playa y les servían de cortejo en la población. «¿Has visto hoy a Froilán, o a Gorgonio... o a Perico?» se preguntaban unos a otros a lo mejor, porque es de saberse que todos alardeaban de tratarlos con esta llaneza. «¡Ah!... ¡Oh!...» solía responder el preguntado; «¡qué cosas, chico... qué cosas!... Si ese hombre dijera en público lo que se dejó decir en particular, con ese talentazo que tiene y ese pico que Dios le dio,... te digo que la mar, chico, ¡la mar!...» Y nada en substancia, por más que se les tiraba de la lengua por propios y extraños; o porque nada habían dicho con claridad ellos, o por no haber sido bien entendidos de los otros. Indudablemente faltaba el teatro, la ocasión, el banquete. Sobre esto de la falta del banquete, corrían varias versiones. Según unas, de los enemigos, consistía en que los soldados de aquellos capitanes eran pocos y no todos bien vestidos; según los de casa, Froilán y Gorgonio y Perico andaban un tanto melindrosos en el particular, como si hubiera negociaciones pendientes con los de Madrid para su inteligencia mutua, transigiendo en esto los unos y concediendo los otros lo de más allá... Franqueza les sobraba y estimación de veras para decir a sus partidarios «ahora;» y cuando no lo decían, sería por algo, y ese algo debía de respetarse. Entretanto, se vivía alerta y se tomaban medidas para que, en el caso de celebrarse el banquete, concurrieran a él, para hacer a aquellos hombres ilustres los debidos honores, las personas más notables de la población, con un pretexto que no faltaría.

Pues bueno: el marqués de Casa-Gutiérrez, duque del Cañaveral, era, como ya se ha dicho, el cuasi jefe de su partido; el alter ego del jefe indiscutible, y hombre, además, de gran prestigio entre sus fieles, ducho en artimañas y travesuras políticas y de una elocuencia brillante y demoledora. Claro es que con estas prendas personales y en unas circunstancias como aquéllas, la llegada del señor duque debía de ser muy sonada; porque, aunque no lo deseara él, estaba interesado en que lo fuera el pundonor político de sus partidarios de allí, que blasonaban de acérrimos, pasaban y se tenían por gentes adineradas, y rabiaban por echar a Froilán, a Gorgonio y a Perico, los tres gallitos de los otros, otro gallo digno de ellos que les cantara bien claro, y en un lance de compromiso hasta los arrojara del corral. ¡Banquete! No uno, ciento darían ellos al ilustre prócer, si el prócer los deseaba o las conveniencias del partido los pedían. Y banquetes de primera, con comensales abundantes y bien vestidos; elocuentes, los más de ellos; mayores contribuyentes, casi todos; de lustre y prosapia... ¡uf! uno sí y otro no, si bien se miraba.

Se removió, por consiguiente, el partido entero y verdadero en aquella localidad, buscándose, recontándose y codeándose los partidarios; y ésta fue la más negra para don Roque Brezales, el soldado más ardoroso y entusiasta de todos los de aquella benemérita legión. Lo fue primeramente, porque, a pesar de sus talegas y de su amistad íntima con el gran personaje, casi abanderado del partido, todavía no había conseguido capitanearle en aquel apartado confín de la madre patria. Bien sabía Dios que él había hecho todo lo posible porque le otorgaran allí esa investidura que tan desaforadamente apetecía. No daba el pobre hombre en la consistidura de aquello. Su ilustre amigo parecía estar muy de su parte; y, sin embargo, la cosa, con todos sus inherentes relumbrones y prestigios, se deslizaba por sí misma dulce y tranquilamente, como las aguas apacibles por su cauce natural, hacia aquella condenada persona que le había vencido en las luchas de La Alianza y en todos los terrenos en que se habían encontrado frente a frente. Y como se decía en sus grandes nostalgias del empecatado predominio: «ese hombre no es más rico ni mayor contribuyente que yo; ni se viste con mejor sastre, ni paga la ropa más cara ni más a punto que yo; ni tiene más lucida familia ni mejor puesta la casa que yo; ni cuenta arriba con tan poderosos amigos, ni me pone la raya en hablar con sentido en juntas ni en leer de golpe un impreso... y así y con todo, por más que me arrastro y por más que me ayudan a arrastrarme, no acabo de llegar... ¿En qué mil demonches estribará ello?» Pero nunca daba en el hito, o en el ite, como decía él.

Mientras el partido no se movía, menos mal, porque no le tentaban las ocasiones de tremolar en su diestra el glorioso pendón de la falange aquella; pero cuando llegaba la hora de hacer algo, ¡qué sudores pasaba! Porque no acomodándose resignado a desempeñar segundos papeles por creerse con indiscutibles derechos al principal, y siendo como era el partidario más decidido y fogoso, se veía y se deseaba para trabajar con ahínco sin que se trasluciera que trabajaba como simple soldado de filas y no como capitán. Que hubiera allí un comité y que no fuera él quien le convocara y le presidiera, no podía concebirlo ni, en su opinión, debiera tolerarse.

Esto en lo usual y corriente de su vida política; pero en la excepcional ocasión de que se trata aquí, había para don Roque Brezales un segundo clavo que alcanzaba con la acerada punta hasta lo más hondo del depósito en que guardaba él, en confuso revoltijo, sus honrados sentimientos de hombre de bien y sus vanidades de persona visible. El tormento de ese nuevo clavo le sentía don Roque imaginándose que cuantas gestiones hiciera enderezadas a solemnizar la llegada de su egregio amigo, eran a modo de toque a concejo para congregar testigos del desastre que estaba decretado para el negro conflicto de su casa. Pero hay que confesarlo en honra suya: logró sobreponerse a sus flaquezas, y trabajó la partida como un desesperado. Todo programa de honores y festejos le parecía poco, y llamaba pusilámine y roñoso al correligionario de más envergadura, mientras andaba hurgándolos a todos con una agilidad y un entusiasmo, como si no tuviera asuntos de mayor importancia para él en qué ocuparse. Conociendo, como el lector conoce, el estado anormal y borrascoso de sus adentros, cualquiera pensaría que se entregaba el pobre hombre a aquellos ajetreos con el fin de emborracharse con ellos para matar sus pesadumbres; y acaso, acaso no anduvieran esas imaginaciones a dos ápices de la realidad. «Desengáñese usted,» le decía a Sancho Vargas, que le ayudaba mucho en la brega, «aquí no hay más que pico y mucha farsa: todos son unos caballeros muy valientes y muy opíparos, cuando se trata de decir: yo soy el gallito del catarro, y esto dispongo y esto manipulo; o de poner los puntos encima de las haches al hombre de mejor cosmografía; pero dígales usted que se meneen o que se rasquen el bolsillo a contrapelo... ¡cascabeles! ya están torciendo el morro y volviéndose de espaldas... Lo mismo que esa papelería de chicha y nabo: si usted quiere una alabanza bien puesta en letras de molde, ha de escribirla usted a su gusto, como nos acaba de pasar ahora y le está pasando a usted toda la vida. Pues, hombre, lo que yo digo: para estos viajes no se necesitan alforjas... ¡Vaya, vaya!... Ya ha visto usted el asunto estos días atrás: todo les parecía miseria para asombrar a los otros; y si no es por mí, y a todo tirar por usted, esa gran persona llega mañana sin tener quien la reciba más que nosotros dos. No le demos vueltas, señor don Sancho: bien estipuladas las cosas, aquí no hay más que un hombre de agallas, que soy yo, aunque me esté mal el decirlo; y, a todo tirar, otro, que es usted. Ésta es la verdad. Pues verá usted la zurramulta de ellos que le van a hacer a mi ilustre amigo el redibú tan pronto como llegue.»

Algo había de cierto en el fondo de estas duras apreciaciones; pero no tanto ni tan negro como lo pintaba el despechado Brezales. El «egregio prócer» tuvo al día siguiente un recibimiento bien lucido, y no fue todo él obra de los mangoneos de don Roque y Sancho Vargas. Cierto que algunos periódicos no contaron más que lo que se les había dado la víspera puesto ya en solfa; pero, en cambio, el cronista de la Estafeta local de El Océano volcó, por propio y natural impulso, todo el cesto de las lisonjas de los grandes días. ¡Cómo le puso de ilustre patricio, estadista gigante, ciudadano perínclito, talento preclaro y caballero sin tacha! ¡Cómo empalmaban las nubes de incienso unas con otras, y qué bien y con qué arte se extendían después a «la egregia familia, ornamento y gala de la colonia distinguidísima y elegante» que honraba a la sazón con su presencia «nuestra playa incomparable!» Pero ¡ay! ni la alusión más remota a aquello de los «transparentes cendales» y «las gasas tenues» de la otra vez. Bien lo notó don Roque, y bien estimada quedó por él la omisión en toda su terrible elocuencia. El fracaso de su gran proyecto debía de ser ya del dominio público, cuando el lisonjero periodista no aprovechaba aquella ocasión de lucirse en el cumplimiento de un sagrado deber del oficio. De aplaudir era la conducta, como rasgo de prudencia; pero ¡qué prudencia tan mortificante para el buen hombre, por las causas de que nacía! ¡Y qué causas, gran Dios, y qué efectos! sobre todo el que no había estallado aún y debía de estallar muy pronto, y a su presencia, y por su palabra... y entre sus manos. ¡Horror! Pero era preciso, estaba decretado que sucediera eso, y sucedería, costárale lo que le costara. Vencería sus repugnancias, dominaría su flaqueza para arrojar por la ventana la gloria y la felicidad de su familia; pero haría la hombrada, aunque el esfuerzo le costara la vida.

Hubo en la explanada de la estación hasta seis coches particulares de respeto, sin contar el landó flamante de don Roque; y en el andén pasaron de cincuenta las personas que acudieron a dar al duque la bienvenida y tener la honra de estrechar su mano. Allí estaban los hombres más visibles del partido, y lo que pudiera llamarse el estado mayor de cada hombre: unos en concepto de partidarios profesos; otros en el de simples catecúmenos, y tal o cual en el de amigo puramente de los unos o de los otros, pero con estómago bien constituido para alistarse en aquella bandera... o en otra por el estilo, si la ocasión se presentaba, porque las particulares conveniencias lo exigieran. Sancho Vargas no cabía en el andén; pero, en cambio, a Pepe Gómez, que también andaba por allí, porque era de los de don Roque, todo espacio le venía ancho con su modo de ser inconmovible y arreglado. Don Lucio Vaquero, con los hombros y las paletillas cubiertos de caspa (y eso que al salir de casa con la levita nueva le había cepillado bien su señora), no fue de los últimos en llegar. También éste era de los de don Roque, igualmente que don Felipe Casquete y don Anselmo Gárgaras, los tres consocios suyos del gran salón del Casino, y los tres fortísimos capitalistas y principalísimos contribuyentes por lo urbano. Eran asimismo de su cortejo tres concejales simples y un teniente de alcalde; y si no formaba a su lado el Gobernador también, era porque la digna autoridad, como se lo había mandado a decir a última hora, se abstenía de concurrir a aquel acto por el carácter político que le imprimían las circunstancias; pero, como particular, asistía en espíritu al recibimiento y tendría el honor de pasar a ofrecer sus respetos al señor duque tan pronto como llegara a su hotel de la playa. De manera que con esta adhesión y aquellos concurrentes, la falange de don Roque era la más brillante de todas las de sus más «conspicuos» correligionarios, incluso el jefe, que, fuera de la suya propia, no llevaba una representación de cuatro millones de pesetas en efectivo, ni en capacidades otras que la de un procurador que empezaba, y la de un beneficiado de la catedral. Porque los dos canónigos y el magistrado de la Audiencia, que también figuraban entre los concurrentes, habían ido allí de cuenta propia, y no de la del jefe, como se lo aseguró al principio a don Roque el aprensivo don Anselmo Gárgaras. Nino, con su cuñado y Ponchito Hondonada, llegaron al andén los últimos de todos, y a punto de entrar el exprés en la estación.

El gran personaje descendió de un sleepingcarr, y cayó entre los suyos como un Júpiter casero entre diosecillos de tres al cuarto. Todos temblaron un poco, no de miedo, sino de pequeñez, con excepción de don Roque, que tembló además de espanto y consternación por lo que él sabía y el lector no ignora. Y cuidado que el hombre aquel no era para asombrar a nadie por la talla ni por la fiereza; porque presentes estaban otros que le sacaban un buen pico en corpulencia y eran hasta más indigestos de mirar que él; pero aquel aseñorado continente; aquella agradable soltura de movimientos; aquella elegante sencillez de vestido, aquella magistral correspondencia entre el moverse, el hablar y el sonreír; aquella hermosa cabeza tan llena de luz; aquel rostro tan radiante de ideas... y de malicias; aquella voz tan sonora; aquella frase tan limpia y bien acentuada; hasta aquel manejo admirable del sombrero, de los guantes, del reló... en fin, aquel estar en todo, y siempre bien y sin esfuerzo ni violencia... eso, eso y el prestigio de su nombre, y el recuerdo de sus grandes luchas en el poder, y sus batallas en la oposición, era lo abrumador y asfixiante para aquel montón de hombrucos que se creían gigantes en la pequeñez de sus escondrijos. Por más que cerraban los ojos, no dejaban de ver en aquella piedra de toque la alquimia de su oro de baja ley, por lo referente a sus humos de personajes de nota; excepto Sancho Vargas, que se creía siempre tan grande como el más talludo, dicho sea en honor de su modestia.

Don Roque Brezales, por su gusto, hubiera elevado a documento público y solemne el testimonio de que el primer saludo del grande hombre había sido para él, y para él el único abrazo que se había dignado otorgar allí. Para los demás, un apretón de manos; y gracias. ¡Y decir a Dios que aquella eminencia, que aquel asombro con quien él debía de entroncar los oscuros timbres de su familia dentro de pocas horas, de un par de días a lo sumo, tendría que saber!... ¡Qué barbaridad! Le aturdió la visión de este suceso, y estuvo a pique de caer de rodillas delante del recién llegado, para decirle: «áspenme, desuéllenme, descuartícenme vivo; pero yo creo en ti; yo no te niego; tuyo soy con cuanto tengo, espero y valgo.»

Después de los saludos, de las finezas, de los piropos inoportunos, de los chistes malogrados, de las risotadas fuera de lugar por parte de los unos, y de los chispazos de refinada cortesía y de mordicante gracejo del otro, llegó el momento del desfile hacia casa; momento previsto y bien meditado por don Roque. Nadie podía disputarle la honra de llevar al prócer en su carruaje, ni, por consiguiente, la de acompañarle él mismo, en primer lugar. En segundo, podría acompañarle también el que pasaba por jefe del partido... haciéndole demasiado favor... luego Nino, si acaso como de familia; pero como Nino se había presentado allí con su cuñado y el otro que aspiraba a serlo, y los tres no cabían, que se las arreglaran como pudieran.

Y así se hizo al cabo. Montaron el duque, su procónsul reconocido y Brezales en el carruaje abierto de éste; arreó el cochero, y partió a trote largo hacia lo espeso de la ciudad, siguiéndole una buena parte de los coches de respeto cargados de gente, y quedándose a pie el resto de ella, unos murmurando en grupitos, y otros alejándose a la desbandada. De éstos era Sancho Vargas, que, no habiendo obtenido puesto de preferencia en el carruaje principal, no quiso aceptarle en los de segunda, ni perder el tiempo y algo más en el cambio de sus serias impresiones con los vulgares maldicientes de los grupitos.

Entre tanto, el landó rodaba por el empedrado de la gran avenida con mucho estruendo, aunque no con todo el que don Roque deseaba para que fuera oído y visto aquello con la atención y el asombro que su importancia requería. El hombre iba febril y espelurciado de vanidad, emparejado con la gran persona, atento a su embriagadora palabra, y al mismo tiempo al mirar de los transeúntes y de los curiosos de tiendas y balcones.

-Reparen ustedes bien esto -decía a unos y a otros con la mirada chisporroteante;- reparen ustedes que va en mi coche, en mi propio coche; que yo voy a su lado conversando con él, como entre iguales, sin dársenos un pito por este pobre infeliz que va solo enfrente de nosotros y por condescendencia mía; reparen ustedes que en un pueblo de tantísimos miles de almas, yo solo he sido digno de codearme con él y de tratarle...

Pero detrás de este arrechucho de vanidad satisfecha, le caía encima, de repente y por ley forzosa del encadenamiento de sus ideas, todo el peso de su negra desventura; y entonces se sentía poseído de la tentación de arrojarse del coche para romperse la crisma contra los adoquines de la calle.



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