Nubes de estío: 21

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Nubes de estío
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Capítulo XXI: Las chinches del señor duque

de José María de Pereda


Sentados ya frente a frente el personaje y su amigo, mientras éste temblaba y se moría de congoja, el otro, con los síntomas que tenía delante y los datos que sobre la misma enfermedad le había suministrado su hijo, iba leyendo en el alma del pobre atribulado igual que en un libro abierto.

Como fruto de estas observaciones sagaces, y quizás también de un sentimiento muy humano y caritativo, si no fue obra de otro móvil menos piadoso, aunque bien pudiera haber entrado en ella un poco de cada cosa, el señor duque, que resplandecía de frescachón y guapote, y de elegante, y oloroso (hasta el punto de atreverse a jurar en sus adentros el acoquinado Brezales que le salían de la ancha frente, y de los cabellos grises, y de las niñas de los dominantes ojos, en fin, de toda la augusta cabeza, rayos de luz que le turbaban a él la vista y le freían las entrañas), llegó a decir en un tono con dejillos de chancero:

-De buen grado, mi excelente amigo don Roque, le haría a usted yo ahora, como introducción al motivo secundario de mi visita, porque el principal ya sabe usted que es el de satisfacer el gusto de saludarle, una ligera disertación, que tal vez resultara entretenida, sobre lo falible de los cálculos humanos y otras zarandajas por el estilo, con la indispensable filosofía, más o menos casera, que iríamos deduciendo de la tesis, para concluir por recomendársela a usted como probado remedio contra las injustificables mortificaciones de eso que se llama vulgarmente y a cada paso «grandes conflictos de la vida.» Pero como podría ocurrir que la amenidad no resultara, o que la disertación no viniera aquí a pelo enteramente, o que, viniendo, no existiera la necesidad de hacerla, démosla por hecha y discutida, y permítame que entre de lleno en el segundo motivo de los dos que aquí me traen.

Don Roque no pescó una miga del verdadero meollo de esta parrafada. Estaba poseído de arriba abajo de una sola idea; a esa idea le sonaban todos los ruidos que oía, y en ese dedo malo sentía todos los golpes que se daban a su alrededor. Notó, sí, que el duque le miraba con risueña faz y le trataba hasta con mimo; pero estos síntomas, lejos de levantarle los ánimos, más se los abatían; porque cuanto más distante estuviera su egregio amigo de la negra realidad de las cosas, mayores serían su asombro.y su indignación al conocerla de repente.

Por eso se limitó a responderle, con la forzada abnegación del desdichado que comienza a subir las gradas del patíbulo:

-Estoy enteramente a las órdenes del señor duque. Lo que sea de su gusto, será del mío.

-Pues deseo, ante todo, mi complaciente y bondadoso amigo -dijo el duque sin abandonar el tono familiar y casi chancero con que había empezado a expresarse allí,- conocer el estado de las cuentas pendientes entre nosotros dos.

Don Roque vio, con los ojos de sus preocupaciones, una rendija muy ancha, algo como boca de sima que acababa de abrirse cerca de sus pies, y dio por hecho que por aquel tragadero iba a colarse él muy pronto hasta los abismos de la tierra.

-¿Cuentas pendientes entre nosotros, dice usted? -repitió maquinalmente el pobre hombre para ganar un poco de tiempo en su agonía.

-Así como suena, señor don Roque -añadió el otro contemplándole con vivo interés, como si adivinara lo que le estaba pasando.- Cuentas sin metáforas ni simbolismos; cuentas de números prosaicos en columna cerrada...

Brezales vio, al oír esto, que la rendija cercana a sus pies se cerraba poco a poco, al mismo tiempo que iba abriéndose en el cielo un agujerito por donde salía un rayo de luz que le templaba la sangre y le entonaba los desconcertados nervios.

-¡Qué cuentas ni qué ocho cuartos! -exclamó entonces volviendo, como por milagro, de la muerte a la vida.- Pues, hombre, ¡estaría bueno que a una persona como usted, fuera yo!... ¡Quite usted allá!... Usted tiene todas sus cuentas saldadas conmigo.

-Perdone usted que lo niegue, -replicó el personaje formalizándose un poco.

-Pues yo me retifico en mis trece; y a ver qué adelanta usted con negármelas, -insistió Brezales valerosamente.

-Y yo deploro -repuso el duque formalizándose otro poco más al parecer,- que a usted le dé por ahí, creyendo hacerme un favor en ello.

-No hay tal favor, señor duque.

-Pues si no le hay, menos me explico todavía, el empeño de negar usted un hecho tan evidente.

-Y si hubiera intento de favor, ¿por qué no había de haberle? -preguntó don Roque galleándose ya con el duque, lo mismo que si fueran de una misma pollada los dos.

-Por no venir enteramente al caso, -respondió el otro acabando de formalizarse.

-¿Por qué? -volvió a preguntar Brezales sin perder chispa de sus bríos.

-Porque hay algo en ese favor, que no entona bien con la estimación en que yo quiero que me tenga usted a mí, ni con la en que yo le tengo y quiero tenerle a usted... En fin, mi señor don Roque, cuestión de escrúpulos de delicadeza que deben de respetarse sin ponerlos en tela de juicio. Nada de esto se opone a que yo le acepte a usted las intenciones con todo mi corazón, por lo que tienen de generosas; pero permítame que insista en mi pretensión de conocer el estado de nuestras cuentas atrasadas. Porque yo, mi buen amigo, podré ser algo moroso en saldarlas, por no andar siempre en mí los medios y los buenos propósitos a un mismo nivel; pero de eso a no reconocerlas, o a aceptar lo que usted pretende, hay una distancia enorme. ¿Me va comprendiendo usted?

-Puede que sí -respondió don Roque, bastante contrariado con aquello que reputaba baza perdida para él.- Pero figúrese usted, mi regio amigo, que con el mejor de los deseos no pudiera complacerle a usted en este instante, porque no tenga los apuntes a la mano, o porque se los haya llevado el demonio... que bien pudiera ser así.

-Pues lo sentiría en el alma -dijo el personaje con todas las señales de la mayor sinceridad,- porque yo, con esta vida agitada que traigo, y tan extraña a esas mecánicas aritméticas del hogar, apenas conservo otros rastros de esos favores que usted se ha servido hacerme, que los que quedan en mi corazón; lo cual es bien poco, ciertamente, para saldar a conciencia una cuenta en el Mayor de su casa de usted... o en el libro en que se halle la mía.

-Pero, señor duque -dijo aquí Brezales hispiéndose un poco más,- ¿se puede saber a qué santo vienen eses apuros con que me ha salido usted de repente? ¿Vamos a vernos hoy por última vez en la vida? ¿Vamos a morirnos uno de los dos?

A lo que respondió el duque, inmediatamente:

-¡No lo permita Dios, que sabe lo que estimo la amistad de usted y el apego que tengo a la vida!

-Pues entonces, hombre -añadió Brezales creyéndose vencedor en la porfía,- ¿a qué vienen esas solfas? Dejemos el caso que vaya paulativamente marchando de por sí hasta donde los vientos le lleven...

-Mire usted, señor don Roque -interrumpió el personaje, volviendo a su natural gracejo que tan bien le caía,- yo, hombre desgobernado, como todos los de mi oficio, para muchas cosas de la vida ordinaria, tengo el sistema, que en mí es ya una necesidad de carácter, de no levantar un pie para moverme, sin ver cómo queda sentado el otro...

-Ese es el modo de andar sobre seguro.

-Con mayor firmeza se andaría, a mi juicio -observó el duque muy risueño,- estudiando más el terreno aún no pisado, que el que va quedando atrás; pero hay que respetar todos los gustos, y el mío, en este particular, es tal y como acabo de pintársele a usted. Pues bien, amigo mío: siendo éste mi gusto, y dejando símbolos a un lado, y viniendo a lo concreto de mi negocio, yo tenía sumo interés en conocer el estado de nuestras cuentas atrasadas, porque me había permitido esperar que no hallaría usted inconveniente en añadirlas otro rengloncito más, sin estar borrados los anteriores.

Al oír esto, vio don Roque Brezales que el agujerito de antes se dilataba desmesuradamente en su cielo de esperanzas; sintió que le retoñaba la sangre en las venas; que adquiría todos los alientos perdidos, y que la silla en que se sentaba se iba alzando poco a poco hasta levantar dos palmos por encima de la de su encopetado interlocutor. Aquel hombre tan ilustre y resonado, con quien él tenía un compromiso imposible de cumplir; aquel prócer deslumbrante que, una vez sacado a plaza el tema del desdichado negocio, podía llamarle a él, sin faltar enteramente a la justicia, trapacero, y aun zascandil si a mano viniera; aquel gran caballero, en fin, que tanto miedo le daba, necesitaba y le pedía, o iba a pedirle, dinero. ¡Por allí, por allí asomaba el desfiladero de salvación! Por aquel desfiladero emprendería él la huida, y llegaría a puerto seguro y a situarse en posición tan ventajosa, que hasta podría mirar al grande hombre de alto abajo. ¡Cascabeles si había cambiado el simen de las cosas en poco tiempo! En menos del que se tarda en apuntarlas aquí, vio don Roque todo este cuadro; y no bien le hubo visto, respondió a su interlocutor, esponjándose pasmosamente en la silla y dándose una manotada en el pecho:

-Todo cuanto soy y valgo es de usted, señor duque; y ya sabe usted que no hablo por hablar en estos casos.

-Me consta, amigo mío -dijo el duque,- como le consta a usted que yo no soy desagradecido; pero...

-¡Pida usted por esa boca! -dijo Brezales, casi amenazando al otro.

-Mire usted que no voy a pedirle media peseta.

-¡Aunque me pida usted la luna!... Aquí hay trigo para largo, y la mejor voluntad para servir a un amigo como usted.

-¡Mire usted que no tengo garantías!

-Mejor que mejor. Si las tuviera, ¡valiente maravilla de servicio sería el que pudiera yo hacerle a usted!

-Mire usted que puede ocurrir que no vengamos tan pronto; que yo no cuento con otro caudal que el de las esperanzas de esa venida, y que, aun viniendo, soy hombre de manos limpias e incapaz de hacer ahorros, aunque no de mirar por el bien y la prosperidad de los buenos amigos...

-Todo eso está de más para mí, señor duque... Hágame usted el mayor favor que puede hacerme diciéndome, cuanto antes, qué dinero es el que necesita.

-Pues, señor -dijo aquí el duque riéndose de todas veras,- está visto que, contra los impulsos generosos de usted, no hay reflexiones que valgan.

-Ni tanto así, -contestó Brezales, que ya se había puesto de pie, señalando con el pulgar la punta del índice de su diestra.

-Déjeme usted siquiera -expuso el duque levantándose también,- darle una explicación del motivo extraordinario de esta petición...

-Por oída, señor duque, por oída -insistió don Roque, cada vez más poseído de los demonios que le hormigueaban en el cuerpo.- ¿Cuánto es lo que usted necesita?

-Pues, ¡ea!... Cuatro mil duros, -respondió el personaje, estudiando en la cara de don Roque el efecto de la cifra disparada de aquel modo.

-¡Cuatro mil duros! -exclamó Brezales haciendo una mueca a las barbas del personaje, que iba de asombro en asombro.- ¿Y a eso llamaba usted cantidad? ¡Eso es una porquería, señor duque! Hágase usted y hágame a mí más honra, pidiendo cosa de mayor juste... Le pondré siquiera seis.

-De ningún modo, señor don Roque, -contestó el otro con notoria sinceridad.

-Pues de cinco no rebajo un lápice, -replicó Brezales caminando ya hacia el atril.

-Es usted el mismo diablo -dijo al propio tiempo el duque, quizás no muy pesaroso de aquel singular tesón del inverosímil comerciante,- y no hay más remedio que ceder a sus tentaciones.

-Pues, hombre -rezongaba Brezales mientras se sentaba en el sillón y abría la portezuela del casillero que tenía delante y sacaba un libro talonario de una de las casillas,- ¿qué idea tenía usted formada de mí? ¿Para qué son los amigos pudientes... y para qué mil demonios, sirve el dinero, si no se emplea o se tira por la ventana en ocasiones como ésta?... ¡Vaya, vaya!...

Y no cesó de hablar por el estilo hasta que se puso a llenar una de las hojas apaisadas del talonario.

Mientras en esto se ocupaba, el duque cogió pluma y papel de encima del mismo atril, y escribió también algo que puso en manos de don Roque en cuanto éste le entregó el talón que había extendido.

-Ahí va esa miseria, -dijo don Roque.

-Ahí va -dijo el otro,- lo único con que puedo pagarla en este instante.

Comenzó a leer don Roque el papelejo:

-«He recibido de...» ¡Cascabeles! ¿Por quién me toma usted a mi?... ¡Pues esto sólo nos faltaba!...

Y con marcial continente rompió en muchos pedazos el recibo, y los arrojó en el cesto de los papeles inútiles.

-¡Pero don Roque! -exclamó el duque cada vez más asombrado.

-Ni una palabra más sobre este asunto, si no quiere usted que riñamos...

-Pero la declaración siquiera de la deuda...

-La palabra de usted me bastará, si llega el caso.

-Puedo morirme.

-Lo sentiría por la patria y por la veneración que a usted le tengo.

-Usted me confunde, amigo mío.

-Y usted me paga con sobras llamándome de ese modo...

No había manera de luchar contra aquel torrente. Comprendiéndolo así, el duque apretó ardorosamente la diestra del comerciante con las dos manos suyas; y esto fue lo último que se habló allí sobre tan delicado particular.

Poco tiempo después se despedía el personaje, manifestando a don Roque que por la tarde tendría el honor de subir a saludar a su familia.

-El honor será para ella, -contestó Brezales con la mayor serenidad, porque la posesión absoluta de sí mismo le había hecho hasta elocuente de veras, amén de fino y cortesano.

En cuanto se quedó solo el buen hombre, faltó muy poco para que hiciera dos zapatetas en el aire. ¡Tan a gusto se encontraba sin la cruz que le venía agobiando tanto tiempo hacía!

-Ahora -pensaba casi a voces,- ya es distinto... Podré perder la pompa y la felicidad de mi hija... y de todos nosotros, pompa y felicidad que se nos va por los aires, porque el diablo lo ha querido; me quedará ese clavo adentro para toda la vida; pero que me obliguen a ponerme cara a cara con ese guapo; que salga a plaza la cosa, y a ver quién de los dos tose más recio. ¡Cascabeles!... ¡Y le parecían mucho seis mil duros! Sesenta mil hubiera dado yo igualmente por comprar lo que he comprado con ellos. Si ese hombre barrunta lo que me pasa, no sabe lo que ha vendido... Pues, con todo y así, si le contara yo el caso a mi amigo Vaquero, o, es un suponer, a Gárgaras o al mismo Casquete, con lo riquísimos que son, eran capaces de decir que me había dejado robar. ¡Sinvergüenzas!

El egregio duque, entre tanto, salía del portal y echaba calle abajo con su apostura arrogante, su cara resplandeciente y su aire, en fin, de personaje de nota, trascendiendo a holgura y abundancia, lo mismo que si fuera mina ambulante de onzas de oro.

-Yo no sé -pensaba mientras andaba,- si esto que acabo de hacer será enteramente correcto, o un punible abuso de fuerza mayor; porque el dichoso don Roque no tiene pizca de sentido común. Pero es lo cierto que el sablazo era de absoluta necesidad en la crítica situación en que me hallo. Yo contaba con mi ilustre yerno, cerrando los ojos a la elocuencia de muchos y muy desastrosos precedentes de este caballero; pero resulta que también él contaba conmigo por idénticas necesidades: de modo que llegamos a juntarnos el hambre con la gana de comer; y puesto yo en este trance, y ya que el Estado no acaba de prestarse a levantar las cargas domésticas de sus grandes hombres, ni yo he sabido nunca aprovecharme de la sartén de la Hacienda nacional cuando la he tenido por el mango, ni en España ha cuajado hasta ahora la costumbre de dar un pan por el trabajo de comer otro, ¿qué hacer? Pues lo de ordinario: pedírselo a quien lo tenga, con el honrado propósito de pagarlo en días más florecientes... propósito que no abunda entre los menesterosos de mi calibre tanto como se cree. Se imponía, pues, la necesidad de una víctima. Y ¿quién con mejores títulos para serlo que este pobre mentecato que lo tiene a mucha honra, y está nadando en dinero, y además me debía una buena indemnización? ¡Qué demonio! si apurando la tesis, hasta debiera remorderme la conciencia por no haber explotado bien el frenesí de largueza en que cayó. Le pude haber sacado el redaño, y aún le hubiera parecido poco. Porque es evidente que trataba de comprar a fuerza de oro las que no tenía ya para mirarme sereno a la cara. ¡Inocente de Dios! ¡De qué pequeñeces se avergüenza todavía! ¡Si él supiera de qué tamaño son las deslealtades y las caídas entre las gentes con quienes ando yo!... ¡Si le fueran conocidas siquiera las de mi casa! ¡Si supiera qué peine es mi hijo, y qué ganga se pierde con no echársele de yerno, y a mi mujer de consuegra!... En fin, yo soy lo mejor de la familia, y no es inmodestia, porque me queda, cuando menos, la virtud de conocerlos a todos y de estimarlos en lo que valen; un poco de rubor para no entrar con todas, como romana del diablo, y algo en mis adentros que me hace como arrepentirme de haber explotado en Madrid el candor de ese pobre hombre, y casi felicitarme ahora de que no haya prosperado la zancadilla... Porque no tiene duda que a la presente fecha se ha llevado el demonio lo suyo, dando al traste con todas aquellas combinaciones; y me guardaré yo muy bien de empeñarme en componer lo que no tiene ni debe de tener compostura. Quédense, pues, las cosas como están, sin dar ociosamente otro cuarto al pregonero; vuélvase cada mochuelo a su olivo antes con antes, en paz y en gracia de Dios y como si nada hubiera pasado, porque no sería racional otra cosa, ni conveniente perder yo las amistades con este buen sujeto; y por de pronto, alabemos a la Providencia divina, que ha cuidado de que en este desastre no se haya perdido todo para mí ni para los pajaritos de mi casa, que no viven del aire. Es indudable que al mundo le queda un buen pedazo que no se ha podrido todavía; y esto siempre es un consuelo para los pocos hombres que sabemos conocerlo y estimarlo, porque aún no estamos enteramente dejados de la mano de Dios.



Nubes de estío de José María de Pereda

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