Oro y ébano: 034

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Lo que dirán los ángeles[editar]




Quema mi cuerpo cuando el beso frío

de la muerte en mi boca haya apagado

el calor de tus ósculos, bien mío;


Y hacia el tosco jarrón descolorado

por el sol y las lluvias, donde un día

sembraste aquella flor, que el cierzo helado


de noviembre secó, tus pasos guía,

y las pavesas de mi carne impura

presto a la tierra del jarrón confía.


Verás como el matiz y la frescura

tornarán a la flor hoy agostada

aunque tu mano el riego le procura;


y piensa, pues, que a la resucitada

flor le dio nueva y vigorosa vida

el polvo de mi carne atormentada;


carne en que el Ave Amor canta y se anida,

pero también donde el Dolor impera

lo mismo que una fiera en su guarida.


Verás cómo al llegar la primavera

será esa flor, ya alegre y olorosa,

entre todas tus flores la primera.


Con la lluvia benéfica y copiosa

de tus lágrimas, riégala si acaso

la quieres ver aún más primorosa;


y cuando el sol, desfallecido el paso,

su melena de oro, luenga y ancha,

tienda en el mar desde al sangriento ocaso;


en esa hora en que la negra mancha

de las sombras nocturnas se avecina

y en los cerúleos ámbitos se ensancha;


hora en que la viajera golondrina,

cansada ya de recorrer el cielo,

torna a la torre solitaria y trina;

en que se aviva todo desconsuelo,

y el alma como mística paloma,

mirando hacia el cenit, encumbra el vuelo;


en que resuena el Ángelus, y asoma,

como en estanque azul, níveo asfódelo,

Venus sobre las curvas de la loma,

corre y besa tu flor; con loco anhelo

hunde tu rojo labio en su corola,

en su corola blanca como el hielo;


a tu boca de nieve y en una ola

de esencia, un beso subirá inflamado,

y entonces no te sentirás tan sola,


sabrás que estoy allí, cerca, a tu lado,

oculto en esa flor, siempre vibrante,

siempre doliente y siempre enamorado.


Allí sabrás mi torcedor, no obstante

ser él tan espantoso que un momento

hizo palidecer al mar de Atlante,


y ¡Hombre! –exclamar con dolorido

acento–:

soy grande, pero es más tu desventura,

soy hondo, pero más es tu tormento.


Allí, desentrañando mi amargura,

te contaré mi historia, extraña historia

do grita desgreñada la locura;


sabrás por qué no obtuve la victoria,

por qué busqué la sombra en los retiros

y amé la muerte y desprecié la gloria.

Yo las perlas veré de los zafiros

de tus ojos, rodar por tu semblante

envuelto en la explosión de tus suspiros.


Si cultivas tu flor, si eres constante

como yo, notarás que aquel capullo

se irá haciendo más terso y más brillante,


y se enderezará con más orgullo

al sentir de tus besos el derroche

y de tus confidencias el arrullo;

y arder verás entonces aquel broche:

de día como un fúlgido diamante,

como un fragante luminar, de noche.


Más si al cabo me olvidas, y a otro amante

le quieres ofrendar la flor más bella,

bríndale aquella flor en el instante;


él al verla creerá que es una estrella

del vergel de la noche desprendida,

y su boca febril posará por ella;


pero tu flor, como del rayo herida,

de ajenos labios al sentir la huella,

avergonzada morirá en seguida,

sin que él presuma que a tu flor, ya inerte,

mi muerte fue la que le dio la vida,

la vida de él la que le dio la muerte.


Más no, tú no te olvidarás! Abierto

siempre estará ese broche en tu corona

de amante digna de mi amor, ¿no es cierto?

Ni otro amante tendrás, ¡oh, no! Perdona

al que así te ofendió. Tú serás casta,

tú serás fiel, mi corazón te abona.


Tú estarás cerca de ese cáliz, hasta

que alguna mano familiar tus ojos

cierre, y si aún tu celo no me basta.


esa mano, cumpliendo tus antojos,

resembrará ese cáliz en la fría

tierra que al fin cobije tus despojos;


y al confundirse en la mansión sombría

nuestras cenizas, su nevado broche

donde se enlazarán tu alma y la mía,


sordo al clamor del sideral reproche,

será un sol para siempre en pleno día

y una estrella inmortal en plena noche.

Y cuando todo se desquicie y caiga

en el abismo, ya que todo, todo

lo que existe en el mundo no se arraiga


más que un instante, del terreno lodo

desprenderáse nuestra flor, y, pura,

ascenderá en el éter... De tal modo


nuestra será la constelada altura,

nuestra la eternidad y por fin nuestro

el Amor –alma eterna de natura–.


Lejos así de un mundo tan siniestro,

mi lira entonces te dará las notas

del más sonoro y depurado estro,


e iremos a viajar por las remotas

playas del orbe, en deliciosa huida,

juntos y alegres como dos gaviotas;


cruzaremos la comba sin medida,

del cielo hasta la estrella más lejana.

Veremos toda la celeste vida.


Todo...¡menos a Dios! El es el foco

al cual jamás la mariposa humana

podrá llegar en su delirio loco,

ni ella, medrosa de luz arcana,

irá sus alas a quemar tampoco

en el crisol de donde el orbe mana!


Pues Dios es y será lo inconoscible:

el Ser que rige el celestial imperio,

siempre será a las almas intangible;


ellas podrán romper su cautiverio

y verlo todo... menos lo invisible,

la causa de ese todo, el gran misterio.


Más si veremos su infinito; el canto

de arcángeles y vírgenes, oiremos

el himno eterno a Dios tres veces santo


y su obra, a compás de nuestros remos

nos mostrará su inmarcesible encanto

hasta en sus más recónditos extremos.


Cielos, soles, planetas, nebulosas,

desfilarán en el perenne día

como abismos y piélagos de rosas,

y en medio de la célica armonía

surgirá de los seres y las cosas

un gran grito de júbilo: Alegría!

Y a nuestra estrella –puerto de ventura–

regresaremos para siempre, y cuando

los ángeles, radiantes de hermosura,


pasen, dirán, nuestro fanal mostrando:

"Ese astro fue una flor... Cómo palpita,

cómo perfuma el cielo iluminado;


una pareja de almas hoy lo habita,

dos almas que un amor grande y profundo

ató en la tierra y une en la infinita


luz que las diviniza y las absorbe.

Esa estrella que ayer asombró al mundo

es el más bello sol que arde en el orbe".