Oro y ébano: 027

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El canto del cisne[editar]




Dejó caer el bardo moribundo

la cabeza en el hombro de su amada;

miró al mar, miró al cielo, miró el mundo,

y a todos dijo adiós con la mirada.


Y miró al sol sin pestañear, sin miedo,

al sol que declinaba en ese instante,

y habló así, señalando con su dedo

el disco del sangriento agonizante:


Mira amada, ese sol que paso a paso

va descendiendo como inmensa bola

de fuego, y que nos ve desde su ocaso

juntos, mañana te verá a ti... sola.


Cuán feliz ese sol que engalana

para expirar, y su vivir no trunca,

porque ese sol te mirará mañana,

yo ni mañana, ni después, ni nunca.


Mañana ese gran sol que es mago experto

abrirá con sus dardos vibradores

los picos de las aves en tu huerto,

y en tu jardín los labios de tus flores.


Ese sol todo luz, todo energías,

volverá con su faz, siempre lozana,

al nacer, a decirte: "buenos días",

y a decirte al morir: "hasta mañana".


El volverá de cielos apartados

a confundir sus oros con las densas

ondas de rubios hilos perfumados

que fulgen en los cables de tus trenzas.


Y volverá desde la cumbre agreste,

con su cortejo de celajes rojos,

a ver él –dueño del azul celeste–

un azul más azul: el de tus ojos.


Cuán feliz ese sol que te despierta

todos los días, que vendrá mañana

a asomarse al resquicio de tu puerta

y a colarse otra vez por tu ventana.


Y yo no volveré; ya la esperanza

de vivir y de verte en esta vida,

que mi razón a comprender no alcanza,

se va, se va como mi fe perdida.


Mira cómo se muere en lontananza

el postrer rayo de la tarde, mira,

así se está muriendo mi esperanza:

oye mi corazón como suspira.


Pon en mi pecho tu cabeza, escucha:

¿no oyes como el rumor de un miserere?

¿cómo el fin angustioso de una lucha?

Es mi pobre esperanza que se muere,


es mi pobre esperanza que se esfuma

como ese último rayo en la tiniebla;

mírala... ya se va... copo de espuma.

Bésame... ya se fue... gasa de niebla!


Así dijo el poeta. Su pupila

volvióse hacia las cumbre de la muerte,

y su cabeza resbaló tranquila

con los ojos inmóviles, inerte.


Sollozante la amada

lanzó un ¡ay! –gota que el dolor destila–

miró al azul, y un cálido reproche

iba a exhalar, cuando, maravillada,

vio que surgía como etéreo broche,

bajo la ardiente comba encresponada,

otro sol en la cima de la noche!