Oro y ébano (Versión para imprimir)

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Oro y ébano de Julio Flórez

A Bogotá[editar]






I

¡Oh!, mi ciudad querida, hoy tan lejana

y tan inaccesible a mi deseo

que, al destacarte en mi memoria, creo

que fuiste un sueño de mi edad temprana


Te evoco así como a quimera vana,

y al evocarte sin cesar, te veo

resplandecer ante el ardor febeo

sobre la gran quietud de la sabana.


Mas al ver que en ti van hora tras hora

sucumbiendo los seres que amé tanto

y que la tierra sin piedad devora,


Surges tras de la nube de mi llanto,

no como ayer, alegre y tentadora

sino como un inmenso camposanto.


II

¡Oh mi bella ciudad! Cómo en tu seno

vibró mi ser y aleteó mi rima

cuando en tu corazón hallé la cima

que asalta el rayo y que apostrofa el trueno.


Te poseí bajo tu azul sereno,

entre el halago dulce de tu clima,

y te ofrendé mi juventud opima

con tanto ahínco y con amor tan pleno,


que en las tinieblas de tus noches frías

y hasta en tus más recónditos rincones

deben sonar, cual ecos de otros días:


los sollozos de todas mis canciones,

los estruendos de todas mis orgías

y los gritos de todas mis pasiones.



A la torre de Panamá (La antigua)[editar]





I

Fuente de inspiración para el aeda

que clava en tus escombros la pupila,

eres ¡oh torre! Tu vejez tranquila

da al verso lustre y suavidad de seda.


Ya de tus esplendores nada queda;

y la muerte, que todo lo aniquila,

hoy en tus muros su guadaña afila;

tu polvo cae y por los campos rueda.


El mar te va acercando poco a poco

sus azules y móviles colinas,

triste, impaciente o de coraje loco;


y, únicas compañeras de tus ruinas,

siempre que apaga el sol su inmenso foco,

van tu pena a llorar las golondrinas.


II

Cuencas sin luz de monstruo corpulento,

dan paso tus ventanas a la brisa

que al sentir tu mudez huye de prisa

lanzando al alejarse hondo lamento.


Ella que disfrutaba del momento

matinal y sonoro, en la precisa

hora que tu esquilón llamando a misa

desparramaba su broncíneo acento,


al contemplarte así, casi deshecha,

bajo un montón de líquenes y lianas

y abatido el orgullo de tu flecha,


se lamenta al pasar por tus ventanas,

y cómo no ha de lamentarse, si echa

de menos el clamor de tus campanas.


III

Tu mole fantasmal de piedra bruta

rota por el cincel del tiempo, yergue

su lacerada rigidez, albergue

del gran capuz que tu interior enluta.


El mar ama tu paz; preciosa gruta

le finges cuando en sueños te sumerges

y él se goza lanzándote el asperges

de su espuma volátil e impoluta.


Terco el Ponto sus líquidas sabanas

arrastrará hasta ti con sus arenas,

y ante el oro de límpidas mañanas


y de tardes purpúreas y serenas,

allí donde tronaron tus campanas

desgranarán sus risas las sirenas.


IV

Y la hora vendrá de tu agonía:

bajo los besos del cristal triunfante

en un siglo? tal vez en un instante

te desharás con tu melancolía.


Entonces disgregada en la sombría

soledad oceánica, delante

del hombre no serás, ni en la distante

tierra se acordarán que fuiste un día.


En vano tus aladas compañeras

abandonando la quietud del monte

buscaránte en aguas plañideras;


y será inútil tu reclamo tierno

porque al escudriñar el horizonte

no verán más que el mar? ¡el mar eterno!



Canción[editar]





¿Has visto, niña, a lo lejos,

el sol, que paso entre paso,

ve descendiendo al ocaso,

con su manto de reflejos?


¿Cómo por lúgubres huellas

deja en su triunfal descenso

cubierto el espacio inmenso

de crespones y de estrellas?


Así, niña es el amor:

como el sol, paso entre paso,

cuando desciende a su ocaso

y no da luz ni calor,


en el corazón herido

nos deja en triste quebranto:

por astros, gotas de llanto,

y por tinieblas, olvido.



Candor[editar]





Azul... azul... ¡azul estaba el cielo!

El hálito quemante del estío

comenzaba a dorar el terciopelo

del prado, en donde remansa el río.


A lo lejos, el humo del bohío,

tal de una novia el intocado velo,

se alzaba hasta perderse en el vacío

con ondulante y silencioso vuelo.


De pronto me dijiste: el amor mío

es puro y blando, así como ese río

que rueda allá sobre el lejano suelo;


y me miraste al terminar, tranquila,

con el alma asomada en tu pupila,

y estaba azul tu alma como el cielo.



Décima[editar]





Hizo tu mano de nieve,

tu cabellera de oro

y de diamantes tu lloro,

y de lirio tu pie breve;

tu boca, rojo manjar,

de un clavel, y al terminar

puso en tu faz de azahar

y en tu pupila traidora,

todo el carmín de la aurora

y todo el verde del mar.



El barquero misterioso[editar]





I

Guarda tu corazón cuando me vaya,

guarda tu corazón cuando me aleje

y en esta triste y sitibunda playa

por la primera vez sola te deje.


Hoy voy a abandonar esta ribera;

la hora se avecina? ¡ya no tarda!

¿Lloras? ¿Por qué?... ¿Por qué me voy?

Espera,

si he de volver, ¿por qué llorar? ¡Aguarda!


Escucha: sólo voy hasta la orilla

de aquel islote en cuyas rocas yertas

a los rayos del sol el nácar brilla;


hoy comienzo a cumplirte mis ofertas;

¿qué a qué voy? A traerte una cestilla

de caracoles y de conchas muertas.


II

Dijo, y ya sobre el mar y bajo el cielo

el dulce amante se alejó cantando,

mientras en el azul su albo pañuelo

trazaba un volveré de cuando en cuando.


Ella desde la orilla solitaria

la vio perderse en el confín remoto;

la rodilla dobló... y una plegaria

elevó a Dios su corazón devoto.


¿Rugió la tempestad? ¿El Ponto airado

a otras playas oscuras y desiertas

arrojó al venturoso enamorado?


¡Oh secreto que el alma me acuchilla!

El dulce amante de las conchas muertas

no ha vuelto aún... ni volverá a la orilla!



El entierro de Lila[editar]





La última rosa en el jarrón expira.

¿Quién vendrá a renovarla?... El aire vuela

sobre la flor exánime y suspira,

en tanto que? mi corazón se hiela!


Huérfano de la albura de tu mano,

y en el silencio que en la sala flota,

polvoso, en un rincón, sueña el piano,

sueña que tú? le arrancas una nota!


Mi perro, Tom, agranda el dolor mío:

aúlla y viene y va de puerta en puerta;

cree que volaste y mira hacía el vacío...


Quizás te ve... La alcoba está desierta

y el lecho tibio aún, mañana frío

y solo!... ¡Acaban de sacarte muerta!



El poder del canto[editar]





Tañe Orfeo su cítara y avanza

con pie seguro hacia el remoto oriente;

canta y su voz desbórdase en torrente

de fe y de amor, de vida y de esperanza.


Camina... y la brumosa lontananza

despéjase ante el lírico potente,

cuyo canto retumba en el ambiente

rindiendo todo cuanto a herir alcanza.


Al vasto azul se asoman los querubes...

El mago mira en torno, y sus sombríos

ojos le advierten que a distancia corta,


hombres, fieras, reptiles, aves, nubes,

montes y valles, piélagos y ríos

lo van siguiendo en procesión absorta!



En el monte[editar]





Ya poco o nada de mis glorias queda;

hoy, lejos de la lucha en que viví,

mezo la cuna de mi niña y rueda

como un susurro la existencia aquí.


En la brisa fugaz que blanda sopla,

llega de las ciudades hasta mí,

de cuando en cuando, el eco de una copla

de amor que en otros tiempos escribí.


Y al recordar mi tormentosa vida

y lo que entre los hombres padecí,

bendigo en el silencio la escondida

senda que al fin y al cabo preferí.


Hoy todo, todo me parece un sueño,

todo, hasta las miserias que sufrí;

vivo como al influjo de un beleño,

y así resbala mi existencia, así...


Diéronme hiel en el falaz tumulto

humano hasta las bocas del rubí:

allá calumnia, allí grosero insulto,

allá traición y falsedad allí.


A mi patria, sumida en sus tristezas,

mi lira de oro y ébano le di,

ella a mí no me ha dado ni riquezas,

ni honores, no, pero su llanto sí!


Dejadme, pues en paz; nada he pedido,

más hoy que vivo retirado aquí,

mezo la cuna de mi niña y pido

olvido, sólo olvido,

olvido irrevocable para mí!



Introducción (Al poeta)[editar]





El verso debe ser claro y sonoro

como el agua del mar y como el oro.


El verso debe ser firme y radiante,

lo mismo que el acero y el diamante.


Debe ceñir inmarcesibles galas,

subyugar o abatir... y tener alas!


Trabajo es gloria: trabajad, poeta,

mellad vuestro buril en la faceta!


Si queréis oficiar en el santuario

de la fama, triunfar en la tarea,

cread... y sed orfebre y lapidario:

¡haced un luminar de cada idea

y haced de cada verso un solitario!



La desahuciada[editar]





–"Tus manos son dos lirios"– la decía

cuando endulzar queriendo su amargura

de victima incurable, le oprimía

sus luengas manos de marmórea albura.


–"Tus ojos son violetas"– la decía

cuando extinguir queriendo sus enojos

de niña enferma, en el azul del día

de sus ojos bañábanse mis ojos.


–"Es un clavel tu boca"– la decía

cuando al verla tan triste, me bebía

de sus labios de púrpura la miel.


Una mañana la llevé a la fosa...

Y han nacido en la tierra en que reposa

dos lirios, dos violetas y un clavel.



La novia eterna[editar]





Ávido el mar de poseer la tierra

al sonoro aletazo de la brisa,

en salto audaz, con ímpetu que aterra,

cubre la playa a su pasión sumisa.


Y un grito lanza, un grito formidable

de impaciencia y de amor, de ira y de pena,

al ver que sólo acariciar le es dable

las mismas rocas y la misma arena.


Y alarga hacia su eterna prometida

su amargo belfo azul, bajo la bruma,

en demanda de un ósculo de vida;


y al sentir la impotencia que lo abruma,

ruge... y le arroja en cada arremetida

todos los azahares de su espuma.



Las manos de mi madre[editar]





Manos que en el crespón de la tiniebla

de la noche insonora

pálidas flotan como airón de niebla!

¡Oh, las manos difuntas

de la triste señora,

de la madre doliente

que ha tiempo no responde a mis preguntas!

¡Oh manos que existieron solamente

para elevarse a Dios y vivir juntas!


Manos hechas de amor, adoloridas,

sangradas sin cesar por los abrojos

de las ajenas vidas?!

Que nunca hubieron de ocultar sonrojos,

que en el mundo cerraron mis heridas

y que se fueron sin cerrar mis ojos!


Oh manos aguzadas

por el dolor y la piedad... divinas

manos que vi a menudo entrelazadas

cual si una de la otra, acaso por lo finas,

siempre hubiesen estado enamoradas!


Manos claras, radiosas,

que siempre aleteantes y piadosas,

esparciendo un frescor de esencias vagas,

posábanse cual níveas mariposas

en los rojos claveles de las llagas!


Manos alabastrinas,

frágiles y pequeñas,

cuyos dedos de raso

en la noche del mal llena de espinas,

me llamaron por señas

y enderezaron mi torcido paso!


Manos claras, serenas,

azuladas apenas

por la red de las venas,

que parecían, al tocar las cosas,

por encima, azucenas;

y por debajo, rosas.


Manos sabias, prolijas,

que mi sudor secaron en la cuesta

que me tocó subir... Manos de santa

que nunca entorpecieron las sortijas,

y en mi noche más lóbrega y funesta

trizaron la blasfemia en mi garganta!


Desde la eternidad donde cual una

tenue gasa de luna

flotáis, manos queridas

que nunca hubisteis de ocultar sonrojos

y en el mundo cerrasteis mis heridas?

volved, ¡oh manos!...¡y cerrad mis ojos!



Los besos en los ojos[editar]





¿Y los ojos? Son ánforas repletas

de luz espiritual, ventanas puras

de cuyo marco penden las violetas

de las ojeras místicas y oscuras.


Los ojos son los faros de la vida,

son los cristales donde amor asoma

su faz como una rama florecida

hecha de lumbre y de celeste aroma.


Los besos en los ojos... Todo beso

que en los ojos se da, se da en el alma;

beso dulce, castísimo... Por eso


cuando tras de besar tus labios rojos

quiero infundir a mis sentidos calma

pongo a soñar mis labios en tus ojos.



Ocaso y orto[editar]




(vistos desde El Morro)

El gran león azul, de alba melena,

no ruge ya... parece que dormita

debajo de la bóveda infinita,

en su cubil de rocas y de arena.


Huye la tarde; prodigiosa escena:

ensangrentado el sol se precipita

en su tumba de oro, y la marchita

frente le anubla un hálito de pena!


El toque lento de oración resuena

en la ciudad distante que se agita

con el vago rumor de una colmena.


Mientras la luna –blanca margarita–

ante el sol –rojo lirio– asoma llena.

¡Mirad: él muere y ella resucita!



Paisaje de verano[editar]





El cristal de la atmosfera se ahúma

con el incienso de las quemas. Flota

un acre olor. Tras la azulada bruma

vuela, rumbo hacia el mar, una gaviota.


La selva anciana de seis mil abriles,

alta y adusta, encórvase a lo lejos,

esfumando en las tardes sus perfiles,

dorados por los últimos reflejos.


Tramonta el sol la pétrea serranía

como envuelto en purpúreos tafetanes,

y allá en la estepa, donde sangra el día


y la mirada atónita se pierde

?pendón de un regimiento de titanes?,

iza una palma su penacho verde.



Primera aurora[editar]





Y fue la lucha de la sombra inmensa

con el fulgor del día.

Sólo una estrella pálida, suspensa,

tras de la bruma densa,

quedo flotando en la región vacía.


Alzó su voz la secular floresta

de hondas arcadas por el viento rotas;

brilló la nieve en la empinada cresta

y comenzó la universal orquesta

con el preludio de infinitas notas.


Murió la última estrella

en la cima de un monte

como un cocuyo en la explosión del día,

mientras la aurora pudibunda y bella

anegaba de luz el horizonte

y en el lejano azul se sonreía.


Y entre el enorme ruido

que se alzó de la tierra en giro vario,

fue el lago un mar dormido,

el valle un vasto nido

y el bosque mugidor un incensario.


Encresparon las fuentes argentadas

con el brillo del sol de sus aguas locas,

y las níveas cascadas

rompieron con furor contra las rocas

sus collares de perlas irisadas.


Y el mar se hinchó con lúbrica delicia

sobre las playas cálidas y solas

al sentir la caricia

de la primera luz sobre las olas.



Regreso y adiós a la ciudad[editar]





Vengo de la montaña.

Retorno al fin a la ciudad querida,

más con un hierro en la sangrienta entraña,

donde el pájaro amor canta y se anida;

dejé allá, muy adentro, una cabaña,

un gotear de perlas y una herida.


Traigo el cerebro henchido de visiones,

vengo oloroso a virginal maraña

y a tierra removida!

Vuelvo como me fui, sin ambiciones,

aunque con menos vida,

más viejo sí, pero con más canciones!


Ved mi rostro azotado por los vientos

y ardido por el sol. ? Mirad, hermanos,

hoy mis ojos están más soñolientos,

y más duras, más ásperas, mis manos!

Pavor dando a los rudos campesinos

he desbocado mi corcel a veces

por los largos caminos

que eternizan las curvas de sus eses;

y hemos vuelto de noche sin ruido,

por entre sombra y bruma,

cual dos fantasmas: yo, despavorido,

y él cubierto de espuma!

Sudoroso, anhelante, he perseguido

al ciervo en sus alígeras carreras,

he estrangulado al crótalo, he vencido

cara a cara a las fieras.


A los golpes del hacha

he derribado, bajo el sol furente

y bajo el brusco soplo de la racha,

el árbol? y he sembrado la simiente!

He descubierto muchos horizontes,

muchas playas risueñas,

y he ascendido a las cumbres de cien montes

y he escalado las rocas de mil breñas,

y viendo siempre mi esperanza trunca

he descendido al mar, y sus riberas

he recorrido en solitarias rondas

sin fatigarme nunca,

nunca jamás, lo mismo que sus ondas!

Todo por si podía,

castigando mi carne, dar reposo

a las tormentas de la mente mía!

Con qué placer exterminar quería

mis sueños y mis ansias de coloso!


A la montaña fui porque creía

que del mal de pensar me curaría

que bajo el árbol corpulento y bajo

la selvática frescura

de la fosca espesura

el material trabajo

iba a matar la cerebral tortura.


A la montaña fui porque creía

que al recobrar mi fe me postraría

como el gañan, sin el dolor siniestro,

para decir uncioso: "¡Ave María!"

y, con las manos juntas: " ¡Padre Nuestro!"


Inútil todo. El hado

en cada sitio, en cada día,

entre mis labios reventó la estrofa,

desfloró su rosal la poesía!


Mi alma rebelde que a la fe resiste,

vio a través de las cuencas de su alvéolo

la tierra más feraz... ¡pero más triste!

El cielo más azul... ¡pero más solo!


Una nueva ansiedad de aturdimiento

de mi monte profundo,

de mi senda escondida,

arráncame hoy... y errante como el viento

en busca de la tierra prometida

otra vez voy a recorrer el mundo!

Adiós... No sé si volveré mañana,

harto otra vez de la mentira humana.

Ignoro las supremas decisiones

de la suerte en mi próxima partida;

más, si llego a tornar a estas regiones,

será con mucha menos vida,

más viejo sí... ¡pero con más canciones!



Soneto[editar]





Toma mi cuerpo, madre te lo entrego

ensangrentado... como me lo diste,

sólo que a ti va ahora mudo y ciego,

menos lloroso... si... pero más triste!


Gracias, madre, fue hermoso, tuvo suerte,

el mejor vino y el amor más loco

gozó en la lucha... pero poco a poco

lo echó el Asco en los brazos de la muerte!


Dale un gran beso de perdón, pero no llores,

no vayas a llorar... agradecida

pronto lo estará la madre Tierra.


Tú y ella, mis dos madres, mis amores!

Alégrate: la vida... la gran vida

comienza en toda tumba que se cierra!



Tu alma[editar]





Bajo las morbideces de tu seno

donde el nácar el coral incrusta

sus botones de púrpura, sereno,

hierve tu corazón en sangre augusta.


Y bajo el terso y límpido alabastro

de tu frente de invicta Citerea,

vibra y deslumbra el luminoso rastro

del relámpago excelso de la idea.


Tu alma, digna de su forma pura,

como en palacio de marfil pasea

su bondad, su pasión y su ternura;


y es tan viva la luz que la caldea,

que traspasa tu espléndida hermosura

y a través de tu carne centellea.



Tu pañuelo[editar]





Se impregnó de tu boca...

Se impregnó de tu seno...

y cuando estuvo todo

de tus aromas lleno,

voló a mí como loca

mariposa de nieve,

y se durmió en mi boca

como un sueño tan leve,

que hoy, al radiar el día,

aquella frágil gasa

en mi boca fingía

un lirio que moría

de amor... sobre una brasa!



A Colombia[editar]





Golpea el mar el casco del navío

que me aleja de ti... patria adorada!

Es media noche; el cielo está sombrío;

negra la inmensidad alborotada!


Desde la yerta proa, la mirada

hundo en las grandes sombras del vacío;

mis húmedas pupilas... no ven nada!

Que ardiente el aire; el corazón... que frío!


Y pienso, oh patria, en tu aflicción, y pienso

en que ya no he de verte!... Y un gemido

profundo exhalo entre el negror inmenso!


Un marino despierta... se incorpora...

aguza en las tinieblas del oído

y oigo que dice a media voz: ¿Quién llora?



A una niña[editar]





A mi hija Cielo


¿Ves esa linfa que triscando rueda

cómo dilata su cristal sonoro

por la llanura, el valle y la arboleda,

como una veta de zafiros y oro?


Mira qué alegre va; nada le abruma,

aquí levanta un coro de rumores,

allí palpita en vértigos de espuma,

allá se aduerme en tálamos de flores.


Sea tu vida así: pise una alfombra

de albas rosas tu pie; ¡la espina advierte!

¡Con tu candor a la azucena asombra!


Y arda tu luz espiritual, de suerte

que al penetrar en la suprema sombra

alumbres las tinieblas de la muerte.



Canciones[editar]





Yacen mis venturas muertas,

de mi lama en las ruinas,

como las conchas marinas

sobre las playas desiertas.


Así, pues, si mis cantares

te llegan con mis lamentos

en las alas de los vientos

y en el fragor de los mares,


te cantarán al oído,

con rumor trémulo y blando,

que estoy llorando, llorando

por tu ausencia y por tu olvido.


Y te dirán que el exceso

de mi profundo pesar

no puede hacerme olvidar

la miel de tu último beso.


Que voy con mis penas a solas

rodando por el vacío

como esos troncos que el río

arrastra sobre sus olas.


Y que están mis dichas muertas

de mi alma en las ruinas...

como las conchas marinas

sobre las playas desiertas!



Como las olas[editar]





Pasa la onda amarilla

del revuelto Magdalena

y gime y lame la orilla

de blanda y menuda arena.


Ya se detiene... ya huye

sin recelo, sin temor;

aquí una rama destruye,

allá deshoja una flor.


Pero en su larga carrera

nunca llega a imaginar

que otra onda azul la espera,

la onda amarga del mar.


Nuestros hados, niña loca,

como aquellas olas son:

yo hallé néctar en tu boca;

tú, hiel en mi corazón.



Dos amarguras de distinta fuente[editar]





Olas, vientos y espumas,

cielo y agua,

el sol, tras de las brumas,

muere en su roja y gigantesca fragua.


Una nívea gaviota

que se aleja

en el aire la nota

de un grito agudo y penetrante deja.


Yo solo, en la baranda

del navío

que cruje y tiembla y anda

penosamente sobre el mar, sonrío

y pienso en ti, y en mis pestañas brilla,

pura y sola,

una lágrima, rueda en mi mejilla...

y cae en las arrugas de una ola.


Y allá van... ola y llanto

juntamente:

¡dos símbolos eternos de quebranto!

¡dos amarguras de distinta fuente!



El canto del cisne[editar]





Dejó caer el bardo moribundo

la cabeza en el hombro de su amada;

miró al mar, miró al cielo, miró el mundo,

y a todos dijo adiós con la mirada.


Y miró al sol sin pestañear, sin miedo,

al sol que declinaba en ese instante,

y habló así, señalando con su dedo

el disco del sangriento agonizante:


Mira amada, ese sol que paso a paso

va descendiendo como inmensa bola

de fuego, y que nos ve desde su ocaso

juntos, mañana te verá a ti... sola.


Cuán feliz ese sol que engalana

para expirar, y su vivir no trunca,

porque ese sol te mirará mañana,

yo ni mañana, ni después, ni nunca.


Mañana ese gran sol que es mago experto

abrirá con sus dardos vibradores

los picos de las aves en tu huerto,

y en tu jardín los labios de tus flores.


Ese sol todo luz, todo energías,

volverá con su faz, siempre lozana,

al nacer, a decirte: "buenos días",

y a decirte al morir: "hasta mañana".


El volverá de cielos apartados

a confundir sus oros con las densas

ondas de rubios hilos perfumados

que fulgen en los cables de tus trenzas.


Y volverá desde la cumbre agreste,

con su cortejo de celajes rojos,

a ver él –dueño del azul celeste–

un azul más azul: el de tus ojos.


Cuán feliz ese sol que te despierta

todos los días, que vendrá mañana

a asomarse al resquicio de tu puerta

y a colarse otra vez por tu ventana.


Y yo no volveré; ya la esperanza

de vivir y de verte en esta vida,

que mi razón a comprender no alcanza,

se va, se va como mi fe perdida.


Mira cómo se muere en lontananza

el postrer rayo de la tarde, mira,

así se está muriendo mi esperanza:

oye mi corazón como suspira.


Pon en mi pecho tu cabeza, escucha:

¿no oyes como el rumor de un miserere?

¿cómo el fin angustioso de una lucha?

Es mi pobre esperanza que se muere,


es mi pobre esperanza que se esfuma

como ese último rayo en la tiniebla;

mírala... ya se va... copo de espuma.

Bésame... ya se fue... gasa de niebla!


Así dijo el poeta. Su pupila

volvióse hacia las cumbre de la muerte,

y su cabeza resbaló tranquila

con los ojos inmóviles, inerte.


Sollozante la amada

lanzó un ¡ay! –gota que el dolor destila–

miró al azul, y un cálido reproche

iba a exhalar, cuando, maravillada,

vio que surgía como etéreo broche,

bajo la ardiente comba encresponada,

otro sol en la cima de la noche!



El hermano Jorge Pombo[editar]





Era su alma como el día, y era

su corazón como la primavera.


Cantaba como el pájaro vecino

del laurel y la vid.

Su alegre trino

rebosaba un frescor de agua parlera,

de agua sonante, de agua estremecida

que a la ablución y al ósculo convida

sobre la amarillez de la pradera.

Con un crujir de raso,

con un fru-fru de rama florecida

se deslizó su paso

por las sinuosidades de la vida.


Su armoniosa existencia se resume

en una gran sonrisa

estancada en un pomo de perfume.



En el divan[editar]





¿Qué ha menester de tiempo y de cultivo

el amor? No, tú estás equivocada:

¡basta al amor un rayo fugitivo

para hacer inmortal una mirada!


¿No cabe el infinito de un anhelo

en el exiguo corazón humano?

¿Y no se mira el cielo, todo el cielo,

en cualquier onda azul del océano?


El torcedor que a las pupilas sube

¿no asoma en una lágrima, bien mío?

¿Y no se cuaja el velo de una nube

en una sola perla del rocío?


Bien puede estar lo eterno en lo instantáneo

lo mismo que lo grande en lo pequeño:

un alma cabe en la oquedad de un cráneo

y una vida en el soplo de un ensueño!


Ya ves que un amor grande como el mío

muy bien puede caber en una nada;

ya ves, yo te he entregado mi albedrío

en la fugacidad de una mirada.



Estrellas[editar]





Estrellas que brilláis en las oscuras

profundidades de los hondos cielos,

diamantes de las hórridas negruras,

antorcha de mis lúgubres desvelos!


¿A dónde vaís así, de oro cubiertas,

por esas soledades, pensativas,

pálidas unas como novias muertas,

fúlgidas otras como flores vivas?


En vuestra procesión interminable

¿qué buscáis en los campos infinitos?

Decidme, ¿mi dolor es incurable?

¿No os llega nunca el eco de mis gritos?


Dime, tú, Sirio, enorme solitario

que alumbras mi profundo desconsuelo:

¿cuánto hace que iluminas el santuario

hondo y azul del Hacedor del cielo?


Y tú, trémulo Arturo, esplendoroso

luminar que atraviesas el vacio...

¿por qué, sin un instante de reposo,

temblando estás, cual si tuvieses frío?


Divino Aldebarán, tú que flameas

como un incendio en la inmutable hondura,

¿por qué tan dulcemente parpadeas?

¿por qué no me relatas tu amargura?


Tu, melancólica Alfa del Navío,

y tú, Prosión, a quien por triste adoro,

¿en las linfas azules de qué río

humedecéis vuestros cabellos de oro?


Contadme al punto, relatadme todas

vuestras extrañas penas y alegrías,

vuestros amores castos, vuestras bodas

en esas dilatadas lejanías.


¿Cómo os llamáis en el profundo seno

de la tremenda eternidad? ¿Alguna

de vosotras, el hondo azul sereno

recorre enamorada de la luna?


Habladme de vosotras, pudibundas

viajeras de las noche solitarias,

luminosas enfermas moribundas,

anémicas antorchas funerarias!


Habladme de vosotras y a la altura

llevadme a contemplar vuestra armonía.

Quiero saber en la celeste hondura,

cuál de vosotras es... la madre mía!


El mar se agita en la ribera y muge.

Las verdes olas en la arena estallan.

Resbala el barco, se estremece y cruje

el viento gime y las estrellas callan!



La balada inédita[editar]





Sentado en una piedra del camino,

y como presa de pesar tremendo,

una tarde cantaba un peregrino

una canción... que me quedó doliendo.


una canción que el alma me penetra

como un escalofrío, una balada

rebosante de hiel: triste es su letra,

pero es mucho más triste su tonada.


El sol iba a morir. Un rojo lampo

de su luz, como un luengo hilo de seda,

se enredaba en los árboles del campo

y sangraba en la frente del Aeda.


Lleguéme al trovador desconocido,

y emocionado preguntéle: ¿en dónde

aprendiste ese canto tan sentido

que a mi clamor parece que responde?


Y él contestóme con acento blando,

con un acento musical: os digo

que lo aprendí no sé dónde ni cuándo,

porque, a decir verdad, nació conmigo.


Ese canto en mi ruta es mi alegría:

refresca mi fatiga y mi quebranto;

cuando a hablar comencé... ya lo sabía,

y desde entonces sin cesar lo canto.


De mi orquesta interior él es un eco

que hago sonar en la tardina calma,

y que al salir por el oscuro hueco

de mi boca glacial, me alivia el alma.


Con él recorro el mundo paso a paso,

y siempre en los parajes campesinos,

me gusta, cuando el sol baja a su ocaso,

cantarlo en la quietud de los caminos.


¿Quién eres?, pregunté. Y él dijo: el viejo

camarada mejor del Desengaño,

nunca a los hombres de acércame dejo,

y aunque ellos no me ven? los acompaño.


Yo soy el acicate, soy el grito

que se escapa del labio moribundo,

el ¡ay! que repercute en lo infinito,

el verdadero emperador del mundo.


Yo elevo los espíritus, yo arranco

del humano fangal los corazones,

y purifico en el incienso blanco

que arde en mi pecho, todas las pasiones.


Gloria soy de los mártires; sus nombres

viven por mí, yo pongo los cilicios,

yo atormento la carne de los hombres,

soy el padre de todos los suplicios.


Yo doy alas al genio, fuerza al justo,

esperanzas a todos los anhelos;

por mí, sólo por mí, subió el Augusto

Redentor desde el Gólgota a los cielos.


El rapsoda calló. Yo lo miraba.

Entre una nube de melancolía

su corazón como bullente lava

a través de su pecho se encendía.


Su frente era muy blanca, su mejilla

honda, muy honda, sus cabellos canos;

de ébano y oro ¿excelsa maravilla?

columpiaba una cítara en sus manos.


Como dos claros pozos de tranquilas

aguas en cuencos de marmórea roca,

se remansaba el llanto en sus pupilas

sobre el rictus amargo de su boca.


Aquel hombre... ¿quién era? ¿Acaso un

loco?

–¿Te llamas?, pregunté, y el peregrino:

Soy el Dolor, me dijo, y poco a poco

se alejó en las revueltas del camino.


Marchó de cara al moribundo día,

hacia el lejano resplandor postrero,

y a manera de sol que moría,

su planta iba sangrando en el sendero.


Abrió la noche en su portal; los astros

comenzaron a hervir y un gran lucero

lloró su luz sobre los tibios rastros

del muerto sol y del senil viajero.


Pronto la luna apareció, serena,

sobre un picacho de la curva andina,

y una lechuza desgranó su pena

desde el roto esqueleto de una encina.


Allí quedéme estático y suspenso,

sin saber de mí nada; al otro día

pensé en el peregrino... y en el pienso

a través de los años todavía!



La hurí del pescador[editar]





Todos al verla pasar

cabizbaja, sola y muda,

camino del ancho mar,

murmuraban: es "la viuda"

que va a la playa a llorar.


"La viuda", así la llamaba

el tumulto pescador

que la servía y la mimaba

y que siempre la alentaba

con un "¡ten fe, ten valor!"


Más ella se fue agostando

lentamente como una

corola de invernadero:

ya sólo de cuando en cuando,

pálida como la luna,

iba al desembarcadero.


Iba a mirar compungida

la melancólica danza

del piélago mugidor;

a dar aliento a su vida,

dando vida a su esperanza

y esperanza a su dolor.

Iba a mirar de hito en hito,

de los otros pescadores

las otras barcas pasar;

imploraba al infinito

con dulcísimos clamores,

y se sentaba a llorar...


Más de tres años hacia

que su novio, un pescador,

modelo de bizarría,

un día otoñal se había

ido a empezar su labor;

y a la rada no volvía...

¡no volvía el pescador!


Cuando entre la mar y el cielo

alguna vela lejana

iba desflecando el velo

brumoso de la mañana,

trémula, absorta y ufana,

sacudía su pañuelo...


Y al desataviarse el día

era de ver su reproche

cuando aquella vela huía

lentamente y se perdía

como una garza... en la noche!


Como la crónica cuenta

que no sopla el vendaval

ni el carro de la tormenta

en relámpagos revienta

nunca en aquel litoral,

dijeron que una sirena

al pescador aquél quiso

hacer suyo en la mar plena,


en aquel día otoñal,

y lo arrastro de improviso

a su tálamo de arena,

de conchas y de coral.


Que aún estaba allí, vivo

pero muriendo de pena,

constante a su amor, y esquivo

al amor de la sirena

que lo guardaba cautivo.


Que aunque la bella raptora

era la más seductora

ninfa de aquella región,

sin dar colmo a sus anhelos,

se retorcía de celos

junto al rebelde garzón;


que ricas sartas de perlas

en azafates de oro

le brindaba con afán,

y que ni siquiera verlas

–fiel a su innato decoro–

nunca pretendió el galán;


que de un raro caracol,

repulido y tornasol,

sacaba una melodía

como destilada miel,

con cuyas notas quería

robarle el alma al doncel;


que con su canto divino

bajo el gran cristal marino

lo arrullaba sin cesar,

en medio de las legiones

innúmeras de tritones

que iban el canto a escuchar.


Pero que todo era en vano

porque el mancebo cruel

lloraba y no se rendía:

¡buen testigo el océano

que ávidamente sorbía

las lágrimas del doncel!


Es lo cierto que "la viuda"

una vez pálida y muda,

fuese a la playa a llorar:

y no volvió... ¡nadie duda

de que se arrojó a la mar!


Pues aseguraron que vio

bajo el undoso cristal

a su gentil compañero

en los brazos prisionero

de su atrevida rival...

¡que al piélago se lanzó

y en la garganta le hundió

a la sirena un puñal!


Que la sangre coralina

de la expirante raptora

como un sonrosado tul

corrió en la entraña marina

como si hubiese la aurora

nacido entre el agua azul!


Y que a la tarde, en la arena

de aquella playa desnuda

vieron, con mudo estupor,

junto a la muerta sirena,

viva y triunfante a "la viuda";

sano y libre al pescador!


Y agregaron cuantos la vieron

–como final maravilla–

que de la noche al favor

los dos amantes huyeron

a esconder en otra orilla

el tesoro de su amor.



La ondina[editar]





Vive bajo las ondas del arroyuelo

que sobre el blando césped corre y

murmura,

en sus ojos azules hay luz del cielo,

y es como el cielo su alma serena y pura.


Bajo los verdes frondas del soto umbrío

suele ocultar sus formas blancas y bellas

a los rayos candentes del seco estío

y a las dulces miradas de las estrellas.


Su corazón no esconde pena ni agravio,

ni el llanto a sus pupilas siquiera brota,

habla, y su voz sentida tiembla en el labio

como tiembla en el arpa la dulce nota.


Hay rumores sutiles en las riberas

donde las almas gimen y se quebrantan,

y entre el blando plumaje de las palmeras

nidos que se estremecen y aves que cantan.


Zumban los colibríes en los vergeles

y sus picos enclavan como saetas

en las bocas rosadas de los claveles

y en los ojos azules de las violetas.


Bajo los negros bordes de una alta roca

con las ondas azules se agita y juega,

y el cefirillo blando su frente toca

y entre sus rojos labios las alas pliega.


Sus desnudos contornos el astro mira,

y en luz amarillenta su cuerpo baña,

y la envuelva en sus rayos hasta que expira

tras de las negras cumbres de la montaña.


En las tardes azules de primavera,

cuando a cerrarse empiezan las amapolas,

voy a verla y... sonríe, más la hechicera

al mirar que me acerco se hunde en las olas!



Lo que dirán los ángeles[editar]





Quema mi cuerpo cuando el beso frío

de la muerte en mi boca haya apagado

el calor de tus ósculos, bien mío;


Y hacia el tosco jarrón descolorado

por el sol y las lluvias, donde un día

sembraste aquella flor, que el cierzo helado


de noviembre secó, tus pasos guía,

y las pavesas de mi carne impura

presto a la tierra del jarrón confía.


Verás como el matiz y la frescura

tornarán a la flor hoy agostada

aunque tu mano el riego le procura;


y piensa, pues, que a la resucitada

flor le dio nueva y vigorosa vida

el polvo de mi carne atormentada;


carne en que el Ave Amor canta y se anida,

pero también donde el Dolor impera

lo mismo que una fiera en su guarida.


Verás cómo al llegar la primavera

será esa flor, ya alegre y olorosa,

entre todas tus flores la primera.


Con la lluvia benéfica y copiosa

de tus lágrimas, riégala si acaso

la quieres ver aún más primorosa;


y cuando el sol, desfallecido el paso,

su melena de oro, luenga y ancha,

tienda en el mar desde al sangriento ocaso;


en esa hora en que la negra mancha

de las sombras nocturnas se avecina

y en los cerúleos ámbitos se ensancha;


hora en que la viajera golondrina,

cansada ya de recorrer el cielo,

torna a la torre solitaria y trina;

en que se aviva todo desconsuelo,

y el alma como mística paloma,

mirando hacia el cenit, encumbra el vuelo;


en que resuena el Ángelus, y asoma,

como en estanque azul, níveo asfódelo,

Venus sobre las curvas de la loma,

corre y besa tu flor; con loco anhelo

hunde tu rojo labio en su corola,

en su corola blanca como el hielo;


a tu boca de nieve y en una ola

de esencia, un beso subirá inflamado,

y entonces no te sentirás tan sola,


sabrás que estoy allí, cerca, a tu lado,

oculto en esa flor, siempre vibrante,

siempre doliente y siempre enamorado.


Allí sabrás mi torcedor, no obstante

ser él tan espantoso que un momento

hizo palidecer al mar de Atlante,


y ¡Hombre! –exclamar con dolorido

acento–:

soy grande, pero es más tu desventura,

soy hondo, pero más es tu tormento.


Allí, desentrañando mi amargura,

te contaré mi historia, extraña historia

do grita desgreñada la locura;


sabrás por qué no obtuve la victoria,

por qué busqué la sombra en los retiros

y amé la muerte y desprecié la gloria.

Yo las perlas veré de los zafiros

de tus ojos, rodar por tu semblante

envuelto en la explosión de tus suspiros.


Si cultivas tu flor, si eres constante

como yo, notarás que aquel capullo

se irá haciendo más terso y más brillante,


y se enderezará con más orgullo

al sentir de tus besos el derroche

y de tus confidencias el arrullo;

y arder verás entonces aquel broche:

de día como un fúlgido diamante,

como un fragante luminar, de noche.


Más si al cabo me olvidas, y a otro amante

le quieres ofrendar la flor más bella,

bríndale aquella flor en el instante;


él al verla creerá que es una estrella

del vergel de la noche desprendida,

y su boca febril posará por ella;


pero tu flor, como del rayo herida,

de ajenos labios al sentir la huella,

avergonzada morirá en seguida,

sin que él presuma que a tu flor, ya inerte,

mi muerte fue la que le dio la vida,

la vida de él la que le dio la muerte.


Más no, tú no te olvidarás! Abierto

siempre estará ese broche en tu corona

de amante digna de mi amor, ¿no es cierto?

Ni otro amante tendrás, ¡oh, no! Perdona

al que así te ofendió. Tú serás casta,

tú serás fiel, mi corazón te abona.


Tú estarás cerca de ese cáliz, hasta

que alguna mano familiar tus ojos

cierre, y si aún tu celo no me basta.


esa mano, cumpliendo tus antojos,

resembrará ese cáliz en la fría

tierra que al fin cobije tus despojos;


y al confundirse en la mansión sombría

nuestras cenizas, su nevado broche

donde se enlazarán tu alma y la mía,


sordo al clamor del sideral reproche,

será un sol para siempre en pleno día

y una estrella inmortal en plena noche.

Y cuando todo se desquicie y caiga

en el abismo, ya que todo, todo

lo que existe en el mundo no se arraiga


más que un instante, del terreno lodo

desprenderáse nuestra flor, y, pura,

ascenderá en el éter... De tal modo


nuestra será la constelada altura,

nuestra la eternidad y por fin nuestro

el Amor –alma eterna de natura–.


Lejos así de un mundo tan siniestro,

mi lira entonces te dará las notas

del más sonoro y depurado estro,


e iremos a viajar por las remotas

playas del orbe, en deliciosa huida,

juntos y alegres como dos gaviotas;


cruzaremos la comba sin medida,

del cielo hasta la estrella más lejana.

Veremos toda la celeste vida.


Todo...¡menos a Dios! El es el foco

al cual jamás la mariposa humana

podrá llegar en su delirio loco,

ni ella, medrosa de luz arcana,

irá sus alas a quemar tampoco

en el crisol de donde el orbe mana!


Pues Dios es y será lo inconoscible:

el Ser que rige el celestial imperio,

siempre será a las almas intangible;


ellas podrán romper su cautiverio

y verlo todo... menos lo invisible,

la causa de ese todo, el gran misterio.


Más si veremos su infinito; el canto

de arcángeles y vírgenes, oiremos

el himno eterno a Dios tres veces santo


y su obra, a compás de nuestros remos

nos mostrará su inmarcesible encanto

hasta en sus más recónditos extremos.


Cielos, soles, planetas, nebulosas,

desfilarán en el perenne día

como abismos y piélagos de rosas,

y en medio de la célica armonía

surgirá de los seres y las cosas

un gran grito de júbilo: Alegría!

Y a nuestra estrella –puerto de ventura–

regresaremos para siempre, y cuando

los ángeles, radiantes de hermosura,


pasen, dirán, nuestro fanal mostrando:

"Ese astro fue una flor... Cómo palpita,

cómo perfuma el cielo iluminado;


una pareja de almas hoy lo habita,

dos almas que un amor grande y profundo

ató en la tierra y une en la infinita


luz que las diviniza y las absorbe.

Esa estrella que ayer asombró al mundo

es el más bello sol que arde en el orbe".



Más allá[editar]





Dejando atrás ventisqueros,

abismos dejando atrás,

llegó al poeta a la cumbre

donde el águila caudal

cuelga su nido y contempla

a solas la inmensidad,

donde primero fulgura

la blanca luz matinal

y el sol del ocaso prende

su último y triste fanal;

donde la gloria deslumbra,

donde el laurel vive más,

y dijo mirando al cielo:

¿Por fin voy a descansar?

Aquí está el reposo... Entonces

del abismo sideral

surgió una voz que le dijo:

¡No!, desciende, ¡aquí no está!

¿En dónde, pues? –dijo el bardo–

Dijo la voz: ¡Más allá!


La noche se ennegrecía,

sollozaba el vendaval,

el rayo tajaba nubes,

lloraba la tempestad.

Como otro Ahasvero el poeta

la falda empezó a bajar

ante el fragor de los cielos;

sobre el hostil lodazal,

la lluvia, el viento y el frío

la azotaban sin piedad;

de una roca en la pendiente

halló una gruta al pasar

y dijo mirando al cielo:

¿Aquí podré descansar?

Aquí está el reposo... Entonces

del abismo sideral

surgió una voz que le dijo:

¡No!, desciende, baja más.

¿Adónde, pues? –dijo el bardo–.

Dijo la voz: ¡Más allá!


Heridos los pies, los bucles

flotando entre el huracán,

siguió el poeta el descenso:

bajo más y más y más,

hasta que al fin en la orilla

del inconsolable mar

halló como adormecida

una espléndida ciudad,

golpeó con mano fuerte

de un palacio en el portal;

confundido en el silencio

que embargaba su ansiedad

murmuró mirando al cielo:

¿Aquí podré descansar?

Aquí está el reposo... Entonces

del abismo sideral

surgió una voz que le dijo:

¡No! desciende, baja más.

¿Adónde, pues? –dijo el bardo–.

La voz le dijo: ¡Más allá!


Siguió su marcha el poeta

y al salir de la ciudad

halló una puerta de hierro

abierta de par en par.

El silencio era profundo,

inmensa la soledad,

cipreses, barras y cruces

tras la puerta, y nada más.

Entró, pero al primer paso

de un antro en la cavidad

cayó el poeta rendido

después de tanto luchar

y dijo mirando al cielo

¿Por fin voy a descansar?

Aquí está el reposo... Entonces

de aquella sima glacial

surgió una voz que le dijo

con la más tierna piedad:

–Cierra los ojos, poeta,

porque el reposo aquí está.


Los cielos son impasibles,

la tierra es madre inmortal,

cierra los ojos y duerme

por toda la eternidad.



Ósculo tropical[editar]





Y penetramos en el bosque, mudos,

en un cálido colmo de demencia;

nuestras manos en haz, como dos nudos

hechos de amor, temblaban de impotencia.


Y caímos de súbito embriagados

de voluptuosidad en las malezas;

y con los ojos húmedos, cerrados,

se confundieron nuestras dos cabezas.


De un divino manjar mi boca hambrienta

busco el botón colmado de rocío

de tu boca dulcísima y sangrienta.


Se hundió en tu boca el seco labio mío,

y el beso reventó como revienta

la ola airada en el peñón bravío!



Pordioseros de amor[editar]





Mis ojos son dos mendigos

que van –hambrientos de luz–

mirando hacia un hondo cielo

sin astros y sin azul:

hoy han llamado a tu puerta;

si eres compasiva tú,

enséñales tus pupilas

llenas de sol y de azul

y dales una mirada...

una limosna de luz!


Mis labios son dos mendigos

que están sedientos de miel

porque en la vida apuraron

la amargura hasta la hez:

hoy han tocado a tu puerta,

¿quieres hacerles un bien?

Enséñales la sonrisa

de tus labios de clavel,

y dales un beso... un beso

como limosna de miel!



Regreso al pasado[editar]





I

Dilatada llanura, dilatada

perspectiva campestre, amplio horizonte

pleno de azul purísimo, cascada

refundida en los ámbitos del monte!


Viejo trapiche, rustico bohío

recostado en las frondas, solariega

casa de campo, turbulento rio,

valle profundo, solitaria vega!


Tronco en que me senté con ella, acanto

cuya sombra profusa amparó nuestro

fugaz amor, tan vivo como santo!


Vuéstro soy con mi vida y con mi estro...

vuéstro, vuéstro será mi mejor canto

y mi último suspiro será vuéstro!


II

¡Lejanía del tiempo, lejanía

de mi niñez y de mi adolescencia!

Oasis de mi virgen alegría,

sagrario de mi cándida inocencia!


Terrores infantiles, sueños vagos

de glorias y de númenes ignotos,

paseos por la orilla de los lagos,

pláticas a la sombra de los sotos!


Primero, único amor! Ánfora llena

de miel de rosas y del azul de cielo,

horas de luz en que la vida es buena,


acercamiento a Dios...

La frente inclino,

nacen las alas en mis hombros, vuelo...

y torno a recorrer todo el camino!



Solos[editar]





I


Estaba el cielo inconsolable. El día

gris; a lo lejos, como negro muro,

se dibujaba el horizonte oscuro

tras de la niebla perezosa y fría.


Tiritaban los árboles. La umbría

selva su aliento embalsamado y puro

desparramaba en el ambiente, al duro

golpe del recio vendaval. Llovía...


Pálido el sol en el siniestro fondo

de hosca nube, mostraba su marchito

semblante cadavérico y redondo;


mientras que alzando su tremendo grito,

copiaba el mar, desenfrenado y hondo,

la inmensa lobreguez del infinito!


II

Sus invisibles alas de tristeza

desperezaba en lo insondable; el mundo

parecía temblar en lo profundo

de aquella singular naturaleza.


Tu fragante y undívaga cabeza,

en cuyo aroma mi semblante inundo,

acariciaba el viento vagabundo

al traspasar la frígida maleza.


¿Te acuerdas? ¡Solos! Desde aquella gruta

que adorna el liquen y perfuma el monte

mientras la sombra su recinto enluta,


con las trémulas manos enlazadas

mirábamos al lúgubre horizonte

borrarse entre las nieblas desgarradas!


III

¡Ah!... de esa gruta entre la negra boca

vibra aún nuestro amor, nuestra ventura

presa está allí, y un eco de ternura

parece resonar de roca en roca.


Los ósculos ardientes que en mi loca

y honda explosión de júbilo en tu pura

frente imprimí, palpitan en la oscura

selva glacial, que mi memoria evoca!


Ya por eso el verano con su lumbre

jamás me alegra, aunque sus rubias alas

llenen los bosques de esplendor eterno,


Y hoy solamente hacia la yerta cumbre

de un horizonte lívido y sin galas

van mis ojos en busca del invierno!



Sumersión[editar]





I

Yo suelo abandonarme en largas horas

al amor de mi tierra. Me reclino

bajo las viejas ramas crujidoras

de algún árbol frondoso del camino.


Los ojos cierro al soplo campesino,

que oliente a fresas y a maduras moras

me trae con la queja del molino

algún cantar de oscuras labradoras.


Y amo a la madre enorme, la amo y siento

una sed infinita de reposo

en el gran corazón de las montañas;


Y dándole la espalda al firmamento

me abrazo, entonces, a la tierra, ansioso

de hundirme y disolverme en sus entrañas!


II

Y me absorbo en la vida de la muerte,

sorda fecundidad que me cautiva,

la que el cadáver pútrido convierte

en fresco gajo o en corola viva;


la que elabora, en todos los hervores

invisibles, la fuerza que subyuga;

la que llevan las alas a las flores

desde el antro mortuorio de la oruga;


la que en el infinito impenetrable

y en el laboratorio de lo inerte

es mientras más sutil más insondable;


en la luz o en la sombra tan temida

siempre será la vida de la Muerte

más bella que la vida de la Vida.



Tu cuerpo[editar]





Desde el prodigio de tus pies menudos

hasta el milagro de tu blondo pelo,

tus contornos, turgentes y desnudos,

fingen una visión tallada en hielo.


Una visión de soberana diosa

en que todo supera al arte griego,

desde tus plantas de color de rosa

hasta tus rizos de color de fuego.


¿En dónde están los mágicos cinceles

que tallaron perfectas esculturas?

¡Oh Fidias inmortal, oh Praxiteles!


Dejad vuestras sagradas sepulturas

y venid a arrojar vuestros laureles

ante la más cabal de las hechuras!



¡Lejos! (Oro y ébano)[editar]





De cuando en cuando, un hálito de fuego,

llega hasta mí y el corazón me abrasa;

quema mi frente pensativa y pasa

como un aroma por mis labios, luego.


Pierde entonces mi espíritu el sociego

y huye de mí... los ámbitos traspasa

y llega hasta la verja de tu casa

donde escuché al partir... tu último ruego.


Aquél, «¡No me abandones!» que dijistes

con tus labios pegados a mi boca,

la postrera mañana en que me vistes.


¡Y lleno de dolores, comprendo al punto,

que aquel hálito ardiente que me toca,

es el alma de aquel beso difunto.