Ovidio Amores III

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Amores
Libro III
de Ovidio


OVIDIO, LOS AMORES

Traducción de Germán Salinas

(en: Líricos y elegíacos latinos, Madrid, Librería de Perlado, Páez y Cía, 1913-1914)


LIBRO TERCERO


I

Créese que se oculta el templo de una divinidad cierta antigua selva que en muchos años no ha conocido los golpes de la segur; brota allí sagrado manantial bajo una gruta tallada en la roca, y las aves gorjean dulcemente por todas partes; allí me paseaba protegido por la sombra de los árboles, absorto en la obra que había de producir mi Musa, cuando se me acercó la Elegía con los cabellos perfumados y bien dispuestos, pareciéndome que el uno de sus pies. era más largo que el otro: el porte distinguido, la túnica transparente, el aspecto de enamorada y hasta el vicio de los pies contribuía a realzar sus gracias. Acercóseme también a grandes pasos la violenta tragedia, cuyos cabellos flotaban en la frente amenazadora, barriendo el suelo con el manto; en la mano izquierda empuñaba orgullosa el cetro real, y el coturno de Lidia ennoblecía sus plantas, y me dijo la primera: «¿Cuál será el fin de tus amores, ¡oh poeta!, tan remiso en desenvolver tu argumento?» En los báquicos festines se comentan tus locuras lo mismo que en las angostas encrucijadas. Con frecuencia el dedo de alguno señala al vate que pasa, y exclama: «Éste es el que se siente devorado por un amor intenso.»

Sin percatarte eres la fábula de toda la ciudad, cuando falto de pudor relatas tus trapisondas. Ya es tiempo de que empuñes el tirso con vigoroso aliento, harto has descansado; acomete empresas de mayor brío. Achicas tu ingenio con la insignificancia de los asuntos; celebra las hazañas de los héroes, y gritarás con razón: «Tal gloria estaba reservada a mi esfuerzo. » «Tu ilusa juguetona se recrea en componer cantos que repiten las bellas, y en tan frívolo empleo pasaste la primera juventud. Ya es hora que por tu genio conquiste un nombre la tragedia romana; lo tienes de sobra para desempeñar tan alta misión.» Así dijo, se irguió arrogante en los nobles coturnos y sacudió tres o cuatro veces la cabeza poblada de espesa cabellera. La otra, si mal no recuerdo, sonrió mirándola de reojo. ¿Me equivoco, o llevaba en la mano una vara de mirto? «Orgullosa Tragedia -le responde-, ¿por qué me intimidas con frases amenazadoras? No puedes dejar un momento tu severidad. A pesar de esto te has dignado acudir al empleo de medidas desiguales, y me has atacado con los versos que me son propios. Yo no pondré en parangón tus cantos sublimes con los míos; tu suntuoso palacio aplasta tu humilde cabaña.

Soy ligera y sólo trato de Cupido, tan ligero como yo, y no elevo el tono más de lo que conviene al asunto. Sin mí la madre del Amor retozón pierde sus hechizos; soy a la par confidenta y compañera de la diosa. La puerta que tú no conseguirías abrir con tu fiero coturno cede con suma facilidad a mis caricias, y, no obstante, merecí más que tú, soportando muchas cosas que no podrías tolerar sin fruncir el entrecejo. Por mí aprendió Corina a burlarse de su guardián y a romper la cerradura de una puerta bien asegurada; a descender del lecho medio cubierta con la túnica recogida, y mover los tácitos pies en las sombras de la noche. ¡Cuántas veces me suspendí ante su puerta inexorable sin temer que me reconociese la gente que pasaba! Hay más: recuerdo que la criada me acogió un día en el seno hasta que saliera el severo guardián de su ama. ¡Qué digo!, ¿no fui yo el regalo que le enviaste el día de su natalicio, y ella lo rompió colérica y arrojó los pedazos al agua? Yo he sido la primera que fecundizó los gérmenes de tu talento poético; lo que la Tragedia te pide, de mí sola lo recibiste.» Cesaron de contender y tomé así la palabra: «Por vuestro propio honor os ruego que escuchéis atentas mis tímidas voces. La una me brinda el cetro y elevado coturno; y ya brotan frases grandilocuentes de mi boca entreabierta; la otra da a mi amor una fama imperecedera; venga, pues, ésta y añada a los versos largos los cortos. Tragedia, concédela vate un momento de espera; tus obras reclaman mucho espacio y las de la Elegía breves instantes.» Persuadida al fin, accedió a mi súplica: que los tiernos amores se apresuren a gozar la ocasión; después me espera una obra de más grandeza.


II

No me siento aquí porque me interese el certamen de los generosos corceles, aunque deseo que venza aquel a quien favoreces; vine por hablar contigo, por acercarme a tu lado y porque no te sea desconocido el amor que me infundes. La carrera atrae tus miradas; yo pongo en ti las mías; contemplemos los dos el espectáculo que nos place, y hártense en el de placer nuestros ojos. ¡Oh, feliz, sea quienquiera, el corredor que tú favoreces, puesto que alcanzó la dicha de tu preferencia! ¡Que no tuviese yo igual suerte! Entonces, librando los caballos de la estrecha cárcel, me lanzaría a la carrera con ímpetu esforzado, y ya aflojaría las riendas, ya sacudiría el látigo sobre los lomos, ya aproximaría las ruedas casi hasta rozar la meta; mas si llegaba a distinguirte en medio del torbellino, me detendría al instante, y las riendas abandonadas se me caerían de las manos. ¡Ay!, mientras contemplaba tu rostro hermosa Hipodamia, cuán cerca estuvo Pelops de caer muerto por la lanza del rey de Pisa; pero al cabo venció, alentado por tu favor; así venzamos todos los jóvenes gracias a los votos de nuestras queridas. ¿Por qué te apartas en vano de mí? La grada nos obliga a estar unidos, las leyes del circo nos ofrecen tales ventajas;

mas tú no la estrujes, pues se siente molestada por el contacto de tus codos, y tú, que asistes al espectáculo detrás de nosotros, recoge por favor un poco las piernas y no claves tus duras rodillas en su espalda. Veo que tu manto, medio desprendido, se arrastra por el suelo; recógelo, o lo levantará mí solícita atención. Se sentía celoso por cubrir tan lindas piernas; sí, se sentía celoso contemplándolas a su sabor. Tales eran las de la veloz Atalanta, que Milanión hubiera querido tocar con sus manos; tales las de Diana que, con la túnica a la rodilla, acosa intrépida las fieras del bosque. Si me abraso por tales piernas que no logré ver, ¿qué me habría pasado al descubrir las tuyas? Añades fuego a la llama y aguas al mar. Por lo que he visto, sospecho cuánto me enajenarían los tesoros, que velan tus vestidos transparentes. En el ínterin, si quieres refrescarte la cara con un aire ligero, mi mano se encargará gustosa de agitar el abanico. ¿O es, más bien que el temple del aire, el fuego de mi alma lo que te abrasa y un amor arrebatado prende en tu cautivo pecho?

Mientras charlo, tu blanco vestido se ha cubierto de negro polvo. Sucio polvo, huye de su níveo cuerpo. Pero ya sale la pompa procesional; silencio y atención: llega el momento del aplauso, viene la brillante pompa. En primer lugar, resplandece la Victoria con las alas extendidas. Ven aquí y haz, ¡oh diosa! que triunfe mi amor. Aplaudid a Neptuno los que os fiáis demasiado de las olas: yo no tengo nada que ver con el piélago, y vivo contento en mi tierra. Soldado, aplaude a tu dios Marte; aborrezco las armas, soy amigo de la paz y del amor, que vive en medio de sus dulzuras. Que Febo sea propicio a los augures, Diana a los cazadores, y Minerva reverenciada por los artífices manuales. Labriegos, alzaos en presencia de Ceres y el tierno Baco, el púgil conquiste los favores de Pólux y el caballero los de su hermano Cástor. Nosotros reservamos los aplausos para ti, dulce Venus, y el rapaz de potentes flechas; diosa, favorece el principio de mí empresa, infunde en mi amada nuevos pensamientos, para que corresponda a mi predilección. Accede a mi súplica, y con el gesto me ha hecho una señal favorable. Lo que la diosa me concedió, te ruego que lo prometas tú misma, y lo diré, con perdón de Venus: serás para mí una diosa mayor. Lo juro por todos los testigos presentes y por la pompa de los dioses: tú serás eternamente mi dueño adorado; pero tus piernas penden al aire; si gustas, puedes apoyar las puntas de los pies sobre estos listones. Ya el circo se despejó; va a comenzar el espectáculo; el pretor da la señal, y las cuadrigas salen ala vez de sus cárceles. Veo por quién te interesas; vencerá con tu favor; diríase que los mismos corceles penetran tus deseos. ¡Desgraciado de mí!; describe un gran arco en torno de la meta. ¿Qué haces?; tú rival la pasa casi rozando. ¡Infeliz de ti!; inutilizas los buenos deseos de mi amada; por favor, recoge con vigorosa mano la rienda izquierda. Favorecimos a los inhábiles; pero, romanos, llamadlos de nuevo y dadle señal agitando las togas por doquier. ¡Ah!, los llaman, y si quieres evitar que el movimiento de las togas descomponga tus cabellos, puedes resguardar tu cabeza entre los pliegues de la mía. Ya se abren otra vez las puertas de las cárceles, y los combatientes con túnicas de distinto color, lanzan sus bridones a toda rienda. A lo menos ahora toma la delantera, y vuela por el espacio que libre se le ofrece, esforzándose por que se cumplan mis votos y los de mi amada. Los votos de mi amada se han cumplido; restan sólo los míos; el vencedor recoge la palma, yo tengo que ganarla todavía. Ella se rió, y con sus expresivas miradas me hizo alguna promesa. Me basta por hoy; mañana me concederá lo demás.


III

¿Creeré en la existencia de los dioses? Se burló de la fe jurada, y su rostro permanece tan hermoso como antes; tan largos como eran sus cabellos antes del perjurio lo son después de haber engañado a los númenes. Ayer las rosas purpúreas se fundían en la blancura de su tez, y hoy el rubor la colorea con más rojos matices; su pie era diminuto, y aun conserva su lindísima forma; alta fué y graciosa, y alta y graciosa sigue siendo; tenía unos ojos provocado res, y todavía resplandecen como estrellas los ojos con que me burló tan a menudo su perfidia. ¿Será que los dioses permiten eternamente a las muchachas los falsos juramentos, o que la hermosura es otra especie de divinidad? Recuerdo que ella juró poco ha por sus ojos y los míos, y sólo los míos han llorado. Decidme, dioses, si ella os burla impunemente, ¿por qué sobrellevo el castigo que otra merece? ¿No os declarasteis sin reparo contra la virgen Cefea, condenándola a muerte por el orgullo que sintió su madre viéndola tan hermosa? ¿No bastó que fueseis para mí testigos sin crédito, y que ella, incólume, se riera de mí y de los dioses? ¿Se redimirá del perjurio con mi pena y, sobre engañado, seré además víctima de la engañadora? O el nombre de dios no tiene realidad y se le teme sin razón por la necia credulidad de los pueblos, o si existe un dios se declara amante de las tiernas doncellas y les permite atreverse a crueles iniquidades. Empuña Marte contra nosotros la mortífera espada, y con invencible diestra Palas nos asesta su lanza; en nuestro daño se encorva el arco flexible de Apolo, y el potente brazo de Jove fulmina sobre nuestras cabezas el rayo; pero los dioses, aun agraviados, evitan ofender a la hermosura y hasta temen a las que desafían su cólera. ¿Y hay quien se afane por quemar el piadoso incienso en las aras? Es indudable que los hombres debían alardear de ánimo más esforzado. Júpiter, que lanza sus rayos sobre los bosques y las fortalezas, prohíbe a sus dardos de fuego que hieran a las perjuras. Muchas merecieron el castigo, y sólo abrasó a la desventurada Semele, sólo ésta arrostró la pena de su excesiva complacencia. Si se hubiese substraído a los obsequios del amante, no habría llevado el padre la carga de Baco que correspondía a la madre. Mas ¿a qué me lamento y revuelvo airado contra el cielo? Los dioses también tienen ojos, los dioses también tienen corazón, y si yo fuese un dios consentiría, sin darme por ofendido, que la mujer con sus embelecos engañase mi divinidad; yo mismo ¿firmaría con juramentos que las doncellas no juraban en falso, y no dirían de mí que fuese un dios adusto; sin embargo, acostúmbrate a usar de su clemencia con moderación, o por lo menos, joven, ten piedad de mis ojos.


IV

Rígido esposo que Pusiste un guardián a tu juvenil compañera, son inútiles tus precauciones: la mujer se defiende con su propia virtud. Aquella es casta que no lo es por miedo, y la que no peca por falta de ocasión, es como si pecara. Si tu vigilancia preserva el cuerpo, su mente se goza en el adulterio, y nadie alcanza a vigilar a la qué rechaza los guardianes. Aunque asegures bien los cerrojos, no aprisionarás el pensamiento, y después de despedir a todos, el adúltero se quedará dentro de casa. El que puede faltar sin miedo, falta menos, y sus apetitos languidecen por la misma libertad que goza. óyeme, cesa de irritar el vicio con la persecución; lo vencerás más fácilmente con una obsequiosa complacencia. Yo vi poco ha galopar tan presto como el rayo un corcel indómito, que se revolvía contra el freno, y detenerse de súbito así que cesó la opresión y sintió flojas las riendas sobre las espesas crines. Apetecemos siempre lo vedadlo y deseamos lo que se nos niega, como el enfermo ansía el agua que se le prohíbe. Argos tenía cien ojos en la frente y otros cien en la cabeza, y el amor, siendo solo, le engañó cuando quiso.

Dánae fue enterrada virgen en la torre infranqueable de hierro y piedra, y allí se convirtió en madre; y Penélope permaneció inmaculada entre sus jóvenes pretendientes, y eso que no la defendía ningún guarda. Anhelamos más lo que se nos veda, y la misma cautela llama al ladrón. Pocos aman los placeres que otro les consiente. Más que por la cara, ella seduce por el interés que, inspira al marido, y le supongo no sé qué hechizos, que lo cautivan. No sea virtuosa la mujer que vigila. su dueño, sino adúltera, y se verá amada. El temor que infunde le da más precio que la belleza. Indígnate enhorabuena; me gustan los placeres prohibidos, y sólo me place la que suele decir: «Tengo miedo.» Tampoco te asiste el derecho de esclavizar - a una mujer libre; este temor debe aterrar a las mu- jeres de pueblos extraños, para que el espía se jacte de decir con seguridad: «Yo lo conseguí», de modo que resulte casta por los méritos de tu siervo. Es harto simple el que se siente ultrajado por el adulterio de su esposa, y no conoce bastante las costumbres de la ciudad, en la que no nacieron sin mácula los hijos de Ilia y Marte, Rómulo y Remo. Si la querías casta, ¿por qué la buscaste tan hermosa? Estas dos prendas de ningún modo saben ir juntas. Si tienes discreción, sé complaciente con tu consorte, no la trates con ceño severo, ni sustentes los derechos de un rígido esposo; acoge benévolo los, amigos que ella te dé, y serán muchos, y con poco esfuerzo obtendrás grandes ventajas, pudiendo asistir cuantas veces quieras a los festines de la juventud y llenar tu casa de regalos que no te cuesten dinero.


V

Era de noche; el sueño cerró mis ojos fatigados, y tales visiones sembraron el terror en mi ánimo. Sobre la falda de un monte expuesta al Mediodía alzábase sacro bosque cubierto de encinas, en cuyas ramas se refugiaban innumerables aves; al pie se extendía un prado rebosante de verdor, humedecido por el raudal sonoro de un pequeño arroyuelo. Quise defenderme del calor bajo la sombra de los árboles, pero hasta al abrigo de sus ramas me sentía sofocado. De súbito, paciendo, las hierbas con las flores silvestres, se destacó ante mi vista una ternera más blanca que la nieve cuando acaba de caer y no ha tenido aún tiempo de convertirse en líquidos raudales, y más que la espuma bulliciosa de la leche de la oveja en el momento de ser ordeñada. Un toro la acompañaba, su feliz esposo; se recuesta junto a ella en el blando suelo, y mientras tendido rumia lentamente las hierbas que le devolvía el estómago y se alimenta de nuevo con lo ya pastado, el sueño viene de pronto a quitarle las fuerzas y deja caer en tierra su cabeza, temida por los cuernos.

Entonces una corneja corta los aires con rápidas alas; llega a posarse, graznando, sobre la verde alfombra, y hunde tres veces su insolente pico en el pecho de la blanca ternera, arrancándole vedijas como la misma nieve. La ternera, indecisa breve rato, abandona por fin el prado y el toro, llevando en el blanco pecho la señal de una mancha negra, y así que ve a lo lejos su torada en los amenos pastos, pues más lejos pacía a sabor las viciosas hierbas, corre presurosa a mezclarse entre el rebaño y a buscar el sustento en suelo más fértil. Ea, dime, intérprete de las pesadillas nocturnas, seas quienquiera, si entrañan algo verdadero, ¿qué significan estas visiones? Así le pregunté, y, así me contestó el intérprete de los sueños de la noche, reflexionando con detenimiento sobre estas apariciones: «El calor que pretendías evitar con el toldo de las móviles hojas, sin conseguirlo, era el fuego de tu sangre; la vaca era tu amada; el blanco color la conviene como a ninguna, y tú el toro que seguía sus huellas; la corneja que hundió el agudo pico en su pecho es una vieja tercera que pretende corromper su disposición; la vaca que abandonó al toro significa la indiferencia con que te abandona en tu lecho solitario, y la lividez y las negras manchas advertidas en su pecho revelan la torpeza del adulterio que mancilla a tu amada.» Así dijo el intérprete; palideció mi rostro, falto de sangre, y en mis ojos reinó una sombría noche.


VI

Río que festoneas el limo de tus márgenes con verdes cañaverales, corro a ver a mi amada; detén el curso un instante; no tienes puente ni ligera barca que, sin ayuda de remos, me conduzca a la otra orilla cogido al cable; recuerdo que eras de escaso caudal, y no temí atravesarte, porque el agua apenas mojaba mis talones, y ahora te precipitas con estruendo, engrosado por las deshechas nieves del monte vecino, y revuelves tus profundas aguas en un lecho cenagoso. ¿Qué me sirvió la premura?; ¿qué dedicar al sueño tan corto rato y juntar la noche con el día, si había de detenerme aquí, no consiguiendo por ningún medio poner el pie en la opuesta orilla? ¡Que no tenga yo las alas del heroico hijo de Dánae, que arrebató la cabeza erizada de terribles serpientes, o gobierne el carro de Ceres, del cual caían sobre un suelo inculto las primeras semillas! Mas éstos son falsos prodigios que abortó la fantasía de los antiguos poetas, que no han sucedido nunca ni tampoco sucederán. Tú, río que derramas las aguas entre tan distantes riberas, así sea eterno tu curso; vuélvete a los antiguos límites. Créeme, reducido a torrente no serás víctima del odio que te persiga, si se sabe que has detenido los pasos de un amante. Los ríos deben ayudar a los enamorados en sus empeños, puesto que ellos mismos sintieron un día los efectos del amor. Es fama que el pálido Ínaco, apasionado por Melia la de Bitinia, se abrasaba en medio de sus heladas ondas. El sitio de diez años aun no había destruído a Troya cuando Neera cautivo tus sentidos, ¡oh Janto! Pues qué, ¿la ciega inclinación que le inspiró una virgen de Arcadia no obligó al río Alfeo a discurrir por diversas tierras? También se cuenta de ti, Peneo, que escondiste en las comarcas de Phtiotida a Creusa, prometida de Janto. ¿Hablaré del Asopo, a quien subyugó la varonil Teba, que vino a ser madre de cinco hijas? Si pretendiese inquirir, Aqueloo, dónde tienes ahora tus cuernos, te lamentarías de habértelos roto la mano de Hércules iracundo. Lo que no sintió por Calidón ni toda la Etolia, lo hizo por la sola Deyanira. El opulento Nilo, que por siete bocas paga al mar su tributo, y sabe tener oculta la fuente de sus aguas caudalosas, es fama que no pudo templar en el hondo abismo el ardor que le abrasaba por Evadne, hija de Asopo; como el Enipeo, empeñado en obtener los abrazos de la hija de Salmoneo, mandó que las aguas se retiraran, y las aguas obedecieron su mandato. No te pasaré en silencio a ti, que, rompiendo entre las duras peñas, riegas con tus espumosos raudales los campos de Tibur Argeo; ni a ti, a quien sedujo Ilia, aunque descompuesta, mal vestida y delatando las señales de sus uñas en el cabello y semblante. Quejosa de la crueldad de su tío y el crimen de Marte, erraba por las márgenes solitarias; el río la vió desde sus rápidas ondas, y alzando por encima de ellas la cabeza, en ronca voz le dijo: «¿Por qué, ¡oh Ilia!, linaje de Laomedonte el de Ida, recorres mis riberas con tal ansiedad?; ¿por qué desechas tus adornos?; ¿por qué vagas solitaria?; ¿por qué la blanca cinta no sujeta tu esparcida cabellera?; ¿por qué lloras y empañas el brillo de tus húmedos ojos, y con irritada mano golpeas el desnudo pecho? Tiene un corazón de roca o de hierro quien sin lástima ve deslizarse las lágrimas por una hermosa cara. Ilia, depón el miedo; mi palacio te acogerá, y los ríos formarán tu cortejo.

Ilia, deja de temer; dominarás sobre cien o más Ninfas, porque en mis ondas habitan cien o más. Sólo te ruego, vástago de la sangre troyana, que no me desprecies, y ten la seguridad de que mis regalos excederán a mis promesas. » Dijo, y ella, inclinando con modestia la mirada al suelo, humedecía en tibio llanto su seno. Tres veces quiso darse a la fuga, y otras tantas quedó inmóvil al borde de las próximas aguas: el miedo le privó del aliento para huir; por fin, se mesó con enemiga mano el cabello, y sus trémulos labios prorrumpieron en amargas quejas: «Pluguiese al cielo que, virgen todavía, mis cenizas fuesen recogidas y sepultadas en la tumba de mis padres. ¿Por qué siendo vestal fui invitada a las antorchas de Himeneo, y con vergüenza mía quedé incapacitada para velar el sacro fuego de Ilión? ¿Qué me detiene? Ya los dedos del vulgo me señalan como una adúltera; acabe esta atroz ignominia que delata mi frente.» Dice así, y cubriendo con el vestido los tímidos ojos, se precipita resuelta en la veloz corriente;

mas el río lascivo, al caer, le puso las manos sobre el pecho, y se dice que la admitió en su tálamo a título de legítima esposa. Es harto creíble que te encendiera la sangre alguna otra beldad; pero los bosques y las selvas ocultan tus hazañas. Mientras hablo, el raudal de tus ondas va engrosando, y tu álveo profundo se niega a contener las aguas que recibe. Río furioso, ¿qué cuentas tengo contigo?; ¿por qué difieres los goces de dos amantes?; ¿por qué interrumpes osado mi camino? ¿Qué no harías si el propio caudal te convirtiese en un río generoso, si tu nombre fuera conocido en todas las regiones? Pero no tienes un nombre, recoges tus aguas de los arroyos secos en verano, y ni conocemos la fuente de donde naces ni la morada que habitas. Forman tu nacimiento las lluvias y las nieves derretidas que el invierno perezoso te suministra por únicas riquezas en la estación de los hielos, y ya tu corriente se precipita llena de fango, ya durante el estío apenas humedece su árido cauce. ¿Qué viajero sediento pudo entonces apagar su ansiedad en tus ondas?; ¿quién te dijo nunca con voz agradecida: «Corre eternamente»? Tu curso es funesto a los rebaños, y más funesto a los campos; acaso otros sientan estos males, yo me quejo de los míos. ¡Ay!, en mi demencia le he contado los amores de los grandes ríos, y me sonrojo de haber recordado nombres tan excelsos a un indigno riachuelo. No sé cómo contemplándolo pude mentar los timbres insignes del Aqueloo y el Ínaco junto con el famosísimo Nilo. Sólo te deseo, en pago de tus méritos, torrente cenagoso, que no veas nunca más que soles abrasadores e inviernos sin lluvias.


VII

¿Acaso esta joven no es hermosa y distinguida por su elegancia, y no fué por mucho tiempo el ídolo de mis votos? Sin embargo, la languidez me impidió gozar sus favores, y, ¡qué sonrojo!, caí como una masa pesada en el lecho perezoso. Yo anhelante de placer, y ella encendida en el mismo ardor, no pudimos saborearlo por la impotencia a que me redujo mi lasitud. Ella pasó en torno de mi cerviz el ebúrneo brazo, más blanco que la nieve de Sitonia; su lengua ardiente estampó cien besos en mi boca, cruzó con la mía su pierna lasciva, me prodigó mil ternuras, me llamó su dueño, me dijo todas aquellas palabras que excitan el vigor, y, no obstante, mis fríos miembros, como si estuviesen emponzoñados por la cicuta, se negaron a satisfacer sus deseos. Yacía como un tronco inerte, como una estatua, como un peso inútil, y llegué a dudar si era un cuerpo o una sombra. ¿Cuál será mi vejez, si logro alcanzarla, cuando en la misma juventud desfallecen mis fuerzas? ¡Ah!, me avergüenzo de mis años; soy un hombre joven todavía, y mi amiga no me encuentra ni hombre ni joven, y se alza del lecho como la casta sacerdotisa que ha de velar el fuego eterno de Vesta, o la hermana se aparta de su querido hermano, y eso que hace poco cumplí como bueno dos veces con la rubia Clide, tres con la blanca Pitho y otras tantas con Libas, y estrechado por las instancias de Corina, recuerdo que en una corta noche repetí nueve veces el asalto. ¿Entorpece mi cuerpo por ventura un veneno de Tesalia, o los ensalmos y las maléficas hierbas han hecho mi desgracia? Tal vez alguna hechicera escribió contra mí nombres siniestros en la cera de Fenicia, y me clavó en el mismo hígado sus agujas sutiles. Los dones de Ceres, sometidos al influjo de un encantamiento, se convierten en hierbas estériles, y con el poder de los ensalmos se agotan los raudales de una fuente, la bellota asimismo se desprende de la encina, las uvas caen de las cepas y los frutos del árbol, sin que nadie sacuda sus ramas. ¿Quién, pues, impedirá que las artes mágicas paralicen mis nervios? Acaso su influencia convirtió mi cuerpo en un tronco insensible. Añádase el sonrojo por lo que me sucedía, que acrecentó mi flojedad y fué la segunda causa de la impotencia a que me vi reducido.

¡Y qué hermosa estaba cuando la vi y la toqué tan cerca como la túnica que roza su lindo cuerpo! A tan dulce contacto, el rey de Pilos hubiera podido rejuvenecerse, y Titón alcanzar fuerzas impropias de sus años. Ella se ofrecía a mi voluntad, y no encontró en mí un hombre. ¿Qué súplicas concebirán mis votos ahora? Creo que los altos dioses se arrepintieron de favorecerme en vista del mal uso hecho de los presentes concedidos. Deseaba ser bienquisto, y lo fuí; darle a mi ,gusto cien besos, y se los he dado; yacer junto a ella, y lo conseguí. ¿De qué me sirven las mercedes de la fortuna y poseer un reino sin reinar? Como rico avaro, guardé las riquezas sin usufructuarlas. Así el divulgador de los secretos de los dioses muere de sed en medio de las ondas, y contempla próximas las frutas que nunca ha de probar; así el esposo deja por la mañana el lecho de la tierna consorte y se acerca puro a las santas aras de los númenes. Pero tal vez no me prodigó los besos más incitantes y ardorosos y no puso en juego todas las habilidades que estimulan el apetito. Ella puede ablandar con sus caricias las robustas encinas, el duro diamante y la insensible roca; ella tiene recursos para conmover a quien aliente con vida y sea hombre; mas en aquel momento yo no vivía, ni era hombre como antes.

¿Qué placer proporcionarán al que esté sordo los cantos de Femio, o una tabla pintada al miserable Tamiras? ¡Y qué goces me habían prometido mis secretos deseos!; ¡cuántos diversos modos de holgarme no imaginé y dispuse a placer!; pero mis miembros yacían torpemente como muertos y marchitos, como la rosa cogida el día anterior, y ahora, que no es tiempo, lozanean vigorosos, se sienten con brío y reclaman el puesto a que los invita la lucha. ¿Por qué no te abates llena de confusión, torpísima parte de mi ser? Así me dejé burlar anteriormente por tus promesas. Tú engañaste a mi amada, por ti me hallé inerme en la lid, y con no poca afrenta soporté daños gravísimos. Mi bella no se dignó acariciarte con su mano delicada, viendo que no conseguía excitar tu pujanza por ningún medio, y que languidecías olvidada de tus antiguas proezas.

«¿Por qué me burlaste? -dijo-; insensata, ¿quién te obligó a extender los helados miembros en mi tálamo? O una hechicera de Ea te ha trastornado con sus franjas de lana, o vienes a mis brazos ya rendido en los de otra.» Sin demora salta del lecho, cubierta con la tenue túnica, y con los pies descalzos huye lejos de mí; y a fin de que su sierva no creyese que salía intacta de mi lado, disimuló esta afrenta lavándose el cuerpo.


VIII

¿Habrá quien admire todavía las bellas artes y crea que tienen algún mérito los versos enternecedores? En otro tiempo el ingenio se apreciaba más que el oro; hoy el no poseer nada es una gran barbarie. Mis libros deleitaron a mi hermoso tormento; han podido penetrar en su casa, y a mí se me niega este permiso. Los alabó en extremo; pero después de alabarlos me cerró la puerta, y a pesar de mi genio, vago sin rumbo fijo de acá para allá. Apareció un rico de ayer, un caballero harto de sangre, que al precio de sus heridas se labró una cuantiosa renta, y fue suya la victoria. Insensata, ¿podrás estrecharle en tus hermosos brazos y reposar en el lecho oprimida por los suyos? Si lo ignoras, su cabeza solía cubrirse con el yelmo; el cuerpo que pretendes gozar ceñía la espada; la mano izquierda, en la que sienta mal el anillo de oro, traía el escudo, y si tocas su diestra sentirás aún su crueldad. ¿Serás capaz de oprimir sin repugnancia esa diestra cansada de matar? ¡Ay!, ¿dónde está aquella delicadeza de tu corazón? Repara en sus cicatrices, vestigios de las pasadas luchas; cuanto tiene, con su sangre lo ha comprado.

Tal, vez te relate a cuántos hombres degolló, y tu avaricia osará tocar las manos que lo atestiguan; mientras yo, el sacerdote puro de las Musas y de Febo, canto mis versos inútiles a tu puerta cerrada. Los que sabéis vivir, no aprendáis las artes sin provecho que cursamos, sino a seguir la carrera de las armas y los crueles campamentos. En vez de componer inspirados versos, alístate, Homero, entre los primípilos, y así conquistarás las caricias de tu amada. Júpiter, persuadido de que no había nada tan poderoso como el oro, se convirtió en él para seducir a una virgen. Sin el aliciente de las dádivas, fué duro el padre, la hija desdeñosa, las puertas infranqueables y la torre de bronce; mas así que el adúltero astuto ofreció ricos presentes, Dánae descubrió el pecho, accediendo a sus pretensiones. En la edad en que el viejo Saturno ocupaba el trono del cielo, la tierra celaba en su seno tenebroso todos los metales; el bronce y la plata, el oro y el pesado hierro pertenecían a los Manes, y no existían los tesoros; el suelo, en cambio, daba otros más ricos: sin romperlo el corvo arado, producía las espigas, los frutos y la miel destilada del hueco tronco de la encina;

nadie abría los surcos con la aguda reja, ni el agrimensor señalaba los límites de los campos; los remos, aun desconocidos, no azotaban las olas imponentes, y la costa era el último confín de los mortales. La índole de los hombres, industriosos contra sí mismos, ingenióse en acarrear infinitos males. ¿Qué ganó en ceñirlas ciudades de torres y murallas, poniendo el hierro en las manos de los pueblos enemigos? Si te hallases contento en la tierra, ¿para qué necesitabas surcar el piélago? ¿Por qué no intentaste escalar el cielo como un tercer reino? Mas en lo posible también aspiras al cielo. Quirino, Baco, Hércules y César tienen templos como los dioses. Despreciando los frutos, arrancamos a la tierra filones de oro, y el soldado granjea las riquezas adquiridas a costa de sangre. La curia se cierra a los pobres; la renta concede los honores; de aquí salen el juez adusto y el bravo caballero; háganse dueños de todo, dominen en el campo de Marte y en el foro, sean árbitros de la paz y la guerra sanguinaria; mas no lleven su avidez hasta desposeernos de nuestras queridas, y nos daremos por satisfechos si permiten a los pobres poseer alguna cosa. Pero hoy, aunque una joven iguale a las ásperas Sabinas, obedece como sierva a los que pueden dar a manos llenas. El guardián me rechaza, ella teme verme víctima de la cólera del marido; si diese con prodigalidad, el uno y el otro me franquearían la casa. ¡Oh!, si hay algún dios vengador del amante desdeñado, reduzca a polvo las riquezas tan mal adquiridas.


IX

Si la madre de Memnón, si la madre de Aquiles lloraron la muerte de sus hijos; si los mismos dioses sienten los golpes de un destino cruel, tú también, lastimera Elegía, desata los trenzados cabellos, y así merecerás, con razón el nombre que llevas. El vate que te cultivó tan solícito, que constituía tu gloria, Tibulo, al fin es un cuerpo exánime que consumen las llamas de la pira. Contempla al hijo de Venus cómo lleva la aljaba invertida, rotos los arcos y extintas las antorchas; mírale avanzar, digno de lástima, con las alas caídas, y de qué modo se golpea el pecho con los crispados puños; sus cabellos, esparcidos por la cara, se bañan de lágrimas, y su boca prorrumpe en violentos sollozos. Así, marchando a los funerales de su hermano Eneas, se dice, ¡oh hermoso Julo!, que salió de tu palacio. La desolación de Venus por la muerte de Tibulo no fué menos intensa que la sentida cuando un feroz jabalí destrozó el pecho de Adonis. Se nos llama a los vates seres sagrados y favoritos. de los dioses, y hay quienes piensan que alentamos con un numen divino; pero la muerte intempestiva profana todo lo sagrado y pone por igual en todos las invisibles manos. ¿De qué le sirvieron su padre y su madre a Orfeo de Ismara, y haber dominado con sus cantos las feroces alimañas? Lino, que tuvo el mismo padre, Lino fué llorado a los acordes de la lira en el fondo de las selvas. No olvides al cantor de Meonia, fuente perenne que brinda raudales de inagotable inspiración a los labios de los poetas; llególe su última hora y se hundió en el tenebroso Averno, Sólo los cantos se libran del rigor de las llamas; la obra del vate es imperecedera. Vive eterna la fama del sitio de Troya, y la de la tela interminable que la astuta Penélope destejía por la noche. Así Némesis y Delia alcanzarán un nombre inmortal: su cuita reciente la una, la otra su primer amor. ¿De qué os sirven los sacrificios? ¿Qué os aprovechan ahora los sistros de Egipto, y el haberos abstenido de admitir a nadie en el lecho? Cuando el destino fatal nos arrebata a los buenos, perdonad la blasfemia, llego a creer que no existen los dioses. Vive, piadoso, morirás; frecuenta devoto los altares, la muerte implacable te arrancará del templo para hundirte en la tumba. Confía en tus excelentes versos; mirad cómo yace Tibulo: de su grandeza apenas ,quedan los restos que caben en la urna cineraria.

Tú, egregio vate, eres consumido por el fuego de la pira, que no temió alimentarse con tus despojos; el que ha cometido tan horrendo crimen, lo mismo consumiría en las llamas los áureos templos de los inmortales. La diosa que reina sobre el monte Erix apartó la vista, y aun hay quien dice que no pudo reprimir el llanto; y con todo, fué preferible su suerte a que la tierra de Feacia lo sepultara ignorado en extraño suelo. Aquí, al menos, su madre le cerró los húmedos ojos al expirar, y ofreció a sus cenizas los últimos dones; aquí su hermana, mesándose lo s revueltos cabellos, tomó parte en el dolor de la mísera madre. Némesis y tu primera amante juntaron sus labios con los tuyos y no abandonaron un momento, la pira. Delia, al separarse, dijo: «Yo fuí la más venturosa de todas; viviste mientras te abrasaba el fuego de mi pasión.» Y Némesis le contestó: «¿Vienes a insultar mi dolor? En su lecho de muerte oprimió la mía con su mano desfallecida.» ¡Ah!, si de nosotros queda algo más que el nombre y la tenue sombra, Tibulo pisará los Campos Elíseos, y con tu amigo Calvo saldrás a recibirle, docto Catulo, ceñidas de hiedra las sienes juveniles, y tú también, Galo, tan pródigo de la sangre y la vida, si es falsa la imputación de que ultrajaste a un amigo. Por éstas se verá acompañada tu sombra, si hay algo, de real en la sombra del cuerpo, y a sus piadosos acentos se mezclarán los tuyos, elegante Tibulo.

¡Ojalá tus restos reposen tranquilos en la urna que los guarda, y la tierra no caiga pesada sobre tus cenizas!


X

Llegó el aniversario de las fiestas de Ceres; la doncella descansa sola en el vacío lecho. Rubicunda Ceres, que coronas de espigas tus finos cabellos, ¿por qué en el día de tu festividad nos prohíbes los placeres? En todas partes, ¡oh diosa!, las gentes pregonan tu munificencia, y ninguna es tan favorable a la dicha de los mortales. Antes los incultos labriegos no conocían el pan, y la era fué entre ellos un nombre ignorado; mas las encinas que promulgaron los primeros oráculos les sustentaban con su bellota; está y la tierna hierba arrancada del césped constituían su alimentación. Ceres les enseñó la primera a arrojar en los campos la semilla, que luego se hinchaba, y a segar con la hoz las áureas espigas; la primera forzó a los toros a doblar sus cervices al yugo, y a remover con el corvo diente la tierra endurecida. ¿Quién creerá que se alegra con las lágrimas de los amantes y quiere ser festejada con los tormentos de la continencia? Aunque ame los campos feraces, no es una diosa rústica, ni su pecho está cerrado al amor. Creta será testigo, y no todo son ficciones en Creta, tierra orgullosa de haber nutrido a Jove. Allí, de niño, el soberano que reina en los cielos bebió la leche con sus labios infantiles. Este testimonio merece fe completa; el testigo fué alabado por el dios, y creo que Ceres confesará una flaqueza harto conocida. La diosa de Creta vió a Jasón por las faldas del Ida, atravesando con mano vigorosa los costados de las fieras; lo vió, y así que el fuego prendió en la ardiente sangre de sus venas, el pudor y el amor comenzaron a disputarse la presa. El pudor cayó rendido ante el amor, y vieras en seguida los surcos estériles y secos, sin producir una mínima parte del grano que en ellos se depositaba; los azadones cavaban esforzados el suelo, la reja penetrante rompía el duro seno de la tierra, las semillas se esparcían con igualdad por los anchos campos, y las ruines cosechas defraudaban las esperanzas del cultivador. La potente diosa de los frutos erraba por los espesos bosques; la guirnalda de espigas habíase desprendido de su larga cabellera, y sólo la fértil Creta disfrutó un año abundantísimo, pues todas las regiones que visitaba la diosa se cubrían de ricas mieses. El mismo Ida las vió crecer abundantes en sus bosques, y el feroz jabalí del monte se alimentó con su trigo. El legislador Minos deseaba a su patria años semejantes, y que fuese eterno el amor que embargaba a Ceres. Rubia diosa, las noches tristes que lloraste en el desierto lecho, yo tengo que lamentarlas por fuerza en el día que se consagra a tu fiesta. ¿Por qué he de entristecerme, cuando tú has encontrado una hija, una reina, que por azar de la suerte sólo reconoce superior a Juno?: Los días festivos incitan al amor, los cantos y los festines: éstas son las ofrendas que debemos brindar a los dioses inmortales.

XI

He sufrido mucho y por largo tiempo; tu perfidia acabó con mi paciencia: amor bochornoso, huye de mi pecho quebrantado. Al cabo ya soy libre, ya rompí las cadenas, y me avergüenza haber soportado tanto desprecio sin rubor. Vencimos y pisoteamos al tirano que nos esclavizaba, tarde sentí él ultraje d e mi altiva frente. Sufre y endurece tu condición: acaso el dolor te sea algún día de provecho; un jugo amargo fortalece en mil ocasiones, al viajero cansado. ¿Conque después de verme rechazado cien veces de tu puerta, yo, hombre libre, llegué a reposar en sus umbrales?; ¿con que yo, como un esclavo, me constituí en guardián de tu casa cerrada, en tanto que estrechabas en tus brazos a no sé qué rival? He visto a tu amante que salía rendido de allí, con paso inseguro, como un inválido del servicio; pero esto es una nonada en parangón del sonrojo que sentí al verme descubierto por él : que ese oprobio confunda a mis enemigos. ¿Cuándo dejaste de verme a tu lado en los paseos, siendo tu defensor, tu amante y tu fiel compañero? Todos saben que por mis cantos llegaste a ser querida del pueblo, y que nuestro amor fue el principio de otros muchos amores. ¿A qué recordar los torpes embustes de tu pérfida lengua, y los juramentos hechos a los dioses que en m¡ daño burlaste?; ¿a qué insistir en las secretas señales de los jóvenes que asistían al festín, y los signos convenidos para descifrar la intención de las palabras?; Me dijeron que estaba enferma; como un loco corrí precipitado, llegué, y vi que no estaba enferma para mi rival, Insensible toleré estos sofiones y otros que me callo; búscate al que quiera desde hoy tolerarlos por mí. Ya he ceñido mi nave con la corona votiva, y segura en el puerto, oye el estruendo de las olas, Cesa de prodigarme tus caricias y tus palabras, otros días poderosas; no soy un estólido como antes lo fui.

Siento mi corazón versátil luchar de una parte con el amor, de la otra con el odio, y sospecho que vencerá el primero. Si puedo, odiaré; si no, amaré mal de mi grado; tampoco el toro ama el yugo, y lo sobrelleva aborreciéndolo. Huyo su perfidia, y su beldad me impide la fuga; aborrezco sus perversas mañas y amo la gentileza de su cuerpo. Así, no puedo vivir sin ti, ni contigo, y yo mismo no sé lo que deseo. Quisiera que fueses menos hermosa o menos falaz: tanta hermosura no encaja bien en tan ruines costumbres. Tus actos merecen mi odio, tu rostro se capta ni¡ amor; desventurado de mí, que doy más precio a los hechizos que a las falsías. Perdóname, por los derechos del tálamo que compartimos; por todos los dioses, que consienten tus repetidos engaños; por tu cara, que admiro como la de una suprema divinidad, y por tus ojos, que cegaron los míos. Seas como fueres, serás siempre mi amada; elige entretanto si quieres que te quiera de corazón o que te ame por fuerza. Desplegaré mejor las velas, y aprovecharé los vientos que las impulsan : pues aunque lo rehuse, me veré obligado a amarla.

XII

¿Cuál fue el día, aves siniestras, en que predijisteis que mis sucesos habían de ser siempre desgraciados?; ¿qué astro debo considerar como el enemigo de mis dichas?; ¿a qué dioses acusaré por la guerra que me declaran? La que ayer se dijo prenda mía, la que sólo fué amada por mí, hoy recelo que tenga que compartirla con mis rivales. ¿Me equivoco?; ¿no la hicieron famosa mis versos? Así sucedió: mi ingenio la convirtió en una cortesana, y con razón; ¿a qué pregoné tanto el hechizo de su hermosura? Yo tengo la culpa de que venda sus gracias; yo la he servido de cebo; yo guié los pasos de sus pretendientes, a quienes abrí las puertas de su casa. Dudo que los versos me aprovechen de nada, y estoy bien seguro de los males que me han acarreado. Sí; ellos concitaron a los envidiosos de mi ventura. Cuando pude cantar el sitio de Tebas, la ruina de Troya y las hazañas de César, Corina fué la única que exaltó mi ingenio, ¡Ojalá las Musas se me declararan enemigas al componer los primeros versos, y Febo me abandonase en la prosecución de mi faena! Como se suele dar crédito al testimonio de los poetas, deseaba que mis ficciones no careciesen de valor.

Por nosotros, Escila, que cortó los canos cabellos a su padre, ciñe las caderas con una traílla rabiosa de perros; nosotros pusimos alas en los pies, sierpes en los cabellos, y condujimos vencedor al nieto de Abas, sobre alado corcel; nosotros dimos al gigante Ticio su enorme corpulencia, y sus tres bocas al Cancerbero erizado de víboras; dimos a Encélado los mil brazos con que arroja sus dardos, y forjamos los héroes sorprendidos por los cantos de una virgen hechicera. En las odres del rey de Itaca encerramos los vientos huracanados de Eolia, y dejamos a Tántalo, por su indiscreción, morir de sed en medio del río. A Níobe la transformamos en roca, y a una virgen la convertimos en osa. El ave de Cecrops llora la tragedia del Odrisio Itis; Júpiter se transfigura ya en ave, ya en lluvia de oro, ya en el bruto que rompe las olas con una virgen sobre la espalda. ¿Hablaré de Proteo, y los dientes que engendraron a los tebanos, y los bueyes que vomitan llamas por la boca, y las lágrimas de ámbar que surcaron las mejillas de tus hermanas, desventurado Faetonte, o de aquellas naves convertidas en diosas marinas, y del sol que huyó horrorizado del espantoso festín de Atreo, o de las duras rocas que siguieron los acordes de la lira? La fecunda libertad de los vates recorrió los infinitos espacios sin sujetar sus creaciones a la fidelidad histórica; así os debieron parecer falsos los elogios que tributé a Corina, y así, vuestra credulidad no ocasionaría mi tormento.


XIII

Como mi esposa nació en la comarca de los Faliscos, rica en vergeles, llegamos un día a tocar los muros de la ciudad que expugnaste, ¡oh gran Camilo! Los sacerdotes preparaban la fiesta de la casta Juno y los célebres juegos en que se sacrifica una vaca indígena. Estos ritos valían la pena de que me detuviese a estudiarlos, sin retraerme por lo escabroso del camino que conduce entre riscos al lugar de la ceremonia, que es un antiguo bosque sagrado y casi impenetrable por la espesura de las ramas. Contémplalo, y no dudarás que en tal sitio reside un numen. El ara recibe las preces y el incienso de las almas piadosas; ara fabricada sin arte por la mano de nuestros antepasados. Aquí; luego que resuenan los acentos solemnes de la flauta, el cortejo anual pónese en marcha por veredas cubiertas de césped; entre los aplausos del pueblo, son conducidas unas blancas terneras que alimentó la fresca hierba de los prados Faliscos, unos novillos poco temibles por las cortas astas de sus frentes, un puerco, víctima menor arrancada a la humilde choza, y un carnero, jefe del rebaño, con los cuernos retorcidos hacia atrás. Sólo la cabra es aborrecida de la potente diosa. Se dice que sus señales descubrieron la presencia de Juno en el espeso bosque, retrayéndola de proseguir en la fuga.

En castigo, los niños la persiguen ahora con sus dardos, y constituye el premio del que antes la hiere. Por donde ha de pasar la diosa, los jóvenes y las tímidas doncellas convierten sus ropas en tapices que cubren el camino; los cabellos de las vírgenes deslumbran con el fulgor del oro y las piedras preciosas, y un soberbio manto desciende hasta sus pies, cuajados también de oro; y vestidas de blanco, según la costumbre de sus padres griegos, llevan sobre las cabezas los objetos del culto que se les confían. El pueblo permanece silencioso a la aproximación del brillante cortejo, y la misma diosa viene detrás de las sacerdotisas. Es la imagen de una fiesta griega. Muerto Agamenón, Haleso huyó del lugar del crimen, abandonando los tesoros de su padre, y después de errar prófugo por tierras y mares, edificó con dichosos auspicios una ciudad ceñida de fuertes murallas. Él enseñó a los Faliscos a conmemorar la fiesta de Juno, que así sea favorable siempre a mí y a mi pueblo.

XIV

No pretendo que permanezcas inocente siendo tan hermosa; mas tampoco creo que haya necesidad de que lo sepa, por mi desgracia; mi censura no intenta convertirte en una mujer irreprochable; sin embargo, querría que te esforzases por parecerlo. No falta la que sabe negar el delito: sólo la culpa vanagloriosa trae la infamia. ¿Qué furor sientes de sacar a la luz del día lo que oculta la noche, y revelar públicamente lo que hiciste en secreto? La meretriz que entrega el cuerpo al primer desconocido, aparta antes las miradas del público cerrando la puerta de su tugurio. Tú alardeas del oprobio que mancilla tu fama y eres la pregonera de tus escándalos. Vuelve a mejor acuerdo, imita a las honradas, y aunque no lo seas, que yo te admire como un dechado de probidad. Lo que hiciste, hecho está; pero niégalo rotundamente, y no te sonroje hablar en público el lenguaje de la modestia. Hay un sitio adecuado a la crápula; llénalo con todas las impurezas, y que el pudor se aleje de allí; mas en el momento que lo abandones, relega al olvido tu lascivia, y que tu cama sola sepa tus desafueros.

Allí no repares quitarte la túnica, ni cruzar tus piernas con las de tu amigo, ni que roce con su lengua tus labios de púrpura, ni que la pasión invente mil modos de gozar; no cesen las tiernas promesas ni las palabras incitantes, y estremézcase la cama con la movilidad de vuestros cuerpos; pero al vestirte la túnica, toma el aspecto de la inocencia temerosa, y que un falso pudor disfrace tus noches obscenas. Burla a la gente con tus palabras; engáñame, déjame vivir ignorante, y que labre mi dicha una estúpida credulidad. ¿Por qué veo tantas veces las tablillas que envías y recibes?; ¿por qué apenas advierto espacio de tu lecho que no esté hundido?; ¿por qué tus cabellos andan más alborotados de lo que suele ponerlos el sueño, y distingo en tu cuello las señales impresas de los dientes? Sólo te falta realizar tus delitos a presencia mía. Si no te condueles de tu fama, conduélete de mi. Pierdo el seso y me pongo a morir cuantas veces me confiesas tus extravíos, y la sangre discurre helada por mis arterias. Te amo; deseo odiarte, y siento que me es imposible, y entonces quisiera morir, pero junto contigo. No pretendo averiguar tus pasos, ni descubrir lo que tratas de ocultarme; estimo tus faltas como una acusación desprovista de fundamento. Si te sorprendo alguna vez en medio de la culpa y mis ojos llegan a ser testigos del oprobio, aquello que haya visto bien niega que lo he visto, y desmentiré a mis ojos por creer tus palabras. Te será muy fácil la victoria sobre el que desea ser vencido como tu lengua se acuerde de decir : «Es falso.» Con estas dos voces puedes subyugarme a tu antojo; vence, si no por la justicia de tu causa, por la lenidad de tu juez.


XV

Madre de los tiernos amores, busca un nuevo vate; ya mis elegías pasan rozando la última meta, Los cantos que compuse yo, nacido en los campos Pelignos, han hecho mis delicias y acrecentado mi fama. Sí este honor vale algo, herede la dignidad ecuestre de mis antiguos ascendientes, y no la conquiste en el tumulto de los campos de batalla. Mantua se enorgullece de Virgilio; Varona, de Catulo, y yo pretendo que se me aclame la gloria de la comarca de los Pelignos, a quienes la defensa de su libertad obligó a pelear por una causa justa cuando Roma temía, llena de incertidumbre, los resultados de la guerra social. Y algún viajero que contemple los muros de Sulmona, ceñidos de pantanos que dejan pocas yugadas al labrador, exclamará : «Ciudad que pudiste engendrar poeta tan ilustre, por pequeña que seas, yo te proclamo grande.» Amable niño, y tú, diosa de Amatunta, madre del mismo, llevad vuestras áureas banderas lejos de mi campo. Baco, el de los cuernos, mueve con fuerza el resonante sistro, y me incita a recorrer mayor espacio con mis briosos corceles. Voluptuosas elegías, musa juguetona, pasadlo bien; la obra que voy a emprender me sobrevivirá después de muerto.


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