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JOSÉ MANUEL HIDALGO.

yas, y discurrían largamente y con gusto siempre que se veían. El porte del simpático joven cautivaba al Marqués, lo que causaba naturalmente un jubilo callado á Irene; pero lamentaba en sus adentros que no reuniera todas las condiciones de su familia, y lo que sentía su corazón solía debilitarlo su razón. Sylvain iba con la frecuencia á que se le brindaba á casa de los Renfijo, y él y Mercedes eran, por consiguiente, más felices.

Raras son, por fortuna, las madres en quienes la razón de Estado aboga el sentimiento filial, y son siempre intermediarias, tiernas y bienhechoras, con los maridos cuando se trata de los hijos, por los que un padre, por mucho que los quiera, no puede sentir esos estremecimientos del alma que producen los que son pedazos de las entrañas de la mujer que los dió á luz con dolor, para ser luego su encanto e idolatría. Así que poco á poco, con ese tacto, suavidad y sutileza con que las mujeres saben obrar cuando se proponen un fin, había tratado de ablandar y convencer á su marido de que sus hijos encontrarían su felicidad en seguir las honradas aspiraciones de sus corazones, sin que hubiera desdoro para su lustre, ni fuera tanta la diferencia que encontraba en las familias la