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JOSÉ MANUEL HIDALGO.

deber de amigo del capataz, venir á Paris, á pesar de que, como aquél, aborrecía esta capital.

Al verla llegar el portero de la viuda de Bonnet con aquella cara, aquel arreo, aquel garrote y un paquete debajo del brazo, que eran bizcochos de su provincia que traía como regalo, lo tomó, asustado, por un anarquista que iba á hacer volar con dinamita la casa, según la destructora usanza de estos días. Al fin llegaron á entenderse, y al tío Benito pudo penetrar en el aposento de la señora Bonnet.

VII

Grande fué su sorpresa al verle.

-¿Usted aquí, en París?

-No vengo á divertirme.

-¿Pues qué vientos lo traen á usted?

-No son los buenos.

-No entiendo, explíquese usted.

-Si usted supiera lo que debe saber, yo no habría venido.

-Acabe usted, por Dios.

El tío Benito, que no entendía de rodeos ni amba-