— Pero como existo... Me parece que no soy una sombra vana, como la libertad de que habla el discurso.
— Sí; pero comprar vestidos sería abusar de tu caridad. Trabajas mucho, trabajas como un esclavo para mantener á tu madre, para socorrernos á mi padre y á mí.
— Y todavía me sobra para dar á otros y para ahorrar. No creas, compraré una casa y una huerta donde pasar la vida solo y tranquilo * También pienso hacerte un buen regalo cuando te cases.
—Yo no compro vestido,—dijo Sola vivamente y con ligera expresión de fastidio.
— Lo comprarás; te lo mando yo.
— Más adelante. Guárdame el dinero.
— No ha de ser sino ahora; lo deseo así. Recordarás bien la desgracia de tu padre. Había escapado de la cárcel, y huía por los campo» sin amparo, sin sustento, sin esperanza. Os mandé venir á Madrid, y sin dar mi nombre, os proporcioné la entrada libre en esta villa. Tu padre, á causa del aborrecimiento que me tiene, no quiso ni que se le hablara de mí; pero tú, más generosa y más humana, corriste á mi lado, diciéndome: cHermano, yo te perdono, sin conocerlo, el mal que has hecho á mi padre. Socórrenos; nos morimos de hambre. »
— Tú me dijiste entonces: c Hagámonos la cuenta otra vez de que hemos nacido de una misma madre, y acepta sin ofenderte una parte de lo que tengo.»
— Hicimos el trato. Esto ya no es limosna: es un deber mío, un deber de familia que cuna-