B. PÉaEZ GALDOS
echarle tierra encima, es decir, discursos, para que con las agitaciones de un debate fuese puesto en olvido. Abrióse la discusión sobra el tema puesto á la orden del día, y Su Excelencia el Duque del Parque se puso pálido. Mirando á la tribuna, vio á su fiel secretario y amigo, cuya presencia y animado semblante servíanle de consuelo. Evocó su serenidad; razonó consigo mismo durante breves minutos, considerando cuán bien y con cuánto despejo suelen hablar algunos tontos; hizo memoria de tod\)s los consejos y recetas que su secretario le había dado, y midiendo con atrevida mirada eso abismo inmenso é imponente que separa el mutismo de la palabra, el silencio del discurso, arrojóse resueltamente á la otra orilla. Empezó muy bien, y era escuchado con atención.
El secretario, á su vez, aunque no empezaba ningún discurso, sentía emociones muy vivas, no ciertamente por la ceremonia que acababa de presenciar. Esta no había concluido, cuando Monsalud vió en la tribuna de enfrente á una persona cuya presencia embargó de súbito sus facultades, dejándole atónito y confuso. Estupor más grande no lo tuvo en su vida. Fijó bien la atención, creyendo equivocarse; pero una observación prolija le convenció r de la realidad de la imagen percibida. A un tiempo mismo llenaban su espíritu secreto alborozo y una especie de terror instintivo, al cual no podía hallar de pronto justificación cumplida. Miraba á la persona, y sus ojos sorprendieron el furtivo mirar de ella. Trató de sobreponerse á un dominio que era de su agrá-