DE HUELVA
Respetable presidenta y queridas compañeras: Deseo probaros de alguna manera que, aunque lejos de vosotras, mi pensamiento y mi corazón no dejan de ocuparte de esa simpática Sociedad, á cuya fundación me cabe la honra de haber ayudado.
Bien recordaréis con el amor y el afán con que os congregué ese día feliz, en que mi alma experimentó una satisfacción nueva, al ver que surgÍa en España otro organismo femenino. para bien de los ideales que se persiguen.
Como si no bastara para estar enlazada á vosotras el haber coadyuvado á la formación de ese grupo, en el cual tengo puestas tantas esperanzas, me hacéis figurar también como socia de honor del mismo, á fin de unirme á vuestra Sociedad con lazos más estrechos.
Yo os agradezco, mis queridas hermanas, cuantas deferencias me concedáis, pero tened por seguro que nada me obliga tanto á marchar con vosotras como el verdadero cariño que me hubisteis de inspirar con vuestro profundo entusiasmo hacia el redentor ideal del progreso.
Creed, hermanas mías, que jamás daré al olvido el placer que me hicisteis sentir cuando, llenas de fe y de valor, os vi acudir á mi primer llamada; si esta empresa acometida por nosotras llega á ser mañana coronada por el triunfo y el movimiento femenista de España pone a nuestra patria á la altura de los más civilizados países, á las mujeres de Huelva les cabrá en ello una gran parte, pues con vuestra valerosa actitud marcáis el camino que debe seguir la mujer de hoy y alentáis al par á aquellas que van delante de vosotras.
Bien habéis demostrado ya de cuánto sois capaz si os dejáis llevar de los impulsos de vuestros humanitarios sentimientos; el pueblo onubense ha podido hacerse cargo de la gran fuerza que encierra en ese grupo, y no dudo llegará el día en que sepa aprovecharse de ella. Por lo mismo, porque guardáis un precioso elemento de defensa para el mañana que se aproxima, es por lo que debéis permanecer firmes, conservando ese baluarte levantado en el campo de la causa más noble y más justa de todas.
Trabajad, trabajad mientras tanto no llega ese deseado día; procurad por cuantos medios sean posibles, cread las escuelas laicas que proyectáis, aunque os duelan las mordeduras de esos reptiles de sacristía.
Luchad valerosamente por arrebatar la enseñanza de manos de los cogullados; ellos defienden rabiosamente ese derecho que hoy les cabe, porque comprenden lo que pierden el día en que se les prive de dar educación á la infancia.
Emilio Zola, ese gran hombre de la Francia de hoy, lo ha dicho muy caramente: «La lucha y el triunfo de la religión están ahí, en los niños, que serán los hombres de mañana y defenderán á su madre la Iglesia, si han sabido inspirarle horror hacia las abominables doctrinas del siglo.»
Madres que profesáis las sanas creencias racionalistas, mirad por vuestros hijos y no los llevéis á donde puedan poner una venda á sus ojos y arrancarles el corazón.
En la enseñanza está todo: se quiere que el pueblo consiga el grado de ilustración que debe tener, y hay que hacer porque haya escuelas en donde el hijo del proletario reciba la educación precisa para que el día de mañana sea un ciudadano inteligente y justo, digno de figurar entre aquellos que están llamados á regir los destinos de la patria.
Desde aquí, mis queridas hermanas en el ideal, sigo paso a paso vuestro camino y os aplaudo con toda el alma por la valentía y la constancia en el trabajo, de lo cual estáis dando pruebas á cada momento. Seguid, seguid defendiendo esa bandera tan cariñosamente defendida, y llamad en torno de ella á cuantas mujeres sean capaces de sentir amor por el progreso y el bien humano.
Las horas presentes son bien críticas; las tristezas de la nación se reflejan en los hogares; el crespón que ondea sobre el pabellón, siempre defendido por el león hispano, esparce luctuosas sombras por el suelo de la patria; en estos momentos, mujeres de corazón, la patria necesita de algo más que de la sangre de sus hijos: necesita de todos sus pensamientos, y no debemos negárselos; si llegase un instante en que se os exigiera que os olvidaseis de las delicadezas de vuestro sexo, debéis hacerlo así, porque en horas semejantes, tan precisos son los héroes como las heroinas.
Lamentable espectáculo es, por cierto, ver nuestras ropas teñidas en sangre; pero qué, ¿será mejor morir todos de hambre y de vergüenza por cobardes, ó salvar parte de la generación que ha de dar á España nuevos días de gloria?
Si ese porvenir ha de quedar salvo, ocultándose tras un montón de cadáveres, no seamos nosotras las primeras en regatear nuestros cuerpos, ya que nuestras almas desprecian las pequeñeces de la vida, representadas en el egoísmo humano.
Vuestra de corazón,
Cádiz, Mayo de 1898.