—Haber, hay — exclamó el negro, — pero es el cuarto del capitán mayor... ¿Se le anima?
—¿Todavía no estás convencido, Benito, de que soy un pozo de valor?
—El pozo tiene fondo... — replicó él, sonriendo filosóficamente. — El cuarto está aquí, a la derecha.
Me dirigí hacia allá. Entré. Cuarto amplio y en mejor estado que la sala de espera. Guarnecíanlo dos viejas marquesas de esterilla enmohecida, además de varias sillas rotas. En la pared, un retrato con la moldura clásica de la época, dorada, de cantos redondos con florones. Limpié con el pañuelo el polvo acumulado en el vidrio y vi que era un daguerreotipo esfumado, representando una imagen de mujer.
Benito advirtió mi curiosidad, y explicó:
—Es el retrato de la hija mayor del capitán Alejo: ña Sabel, una moza muy desgraciada...
Contemplé largo rato aquella antigualia venerable, vestida a la moda de la época.
—Tiempo de los miriñaques, ¿eh, Benito? ¿Recuerdas de los miriñaques?
—¡Si me recuerdo! La siñá mayor cuando venía de la ciudad era así como andaba ella, que ni una pava clueca...
Volví a la pared el daguerreotipo y me puse a arreglar las marquesas, disponiendo en una y en otra las pieles a guisa de almohadas. En seguida fuí al corredor, con la luz en la mano, a ver si amadrinaba a mi rehacio compañero. ¡Era por demás aquella manía! No comer y ahora quedarse allí en el relente...
Perdí mi tiempo. Ni con un «déjame» me contestó esta vez.
—Si se le descompone la cabeza, aquí, en estas alturas...
Torturado por esta idea no pude sosegarme. Confabulé con Benito, y resolvimos salir en busca del extraviado. Fuimos felices. Le encontramos a poco en el patio, frente a la antigua casa del cepo. Estaba inmóvil y mudo. Levanté la luz a la altura de su rostro. ¡Qué extraña expresión la suya! No parecía el mismo, no «era» el mismo. Me dió la impresión de un hombre rigidizado de músculos, en el último suspiro de una lucha suprema, con todas las energías crispadas en una resistencia feroz. Lo sacudí con violencia.
—Jonás! ¡Jonás!
En vano. Era un cuerpo abandonado por el alma. Era un hombre «vacío de sí mismo»... Estupefacto ante el fenómeno, concentré todas mis energías y secundado por Benito lo conduje a la casa. Al entrar en la sala de espera se estremeció, se detuvo, dirigiendo los ojos hacia la puerta del cuarto. Sus labios temblaron. Percibí que articulaban palabras ininteligibles.
Se precipitó luego hacia el cuarto y dando con el daguerreotipo, lo tomó con frenesí, lo besó y rompió en un sollozo convulsivo. En seguida, como exhausto de una gran lucha, cayó sobre la marquesa, postrado, sin articular una palabra más. Inútilmente lo interpelé, buscando la clave del enigma. Jonás permanecía desvanecido... Le tacteé el pulso: normal. La temperatura: regular. Pero abandonado, como un cuerpo muerto. Permanecí junto a él una buena hora, con el cerebro sacudido por mil ideas. Al fin, viéndolo tranquilo, me acerqué al negro.