—Cuéntame lo que sepas de esta fazenda. Tal vez...
Mi idea era deducir de las palabras del negro una explicación de la crisis misteriosa.
Benito habló en voz baja, temeroso de despertar al enfermo. Me contó cómo vino a dar allí, comprado por el mismo capitán Alejo, en el Vallongo, mocetón aún. Refirió la formación de la fazenda y el carácter cruel del amo.
—¡Era malo, siñó blanco, como debe ser malo mandinga! Atormentaba, porque sí, a la gente; por el gusto de atormentar. Al comienzo no era así; pero fué empeorando con el tiempo. Parece que perdió el corazón y el alma le huyó del cuerpo. En el caso de la Liduina... La Liduina era una linda mulatita criolla, criada aquí en la fazenda. Muy vivaracha, desde chiquita pasó del rancho a la casa grande para servir de mucama a la niña Isabel... Esto fué — dijo recordándose — debe hacer sesenta años, mucho antes de la guerra del Paraguay. Yo era un muchachote y trabajaba aquí dentro, en el patio. Veía todo lo que pasaba. La mucama, una vez que la amita. Isabel vino de la corte a pasar las vacaciones en la sierra protegió los amoríos de ella con el portuguesito, y fué entonces...
La marquesa en donde dormía Jonás crujió. Miré. Estaba sentado, presa de convulsiones. Los ojos exorbitantes, se fijaban en algo invisible para mí. Sus manos crispadas arañaban la esterilla rota. Lo agarré, lo sacudí.
—Jonás! ¡¿Qué tienes?
Me miró sin ver, con la retina muerta, en un aire de desvarío.
—¡Jonás, habla!
Intentó murmurar una palabra. Sus labios temblaron, en la tentativa de articular un nombre. Por fin, pudo enunciar, sofocado:
—Isabel...
Pero aquella voz no era ya la voz de Jonás. Era una voz desconocida. Tuve la plena confirmación de que un «yo» extraño había tomado por asalto su cuerpo vacío. Y hablaba por su boca y pensaba con su cerebro. No era Jonás, positivamente el que allí estaba. ¡Era «otro»!...
Estaba, sin embargo, escrito que al horror de aquella noche de truenos y de misterios no faltaría una nota siquiera. Así fué, cómo a altas horas, la luz comenzó a disminuir. Me estremecí y permanecí con los cabellos de punta cuando la voz del negro murmuró la única frase que yo hubiera dado todo por no oir.
—El aceite se concluye...
—¡Y no hay más, allá, en tu casa?
—Era el resto.
Me aterroricé...
Los truenos repercutían lejos, y el bramar del viento en las casuarinas era el mismo de siempre. La naturaleza parecía empeñada en poner a prueba la resistencia de mis nervios.
De pronto, un estallido en el candil. La luz brujuleó una claridad postrera y se extinguió.
Tinieblas. Tinieblas absolutas...
Corrí a la ventana. La abrí.
Las mismas tinieblas allá afuera...