Me senti ciego...
Busqué la cama tanteando, y caí de bruces sobre la esterilla carcomida.
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Hacia la madrugada, Jonás comenzó a hablar solito, como quien hace memoria. Pero no era mi Jonás el que hablaba: era el «otro».
¡Qué escena!...
Tengo, hasta ahora, como grabadas a buril en el cerebro todas las palabras de aquella misteriosa confidencia proferida por el incubo en el silencio de las tinieblas profundas. Mil años que viviera, nunca se me borraría de los oídos el resonar macabro de aquella voz de misterio. No reproduzco sus palabras de la manera que las enunció. Sería imposible, además de nocivo, a la comprensión de quien lee. El «otro» hablaba al modo de quien piensa en voz alta, como recordando. Lenguaje taquigráfico, lo coloco aquí traducido en lenguaje corriente.
«Mi nombre era Fernando. Hijo de padres desconocidos, cuando me tuve por gente rodaba en el mar de la vida, como corcho en la superficie de las ondas... A la ventura, a merced de los vaivenes de la miseria, sin afectos de hogar, sin amigos, sin punto de apoyo en el mundo.
Era durante el Reino, en Póvoa—do—Varzim; y del Brasil, la buena colonia prelúcida en todas las imaginaciones como el Eldorado, oía siempre decir maravillas a los marineros de tornaviaje.
Fascinado, determiné emigrar.
Partí para Lisboa, un día, a pie, como un pequeño vagabundo de carretera. Caminata inolvidable, hambrienta; pero rica de los mejores sueños de mi vida. Me veía en la tierra nueva convertido en mercachifle de chucherías. Después, ventero; después, comerciante con casa fuerte en Río. Después, casado ya con una linda mozuela, me veía de nuevo en Póvoa, rico, respetado, viviendo en quinta, señor de viñedos y tierras de cultivo.
Así mecido en sueños de oro, llegué al puerto de Lisboa, donde pasé el primer día en los muelles, enamorado de las embarcaciones fondeadas en el Tajo. Una había que se aprestaba para zarpar rumbo a la colonia, la carabela Santa Teresa. Haciendo camaradería con viejos marineros en holganza, por allí conseguí el contrato necesario.
—Allá atracas — me aconsejaba uno, — te ahondas hacia el desierto. Comercias y te enriqueces, y vuelves aquí excelentísimo. Es lo que yo haría si tuviese los años verdes que tienes.
Así hice; y grumete de la Santa Teresa boyé en el océano rumbo al país de las maravillas.
En Africa fondeamos para recoger negros de Angola, metidos en las bodegas como fardos de cuero fresco con carne viva por dentro. ¡Pobres negros! Desembarcado en Río, tuve ocasión de verlos aún en Vallongo, semidesnudos, expuestos a la venta como reses. Los interesados llegaban, los examinaban, y cerraban trato.
Fué así, en esa tarea, que conocí al capitán Alejo. Era un hombre valiente, de facciones duras y mirar frío. Traía botas, sombrero ancho y rebenque en la mano. Detrás de él, como sombra, un capataz mal encarado.