El capitán advirtió mi presencia, me hizo preguntas y al cabo me propuso servicio en su fazenda.
Acepté e hice, a pie, en compañía del lote de negros adquirido, aquel viaje al interior del país nuevo donde todo era novedad para mí.
Llegamos. La fazenda del Fundao, establecida hacía poco, en su apogeo ya, riquísimo de cañaverales, ganadería y café en sus inicios. Me dieron servicios leves, compatibles con la edad y mi falta de experiencia de la tierra. Y siempre, subiendo de puesto, continué allí hasta alcanzar la edad de veinte años.
La familia del capitán vivía en la Corte. Los hijos varones venían todos los años a pasar una temporada en el campo, llenando la fazenda de locas travesuras. Las niñas, entonces en el colegio, allá se quedaban aun en las vacaciones. Sólo vinieron una vez, con la madre, doña Teodora. Y esa fué nuestra desgracia...
Eran dos: Inés, la más niña, e Isabel, la mayor, lindas meninas de lujo, radiantes de juventud. Yo las veía de lejos, como figuras nobles de romance, inaccesibles; y me acuerdo del efecto que en aquel desierto tosco, asalvajado por la esclavitud retinta, hacía la imagen de las niñas ricas, vestidas siempre a la moda de la corte. Eran princesitas de cuentos de hadas que provocaban un solo sentimiento: adoración.
Un día...
Aquel salto de agua — ¡allá oigo su lejano rumoreo! — era el bañero natural de la fazenda.
Me recuerdo bien—era domingo, y yo en holganza, salí temprano a «pajarear». Seguí por la margen, riacho arriba tirando con honda sobre pájaros ribereños.
Un «carpintero» de cabeza roja se burló de mí. Erré el tiro y presa de bríos me eché en su persecución. Y salta aquí, salta allá, cuando me di cuenta estaba embreñado en la gruta de la cascada, donde, en un gajo de ingá, pude ver mejor a mi presa y sacudirle hondazos.
Cayó el pájaro lejos de mi alcance y chapalee entre los tacuarís para agarrarlo. En esto, por un claro del ramaje, divisé abajo la bacía de piedra donde el agua golpeaba.
Pero quedé estático. Dos ninfas desnudas jugaban en la espuma.
Las reconocí. Eran Isabel y su mucama predilecta, de su misma edad, Liduina.
¿Quién hay insensible a la belleza de la mujer en flor, y más aún, vista así, en su desnudez, en un cuadro agreste como aquel?
Lo imprevisto de la visión ofuscó mis ojos.
Isabel me deslumbró.
Hirvió en mis venas la sangre.
¡Veinte años!
El momento de las erupciones incoercibles... Inmóvil como estatua, allí permanecí en éxtasis el tiempo que duró el baño. Tengo aún el cuadro en mi imaginación. La gracia con que ella, con la cabeza erguida, la boca entreabierta, presentaba el pecho al golpe de las aguas... Los sustos y grititos nerviosos, cuando garabatos derivantes chocaban con su epidermis... Las zambullidas de sirena en la bacía y el emergir del cuerpo aljofarado de espuma...