Ir al contenido

Página:Alma negra.pdf/14

De Wikisource, la biblioteca libre.
Esta página no ha sido corregida

Duró unos minutos el baño fatal. Después se vistieron sobre una piedra seca, y allá se fueron, contentas, como maripositas azules en mañana de sol.

Permanecí en el mismo lugar, estático, rememorando el cuadro, el más lindo cuadro que mis ojos han visto.

Impresión de ensueño...

Aguas de cristal rumoreante; frondas rociadas suspendidas sobre la linfa como escuchando su murmullo; un rayo de sol matutino, filtrado entre las ramas, pintarrajeando de oro trémulo la desnudez de los nayades...

¿Quién podrá nunca olvidar un cuadro así?

Aquella impresión me mató. Nos mató...

Salí de allí transformado.

No era ya el humilde sirviente de la fazenda, contento de su suerte. Era un hombre blanco y libre que deseaba una mujer hermosa. A partir de allí mi vida iba a girar en torno de aquella aspiración.

Nació en mí el amor, vigoroso y fuerte, como las hierbas locas de los sembrados después de las cosechas.

Día y noche un solo pensamiento me llenaba el cerebro: Isabel.

Un deseo sólo: verla.

Un solo objetivo en mi frente: poseerla.

Pero a pesar de blanco y libre, ¡qué abismo me separaba de la hija del fazendeiro! Era pobre. Era un subalterno. Era nada.

Pero el corazón no raciocinia y el amor no mira hacia las conveniencias sociales. Y así, repudiando obstáculos, creció él en mi pecho como crece un río en tiempos de inundación.

***

Me acerqué a Liduina, la mucama.

El instinto me dijo que el camino era por allí.

Me acerqué a la mujer, y luego de haberle caído en gracia, captándome su confianza, le dije un día mi tortura.

—Liduina, tengo un secreto en el alma que me mata, pero tú podrás salvarme. Solamente tú. Necesito de tu auxilio... ¿Me lo prometes?

Ella se espantó de la confidencia, pero insistida, rogada, implorada, me prometió cuanto le pedí.

¡Pobrecita! Poseía un alma hermana de la mía y fué, al comprender su alma que por primera vez advertí todo el horror de la esclavitud...

Le abrí mi pecho, y con frases ardientes le revelé el amor que me consumía.

Liduina, al principio, se asustó. Era grave el caso. ¿Pero quién se resiste a la dialéctica de los apasionados? Y vencida, al fin, prometió ayudarme.

***

Liduina procedió por partes haciendo desabrochar el amor en el corazón de su amita sin que ésta se diera cuenta.

Al principio una vaga y discreta alusión a mi persona.

—Niña, ¿conoce a Fernando?