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Página:Alma negra.pdf/15

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—¿Fernando?... ¿Quién es?

—Un mozo lindo, lindo, que vino del reino y está encargado del ingenio...

—Si lo vi, no me acuerdo.

—Pues repare en él. Tiene unos ojos...

—¿Es tu novio?

—¡Quién me lo diera!...

***

Esa fué la iniciación del juego. Y así, a poco, en hábil dosaje, hoy una palabra, mañana otra, en el espíritu de Isabel nació la curiosidad: paso número uno del amor.

Un día, Isabel quiso verme.

—Hablas tanto de ese Fernando, de los ojos de ese Fernando, que estoy curiosa de verlos.

Y me vió.

Estaba yo en el ingenio, dirigiendo el trapiche de la caña, cuando ambas entraron, con una copa en la mano. Venían con el pretexto del jugo.

Liduina se allegó a mí y pidió:

—Señor Fernando, una copa de jugo para la niña Isabel.

La niña me miró de frente, yo no pude sostener su mirada. Bajé los ojos, conturbado. Yo temblaba, balbucía apenas, en aquella embriaguez del primer encuentro.

Di órdenes a los negros y luego escurrió del pico un chorro fofo de jarabe espumeante. Tomé la copa de manos de la mucama, la llené y se la ofrecí a la náyade. Ella la recibió con simpatía, bebió a traguitos y me pagó el servicio con un «¡Gracias!» delicioso, mirándome de nuevo en los ojos.

Por la segunda vez bajé los míos, turbado.

Salieron.

Más tarde, Liduina me contó lo demás: un pequeño diálogo.

—Tenías razón — díjole Isabel, — es un lindo muchacho. Pero no le vi bien los ojos. ¡Qué timidez! Parece que tuviera miedo de mí... Dos veces que le miré de frente, dos veces bajó la vista.

—Vergüenza — dijo Liduina. — Vergüenza o...

—¿O qué?

—No lo digo...

La mucama, con su fino instinto de mujer, comprendió que aun no era tiempo de pronunciar la palabra amor.

Díjola algunos días después, cuando advirtió a la chiquilla en suficiente sazón para oirla sin escándalo.

Paseaban por la quinta de la fazenda, entonces en el auge de la florescencia.

Los naranjos nevados de flores extendían por el suelo una alfombra de pétalos muertos.

El aire embriagaba, ¡tanto perfume iba envuelto en él!

Millares de abejas y de picaflores zumbaban y silbaban en un delirio de orgía.

Era la fiesta anual de la miel.

Liduina, advirtiendo en Isabel el trabajo de los hechizos ambientes, aprovechó la ocasión para avanzar un paso más.

—Cuando venía, vi el señor Fernando sentado en la piedra del muro. Una tristeza...