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Página:Alma negra.pdf/16

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—Qué será lo que tiene? ¿Saudades de su tierra?

—Quién sabe. Saudades o...

—¿O qué?

O amor.

—Amor! ¡amor! — dijo Isabel sorbiendo el aire embalsamado. — ¡Qué linda palabra, Liduina! Yo, cuando veo un naranjal, florido así, la palabra que me viene a la idea es esa: ¡amor! ¿Pero amará él a alguien?

—Seguramente. ¿Quién no ama en este mundo? Las aves, las mariposas, las avispas...

—¿Pero él a quién amará? A alguna negra de la chacra, seguramente... — y rió desmedidamente.

—¿El? — exclamó Liduina en un mohín. — No es de esos, no, niña. Mozo pobre, pero de condición. Para mí que ha de ser hijo de algún hidalgo del reino que anda por aquí oculto...

Isabel quedóse pensativa.

—¿Pero a quién amará él, entonces, aquí, en este desierto de blancos?

—Pues a las blancas...

—¿Cuáles?

La niña inesita... la niña Isabelita...

La mujer desapareció por un momento para ceder su lugar a la hija del fazendeiro.

—¿Yo? ¡Qué gracioso! Era lo único que me faltaba...

Liduina calló. Dejó que la semilla sembrada corriese el término de su germinación. Y viendo una pareja de mariposas que se perseguían con estallidos de alas, cambió el rumbo de la conversación.

—¿Ha visto, niña, estas mariposas de cerca? Tienen dos números debajo de las alas: ocho, ocho. ¿Quiere verlas?

Corrió tras ellas.

—¡No las agarras! — gritó Isabel divertida.

—Pero agarro ésta, aquí — replicó Liduina, cogiendo una, tarda y pesada, y trayéndola pataleando entre los dedos.

—Es como ver una corteza de árbol con musgo. ¡Simuladora! Así se disfraza, que nadie la ve cuando está sentadita. Es como el periquito que está gritando en un árbol sobre la cabeza de uno, y uno no le ve.

—A propósito de periquito. ¿por qué la niña no consigue un casal?

Isabel tenía el pensamiento lejos. La mucamita bien lo sospechaba, pero muy sagaz continuaba en su charla.

—Dicen que se quieren tanto los periquitos, que cuando uno de ellos se muere, el compañero se suicida. Tío Adán tuvo uno así, que se ahogó en un charco de agua el día que la periquita murió. Sólo entre los pájaros pasan esas cosas...

Isabel continuaba absorta. Pero en un momento dado rompió el mutismo:

—¿Por qué te acordaste de mí en ese asunto de Fernando?

—¿Por qué? — repitió Liduina arteramente. — Porque es tan natural eso...

—¿Te dijo alguien algo?

—Nadie. Pero si él ama de amor, aquí en este desierto, y está