Vino y llegó. Llegó. Llegó y destruyó todas las barreras. Destruyó nuestras vidas y acabó destruyendo esta fazenda. Estas ruinas, estas lechuzas, estos murciélagos, todo esto es la florescencia de un grande amor...
¿Por qué así ha de ser la vida? ¿Por qué los hombres, a fuerza de orgullo, han de impedir que el botón de la planta maravillosa reviente en flor? ¿Y por qué han de transformar lo que es cielo en infierno, lo que es perfume en dolor, lo que es luz en tinieblas, lo que es belleza en calavera?
Isabel, primor de fragilidad femenina avivada de encanto tropical, poseía ese «qué» perturbador de las orquídeas. Su belleza no era al molde de la belleza regordeta y colorada, fuerte y sana, de las mozas de mi tierra espiritualizábala algo de velotura, de aquel esfumado de las segundas impresiones en las que el retoque desvanece la fuerza en un crepúsculo de gracia.
Por eso mismo, más fuertemente me seducía la pálida princesita.
A la inversa, lo que a ella le seducía en mí era la fuerza varonil y trasbordante, la noble rudeza de mis instintos que iban hasta la audacia de poner los ojos en la altura en que ella se cernía.
El primer encuentro fué... casual. Mi acaso era Liduina. Su genio instintivo de rústico Ariel la hacía siempre la buena hada de nuestros amores.
Fué así.
Estaban las dos, en la quinta, delante de un pitanguero enrojecido de frutos.
—¡Qué lindas pitangas! — exclamó Isabel. — Sube, Liduina, y bájame un puñado.
Liduina se aproximó al árbol, hizo vanas tentativas para trepar a los gajos altos.
—¡Imposible, niña! Sólo si llamásemos a alguno. ¿Quiere?
—Pues ve por alguien.
Liduina partió corriendo e Isabel tuvo la nítida previsión de «quién» vendría. En efecto, momentos después aparecía yo.
—Disculpeme — dijo la joven. — Pedí a esta atolondrada que llamase a algún negro para bajar pitangas, y fué ella a molestarlo...
Turbado por su presencia y con el corazón a saltos, tartamudee, para decir algo:
—¿Son pitangas lo que quiere?
—Sí. Pero falta un canastillo que Liduina ha ido a buscar.
Pausa.
Isabel, tan dueña de sí, la noté en ese momento cohibida como yo. No tenía qué decir. Guardaba silencio. Al fin:
—Muele caña hoy? — preguntóme.
Tartamudee que sí, y nuevo silencio medió. Para romperlo Isabel gritó, en dirección a la casa:
—¡Anda de prisa, muchacha! ¡Qué tortuga!...
Y luego, volviéndose hacia mí: