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Página:Alma negra.pdf/6

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zenda en ruinas, de mala fama por cierto. Unico oasis posible en esta emergencia. La Casa del Infierno le llaman los paisanos.

—Pues rumbea hacia el infierno, ya que el cielo nos amenaza — replicó Jonás, espoleando su caballo y siguiéndome por un atajo.

—¿Tienes valor? — le grité. — ¡Mira que es casa de mala catadura!...

—¡Bien venida sea! Hace años que busco una, sin encontrar nada que valga. ¿Cadenas que se arrastran en el silencio de la noche?

—De un viejo negro que fuera esclavo del finado capitán Alejo, fundador de la fazenda, he oído cosas que hacen estremecer...

Jonás, la criatura más jactanciosa de este mundo, no desperdició la oportunidad de una balandronada.

—De estremecer a ti, que a mí bien sabes que sólo me estremecen las cadenas...

—Lo creo; pero galopa, porque el diluvio no tardará.

El cielo ennegreció uniformemente. Un relámpago fulguró, seguido de un formidable estruendo que allá se fuera dando cabezadas por los morros hasta perderse en la distancia. Y las primeras gotas vinieron, escoteras, a picotear en el suelo reseco.

—¡Espuela! ¡Espuela!

Pronto alcanzábamos el espigón en cuyo tope vimos el caserío fatídico, tragado a medias por un malezal de tapera. Las gotas menudearon convertidas ya en agua empapadora, cuando las herraduras de las bestias resonaron en el empedrado del viejo patio. Nos dirigimos rumbo a un sotechado abierto en sus costados, allá apeamos, al fin, sofocados, pero a salvo de mojadura.

Y el chaparrón fué furioso, como cuerdas de agua a plomo; como debía de haber sido el chubasco bíblico del diluvio universal.

—¡Maldito tiempo! Ya no podré almorzar en Vassouras mañana, como deseaba...

—¡Lluvia de verano cabe en la mano! — le consolé.

—Sí, pero hoy ya no nos será posible alcanzar el puesto de Alonso.

Consulté mi reloj.

—Las cinco y media. Es tarde. En cambio, tendremos que tragar en lo de Alejo, y dormir con las brujas, y con el alma del capitán infernal.

—Eso menos mal — filosofó el impenitente Jonás. Que así al menos tendremos qué contar mañana.

El temporal duró media hora, al cabo amainó, con los relámpagos espaciados y los truenos roncando muy lejos de allí. A pesar de estar cercana la noche, aun teníamos una hora de luz para sondar el terreno.


—Ha de vivir por aquí cerca algún urumbeba — dije. — No hay tapera sin alimañas. Vamos a la caza de ese hongo bendito.

Montamos de nuevo y salimos a rodear la fazenda.

—Has acertado — exclamó de pronto Jonás, divisando una casucha erguida entre las motas de vegetación, a unos doscientos pasos de distancia.

—Pico de loro, pié de mamón, terrenito pelado: ¡es el urumbeba suspirado!...

Hacia allá nos dirigimos y ya gritábamos desde el patio: «¡Ha