de la casa!», cuando una puerta se abrió encuadrándose en ella un negro de cabellos blancos. ¡Con qué alegría le saludamos!...
—¡Padre Adán! ¡Viva!
—¡Jesucristo! — respondió.
Era de los legítimos...
—Por siempre — dije yo. — Estamos aquí acorralados por la lluvia e imposibilitados de proseguir viaje. Tío Adán ha de...
—Tío Benito, para servir a los blancos.
—Tio Benito ha de conseguirnos albergue por esta noche.
—Y manduca — añadió Jonás, — porque tengo la caja de las empanadas dando las horas.
El excelente negro se sonrió poniendo al descubierto su sistema dental, y dijo:
—Pues hay que apearse. Casa pobre, pero de buen corazón. Cuanto a «de comer», comidita de negro viejo, ya sabe...
Nos apeamos alegremente.
—¿Angú? bromeó Jonás.
El negro rió.
—Ya se fueron los tiempos del angú con «bacalhau»... (*)
—Y no dejó saudades, ¿eh, tío Benito?
—No dejó saudades; no. ¡Eh, eh!...
—Para ustedes, los negros; porque entre los blancos hay muchos que lloran aquel tiempito de las vacas gordas. No fuera el Trece, y no estaba yo aquí ahora, deshaciendo las uñas en este demonio de rebenque que se endureció con la lluvia, y no ata ni desata. Es un trabajito para grumete...
Desensillamos las bestias y después de soltarlas, entramos a la vivienda, abarcando con la vista los cachivaches. Vimos luego que era demasiado pequeña para cobijarnos a los tres.
—Amigo Benito, mire: no cabemos aquí tanta gente. Lo mejor es que nos acomodemos en la casa grande, porque esto no es casa de bicho—hombre, sino nido de cuises...
—¡Cómo! ¿Los blancos quieren dormir en la casa embrujada? — exclamó, sorprendido, el negro. — No les aconsejo, no. No faltó ya quien lo hizo, pero se arrepintió pronto.
—Nosotros también nos arrepentiremos, después, mañana; pero ya con la dormida en la bolsa — dijo Jonás.
Y como el negro abriese la boca, concluyó:
—Usted no sabe qué es coraje, tío Benito. Aguantamos a siete. ¡Y almas, una docena! Vamos allá. ¿Está abierta la casa?
—La puerta del medio se atrancó; pero la fuerza de los hombros ha de abrir.
—¿Abandonada hace, mucho tiempo?
—¡Quinzaño! Desde que murió el último hijo del capitán Alejo, quedó así: nido de murciélago y de suindá.
—¿Y por qué la abandonaron?
—Descabezada del mozo. Pra mí, castigo de Dios. Los hijos pagan las ruindades de los padres, y el capitán Alejo, ¡Dios me perdone!, fué malo, malo, enteramente malo. ¡Tenía fama! En diez legues a la redonda, quien quería amenazar a un negro roncador, no había más que decirle: «¡Aguarda, demonio, que te venda al
(*) Rebenque de lonja ancha que se empleaba para azotar a los esclavos.