capitán Alejo!» ¡El negro se volvía que ni una seda!... Pero lo que él hizo, los hijos lo pagaron. Eran cuatro: ño Iñacito, el mayor, que murió en el tren, machucado; ña Sabelita...
Mientras el negro hablaba, insensiblemente íbamos caminando hacia la casa maldita. Era el caserón clásico de las antiguas fazendas negreras. Edificado en dos pisos, se erguía sobre cimientos y muros de piedra hasta mitad de altura, y de allí sobre palos a pique. Puntales de cabreúva, entremostrando piques de hachuela, en los trechos por donde se desprendiera el revoque. Ventanas y puertas en arco, con los batientes desvencijados. Entre los intersticios de la piedra moteaban los yuyos y en las partes sombrías y húmedas, raquíticos helechos. En un rincón crecía una añosa higuera salvaje, abrazando las piedras en su terrible cordelería tentacular. En la puerta de ingreso se proyectaba una escalera doble con techo encima y parapeto descantillado.
Me puse a mirar aquello invadido de la melancolía que siempre me causan las ruinas, y se diría que en Jonás la sensación era la misma, pues que lo vi volverse grave, con la mirada clavada en la casa, como quien recuerda. Perdió el buen humor y el espíritu chacotón de hacía poco. Enmudeció.
—Pues ya está visto — dije al cabo de algunos minutos.—Vamos ahora a la manduca, que ya es tiempo.
Volvimos. El negro, que no paraba de hablar, se refería ahora a su vida allí.
—Murió todo, y quedé solo. Conservo unas plantas a la vera del río; palmito en el mato y una paquita, de vez en cuando en la planta del chuzo. Como soy solo...
— Solo? ¿Solo? ¿Solo?
—Solito! ¡solito! La Merencia murió, hace ya tres años. Los hijos, nada sé de ellos. Hijos son como las aves: crían plumas, y alzan el vuelo. El mundo es grande—andan por el mundo, volando...
—Pues, amigo Benito, sépase que es usted un hérce y un gran filósofo, digno de ser recordado en prosa o en verso por los hombres que escriben en los diarios. Pero filósofo, y de la peor especie, me está pareciendo aquel sujeto... — concluí refiriéndome a Jonás que se había atrasado y detenido de nuevo contemplando la casa.
Le grité:
—¡Muévete, poeta que ladras a las lagartijas! Mira que saco vacío no se pone de pie, y tenemos diez leguas que engullirnos mañana.
Me respondió con un gesto vago y se quedó en el mismo sitio, inmóvil.
Abandoné al meditabundo y entré en la casucha del negro, que encendiendo luz — un candil de aceite, — fuése al rescoldo a buscar unas mandiocas asadas. Las puso sobre un mocho, calentitas, diciendo:
—Es lo que hay. Esto, y un restito de paca ahumada.
—¿Y te parece poco, Benito? — dije, metiéndole dientes en el rizoma delicioso. — ¿No sabes que si no fuese tu providencial presencia, tendríamos que manducar un guisadillo de brisas con torreznos de céfiros hasta llegar a la venta de Alonso mañana?