¡Que Dios te bendiga y te dé en el cielo un mandiocal sembrado por los ángeles!
Cesó la lluvia. ¡Qué cielo! Alternaban las estrellas, vivísimas, con masas negras de nubes acastilladas. En la tierra, oscuridad de brea, rasgada de piques de luz de estrellas errantes. Una lechuza chistó distante sobre el gajo muerto de una perobera.
¡Qué soledad, qué espesura de tinieblas es la de una noche así, en lo yermo! En esos momentos es cuando se concibe bien el origen tenebroso del Miedo...
Terminada la frugal comida, dije al negro:
—Ahora, amigo, hay que prendernos a estas mantas y pieles, además la luz, e irnos a la casa grande. Te duermes allá con nosotros, a guisa de para-rayos de almas. ¿Agarras?
El, satisfecho de sernos útil, alzó las colchas y me dió, para llevarlo, el candil. Y allá fuimos por el oscuro de la noche chapoleando en los baches de agua y en las gramas empapadas. Hallé a Jonás en el mismo sitio, frente a la casa, inmóvil y absorto.
—¿Pero estás loco, muchacho? — le dije. — ¿No comes, tú que reventabas de hambre, y te quedas así, como cotorrita delante de una víbora cascabel?
Me miró de un modo extraño y por toda respuesta ahogó un «déjame». Quedé estupidizado, mirándolo unos instantes, desorientado de veras, por tan inexplicable actitud. Y fué así, con arrugas en la frente, que subí la escalinata musgosa del caserón.
Estaba, en efecto, trabada la puerta, como dijera el negro, pero mediante valientes hombrazos, abríla lo necesario para dar paso a un hombre. Apenas entramos, una bandada de murciélagos, asustados con la luz, se desbandaron atontados, en vuelos sordos.
—¡Los monos me pellizquen si esto no es un cuartel general de todas las ratas con alas de este y de los mundos vecinos!
—Y de los suindás, patroncitos. Vive aquí una bandada que mete miedo — agregó el negro al oirlos piar en el techo.
La sala de espera entonaba con el resto de la fazenda. Paredes cubiertas agrietadas, escurridas de goteras, con vagos vestigios de empapelado. Muebles, algunos, descangallados: dós sillas Luis XV, con la esterilla rota, y mesa de centro del mismo estilo con el mármol ennegrecido por el guano de los murciélagos. En el techo, tablas desprendidas, entremostrando agujeros oscuros.
Lúgubre, lúgubre...
—Tío Benito — dije procurando disfrazar con palabras la tristeza del corazón,—esto ha de ser la sala de honor del sabbá de las brujas. Que no vengan hoy a llevarnos por delante ni aparezca el alma del capitán mayor a infernalizarnos el sueño. ¿No es verdad que el alma del capitán mayor vaga por aquí a deshoras?
—Dicen — respondió el negro. — Dicen que aparece allí en la casa del cepo, no a las diez, sino a media noche, sangrando las uñas, de arañar las paredes...
—¿Y después viene aquí a arrastrar cadenas por los corredores, eh? ¡Cómo es de pobre la imaginación popular! Siempre y en todas partes, la misma cantinela de los ruidos de cadenas. Pero vamos a lo que interesa. No habrá un cuarto mejor que esto, en esta hospedería de maese Tiñoso?