ce pocas dificultades. Darwin descubrió, pues, que la crianza había creado artificialmente, en animales y plantas de una misma especie, diferencias mayores que cuantas se encuentran entre especies que todo el mundo reconoce como distintas. De este modo, se probaba de una parte la variabilidad de las especies, dentro de ciertos límites y, de otra, la posibilidad de la existencia de antepasados comunes para organismos que difieren por sus caracteres específicos. Darwin investigó entonces si no podían hallarse en la naturaleza, causas que, sin la intención conciente del criador, condujeran sin embargo, a la larga, en los organismos vivos, a cambios semejantes a cuantos produce la cría artificial, y descubrió dicha causa en la desproporción entre el formidable número de gérmenes como crea la naturaleza y el reducido número de organismos verdaderos que llegan a la madurez. Pero como cada germen tiende a desarrollarse, de aquí resulta necesariamente una lucha por la existencia que se manifiesta no sólo como lucha directa, corporal, seguida de destrucción, si que también aun en las plantas, como lucha por el terreno y por la luz. Y es evidente que en esta lucha los individuos que cuenten con mayores probabilidades para llegar a la madurez y reproducirse, serán los que poseerán alguna particularidad individual, por insignificante que sea, ventajosa en la lucha por la existencia. De donde resulta que tales particularidades individuales tienden a transmitirse hereditariamente y si se encuentran en muchos individuos de la misma especie a acentuarse por herencia múltiple en su dirección primera; mientras que los individuos que no poseen tales particularidades, sucumben más fácilmente en la lucha por la existencia, y poco a poco desaparecen. De esta manera, una especie se transforma por la selección natural, por la supervivencia del más apto.
He aquí ahora lo que dice el señor Dühring contra la