En su opinión, no puede haber cuestión respecto a una lucha por la existencia entre las plantas inconcientes y los vegetarianos sentimentales, pues «en el preciso sentido de los términos, la lucha por la vida no se da sino en el reino de la brutalidad y en aquella medida en que se alimentan los seres cogiendo su presa por la fuerza y devorándola». Y una vez reducida a tan estrechos límites la idea de la lucha por la vida, da rienda suelta a su indignación contra la brutalidad de semejante idea, que él mismo redujo artificialmente a la brutalidad. Pero tal indignación moral, no tiene valor sino para el mismo señor Dühring, único autor de la lucha por la existencia en tan restringido sentido, pues sólo él es responsable de ella. No es, pues, Darwin «quien busca en el mundo de las bestias carniceras las leyes y la inteligencia de toda acción en la naturaleza» (porque Darwin, por lo contrario, ha sometido toda la naturaleza orgánica á esa ley de la lucha), ese es un fantasma imaginado por el señor Dühring.
Las palabras «lucha por la vida» pueden abandonarse a la cólera ultra-moral del señor Dühring; pero que la cosa existe aun entre las plantas, puede probarlo cada prado, cada trigal y cada bosque. Y lo importante no es el nombre, no es que se hable de «lucha por la vida» o de «falta de condiciones de vida» y de «acciones mecánicas», sino el conocer la acción de tal hecho en la conservación y en la variación de las especies. En este punto, el señor Dühring se obstina en quedar en silencio «idéntico a sí mismo». Por tanto, pues, atengámonos a eso por el momento, en cuanto concierne a la selección natural.
Mas el darwinismo «saca de la nada sus metamorfosis y sus diferencias». Verdad es que Darwin, cuando trata de la selección natural, prescinde de las causas que produjeron esas transformaciones en los individuos, consi-