de la fisiología vegetal.» También en tal caso el nombre escandaliza al señor Dühring; pero sea cualquiera el apelativo que dé al fenómeno, la cuestión es saber si tales fenómenos conducen o no a variaciones en las especies de los seres orgánicos. Tampoco ahora el Sr. Dühring da contestación alguna.
«Cuando una planta al crecer tiende en dirección al punto en que hay más luz, tal excitación no es sino la combinación de fuerzas físicas y de acciones químicas: y si se pretende hablar seriamente de adaptación, y no por metáfora, no se hace más que introducir en los conceptos una confusión espiritista.» ¡Tan severo se muestra para los demás quien sabe muy exactamente que voluntad anima a la naturaleza cuando hace esto o lo otro, quien habla de la sutileza de la naturaleza, y aun de su voluntad! Confusión espiritista hay, en efecto; pero ¿en quién, en Haeckel o en Dühring?
Confusión lógica también y no solamente espiritista. Ya hemos visto que el Sr. Dühring hace todos los esfuerzos imaginables para que prevalezca en la naturaleza la idea de fin. «La relación de medio a fin no supone en modo alguno una intención conciente.» ¿Pero que es esa adaptación sin intención conciente, sin la mediación de las representaciones, contra la cual protesta tan enérgico, sino una actividad inconciente y teleológica?
En tanto, pues, las ranas que viven en los árboles y los insectos que se alimentan de verdura, tienen un color verde; las fieras del desierto presentan el color amarillo de la arena; los animales de las comarcas polares, comúnmente el blanco color de la nieve y, es bien cierto, no adquirieron esos colores intencionadamente o dirigidos por alguna idea; muy al contrario, esos colores no se explican sino por fuerzas físicas y acciones químicas. Y, sin embargo, innegablemente esos animales, por sus colores, están adaptados al medio en que viven, y esto con-