animal; y entre ambos reinos «un cierto número de matrices de protistas aisladas, cada una de las cuales se desarrolla de una manera enteramente independiente, a partir de un tipo particular de moneras arquigónicas. El Sr. Dühring no ha imaginado ese «ser primitivo sino para desacreditarlo, lo más posible, comparándole con Adán, a quien llama lindamente el «Judío primitivo»; pero por desgracia se encuentra—hablo del Sr. Dühring—con que los descubrimientos asiriológicos de Smith han mostrado en ese «Judío primitivo» un Semita primitivo, y han revelado que toda la historia de la creación y del diluvio, en la Biblia, no es sino un episodio del cicio de los mitos religiosos paganos, común a Judíos y a Babilonios, a Caldeos y a Asirios.
Cierto, es un grave reproche, pero exacto, el que hace a Darwin, de agotar sus argumentos cuando se quiebra en sus manos la cadena de la descendencia de los seres.» Mas, por desgracia, semejante reproche lo merece todo el sistema de nuestra ciencia de la naturaleza, pues no ha logrado hacer que nazcan seres orgánicos fuera de la descendencia, ni llegó todavía a componer simple protoplasma u otros cuerpos albuminoideos con elementos químicos. No puede, pues, decir nada con certeza acerca del origen de la vida, sino que ese origen ha debido ser un proceso químico. ¿Pero quizás la filosofía de la realidad pueda venir en su auxilio, ya que dispone de productos de la naturaleza coexistentes de un modo independiente y que no descienden unos de otros? ¿Será la generación espontánea? Mas hasta ahora los más celosos partidarios de la generación espontánea no pretendieron crear por tal medio sino bacterias, gérmenes de hongos y otros organismos muy sencillos, mas no insectos, peces, aves y mamíferos. Si, pues, «estos productos de la naturaleza» (orgánicos bien entendido, no se trata sino de éstos), no tienen por vínculo la descendencia, menester