es que ellos o alguno de sus antepasados hayan sido dados a la luz por un acto de creación particular, en que se rompe la cadena de la descendencia.
Y tenemos de nuevo el Creador, y lo que se llama deísmo.
Más adelante, el Sr. Dühring reprocha a Darwin el haberse mostrado superficial «haciendo del simple acto de combinación sexual de cualidades, el principio fundamental de desarrollo de esas cualidades». Pero esto es una nueva prueba de la libre imaginación de nuestro penetrante filósofo. Muy al contrario, Darwin declara expresamente (página 63) que la expresión de selección natural comprende la conservación de las variaciones, pero no su origen. Si Dühring atribuye a Darwin cosas que éste nunca ha dicho, es para entregarse a reflexiones profundas de este gusto: «Si se hubiese buscado en el esquematismo inmanente a la generación, algún principio de variación independiente, tal pensamiento sería muy racional, porque es una idea enteramente natural referir a la unidad el principio general de la génesis y de la reproducción sexual y concebir, desde un punto de vista superior, lo que se denomina la generación espontánea no como la absoluta antitesis de la reproducción, sino precisamente como una producción.» ¡Y el hombre que pudo escribir este galimatías no vacila en censurar a Hegel por su «jerga»!
Mas hay bastantes lamentaciones y protestas entre dientes y contradictorias, en que el Sr. Dühring da suelta a su cólera por el progreso inmenso que las ciencias naturales deben al impulso de la teoría darwiniana. Ni Darwin ni los naturalistas partidarios de Darwin tratan de disminuir en ninguna manera los grandes méritos de Lamarck; ¿no son ellos quienes los primeros han llamado la atención sobre él? Pero podemos olvidar que en los tiempos de Lamarck la ciencia no disponía, y es-